La aventura de escribir

Escribía de espaldas al mundo. Fuera de su casa, pasaban sucesos terribles. De vez en cuando, los visualizaba desde un pequeño televisor, pero ella prefería ensanchar su mundo interior. Aquellas palabras la acompañarían durante toda la vida. Eran insignificantes sus historias, narraciones mundanas, pero ¿acaso el universo brillaba distinto desde que ella existía?

No necesitaba mucho para imaginar. Solo que su mente pudiera crear nuevas ideas. Algunas nacían como una tormenta. Era cuando se sentía inspirada y dejaba que fluyeran llenándola de energía. Se sentía feliz cuando esa sensación ocurría, como si una dosis de vitaminas fuera inyectada para impregnarla.

Otras veces, se forzaba a escribir para hacer desaparecer la melancolía que en ocasiones la invadía. Era cuando no tenía ganas de levantarse de la cama y, se quedaba sin fuerza, como si un cortocircuito hubiese recortado la comunicación entre sus neuronas.

Navegaba entre un universo de contradicciones y sus historias nacían precisamente de ahí, de sus conflictos interiores. Hilvanaba sus palabras con maestría porque le había dedicado tiempo a su aprendizaje. Era cuestión de técnica y de mucho trabajo. En ocasiones, se aventuraba a probar tramas novedosas. Podía ser original hasta la médula y lo hacía hasta quedar exhausta.

Sentía placer por escribir y no buscaba reconocimiento, ni éxito, ni nada que la hiciese ser diferente a los demás. Lo hacía porque, mientras enlazaba sus pensamientos en palabras, se sentía viva. Había construido una burbuja hecha a su medida y sus miedos, los que evitaba mirar en el televisor, habían desaparecido.

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Cuatro historias, un destino: EL DESTINO

Olga, Sonia y Laura habían reservado el bar donde desayunaban cuando iban al instituto para hacer la cena de despedida. Aquel lugar las abocó a una serie de recuerdos que fueron surgiendo conforme avanzaba la noche. Entre risas, le hicieron un pequeño homenaje a Nieves, un collage de fotos donde salían las cuatro amigas desde sus inicios hasta la actualidad. La idea, aunque poco original, había sido de Laura que se había pasado horas enteras retocando las fotos en el ordenador, y Sonia le había escrito un poema tierno. La música era cosa de Olga que había grabado diversos CD con canciones que escuchaban en aquella época.

Nieves se emocionó y su emoción se trasladó a sus amigas que acabaron llorando. Quien lloró más fue Laura y con las manos temblorosas acabó derramando la Coca-Cola que le acabó mojando su vestido violeta.

Bien entrada la noche, abandonaron el bar y se fueron a bailar a la discoteca que hacía tiempo que no pisaban. Entre focos, ritmos y música, entraron en otra dimensión. Quien bailó más fue Olga que sintió cómo sus pies se movían solos, hacía tiempo que no experimentaba esa clase de libertad. De cuando en cuando, iban a la barra a beber un cóctel dulce, todas menos Sonia que se privó de beber alcohol porque era la que conducía. Ella era la que iba varias veces a la entrada de la discoteca para poder fumar. Laura la acompañaba. Aquella noche fumaba más que nunca, aspirando con fuerza el cigarrillo como si fuera el último de su vida.

Sonia le preguntó a Laura repetidas veces qué narices le pasaba, pero ella se negaba a responder. Tenía la mirada empañada y Sonia no pudo descifrarla, pero sabía que algo le pasaba. Laura sudaba deprisa, pero las manos las tenía heladas. El alcohol le iba entrando y, poco a poco, se le instauraba en la mente que abandonaba por unos momentos la realidad y le quedaba una sonrisa tonta. Nieves, rodeada de felicidad, también bailaba y contaba mentalmente los pocos momentos que le quedaban para casarse.

