Cuando las gallinas bailen

Miguel nunca comprendió por qué su papá se había ido de viaje sin avisarle. Tampoco entendió por qué su mamá nunca bailaba desde entonces, ni por qué la alegría se había apagado en su casa, ni por qué el denso silencio lo cubría todo, pegándose en los cristales húmedos de sus ojos, sellando su boca en una palabra contenida.

Cuando salía de la escuela, se pasaba siempre por la estación de tren, por si su papá se decidía volver. Aunque hiciera mucho frío, aunque sus manos las sintiera muertas a pesar de los guantes de lana que llevaba, él esperaba. Nunca se cansó de hacerlo, con la ilusión de verle inyectada en su mirada observaba las diferentes personas que bajaban del tren con la maleta en su mano y, hasta que no había bajado la última, no se iba de allí con la esperanza detenida, pero nunca extinguida, pues al día siguiente volvía a estar al mismo sitio otra vez. Por si acaso su papá había perdido el tren y decidiera cogerlo al día siguiente. Anhelaba contarle tantas cosas acontecidas en los últimos meses. En el colegio, iban a representar una obra de teatro y él tenía el papel protagonista, el de Pulgarcito, por su estatura chica. En el último partido de fútbol, se había caído y le tuvieron que poner puntos en la pierna derecha y quería mostrarle la cicatriz que le he había quedado. En la ciudad, habían empezado unas obras y quería contárselas, porque tenía miedo de que su papá no reconociera su ciudad y no se bajara en la estación adecuada. Eran acontecimientos que tenían valor para cualquier chiquillo y que necesitaban los consejos de un papá atento, que por el momento parecía que se retrasaba. Demasiado.

En verano, Miguel nunca supo por qué se tuvo que ir al pueblo a vivir con sus tíos, ni por qué el sol aquel año parecía no brillar con tanta intensidad. Él y su prima Blanca tenían la misma edad, aunque no les gustaban las mismas cosas. En el pueblo había pocos niños, todavía era pronto para que llegaran los forasteros ya que lo hacían en agosto y, todavía estaban a finales de junio. A Miguel le gustaba su tío, porque le recordaba a su padre; los mismos ojos rasgados, igual nariz acabada en punta y, cuando hablaba, gesticulaba del mismo modo que él, moviendo ligeramente las manos y frunciendo los labios acompañados de frases dichas en un tono suave. No obstante, su mirada imponía respeto. Su tío llevaba una de las granjas de la comarca y se levantaba muy temprano. Él se quedaba con su tía y su prima el resto del día en la casa dedicándose a los quehaceres domésticos y, de vez en cuando, también salían a andar por el valle, a hacer algunos recados o a vender huevos entre los vecinos.

Aquella tarde soleada, Miguel echaba de menos especialmente a su papá, porque quedaban dos días para su cumpleaños y no sabía si recibiría una llamada de su progenitor. Quién sí le llamó fue su mamá, aunque su llamada contenía la ausencia de emoción, el vacío de palabras pronunciadas como una autómata, que Miguel percibió, aunque no supo por aquel entonces a qué se debían. Se cortó la comunicación de una manera fría, después de unos minutos de silencio en qué su mamá ya no recordó lo qué decirle.

Cuando las gallinas bailen

Desde aquel día, Miguel no paró de preguntar a su tía por el paradero de su padre de manera muy insistente. Su tía se encogía de hombros y negaba cualquier información al respecto, decía que no sabía nada, pero Miguel nunca la creyó. Por eso le insistía con ganas hasta la saciedad.

Pero ¿cuándo, cuándo va a volver papá?

La tía cansada ya de tanta pregunta le respondió

Cuando las gallinas bailen.

Lejos de parecer un imposible, Miguel se aferró a esa posibilidad como si le fuera su vida en ello. Desde aquella contestación, de la que su tía enseguida se arrepintió, Miguel se despertaba antes que el gallo y naturalmente que su tío, se ponía las zapatillas, entraba en el corral y ponía música a las gallinas. Las ponía en círculo para que dieran sus primeros pasos y las intentaba adiestrar. Pero las gallinas se rindieron pronto a sus escasas habilidades para la danza. Simplemente cacareaban y cumplían su función poniendo un huevo diario. Miguel se frustró, pero lejos de desistir, como ansiaba el poder ver a su padre, cada día lo intentaba de nuevo.

Cuando llevaba más de quince días con esa persistente rutina, algo cambió en el sabor de los huevos, más consistentes, siempre de doble yema con un gusto exquisito. Las voces de que aquellos eran los mejores huevos de todo el país se alzaron como una polvareda. Muchos quisieron probarlos, los tíos de Miguel compraron más gallinas y subieron el precio de los huevos, porque había mucha demanda. Sus gallinas no bailaban, pero daban huevos de oro, su cuenta corriente crecía e incluso algunos los llegaron a subastar.

Miguel, a finales de aquel verano, estaba como siempre en el corral, pero le entró sed y fue a la cocina a buscar un vaso de agua. La puerta estaba entornada y por su rendija se filtraban las siguientes palabras de su tía:

—¿Y qué quieres que le diga al chiquillo? ¿Qué su padre está muerto? Esa es la verdad, pero mira, lo de las gallinas lo bien que nos ha ido.

—¿Pero no te da pena? –le preguntó una vecina.

— Claro que me la da, pobre chico, y con su madre en ese psiquiátrico, internada por depresión. Pero Miguel es un chico que se ilusiona fácilmente. Lo del viaje tampoco fue buena idea. Y todo por no decir una verdad dura, sí, pero que se acaba aceptando a duras penas….

A Miguel se le cortó la sed de repente. No volvió a ser el mismo, con las ilusiones arrebatadas de cuajo, ya no volvió a enseñar a bailar a las gallinas, que dejaron automáticamente de producir los buenos huevos, que tenían acostumbrados a sus clientes. Una noche le dijo a su tía:

—¿Cuándo, cuándo podré ver a mamá.

—Pronto, muy pronto –se aventuró a decir la tía.

