Cuatro historias, un destino: OLGA

OLGA

He vivido poco la vida. Mi madre ya me decía que las cosas no me serían fáciles. No hay nada más fácil que ver una película, pero cuando entras en la vida real, todo cambia.

¿Responsabilidad? Desde el primer día me cayó encima y me sentí como si la vida hubiese avanzado unos cuantos años sin darme cuenta. A los dieciocho años, tenía un trozo de vida entre las manos que había nacido de mí y me sentía llena de amor por compartir. Es más. Deseaba compartirlo con esperanza, que había crecido en mi interior y formaba parte de mí.

Alba nació un día claro del mes de agosto y, como fue a las seis de la madrugada, decidí ponerle este nombre, porque el alba despuntaba las montañas de mi ciudad a esas horas en que sentía que me partía en dos. Fue un día que siempre recordaré como un momento de temor, porque las cosas desconocidas siempre lo producen. A pesar de ese miedo inicial, todo fue muy bien.

Alberto, mi novio, estaba hecho un manojo de nervios y, cuando le dejaron entrar en mi habitación, las palabras no le salían. Fui yo quien al final le hablé para preguntarle por la niña, que entonces todavía no tenía nombre, y en seguida me la trajeron bien peinada y limpia.

Tenía mucho cabello por ser tan pequeña y era muy morena de piel.

—Es como tú, Olga —dijo Alberto cuando ya pudo articular palabras.

Y yo asentí, pero añadí que su nariz era redonda como la suya. Los dos reímos y, al cabo de un rato, le pedí que fuera al registro civil y le pusiera Alba. Se fue y yo me quedé a solas con la niña unos minutos mirándola como dormía tranquilamente, hasta que entró mi madre a quien había hecho abuela demasiado pronto.

Supongo que en aquel momento ella había olvidado por completo sus insistentes afirmaciones que se me clavaban como cuchillos en mi carne cada vez que las pronunciaba: «Piénsatelo bien, Olga. Aún estás a tiempo». Y yo tenía ganas de que el tiempo fuera más deprisa durante aquellos tres meses que ella no paró de decirme que abortase.

Desde que la prueba dio positivo, solo se me pasó por la mente una vez hacerlo. Fue para poder hacer los exámenes de selectividad, pero al final pensé que de exámenes hay muchos a lo largo de la vida. Si aquel no era mi año, llegaría otro.

Cuando dejamos el hospital para entrar en la vida cotidiana, me entró claustrofobia en aquel apartamento de alquiler tan pequeño de cuarenta metros cuadrados. Pero era el que nos podíamos permitir con el sueldo de Alberto, que trabajaba en una fábrica de cartón. La vida se limitaba a estar pendiente de la niña durante las veinticuatro horas, noche y día sin parar, pero el cansancio no me llegó hasta más tarde. Tardé en notarlo porque me sentía llena de energía durante los primeros días. Dormía mal, pero en el fondo me sentía satisfecha. Tenía una obligación y era la que me hacía levantarme para cambiar pañales y preparar biberones.

Sabía que lo peor eran los primeros meses, después todo se suaviza un poco y me dejaría un poco de tiempo para mí. Quería aprovechar cada momento con mi niña, porque el tiempo pasa volando. Eso también me lo decía mi madre, que ahora estaba encantada con su nieta.

Alba crecía. Cada semana ganaba peso en la báscula de la farmacia. Pronto llegó a pronunciar las primeras palabras y, sin darme cuenta, comenzó a ir a la escuela. Fue entonces cuando decidí volver a estudiar a través de Internet durante las horas que me quedaban libres. Y me di cuenta de que no había perdido facultades durante los últimos cuatro años. Me matriculé de psicología y empecé el curso con muchas ganas.

Y ahora estoy preparando la despedida de soltera de Nieves. Quiere que sea una despedida íntima, entre amigas. Solo las cuatro que desde el instituto hemos ido siempre juntas. Me distancié un poco de ellas cuando nació mi hija, pero no por eso dejaron de llamarme y continuamos manteniendo el contacto.

Me perdía las fiestas del fin de semana, pero Alba me compensaba de otra manera y mis amigas venían a verme y me explicaban lo que hacían para ponerme al día.

Hemos pensado de ir a cenar. Después iremos a bailar y a escuchar música a las afueras de la ciudad. La niña se quedará con Alberto. Es la primera noche que salgo, pero Nieves se lo merece.

—Sal y diviértete —dijo Alberto antes de marcharme.

Y yo le di un beso a Alba y otro a él. Y me sentí rodeada por aquel vínculo amplio que nos unía a los tres.

El timbre de la puerta sonó y me encontré con Sonia, que me venía a buscar. Salí del estrecho apartamento. En la calle, las cosas se ven más grandes y desde otra perspectiva.

