La atracción de un instante

Faltaban manos para servir mesas. Inspiré y salí con una bandeja llena de bebidas.

Nunca olvidaré el momento en el que lo vi. Se me cortó la respiración al comprobar que tenía la cara más bonita que había visto en mi vida.

Me tembló la voz al hablar con él y las palmas de mis manos empezaron a bañarse por el sudor. Sonreí y le dediqué una mirada simpática.

Mi intención era dedicarle algo de tiempo, pero mi corazón galopaba al contacto de sus ojos. Rápido, me dije, será sólo un momento. No quería continuar con la tarea de servir, aunque debería. Estábamos a tope de clientes.

Dejé la bandeja reposando en su mesa. Nunca me habían acompañado con tan solo una mirada. Su voz resonaba y las palpitaciones de mi cuerpo se aceleraron. Un calor placentero me recorría todas las terminaciones nerviosas. Sentí la atracción de un instante.

No sé si era por su cabello, por su gesto seguro o porque aquellos labios me invitaban a bailar.

Me explicó que solía viajar a menudo por la comarca, pero tonta de mí, no lo había visto en mi vida. Seguro que me acordaría de una persona así. Le faltaba algo para llegar a abrazarme por completo. Por unos segundos pensé que no me importaría que me acariciara lento.

Me secuestró los pensamientos y, al final, mi jefe me reclamó dando un golpe en la mesa y me tuve que ir a la cocina.

Acabé fregando cacharros, una pila innumerable de platos y vasos. Al salir, él ya se había ido.

Desde entonces, soñé con volverlo a ver. No hay día que no me levante con esa esperanza.

***

Nunca olvidaré el momento en el que la vi aparecer. Iba cargada con una bandeja acercando bebidas a todos los presentes.

Me acercó un vaso y, mientras me abría la botella de Coca Cola con un abridor y me la servía, me sonrió. Su sonrisa era tierna como una margarita en el mes de abril.

Cruzamos unas pocas frases. No quería impresionarla explicándole que, el brazo que me faltaba era por culpa de un tiburón hambriento. Siempre alardeaba de ello cuando alguien me preguntaba. Había sobrevivido sin duda, pero me veía obligado a sacar pecho y a mentir.

Pero no me pareció bien hacerlo con ella. Con su juego de pestañas, me pareció una chica la mar de especial. Me fijé en su escote inexistente por el uniforme recatado. Se adivinaban unas curvas bien proporcionadas. Si la oportunidad me lo permitía, quería retardar en descubrirlas. Necesitaba primero conocerla. Mis pensamientos, sumados a la perdida de la noción del tiempo al contacto de sus ojos, se vieron interrumpidos.

Un golpe seco, su cara de disgusto y yo me quedé pasmado y sin reaccionar. Mis pupilas bailaban por todo su cuerpo al marcharse de allí.

Me quedé esperándola largos minutos hasta que el móvil que llevaba en la chaqueta empezó a sonar y sonar. Tuve que apartarme y salí corriendo del local.

Me informaron que la operación se había anulado y tuve que regresar a mi hogar. No podía levantar sospechas. Solo buscaba indicios del pasado para reparar el futuro. A veces era peligroso conseguir información. Por ello, había perdido mi brazo en un accidente laboral hacía algo más de unos meses.

Desconocía su nombre y tampoco sabía a qué año exacto había viajado. Nunca me acostumbré a ser un verdadero viajero del tiempo. Con mi misión abortada, vagué por el mismo restaurante en diferentes momentos de la historia.

Un día de 1960 vi a su jefe y le pregunté por ella. Recordaba vagamente la figura de su sonrisa cosa que me esperanzó. Luego me contó cómo sus labios de fuego recorrían su piel todas las noches hasta que se hartó de ella y la despidió. Sonrió de manera lasciva y le pegué un fuerte puñetazo en toda su cara con el brazo que me quedaba. No soporto a los acosadores.

El beso, que nunca le di a esa chica, se alargaba en mi mente de manera enfermiza. Me había obsesionado por un momento que acabé idealizando.

Son instantes inolvidables que perviven en mi mente. No quiero perder la esperanza de volver a encontrarme con ella en algún lugar del tiempo.