Lo que la tía no sabía, es que pronto para un chiquillo, significa ya, y que aquella espera, se alargó más de lo debido para Miguel.

Al cabo de unos largos meses, Miguel se reunió con su madre y volvió a vivir en su hogar.

Una tarde Miguel la abrazó y le dijo:

Mamá, baila, aunque sea sola. Pero baila…

Y encendió el tocadiscos en donde giró una melodía favorita para ambos. Su madre empezó a mover las caderas rítmicamente envolviendo sus gestos con ellas. Una bailarina nunca pierde su gracia, y ella bailó aquella noche sola, hasta que sintió sus pies muy cansados, tanto, que se detuvo unos instantes para besar la fotografía de su difunto marido. Le añoraba, pero su vida debía continuar junto con Miguel que la necesitaba. Observó a Miguel que se había dormido con la melodía en el sofá del comedor mientras su madre bailaba. Le beso en la frente, le llevó a la cama y le arropó.

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Un rastro de poesía en el último vacío

Siempre quedará un rastro
de poesía en tus ojos tristes;
de silencio se cubrirá tu respiro.

El viento mueve tu pelo,
en ese latir que tienen los versos.
Callas. Es inaguantable tu mirada.

No fluye la palabra en ese río seco.
Veo molinos en tus ojos parados y grises.
Habla. Comparte tus ideas conmigo,
ya basta de encerrarse en una misma.

Quisiera besar un molino en movimiento,
en el pedestal de tu adiós amargo.
Las palabras que no nos dijimos,
vuelan en la carta de mis labios.

Hoy recuerdo el último vacío,
mi mano parada en el buzón silencioso,
que aprende a escuchar tu rima y su significado.

Imagen Creative Commons  de Nico Sagredo en FlickR

Imagen Creative Commons de Nico Sagredo en FlickR

El olor de tu silencio

¿A qué huele tu silencio?
En mitad de la ciudad dormida,
no oigo el llanto de tus ojos parados y tristes,
ni la pared de tu cara estampando ronquidos de versos,
ni la brisa del lunar, partiendo tus labios en dos luceros.

No oigo nada,
porque sin ti, estoy sordo.
No es sonora tu marcha,
discretamente huyes
de mí, fluirían los versos más hondos
si pudiera hablarte. Si pudiera…
oír tus pasos todavía.
Pero ando solo a través del vacío,
a través del duelo,
del doloroso dolor del silencio.

Me late el pulso en la sien.
Entre la postal y las sábanas húmedas,
imprimo una lágrima prohibida,
porque me juré que no te extrañaría.

Luz de sentimiento de seda y agonizante:
la pérdida,
la mía, la tuya; la nuestra:
el pulso de tu huida cobarde.
Que perdí.
Un fin.
Te fuiste sola y sin mí.

Imagen Creative Commons de Laissa Máximo en FlickR

Imagen Creative Commons de Laissa Máximo en FlickR

Firme espera

Te esperaré aquí,
firme deseo,
donde mueran las olas,
quizás en esta orilla,
o en esta otra, solitaria,
en aquel ronco rumor de sal
que me alerta en los ojos
una triste lágrima desquiciada.

Te espero entre este y oeste,
entre líneas impenetrables del sur,
en algún lugar concreto, resisto,
comprendiendo tu voz celeste,
que me susurra y me funde,
desde lejos, el perdido norte.

Y me sorprende la marea,
fría agua alta sacudiéndome las penas,
donde mueren las olas, te esperé.

Hoy, reposa en esta piedra inerte
como una sombra calada al vacío,
mi musgosa alma sin ningún latido,
aunque nunca vengas,
siempre te espera.

Firme espera

Imagen Creative Commons de Arturo Yelmo en FlickR

La culpa

MARIO

 

A Mario le gustaba observar los pájaros. Se ensimismaba con su vuelo. Sus piruetas por el aire dibujaban algo de la libertad que él carecía. Y tras intuir su trayectoria, les disparaba con su cámara réflex. Creía que así atrapaba el instante más bello para enseñárselo a su hija Claudia. La chica parecía que reía  siempre que su padre le traía alguna bella foto. Se emocionaba y movía sus pupilas hacia él. Mario la cogía entre sus brazos y la colmaba de besos. Luego, la volvía a dejar en su silla y la encaminaba hacia el pasillo. Tenía ganas de compartir sus avances con los cuidadores de Claudia.

Claudia no respondía a otros estímulos que no fuesen aquellos. No hacía nada sin ayuda. Seguía parada a la vida. Si no fuese por los esfuerzos que realizaban todos, y en especial su padre, no seguiría allí. El hospital estaba habitado por otras personas con otra clase de problemas.

—Cada día le regalo un instante por el que luchar. La vida continúa —dijo Mario.

La doctora asintió, resignada a las ilusiones de aquel padre que se desvivía por el bienestar de su hija.

—¿Cree que durará mucho el shock? —le preguntaba Mario a la médica.

—No lo sé. Depende de ella.

—Sé que reconoce nuestras voces.

—Claro que sí  —le tranquilizó la doctora.

—Mi hija quería enseñarnos lo que había aprendido en la clase de conducir y le presté el coche.

—No se culpe, Mario. El sentimiento de culpa es el trauma que sufre Claudia.

—Sí, doctora. Lo sé. Aquel día estaba muy confiada, más que de costumbre. Subimos mi mujer y yo al coche. Sin saber cómo, se precipitó hacia el acantilado. Si estamos vivos es de milagro, pero mi mujer no corrió la misma suerte.

—Siento su pérdida, Mario. Lo de Claudia es cuestión de tiempo. Ya lo verás.

—Es como si en el accidente las hubiese perdido a las dos  —dice un Mario       compungido—. ¿Sabe una cosa? A veces me arrepiento de no haber llevado el coche al taller. Estoy convencido que fue un fallo técnico. Pero claro, con eso de ahorrar, retrasé la visita lo más que pude. Ahora ya no hace falta. Siniestro total. Y hay otro tipo de males que no tienen solución. El dolor es tan fuerte… Pero márchese, doctora. Ya ha acabado su turno.

