Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Ginebra, me he pedido una ginebra en «La pequeña taberna». Mi garganta gruñe al pedirla, un sonido gutural y tosco, casi imperceptible, que muere en mis labios y que hace que la camarera me lo haga volver a repetir.

Ginebra ―repito haciendo un esfuerzo en pronunciar y le señalo la botella que hay en el estante de arriba.

Me la sirve en un vaso de tubo con dos cubitos de hielo. Me la bebo con pocos tragos hasta apurar la última gota.

Otra…

Y una mano me roza el hombro de mi jersey granate. Me giro y me encuentro con Nacho,

. Intercambiamos una mirada poderosamente larga y sus labios se curvan en una sonrisa, que deja entrever sus dientes rectos. Yo se la devuelvo, porque de repente me han entrado ganas de reír.

Otra para mí ―le dice Nacho a la camarera con voz risueña.

Pasamos de la barra del bar a la mesa que hay enfrente y nos sentamos en el único sofá, pegados, lado con lado.

¿Te alegras de verme? ―me pregunta.

¿Y tú?

Ya sabes que sí, pero yo he preguntado primero.

Y su mirada se enciende.

Si no te echara de menos, no estaría bebiendo ginebra.

¿Y dónde ha quedado tu Martini blanco, Elisa?

Mi Martini se hundió… ―Bajo la mirada y la vuelvo a subir inmediatamente hasta volverme a encontrar con sus ojos negros, que brillan irremediablemente―. Pero siempre podemos brindar con ginebra. ¿Me rechazarás un brindis?

Yo nunca rechazo un brindis, Elisa.

Nuestros vasos chocan con tanta fuerza que el mío se rompe. Me lleno de cristal, de alcohol, de hielo, de su mirada cristalina y brillante, que me empapa.

¿Ves cómo todo lo que tocas lo acabas rompiendo? ―le grito con rabia acumulada.

Siempre podemos pedir otra ronda, Elisa ―me calma con su voz sugerente.

Asiento conteniendo mi furia y esta vez me pido sin dudar un Martini blanco, que me atrapa y se desliza por mi garganta pausadamente.

Mi chica Martini ―me dice Nacho cogiéndome de las manos con cariño.

Y las besa, deteniéndose en cada dedo, transportándome de nuevo con su humedad a la playa, a nuestro último encuentro, a la última vez que recorrió mi piel y me inundé de él. Me siento a gusto en este momento y me dejo besar por las garras del pasado, que me estrujan mi alma dolida.

Me alegro que hayas cambiado de opinión, Elisa, que hayas vuelto a nuestro bar a buscarme.

Y sus labios se detienen en la comisura de mis labios.

Noto su aliento a ginebra, una vahada bien cargada de alcohol, que se le escapa, mientras me repite que me quiere. Una y otra vez, como un disco rayado, que me auto convence de que he hecho bien en venir. Me acaricia el nacimiento de mi cabello y me alegro de no llevar el cuello alto en este jersey pues estoy abierta a sus caricias continuas que me estremecen y me hacen sentir escalofríos placenteros.

Te quiero, Elisa ―repite por enésima vez―. Tu también, ¿verdad?

Un zumbido intermitente me despierta. Su pregunta queda resonando en mi cabeza haciendo eco, totalmente desconcertada aparecen otra serie de preguntas entrelazadas entre sí.

¿Dónde estoy? Miro a mi alrededor y no reconozco las sombras del cuarto dónde he amanecido. ¿Qué hago soñando todavía con Nacho? ¿Por qué el alcohol sigue siendo protagonista en mi vida? Abrumada me levanto de la cama, busco el interruptor de la luz y me cuesta alcanzarlo, al final lo consigo y la lámpara se enciende.

Toni… Estoy en su casa. Respiro aliviada, pero sólo unos breves instantes, porque si estoy aquí es porque Luis… Me dejo caer otra vez en la cama, de golpe, no quiero levantarme, quiero dormirme hasta alcanzar la inconsciencia.

«Con el alcohol, lo conseguías», mi vocecilla reaparece, incitándome a hacerlo. «Pero si lo haces, Elisa, eso no cambiará nada», me digo a mí misma, intentando ser más fuerte que ella. Tumbada en la cama estoy viviendo una lucha interior que me aterroriza.

Necesito hablar con Sandra, cojo mi móvil, que es el que me ha despertado y marco su número, pero otra vez su buzón de voz me corta el rollo. ¿Cuántos días lleva ya sin cobertura? Llamo a Jaime, pero tres cuartos de lo mismo. Al menos sé que están juntos, en el paraíso de la «sin cobertura». Oigo como María canturrea por el pasillo, al menos hay alguien en esta casa que se ha levantado con buen humor. Escucho risitas de Toni, oh, mierda, otra vez soy el número tres. Elisa, la especialista en entrometerse en la vida de las parejas, una intrusa en vidas ajenas. ¿Por qué no puedo tener una vida normal con alguien que me quiera? ¿Con Luis? ¿Con Nacho? ¡Qué más da!

María entra en el cuarto donde estoy.

Me voy a trabajar ―me dice contenta.

Yo seguiré aquí un rato más.

Y me doy la vuelta.

Estoy de vacaciones con todas sus letras. Pero no puedo descansar, Luis se instala en mi cerebro para quedarse. ¿Cuándo lo podremos ver? ¿Qué pasará con él? No hay nadie que pueda despejar mis dudas, sólo me queda esperar. Tengo tanto miedo a que el tiempo corra y me separe definitivamente de él. Soy una contradicción constante, me remuevo en la cama hecha un lío de inquietudes, que se asoman de debajo de la manta. Vienen a por mí, se enredan en mi corazón que late a buen ritmo, debido al cúmulo de sentimientos que me llevan al borde de la desesperación.