MI PARTICIPACIÓN EN TALLER DE LITERAUTAS ABRIL 2019

Oscuridad

El hombre se transformó en máquina y, poco después, dejó de trabajar. En la Tierra quedaban algunos seres humanos que no se habían convertido al mundo de las máquinas y se resistían a desaparecer. Vagaban como zombis por las ciudades sin saber qué buscaban.


Kelly Morton, superviviente de aquel mundo en ruinas, vivía en un edificio abandonado. Los restos de su historia estaban sumergidos en el lago que había alrededor de lo que ahora era su hogar. Había tirado lo que tenía para continuar consumiendo, hasta que la producción se paró por completo. Por falta de energía, según decían las malas lenguas.

Kelly solo recordaba haber visto el sol en su infancia. Vivía en el edificio a tientas y había desarrollado todos los sentidos menos el de la vista. Lo poco que comía lo encontraba en el vertedero de la esquina. Unos pequeños robots, de los pocos que quedaban con batería auto recargable, separaban el plástico incrustado en lo orgánico y tenía que ir rápido a recogerlo antes de que cualquier espabilado le quitara la comida de la boca.

Todo ese instinto de supervivencia le generaba tanto estrés que la mayor parte del día lo pasaba escondida en el sótano del edificio. Allí seguro que no la encontrarían, pero la humedad resentía sus pulmones ya castigados durante décadas por el humo del tabaco.

A veces, cuando el terror la sobrecogía tosiendo, contaba los días que quedaban hasta desaparecer. Nunca sabría cuando sería el día en concreto. Kelly tampoco es que creyera en nada ni en nadie. No podía aferrarse a ninguna esperanza en aquel abismo llamado Tierra.

«¿Se había cansado su planeta de girar?», se preguntaba cada mañana. En ocasiones le parecía vislumbrar sombras entre los distintos objetos: muebles descompuestos, colchones apilados, montones de escombros. ¿Hacia dónde se había marchado la luz del día? Por las ventanas arrancadas del edificio, a veces se colaba algo de viento. Y la mujer echaba de menos unas botas y reparaba en sus pies descalzos.

En su mundo todo era tan frío como la sonrisa de una máquina. Kelly no conocía ni el amor ni el afecto. Nunca los había tenido por lo que no los echaba en falta, pero a veces en su interior sentía la necesidad de enamorarse. Y recordaba la sensación placentera que le había provocado de niña alguna comedia romántica vista en el cine de su ciudad. «Pero todo era mentira», se decía con nostalgia. Luego se mordía los labios y se sentía muy sola.

Recordaba el individualismo que había poblado su infancia. Todos sus deseos se cumplían en el ámbito material. Y cuanto más tenía, más quería. El ciclo de su vida había sido una rueda capitalista. Y ya nadie controlaba la situación.

Aquella noche se despertó sobresaltada y oyó como varios robots habían entrado en el edificio abandonado. De algún sitio habían conseguido más energía y la convertían para moverse a su antojo. Kelly dio un grito de pavor al intuir cómo uno de ellos se acercaba e intentaba fusionarse con ella.

Al principio se resistió clavando sus uñas, pero solo acabó sintiendo dolor en los dedos y la máquina ni se inmutó. Kelly le escupió y después, clavó sus dientes en el robot, pero por su boca, sintió como la metamorfosis empezaba a materializarse.

Sintió cómo el agua de su cuerpo se evaporaba y se contaminó de números y de información ininteligible para ella. Se estaba secando a cada segundo, como si cada poro de su piel fuera arena del desierto más austero. A cambio de un cerebro seco, recibió una numeración de dígitos en serie. Un chip se incrustó en su abdomen y dejó de sentir dolor.

Ya nunca se enamoraría, como si el amor importara ya.  Como si la vida nunca se hubiese devorado a sí misma para subsistir… Supo que ya no tendría hijos y dejó de respirar aliviada. No habría un manuscrito del tercer origen, porque su planeta ya no tenía solución.

MI PARTICIPACIÓN EN TALLER LITERAUTAS Nº 59

MARZO 2019

La ofensa

—¿Por qué tengo que leer, mamá?

La mujer meditó la contestación. El niño había puesto en marcha en su mente el recuerdo de sus tiempos colegiales. ¿Cómo podía explicarle a su hijo que fue la peor estudiante de su clase?

