Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

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«Cada hombre lleva en sí una habitación. Es un hecho que nos confirma nuestro propio oído. Cuando se camina rápido y se escucha, en especial de noche cuando todo nuestro alrededor es silencio, se oyen, por ejemplo, los temblores de un espejo de pared mal colgado».

«Primer Cuaderno». Franz Kafka.

La habitación de aquel hombre soñador era tan frágil como una caja repleta de cristal. Su mundo interior era un espacio enorme, pero se podía contaminar al estar pegado junto a habitaciones de otros hombres. En mitad de la noche, con la luna iluminando su silueta, hacía ejercicio. Descansaba poco, comía menos. Sabía que, si se mirara en un espejo, su figura marcaría todos sus huesos.  Aquel era el momento de sentirse libre, y en medio del silencio, le parecía oír como sus propios miedos se callaban. Eran unos breves minutos, los que tardaba en imaginar cómo escapaba de allí, donde la tortura mental que sufría, parecía disiparse a través de sus pasos rápidos. Corría dando vueltas por aquel recinto, sin ir a ninguna parte, despejando su mente mientras los demás presos dormían.

Sabía que allí no encontraría sentido a su existencia. Echaba de menos su hogar, a Catalina, y a su niña de ojos vivos. Tal vez ellas habían conseguido refugiarse y estarían en un lugar seguro. En un descuido, le habían atrapado los que le vigilaban de cerca. No pudo despedirse de nadie. No le estaba permitido enviar cartas y, si pudiera hacerlo, tampoco sabría dónde enviarlas. Si mirando al cielo pudiese escribir sus pensamientos,  se los enviaría a su mujer bajo las negras estrellas, que se habían apagado por aquel aislamiento que había sufrido en los primeros días. Lo único que le consolaba era pensar que las dos estaban bien, compartían el mismo cielo, la misma capa azul cubriendo sus cuerpos. Catalina, la niña, y él, se encontraban en el mismo lugar, aquel mundo caótico y sin sentido, aunque separados por numerosos kilómetros de carretera.

En aquel mundo era peligroso tener ideas y, si además eran de carácter político y las escribías, tenías la libertad contada. Mientras el hombre corría cada vez más rápido, sonaba música a su alrededor que ensanchaba su habitación interior. Desde su cabeza podía escucharla si acercaba el oído, y por un momento, pensaba que Catalina estaba tocando el violín en el salón de su hogar. ¡Cómo le gustaba que ensayase! A través de aquellas notas, podía comunicarle sus sentimientos. Era capaz de hacerlo. Tan solo hacía falta escucharla con el corazón. Pero el concierto nunca llegó y se truncaron sus deseos.


Se llevaron a su marido en una furgoneta y la melodía quedó partida, sin poder dirigirla a ningún receptor que la animase a continuar. Catalina se quedó esperando entre el silencio interrumpido por los lloros de su hija que buscaba un poco de consuelo al ver que su padre ya no estaba entre ellas. Esperó a que su marido volviera, hasta que se le acabó la paciencia. Cada día miraba a través del cristal, con la cortina pasada a medias. A veces les parecía escuchar el ruido de un motor, y con esperanza, esperaba que su esposo entrara por la puerta principal. Pero, tan solo era un reflejo de su deseo, un temblor de su espejo mal colgado por las prisas.

Catalina tenía miedo a que la vieran desesperarse. Por eso, se escondía a través de la cortina. Además, no se fiaba de nadie. Repasaba mentalmente su círculo de amistades escasas, pensando en un delator que había acusado a su marido a cambio de algo. Solo salía a la calle cuando las sombras eran largas, cuando el anochecer era profundo. No se encontraba con nadie, aunque si las paredes de las casas pudiesen hablar, dirían que la paz de la noche las arrullaba. Catalina caminaba con la niña dormida cogida entre sus brazos. Miraba el cielo, a veces plagado de estrellas, e intuía que su marido también podría verlas desde algún punto lejano. Les tocaba el aire de mayo en sus caras y, en ocasiones, se esperaba a que el alba despuntase y les tocara el primer rayo de sol. Después de eso, volvía a esconderse y ya no salía en todo el día.