Toni silba y al oírlo me levanto de la cama y salgo hacia la cocina. Veo que alguien ya le ha servido el desayuno a Ghato. ¿Habrá sido María o Toni?

¿Has dormido bien? ―me pregunta Toni.

Sí…

¿En serio? Te hemos oído gritar…

Es que he tenido una pesadilla.

Puedes contármela, si quieres

Y me mira cómo diciéndome que es todo oídos.

He vuelto a beber, Toni, en mi sueño. He sentido el gusto del alcohol y no sé por qué todavía tengo que sentirlo.

A mí a veces también me pasa.

¿Y qué haces, Toni?

Pues… ―Se encoge de hombros―. Cuando me despierto, estoy alegre de que haya sido un sueño.

¿Y ya está?

La decisión siempre es tuya, Elisa. Nosotros somos libres de decidir si queremos beber o por el contrario abstenernos. Creo que necesitamos ir a ver a Ana… todos….

Menos Luis…

Mi mirada se pierde en su recuerdo.

Voy a llamarla, necesitamos terapia de urgencia.

¿Y si no está?

Me dio su móvil personal, por si las moscas, en estas fechas…

Ya…

Antes que caigamos, mejor poner solución, ¿no? Venga, desayuna ya, vístete, que nos vamos…

¿A dónde?

A casa de Jesús y Sara, están moviendo hilos para que podamos ver a Luis.

Me da un vuelco el corazón y una pequeña esperanza rebrota de mi mirada.

Pero no te hagas ilusiones, ¿vale? Nosotros lo intentamos.

Sí, Toni, por Luis…

Desayuno rápidamente, café con leche con dos cucharadas de azúcar y tostadas con mantequilla. Ayer no cené y estoy hambrienta. Mi estómago reclama comida desde hace rato. Engullo deprisa mientras Toni llama a Ana, que sé que va a tener trabajo con nosotros. Necesitamos su ayuda para que mis pensamientos de volver a beber se paren, que se desvanezcan, y se pierdan en algún lugar de mi interior, que ahora ha rebrotado con fuerza, llamándome por mi nombre, arrastrándome a beber. Resistir, bonita palabra, que hace huella en mí por el momento, quiero escribirla, pintarla, colorearla y colgarla en la pared con chinchetas. Verla todos los días cuando me despierte en mi cuarto, que me de fuerzas y coraje porque hoy también va a ser un día sin alcohol.

Me visto aceleradamente, sin ducharme, porque no quiero hacer esperar a Toni, que ya está listo. Me pongo los pantalones de pana que llevaba ayer y un jersey estampado con el cuello muy alto. Me calzo las botas, y me peino haciendo hincapié en las puntas de mi pelo rebelde. Salgo del lavabo y apago la luz.

¿Lista? –me pregunta Toni.

Sí… -Inspiro con fuerza.

Esta tarde tenemos sesión. Ana quiere vernos a todos.

¿Le has contado lo de Luis?

Sí…

Toni abre la puerta del garaje y no dice nada más. Me subo a su coche e intento acomodarme, aunque estoy tensa. Me abrocho el cinturón, mientras la culpabilidad que siento por lo que he soñado, me martiriza. Me pongo una mano en la boca, y tiro un poco de vaho que sabe a menta, ya que me acabo de lavar los dientes.

No, no he bebido, los sueños, sueños son, Elisa. Desgraciadamente incontrolables y confusos y, con esta letanía que se me repite una y otra vez, mientras Nacho se va desvaneciendo en mi recuerdo, el coche avanza hasta el piso de Jesús y Sara.

Continuará…

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Llaman a la puerta y Toni se levanta para abrirla. En unos instantes, entra María con mi maleta arrastrando los pies.

¿Esto es tuyo? Me pregunta.

Sí… —Contesto con mi mirada perdida.

Te la habías dejado en la calle. ¿Estás bien, Elisa?

Necesito estar sola, Toni, ¿me puedes llevar al piso de Sandra? ―Le digo a él, sin contestarle a María.

En unos minutos hemos cargado mi maleta al coche de Toni, y nos dirigimos al piso de Sandra y Jaime, que sé que no están, pues se han ido a pasar estas fechas al pueblo de los padres de Jaime. Necesito estar sola para poder pensar, poder asimilar lo que me ha caído encima, poder imaginar una solución, que no está en mis manos decidir. La impotencia que siento me desborda y hurgo nerviosa en mi bolso buscando las llaves del piso delante de su fachada anaranjada. No las encuentro. No están. Una imagen acude a mi mente, me las dejé en el pueblo encima de la mesita de noche, pienso, y llamo a mi madre para comprobarlo.

¿Mamá?

¡Eli! ¿Cómo estás? ¿Cómo está tu novio?

Bien…

«Bien jodido», pienso.

A ver cuando nos lo presentas. Me has hablado muy poquito de él. Por cierto, ¿a qué se dedica?

Es informático…. Pero, escucha, mamá ¿no me habré dejado unas llaves en mi habitación?

Sí, hija sí, y unos pendientes, y un jersey y unas cuántas cosas más… Ay, has salido a tu padre, qué se le va a hacer, igualito de despistada que él. Si no fuera por mí, lo perderíais todo. ¿Quieres que te lo envíe? En estas fechas, no sé cuando lo vas a recibir, pero yo te lo envío y, sino por tu prima Susana, que ha vuelto al pueblo con tus tíos y volverá a la ciudad pasado Reyes.