Al final, las luces de la discoteca se encendieron, indicando el final de la noche. Los ojos de las cuatro amigas se deslumbraron por la intensidad. Salieron y fueron hacia el aparcamiento. Olga subió al asiento del copiloto y Nieves y Laura al asiento trasero. El coche, conducido por Sonia, giró hacia la izquierda y entró en la carretera que las llevaría hacia casa. La música sonaba por los seis altavoces del coche, de una manera suave y discreta. En la recta, Sonia pisó un poco más el acelerador y se confió. La carretera gris se extendía solitaria a las cuatro y media de la madrugada.

Laura cogió las manos de Nieves y las acarició con pequeños movimientos circulares.

—Tengo las manos heladas. Déjame calentármelas con las tuyas —le dijo.

Y Nieves le pasó hasta un poco de su aliento para que las manos alcanzaran una temperatura más humana. Laura se sintió vivir con la compañía de Nieves y se quedaron con las manos entrelazadas.

Fue aquel cambio de rasante quien hizo aparecer el destino impasible y cruel. Dos faros se aproximaron al coche de Sonia a una velocidad sorprendente. Hasta que no lo tuvo encima, no lo pudo ver. No pudo frenar y el impacto fue tan colosal que el coche, después de dar varías vueltas de campana, salió disparado de la carretera y se estampó contra el margen derecho, una barrera dura como el mármol.

Al lado del margen había un árbol grande, un roble fuerte e inmóvil, que había perdido algunas de sus hojas. Murieron las cuatro en el acto, apagándose su vida en el instante efímero. Ambulancias, policías y bomberos llegaron al lugar del accidente.

Emilio, que conducía el otro coche, resultó ileso. Dio positivo en el control de alcoholemia ya que la superaba por varios puntos. Lo arrestaron. Pagaría una condena por un hecho irreparable, injusto como la misma vida. Del maletero del coche de Sonia, surgieron diferentes fotos arrugadas, que arrastradas por un viento suave que empezaba a soplar, acabarían debajo del roble.

Ese roble estaría lleno de flores variadas durante los próximos años, recordando el final de la vida de las cuatro amigas. Colores vivos por recordarlas, desde el amanecer hasta la puesta de sol. Y en las noches solitarias, las estrellas brillarían a ratos antes de ser cubiertas por nubes de tormenta entre los pensamientos de añoranza por parte de Óscar, Alberto, Alba y las cuatro madres que nunca aceptaron ese destino. Mirando el cielo las recordarían, y entre los recuerdos rotos, ellas vivirían por unos instantes dentro de la vida de los demás.

FIN

Cuatro historias, un destino: OLGA

Cuatro historias, un destino: SONIA

Cuatro historias, un destino: LAURA

Cuatro historias, un destino: NIEVES

Cuatro historias, un destino: NIEVES

Estos días ando loca con los preparativos. Quiero que todo este a punto y que no falle nada. Me he adelgazado estos últimos días por los nervios y me han tenido que retocar el vestido, porque me hacía alguna que otra bolsa. «Come», me decía mi madre. Pero la comida se me quedaba retenida en la boca y no había forma de tragarla. Y aunque coma, igual adelgazo.

Estoy abriendo muchos regalos estos días con Óscar, que se negó a poner un número de cuenta en las invitaciones de boda. Mis abuelos nos han regalado el viaje de luna de miel. Iremos a Italia. Mis amigas no entienden por qué voy tan cerca, pero yo necesito impregnarme de historia. Hace poco que terminé historia del arte, pero ahora estoy trabajando como administrativa, porque no he encontrado trabajo de lo que estudié. Las horas trabajando me pasan lentas y yo querría estar en un museo, porque es mi sueño. Óscar me anima a enviar currículums y yo, claro que lo hago, pero de momento no he recibido ni una sola llamada.