El niño esperaba una respuesta y Daniela aprovechó para sonreír y liberar tensión. La portada de aquel libro no invitaba a leer en aquel mundo de nuevas tecnologías en que los sobreestímulos invadían. No sabía por qué se lo habían hecho comprar. Quizás para que no recogiera polvo en cualquier almacén perdido. Hasta aquí, nada nuevo.

Daniela se puso nerviosa. Tenía poco tiempo para contestar antes de ponerse a hacer la cena. Recordó cómo las lecturas obligatorias mataban la lectura en mayúsculas. Ella estaba durmiendo en clase precisamente cuando su maestra la castigó. Estaba cansada aquel día en el que había tenido más ajetreo que de costumbre. Su vida transcurría llena de obligaciones. Tenía demasiados hermanos pequeños y sus padres la consideraron mayor desde casi el momento en que nació.

La maestra la llevó a un cuarto oscuro y la encerró allí. Cuando los ojos de Daniela fueron acostumbrándose a la oscuridad, se dio cuenta que estaba envuelta de páginas polvorientas. Las que nadie ya leía. Sus padres nunca le compraban libros, porque decían que eran caros y no estaban para tonterías. Ahora los tenía a su alcance, pero no tenía luz para leerlos.

Daniela supo que tenía que volver allí. Se las ingenió para hurtarle a su padre una linterna. Y a partir de ese momento, empezó a comportarse mal en clase. La maestra la castigaba y la llevaba a aquella biblioteca olvidada.

La niña, con la linterna apuntando en las hojas de papel, descubrió su vocación por las aventuras. Fueron días de constantes idas y venidas a aquel lugar donde podía ser alguien distinto. De esa manera, Daniela se evadía de su mundo y de la enfermedad que sufría su madre, que acabó muriendo pocos meses después.

Después de ese trágico final, Daniela no pudo volver a la escuela. Como su comportamiento nunca había sido ejemplar para nadie, su maestra no movió un dedo para convencer al padre de que continuara los estudios.

Una responsabilidad máxima había recaído sobre ella y tuvo que cuidar de su familia. No tenía tiempo para leer y se sumió en una niebla profunda en la que permaneció durante mucho tiempo. Daniela creyó que nunca saldría de esa depresión hasta que conoció a un bibliotecario de su ciudad años después. Este le recomendó que continuara sus estudios y así Daniela pudo acceder a la universidad.

Su hijo insistió con su pregunta, escrutándola con esos ojillos pícaros. Daniela le respondió:

—Hijo, porque si no lees, te ofendes a ti mismo. Y tu amor propio quedará herido.

—Pero yo quiero jugar con el móvil.

Daniela no entendía cómo un simple juego de un gorila podía ser más divertido que leer. A lo mejor no tenía en sus manos el libro apropiado para aquel momento. Se quedó pensativa y dejó el libro sobre la mesa del estudio.

—Elígelo tú —dijo Daniela señalando la enorme estantería.

La mujer había tenido tiempo para formarse una pequeña biblioteca desde que tuvo su primer trabajo. Para ella, comprar libros era una necesidad, alimento para su espíritu.

Sabía que desarrollar el hábito de la lectura no era cuestión de un día. Miró a su hijo mientras elegía un volumen de una colección de cuentos y empezaba a leerlo. Era una aventura que le acompañaría toda la vida si sabía picarle la curiosidad con suficiente ingenio. Y ella estaba preparada para hacerlo.

Antes de salir del cuarto, Daniela dijo:

—Cuando lo acabes, seguro que esta historia no te dejará indiferente. Y te hará crecer un poco más. La imaginación no tiene límites.

Al cabo de media hora, el niño se había sumergido en la historia y no podía dejar el libro.

La madre se fue a preparar la cena satisfecha. Cuando volvió, su hijo estaba terminando la lectura y tenía ganas de continuar con la colección de cuentos.

Ese momento inicial había sido un buen comienzo que marcaría a partir de ahora la tónica de sus ratos libres. Su hijo se estaba aficionando a la lectura y esto se reflejaría en su boletín académico y en su manera de expresarse meses después.  Daniela no podía creer cómo el niño había olvidado por completo los juegos del móvil, porque seguramente no los necesitaba.

