Un piano repiqueteaba

Verano, interpretando nuestro amor

POEMA 9: Entre la luz, el ocaso, y el contraste

Un piano repiqueteaba una melancólica canción.
En el restaurante de tus labios,
comía con avidez y gana.
Acariciaba tus notas al recibirlas,
su olor a tinta perfumada, una bendición.
¡Qué grato aquel mensaje que anunciaba
un nuevo encuentro! Fulgor en mis entrañas.

Con donaire te miraba.
Tus ojos eran volátiles
en contacto con los míos.
Se escapaban de ellos las ajenas miradas.
El contacto de tus manos, melodía insuperable,
tejiendo una novela en mi diminuto cuerpo,
cada caricia, un capítulo sin fin.

Interminable nuestra historia. Así la sentía.
Sin temor, la vivía como algo mágico, inhumano.
Un piano se atranca en mitad de la melodía,
impropia fortuna que me desnuda sin mesura.

Cuatro historias, un destino: NIEVES

Estos días ando loca con los preparativos. Quiero que todo este a punto y que no falle nada. Me he adelgazado estos últimos días por los nervios y me han tenido que retocar el vestido, porque me hacía alguna que otra bolsa. «Come», me decía mi madre. Pero la comida se me quedaba retenida en la boca y no había forma de tragarla. Y aunque coma, igual adelgazo.

Estoy abriendo muchos regalos estos días con Óscar, que se negó a poner un número de cuenta en las invitaciones de boda. Mis abuelos nos han regalado el viaje de luna de miel. Iremos a Italia. Mis amigas no entienden por qué voy tan cerca, pero yo necesito impregnarme de historia. Hace poco que terminé historia del arte, pero ahora estoy trabajando como administrativa, porque no he encontrado trabajo de lo que estudié. Las horas trabajando me pasan lentas y yo querría estar en un museo, porque es mi sueño. Óscar me anima a enviar currículums y yo, claro que lo hago, pero de momento no he recibido ni una sola llamada.

El día en el que lo conocí, el mundo se detuvo durante unos momentos. Había ido a ver una película al cine y Óscar se encontraba en la fila. Me fijé en su figura desde lejos, y pensé que no me importaría conocerlo y el azar jugó a mi favor, porque cuando me senté en la butaca numerada, lo tenía a mi lado. De cerca, aprecié sus rizos castaños y su boca carnosa, pero entonces apagaron las luces y de sus ojos casi ni me fijé. La película avanzaba y, como era triste, y yo además estaba sensible, se me escapaban las lágrimas que se deslizaban y me caían en el vestido. Cuando encendieron las luces, yo tenía la cara irritada como un mapa de tanta lágrima que había derramado. «No llores, las lágrimas no te dejaran ver el bosque», escuché. Y entonces, sí que me pude fijar en sus ojos castaños con algunas motas de color verde, que me recordaron las hojas de los árboles, y pensé que si él fuera bosque no me importaría pasarme la vida a su lado.

Fue un amor a primera vista repentino. La película ya mostraba los créditos, pero yo no me movía de la butaca, que sentía que había cogido la forma de mi cuerpo. Al final, el supervisor, vino para decirnos que, si queríamos ver otra sesión, tendríamos que volver a pagar. Me levanté como pude y en la puerta del cine aún estaba él, y me invitó a cenar.

Cuando me di cuenta, estaba en su piso y ya eran las cinco de la mañana. Habíamos cenado comida china y después habíamos estado hablando en el sofá ocre del comedor. Era profesor de filosofía y su vida me pareció interesante. Con dieciocho años cumplidos desde hacía poco, me dejé alumbrar por sus palabras, que me trasladaron a su dormitorio. Lo hicimos sobre la cama. Fue breve, pero intenso. Y me acarició como nadie antes lo había hecho. A la mañana siguiente, pensé que no me volvería a llamar, pero me equivoqué. Por la noche, ya tenía una llamada suya en el buzón de voz y desde entonces no nos hemos separado. Hasta hemos programado un futuro en común. Nos casaremos el sábado que viene e iremos a vivir en una casa con jardín que hemos estado preparando con dedicación durante los últimos meses. Mis amigas me han repetido diversas veces que he tenido suerte. «Los sueños a veces se cumplen», me decía mi madre. Y yo pienso que sí, ojalá me llamen para trabajar en un museo también.