Gracias mamá.

¿Está Sandra en casa o te has quedado en la calle, hija?

Está en casa, conmigo ―miento.

Pues felicita las fiestas de mi parte, Eli.

Vale, se lo diré, adiós mamá.

Aprieto el botón de mi móvil para finalizar la llamada. Me siento aturdida, en la calle el día de Navidad completamente sola, si no fuera por Toni, que se ha esperado a que entrara en el piso. Menos mal, no hace falta que le diga nada, pues él se adelanta ofreciéndome que duerma en su casa. Quería estar sola y ahora no va a ser posible. Miro a Toni, y mis ojos le suplican una última voluntad mientras mis labios le susurran:

Toni, ¿te importaría que me llevara a Ghato?

Toni no es muy amigo de los animales, pero entiende mis deseos a los que accede sin rechistar. Llamo al vecino del segundo B y en unos instantes puedo abrazar a mi Ghato. Su pelo brillante y suave se desliza entres mis manos, que no paran de acariciarle, y por un momento, en el que inspiro profundamente, me calmo. Mi mente, en este breve instante, ha borrado toda la información de lo acontecido en las últimas horas, estoy en blanco y tranquila, sólo existe el contacto cálido de mi felino que maúlla suavemente. La mano de Toni, que se deposita en mi hombro, me devuelve a la agitada realidad.

Vayámonos ya, Elisa…

Bajamos por el ascensor, y entramos en el coche de Toni con Ghato en mi regazo, que me mira de manera hipnótica. Mis manos le rodean su cabecita y lo estrujo durante todo el trayecto, dándole cariñosos pellizcos, que sé que le gustan.

Cuando volvemos a la casa de Toni, bajo del coche, y María sale a recibirnos. Toni le sonríe y percibo en esa mirada un cambio que nunca había notado. Los ojos de mi amigo se encienden al verla, un pequeño destello que exterioriza por primera vez. María también sonríe tontamente mientras se pasa sus manos por su pelo rubio, e intuyo que hay algo más entre los dos, algo íntimo que no nos han contado al resto.

¿Desde cuándo… Vosotros dos…? ―Les pregunto asombrada con mis labios, que se han quedado con forma de o.

Una risa cruza la cara de María.

Así que es verdad… ―continúo con mi índice señalándolos.

Sí ―asiente Toni―. Llevamos poco, queríamos anunciarlo para Fin de Año.

El bombazo del año ―bromea María―. ¿Cómo te has dado cuenta, Elisa?

Es que no sabéis disimular, ni qué fuera adivina ―les digo encogiéndome de hombros―. Estas miradas, que os intercambiáis como dos tortolitos, os delatan. ¡Salta a la vista! Enhorabuena a los dos.

Y nos fundimos los tres en un abrazo, en el que intento olvidar por qué realmente estoy aquí. La realidad se precipita con caída libre sobre mí cuando nos separamos.

¿Qué vamos a hacer mañana? ¿Podremos ver a Luis? ―les pregunto con un temblor en mis labios―. Luis… ¡qué mal lo debe estar pasando!

Lo sé –dice María y sé que intenta ser dulce en su tono de voz—. Elisa, tenemos que ser fuertes, ¿vale?

Creo que sus ojos se crispan al recordar cuando ella también estuvo arrestada. Yo también recuerdo cuando me detuvieron, la frialdad de la celda y la agonía que pasé hasta que todo volvió a la normalidad. Todavía no hace ni un mes de todo aquello, y ahora me siento incapaz de seguir hacia adelante.

No sé si podré, María ―titubeo―. Necesito… beber ―digo al fin arrastrando las palabras-.

Ni se te ocurra ―me advierte Toni―. ¡Hazlo por Luis! ―Exclama―. Yo también he sentido esa necesidad, pero tenemos que resistir. ―Y me agarra la mano con fuerza.

Por Luis… ―digo al final con la mirada gacha.

La firmeza de la promesa que le hice a Luis, en el parque de nuestras ilusiones de futuro, se quebranta en el umbral gélido de la casa de Toni. Mi amigo se da cuenta de mi indecisión, me coge la barbilla y con un ligero movimiento hace que suba la mirada mientras me dice:

Conozco esta mirada, Elisa. Di lo mismo, mirándome a los ojos.

Sus ojos castaños, castigados por el sufrimiento de lo que nos ha tocado vivir, me convencen momentáneamente.

Sí, Toni, por Luis…

Y así, unidos por esta cómplice mirada, entramos a su casa mientras nuestros pies penden de un frágil hilo, donde ni un buen trapecista tendría la suficiente habilidad para no precipitarse hacia el vacío.

Continuará…

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Una oleada de agua fría me salpica inundando toda mi alma. La frase pronunciada entrecortada de Toni, me ha dejado petrificada, como los árboles desnudos, que hay enfrente de su casa. Permanezco inmóvil, asimilando las duras palabras de mi amigo, y mis ojos, escrutando los suyos, poco a poco se bañan, porque mis lágrimas retenidas durante horas ahora se han decidido a salir. Una vez brota la primera, numerosas la siguen, imparables, deslizándose con fuerza por mis finas mejillas. Lloro con una mueca de sorpresa en mi rostro. Mi boca entreabierta no puede cerrarse, porque se ha quedado así del impacto sufrido, del susto espantoso, que da paso al terror absoluto. Mi parálisis poco a poco se convierte en temblor, y las lágrimas vienen acompañadas de sollozos, que chillan desde mi garganta. Mientras siento como tengo los puños apretados con mis nudillos en profunda tensión, tengo ganas de descargarlos sobre alguien y mis manos cerradas chocan contra el torso de Toni, pegándolo repetidas veces, sin parar, diciéndole:

¡Me dijiste que había sido un accidente! ¡Un maldito accidente, joder!