MI PARTICIPACIÓN EN EL TALLER LITERARIO DE LITERAUTAS Nº 58
(FEBRERO 2019)


CUIDADO CON EL MIEDO

Dos unicornios y un dragón valiente habitaban en el mundo de Manolo. El niño era feliz cuando se abstraía y, mientras jugaba, no los oía. Sus hermanos, algo mayores y alejados de este mundo fantástico que no comprendían, preferían jugar a las cartas. Una triste baraja iluminaba sus ratos libres, porque no podían estudiar con tanta pelea.

Cuando Manolo miraba esa bola de fuego del firmamento y se concentraba, su sombra quedaba detrás de él. Entonces veía el jardín tal como era y volvía a la realidad. Desubicado y huérfano de su mundo, intentaba incorporarse en el juego de cartas con sus hermanos.

—¿Vamos a bastos?

—Sí.

—Esta vez seguro que os gano.

Ya estaba harto de perder siempre y empezaban otra partida.

—¿Creéis que algún día dejarán de hacerlo? —preguntaba Manolo después de oír un portazo.

Sus hermanos ponían cara de no saberlo y eso era lo que más angustiaba al niño. Otra vez un ataque de nervios entre sus progenitores en que no se sabía cuándo acabaría. Cada vez, la frecuencia de las discusiones era más corta, hasta que se convirtió en diaria.

—¿Por qué no se separan ya? —decía su hermana a media voz.

***

Su profesora citó a sus padres antes de acabar el trimestre, pero sólo acudió la madre. Manolo había suspendido la mayoría de las asignaturas.

La profesora le tendió el dibujo de la familia que había dibujado el niño, después de insinuarle que era el que más le tenía preocupada.

—Como madre, estás ausente en todos los dibujos que ha hecho. El padre es una iguana. Él se ha dibujado como un dragón y sus hermanos son un par de unicornios que, según él, lo protegen. ¿Hay algún problema en vuestra familia?

La madre protestó con voz ronca y a la defensiva:

—Como en todas, mire usted. Mi niño es muy imaginativo.

—Ni que lo diga. Puede que le falte alguna responsabilidad. Se pasa las clases mirando por la ventana y en babia.

—¿Qué sugiere?

—Algo palpable. Podríais regalarle una mascota para que le coja cariño y huya de su mundo imaginario.

—Veré lo que puedo hacer.

***

La madre aquella misma tarde fue a comprar un cachorro y se lo regaló. Manolo, al sentir el hocico entre sus sandalias, le dijo entusiasmado:

—Mamá, cuando crezca Teo y le salgan bien los dientes, te va a proteger de papá. Y yo se lo voy a enseñar.

La madre se precipitó para taparle la boca a su hijo. Las paredes oían en aquella casa y ella estaba aterrorizada. Llevaba años paralizada y sin saber actuar. Había ido perdiendo el respeto hacia sí misma.

Desde entonces, observaba cómo crecía Teo y se alegraba de que cada día estuviera más fuerte. Cuanto más brillaban los dientes del perro, la madre sentía cómo las paredes de su hogar se ensanchaban. Algún día tendría que plantarle cara al miedo y despegar sus alas.

Manolo no paró de entrenarlo. Su juego favorito había cambiado y ya no se sumergía en su mundo. Esperaba dejar de oír portazos, gritos, empujones y objetos volando hasta romperse contra el suelo. En sus manos estaba el poder de cambiar el destino de su madre. Si había otra amenaza, Teo se rebelaría.

Y llegó el día en que Teo estuvo preparado.

A la próxima falta de respeto hacia su madre, hincó los dientes en las piernas del padre hasta desgarrárselas. El hombre aulló de dolor y quiso vengarse matando al perro, pero se encontró con la firmeza de sus hijos, que defendieron a la madre y a Teo.

—Cuidado con el padre —dijo el hermano mayor.

—Sí, voy a llamar a la policía.

Y Manolo pensó que, por primera vez, se atrevería a dibujar a su madre. Lo haría esa misma noche, entre el silencio de las sombras; para mostrarlo a todos a la mañana siguiente, a plena luz del día.

MI PARTICIPACIÓN EN EL TALLER DE LITERAUTAS Nº 57,

ENERO 2019

Imagen Creative Commons de Diogo Machado en FlickR

Un drama muy familiar

A las tres de la madrugada se escuchó un grito que provenía del sótano de la vivienda. Nadie más podía saberlo, pero el experimento había salido mal. Otra vez.