El hombre, cansado ya y resollando, se sentía incapaz de romper aquella jaula de cristal. Temblaba su voz cuando le interrogaban en aquel espacio diminuto donde esperaban una confesión que nunca llegó. En la celda compartida no había lugar para su mundo interior, tan amplio, generoso y confortable era que invadía otros mundos y se mezclaba con el espacio de otros presos. Y así quedaba aquella cárcel perdida en un monte solitario, contaminada por las creencias de varios hombres, creando paso a paso habitaciones diferentes, cada cual más ideosa. A veces se intercambiaban y, si se contaminaban, lo hacían desde el respeto.  Lo que no se le ocurría a uno a otro posiblemente sí, y entre ellos, colaboraban en ensanchar sus propios mundos.

Cada uno tenía su propia historia que volaba más allá del cristal. Cuando la confianza nació entre ellos, les cambiaron de compañeros. El hombre conoció a numerosos presos en los meses que estuvo allí. Oyó la melodía de sus propios mundos, que era tan fuerte, persistente, y estridente, que logró quebrar aquel muro de cristal que les mantenía carentes de libertad. Y por una pequeña rendija, se escaparon, sin tener que hacer motín alguno.

El hombre corrió apresuradamente por el monte lo descendió lo más rápido que pudo. Detrás de él, corrían también otros presos bajo el cielo iluminado por la osa mayor.

El hombre, después de correr durante varios días, llegó a su aldea. Su hogar estaba vacío y el violín reposaba en el salón con varias capas de polvo. Una nota con la caligrafía de su mujer en la mesa del comedor, le alertó: «Por si vuelves, estoy en el camino que conduce al sol». Sabía que aquellas palabras iban dirigidas a él. Emocionado, y después de beber varios tragos de agua para reconfortarse, salió de la casa. Eligió un camino secundario para poder ver el amanecer más cálido. Al final, estaba Catalina de espaldas con su hija en brazos. Subió la temperatura al verlas, en aquel mes de octubre fresco.


Entre las sombras, Catalina vio una que se le acercaba, más larga que las demás, seguidas por el ruido de unos pasos levantando la tierra del camino. No se asustó, pues el temblor de su corazón por la emoción del momento era comparable con la música de los astros del firmamento. Le temblaron los brazos al ver su marido. La niña se despertó y le regaló la mejor de sus miradas, a través de sus ojos vivarachos.

 Antes de besarse, esperaron con los ojos fijos en el cielo a que el sol saliese. Cuando les acarició con el primer rayo de sol, los dos se besaron sin parar pues no estaban soñando. Bajo el mismo cielo, mientras sus labios se buscaban, supieron que sus miedos se habían terminado para siempre.

Desde aquel día, Catalina volvió a emitir música con su violín que sobresalía a través de todas las ventanas de su hogar. La guerra había terminado, y esperaba que aquella pesadilla no se volviera a repetir, por el bien de su niña que crecía a un ritmo desenfrenado. Más rápido de lo que a ella le hubiese gustado. Pero, así era la vida, que pasaba rápida a su alrededor. Ambas tenían su habitación repleta de sueños por alcanzar y compartir una vez los hubiesen logrado.

® Helena Sauras

Si se acabara la magia,
hundiría mis manos en la arcilla.
Si se acabara, quizá con rabia
y gracia treparía la ardilla
por las ramas de mi lamento.

Temerosa, se asustaría por el barro,
deslizándose desde mi cara a mis manos.
Juntas, recrearíamos una idea sin varita,
porque del fango quizá vinimos.
Sin fantasía, no pudimos moldear una maravilla
¿Hacia dónde vamos sin alas de papel?

Sin ti, libro, un triste conjuro ya sin labia:
si se acabara tu magia,
se enterrarían los cuerpos celestes y terrenales.
Mi universo se mueve con el hechizo de tus ideas;
ábrete y empapa de vida mis carencias;
devuelve la lluvia a ese fuego interior;
renueva de espíritu mi tronco desde su raíz,
que el lodo ya alimenta mis manos.

Me convierto en árbol de sabia
triste pues, ¡qué difícil se hace aprender
y tocar una guitarra sin cuerdas!

Libro, mi instrumento, que acompañas
de sabiduría mi cuerpo,
desolador si cesara tu magia.
Cerraría mis párpados al viento
como si hubiese muerto, inmóvil
al fin, sin aliento, reseca, y manca.