El día en el que lo conocí, el mundo se detuvo durante unos momentos. Había ido a ver una película al cine y Óscar se encontraba en la fila. Me fijé en su figura desde lejos, y pensé que no me importaría conocerlo y el azar jugó a mi favor, porque cuando me senté en la butaca numerada, lo tenía a mi lado. De cerca, aprecié sus rizos castaños y su boca carnosa, pero entonces apagaron las luces y de sus ojos casi ni me fijé. La película avanzaba y, como era triste, y yo además estaba sensible, se me escapaban las lágrimas que se deslizaban y me caían en el vestido. Cuando encendieron las luces, yo tenía la cara irritada como un mapa de tanta lágrima que había derramado. «No llores, las lágrimas no te dejaran ver el bosque», escuché. Y entonces, sí que me pude fijar en sus ojos castaños con algunas motas de color verde, que me recordaron las hojas de los árboles, y pensé que si él fuera bosque no me importaría pasarme la vida a su lado.

Fue un amor a primera vista repentino. La película ya mostraba los créditos, pero yo no me movía de la butaca, que sentía que había cogido la forma de mi cuerpo. Al final, el supervisor, vino para decirnos que, si queríamos ver otra sesión, tendríamos que volver a pagar. Me levanté como pude y en la puerta del cine aún estaba él, y me invitó a cenar.

Cuando me di cuenta, estaba en su piso y ya eran las cinco de la mañana. Habíamos cenado comida china y después habíamos estado hablando en el sofá ocre del comedor. Era profesor de filosofía y su vida me pareció interesante. Con dieciocho años cumplidos desde hacía poco, me dejé alumbrar por sus palabras, que me trasladaron a su dormitorio. Lo hicimos sobre la cama. Fue breve, pero intenso. Y me acarició como nadie antes lo había hecho. A la mañana siguiente, pensé que no me volvería a llamar, pero me equivoqué. Por la noche, ya tenía una llamada suya en el buzón de voz y desde entonces no nos hemos separado. Hasta hemos programado un futuro en común. Nos casaremos el sábado que viene e iremos a vivir en una casa con jardín que hemos estado preparando con dedicación durante los últimos meses. Mis amigas me han repetido diversas veces que he tenido suerte. «Los sueños a veces se cumplen», me decía mi madre. Y yo pienso que sí, ojalá me llamen para trabajar en un museo también.

Ahora llaman a la puerta. Seguro que son ellas. Será el último fin de semana de soltera y pienso saborearlo. Hasta ha venido Olga, casi no la conozco con esta falda verde que le resalta sus curvas femeninas a más no poder. Será una noche para recordar viejos tiempos. Madre mía. Han puesto música y me están cantando. ¡Qué vergüenza! Algunos vecinos han salido a la escalera porque no están acostumbrados a tanto escándalo. Perdonad, ¡ya nos vamos!

Cuatro historias, un destino: OLGA

Cuatro historias, un destino: SONIA

Cuatro historias, un destino: LAURA

Continuará…

Cuatro historias, un destino: LAURA

Esta noche me he vestido lo más lentamente posible y es que voy en contra de mi voluntad y con el corazón encogido a la despedida de soltera de Nieves. Se casa y yo ya no sé qué hacer. Desde el instituto que me gusta, pero nunca he recogido el valor suficiente para decírselo. Lo intenté hace unos cuantos años, pero las palabras se me quedaron trabadas en la garganta y el chicle, que entonces masticaba, se me paralizó dentro de la boca. Estábamos en la piscina de mi casa. Ella se bañaba y yo la contemplaba embriagada desde mi toalla. Le dije que no me quería bañar, porque de esta forma la podría observar desde otra óptica. Estábamos solas. Olga con el embarazo avanzado, salía poco de casa porque se cansaba con tanto calor y Sonia, que últimamente estaba muy extraña, se había ido con su madre a la gran ciudad.

Nieves salió al cabo de un rato y se aproximó. El agua le caía por su cuerpo bronceado cubierto mínimamente por un bikini violeta. Le aparté un cabello dorado imaginario de su pecho. Ella me sonrió con sus ojos verde azules, que yo creía que solo eran para mí y sentí como una oportunidad como esta no la tendría nunca más. Pero al final no pude hacerlo, me faltó valor, porque el temor a una simple negativa por parte de ella me petrificaba y, así me quedé, a la espera de otra oportunidad que nunca llegó.