Se despertó angustiado y, camino al sótano, se encontró de frente a su hija Lucía. Llevaba la blusa desabrochada y las mejillas todavía le ardían con un fulgor desconocido. Joaquín se resistió a comprender que su niña había dejado de serlo. Ella, ante su gesto de desconcierto, se deslizó rápida y fue directa a su habitación que cerró con cerrojo.

Por más que el padre gritara y aporreara la puerta, Lucía no saldría del cuarto.

Pero había alguien más en aquella vivienda y Joaquín tendría que descubrirlo. Se armó de valor y bajó a aquel sótano que olía a tabaco.

—Vuelve, Lucía… Volveremos a intentarlo cuando…

Fermín se encontró con los ojos severos de su tío. Se vistió lo más deprisa que pudo, olvidando el mechero y el tabaco. Aceleró sus deportivas y salió de allí pitando.

Joaquín todavía estuvo un buen rato en aquel sótano. Deslizó su mirada por aquellas cuatro paredes desnudas, las sentía tan cercanas que atizaban sus recuerdos.

Tapó la sangre todavía fresca de las sábanas con un trozo de manta y, supo que prohibir no era la actitud indicada para destruir aquel amor salvaje. Ellos, dieciséis años antes, tampoco habían podido.

La tentación le hizo encenderse un cigarro y rompió así su promesa de haberlo dejado antes. Otra vez, la historia se repetía en su familia:

—¡Maldita sea mi vida! Mi mujer se suicidó al enterarse de mi historia con la madre de Fermín. ¡Y yo soy el único culpable! Y ahora mis hijos… ¡Nadie puede sobrevivir a esto!

Hundió sus puños en aquel cutre colchón. Después, desolado, cogió el mechero, lo acercó a un trozo de tela y esperó.

A las seis de la madrugada un incendio, que provenía de aquel sótano, hizo salir a Lucía de su cuarto. Gritó el nombre de su padre repetidas veces, pero este ya no contestó.

La adolescente consiguió salir de la vivienda y pidió ayuda. Los bomberos llegaron.

***

Después de todo aquello y de la muerte de Joaquín, por lo contrario, a lo que pudiera pensarse, Lucía y Fermín no dejaron de verse.  Cada fin de semana, se reencontraban para continuar con el experimento, un eufemismo que el chico utilizaba para referirse al acto sexual.

Estaban bien juntos menos cuando Lucía recordaba el día en el que perdió su virginidad, porque le venía a la memoria tal nube de ausencia, que se sumía en tristeza absoluta durante varios días.

Al ver las lágrimas, al muchacho le recordaban a su propia madre y, el decaimiento que la acabó ahogando de pena. Pero Lucía, por mucho que lo intentaba, era incapaz de retenerlas y arrasaban su encanto a su paso. Eran la culpa sepultada al máximo y, aflorando sin remedio, en su amor prohibido. Fermín se iba y la dejaba sola.

Aquella última tarde que se vieron, Fermín la hizo salir a tomar algo. Después de beber en un bar, en plena calle la llevó a un discreto rincón y la besó.

Cuando aquel beso de noviembre se prolongó más de lo habitual, Lucía se temió lo peor. Olió la despedida a la legua y, en contra de la luz solar de aquel atardecer, entrelazó sus manos entre las suyas para amarrarlo un instante más, sintiéndose dueña de su tiempo. Al separarse, solo el frío húmedo del ambiente la devolvió a la realidad y, recordó que no tenía más poder sobre él.

—Tu pena me ahoga, Lucía —confesó Fermín nervioso al separarse—. Necesito tomarme un tiempo.

Una congoja, instalada en su garganta, impidió hablar a Lucía. Las lágrimas tampoco afloraron en aquel momento, pero se sentía empapada por aquel ambiente que fluía hacia lo temido.

Solo les envolvió un silencio, denso y cruel, el último que recordarían recurrentemente como algo doloroso. Y después, derrotados y exhaustos, sin nada que decirse, tomarían direcciones opuestas. Quizás para siempre.