La doctora no se mueve de su sitio.

—Pero tendrá cosas que hacer, doctora  —insiste el hombre—. ¿Sabes que haría yo en su lugar? Sorprenda a su marido con algo que no espere. La vida es demasiado corta para discutir. Yo era muy refunfuñón. Se lo puede preguntar a Claudia. A ver si con esa pregunta, se anima a hablar. Siempre protestando por todo. Era un malcarado. Aproveche el instante. Ahora, doctora, no deje que los malos momentos la absorban.

—Claro, Mario. Hasta mañana.

La doctora Eva se va de allí. Mario se queda en el pasillo a solas y con sus pensamientos.

***

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DOCTORA EVA

Vacía. Así está su casa nada más abrir la cerradura y entrar en ella. No hace falta mirar en el buzón para saber que ya no hay más noticias de su amor. Solo facturas pagadas puntualmente. Es meticulosa y nunca se retrasa en un pago. Si no fuera, porque al mirar a su alrededor y sentir ese vacío, diría segura que lo tiene todo. Los mejores muebles; la mejor decoración; la mejor cocina soleada; las ventanas recubiertas de madera maciza con vistas al parque de la ciudad. Trabajo y Salud. Todo. Si no fuera, porque las cartas de su amor dejaron de llegar. Cada día recibía una. Cartas manuscritas, de su puño y letra que la acariciaban desde la distancia. Cobarde. Así fue. Culpable también. Es una cobarde y la culpa la ahonda en la pena. Se cansó de escribir. Ya no hay más. Su historia terminó. Y esa indecisión que sufrió, que sufre todavía, de no saber decidir sobre su futuro.

El peso del qué dirán. Repasa mentalmente y ya no le importa nada de lo que puedan pensar el resto de personas de su círculo más íntimo. No. Tiene ganas de coger un avión y volar hacia donde le llegó la última carta. Pero posiblemente su amor ya no se encuentra allí. Se cansó de esperar. De su cobarde indecisión. ¡Qué lejos queda África! “Como para perderse en ella”, piensa.

Eva sabe que esta noche no podrá dormir. Conciliar el sueño se hace difícil mientras sus fantasmas revolotean por su cuarto. Repasa a sus pacientes. El día a día le llena. Su profesión es su vocación, pero su amor se fundió como una  luna nueva. Piensa en Claudia y en su padre. En la última conversación mantenida. Sonríe cínica. Marido no tiene, ni nunca lo tuvo. Ha sabido mantener la boca cerrada sobre ella misma. No es bueno dar información de su vida privada a los pacientes.

No cena porque la nostalgia la invade lenta, y se le cierra el estómago. Abre la carpeta y repasa las cartas que conserva de su amor, ordenadas cronológicamente. Las tiene todas. Huele el olor de tinta evaporada, y piensa que así se fue diluyendo su amor en el tiempo. Relee la última frase: “Te quiero demasiado”. Hoy le pesa el adverbio que le advertía que su amor sobresalía más allá del corazón que bombeaba, de una manera excesiva, sobrenatural. No supo intuir que aquella sería la última posdata que recibiría. Luego, todo fue silencio. Silencio siseando en su ser solitario. Ella también la amaba, pero no se lo dijo. Cobarde. Miedica. No se lo perdona. El reflejo de su cara sobre el marco de plata la sobresalta. Una sombra le susurra que es ella misma. No se asusta al girar la fotografía difuminada de su único amor: íntimo, cerrado, secreto. Así lo sintió. Su amor callado, de una era prohibida. Distante, pero tan cercana a la vez en su memoria. Mirando la foto supone que su amor también tendrá una mata de canas poblando sus sienes, como ella misma. No sabe si ella también se teñirá, intentando disimular el paso del tiempo.

***

CLAUDIA

Volar. Quisiera volar como ese pájaro blanco. Por eso, parpadeo. Mi padre me sonríe, porque ha captado con su cámara, que lleva siempre colgada del cuello, la fuerza de libertad de ese pájaro cualquiera. La que yo carezco. El pájaro no tiene nombre para mí todavía. Pero se lo pondré pronto. Esa, de momento, es mi fotografía favorita. No puedo cogerla, pues mis manos están inmóviles. Solo puedo mover las pupilas. Hacia un lado, hacia el otro, arriba y abajo. Dicen por los pasillos que en la médula no tengo nada, o eso he oído. A mi madre se le partió, y el cráneo también. Sí, habita en mis sueños. Puedo oírla con su voz clara cuando cierro los ojos y me duermo. Ella sí está aquí, en otro paisaje transparente y con mucha luz, a mi lado. Así me la imagino desde dentro.

Papá se ha vuelto cariñoso de golpe. Ya no frunce su entrecejo partido en un enfado inoportuno. Me mira con mirada amable. Me gustaría sonreírle, pero no puedo. No tengo motivo. Si no fuera, por esas fotos que capta. Me alegran el día y me hacen fuerte. Muevo las pupilas hacia él. Me colma de besos y noto su olor rota, pues mi madre ya no está entre nosotros. Ella olía a detergente y suavizante unido a su suave olor corporal. Mi padre ha tenido que aprender a usar la lavadora. La camisa no la sabe planchar. La lleva de manera descuidada, con las mangas arrugadas y con el cuello abierto. Además ha cambiado de marca de detergente y creo que no pone suavizante; pues cuando me abraza, siento la aspereza de su ropa. Me gustaría decirle que use un programa para ropa delicada, pues esa camisa se lo merece, y la va a desgastar en dos días. Se la regaló mamá. Por eso se empeña en llevarla la mayoría de los días.

