Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Acudimos a la cita hechos un manojo de nervios. De las palabras de Miguel Serrano, el abogado de Luis, dependerá nuestra tranquilidad en los próximos días.

Miguel es un hombre con gafas de pasta que le esconden la fuerza de su mirada. Nos recibe con un traje gris impecable. Fue compañero de facultad de Jesús y él mismo nos lo recomendó pues, a pesar de que es joven, tiene bastante experiencia e intuición. Miguel me causa buena impresión. Nos tiende la mano a Luis y a mí con un ademán elegante. Amablemente me pide que espere mientras se encierra con Luis en su despacho. Espero en una sala de espera durante aproximadamente una hora, ojeando una de las revistas locales que hay y, de vez en cuando, mirando la puerta cerrada donde está Luis con Miguel con impaciencia. Estoy sola, ya que no hay ningún cliente más, y así lo prefiero. Mis ojos reparan con alegría en el anuncio a todo color del restaurante donde trabaja mi prima en una de las hojas principales de la revista.

Las paredes de la sala captan mi atención pues están plagados de cuadros abstractos y su colorido asombroso me contagia ganas de pintar. En esa sala surge mi palpito de volver a sostener un pincel entre mis dedos, de volcar mis impresiones sobre el lienzo. Mis ideas me invaden la mente en esta lluvia que estoy experimentando. Un choque confuso de experiencias, de invención, de sonora imaginación que vuela, que me empapa con sus gotas de saber, que me cala hasta los huesos con la humedad viva de lo que siento.

Inspiración que resurge de mí en el momento más inesperado, que nunca muere sino que se esconde sigilosa y espera paciente el momento de penetrarme cuando encuentra mi alma receptiva. Visualizo mi futuro cuadro como un todo, plagado de color, de textura, de riqueza, desgarrando el lienzo que está en mi cabeza con su fuerza, convirtiendo el blanco en sensación. Expresión que tendré que trabajar una vez me reúna con mis pinturas en casa de Susana.

La puerta se abre. Luis reaparece con una tímida sonrisa cosa que me hace pensar que la cosa ha ido bien. No me equivoco. Ya en la calle y mientras subimos en su coche, Luis me comunica que el abogado le ha dado buenas vibraciones.

Tiene que trabajar en mi defensa, pero la cosa pinta bien. Ojalá tenga razón.

¿Confías en él?

Sí, es lo único que puedo hacer por el momento.

Me alegro que Luis confíe ciegamente en Miguel. Mientras Luis me lleva al piso de Susana, los nuevos propósitos del año que está empezando me hacen comentarlos en voz alta.

Luis, ¿sabes lo que me gustaría aprender para este año?

Dime, Elisa.

A conducir. Quiero sacarme el carné. Me he cansado de coger siempre el autobús o de depender de alguno de vosotros. Ahora que he dejado aparcada la bebida definitivamente…

Me parece muy buena idea. Yo te puedo enseñar.

Me matricularé a la autoescuela lo antes posible, ya lo tengo mirado.

En ese instante, en que Luis me mira, un obstáculo se cruza y le hace pegar un volantón y frenar en seco. Me asusto y reparo en un hombre que se ha caído en la calzada.

Será cabrón el tío. ¡Mira por dónde vas! ―grita Luis mientras pega un pitido y sale del vehículo a toda pastilla.

El hombre ni se inmuta. Su cuerpo sigue tumbado e inerte en el asfalto. Yo también salgo del coche y me aproximo.

¿Estás bien? ―me atrevo a preguntarle.

Pero el señor no contesta y me entra pánico de que su estado pueda cambiar las cosas. Más todavía.

Elisa, ¿qué haces? ―me riñe Luis al acercarme aún más―. Ni se te ocurra tocarlo.

Le hago caso, aunque acerco el oído para oír si respira. Efectivamente, el hombre respira bastante fuerte. Me doy por satisfecha.

Luis, creo que está roncando.

¿Roncando?

Sí. Escúchale.

Luis le escucha detenidamente para decirme:

Tienes razón. Está durmiendo…

Y en este instante, el hombre se da la vuelta y puedo verle la cara.

―… la mona ―termino la frase de mi novio, porque no me queda ninguna duda.