Participación en el Taller de Escritura Literautas nº56

Imagen Creative Commons de Toni Verd en FlickR

Vergüenza rota

No recuerdo nada más vergonzoso en mi familia. Y cómo se descubrió y todo lo que vino después. La formábamos siete personas con los abuelos incluidos. Llevábamos tres años ahorrando para algo que cambiara nuestras vidas. No recuerdo sacrificarme tanto. Nuestras pagas semanales estaban requisadas desde hacía meses. Todo era para ese supuesto viaje que vivíamos con ilusión antes de realizarse.
Todo el mundo era feliz hasta que mi hermano Nico rompió la hucha.
—¿Pero qué haces, animal? —le reprendí—. Ya puedes recoger todo el dinero y dármelo.
Nico se agachó y me dio unas monedas. No llegaban a tres euros.
—¿Y los billetes?
—No había nada más —contestó encogiéndose de hombros.
Mi hermano vio mi cara tan desencajada que se quedó con los hombros encogidos, sin posibilidad de volverlos a su estado natural.
—¿Cómo que no había nada más? ¡Ya verás cuando hable con papá esta noche! ¡Te vas a enterar!
Lo peor de todo es que dudé de él y le pegué un bofetón. Se quedó con una mejilla encendida y las lágrimas rebosaron de sus ojos.

***

Durante la cena intenté contar lo que había pasado.
—No vamos a ir a ningún lugar. ¿No lo entendéis? —dije al fin al borde de las lágrimas—. La hucha estaba vacía.
Mi padre gritaba. Mis abuelos estaban muy decepcionados. Mi hermana Marisa no me dirigía la palabra desde hacía días, pero esta noche hizo una excepción para amenazarme por haber pegado al pequeño de la casa si lo volvía a hacer. Y Nico continuaba sorbiendo mocos, derramando lágrimas y, solo hacía que repetir que había roto la hucha por accidente al tropezar con ella.
El pequeño se abrazó a mi madre. Me fijé en ella. No había abierto la boca en ningún momento y tenía la mirada ausente. Al sentir los brazos de Nico, volvió a la realidad.
—Mamá, ¿dónde está el dinero? —preguntó Nico.
Mi madre, que había sido la última en llegar, que hacía días que siempre se retrasaba a la hora de la cena, contestó:
—Pronto lo recuperaré. Te lo prometo, hijo.
Y aquí fue cuando mi padre estalló:
—¿Ya has vuelto a la casa de apuestas, Merche? ¿Con eso te gastas nuestro futuro?
—Tranquilo, va a volver a terapia —dijo mi abuelo intentando calmar a su yerno.
—¡Para lo que le sirve! —Contratacó mi padre cargando la frase de ironía—. ¡Para juegos estamos!

***

Nadie pegó ojo aquella noche en nuestro hogar. ¿Desde cuándo mi madre era una ludópata? Y recordé discusiones pasadas, gritos, llantos ahogados y, luego la ilusión en la que caímos todos de hacer un viaje prometedor que nos alejara de la ruina.
Claro, era obvio, pensé. El viaje era parte de la terapia. Como aquel que quiere dejar de fumar y, le dicen que todo lo que gasta en tabaco lo destine a una hucha para comprar algo importante, después de un largo tiempo de abstinencia.
Mi madre se había pulido la mayoría de nuestros ahorros en poco tiempo como acabé averiguando. Lo único que el silencio nos acabó rodeando a todos y convertimos el juego en un tema tabú en nuestra casa. No hablamos más del tema entre nosotros.
Seguro que la idea de hacer un viaje todos juntos había salido de mi padre, pero ella necesitaba ayuda profesional. Fui a decírselo, pero había salido. Tampoco encontré a mi madre, aunque oí cómo se cerraba la puerta principal. Me dirigí hacia la salida y la seguí.

***

Anduve varias calles tras ella. Mi madre se dirigía hacia algún lugar que no tardaría en descubrir.
Miró a ambos lados de la calzada y entró en un salón de juego. Todo lo demás había perdido valor para ella.
Luminosa, la tragaperras reclamó su atención con música fascinante. Si ganaba, la máquina aplaudiría y, si no lo hacía, no tardaría en incrementar su ansiedad. Traté de impedirlo, llamándola por su nombre, esperando que sintiera la misma vergüenza que sentía yo.
Pero mi madre, totalmente hipnotizada, insertó una moneda, cruzó los dedos y esperó a que saliera el premio.
Me acerqué. Sonrió de manera bobalicona al verme frente a ella como si yo fuera una salvación. Enmudecí y la abracé.
Mi madre llevaba años rota y como un autómata depositó otra moneda. Fue rápida al deshacerse de mis brazos y no pude impedírselo. Después me miró reclamando complicidad.
De repente, la tragaperras enmudeció breves segundos y acabamos oyendo aplausos.