Aire. La corriente me arrastra por el pasillo. Quiero salir de aquí y que me dé el aire. Papá me promete que me llevará a ver el pájaro blanco. Pero de momento solo me trae fotos. Hoy me ha traído una en donde salen tres gorriones. No vuelan. Todavía no saben. Yo tampoco sabía conducir. La curva la tomé demasiado deprisa. Se me enganchó la chancla en el acelerador. El grito que dió mamá, todavía se cuela por la rendija de mi cabeza. Hace eco, se queda y no se marcha. Antes de perder la conciencia, sentí la libertad de volar. El coche voló sin saber, como un pájaro inexperto, estrellándose hacia el abismo del acantilado. Fue culpa mía. Esas cosas pasan, sé que diría papá. Así es la vida. Maldita vida truncada. Mi mamá estaba llena de alegría como el pájaro blanco. Ahora, ya sin ella, tengo que encontrar un motivo para vivir. Vivo con mucha pena y sin gloria alguna.

Se me acerca la doctora Eva y me reconoce. Me presenta a una psicóloga. Raquel se llama. No sé cuántas me han explorado ya. Pero esa es diferente. El sonido de su voz me gusta. Me recuerda a mi mamá. Además reconozco la huella del olor a un suavizante familiar en su bata blanca. Ella sí que sabe usar la lavadora y lleva su prenda impecable y bien planchada. El olor penetrante se estampa en mi nariz e intento acercarme a ella. La olfateo con mi nariz chata.

***

MARIO

Mario repasa su repertorio de fotos que están metidas en su cámara digital. Las más bonitas las revela y se las trae a Claudia impresas en papel fotográfico. La del pájaro blanco le ha gustado más que ninguna otra. Lo ha visto en la profundidad de sus ojos, con un leve temblor en sus pupilas emocionadas. La vida estaba repleta de imágenes como aquella. Un número de instantes irrepetibles en el que no somos conscientes. Hasta que las perdemos. Entonces, damos más valor a la ausencia, a la dolorosa pérdida, a la imagen que se quebranta en el recuerdo.

Eran tres gorriones sin experiencia en el vivir. Así era su familia de tres. Pone la fotografía de los tres gorriones en la habitación de Claudia. Arriba, en la cabecera de la cama. La habitación que espera que algún día vuelva a ocupar cuando salga de la clínica. Ahora es demasiado pronto. Tiene que asimilar todavía. No ha pasado ni un mes en el que su vida se puso del revés.

Tiene que hacer cosas, por eso precisamente se ha aficionado a la fotografía. Se levanta temprano, y sale a fotografiar amaneceres con el despertar de los pájaros. Recorre toda la comarca subido en su moto, captando luces, donde pone su cámara y pasa a la acción. ¡Flash! ¡Dispara! Va subido en una moto añeja que compró de soltero. Cuando ni tan siquiera Claudia existía. Como siempre ha sido cuidadoso, la moto funciona de maravilla. Le da el aire en la cara y le despeja su malestar diario. Ese al que se está acostumbrando a vivir a la fuerza. Abandonado a su mala suerte. La que se buscó. Si hubiera ido al taller a pasar la revisión cuando sobrepasó los kilómetros que requerían de una puesta a punto. Todavía no sabe por qué jugó con la seguridad de toda su familia. Tan responsable que era. La culpa le taladra los sentidos. Si pudiese deshacerse de ella. Pero le ahonda y le penetra en el interior como un alfiler bien punzante.

Mario se distrae fotografiando pájaros del Parque Natural del Delta del Ebro. Luego recorrerá los mismos kilómetros en sentido contrario hacia un fotógrafo amigo que le revelará las fotos que previamente seleccione. Claudia se merece un final feliz en su vida. Esa libertad ornitológica que su padre quiere transmitirle a través de imágenes voladoras y coloridas. El piar de unos tímidos pájaros que despierten su interior. Mario desea volver a ver sonreír a su hija. Una expresión que estire sus labios abiertos en una sonrisa primaveral. Por eso, se le ocurre grabar un vídeo y enseñárselo el próximo día a Claudia.

DOCTORA EVA

Sueño malo con olor a pesadilla. Se despierta en el sofá en mitad de la noche. Ha cogido frío pues la manta se le cayó al suelo. Ha dormido mal, revoloteando por el sofá, soñando con el disfraz de una amistad. Una mentira piadosa de antaño. Ha llovido a cántaros desde entonces, pero sabe que el primer amor nunca se olvida. Lejos de tópicos y cargada a sus espaldas de la experiencia, que le han regalado los años, lo siente de esa manera. Y es inútil engañar a su corazón, con cada latido se desengaña.

—Hanna—suspira al aire, aspirando la H y sonorizando.

Hacía años en los que no se había atrevido a pronunciar su nombre, por el dolor que le producía su ausencia. Pero esta noche se ha armado de valor. Y deja que en el aire se expandan la letras y en su cabeza se transforme la imagen de su amor. La recuerda tal cual, estudiando con los codos inclinados en una mesa de la biblioteca, e imaginando cómo serían sus vidas una vez se graduaran. Juntas…

Al fin, separadas. Y otra vez, aparece frente a Eva la duda y la indecisión. Culpable. Decide cambiar el chip y no atormentarse más. Entonces, fue cuando empezaron a lloverle las cartas, las que guarda en esa carpeta de cartón polvorienta. Las repasó una a una hace un par de noches y se sorprende de cómo hay algunas frases que tenía memorizadas y que, a pesar del paso del tiempo, no ha olvidado.  La acompañaron en un primer momento. Al principio, las respondía. Tener noticias suyas siempre le aliviaba. Luego, y al ser sorprendida por su familia, sus cartas cesaron de una manera abrupta. Pero Hanna continuaba estampando sus pensamientos en hojas de papel que le hacía llegar de cualquier parte del mundo. Hubo una época en que le enviaba postales, más escuetas, con fotografías de países exóticos para Eva.

Siempre la invitaba a seguirla. Eva nunca tuvo valor para hacerlo. Le faltó coraje. Romper con todo. Cobarde. Una voz interna la juzga. Es su conciencia.

CLAUDIA

Raquel me ahuyenta los malos recuerdos. Feliz. Quiero serlo. Lo deseo fuerte como el movimiento. Sí. Hoy papá me ha hecho un regalo nuevo. Ha grabado una película con pájaros volando. He podido escuchar el sonido de sus alas que se elevaban hacia el cielo cubierto por tonos dorados y anaranjados. La salida del sol en completa libertad. Cuando lo he terminado de ver, he girado mi cabeza hacia él y he pronunciado:

—Gracias —con voz pastosa y gangosa.