Ahora llaman a la puerta. Seguro que son ellas. Será el último fin de semana de soltera y pienso saborearlo. Hasta ha venido Olga, casi no la conozco con esta falda verde que le resalta sus curvas femeninas a más no poder. Será una noche para recordar viejos tiempos. Madre mía. Han puesto música y me están cantando. ¡Qué vergüenza! Algunos vecinos han salido a la escalera porque no están acostumbrados a tanto escándalo. Perdonad, ¡ya nos vamos!

Cuatro historias, un destino: OLGA

Cuatro historias, un destino: SONIA

Cuatro historias, un destino: LAURA

Continuará…

Cuatro historias, un destino: LAURA

Esta noche me he vestido lo más lentamente posible y es que voy en contra de mi voluntad y con el corazón encogido a la despedida de soltera de Nieves. Se casa y yo ya no sé qué hacer. Desde el instituto que me gusta, pero nunca he recogido el valor suficiente para decírselo. Lo intenté hace unos cuantos años, pero las palabras se me quedaron trabadas en la garganta y el chicle, que entonces masticaba, se me paralizó dentro de la boca. Estábamos en la piscina de mi casa. Ella se bañaba y yo la contemplaba embriagada desde mi toalla. Le dije que no me quería bañar, porque de esta forma la podría observar desde otra óptica. Estábamos solas. Olga con el embarazo avanzado, salía poco de casa porque se cansaba con tanto calor y Sonia, que últimamente estaba muy extraña, se había ido con su madre a la gran ciudad.

Nieves salió al cabo de un rato y se aproximó. El agua le caía por su cuerpo bronceado cubierto mínimamente por un bikini violeta. Le aparté un cabello dorado imaginario de su pecho. Ella me sonrió con sus ojos verde azules, que yo creía que solo eran para mí y sentí como una oportunidad como esta no la tendría nunca más. Pero al final no pude hacerlo, me faltó valor, porque el temor a una simple negativa por parte de ella me petrificaba y, así me quedé, a la espera de otra oportunidad que nunca llegó.

Mis fantasías de aquellos meses pasaron por todos los tonos posibles de violeta, porque Nieves, al cambiarse de ropa, se olvidó su bikini encima de mi cama y yo me lo guardé como un trofeo. Aquel bikini lo olí repetidas veces. Un olor ácido, penetrante e íntimo que me hacía tenerla más cerca. Pero entonces, entre sueños y fantasías por mi parte, apareció Óscar en su vida.

Una noche de finales de verano, Nieves me lo explicó con pelos y señales sin saber lo que me llegó a herir. «Hay trenes que solo pasan una vez en la vida», me decía mi madre. Y yo cogí otro, en sentido contrario, que me alejó de ella, pero no de lo que sentía. Entre los estudios, intenté olvidarla, pero como los sentimientos no se pueden controlar, al final lo dejé por imposible. Salí, conocí gente nueva durante estos años y me llegué a perder por la gran ciudad, pero nunca sentí por nadie lo que llegué a sentir por Nieves.

Esta tarde he estado ocupada haciendo una práctica del máster que estoy acabando. Un anuncio publicitario de una marca de colonia fresca. He dibujado dos delfines que salen de una piscina. En medio he dibujado un frasco de colonia de color violeta rodeado de unos cabellos dorados. Parece mentira cómo estas cosas, que me recuerdan tanto a Nieves, me inspiran. Iré a la despedida y sé que mis alegrías serán falsas. No quiero pensar cómo me sentiré el día de la boda, pero el tiempo avanza sin detenerse…

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Cuatro historias, un destino: OLGA

Cuatro historias, un destino: SONIA

Continuará…

La atracción de un instante

Faltaban manos para servir mesas. Inspiré y salí con una bandeja llena de bebidas.

Nunca olvidaré el momento en el que lo vi. Se me cortó la respiración al comprobar que tenía la cara más bonita que había visto en mi vida.

Me tembló la voz al hablar con él y las palmas de mis manos empezaron a bañarse por el sudor. Sonreí y le dediqué una mirada simpática.

Mi intención era dedicarle algo de tiempo, pero mi corazón galopaba al contacto de sus ojos. Rápido, me dije, será sólo un momento. No quería continuar con la tarea de servir, aunque debería. Estábamos a tope de clientes.

Dejé la bandeja reposando en su mesa. Nunca me habían acompañado con tan solo una mirada. Su voz resonaba y las palpitaciones de mi cuerpo se aceleraron. Un calor placentero me recorría todas las terminaciones nerviosas. Sentí la atracción de un instante.

No sé si era por su cabello, por su gesto seguro o porque aquellos labios me invitaban a bailar.

Me explicó que solía viajar a menudo por la comarca, pero tonta de mí, no lo había visto en mi vida. Seguro que me acordaría de una persona así. Le faltaba algo para llegar a abrazarme por completo. Por unos segundos pensé que no me importaría que me acariciara lento.

