Tomasa, poema en imagen

En el tren, la vida que te separa,
nadie sabe lo qué te depara,
la infidelidad reiterada no se repara,
Tomasa para la fuga se prepara.

En el primer vagón, te sientas, el otoño ya entrado
te vacía el rumor de los latidos,
la traición es un pincho afilado
que se te clava, con un gesto te quitas el anillo.

Las estaciones pasan, recibes llamadas que ignoras
y, otras, se pierden de prisa por el tránsito
que te recorre, el vientre rompe la tela y crece:
no es imagen de ilusiones soñadas de otros tiempos,
crece el vientre tierno que conecta tu ombligo
con un futuro de incertidumbres que te acunan.

Billete extinguido, bajas, dibuja el atardecer
una tajada de sandía en el horizonte, tu vientre
una naranja que crece en el solitario árbol
de tu existencia tocada y del revés.

Tomasa, nueve meses después,
he visto la luz no impúdica de tu pubis,
sin padre reconocido, dos gemelas,
cuando todo se rompe, salen tranquilas.

El olor de este viento de atardecer
enciende el amor maternal, que guarda
como una loba salvaje sus tesoros.

Y ahora, yaces más mustia, cuando ya has dado
todo tu jugo, tus pechos exprimidos caen
aunque tu sonrisa por las nubes se alza.

Los rumores del bosque

Un excursionista encontró la cueva más buscada a finales de 2017. Gracias a sus cálculos y, a su intuición que nunca fallaba, había dado con ella. Llamó a las autoridades para decir que había encontrado en su interior tres esqueletos: el de un adulto, el de una bestia difícil de catalogar y el de un niño.

Los tres permanecían tendidos cubiertos por el polvo y escondían una entrañable historia, que no sería contada si no fuera por el viento, que entró en la cueva y se llevó los rumores hacia el bosque, convirtiendo en leyenda lo acontecido en la cueva del dragón años atrás.

***

1985

Tiene que ser aquí.

¿Vas a quedarte en la entrada como una estatua? —preguntó Tobías tirando de su chaqueta.

Ya voy.

Entraron en la cueva que se ensanchaba conforme entraban. En medio de ella, una frase. El niño, que hacía poco que había aprendido a leer, la leyó asombrado: «Contra todo tu mal, el dragón actuará».

Tobías suspiró porque el mal lo conocía bien a su corta edad y, se sentó en un pequeño asiento de piedra esperando al dragón. Una oscura figura se fue acercando lentamente a ellos.

Papá, tengo miedo. ¿Hay lagartijas?

No tenemos nada que temer.

El dragón les observaba sin mediar palabra. Asistiría a una pequeña escena familiar.

¿Nos quedaremos a vivir aquí? —preguntó el niño al cabo de unos segundos en las que acarició al dragón y vio que no pasaba nada.

La bestia se rindió al cariño de la mano del niño. Tobías sentía cómo la naturaleza había creado esa bestia para protegerlo. El dragón con sus garras y sus grandes alas asustaría a las pequeñas lagartijas que abundaban en sus pesadillas.

No, hijo. Tenemos que partir antes de que anochezca.

Yo quiero vivir también contigo —le dijo el niño apretando fuerte su chaqueta.

Al padre le dolió ese abrazo más de la cuenta. Su hijo le pedía a gritos lo que un juez le había negado.

No puede ser —dijo el hombre entre lágrimas—. No deberíamos estar aquí o te acabaré perdiendo para siempre.

Nada, ni tan siquiera el dragón, podría suplantar la ausencia de su padre cuando fuera entregado a su madre.

El hombre aspiró el olor de su hijo que olía a un sudor suave, y oyó un fuerte estruendo debido a un estornudo del dragón que se había emocionado. Ahora fue un padre asustado quien tiró de Tobías para llevarlo hacia la salida de la cueva.

***

Por más que lo intentaron, se encontraron con una salida tapiada. Diferentes rocas habían caído de la montaña y eran imposibles de mover, ni tan siquiera el dragón pudo hacerlo.

Deseé con todas mis fuerzas que eso pasara…

Vamos, —dijo el padre dándose la vuelta— tenemos que encontrar otra salida.

Encontraron una larga galería que conducía hacia otro lugar, pero tampoco existía salida para su desesperación.

***

Durante la primera noche que pasaba en la cueva, pensó en ella, en el sufrimiento que le ocasionaría perder a su único hijo. Hasta hacía poco era su mujer y, mientras su relación se quebraba, Tobías sufría las consecuencias más tristes. Nadie sabría que había raptado a su pequeño para retenerlo unos instantes más, antes de que la separación se hiciera más que evidente. Siempre había tenido intención de devolverlo.

Estuvo días gritando ayuda, pero solo los animales habitaban en el bosque y nadie les auxiliaría. Fueron noches en las que la magia y la compañía de aquel reptil estuvieron presentes hasta su muerte.

Al cabo de unos pocos días, exhausto y desnutrido, Tobías se subió al dragón y le susurró su último deseo:

Enséñame a volar.

El dragón, con los ojos húmedos porque sabía que ninguno de los tres tenía escapatoria, movió sus alas y de esa forma, Tobías se despidió del mundo convirtiéndose en espíritu de aquella cueva.

El padre, roto de dolor, se quedó en un rincón, porque algo le impedía abrazar el cuerpo inerte de su hijo. Y de su desesperación brotó esperanza cuando comprendió que él se convertiría en guardián del dragón a la espera que alguien descubriera aquella guarida perdida entre las montañas.

Fueron sus lágrimas las que fueron filtrándose por el suelo, las que cayendo una a una como estalactitas errantes, fueron abriendo otra salida camino hacia la vida.

Cuevas del Drach de Stefan Kellner

Imagen de “Cuevas del Drach” de Stefan Kellner en FlickR

El olor de tu silencio

¿A qué huele tu silencio?
En mitad de la ciudad dormida,
no oigo el llanto de tus ojos parados y tristes,
ni la pared de tu cara estampando ronquidos de versos,
ni la brisa del lunar, partiendo tus labios en dos luceros.

No oigo nada,
porque sin ti, estoy sordo.
No es sonora tu marcha,
discretamente huyes
de mí, fluirían los versos más hondos
si pudiera hablarte. Si pudiera…
oír tus pasos todavía.
Pero ando solo a través del vacío,
a través del duelo,
del doloroso dolor del silencio.

Me late el pulso en la sien.
Entre la postal y las sábanas húmedas,
imprimo una lágrima prohibida,
porque me juré que no te extrañaría.

Luz de sentimiento de seda y agonizante:
la pérdida,
la mía, la tuya; la nuestra:
el pulso de tu huida cobarde.
Que perdí.
Un fin.
Te fuiste sola y sin mí.

Imagen Creative Commons de Laissa Máximo en FlickR

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