No es mi voz, pero ha sido un gran avance. La psicóloga Raquel así lo ha dicho, y ha corrido a decírselo a la doctora Eva. La médica me ha sonreído, pero creo en mi interior que se ha sonreído más hacia sí misma. Mi padre ha derramado una lágrima que se ha volcado en la pantalla de la cámara digital.

Las fotos eran bonitas, pero estaban estáticas como yo. Estaban en estado de shock, respirando inmóviles que alguien las despertara. Mamá no debió morir. Papá y yo aprenderemos otra vez a vivir, como los gorriones que me esperan en mi cuarto. A veces mi padre me confiesa esa clase de cosas. Son las ganas que tiene que vuelva otra vez a la normalidad.

MARIO

Dos semanas después, padre e hija cruzan el umbral de la puerta principal del hospital. Van camino a su casa.

Antes de llegar, Claudia le hace desviar e ir al supermercado. Mario comprará la marca de detergente y suavizante, que compraba su mujer. Su hija le chivará el nombre.  Claudia le lanzará una sonrisa primaveral como el aroma que sabe que olerá tan pronto destape el tapón del suavizante. Tiene ganas de lavar toda la ropa, que huele a hospital. Un olor característico que le desagrada.

DOCTORA EVA

Objetivo conseguido. Un billete comprado hacia un lugar lejano. El primer billete que compra a través de Internet. Sin retorno momentáneo. Se ha pedido una excedencia después de que Claudia volviera a tener ganas de vivir. La doctora cree que ahora ha llegado su momento de partir. Ella también tiene derecho a sentir esas ganas, esa subida de adrenalina. Los años no le pesan, pues tiene el espíritu joven, o más del que creía. Va a correr el riesgo, a desafiar a su destino que la veía tan metida en su hogar acomodado.  En su maleta lleva las cartas de su amor. Embarca y siente como si retrocediera varios años. Sí. Va de voluntaria. Nunca lo hizo, aunque Hanna le insistió repetidas veces. Destino: Tanzania. Pasa los controles rutinarios y sube al avión. Va a volar como un pájaro. Libre. En algún rincón de su cabeza resuena la banda sonora de una aventura. Una película en donde Hanna y ella se dieron la mano en el cine por primera vez. El contacto cálido de su mano contrasta contra la fría mano de Hanna.

—No llores por el final -le aconsejó Eva-. Es solo una película.

Pero Hanna, sintió que las lágrimas le estallaban dentro de la comisura de sus ojos,  pues aquella película fue el inicio de una despedida.

De aire y tierra, una historia de amor consentida

Sabía lo que era impresionar con sus manos de aire, con una manicura cuidada, y unos dedos tan largos, que podían deslizarse sigilosamente por cualquier  parte de un cuerpo, de manera consentida.  Acariciar el alma de los presentes era su propósito, fundirse a través del oído, y hacer brotar sin disimulo una leve parte emocionada  de color rosácea en sus mejillas. El público le observaba extasiado. Una muchacha entró a su área de visión. Él no se despistó, ni perdió el ritmo. Continuó tocando, con las mejillas encendidas. No sabrían si ese rubor era fruto de la concentración, o simplemente formaba parte de aquella melodía que le arrastraba a cansar sus manos, mientras tocaba aquel piano de cola en mitad del salón. O se debía, quizás, a aquella muchacha misteriosa que había irrumpido en mitad del salón. Una mujer corrigió su trayectoria, y se llevó a la muchacha despistada por el mismo lugar que había entrado.

Hoy el pianista traspasó fronteras, y llegó a un lugar recóndito del ingenio de los espectadores. Después de aquella interpretación, la imaginación de los expectantes brotó jugosa e imparable. Escuchar aquello les había transformado, quitado el aburrimiento de un plumazo, y alterado quizás su conocida monotonía. Llovieron aplausos copiosos cuando la música llegó a su fin.

Esta vez, la muchacha despistada, volvió a escena de una mano femenina que la guiaba. De refilón, el músico la miraba con un punto de júbilo en sus ojos, mientras ella ponía la mesa donde después todos comerían. La chica no comprendía por qué tanto alboroto había a su alrededor. Tanta gente, tanta expectación, tanta vibración. Por qué el público movía los labios elevando sus voces hacia algún lugar donde  ella no podía participar. Se sentía agotada y nerviosa. Su mandil era del azul del cielo en días grises. Llevaba el pelo recogido y se sentía empequeñecer en aquel salón tan grande. Venía de un pueblo perdido de montaña. La chica se quedó absorta un breve momento, como atrapando sus propios pensamientos, y cuando volvió a tener los pies en el suelo, vio como el músico la miraba. A través de la distancia que les separaba, la muchacha le perforó con la mirada mientras dibujaba una amable sonrisa. Antes de irse ajetreada, le obsequió con un baile de pestañas al entornar sus ojos líquidos. El músico hubiese caído allí mismo rendido a sus pies, si no fuera porque le acercaron una silla y le hicieron sentar en la mesa, donde comieron abundantemente durante varios días. La sangre bajó al estómago, y al tener una digestión muy pesada, olvidó a la muchacha por un tiempo.

Días después,  la muchacha le regalaría una caricia perdida con sus manos de tierra al ofrecerle una fruta para comer. El hombre mordió la fruta apresándola con sus labios. Era tan sólo una manzana de tantas en aquel frutero multicolor. Pero mientras la saboreaba, le pareció la más especial por provenir  de la chica nueva que había entrado a servir aquel mes. Un leve roce con sus dedos redondeados, regordetes, y cortos, de campesina, al servir la mesa bastó para sentirse enamorado. Se sintió enamorado hasta la médula en escasos minutos. Tan enamorado estaba, valga la redundancia repetitiva, que se comió hasta el corazón de la manzana. Se atragantó y empezó a toser bruscamente. La muchacha, que se encontraba de espaldas, hizo caso omiso a su socorro y éste pasó por varios estados de color hasta que, rojo como la grana, y con los ojos desbordándose de llorosos, y desencajándose de las órbitas, alertaron al maître que entró precipitadamente en la sala. Menos mal que fue así, porque si hubiese tardado un poco más aquel hombre decidido,  lamentaríamos una gran pérdida en el panorama musical de la región. El maître, con su experiencia y destreza, hizo escupir el corazón de la manzana al músico. Luego, tocándole la espalda a la muchacha y con gestos, hizo que la chica le acercara un vaso de agua cristalina al artista, que casi se había ahogado, que bebió sin desperdiciar ni una gota.