Participación en el taller nº 55 de Literautas

Imagen Creative Commons de Xavi Gracia en FlickR

Imagen Creative Commons de Xavi Gracia en FlickR

Los girasoles

Aquella tarde pintaba en silencio. La guerra hacía meses que había comenzado en su comunidad. Le daba miedo salir sola a la calle, por si alguien la increpaba por sorpresa con violencia. No se fiaba de nadie. La luz de algunos de sus vecinos llevaba meses apagada. ¿Hacia dónde habían huido? Su edificio apenas conservaba su propia luz, la que intentaba conseguir imitando a uno de sus pintores favoritos: Van Gogh.

Clara aquella semana continuaba pintando, aunque el sol no saliera apenas para ella. Se avecinaba un otoño difícil de describir. En su vida no había visto nada parecido y evitaba cruzarse con nadie. La guerra de símbolos continuaba en las calles y, lo más lamentable, en los espacios públicos. Aquel verano había sido incierto, con las playas llenas de cruces amarillas, simulando un cementerio. Ella no había tomado el sol, quizás otro año más calmado, con menos crispación en las toallas y, con los nudillos apretados, estuvo a punto de morder el pincel. Era ira contenida.

Por la noche, la mujer intentaba aprender técnicas plásticas. Y una vez las dominase, esperaba encontrar su estilo propio. La pintura se había convertido en su obsesión y, mientras pintaba, sentía que el amarillo de sus girasoles la acercaba a la composición que había creado y hacia la vida. Un jarrón que simulaba a su país, España, y un girasol para cada comunidad autónoma. El jarrón contenía todos los girasoles.

Chasqueó la lengua al ver el resultado final. Había algún girasol que protestaba porque se pensaba que era mejor que los demás y reivindicaba que no se le había tratado como debía.

—Tranquila, es solo ruido —se dijo.

Y se enchufó los auriculares y, con la música animada de Rozalén que sonaba en la radio, fue terminando su obra.

Evitaba hablar del tema con ninguno de sus conocidos, pero mientras tanto fue pintando cada día un poco más. Siempre podría cambiar el color, dependería del cristal con el que se miraba. Para ello, tenía varias gafas de sol con los cristales tintados para cada momento. Pero aquel día supo que se tenía que encontrar la manera, a pesar de que algunos se empeñaban en continuar en el mismo callejón sin salida.

—Tienes buena estrella, Clara. De ti dependerá conservarla —dijo su vecino al volver y cruzarse con ella en la escalera.

No supo si tomárselo como un cumplido o una amenaza, pero al apreciar el tono calmado de su voz, Clara le sonrió. Y fue esa forma simple de comunicación, la que pudo empezar a suavizar la convivencia. Atrás quedarían los insultos, las pintadas, y la quema de banderas. Había pasado una temporada en prisión por la violencia con la que pegó a otro vecino por colgar una bandera, que contenía una estrella. El daño estaba hecho y la denuncia no tardó en llegar.

***

Por fin, Clara ha encontrado su voz propia después de su ruido interior. Aprender a convivir en la diversidad desde la paz, desde el respeto y el diálogo, pero siempre dentro de la ley y la constitución. Tiene pensadas nuevas composiciones en un futuro. Otras series de cuadros independientes, que la obliguen a seguir pintando.

Clara piensa que somos ciudadanos de un mundo revuelto, pero pertenecemos a él por más que nos empeñemos a mantener una actitud crispada y a veces distante. Desatemos los nudos que nos atan, ya no importa el color, cada impresión importa, pero con la suma de todos. Los lazos amarillos son solo una protesta como las pinturas de Clara, que defiende otra perspectiva, pero no por ello tiene que ser silenciada. Y si a alguien no le gusta el color, que se ponga otras gafas de sol y dibuje otra sonrisa. ¿Podemos reinventar y dejar atrás la guerra de símbolos?