Toni no se inmuta de mis golpes, porque están cargados de debilidad, de sollozos, de desgarro interior y me deja hacer hasta que, cuando poco a poco me voy tranquilizando, sus brazos me rodean. Su ropa huele a leña. Un penetrable olor, que me indica que donde estoy hace frío, aunque yo no lo sienta, porque he dejado de sentir, que es tiempo de estar al lado de la chimenea, acurrucados en el sofá y tapados a poder ser con una manta gruesa.

Elisa, ―me susurra― entra y te lo explico.

Y sus manos me dirigen hacia su comedor, donde el fuego repiquetea con la leña, lamiéndola, carbonizando, polvorizando. Mis pasos vacilantes, e inseguros, acompañados por los suyos, me dirigen hacia el sofá donde me siento para que Toni me despeje mis dudas, que son muchas, pero una parte de mí no lo quiere escuchar. Quiere quedarse en el pueblo, con mis padres y mi familia, antes de la llamada, cuando desconocía todos los detalles que sé que vendrán a continuación. Toni que se ha sentado a mi lado, tose, se aclara la voz y empieza explicándome lo acontecido en las últimas cuarenta y ocho horas.

Elisa, Luis llevaba unos días nervioso por su trabajo…

Mi mirada ante todo demuestra sorpresa, pues en ningún momento se lo había notado. Y Toni continúa, relatándome otra parte de mi novio, que desconocía por completo, como si me hablara de otra persona alejada a mí.

Habían cambiado la imagen corporativa de la empresa y renovado su página web, junto con su blog, para hacerlo más personal, más humano. En la pestaña de «Quienes somos» salían sus nombres junto con una foto de cada uno de ellos. Luis llevaba días angustiado, pero no se pudo negar a aparecer en esta ventana al mundo, pues estaba en juego su empleo.

Y su padre lo encontró… ―Musito con resignación.

Sí, así es. El viernes día veintiuno por la mañana, se presentó en la empresa y habló con la secretaria. No mintió, dijo que era un familiar de Luis y que quería sus señas, porque se había perdido por la ciudad y creía que no tenía bien la dirección. La secretaria se las dio en el acto…. Luis no se encontraba en la empresa estaba… Bueno, eso ya no importa, estábamos eligiendo regalos navideños y, comprando comida para la cena de Nochebuena. Se había tomado el día libre y lo pasó conmigo. Hablamos, le dije si necesitaba algo a lo que respondió que no y nos despedimos. El lunes por la mañana, te acompañó a la estación de autobús… y luego se fue a trabajar. La secretaria le preguntó si había recibido alguna visita en su casa, pues un hombre de mediana edad, calvo y con gafas se había pasado por allí preguntando por él diciéndole que era un familiar. Luis ya no estuvo tranquilo en todo el día, pues no tenía trato con ninguno. Se vino a mi casa, me contó su angustia y yo le tranquilicé lo mejor que pude, porque pensaba que este hombre se habría confundido. Estuvimos hablando de ti. Hacía escasas horas que te habías ido, y ya te echaba de menos, le dije que te llamara y así lo hizo. Cuando colgó sus labios dibujaban la mayor sonrisa, que le he visto en la vida, pues la angustia que sentía se había esfumado. Tú le habías dicho que le querías y eso fue la mayor alegría que había tenido en años. Luego fue a cambiarse de ropa… A su casa… Pasaron las horas y no venía. María y yo ya habíamos preparado la cena y él que se ha había ofrecido a colaborar no venía. Menuda cara, pensé…. A las diez y media recibí una llamada en mi móvil de Luis, pidiéndome a gritos que fuera a su apartamento. María se quedó, algo había pasado, y gordo, pero como lo desconocía por completo fui yo solo…

¿Y qué te encontraste, Toni? ―Pregunto con desazón.

Llegué, la puerta del apartamento estaba abierta de par en par y Luis en un rincón del recibidor agachado, fregando el suelo con un trapo a todo gas. Es inútil, Toni, me dijo, por más que frote no se va. Cuando me di cuenta vi que eran manchas rojizas. Luis se levantó y reparé que llevaba la camisa manchada de sangre. Me asusté tanto, Elisa, no sabía a qué se debía todo aquello… Al cabo de poco lo vi, un cuerpo en el fondo del salón… Me ha forzado la puerta el muy cabrón, me dijo, Luis. Cuando Luis llegó a su casa, su padre lo estaba esperando cuchillo en mano, Elisa…

Los pelos de mi piel se me erizan, atónita por todo lo que estoy escuchando.

Luis, después de discutir con él, de esquivar sus golpes y cuchilladas, cogió la única arma que tenía en su piso… Un paraguas con la punta de hierro… Se lo clavó en el cuello, la sangré empezó a brotar y su padre se desplomó partiéndose la crisma con la mesita de cristal.

¿Y qué hicisteis?

Luis quería deshacerse del cadáver y que lo ayudara…. Me lo suplicó, arrodillado cómo estaba en el suelo, fregando los restos de su propia sangre y la de su padre pero… No pude, Elisa, la situación me sobrepasaba. Así que llamé a la policía y a una ambulancia desde el balcón, mientras Luis creía que estaba llamando a María para decirle que nos íbamos a retrasar. Me comprendes, ¿verdad? ―Y me mira como pidiéndome perdón, necesitando un hombro para poder consolarse.