El músico no sabía a qué se debía tanta gesticulación con la muchacha de sus sueños. No tardó en averiguarlo. La chica era sorda de nacimiento. Al saberlo, cayó en un estado de desolación absoluta pues no podría cautivar su corazón, ni acariciarla,  ni hipnotizarla con su música. Además pertenecía a otro estatus social, tan opuesto al suyo, que supuso que por eso precisamente  la muchacha le gustaba. Era la muchacha con la sonrisa más abierta de toda la comarca. Tan abierta era, que mostraba todos los dientes y muelas con su risa. No tenía ni una sola caries, aunque su dentadura estaba algo torcida. Su risa le sonaba maravillosa,  a algo angelical, pues era la forma más directa en que ella se comunicaba con él. Cuando no la veía, buscaba ese sonido hasta debajo de las piedras, pues fue al final, el único que le inspiraba. Y cuando volvía a oírlo, normalmente era a la hora de la comida, cuando la chica servía su mesa y le obsequiaba con otras de sus risas. Luego se concentraba en la tarea de servir, para no volcar ni una sola gota de consomé en el plato del huésped. No quería que la despidieran del hotel por un despiste. El músico, en el breve momento, que ella tardaba en servirle, aspiraba para retener su aroma en la memoria. La muchacha olía mínimamente al sudor de las axilas en días duros de trabajo.  Ese olor característico era el que se mezclaba con otro más a nivel personal, su propio perfume corporal. La chica no olía a flores, pero sí a hierba recién cortada, a él le parecía que llevaba un ramillete de alguna flor insípida de la que sólo olía su tallo. Entonces, cuando la chica se daba la vuelta, se fijaba en su pelo recogido, y reconocía una flor púrpura en su cabello castaño. Eran las flores que crecían en la orilla del lago que había por los alrededores de aquel hotel. Supuso que la muchacha rondaba por allí en los días claros de aquella primavera que crecía rítmicamente hacia un verano imparable. El olor de las axilas de todos los presentes crecería en los días que vendrían, inundando de pesadez el ambiente del comedor.

El músico no sabía por qué la muchacha siempre llevaba las orejas despejadas, de soplillo, si por ellas no podían oír ni una simple nota musical, ni tan siquiera una palabra, una sílaba, un fonema de su voz enamorada. De ellas pendían unos pendientes alargados y acabados en un círculo brillante. Parecían dos cerezas, grandes y picadas por algún pájaro hambriento. Aquella baratija, a la que le faltaba algunos brillantes, la había ganado la chica en la feria de la ciudad en su día libre. Tuvo suerte y la ruleta apuntó al color que ella había apostado, el amarillo. Y todo se volvió de amarillo y brillante en su vida a partir de entonces por traerle suerte, como aquel sol que le hacía sudar más de la cuenta en aquellos días de abril. Le sudaban las manos, le sudaban los pies, le sudaban las axilas, le sudaba la piel en general, delante de aquel pianista larguirucho que la desnudaba con la mirada. Se sentía nerviosa, por eso sudaba. Sintió como sus manos de tierra, se convertían de agua en presencia de él.

El músico, en cambió,  sintió como sus manos de aire, se convertían de fuego, al intentar seguir a aquella muchacha por el camino que conducía al lago. La seguía sin importarle hacer ruido con sus pasos pues la chica no podría escucharle. Eso sí, fue precavido por si ella volvía la vista hacia atrás, y se camufló con el paisaje con un uniforme verde como si se tratase de un camaleón.

La muchacha empezó a quitarse el vestido turbio que llevaba para bañarlo en el lago. Quería quitar una mancha imaginaria, y de paso refrescarse ella misma con el agua. Estuvo metida en el agua hasta que empezó a arrugársele la piel. Observaba el cielo tan plácido, haciéndose la muerta. Tanto rato estuvo flotando, que al fin, el pianista se le acabó acercando con temor.

La muchacha sólo vio una mancha verde oscura que se le acercaba. Pensó que era un animal el que venía a por ella. Continuó igualmente asustada, al comprobar que era un militar. Pegó un brinco, con pavor, y acabó tragando bastante agua. Ahora sí que estaría muerta si no fuera por él músico, vestido de un camaleónico militar, que le hizo un boca a boca que la resurgió de la inconsciencia en la que estaba sumida.

Fue saborear sus labios, cumplir el sueño que más de un día había implorado a sus espíritus. Su aliento dulce contrastaba con el aliento cerrado, y cargado del músico, que encontró libertad para besarla. Y la besó a años luz del consentimiento, por la sorpresa, por la espalda, pero la muchacha, al retomar conciencia, y sentir como aquellos labios la besaban a ella, que nunca antes había besado, sintió la música en sus entrañas. Un cosquilleo mágico que alborotó cada célula de su cuerpo, recorriéndola como una descarga eléctrica. Y aunque nunca antes había oído, le pareció oír la voz de su corazón que gritaba que ella también estaba enamorada de aquel músico larguirucho que siempre la miraba. Porque de sentimientos no es libre el corazón, pues no los controla. Y ya basta de palabrería, dejemos que las cuatro manos de los dos muchachos con los cuatro elementos allí presentes, aire, tierra, agua y fuego, se acaricien en la orilla del lago. Estad tranquilos, una hilera de flores púrpura, inocentes e inexpertas, les guían.

de-aire-y-tierra

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La apuesta enamorada

Poema que forma parte del poemario que estoy actualmente escribiendo: “Los silencios solitarios”.