Hace toda la pinta.

Sí… Además, le conozco.

¿Le conoces? ―me pregunta Luis muy sorprendido―. ¿De qué?

Creo que se llama Paquito. Suele pedir limosna en la estación de autobuses.

Le toca un hombro a Paquito mientras le llamo:

¡Paquito!

Como no responde a la primera, alzo más el tono de mi voz.

¡¡Paquito!!

Y a la de tres, el hombre parpadea un par de veces para aterrizar de sus sueños. Me mira naturalmente sin reconocerme, con sus ojos pardos, que denotan miedo al fijarse en Luis. Tiene la camisa a cuadros rota por el cuello y huele a bebida rancia.

Tranquilo, Paquito ―le digo, porque he notado un ligero temblor en su labio inferior.

Entre Luis y yo le ayudamos a incorporarse. Ya de pie, me doy cuenta como Paquito es bastante alto, ya que pasa de largo a Luis. Los tres volvemos hacia la acera. Luis vuelve a subir a su coche mientras lo aparca mientras yo me quedo con el hombre.

¿Dónde vives, Paquito? ―le pregunto, porque he pensado en acompañarle.

El hombre señala un lugar impreciso al norte de la ciudad.

Por allí ―dice con la mirada baja―. Qué más da.

Te acompañamos ―le digo.

Paquito reprime un eructo, se encoge de hombros y se sienta en la acera. Luis se vuelve a acercar a nosotros.

¿No tendréis un eurito? ―nos pregunta.

Paquito, no, no tenemos euritos ―le espeta Luis.

Paquito, te acompañamos a casa ―le digo yo suavemente.

Luis me mira, y sé que piensa que si estoy loca. Se me acerca un momento al oído para susurrarme.

¿Qué estás haciendo, Elisa?

Pero yo sigo erre que erre y, sin contestarle, le digo a Paquito que nos guíe hacia su casa.

Dos manzanas más allá —contesta Paquito, volviendo a señalar la zona norte.

Vamos. Hace mucho frío aquí en la calle.

Al final, Luis y yo le dirigimos a su casa. Cuando llegamos, nos detenemos unos minutos debajo de la fachada grisácea, hasta que Paquito acierta la llave en la cerradura. La puerta de abajo se abre y la cruzo para seguir a Paquito. Luis me coge por el brazo para decirme:

Ya hemos hecho bastante, ¿no crees? ¿Dónde vas, Elisa?

Pero yo me pongo a subir las escaleras. Luis al fin también nos sigue y, cuando llegamos al tercer piso, Paquito abre la puerta de un apartamento pequeño y desaliñado.

Continuará…

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María tan fuerte, tan firme, tan segura desde que está con Toni, se desmorona esta tarde. Hemos ido al piso, que se compró junto con Víctor, porque alguien está interesado en su compra. Vamos a ayudarla a recogerlo todo. El piso está perfectamente equipado, para entrar a vivir. Un camión de mudanzas vendrá mañana a llevarse los muebles y de momento estamos empaquetando.

María hacía mucho tiempo que no regresaba al piso, en concreto desde que anuló la boda. Pero ahora que ha decidido casarse con Toni, se tiene que deshacer del piso, aunque no sea una buena época para venderlo. Cuando terminamos con la tarea, oímos a María que dice:

Voy al buzón a vaciarlo. Debe estar repleto de propaganda.

Y María abre el buzón, y después de empezar a tirar algunos folletos y catálogos y meterse algunos sobres de facturas en su bolso, sus ojos reparan en un sobre más pequeño, diferente al resto, manuscrito. Sus manos tiemblan mientras lo abre, Toni se le acerca, porque María no para de respirar fuerte como ahogándose en su propia ansiedad, mientras lee las hojas que lo acompañan.

¿Qué te pasa, María? ―Pregunta Toni.

Pero María, en un primer momento, no responde, y después sube las escaleras otra vez hasta su piso precipitadamente. Todos nos interrogamos con la mirada, porque no comprendemos qué está pasando y decidimos seguirla. Al llegar, María está sentada en el sofá totalmente desencajada, de sus ojos brotan lágrimas con fuerza y sus manos sostienen los papeles que se han arrugado.