Asiento, pero una pregunta que lleva rato golpeándome en las sienes, porque me resisto a preguntarla acude a mis labios.

¿Dónde está ahora Luis? —Pregunto mientras siento mis miembros muy pesados, de plomo.

En el hospital, pero no nos dejan verlo, Elisa. Pronto pasará a disposición judicial. ―Y un par de lágrimas se deslizan hacia la comisura de sus labios―. Tú hubieras hecho lo mismo, ¿verdad?

Después de un largo silencio, que se ha instalado entre los dos, saco de nuevo mis fuerzas para decirle:

Hiciste lo correcto, Toni.

¿Confías en la justicia, Elisa?

¿Legítima defensa, no?

Y es que mis dudas ahora naufragan entre charcos tenebrosos, donde la balanza de la justicia, que me ha enseñado Luis, me llevan a la deriva…

Continuará…

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El coche de mis tíos bajaba por la carretera muy lentamente. Mi tío Pepe, por precaución, había esperado hasta las doce del mediodía para partir para evitar más que nada las zonas sombrías plagadas de hielo, que posiblemente inundaban el camino a primeras horas de la mañana. Susana no había acabado de cantar el «Noche de paz», que era el villancico que seguía al «Campana sobre campana», había quedado interrumpido por mi conversación con Toni, que me había dejado profundamente alterada.

Aunque Toni había intentado con todas sus fuerzas calmarme y decirme que Luis se encontraba estable, su indicación, que me sonó más como una orden, de que me pasara antes por su casa, que ir directamente al hospital, me demostraba que no me estaba diciendo toda la verdad en sus palabras que me sonaron blandas y cargadas de tópicos reconfortantes. Sabía que realmente se escondía algo más de lo que me estaba contando por teléfono. Algo oculto y sombrío, que me decía mi instinto interior de mujer. Hablamos durante escasos minutos en los que Toni, ante mi voz de alarma, de que le había pasado a Luis con su coche, me dijo que no había sido con el vehículo el accidente, que se trataba de otra cosa que ya me contaría, pero que estuviera tranquila, que Luis se encontraba bien.

Fue una noche agitada, en la que mi madre me preparó una tila doble mientras les contaba a mis familiares que Luis era un amigo especial. Mis lágrimas se agolpaban a mis ojos, pero era incapaz de hacerlas brotar, pues el dolor que sentía era tan grande, que se habían paralizado en mi interior y las sentía allí, estancadas, fuertes y poderosas por su sal que me hería como ácido en ebullición, quemándome y sintiendo en mi fuero interno que no podía perder a Luis, que el destino no podía ser tan cruel para lanzarme esta hecatombe, que me había caído como una losa de granito, aplastándome y hundiéndome otra vez en mi pesar desdichado.

¿Un chorrito de anís o agua del Carmen? ―Me preguntó mi tío Joaquín más que nada para ayudar que por otra cosa, porque para él las infusiones siempre debían estar acompañadas por algún licor, y sobre todo, si se tomaban por un disgusto.

Negué automáticamente con mi cabeza con las pocas fuerzas que me quedaban. Lo único que tenía claro era que, a pesar de las dificultades, no volvería a beber y me aferré a este pensamiento, porque formaba parte de nuestro pacto, de la complicidad que tenía con Luis, de la promesa que no iba a romper, de nuestra unión, y recordé mi última conversación con él, mis últimas palabras habían sido «Te quiero». Una confesión que me había salido del alma y se la grité a los cuatro vientos, porque a pesar de que muchas veces me había mostrado con él esquiva, que había preferido a mi ex. Hoy y sólo hoy sabía que mi futuro estaba con él y quería amanecer cada día a su lado.

Mi tío Joaquín cerró el mueble bar cabizbajo después de esconder la botellita del agua del Carmen, que sabía que mi madre de vez en cuando bebía cuando pasaba alguna desgracia en el pueblo. Mis familiares fueron desfilando, prometiéndome que al día siguiente, me llevarían a la ciudad de nuevo. Fue mi tío Pepe quién se ofreció a llevarme junto con su mujer y mi prima Susana, mientras mis padres se quedarían con mi primo Paquito.

No pude levantarme de la silla para darles unos besos de despedida, porque algunos posiblemente tardarían en verme. Me quedé allí, sentada y anclada al asiento, mientras todos se levantaban y se iban. Mis padres, después de haberles acompañado a la puerta, volvieron a mí y me intentaron tranquilizar con sus palabras, que me sonaban distantes, espaciadas por la distancia, que no había, porque mi mente ahora revivía los instantes pasados con Luis, mi novio, palabra que nunca antes había pronunciado refiriéndome a él, pero que ahora sentía la necesidad de decirla con todas sus letras.

Sus juegos de espejos castaños, que empezaron a deslumbrarme en la sidrería; su beso casto, que me dio en casa de Toni envalentonándose y abandonando su timidez característica. Su dulce proposición de querer que formara parte de su vida; sus películas románticas que servían de excusa para que, por un momento, me sintiera como parte de sus protagonistas; sus desayunos completos para empezar el día con fuerzas; su protección y cariño al acompañarme hasta la puerta del piso de Sandra; su espera paciente antes mis negativas y vacilaciones; su olor tan intenso, que sólo me conducía al deseo absoluto de perderme entre su cuerpo y olvidarme de todo por unos instantes. Sentada todavía en la silla, reconocí que habían sido los meses más placenteros de toda mi vida, porque Luis se desvivía por mí y me colmaba de atenciones sin esperar nada a cambio.