Mas en ese frío invernal,
fuego en mis ramas taladas.
Doy calor a los hogares,
lejos queda ya la atrevida ardilla;
repiquetea la hoguera y
escucho una infantil historia,
donde existes, libro, mágico y soñador
al mismo tiempo. Cubres los pensamientos
de esta familia que te brinda una estantería
de madera para reposar en la noche fría de enero.
Cobijas de sol su espíritu que crece al son
de este baile de páginas. Palabras de tinta
que acarician y contrastan en sus vidas;
Si hoy se acabara tu magia, no tocarías sus almas.

® Helena Sauras

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Me enojé al abrir tu regalo. Te diré la verdad. Me esperaba otra cosa para mi cumpleaños. Una baratija mona, algo especial como un vale para un masaje. Se me ocurren infinidad de detalles para hacer revivir nuestra relación que estaba un poquitín adormecida. Y tú la has acabado de hundir con tu gesto inoportuno.

Yo nunca he sabido batir un huevo, pero me gusta tener la sartén cogida por el mango en nuestra relación. Creo que no merezco esa indirecta. Ya sé que no te gusta que lea ficción, porque luego dices que las comparaciones que hago son odiosas. Me entusiasmo por la vida que tienen los demás. Ya ves tú, aunque sea inventada.

Me gusta evadirme después de un gran día de trabajo: quitar el polvo, barrer, fregar, tener la casa más o menos limpia. Yo estaría tumbada como una gandula perfectamente, pero prefiero tener la casa en condiciones, porque así se descansa mejor. Toda tranquilidad es poca en ese hogar. La paz me invade antes de que regreses. Huelo la tapa de un libro, lo abro y me sumerjo en su lectura. Una llave en la puerta me interrumpe. Son los niños que reclaman su merienda. Se la preparo pensando todavía en el entorno que me envolvía en el libro. Puedo estar contenta porque en aquella época no había tantas comodidades como ahora. Enchufo el lavaplatos mientras pienso en eso. En cada momento se es esclavo de algo. Ahora lo somos de la electricidad y de las nuevas tecnologías. Mi smartphone se ha quedado sin batería y ya van dos veces en lo que va de día. Tendré que cambiarlo. ¿Lo ves? Me hubieses podido regalar uno más nuevo, de una nueva generación de esas que acaban de salir.

Tu regalo lo acabaré arrinconando. El polvo acabará depositándose en él. Ya sabes que no me gusta que me digan lo que tengo que hacer. Odio los pasos, las órdenes, los procedimientos.  Las últimas instrucciones que leí fueron las del secador del pelo. Se acabó incendiando y me chamuscó el flequillo. Otro regalo de los tuyos.  Luego averigüé que lo habías comprado en los chinos. Bueno, más bien lo acabaste confesando, después de mi particular interrogatorio. ¿Tan poco te importo?

Llegas hambriento. Me preguntas si ya he estado practicando. Niego con la cabeza en seco.

—Fue idea de los niños —comentas.

—Y a ti ya te fue bien, ¿no? —Pregunto perforándote con mis pupilas.

Te encoges de hombros sin responderme y con la mirada gacha.

—La única tarea doméstica que tienes asignada y me la quieres pasar.

—No es eso… —Te excusas.

De repente, toda la casa se queda a oscuras.

Acabamos comiendo unos bocadillos a la luz de las velas, aunque el ambiente está a años luz de ser romántico y está bastante caldeado.

—Otra vez frío —rechistan los niños por convertirse ya en una rutina en sus vidas.

Muerdo el bocadillo de queso y lamento el apagón que sufrimos.  Desde el estante superior, la tapa brillante del libro de cocina que me has regalado parece que se parta de risa de la situación. 

®Helena Sauras

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Sabía lo que era impresionar con sus manos de aire, con una manicura cuidada, y unos dedos tan largos, que podían deslizarse sigilosamente por cualquier  parte de un cuerpo, de manera consentida.  Acariciar el alma de los presentes era su propósito, fundirse a través del oído, y hacer brotar sin disimulo una leve parte emocionada  de color rosácea en sus mejillas. El público le observaba extasiado. Una muchacha entró a su área de visión. Él no se despistó, ni perdió el ritmo. Continuó tocando, con las mejillas encendidas. No sabrían si ese rubor era fruto de la concentración, o simplemente formaba parte de aquella melodía que le arrastraba a cansar sus manos, mientras tocaba aquel piano de cola en mitad del salón. O se debía, quizás, a aquella muchacha misteriosa que había irrumpido en mitad del salón. Una mujer corrigió su trayectoria, y se llevó a la muchacha despistada por el mismo lugar que había entrado.