María… ―Dice Toni suavemente.

Y María, llorando, y sin poder pronunciar palabra, le tiende la carta a Toni, que la coge. Toni la lee, y se queda estupefacto.

¿Qué pasa, Toni? ―Pregunta Luis.

Pero Toni no contesta, y le pasa la carta a Luis. Luis y yo la leemos al unísono y me bloqueo completamente al ver el remitente: Luz Casas Ribes.

¿Los muertos vuelven? ―Le susurro a Luis.

No, es una carta de despedida –me dice Toni, que me ha oído, a pesar de haber intentado hablar muy bajo.

Sin comprender, mis ojos repasan las primeras líneas hasta que la leo entera, mientras un escalofrío intenso me recorre el alma:

Querida María:

No sé cómo empezar esta carta sin antes decir que lo siento. Siento el daño que te he hecho toda mi vida y más ahora que te ibas a casar con el hombre de tu vida. No sé qué me arrastró a acostarme con Víctor. Bueno, rectifico, sí lo sé. Por primera vez he caído en las redes del amor, me enamoré del hombre equivocado. Se llama Nacho, no sé si te acuerdas, pero te lo presenté un día que corrías para no llegar tarde al trabajo de papá. Todo parecía idílico entre los dos hasta que he descubierto que me es infiel. Sí, María, Nacho me pone los cuernos con una chica muy morena de la que ni tan siquiera sé su nombre. Por eso, por simple despecho, me acosté con Víctor, porque lo sentí accesible. Ya sabes que no me cuesta seducir a un tío, perdóname, María, me arrepiento de ello.

Voy a ser breve, no me queda mucho tiempo. La semana pasada me diagnosticaron una enfermedad incurable, que avanza rápidamente. Mi carrera de modelo se ha acabado para siempre. Estoy pensando si realmente me merezco esto después de cómo he actuado. ¿Tú también piensas que me lo merezco? Sé que lo piensas, para qué me voy a engañar. Si lo piensas, no sé lo digas a nadie, así como tampoco comuniques a nadie la noticia de mi enfermedad. Guarda el secreto, aunque sea la única cosa que hagas por mí.

No te preocupes, voy a estar bien. Tengo que olvidar a Nacho. Me he comprado una casita en Portugal con su dinero. Se lo he tomado prestado o, si lo prefieres, lo he cambiado de sitio. Me voy, hermana, al lugar donde veraneábamos de pequeñas, ¿te acuerdas? Necesito desconectar.

Siempre en un lugar de mi corazón,

Luz

P.D: Cuida de mamá y papá, se hacen mayores.

La carta esperaba en el buzón para ser leída cuanto antes, pero no pudo ser. La traición que le hizo Luz a su hermana lo impidió, ya que María nunca quiso volver a su piso desde entonces. La imagen que vio en su dormitorio todavía le quemaba en el rincón más hondo de su corazón.

No obstante, Luz nunca llegó a su destino, Víctor la asesinó pero lo que más me sorprende, y releo repetidas veces, hasta que Toni me arranca el papel literalmente de las manos, es lo de la chica morena. Luz nunca supo de quién se trataba pero a mí no hace falta que nadie me lo diga.

Sandra me mintió, nunca cortó su relación con Nacho. Lo que más me duele es que Luz se enteró antes que yo. Era una chica lista, una chica desgraciadamente muy lista. Posiblemente su astucia desencadenó su trágico final, como la curiosidad que mató al gato. Víctor la debió encontrar cuando ya se iba, cuando ya partía hacia un nuevo destino. Pero esta historia ya me la sé, aunque ahora me queda claro de una vez por todas qué hacía Nacho en Portugal, había descubierto dónde había ido a parar su dinero.

No he hecho nada por ella ―dice María con la carta en las manos ya que Toni se la ha vuelto a pasar―. Ni su último pensamiento, os he dejado leer la carta.

Luego María se levanta y se va a la cocina. Vuelve con un mechero y prende fuego a las últimas palabras de Luz, que se retuercen dentro de un cenicero. Una lágrima se le ha quedado trabada en su cara. Toni se la quita con un delicado movimiento. Y luego de esto, con las palabras ya carbonizadas, María respira más tranquila para decirnos:

Esa no es una historia de perdón. Mi hermana lo sabía antes de escribir esas líneas y sus palabras no van a cambiar nada.