Mis fantasías de aquellos meses pasaron por todos los tonos posibles de violeta, porque Nieves, al cambiarse de ropa, se olvidó su bikini encima de mi cama y yo me lo guardé como un trofeo. Aquel bikini lo olí repetidas veces. Un olor ácido, penetrante e íntimo que me hacía tenerla más cerca. Pero entonces, entre sueños y fantasías por mi parte, apareció Óscar en su vida.

Una noche de finales de verano, Nieves me lo explicó con pelos y señales sin saber lo que me llegó a herir. «Hay trenes que solo pasan una vez en la vida», me decía mi madre. Y yo cogí otro, en sentido contrario, que me alejó de ella, pero no de lo que sentía. Entre los estudios, intenté olvidarla, pero como los sentimientos no se pueden controlar, al final lo dejé por imposible. Salí, conocí gente nueva durante estos años y me llegué a perder por la gran ciudad, pero nunca sentí por nadie lo que llegué a sentir por Nieves.

Esta tarde he estado ocupada haciendo una práctica del máster que estoy acabando. Un anuncio publicitario de una marca de colonia fresca. He dibujado dos delfines que salen de una piscina. En medio he dibujado un frasco de colonia de color violeta rodeado de unos cabellos dorados. Parece mentira cómo estas cosas, que me recuerdan tanto a Nieves, me inspiran. Iré a la despedida y sé que mis alegrías serán falsas. No quiero pensar cómo me sentiré el día de la boda, pero el tiempo avanza sin detenerse…

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Cuatro historias, un destino: OLGA

Cuatro historias, un destino: SONIA

Continuará…

Cuatro historias, un destino: SONIA

Cada vez que veo a Alba, pienso que mi hijo ahora tendría su edad. No lo puedo olvidar y dudo que algún día lo haga. Hoy la he visto poco, porque no he pasado de la puerta. Olga no quería llegar tarde y ya estaba preparada. Una falda verde y una camiseta marrón claro era la ropa que se había puesto. Las estrenaba. Yo misma le dije que se las probase cuando pasamos por delante del escaparate de la tienda de ropa. Y como no eran piezas demasiado caras, me hizo caso y se las compró. Habíamos salido a escoger el vestido que luciríamos en la boda y al final compramos más ropa de la que necesitamos con la excusa de que había cambio de temporada. No nos pudimos resistir. Ahora hablo por mí, porque Olga hacía tempo que no estrenaba nada nuevo. Siempre llevaba los mismos tejanos que se le habían ido desgastando y habían perdido su color original a fuerza de lavados. Y de camisetas apenas tenía tres, de colores bien diferentes, que iba alternado entre sí porque los tejanos combinaban con todo.

Olga casi no tenía ropa y yo tenía demasiado. Hacía poco que no me cabía en el armario y había tenido que comprar otro, que puse al lado del que ya tenía. Todavía vivo con mis padres y ellos me mantienen. Me queda poco para acabar la carrera y combino mis estudios con un trabajo de monitora de comedor a media jornada. El dinero que gano me cuesta ahorrarlo, pero es lo que hay. Soy una compradora compulsiva, como me dice Olga, que desde que estudia psicología no cesa de clasificar las personas según diferentes patologías que aparecen descritas en los libros. Compulsiva o no, me gusta ir a la última moda. Lo que tengo lo acabo aburriendo al cabo de poco y siempre necesito tener cosas nuevas. El sueldo no me da para mucho, no os penséis, pero siempre acabo comprando ofertas que considero interesantes. «Tienes un agujero en los bolsillos», me dice mi madre y creo que tiene razón.

Cuando veo a Olga con su niña, pienso que mi vida hubiera sido distinta si hubiera seguido su camino. Porque yo también me quedé embarazada a los diecisiete. Nuestras vidas, sin programarlo, se entrecruzaron, pero cogimos caminos bien diferentes. Ella cogió el camino difícil, el de subir una criatura y yo el más fácil, por llamarlo de alguna manera.