Con un engaño de besos decoré tu boca tupida,
fruncías los labios, entrega más o menos fingida,
nos separaba un umbral de saliva. Quise ser la sonrisa
placentera que removía la tierra de tu tez morena.

Con una falacia de caricias pinté tu torso descubierto,
me apartabas con tus manos, entrega más o menos sobrecogida,
nos partía el alma la indiferencia. Quise ser el disfraz
que cubría de aliento tu cuerpo al gesto del desconcierto.

Con una mentira de gestos esculpí tu miembro desnudo,
me rechazabas con tus piernas, ofrenda más o menos airada,
nos dividía la simpatía, pertenecíamos a dos mundos distintos
que juntos retaban y derretían el paisaje de una marea alborotada.

Y, entonces, con la simpleza de la sinceridad, surgió de repente:
sin engaño, sin falacia, sin mentira, me enamoré de ti.
Contigo comprimí la sed de tener labios. Ya no hacían falta
para hablar lo que acallaban mis latidos.
Y me inventé todo un mundo de miradas sin nada más,
Gané la apuesta al amor, mas perdí mis cinco sentidos
que sólo hablaban en ese idioma de silencios solitarios…

Nieves o la imposibilidad de amar

Le entró un miedo atroz al oír su pregunta, porque le recordó un tiempo lejano que había querido enterrar. Sus palabras todavía le retumbaban en sus orejas pequeñas y redondeadas.
—¿Qué harías sin mí? —le había preguntado su amigo Chus rodeando con cariño su cintura.
Nieves le miró sonriendo con un tic nervioso, que le agitaba las aletas de la nariz, intentando disimular el remolino que giraba en su interior, desordenando a su paso sus sentimientos más íntimos.
—Chus, esa no es la cuestión —le cortó clavando sus pupilas en las suyas—. La pregunta es, ¿qué hago yo contigo?
Su contestación le hirió en lo más profundo, y cabizbajo, se separo de ella torpemente. Chus no comprendía, por qué Nieves siempre se resistía a sus encantos. Aquella mujer era tan irresistiblemente esquiva, cuando él desviaba el tema hacia otro tema que no fuese su profesión. Chus creía que la conocía; sin embargo, desconocía el misterio que escondía entre sus silencios. En el fondo, el hombre intuía que mentía más cuando sonreía, como lo estaba haciendo ahora, cuando sus labios dibujaban esa curva que arqueaba sus labios carnosos y sugerentes. Nieves le miró con una ceja levantada y le preguntó intentando suavizar el tono de su voz, que sonó demasiado melosa:
—¿Ya has terminado?
—Ya te enviaré la factura —le espetó finalmente el hombre, soltando el aire de sus pulmones de manera cansada y de mala gana.
—Chus, gracias por haber venido. Si no llegara a ser por ti… —intentó remediar la mujer su aire disgustado.
El hombre se encogió de hombros lentamente, y cargó su caja de herramientas en una mano. Un escape de agua le había arrebatado el sueño aquella madrugada, pero lo que le hizo correr hacia el encuentro de aquella mujer, es que la voz de alarma la había dado Nieves. La dama fría, como le llamaban los camareros y algunos clientes de aquel bar que frecuentaba Chus. Le necesitaba en mitad de aquella noche helada y oscura.

***

Cada día, Nieves desayunaba en un rincón de aquel bar, absorta y perdida en sus pensamientos. Solía leer la prensa atrasada con atención, como si buscase alguna noticia que se le hubiese pasado. Veinte minutos tenía de descanso antes de volver a la oficina donde trabajaba. No se le conocía marido, ni pareja alguna, en aquel pequeño pueblo de mala muerte en la que Nieves había aterrizado dando un pequeño empujón a la imaginación masculina de aquel remoto lugar. Rápidamente se había instalado en un piso de ocasión, y se dedicaba a ir de casa al trabajo, y del trabajo a casa, moviendo tímidamente las caderas y con expresión de no haber roto nunca un plato.
—¡Qué mujer más aburrida! —pensaban en voz alta las vecinas cuando vislumbraban su figura a través de los finos visillos de sus casas.
—Es tremenda y peligrosa —alertó finalmente una chica al haber oído como su marido se confundía al llamarla con el nombre de la dama fría.
—Sí, —dijo otra afectada— se cuela en los pensamientos más íntimos de nuestros esposos.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó una joven que temía que su futura boda se cancelase por un posible resbalón de su novio.
—Le tendremos que buscar un novio que la controle.
—¿Algún candidato?
—Tu hermano, Chus, por ejemplo —dijo la más atrevida—. Está recién divorciado de aquella pelandusca que le puso los cuernos.
—Mala mujer, ¡qué poco quieres a mi hermano! —respondió la hermana de Chus.
—Pues si es por su bien… Nieves es más bien monjil, pero despierta el instinto sexual más caníbal de los hombres —se rió quién había tenido la ocurrencia.
—¿Y cómo lo hacemos?
Todas se encogieron de hombros. Menos una, que parece ser que tenía arte de celestina.
—Reventaremos una tubería del piso de Nieves y así Chus podrá reparársela.
—¿Y si llama a otro fontanero? —preguntó tímidamente una muchacha con coleta.
—Caray, si en este pueblo sólo conozco a Chus de fontanero. Días antes le daremos una tarjetita inocentemente con su teléfono.
—¿Y si Chus se niega a acudir a su casa?
—Eso no pasará, la tentación de tomar a Nieves, seguro que le puede más.
Manos a la obra se pusieron las mujeres de aquel diminuto pueblo, pues su dignidad pendía del hilo de una triste bombilla que escasamente iluminaba.
Unos días después, en el bar, Rita se encargó de alabar las hazañas de su hermano Chus con las tuberías:
—A cualquier hora, está Chus para lo que puedas necesitar. —Y le tendió a Nieves una tarjetita impresa—. Sabemos que vives sola y nunca se sabe…. —Y dejó la frase suspendida en el aire durante unos instantes.
Carlota, la dueña del bar, miraba a Rita y a Nieves divertida, y se decidió a intervenir con las siguientes palabras:
—Yo siempre tengo una tarjetita de esas pendida en la nevera con un imán. Chus siempre acude, ¿verdad, campeón?
Chus asintió sorprendido, al ver cómo aquellas mujeres le alardeaban más de la cuenta, y se sonrojó mínimamente.
—Toma —le dijo Carlota mientras le acercaba la cuenta a Nieves—. A los buenos clientes se les premia con un imán, para que cuelguen de su nevera lo que les venga de gusto.
Aquella mañana Nieves salió de allí con una tarjetita en su bolso y un imán para colgarla, después de haberse zampado un donut y haberse bebido su café con leche habitual.