Me secuestró los pensamientos y, al final, mi jefe me reclamó dando un golpe en la mesa y me tuve que ir a la cocina.

Acabé fregando cacharros, una pila innumerable de platos y vasos. Al salir, él ya se había ido.

Desde entonces, soñé con volverlo a ver. No hay día que no me levante con esa esperanza.

***

Nunca olvidaré el momento en el que la vi aparecer. Iba cargada con una bandeja acercando bebidas a todos los presentes.

Me acercó un vaso y, mientras me abría la botella de Coca Cola con un abridor y me la servía, me sonrió. Su sonrisa era tierna como una margarita en el mes de abril.

Cruzamos unas pocas frases. No quería impresionarla explicándole que, el brazo que me faltaba era por culpa de un tiburón hambriento. Siempre alardeaba de ello cuando alguien me preguntaba. Había sobrevivido sin duda, pero me veía obligado a sacar pecho y a mentir.

Pero no me pareció bien hacerlo con ella. Con su juego de pestañas, me pareció una chica la mar de especial. Me fijé en su escote inexistente por el uniforme recatado. Se adivinaban unas curvas bien proporcionadas. Si la oportunidad me lo permitía, quería retardar en descubrirlas. Necesitaba primero conocerla. Mis pensamientos, sumados a la perdida de la noción del tiempo al contacto de sus ojos, se vieron interrumpidos.

Un golpe seco, su cara de disgusto y yo me quedé pasmado y sin reaccionar. Mis pupilas bailaban por todo su cuerpo al marcharse de allí.

Me quedé esperándola largos minutos hasta que el móvil que llevaba en la chaqueta empezó a sonar y sonar. Tuve que apartarme y salí corriendo del local.

Me informaron que la operación se había anulado y tuve que regresar a mi hogar. No podía levantar sospechas. Solo buscaba indicios del pasado para reparar el futuro. A veces era peligroso conseguir información. Por ello, había perdido mi brazo en un accidente laboral hacía algo más de unos meses.

Desconocía su nombre y tampoco sabía a qué año exacto había viajado. Nunca me acostumbré a ser un verdadero viajero del tiempo. Con mi misión abortada, vagué por el mismo restaurante en diferentes momentos de la historia.

Un día de 1960 vi a su jefe y le pregunté por ella. Recordaba vagamente la figura de su sonrisa cosa que me esperanzó. Luego me contó cómo sus labios de fuego recorrían su piel todas las noches hasta que se hartó de ella y la despidió. Sonrió de manera lasciva y le pegué un fuerte puñetazo en toda su cara con el brazo que me quedaba. No soporto a los acosadores.

El beso, que nunca le di a esa chica, se alargaba en mi mente de manera enfermiza. Me había obsesionado por un momento que acabé idealizando.

Son instantes inolvidables que perviven en mi mente. No quiero perder la esperanza de volver a encontrarme con ella en algún lugar del tiempo.

MI PARTICIPACIÓN EN TALLER DE LITERAUTAS ABRIL 2019

Úrsula, poema en imagen

El último milagro de la escalera:
saludan las vecinas a la pequeña Úrsula,
desconfianza en el pecho, acogida en el hogar
ultrapasas la alegría del pequeño universo.

Los astros enganchados en la pared brillan,
primera noche con nuevos juguetes,
duermes sola en una cama de pétalos, suave y cómoda
aunque el sueño no te vence, miedosa.

Temes perder, volver a la urbe
y te clavas las uñas bien adentro.
Una bruja pulula lo que te será quitado,
otra vez rondarás casas, oyes el aullido
de los monstruos que viven en el armario.

Tu grito alerta a la madre que llega,
útero seco; y el padre, esperma inmóvil.
Eres una osa pequeña que brilla en esta cama
que vuela sin naufragar, una esperanza,
la vida útil de quien tiene necesidad de amar.

El padre te lee un cuento de hadas que llegan
y tocan con la varita mágica una emoción,
Úrsula, la madre una taza de leche te prepara
con inexperiencia, pero el amor te absorbe.

Te adaptas lentamente a la nueva vida,
los niños de la escalera comparten los regalos,
orgullosa juegas con todos, y el día pasa volando.

Papeles, la adopción te hace formar parte de una familia
que te desea. Úrsula, ansiosa de juegos, que germinan todo el año. Los padres, un ungüento en el corazón.