Eli, necesitas acostarte ya ―me dijo mi madre.

No puedo, mamá. Sé que no podré dormir ―le contesté todavía clavada en la silla del comedor.

Mi madre se levantó, fue directa a la cocina, volvió con una caja de pastillas y un vaso de agua. Cogió una y me la tendió.

A veces ―me explicó― cuando no puedo dormir, las tomo. Son suaves, pero te ayudarán a dormir.

Engullí la pastilla y dejé que mi madre me acompañara hasta mi cuarto. Me arropó, y se quedó durante largo rato haciéndome compañía. Me sentí como cuando era pequeña y me contaba cuentos de hadas y princesas en mi habitación infantil. Me hablaba pausadamente y su voz se fue distanciando, porque un sueño artificial poco a poco se fue apoderando de mi mente. Bostecé largamente, sentí los labios de mi madre posándose en mi frente y me dormí, no sin antes decirle:

Luis es mi novio, mamá.

Lentamente, con el coche de mis tíos y con ellos de acompañantes, deshago el trayecto, que había hecho hacía tan sólo dos días en el autobús, que me había llevado a pasar las Navidades en el pueblo. Había presagiado erróneamente que serían unas buenas Navidades, acompañada por los míos, y que, de regreso, Luis estaría esperándome para celebrar el Fin de Año. En un segundo, todo cambió y giró mis planes del revés.

El mismo día de Navidad, estaba haciendo este viaje de cuatro horas para saber qué es lo que había pasado realmente con Luis. El cielo nublado empezó a chispear tímidos copos de nieve, que poco a poco se hicieron más consistentes, paramos durante unos minutos y mi tío puso las cadenas en el coche.

Aproveché este descanso para llamar a Sandra, sabía que con el simple hecho de escuchar su voz, me calmaría pero mi llamada se extinguió al chocar contra su buzón de voz. Ante mi suspiro de resignación que resuena más de lo que hubiera querido en el coche, Susana me dice:

Cuando quieras hablar, sólo hace falta que me lo digas.

Mi prima, con la que siempre me había llevado bien, aunque el tiempo nos había distanciado, me tiende una mano abierta con la que poder consolarme.

Gracias, Susana ―le digo―. Luis no es un amigo especial… Es…

¿Tu novio?

Exacto. Llevamos poco, por eso me cuesta todavía definir nuestra relación.

Agradecí que Susana no me nombrara en ningún momento a Nacho, con el que más de una vez habíamos compartido cenas y celebraciones, y además estaba segura que mi madre se encargaba de decir a los cuatro vientos por el pueblo, que pronto me casaría con él.

Seguro que se pone bien, prima.

Mis tíos vuelven a entrar en el coche y arrancamos de nuevo. Lentamente, el paisaje propio del pueblo se va diluyendo para acercarnos a la zona más industrial de la ciudad. Después de indicarles donde vive Toni y cruzar varias calles propiamente residenciales, el coche de mi tío Pepe se detiene.

Gracias, tíos, por el viaje, prefiero entrar sola ―les digo.

Les abrazo y les beso, especialmente a Susana. Cuando el coche de mis tíos se ha alejado lo suficiente, me armo de valor mientras respiro con agitación, llamo a la puerta y espero impacientemente a que se abra. Lentamente, las luces de la casa se encienden, y veo como la silueta de Toni se recorta en el umbral. Lo interrogo con la mirada, porque mi voz de repente se acalla.

Elisa, tranquila, Luis está bien ―me dice Toni―. Su padre le localizó ayer por la tarde.

Un escalofrío me recorre entera, y las palabras se me agolpan en la garganta, para galopar entre mi lengua y dientes para decirle:

¿Su padre? ¡Oh, Dios! ¡No puede ser! Dime que no, dime qué le ha hecho este mal nacido!

Ya ha terminado todo, Elisa. Luis, ayer mató a su padre…

Continuará…

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Mi tía Nicolasa, la hermana menor de mi padre y mi tío Roberto, su marido, son los primeros en llegar.

Mi tía Nicolasa entra en la cocina, donde mi madre y yo estamos todavía acabando de cocinar.

Voy a ser abuela ―anuncia al entrar, pero su voz lejos de mostrar felicidad suena a irritada.

Felicidades ―le dice mi madre.

Hola, tía, Mónica estará contentísima ―le digo.

¿Mónica? Ay, si fuera de ella el embarazo ―empieza―. Supongo que estaría contenta, a pesar de que viva en pecado con Javier, que muchas discusiones he tenido con ella, porque se resisten a pasar por la iglesia.

No puedo disimular una sonrisita pícara, que asoma de mis labios, aunque ella no se da cuenta.

Pero la que se ha quedado embarazada es…. ―Deja el suspense colgado en el aire de la cocina, que huele a marisco.

¿Úrsula? —La ayuda mi madre.

Claro, ¡quién va a ser sino! Dos hijas tengo yo. ¡A sus veinte años!

Mujer…. Tampoco es ninguna cría… —dice mi madre—. Quiero decir… que no es menor ―rectifica―. Y el padre de la futura criatura… ―Ahonda mi madre en la llaga.

¡Ahí voy yo! ―chilla mi tía―. Ni lo conocemos y Úrsula guarda silencio sobre quién es. ¿Cómo lo dijo? Ah, sí, un rollete, ―¡Y me mira a mí para seguir― ¿no es así cómo se refieren los jóvenes cuando no es nada serio?