María con una dureza que aparentemente siente, nos indica con sus gestos, que ya nos podemos ir del piso. Nos dirigimos todos hacia la salida, cierra la puerta y nadie de nosotros abre boca. Como si el silencio formara parte de nuestra existencia.

Si por mí podéis hablar ―comenta María más entera ya en la calle.

¿Así veraneabas en Portugal? ―rompe el silencio Toni.

Sí, pero hace mucho de ello.

¡Cuántas cosas no me has contado! ―Sonríe Toni.

Seguro que tú también tienes cosas calladitas.

Tendrás que descubrirlas tú misma.

María le guiña el ojo a Toni, Luis me coge la mano, y aprieta con fuerza mientras me dice al oído.

Elisa, vayámonos a mi piso y dejemos que Toni y María se descubran sus cosas.

Vale, Luis.

Nos despedimos de María y Toni y nos dirigimos hacia el apartamento de Luis. Mientras andamos por la calle cogidos de la mano, mi sexualidad prende de nuevo. Necesito estar íntimamente con Luis. Al llegar, no hace falta que se lo diga, le llevo directamente a su dormitorio. Los espejos de su cuarto hacen que lo vea repetidas veces, su torso desnudo se multiplica y mis caricias se van intensificando. Necesito llenarme de él, me desnudo rápido y me tumbo sobre él. Sus manos se deslizan por mi cuerpo, cubriéndome, amándome.

Y entonces, el sonido de su teléfono nos interrumpe. Mi cara sonrosada refleja la decepción por la inoportunidad de esa llamada, que Luis contesta, marchándose de mi lado con su erección palpitando. Le oigo de lejos. Sus palabras me apagan, porque algo de mucho peso está pendiente en nuestras vidas.

Cuando vuelve a mi lado, dejo que hable, sin interrumpirle. Mi expresión va cambiando conforme lo voy escuchando.

Elisa, era mi abogado. Se ha disculpado por no haberme contestado antes. Había escuchado el mensaje, que le dejé en su buzón sobre la caja de pastillas que encontramos y… Sí, se confirma en su historial clínico. Mi padre tomaba los anti coagulantes esos. Mi abogado me ha citado para mañana a su despacho. ¿Me acompañarás?

Sí, Luis, claro.

Una pequeña esperanza aparece en su iris. Me incorporo de la cama y le beso.

¿Por dónde íbamos?

Por ahí —le digo señalándome mi pecho desnudo y guiñándole un ojo.

Luis sorbe mi pezón izquierdo y todo se enciende de nuevo. Pierdo el norte entre su aliento, empiezo a gemir suavemente. Luis baja hacia mi monte de Venus. Cómo le deseo, la espera ha merecido la pena, pienso mientras el fuego se deposita en mi cuerpo para quedarse. Unidos ardemos mientras todo cambia de color a nuestro alrededor. El orgasmo nos sorprende a la vez y, enredados y sintiendo sus últimos coletazos, nos damos un beso húmedo.

Continuará…

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El ambiente de la casa de Toni está cargado de fiesta. La música inunda el comedor. El CD de «El Despertar» suena fuerte y creo que las letras de sus canciones servirán para marcar un inicio en nuestras vidas. Siempre hay un principio después de un final.

Noche vieja, qué diferente a las últimas que había pasado, en donde el alcohol era el protagonista de mi vida. Pienso en Sandra y Nacho. Una Noche vieja como ésta fue su comienzo. Sumida en repetidos tragos ni me enteré de ello. Mi alma embriagada de aquel día buscaba el calor y la protección ficticia, que me proporcionaba una copa. Bebí tanto que alcancé la inconsciencia, y me desperté en una cama de hospital con un gotero pendido de mi mano. Jaime, que aquella noche también se lanzó a beber sin parar, había acabado igual que yo. Fue Sandra, que casi no probó el alcohol, quién llamó a urgencias.

¡Menuda fiesta, qué mal acabó! Y aquel día supuso un final y un principio que aceleró una ruptura. Un punto final en mi vida aunque no lo supe apreciar.