Hoy el pianista traspasó fronteras, y llegó a un lugar recóndito del ingenio de los espectadores. Después de aquella interpretación, la imaginación de los expectantes brotó jugosa e imparable. Escuchar aquello les había transformado, quitado el aburrimiento de un plumazo, y alterado quizás su conocida monotonía. Llovieron aplausos copiosos cuando la música llegó a su fin.

Esta vez, la muchacha despistada volvió a escena de una mano femenina que la guiaba. De refilón, el músico la miraba con un punto de júbilo en sus ojos, mientras ella ponía la mesa donde después todos comerían. La chica no comprendía por qué tanto alboroto había a su alrededor. Tanta gente, tanta expectación, tanta vibración. Por qué el público movía los labios elevando sus voces hacia algún lugar donde  ella no podía participar. Se sentía agotada y nerviosa. Su mandil era del azul del cielo en días grises. Llevaba el pelo recogido y se sentía empequeñecer en aquel salón tan grande. Venía de un pueblo perdido de montaña. La chica se quedó absorta un breve momento, como atrapando sus propios pensamientos, y cuando volvió a tener los pies en el suelo, vio como el músico la miraba. A través de la distancia que les separaba, la muchacha le perforó con la mirada mientras dibujaba una amable sonrisa. Antes de irse ajetreada, le obsequió con un baile de pestañas al entornar sus ojos líquidos. El músico hubiese caído allí mismo rendido a sus pies, si no fuera porque le acercaron una silla y le hicieron sentar en la mesa, donde comieron abundantemente durante varios días. La sangre bajó al estómago, y al tener una digestión muy pesada, olvidó a la muchacha por un tiempo.

Días después,  la muchacha le regalaría una caricia perdida con sus manos de tierra al ofrecerle una fruta para comer. El hombre mordió la fruta apresándola con sus labios. Era tan sólo una manzana de tantas en aquel frutero multicolor. Pero mientras la saboreaba, le pareció la más especial por provenir  de la chica nueva que había entrado a servir aquel mes. Un leve roce con sus dedos redondeados, regordetes, y cortos, de campesina, al servir la mesa bastó para sentirse enamorado. Se sintió enamorado hasta la médula en escasos minutos. Tan enamorado estaba, valga la redundancia repetitiva, que se comió hasta el corazón de la manzana. Se atragantó y empezó a toser bruscamente. La muchacha, que se encontraba de espaldas, hizo caso omiso a su socorro y éste pasó por varios estados de color hasta que, rojo como la grana, y con los ojos desbordándose de llorosos, y desencajándose de las órbitas, alertaron al maître que entró precipitadamente en la sala. Menos mal que fue así, porque si hubiese tardado un poco más aquel hombre decidido,  lamentaríamos una gran pérdida en el panorama musical de la región. El maître, con su experiencia y destreza, hizo escupir el corazón de la manzana al músico. Luego, tocándole la espalda a la muchacha y con gestos, hizo que la chica le acercara un vaso de agua cristalina al artista, que casi se había ahogado, que bebió sin desperdiciar ni una gota.