Asiento lentamente con la cabeza.

Pues eso, Menchu, —Ahora mi tía mira a mi madre― que está embarazada sin oficio, ni beneficio, ni salvación ―añade.

¡Santo Dios, Nicolasa! ―dice mi madre―. ¿Y Roberto, cómo se lo ha tomado?

¿Anselmo cómo se lo tomaría? Pues mal, cómo se lo va a tomar…. Pero bueno, voy a poner la mesa que he venido para ayudaros. ¿Cuántos somos?

Trece ―responde mi madre.

Mal número, si las cosas nunca vienen solas….

Habrá un cubierto, que tendrá que ser diferente a los demás, porque el juego es de doce.

Ya me lo quedo yo, mamá ―le digo―. No me importa.

Bueno, pues ayuda a tu tía a poner la mesa mientras yo pongo las borrajas a gratinar, el horno ya está caliente.

Mi tía ya se ha ido cargada de platos hacia el comedor, mi madre aprovecha el momento en que nos hemos quedado solas para susurrarme:

Elisa, si no vas a beber alcohol, di que lo haces, porque te estás tomando antibióticos para…. Ejem…

¿La muela?

Sí, eso, que tienes una infección en la muela y que no puedes beber alcohol por eso.

Pero mama… no tengo ninguna pastilla ―le digo confundida.

Tú déjame a mí, Eli… ―Se pone de puntillas y coge del estante de la cocina unas pastillas marrones y me las da.

Mamá…

Hija, son vitaminas para el cabello, no te harán ningún mal. A las doce de la noche, no olvides de tomártelas ―Y me guiña un ojo, porque me acabo de convertir en su cómplice.

Mi tía Nicolasa abre el mueble de la cristalería y va repartiendo las copas: las del agua, las de vino y las del champán.

A Paquito sólo le pongo la del agua ―me dice―. Y a Úrsula también, dado su estado ―dice a regañadientes.

Tía, a mí también ―le digo.

Anda, va, ¿por qué?

Estoy tomando antibióticos por una infección en una muela ―le respondo metiéndome de bruces en la farsa, que se ha inventado mi madre.

Vaya, ¡qué pena! No encontrarás ningún dentista en estos días.

Lo sé, tía…

En este instante, suena el timbre y entran mi tío Pepe, mi tía Juana seguidos de mis primos Paquito y Susana. Mi tía Juana lleva un recipiente con una macedonia de frutas, que ha preparado en su casa para el postre, y lo deja en la mesa de la cocina. Vuelve a sonar el timbre y entran Mónica y Javier, seguidos por Úrsula que está bastante pálida.

¿Nos sentamos? ―invita mi padre.

Yo me sentaré a tu lado ―me dice Susana―. Como en los viejos tiempos.―Y deja su bolso en la silla al lado de la mía.

Falta Joaquín… ¿Dónde se habrá metido? ―dice mi madre.

Este… Todavía estará de fiesta en cualquier bar ―dice mi tío Pepe.

Lo esperaremos, no tenemos prisa. Llámalo al móvil, Anselmo.

Mi padre se levanta para llamarlo. Pocas palabras bastan en su conversación, más bien secas y cortantes para decirle a su hermano que lo estamos esperando.

Mi tío Joaquín no tarda en llegar, me da sendos besos en las mejillas y parece que se alegra de verme. Noto como su aliento descarga una vahada de alcohol continua. Mi tío Pepe tenía razón, en que había empezado antes la fiesta por su cuenta.

Viene achispado ―oigo que murmura mi madre a su cuñada Nicolasa.

Como siempre, Menchu ―le dice mi tía, y se dirigen a la cocina para sacar la fuente de borrajas.

La cena transcurre con charlas animadas por parte de todos. Mi tío Joaquín, que lo tengo enfrente, no para de servirse vino que bebe en abundancia y la comida casi no la toca. Mi prima Úrsula, con la mirada baja, escampa la comida alrededor del plato para simular que está comiendo más de lo que verdaderamente come. Paquito, después de anunciar que las borrajas no le gustan, espera con ansia el segundo plato mientras engulle rebanadas de pan. La zarzuela de marisco, el plato estrella, tiene éxito.

Qué buena, Menchu ―le dicen todos.

Si Elisa no me hubiera ayudado, no hubiera quedado tan buena ―responde mi madre a sus halagos.

Un brindis por la mejor cocinera. ―Alza la copa mi tío Roberto.

Eso, eso… ―grita mi tío Joaquín, y al levantar la copa, ésta le resbala de las manos y se estrella contra el mantel.

Varias partículas de cristal me caen sobre mis pantalones, y me levanto rápidamente de la silla para sacudírmelas.

¡Qué torpe eres, Joaquín! ―le espeta mi tío Pepe.

Tengamos la fiesta en paz ―dice mi padre mientras mi madre corre para limpiar el estropicio.

La cena sigue, el postre, los polvorones y los turrones en un ambiente festivo. Mi padre desaparece unos instantes para volver con una zambomba.

Vamos a cantar villancicos ―nos invita―. Paquito, empieza tú…

Mi primo Paquito, a sus quince años se sonroja y rechaza el ofrecimiento a mi padre.

Ya empiezo yo. Mi hermano no sabe cantar ―dice Susana sonriendo.

Susana entona el primera villancico, «El campana sobre campana» mientras el reloj de pared del comedor anuncia la medianoche.

El antibiótico, Eli,

«Mi madre está en todo», pienso.