Cuántos puntos finales, negros y abruptos, han roto mi existencia. Pero de los errores siempre se aprende, no se puede volver atrás y el camino sigue hacia adelante, como dice la canción que suena. Me lleno de sus notas optimistas y mis pies se mueven al ritmo de la melodía.

Luis toma mi mano y me saca a bailar, y en ese instante, el ritmo cambia y se vuelve más lento. Me agarro a él y deslizo mis manos por su cuello. El resto está en la cocina. Acaban de preparar la cena y me siento con obligación de ir a ayudarles, pero en ese instante, mis labios anhelan el imán de los labios de Luis sobre mí. Le beso como hace un momento debajo del árbol, con un punto de avidez que me acelera la pasión que siento. Sé que esta noche será el inicio de una aventura soñadora, amorosa, sin lugar a dudas, en donde me cubriré de él, y en donde todo desaparecerá excepto los dos: únicos, unidos, inseparables.

Que corra el aire ―dice Rebe sonriendo, que acaba de entrar con una fuente repleta de comida en sus manos.

Y me separo de ese beso álgido, supremo, con ganas de repetir, aunque sé que no es el momento ni el lugar adecuado. No quiero que Rebe se sienta desplazada ya que es la única que no tiene pareja esta noche.

No, si por mi podéis seguir ―dice Rebe y nos anima de nuevo mientras se da la vuelta para volver a dirigirse a la cocina.

Pero sé que ha llegado el momento de ayudar con la comida. No tengo hambre, porque ya he picoteado bastante en el restaurante de mi prima, pero los demás y sobre todo María, no pueden esperar. Ya es tarde y entro en la cocina para acabar de sacar los platos.

Venga, nos van a dar las uvas ―dice María ansiosa.

Nunca mejor dicho ―le contesta Toni.

Nos sentamos en la mesa, repleta para la ocasión y empezamos a comer.

Elisa ya ha vendido el cuadro ―les informa Luis.

¿Ah, sí? ―se interesa Toni.

Sí, ha sido el primero en venderse. Una mujer adornada con muchos quilates se ha encaprichado de él.

No sabes si ha sido ella quién lo ha comprado ―le digo mordisqueando una tostada de salmón.

Ya te digo que sí. Seguro que ha sido ella. ¡Cómo lo miraba, madre mía! Tendríais que haberla visto.

En el fondo, también pienso que ha sido esa mujer. Sus ojos expresaban el fulgor de quién descubre una obra de arte por primera vez. El torbellino de mis emociones ha traspasado fronteras, esa mujer ha captado su fuerza y, ensimismada, ha decidido comprarlo pagando por él una suma de dinero, que me va a venir muy bien.

Pregúntaselo a tu prima, ya verás cómo sí ―continúa Luis―. Te vas a hacer famosa.

Me imagino el cuadro en un salón fino, presidiendo fiestas con un toque de glamour, admirado por sus invitados vestidos de etiqueta.

Luis, deja de soñar ya ―le contesto.

Tienes talento, Elisa. No niegues lo evidente. He visto tus cuadros y vales mucho. Yo sería incapaz de crear algo a partir de la nada.

Y yo sería incapaz de hacer lo que tú haces con los ordenadores ―le digo.

Cada uno sirve para una cosa ―comenta Toni.

Y todos nos complementamos ―termina María.

La cena transcurre entre sonrisas y varias conversaciones en donde me siento parte de ese ambiente feliz, amistoso, cómplice y tranquilo. A las doce menos diez, tenemos ya las uvas preparadas y las botellas que nos ha regalado mi prima Susana en el congelador. La despedida del año empieza mientras voy tragando las uvas una a una y sin atragantarme:

Una, por la voluntad.

Dos, por la resistencia.

Tres, por la libertad

Cuatro, por la autoestima.

Cinco, por la inspiración.

Seis, por la constancia.

Siete, por la salud.

Ocho, por el trabajo.

Nueve, por la amistad.

Diez, por el amor sincero.

Once, por la confianza.

Doce por el inicio de mis sueños.

¡Feliz año!