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Aborté sin que nadie lo supiera. Solo mi madre que puso el grito en el cielo y entre silencios me llevó a una clínica aquel verano de 2007. Hacía calor, pero yo solo tenía frío, escalofríos que recorrían mi cuerpo que estaba tenso y duro como una piedra. «Relájate», me dijo la enfermera y yo solo podía ver sus ojos duros, de hielo, que aún me hicieron venir más frío y acabé cerrando los ojos para no ver nada más.

La intervención fue rápida. Enseguida salí a la calle con mi madre que casi no me dirigió la palabra durante en el trayecto en coche. Ella conducía, atenta a la carretera, y yo agradecí ese silencio. A veces las palabras sobran.

Miraba el paisaje mientas pensaba en Pepe y la cara dura que tenía. Cuando supo sobre mi embarazo, me dejó. Y todavía me hizo sentir culpable por no haberme tomado la pastilla del día después. Como si él no tuviera nada que ver. Pasó de todo y se fue con su moto cagando leches. Me dejó con la palabra en la boca y eso nunca se lo perdonaré.

Cuando llegué a casa y me fui a la cama a descansar, mi padre, que vivía en otro mundo, me preguntó qué habíamos comprado en las rebajas, porque él se pensaba que habíamos ido de compras. Fue entonces cuando me entraron ganas de llorar y, entre lágrimas, le dije que nada y él no lo comprendió. «Cosas de mujeres», le dijo mi madre y creo que él se pensó que no había comprado nada, porque no había encontrado una talla que me gustara. Se fue al sofá y yo me quedé en la cama, soplando y sollozando, porque el frío no desaparecía. Por la noche no pude dormir y eso que mentalmente estaba muy cansada.

A la mañana siguiente vinieron Olga y Laura a verme. Olga llevaba un vestido ancho de color azul celeste, y yo pensé que, entre aquel trozo de cielo de tela había un feto, y tuve ganas de apartarme. Olga nunca entendió porque la rehuí durante todo su embarazo, ni tampoco Laura. Hacía campana y ya no estudiaba. Y es que nuestra tutora también estaba embarazada y decidí no ir más a clase. Y entre fiesta, discos y música, acabé repitiendo curso.

Laura sí que aprobó y se fue a estudiar publicidad y yo puse codos en el curso siguiente para sacarme el bachillerato. Pude entrar en magisterio y ahora estoy haciendo las prácticas. Siento que mi vida transcurre entre niños que podrían ser míos y no lo son. De momento no tengo pareja estable, pero espero algún día ser madre.

Dicen que en las bodas se conoce a gente interesante y, ahora que se aproxima la de Nieves, cruzaré los dedos. Me pondré un vestido rojo de seda que me pareció muy elegante y los zapatos negros de tacón de aguja. ¡Quién sabe lo que me espera en esta vida!

Ahora Olga y yo vamos a buscar a Laura. Iremos en mi coche. Ya debe estar esperándonos desde hace rato.

Cuatro historias, un destino: Olga

Continuará…

Cuatro historias, un destino: OLGA

OLGA

He vivido poco la vida. Mi madre ya me decía que las cosas no me serían fáciles. No hay nada más fácil que ver una película, pero cuando entras en la vida real, todo cambia.

¿Responsabilidad? Desde el primer día me cayó encima y me sentí como si la vida hubiese avanzado unos cuantos años sin darme cuenta. A los dieciocho años, tenía un trozo de vida entre las manos que había nacido de mí y me sentía llena de amor por compartir. Es más. Deseaba compartirlo con esperanza, que había crecido en mi interior y formaba parte de mí.

Alba nació un día claro del mes de agosto y, como fue a las seis de la madrugada, decidí ponerle este nombre, porque el alba despuntaba las montañas de mi ciudad a esas horas en que sentía que me partía en dos. Fue un día que siempre recordaré como un momento de temor, porque las cosas desconocidas siempre lo producen. A pesar de ese miedo inicial, todo fue muy bien.