Continuará…

CUIDADO CON EL MIEDO

Dos unicornios y un dragón valiente habitaban en el mundo de Manolo. El niño era feliz cuando se abstraía y, mientras jugaba, no los oía. Sus hermanos, algo mayores y alejados de este mundo fantástico que no comprendían, preferían jugar a las cartas. Una triste baraja iluminaba sus ratos libres, porque no podían estudiar con tanta pelea.

Cuando Manolo miraba esa bola de fuego del firmamento y se concentraba, su sombra quedaba detrás de él. Entonces veía el jardín tal como era y volvía a la realidad. Desubicado y huérfano de su mundo, intentaba incorporarse en el juego de cartas con sus hermanos.

—¿Vamos a bastos?

—Sí.

—Esta vez seguro que os gano.

Ya estaba harto de perder siempre y empezaban otra partida.

—¿Creéis que algún día dejarán de hacerlo? —preguntaba Manolo después de oír un portazo.

Sus hermanos ponían cara de no saberlo y eso era lo que más angustiaba al niño. Otra vez un ataque de nervios entre sus progenitores en que no se sabía cuándo acabaría. Cada vez, la frecuencia de las discusiones era más corta, hasta que se convirtió en diaria.

—¿Por qué no se separan ya? —decía su hermana a media voz.

***

Su profesora citó a sus padres antes de acabar el trimestre, pero sólo acudió la madre. Manolo había suspendido la mayoría de las asignaturas.

La profesora le tendió el dibujo de la familia que había dibujado el niño, después de insinuarle que era el que más le tenía preocupada.

—Como madre, estás ausente en todos los dibujos que ha hecho. El padre es una iguana. Él se ha dibujado como un dragón y sus hermanos son un par de unicornios que, según él, lo protegen. ¿Hay algún problema en vuestra familia?

La madre protestó con voz ronca y a la defensiva:

—Como en todas, mire usted. Mi niño es muy imaginativo.

—Ni que lo diga. Puede que le falte alguna responsabilidad. Se pasa las clases mirando por la ventana y en babia.

—¿Qué sugiere?

—Algo palpable. Podríais regalarle una mascota para que le coja cariño y huya de su mundo imaginario.

—Veré lo que puedo hacer.

***

La madre aquella misma tarde fue a comprar un cachorro y se lo regaló. Manolo, al sentir el hocico entre sus sandalias, le dijo entusiasmado:

—Mamá, cuando crezca Teo y le salgan bien los dientes, te va a proteger de papá. Y yo se lo voy a enseñar.

La madre se precipitó para taparle la boca a su hijo. Las paredes oían en aquella casa y ella estaba aterrorizada. Llevaba años paralizada y sin saber actuar. Había ido perdiendo el respeto hacia sí misma.

Desde entonces, observaba cómo crecía Teo y se alegraba de que cada día estuviera más fuerte. Cuanto más brillaban los dientes del perro, la madre sentía cómo las paredes de su hogar se ensanchaban. Algún día tendría que plantarle cara al miedo y despegar sus alas.

Manolo no paró de entrenarlo. Su juego favorito había cambiado y ya no se sumergía en su mundo. Esperaba dejar de oír portazos, gritos, empujones y objetos volando hasta romperse contra el suelo. En sus manos estaba el poder de cambiar el destino de su madre. Si había otra amenaza, Teo se rebelaría.

Y llegó el día en que Teo estuvo preparado.

A la próxima falta de respeto hacia su madre, hincó los dientes en las piernas del padre hasta desgarrárselas. El hombre aulló de dolor y quiso vengarse matando al perro, pero se encontró con la firmeza de sus hijos, que defendieron a la madre y a Teo.

—Cuidado con el padre —dijo el hermano mayor.

—Sí, voy a llamar a la policía.

Y Manolo pensó que, por primera vez, se atrevería a dibujar a su madre. Lo haría esa misma noche, entre el silencio de las sombras; para mostrarlo a todos a la mañana siguiente, a plena luz del día.

MI PARTICIPACIÓN EN EL TALLER DE LITERAUTAS Nº 57,

ENERO 2019

Imagen Creative Commons de Diogo Machado en FlickR

Vergüenza rota

No recuerdo nada más vergonzoso en mi familia. Y cómo se descubrió y todo lo que vino después. La formábamos siete personas con los abuelos incluidos. Llevábamos tres años ahorrando para algo que cambiara nuestras vidas. No recuerdo sacrificarme tanto. Nuestras pagas semanales estaban requisadas desde hacía meses. Todo era para ese supuesto viaje que vivíamos con ilusión antes de realizarse.
Todo el mundo era feliz hasta que mi hermano Nico rompió la hucha.
—¿Pero qué haces, animal? —le reprendí—. Ya puedes recoger todo el dinero y dármelo.
Nico se agachó y me dio unas monedas. No llegaban a tres euros.
—¿Y los billetes?
—No había nada más —contestó encogiéndose de hombros.
Mi hermano vio mi cara tan desencajada que se quedó con los hombros encogidos, sin posibilidad de volverlos a su estado natural.
—¿Cómo que no había nada más? ¡Ya verás cuando hable con papá esta noche! ¡Te vas a enterar!
Lo peor de todo es que dudé de él y le pegué un bofetón. Se quedó con una mejilla encendida y las lágrimas rebosaron de sus ojos.