Toni descorcha la primera botella y nos sirve las copas. Brindamos por todos nosotros con el líquido dulce y frutado de color rosado. María se moja los labios primeramente y, al probarlo, traga largamente.

Es fantástico ―dice cuando ya apurado toda la copa.

Buenísimo ―opina Rebe―. Lo mejor que he probado.

¿Repetimos? ―pregunta Toni descorchando la segunda botella y nos sirve de nuevo.

Pero ésta la saboreamos ―dice Luis―. Nada de beber rápido, beberemos con moderación.

Toni se aclara la voz y anuncia su inicio con estas palabras:

Y ahora viene el momento tan esperado por todos vosotros. ―Sonríe mientras le guiña un ojo a María―. La noticia, que os anuncié de la que seréis los primeros en enteraros. Bueno, chicos, uno ya se hace mayor y tiene que sentar la cabeza de nuevo.

María sonríe nerviosa.

Al grano, al grano ―le anima Luis.

Como os decía, ya viene siendo hora de tener una alegría. Pronto tendremos una fiesta en donde estaréis todos invitados. María y yo…. Nos casamos.

Nuestra cara es de completa alucinación. Abrazamos a Toni y a María mientras les felicitamos largamente.

María, ya puedes ponerte el anillo que te regalé ―le indica Toni―. Ya no hay secretos entre todos nosotros.

María se dirige a la habitación y vuelve con un anillo en su dedo anular.

¡Qué bonito! ―exclama Rebe.

Toni, ¡qué buen gusto has tenido! ―Le digo.

¿Lo dudabais? ―sonríe Toni.

María acerca su dedo y puedo apreciar un anillo fino, decorado con algunos brillantes.

Es precioso, María.

María ríe con ilusión, el inicio de su nueva vida le hace que se le escape una sonora carcajada.

Pero eso no es todo ―dice Toni―. María, ponte los pendientes a juego.

María vuelve a la habitación y sale con unos pendientes alargados con brillantes en las puntas.

―¡Qué detallista! ―Comenta Luis.

¿Qué pasa? ¿Qué no puedo serlo? ―dice Toni con expresión un tanto enfadada, aunque enseguida vuelve a sonreír.

Qué callado te lo tenías ―le dice Rebe, dándole un cariñoso codazo a Toni.

¿Y para cuándo es la boda? ―quiere saber Luis.

A finales de abril, el 27.

¡Qué rápido!

No queremos esperar más. Ya hemos esperado lo suficiente, ¿no creéis? —dice Toni impaciente.

María alza su copa. Sus brillantes resaltan en esa noche mágica para ella.

Brindad conmigo ―dice contenta.

Chocamos las copas, el sonido del dring dring me sacude las penas. María vuelve a poner el CD de «El despertar». Sus pies se mueven con ritmo al son de la música, que nos traslada a un paisaje onírico. Bailamos los cinco en esa noche joven, que acaba de empezar para que el inicio de nuestros sueños, tan ansiados desde el principio, se cumpla.

Continuará…

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Llegamos al restaurante, que a esas horas está plagado de gente, hombres y mujeres que curiosean por el salón principal y que hablan entre sí. Tres camareros con una vestimenta impoluta están sirviendo los primeros canapés, que tienen muy buena pinta. Algunos se acercan a probarlos. Susana debe estar en la cocina, porque no la veo en un primer momento. Me siento algo desplazada y creo que Luis también. No conocemos a nadie y además no nos hemos vestido tan elegantes como las personas que merodean a nuestro alrededor.

No me dijiste que me tenía que vestir de etiqueta ―me susurra Luis al cabo de un momento dándome un codazo.

No lo sabía.

¿Nos vamos?

No, espera, todavía no he visto a mi prima.

Mis tejanos desentonan en todo ese ambiente.

Y mi falda desenfadada, también. ¿Tienes hambre? ―le pregunto acercándome a una bandeja plagada de exquisiteces.

Luis se encoje de hombros. Me acerco el primer canapé a la boca, y dejo que una explosión de sabores exóticos me inunde el paladar.

Prueba ―le invito―. Están buenísimos. Delicatessen.