Alberto, mi novio, estaba hecho un manojo de nervios y, cuando le dejaron entrar en mi habitación, las palabras no le salían. Fui yo quien al final le hablé para preguntarle por la niña, que entonces todavía no tenía nombre, y en seguida me la trajeron bien peinada y limpia.

Tenía mucho cabello por ser tan pequeña y era muy morena de piel.

—Es como tú, Olga —dijo Alberto cuando ya pudo articular palabras.

Y yo asentí, pero añadí que su nariz era redonda como la suya. Los dos reímos y, al cabo de un rato, le pedí que fuera al registro civil y le pusiera Alba. Se fue y yo me quedé a solas con la niña unos minutos mirándola como dormía tranquilamente, hasta que entró mi madre a quien había hecho abuela demasiado pronto.

Supongo que en aquel momento ella había olvidado por completo sus insistentes afirmaciones que se me clavaban como cuchillos en mi carne cada vez que las pronunciaba: «Piénsatelo bien, Olga. Aún estás a tiempo». Y yo tenía ganas de que el tiempo fuera más deprisa durante aquellos tres meses que ella no paró de decirme que abortase.

Desde que la prueba dio positivo, solo se me pasó por la mente una vez hacerlo. Fue para poder hacer los exámenes de selectividad, pero al final pensé que de exámenes hay muchos a lo largo de la vida. Si aquel no era mi año, llegaría otro.

Cuando dejamos el hospital para entrar en la vida cotidiana, me entró claustrofobia en aquel apartamento de alquiler tan pequeño de cuarenta metros cuadrados. Pero era el que nos podíamos permitir con el sueldo de Alberto, que trabajaba en una fábrica de cartón. La vida se limitaba a estar pendiente de la niña durante las veinticuatro horas, noche y día sin parar, pero el cansancio no me llegó hasta más tarde. Tardé en notarlo porque me sentía llena de energía durante los primeros días. Dormía mal, pero en el fondo me sentía satisfecha. Tenía una obligación y era la que me hacía levantarme para cambiar pañales y preparar biberones.

Sabía que lo peor eran los primeros meses, después todo se suaviza un poco y me dejaría un poco de tiempo para mí. Quería aprovechar cada momento con mi niña, porque el tiempo pasa volando. Eso también me lo decía mi madre, que ahora estaba encantada con su nieta.

Alba crecía. Cada semana ganaba peso en la báscula de la farmacia. Pronto llegó a pronunciar las primeras palabras y, sin darme cuenta, comenzó a ir a la escuela. Fue entonces cuando decidí volver a estudiar a través de Internet durante las horas que me quedaban libres. Y me di cuenta de que no había perdido facultades durante los últimos cuatro años. Me matriculé de psicología y empecé el curso con muchas ganas.

Y ahora estoy preparando la despedida de soltera de Nieves. Quiere que sea una despedida íntima, entre amigas. Solo las cuatro que desde el instituto hemos ido siempre juntas. Me distancié un poco de ellas cuando nació mi hija, pero no por eso dejaron de llamarme y continuamos manteniendo el contacto.

Me perdía las fiestas del fin de semana, pero Alba me compensaba de otra manera y mis amigas venían a verme y me explicaban lo que hacían para ponerme al día.

Hemos pensado de ir a cenar. Después iremos a bailar y a escuchar música a las afueras de la ciudad. La niña se quedará con Alberto. Es la primera noche que salgo, pero Nieves se lo merece.

—Sal y diviértete —dijo Alberto antes de marcharme.

Y yo le di un beso a Alba y otro a él. Y me sentí rodeada por aquel vínculo amplio que nos unía a los tres.

El timbre de la puerta sonó y me encontré con Sonia, que me venía a buscar. Salí del estrecho apartamento. En la calle, las cosas se ven más grandes y desde otra perspectiva.

Continuará…

La atracción de un instante

Faltaban manos para servir mesas. Inspiré y salí con una bandeja llena de bebidas.

Nunca olvidaré el momento en el que lo vi. Se me cortó la respiración al comprobar que tenía la cara más bonita que había visto en mi vida.