***

Durante la cena intenté contar lo que había pasado.
—No vamos a ir a ningún lugar. ¿No lo entendéis? —dije al fin al borde de las lágrimas—. La hucha estaba vacía.
Mi padre gritaba. Mis abuelos estaban muy decepcionados. Mi hermana Marisa no me dirigía la palabra desde hacía días, pero esta noche hizo una excepción para amenazarme por haber pegado al pequeño de la casa si lo volvía a hacer. Y Nico continuaba sorbiendo mocos, derramando lágrimas y, solo hacía que repetir que había roto la hucha por accidente al tropezar con ella.
El pequeño se abrazó a mi madre. Me fijé en ella. No había abierto la boca en ningún momento y tenía la mirada ausente. Al sentir los brazos de Nico, volvió a la realidad.
—Mamá, ¿dónde está el dinero? —preguntó Nico.
Mi madre, que había sido la última en llegar, que hacía días que siempre se retrasaba a la hora de la cena, contestó:
—Pronto lo recuperaré. Te lo prometo, hijo.
Y aquí fue cuando mi padre estalló:
—¿Ya has vuelto a la casa de apuestas, Merche? ¿Con eso te gastas nuestro futuro?
—Tranquilo, va a volver a terapia —dijo mi abuelo intentando calmar a su yerno.
—¡Para lo que le sirve! —Contratacó mi padre cargando la frase de ironía—. ¡Para juegos estamos!

***

Nadie pegó ojo aquella noche en nuestro hogar. ¿Desde cuándo mi madre era una ludópata? Y recordé discusiones pasadas, gritos, llantos ahogados y, luego la ilusión en la que caímos todos de hacer un viaje prometedor que nos alejara de la ruina.
Claro, era obvio, pensé. El viaje era parte de la terapia. Como aquel que quiere dejar de fumar y, le dicen que todo lo que gasta en tabaco lo destine a una hucha para comprar algo importante, después de un largo tiempo de abstinencia.
Mi madre se había pulido la mayoría de nuestros ahorros en poco tiempo como acabé averiguando. Lo único que el silencio nos acabó rodeando a todos y convertimos el juego en un tema tabú en nuestra casa. No hablamos más del tema entre nosotros.
Seguro que la idea de hacer un viaje todos juntos había salido de mi padre, pero ella necesitaba ayuda profesional. Fui a decírselo, pero había salido. Tampoco encontré a mi madre, aunque oí cómo se cerraba la puerta principal. Me dirigí hacia la salida y la seguí.

***

Anduve varias calles tras ella. Mi madre se dirigía hacia algún lugar que no tardaría en descubrir.
Miró a ambos lados de la calzada y entró en un salón de juego. Todo lo demás había perdido valor para ella.
Luminosa, la tragaperras reclamó su atención con música fascinante. Si ganaba, la máquina aplaudiría y, si no lo hacía, no tardaría en incrementar su ansiedad. Traté de impedirlo, llamándola por su nombre, esperando que sintiera la misma vergüenza que sentía yo.
Pero mi madre, totalmente hipnotizada, insertó una moneda, cruzó los dedos y esperó a que saliera el premio.
Me acerqué. Sonrió de manera bobalicona al verme frente a ella como si yo fuera una salvación. Enmudecí y la abracé.
Mi madre llevaba años rota y como un autómata depositó otra moneda. Fue rápida al deshacerse de mis brazos y no pude impedírselo. Después me miró reclamando complicidad.
De repente, la tragaperras enmudeció breves segundos y acabamos oyendo aplausos.

Participación en el taller nº 55 de Literautas

Imagen Creative Commons de Xavi Gracia en FlickR

Imagen Creative Commons de Xavi Gracia en FlickR

La fantasía de las flores

Vídeo

Primavera, deshojando cuentos

POEMA 6 – “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

La fantasía de las flores
esculpe mi cuerpo
y, entre sus pétalos, crezco.
En un claro bosque, está mi jardín
donde leo páginas prohibidas
que me permiten alcanzar un sueño.

Mis senos me sugieren un sujetador
para guardarlos. La censura impregna
mi vida que acaba de despuntarse.
Entre susurros, mayo se está marchando
con una llovizna de colorido pálido.

Me embriago con la lluvia y las páginas.
¡Cuánta hermosura en la lectura!
No me olvido de esconderlas,
pues es peligroso que alguien las vea.
Mi mundo está repleto de duendes imaginarios
donde, escondida con mi familia, pasan los días.

Helena Sauras