El músico no sabía a qué se debía tanta gesticulación con la muchacha de sus sueños. No tardó en averiguarlo. La chica era sorda de nacimiento. Al saberlo, cayó en un estado de desolación absoluta pues no podría cautivar su corazón, ni acariciarla,  ni hipnotizarla con su música. Además pertenecía a otro estatus social, tan opuesto al suyo, que supuso que por eso precisamente  la muchacha le gustaba. Era la muchacha con la sonrisa más abierta de toda la comarca. Tan abierta era, que mostraba todos los dientes y muelas con su risa. No tenía ni una sola caries, aunque su dentadura estaba algo torcida. Su risa le sonaba maravillosa,  a algo angelical, pues era la forma más directa en que ella se comunicaba con él. Cuando no la veía, buscaba ese sonido hasta debajo de las piedras, pues fue al final, el único que le inspiraba. Y cuando volvía a oírlo, normalmente era a la hora de la comida, cuando la chica servía su mesa y le obsequiaba con otras de sus risas. Luego se concentraba en la tarea de servir, para no volcar ni una sola gota de consomé en el plato del huésped. No quería que la despidieran del hotel por un despiste. El músico, en el breve momento, que ella tardaba en servirle, aspiraba para retener su aroma en la memoria. La muchacha olía mínimamente al sudor de las axilas en días duros de trabajo.  Ese olor característico era el que se mezclaba con otro más a nivel personal, su propio perfume corporal. La chica no olía a flores, pero sí a hierba recién cortada, a él le parecía que llevaba un ramillete de alguna flor insípida de la que sólo olía su tallo. Entonces, cuando la chica se daba la vuelta, se fijaba en su pelo recogido, y reconocía una flor púrpura en su cabello castaño. Eran las flores que crecían en la orilla del lago que había por los alrededores de aquel hotel. Supuso que la muchacha rondaba por allí en los días claros de aquella primavera que crecía rítmicamente hacia un verano imparable. El olor de las axilas de todos los presentes crecería en los días que vendrían, inundando de pesadez el ambiente del comedor.

El músico no sabía por qué la muchacha siempre llevaba las orejas despejadas, de soplillo, si por ellas no podían oír ni una simple nota musical, ni tan siquiera una palabra, una sílaba, un fonema de su voz enamorada. De ellas pendían unos pendientes alargados y acabados en un círculo brillante. Parecían dos cerezas, grandes y picadas por algún pájaro hambriento. Aquella baratija, a la que le faltaba algunos brillantes, la había ganado la chica en la feria de la ciudad en su día libre. Tuvo suerte y la ruleta apuntó al color que ella había apostado, el amarillo. Y todo se volvió de amarillo y brillante en su vida a partir de entonces por traerle suerte, como aquel sol que le hacía sudar más de la cuenta en aquellos días de abril. Le sudaban las manos, le sudaban los pies, le sudaban las axilas, le sudaba la piel en general, delante de aquel pianista larguirucho que la desnudaba con la mirada. Se sentía nerviosa, por eso sudaba. Sintió como sus manos de tierra, se convertían de agua en presencia de él.

El músico, en cambió,  sintió como sus manos de aire, se convertían de fuego, al intentar seguir a aquella muchacha por el camino que conducía al lago. La seguía sin importarle hacer ruido con sus pasos pues la chica no podría escucharle. Eso sí, fue precavido por si ella volvía la vista hacia atrás, y se camufló con el paisaje con un uniforme verde como si se tratase de un camaleón.

La muchacha empezó a quitarse el vestido turbio que llevaba para bañarlo en el lago. Quería quitar una mancha imaginaria, y de paso refrescarse ella misma con el agua. Estuvo metida en el agua hasta que empezó a arrugársele la piel. Observaba el cielo tan plácido, haciéndose la muerta. Tanto rato estuvo flotando, que al fin, el pianista se le acabó acercando con temor.

La muchacha sólo vio una mancha verde oscura que se le acercaba. Pensó que era un animal el que venía a por ella. Continuó igualmente asustada, al comprobar que era un militar. Pegó un brinco, con pavor, y acabó tragando bastante agua. Ahora sí que estaría muerta si no fuera por él músico, vestido de un camaleónico militar, que le hizo un boca a boca que la resurgió de la inconsciencia en la que estaba sumida.

Fue saborear sus labios, cumplir el sueño que más de un día había implorado a sus espíritus. Su aliento dulce contrastaba con el aliento cerrado, y cargado del músico, que encontró libertad para besarla. Y la besó a años luz del consentimiento, por la sorpresa, por la espalda, pero la muchacha, al retomar conciencia, y sentir como aquellos labios la besaban a ella, que nunca antes había besado, sintió la música en sus entrañas. Un cosquilleo mágico que alborotó cada célula de su cuerpo, recorriéndola como una descarga eléctrica. Y aunque nunca antes había oído, le pareció oír la voz de su corazón que gritaba que ella también estaba enamorada de aquel músico larguirucho que siempre la miraba. Porque de sentimientos no es libre el corazón, pues no los controla. Y ya basta de palabrería, dejemos que las cuatro manos de los dos muchachos con los cuatro elementos allí presentes, aire, tierra, agua y fuego, se acaricien en la orilla del lago. Estad tranquilos, una hilera de flores púrpura, inocentes e inexpertas, les guían.