Interpretando un beso

Verano, interpretando nuestro amor

POEMA 7: “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

 

Aquella jovial víspera de San Juan,
te vi interpretando un beso
en el escenario de la ciudad dormida
y, quise ser la receptora de tus labios.

En la butaca me revolvía con fervor,
movías las manos acaloradamente,
tu actuación me abrasaba totalmente.
Con estupor, contemplé el atardecer más largo.
Un latido bombeaba en el cielo de tu obra.
Y quise quedarme en él, toda una eternidad.

Humedecida, me dormí en la noche veraniega.
Un sueño impoluto me rondaba,
Desperté, y vi la luna teñida de tu mirada.
Y, quise pintarla en el lienzo de mi cuerpo.

La huella de mi corazón brota y crece,
cuando, por fin, me acerco a ti.
Maquiavélico plan el que me puede.
Un rompecabezas el que me tuerce.

Emociones por un fiero beso

TALLER MÓNTAME UNA ESCENA Nº46/47 DE LITERAUTAS

Era más que un simple robot. Desde que Fiera apareció en su vida para hacérsela más fácil, se había convertido en el puntal más importante de su vida.

La soledad, que la apretujaba cada poro de su piel, se había hecho más resistible a su lado.

Fiera era lo que cualquiera en su lugar, desearía. Un revoltijo de buenos propósitos puestos en práctica. Su casa nunca había estado más impecable y ordenada, y ella colmada de atenciones.

Juntos habían desarrollado un lenguaje propio y se comunicaban con palabras, que solo comprendían los dos.

Lo que Fiera desconocía por completo era que Estrella se había enamorado de él; de cada detalle; de cada cable de su ser. Nadie había hecho tanto por ella.

En ocasiones, le miraba en silencio sin lograr pronunciar ninguna palabra, porque se le atragantaba y su pulso subía por las nubes. Eso alertaba al robot, y le ponía una pastilla debajo de la lengua. Estrella la retenía más de la cuenta, porque anhelaba un beso que nunca llegaba.

Fiera no sabía besar, pues no lo habían programado para hacerlo.

Lo que sí sabía hacer era escucharla y comprenderla. Además, se dedicaba a su aseo personal. La bañaba como si se tratase de un bebé, con mucho mimo y le recorría su delicada piel con una esponja suave. La vestía y hacía que Estrella se sintiera útil, practicando algunos ejercicios con sus extremidades superiores. Las que servirían para acariciar a su robot, si no tuviera las manos tan entumecidas.

Antes de dormirse, le leía una historia de nunca acabar, que hacía que Estrella acabara vencida, y entrara en el paraíso de los sueños realizables.

***

Sonia, la hija única de Estrella, era una científica especializada en robótica. Tenía la mirada felina y una pareja estable, que investigaba en el campo de la discapacidad. Ambos esperaban que, pronto, los robots desarrollaran también emociones.

Era el futuro que, poco a poco, había labrado para su madre; una vida especial a su medida, que suplantaba el amor del que fue su marido, herido en un fatal accidente laboral en el campo de la construcción.

Su madre se había quedado viuda y sin pensión, pues el hombre no estaba asegurado. Nunca pensaron en qué les podía pasar a ellos, lo que a veces veían en las noticias televisivas: que los accidentes ocurrían en casas ajenas.

A final de mes, su hija apareció con el equipo médico, que medía sus progresos y se quedaba anonadado de lo bien que evolucionaba Estrella. Su hija Sonia se llamaba como la novia del gato de Isidoro, una serie televisiva de antaño que la mujer había recuperado por recordarle la infancia, de la que ahora parecía que su hija se alejaba. En cambio, Estrella volvía a ella y no tenía miedo a escabullirse, ni sentía vergüenza de sentirse como una niña. Se encontraba bien, imaginando colores vistosos y sorpresas, donde Fiera le hacía su día a día más divertido.

Menos mal que Sonia, por aquel entonces, ya había acabado su carrera y pudo colocarse en una multinacional. Dinero no les faltó, porque su madre sufría una enfermedad neurodegenerativa que le hacía estar apagada la mayor parte del tiempo. Con la medicación, sumada a los estímulos de Fiera, controlaron que se frenara su avance.

***

Sonia, aquellas vacaciones, realmente se enteró de lo que deseaba su madre: un beso del robot y, fundirse después con él. Diseñó uno de los mejores labios, sugerentes y sonrientes, y programó que Fiera le diera un beso. Pero su madre no pareció aliviarse. Aquel beso no sabía a nada, era de metal plastificado. Por mucho que intentó inventar el tacto de una carne, no lo consiguió. Desesperada, pensó que sus superiores la degradarían por no dar la talla.