Me tembló la voz al hablar con él y las palmas de mis manos empezaron a bañarse por el sudor. Sonreí y le dediqué una mirada simpática.

Mi intención era dedicarle algo de tiempo, pero mi corazón galopaba al contacto de sus ojos. Rápido, me dije, será sólo un momento. No quería continuar con la tarea de servir, aunque debería. Estábamos a tope de clientes.

Dejé la bandeja reposando en su mesa. Nunca me habían acompañado con tan solo una mirada. Su voz resonaba y las palpitaciones de mi cuerpo se aceleraron. Un calor placentero me recorría todas las terminaciones nerviosas. Sentí la atracción de un instante.

No sé si era por su cabello, por su gesto seguro o porque aquellos labios me invitaban a bailar.

Me explicó que solía viajar a menudo por la comarca, pero tonta de mí, no lo había visto en mi vida. Seguro que me acordaría de una persona así. Le faltaba algo para llegar a abrazarme por completo. Por unos segundos pensé que no me importaría que me acariciara lento.

Me secuestró los pensamientos y, al final, mi jefe me reclamó dando un golpe en la mesa y me tuve que ir a la cocina.

Acabé fregando cacharros, una pila innumerable de platos y vasos. Al salir, él ya se había ido.

Desde entonces, soñé con volverlo a ver. No hay día que no me levante con esa esperanza.

***

Nunca olvidaré el momento en el que la vi aparecer. Iba cargada con una bandeja acercando bebidas a todos los presentes.

Me acercó un vaso y, mientras me abría la botella de Coca Cola con un abridor y me la servía, me sonrió. Su sonrisa era tierna como una margarita en el mes de abril.

Cruzamos unas pocas frases. No quería impresionarla explicándole que, el brazo que me faltaba era por culpa de un tiburón hambriento. Siempre alardeaba de ello cuando alguien me preguntaba. Había sobrevivido sin duda, pero me veía obligado a sacar pecho y a mentir.

Pero no me pareció bien hacerlo con ella. Con su juego de pestañas, me pareció una chica la mar de especial. Me fijé en su escote inexistente por el uniforme recatado. Se adivinaban unas curvas bien proporcionadas. Si la oportunidad me lo permitía, quería retardar en descubrirlas. Necesitaba primero conocerla. Mis pensamientos, sumados a la perdida de la noción del tiempo al contacto de sus ojos, se vieron interrumpidos.

Un golpe seco, su cara de disgusto y yo me quedé pasmado y sin reaccionar. Mis pupilas bailaban por todo su cuerpo al marcharse de allí.

Me quedé esperándola largos minutos hasta que el móvil que llevaba en la chaqueta empezó a sonar y sonar. Tuve que apartarme y salí corriendo del local.

Me informaron que la operación se había anulado y tuve que regresar a mi hogar. No podía levantar sospechas. Solo buscaba indicios del pasado para reparar el futuro. A veces era peligroso conseguir información. Por ello, había perdido mi brazo en un accidente laboral hacía algo más de unos meses.

Desconocía su nombre y tampoco sabía a qué año exacto había viajado. Nunca me acostumbré a ser un verdadero viajero del tiempo. Con mi misión abortada, vagué por el mismo restaurante en diferentes momentos de la historia.

Un día de 1960 vi a su jefe y le pregunté por ella. Recordaba vagamente la figura de su sonrisa cosa que me esperanzó. Luego me contó cómo sus labios de fuego recorrían su piel todas las noches hasta que se hartó de ella y la despidió. Sonrió de manera lasciva y le pegué un fuerte puñetazo en toda su cara con el brazo que me quedaba. No soporto a los acosadores.

El beso, que nunca le di a esa chica, se alargaba en mi mente de manera enfermiza. Me había obsesionado por un momento que acabé idealizando.

Son instantes inolvidables que perviven en mi mente. No quiero perder la esperanza de volver a encontrarme con ella en algún lugar del tiempo.