 

***

Después de diversos reventones por parte de las vecinas, Chus y Nieves se acabaron haciendo amigos.
—Son muy frágiles esas tuberías —le decía Chus que no comprendía cómo podían haber tantos escapes en tan poco tiempo.
— No será que no acabas de arreglar la fuga?
Chus negaba automáticamente con la cabeza.
—¿Dudas de mi profesionalidad? —le decía al fin, un tanto enojado.
—No, pero siempre se me acaba inundando alguna parte del piso —se quejaba ella.
—Debiste dudar de su precio al comprarlo. Los chollos no existen, Nieves.
A pesar de todo, Chus se ilusionaba cada vez que veía que Nieves le necesitaba. Sentía un pálpito fuerte en su cuerpo, en su zona más ardiente, pero siempre se acababa yendo con el rabo entre las piernas, nunca mejor dicho. Nieves, como mucho, le invitaba a una cerveza al terminar que se bebía con avidez al negársele la bebida de sus labios. La que él siempre ansiaba. Hablaban de cosas sin importancia, el tiempo pasaba tan natural precipitándose y absorbiéndoles mientras compartían sus aficiones, rompiendo la rutina de aquel pueblo tan aburrido. Chus era un hombre más que herido en su ego; Nieves siempre se comportaba de una manera tan fría como la nevera en donde pendía la tarjeta de los servicios que él ofrecía. Aún así, se tenían uno al otro, y compartían su compañía.
Durante aquellas repetidas averías, nunca existió contacto entre ellos, ni un simple roce, aunque Chus lo anhelaba ciegamente. Aquella madrugada él se envalentonó, obvió lo que temía que podía ocurrir, y la agarró por la cintura mientras le preguntaba qué haría sin él. Nieves dio un respingo al sentir sus manos cálidas, porque temió que subieran a aquel recóndito lugar, donde ya no podía mirar, porque sus ojos se desbordaban como un grifo. Chus no temía un rechazo, sino que lo que le daba miedo era no estar a la altura, perder la compostura como le había ocurrido frecuentemente con su ex mujer. Tantas veces había perdido su erección, por la simple vergüenza de acudir a un urólogo que les aconsejara y guiara hacia una posible solución, que su mujer había acabado sustituyendo sus tercas negativas, refugiándose en otros lugares más placenteros.

 

***

—Si no llegara a ser por ti… —le repite Nieves desde el umbral de la puerta que todavía está cerrada.
Chus se gira para mirarla. Una lágrima tiembla deslizándose por su cara y tiene ganas de besar para ahuyentarla. Nieves se derrite entre lágrimas, porque una vez le ha salido la primera, otras surgen a chorros.
—¿No tienes solución para ese escape? —le preguntó Nieves intentando bromear por su estado y señalándose sus ojos inundados.
Chus niega con la cabeza sin apartar la vista de sus lágrimas.
—¿Qué te ocurre, Nieves?
—Por un momento pensé que me abrazarías y…. tuve miedo…. de esto…
Su voz femenina se entrecorta de golpe, mientras sus manos deshacen el nudo de su batín celeste con un movimiento firme. Nieves se desnuda ante Chus. Tantas veces había soñado él con ese momento, que ahora que está pasando, siente el impulso de huir por miedo a un posible fracaso. Tener ganas de dormirse entre sus pechos es uno de sus mayores deseos, cuántas veces había sentido su tacto entre paisajes oníricos, altamente volátiles, que se esfumaban ante el ruido impertinente de un despertador.
—Siento que no estés preparado para esto. Yo tampoco lo estoy —continúa Nieves.
El gesto asombrado y parado de Chus, al ver sus pechos imposibles de describirlos ni con mil palabras.
—¿Quién fue? —se atreve a preguntar Chus apartando la vista de sus pechos corroídos, sin atreverse a señalarlos.
— Fui víctima del trato de blancas. Una promesa, un mundo más digno, una hipoteca de por vida. Antes de lograr escapar y que se desmantelara la red en la que había caído, mi chulo me regaló una gran chorretada de ácido sobre mis pechos. Al día siguiente desperté en un hospital, volví a nacer y cambié mi identidad. Elegí Nieves por ser el que más se adecuaba a mi nueva condición, y me prometí que jamás volvería a amar.
Una sonrisa agridulce e irónica cruza por su cara, y continúa con su historia sin interrumpirse:
—Era la pechitos de terciopelo, así me llamaban los clientes. Mi foto circulaba por varios periódicos del país ofreciendo mis servicios en la sección de contactos. Mi carrera terminó de una manera abrupta. Lástima que mi chulo tuviese tiempo de arruinarme mi existencia antes de ser detenido y acabar entre rejas.
Su mirada cristalina se ha vuelto vacía mientras acaba cubriéndose otra vez con el batín. Chus la coge de una mano, le aparta un mechón de su cabellera y la besa en la nuca. Un susurro ronco en el oído:
—Nieves, gracias por confiarme tu secreto. Eres la más bella de todas, para mí.
Y la promesa de la mujer de no volver a amar, se truca en aquel momento. Juntos compartirán sus secretos amándose frente a frente, sin pudor alguno. Chus, a la mañana siguiente, decidirá acudir a un urólogo para poder amar físicamente a la mujer de la que se ha enamorado. Entre los dos, tejerán un capítulo en sus vidas de respeto y comprensión ante la mirada de aquellos que envidiarán su gran historia de amor sincera.

 

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