Me sirvo agua en la copa y engullo la vitamina mientras mi madre me observa complacida. Una vibración, sale de mi bolsillo del pantalón, es mi móvil que tenía en silencio, lo sostengo entre mis manos y veo en la pantalla como es Toni.

Feliz Navidad, Toni ―respondo alegremente.

Escucha, Elisa, ha habido un accidente… Es Luis…

¡No! ―chillo a través del auricular ante la mirada atónita de los doce restantes.

Está en el hospital…

Toni, ¿qué ha pasado?

Continuará…

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La cafetera en el fuego hace ruido para indicar que el café ya está listo. Mi madre lo apaga y lo sirve en tres tacitas estampadas con flores violetas. Yo me seco las manos en un trapo de cocina y volvemos al comedor donde mi padre está abriendo el mueble bar. Unas cuantas botellas se cruzan en mi vista y las recorro de derecha a izquierda, mientras mi padre escoge una de coñac para añadirle unas gotas al café.

En este momento, no se me ocurre ninguna manera de sacar la conversación aunque sé que es necesaria, pero me falta valor. «El valor que me daría una copa de coñac», pienso en mi universo de contradicciones. Mi madre, a la que le gusta mucho hablar, sigue con su particular interrogatorio:

Y ahora, ¿qué haces en la capital? ¿Tienes amigos? ¿Qué haces los fines de semana? ¿No te quedarás en casa sola, verdad?

No mamá, ahora vivo con Sandra y Jaime.

¿Cómo? Pero… ¡Si están casados!

Y sé que ahora ha llegado el momento.

Tuve que ir a vivir con ellos, porque sola…. De nuevo… Recaí…

¿Recaíste? ¿En qué? ―pregunta mi padre mientras se está añadiendo un nuevo chorro de coñac en la tacita.

En esto papá, en esto…. En lo que te estás sirviendo ahora mismo.

La mano de mi padre tiembla. Un poco de coñac se derrama en el mantel y el aroma a alcohol impregna el ambiente del comedor.

Menchu, trae servilletas de papel ―le ordena mi padre a mi madre.

No, mamá, ya voy yo.

Me levanto y voy a la cocina a buscar un rollo de papel. Un suspiro me sale del alma. Ordeno mis ideas y regreso. De fondo, por el pasillo les oigo cómo cuchichean. Al verme, callan. Me siento en la silla y los miro a ambos. Trago la saliva, que se me ha quedado acumulada en la boca y les empiezo a explicar lo que hace muchos años les hubiera tenido que contar:

Soy una alcohólica. ―La palabra de por sí pesa más que una losa de plomo, que cae por su propio peso desde el techo y se estampa contra el mantel.

No les dejo interrumpirme, mejor ser clara y decir las cosas por su nombre.

Llevo meses rehabilitándome de la bebida, voy a terapia y lo estoy consiguiendo. Aunque sé que siempre tendré esta enfermedad, porque es crónica. Por eso antes te he rechazado la cerveza, y el vino del pueblo, mamá. No puedo beber alcohol, es la única manera de estar a salvo. ¿Lo entiendes, verdad?

Pero… Eli… ¿Con qué vas a brindar esta noche con tus tíos, tus primos, y tus padres?

Su pregunta me deja estupefacta. ¿Lo que más le preocupa es el qué dirán los demás? No puedo responder, porque su pregunta se me ha clavado hondamente.

Con polvorones, Menchu, esta noche brindamos con polvorones y san se acabó. ¿Estás bien, hija?

Sí, papá. Gracias por entenderme, pero sinceramente no hace falta que vosotros no bebáis champán. Simplemente con que no me sirváis ni ofrezcáis, ya basta.

Estoy mentalizada y esta es la principal lucha, que he vivido estos últimos meses. Cierro los ojos un instante, pienso en Luis y en su azul juvenil, y en cómo me gustaría tenerlo en este momento a mi lado. Mi móvil comienza a vibrar, sin creer en las telepatías, observo en la pantalla cómo es él.

Un momento ―les digo a mis padres y me voy a mi habitación para contestar.

¿Sí?

Al amanecer le falta tu sonrisa para que acabe de salir el sol.

¡Luis! ―No puedo evitar sonreír mientras oigo sus palabras―. Ya está, ya se lo he dicho.

¿Cómo se lo han tomado?

No lo sé. ―Me encojo de hombros―. Se lo acabo de decir, es pronto todavía, supongo que tendrán que asimilarlo.

Sí… Asimilar y aceptación.

¿Con quién vas a brindar esta noche?

Iremos a casa de Toni un rato, mañana ya será otra historia…

Esto de que Luis pase la Navidad solo me encoje el corazón, pero no quiero ahondar en su herida. Por eso, le cambio de tema.

En Nochevieja brindaré contigo, Luis. ¿Me rechazarás mi brindis?

Depende.

Ya queda poquito. Que lo paséis bien esta noche. Te quiero.

Cuelgo sabiendo que lo estoy echando mucho de menos. Salgo de mi habitación, y observo como mi madre ya está en la cocina preparando los ingredientes.

¿Zarzuela de marisco? ―le pregunto.

Y borrajas con almejas gratinadas.

Antes de que nos pille el toro, voy a ayudarte para que nos quede riquísima ―le digo.

Ay, Eli… ¡Cuánta falta me hacías!

Sí, mamá, lo sé…

La abrazo fuerte y nos ponemos manos a la obra.

Si no fuera por estos momentos ―oigo que murmura con la vista fija en la cazuela.

Continuará…

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