España tiene muchos cristales, tantos como comunidades autónomas. Como los girasoles, en días nublados nos buscaremos y nos miraremos de frente. Si no hay sol todos los días, al menos nos tendremos unos a otros para compartir nuestra energía, porque nos necesitamos.

Participación en el taller nº 54 de Literautas: «Los girasoles»

Helena Sauras

 

Marcela y Matilda

Alguien la perseguía. Marcela corría por aquel laberinto de calles que la engullían y devoraba el asfalto a cada paso. De su frente brotaba sudor y respiraba de manera agitada. En una mano, llevaba el teléfono móvil que había robado a su agresor antes de echar a correr. Se había jurado no volver nunca la vista hacia atrás.

En un lateral de una calle secundaria, había una pequeña puerta entreabierta. Al sentir cómo él se acercaba, rápida, le dio esquinazo cruzando aquel umbral.

Sus ojos no tardaron en acostumbrarse a la oscuridad de aquella habitación y acabó dándose cuenta que era una tienda de sombreros por las prendas que había a su alrededor. De repente, se encendió una luz y oyó de frente una voz que decía:

¡En qué líos te metes, Matilda!

Se apartó a un lado mientras sentía el pulso en sus sienes y, se cubrió la cara con la prenda que estaba más a su alcance: un sombrero marrón de paja. Se quedó inmóvil y simuló ser un maniquí.

Una mujer, que respondía al nombre de Matilda, sacó de su cartera un documento y dijo:

Necesito otro pasaporte.

Eso no es tarea fácil. Y lo sabes.

No me pueden descubrir ahora. Además he estado ahorrando y necesito irme ya del país.

El hombre soltó una risotada, que se interrumpió por un ataque de estornudos de Marcela, porque había estado respirando el polvo que había dentro del sombrero.

¿Quién anda ahí? —El hombre empezó a moverse por la habitación—. ¿Me has estado grabando? —preguntó.

Matilda negó con la cabeza.

¿Qué quieres? ¿Otra identidad? Seguro que has venido con un periodista a destapar mi tapadera. ¡Eres una sinvergüenza!

El hombre cogió el brazo de Matilda y la zarandeó con fuerza mientras iba dando manotazos a los distintos sombreros hasta llegar al de Marcela.

Vaya, vaya —siguió—. Así que, sin saberlo, teníamos la compañía de una intrusa. ¡Ya no puedo confiar en nadie! Unos van, los otros vienen. Pero al final… Quién viene a mi tienda acaba pagando la deuda. ¡Siempre!

¡Achís! ¡Achís!

¡Dame la tarjeta! —ordenó el hombre a Marcela que seguía estornudando.

Marcela le alcanzó su móvil temblando mientras una pequeña cantidad de orina manchaba sus pantalones.

El hombre inspeccionó las fotografías que habían en el móvil y, dijo para sí mientras fruncía los labios de manera perversa:

Material interesante. Lo haré correr entre mis conocidos.

Las dos jóvenes se habían mirado mientras el hombre hablaba. Sus ojos comunicaban el desespero, el desamparo y la vergüenza que sentían.

Ambas deseaban desaparecer porque aquel hombre tenía el poder de abusar de ellas. Y así lo hizo.

Marcela hacía escasos minutos que había escapado de alguien que la grababa sin su consentimiento y, sin saberlo, se había acabado metiendo en un sitio peor. Algo olía a podrido en aquel ambiente de difusión de material pornográfico.

Matilda no había corrido mejor suerte en la vida y su horizonte a corto plazo no era muy prometedor. Aunque ahora estaba esperando una nueva oportunidad en algún lugar en donde pudiera ver crecer a sus hijos, lejos de la miseria. Era lo único que de verdad le importaba.

Al salir de allí, nada volvería a ser igual para ellas. Las dos mujeres eran dos voces anónimas que no podrían borrar las huellas de sus cuerpos y mucho menos las de su mente.

Tras cruzar el océano días después, no lograrían quitarse el miedo y la repugnancia que rondan todavía por sus almas a fecha de hoy.

Participación en el Taller nº 53 de Literautas: Pasaporte, horizonte y laberinto

Helena Sauras