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Poema que forma parte del poemario que estoy actualmente escribiendo: «Los silencios solitarios».

 

Con un engaño de besos decoré tu boca tupida,
fruncías los labios, entrega más o menos fingida,
nos separaba un umbral de saliva. Quise ser la sonrisa
placentera que removía la tierra de tu tez morena.

Con una falacia de caricias pinté tu torso descubierto,
me apartabas con tus manos, entrega más o menos sobrecogida,
nos partía el alma la indiferencia. Quise ser el disfraz
que cubría de aliento tu cuerpo al gesto del desconcierto.

Con una mentira de gestos esculpí tu miembro desnudo,
me rechazabas con tus piernas, ofrenda más o menos airada,
nos dividía la simpatía, pertenecíamos a dos mundos distintos
que juntos retaban y derretían el paisaje de una marea alborotada.

Y, entonces, con la simpleza de la sinceridad, surgió de repente:
sin engaño, sin falacia, sin mentira, me enamoré de ti.
Contigo comprimí la sed de tener labios. Ya no hacían falta
para hablar lo que acallaban mis latidos.
Y me inventé todo un mundo de miradas sin nada más,
Gané la apuesta al amor, mas perdí mis cinco sentidos
que sólo hablaban en ese idioma de silencios solitarios…

Aquel día fue distintos a los demás porque marcaría un antes y un después en la vida de aquella academia militar, dejando una cicatriz en la memoria de los que todavía podrían contar la historia que allí aconteció. Una mujer uniformada de verde no vio al que subió la escalera. Ella estaba con la vista baja, ordenando unos papeles de los muchos que había en la academia. La máquina de escribir estaba retirada en un lado del escritorio. La mujer estaba tan absorta en su tarea, que ni tan siquiera oyó al chico subir los peldaños.

Al verla, el chico se apresuró a pasar desapercibido avanzando sigilosamente por las baldosas. No quería llamar la atención de aquella mujer de melena discreta, y que le impidiese el paso como otras veces. El chico rapado tenía claro lo que había venido a hacer, quería explicarse delante de sus superiores, hablar sobre lo que había oído, alertarles de lo que posiblemente iba a pasar en aquella olvidada ciudad. En aquellos tiempos, y en aquel remoto lugar, lo normal era chivarse de otros para salvar el pellejo o conseguir algo a cambio.

El chico se coló por un pasillo secundario, giró a la izquierda, y entró en una pequeña habitación donde había otros uniformes verdes masculinos. Se enfundó uno que le quedaba un poco grande, con los puños sobresaliendo bastante, y cubriéndole parte de sus manos. Aquella vestimenta le quedaba tan holgada que podría ocultar un arma sin ser vista. Pero él no había venido a matar a nadie, si su chivatazo procedía, ya se encargarían otros de hacer el trabajo sucio.

Acto seguido entró en el pasillo principal. Anduvo varios metros hacia donde quería ir. Se cruzó con varias caras que le tomaron por un compañero más. Con cara de pocos amigos, entró por fin al despacho. El hombre que había allí, calvo y bastante gordo, pensó que Carmen lo había dejado pasar, y ni se inmutó, ni se sorprendió de su presencia. Le interrogó con la mirada mientras pronunciaba las siguientes palabras:

—Usted dirá.

El chico rapado cantó dándole igual que sus palabras podían hacer caer en desgracia a aquellos muchachos jóvenes que recién estrenaban la edad para estar allí. Los vendió a cambio de un puñado de monedas y unos cuantos permisos para estar con su novia.

Años después, en el juicio que hubo, el letrado solo le pidió que no mintiera. Carmen negó varias veces que había dejado pasar a aquel chico rapado. Sonó tan sincera su confesión, que no hicieron casi falta más pruebas. Carmen se vengó así del chico rapado por derribar su castillo de naipes, porque unos de los muchachos que habían ejecutado aquella tarde gris de noviembre era su prometido.

La sentencia obligó al chico rapado a cumplir condena. No recibió visitas en la cárcel. A nadie le importaba ya un chivato más. Murió de enfermedad años después aunque su mayor mal siempre fue la soledad.

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