MI PARTICIPACIÓN EN TALLER DE LITERAUTAS ABRIL 2019

Oscuridad

El hombre se transformó en máquina y, poco después, dejó de trabajar. En la Tierra quedaban algunos seres humanos que no se habían convertido al mundo de las máquinas y se resistían a desaparecer. Vagaban como zombis por las ciudades sin saber qué buscaban.


Kelly Morton, superviviente de aquel mundo en ruinas, vivía en un edificio abandonado. Los restos de su historia estaban sumergidos en el lago que había alrededor de lo que ahora era su hogar. Había tirado lo que tenía para continuar consumiendo, hasta que la producción se paró por completo. Por falta de energía, según decían las malas lenguas.

Kelly solo recordaba haber visto el sol en su infancia. Vivía en el edificio a tientas y había desarrollado todos los sentidos menos el de la vista. Lo poco que comía lo encontraba en el vertedero de la esquina. Unos pequeños robots, de los pocos que quedaban con batería auto recargable, separaban el plástico incrustado en lo orgánico y tenía que ir rápido a recogerlo antes de que cualquier espabilado le quitara la comida de la boca.

Todo ese instinto de supervivencia le generaba tanto estrés que la mayor parte del día lo pasaba escondida en el sótano del edificio. Allí seguro que no la encontrarían, pero la humedad resentía sus pulmones ya castigados durante décadas por el humo del tabaco.

A veces, cuando el terror la sobrecogía tosiendo, contaba los días que quedaban hasta desaparecer. Nunca sabría cuando sería el día en concreto. Kelly tampoco es que creyera en nada ni en nadie. No podía aferrarse a ninguna esperanza en aquel abismo llamado Tierra.

«¿Se había cansado su planeta de girar?», se preguntaba cada mañana. En ocasiones le parecía vislumbrar sombras entre los distintos objetos: muebles descompuestos, colchones apilados, montones de escombros. ¿Hacia dónde se había marchado la luz del día? Por las ventanas arrancadas del edificio, a veces se colaba algo de viento. Y la mujer echaba de menos unas botas y reparaba en sus pies descalzos.

En su mundo todo era tan frío como la sonrisa de una máquina. Kelly no conocía ni el amor ni el afecto. Nunca los había tenido por lo que no los echaba en falta, pero a veces en su interior sentía la necesidad de enamorarse. Y recordaba la sensación placentera que le había provocado de niña alguna comedia romántica vista en el cine de su ciudad. «Pero todo era mentira», se decía con nostalgia. Luego se mordía los labios y se sentía muy sola.

Recordaba el individualismo que había poblado su infancia. Todos sus deseos se cumplían en el ámbito material. Y cuanto más tenía, más quería. El ciclo de su vida había sido una rueda capitalista. Y ya nadie controlaba la situación.

Aquella noche se despertó sobresaltada y oyó como varios robots habían entrado en el edificio abandonado. De algún sitio habían conseguido más energía y la convertían para moverse a su antojo. Kelly dio un grito de pavor al intuir cómo uno de ellos se acercaba e intentaba fusionarse con ella.

Al principio se resistió clavando sus uñas, pero solo acabó sintiendo dolor en los dedos y la máquina ni se inmutó. Kelly le escupió y después, clavó sus dientes en el robot, pero por su boca, sintió como la metamorfosis empezaba a materializarse.

Sintió cómo el agua de su cuerpo se evaporaba y se contaminó de números y de información ininteligible para ella. Se estaba secando a cada segundo, como si cada poro de su piel fuera arena del desierto más austero. A cambio de un cerebro seco, recibió una numeración de dígitos en serie. Un chip se incrustó en su abdomen y dejó de sentir dolor.

Ya nunca se enamoraría, como si el amor importara ya.  Como si la vida nunca se hubiese devorado a sí misma para subsistir… Supo que ya no tendría hijos y dejó de respirar aliviada. No habría un manuscrito del tercer origen, porque su planeta ya no tenía solución.

MI PARTICIPACIÓN EN TALLER LITERAUTAS Nº 59

MARZO 2019