Entrada la noche, Estrella se acercó a los pies de la cama de su madre y observó cómo dormía plácidamente. Al sentir el contacto de sus ojos, Estrella los abrió asustada. Sonia, instintivamente, le dio un beso para calmarla en su mejilla.

Fiera las observaba desde un extremo de la habitación. Al verlas, dos lágrimas resbalaron por la cara del robot, al sentir la ternura de la escena. Había desarrollado su primera emoción. Estrella tembló y rio al sentir el calor de los labios de su hija, un contacto que ya había olvidado, aunque era el que anhelaba en su estado de párkinson.

La calle inolvidable del viento

LA CLAVE ESTÁ EN LA CALLE DEL VIENTO

Vivíamos en la calle del viento. De toda la ciudad, era donde más se sentía la fuerza con la que nos empujaba. Teníamos que luchar con nuestro peso para poder llegar sanos y salvos a nuestro hogar. Mi mujer estaba bastante delgada y, como le advertí, la mayoría de los días cargaba con piedras del camino para no volar como flor diminuta una vez doblara hacia nuestra calle.
Presentía que el viento me quitaría la persona más valiosa para mí en un descuido. Alguna vez estuvimos a punto de cambiar de casa, pero siempre nos volvíamos atrás. No había hogar tan confortable como el nuestro. Con lo que nos había costado encontrar un sitio para cada cosa, y conseguir que todo estuviera ordenado… No era hora de cambiar con todo lo que habíamos luchado.
A veces pensaba en que si no fuera por el viento, nos sentiríamos vacíos, como si nos faltara algo.

Un día, Rebeca no llegó a su hora habitual y eso que era muy puntual. Pensé que algo le había sucedido, pues era extraño que no me hubiera llamado para avisarme. Lo tenía todo preparado para la ocasión. Tan solo hacía falta encender unas velitas en la mesa. Había preparado mi menú reservado para las ocasiones especiales. Quería sorprenderla en San Valentín, aunque no creyera especialmente en él. Creía que la relación se tenía que trabajar a diario y no únicamente en días señalados. No quise ponerme nervioso y dejé volar mi imaginación, pensando en que mi mujer, posiblemente también estaba preparándome una sorpresa. ¿Y si se había comprado algún conjunto nuevo? Sí, posiblemente era eso. Hacía días que su risa no paraba de sonar en todos los rincones de nuestro hogar. La veía tan feliz… No hacía falta cerrar los ojos para imaginarla mirándome. Intuía que pronto regresaría. Ya hacía rato que había anochecido y el viento no paraba de silbar. Ya no me ponía nervioso, pero sí el retraso de Rebeca.

La llamé varias veces sin lograr oír su voz. Tenía el móvil apagado o fuera de cobertura.
Recorrí nuestra ciudad de norte a sur, buscándola, sin lograr a verla. Al entrar en nuestra habitación de matrimonio, ya cansado de tanto buscarla en balde, me encontré con una breve nota con la caligrafía de mi mujer. La leí con los ojos llorosos.

No sé cómo escribirte estas líneas sin llegar a herirte. Me marcho, Alberto, corre libre como el viento. A veces no hay ninguna razón que nos impida seguir. No hay ningún problema, pero siento que necesito tomarme un tiempo.
Hago las maletas en un día que me recuerda que el amor existe. Me ha costado decidirme. Estoy en el aeropuerto. Tengo dos billetes comprados, por si te decides a venir conmigo
Qué difícil decisión ¿verdad? Nos merecemos unas vacaciones de ensueño.

Rebeca

No tardé en vestirme. La necesitaba. Por un momento, había pensado que el momento tan temido, había llegado. Pero así era ella: original. Conduje rápido hacia el aeropuerto. No sabía a qué hora salía el avión y no quería perderlo. El destino no me importaba lo más mínimo.
Cuando me vio, dejó escapar una carcajada y sus miedos se alejaron. Me cogió de la mano, decidida, y me llevó a facturar nuestra maleta.
—¿Y si no hubiese leído la nota hasta el final? —le pregunté.
—Era el riesgo que corríamos. Pero quien arriesga, suele vencer —me respondió directa.
—Ya veo.
—¿Te apuntas a salir de la monotonía?

La miré, fijándome en cómo un fino rubor de emoción, cubría sus mejillas. La besé bajo el cielo ventoso de nuestra ciudad. Admiré el terciopelo de sus labios, rozando los míos. Sin duda, lo había organizado todo, para que aquellas fueran unas vacaciones inolvidables. Asentí y me alegré de que aquella fuera mi mujer.