Un camarero se nos acerca llevando una bandeja de copas. Una mujer rubia, con el rostro delicadamente maquillado, toma una y se la lleva a los labios para darle un pequeño sorbo. Otros la imitan al unísono. Yo me aparto, y arrastro a Luis a un rincón, para mirar el cuadro de una marina tranquila con pequeñas barcas de recreo.

¿Te gusta? ―le pregunto a Luis.

Más me gusta el tuyo, Elisa. Mira, esos señores de allí lo están comentando.

Me giro y aprecio cómo se ha formado un grupo, que observa mi torbellino marino.

Es el que más destaca ―murmura Luis―. Mira a esa señora, creo que se ha encaprichado de él.

Una señora de mediana edad, con un vestido sugerente en palabra de honor, y que lleva una gargantilla brillante adornando su prominente escote, no se separa del cuadro desde hace rato.

¿Crees que lo comprará? ―Le pregunto a Luis.

Si no lo hace, creo que se arrepentirá.

Otro camarero se nos aproxima con unos vasos de chupitos. Creo que se ha dado cuenta de mi mirada de interrogación.

Gazpacho de sandía ―se apresura a decir.

Como no veo ningún problema en ello, tomo un vasito de la bandeja y me lo bebo. Está delicioso y animo a Luis a que lo pruebe.

No me digas que será lo único que podamos beber ―me vuelve a susurrar Luis, en donde se aprecia un poco de decepción en sus palabras.

A mí no me importa. Está muy bueno.

En eso aparece Susana. Mi prima está radiante, y sonríe al verme. Se acerca a nosotros y nos invita a enseñarnos la cocina. La seguimos por un amplio pasillo y entramos a su lugar de trabajo.

¿Os gusta? ―nos pregunta animada―. Bienvenidos a mi lugar de trabajo.

Una cocina moderna y acogedora me impresiona y así se lo hago saber:

Susana, es fascinante. Me encanta.

Aquí pasaré largas horas del día. Y ahora lo prometido es deuda…

Susana se acerca a la nevera y saca una bebida misteriosa. Nos sirve dos copas:

Brindad por mí. Es un cóctel que os he preparado con mucho cariño. Pero no se lo digáis a nadie. ―Un dedo cruza sus labios―. Es un secreto.

Me animo a probar el cóctel de Susana, no sin antes chocar mi copa con la de Luis y con la de mi prima mientras les digo:

Por el inicio de nuestros sueños.

Le doy un pequeño sorbo. La bebida espumosa me moja los labios. Sabe a algo dulce, aunque no estoy segura de los ingredientes que lleva. Es una combinación de frutas y de algo más que me encanta.

Es genial, Susana, ¿qué lleva? ―quiero saber.

Ya os he dicho que es un secreto. Lo único que os puedo asegurar es que no lleva nada de alcohol.

¿Lo vas a patentar? —Pregunta Luis.

Nunca se sabe. ―Sonríe Susana―. He preparado más.

Susana saca dos botellas de la nevera y me las tiende mientras me dice:

Llévalas a casa de Toni. Esta noche, brindad por mí y por el inicio de vuestros sueños.

Gracias, Susana.

Y le doy un beso en su mejilla sonrosada.

Salimos de la cocina, y pasamos por el salón principal mientras nos despedimos de mi prima. Mis ojos aprecian como una nota de «Vendido» figura sobre mi torbellino marino. Será la última vez que lo vea y, en el fondo, siento algo de pena por desprenderme de él, aunque sé que es lo mejor para seguir con mi camino.

Lejos de Nacho, lejos de Sandra, lejos del alcohol, lejos de la oscuridad del ayer. La mano de Luis aprieta la mía en el presente y el tacto de su calidez me acelera el pulso intentando borrar mi pasado. Me aferro a ella en esa última tarde fría del año que ya está cayendo del todo, y andando por las distintas calles nos dirigimos a la casa de Toni donde me espera una Noche vieja de amistad. Una fiesta animada en compañía de las personas con las que quiero estar. Y pienso que mañana será el principio de algo nuevo con nuevos propósitos para todos.

Antes de entrar en la casa de Toni, me paro un momento debajo de los árboles desnudos de delante de su casa.

Bésame —le pido a Luis.

¿Ahora?

Siempre.

Y debajo de un fuerte árbol, sus labios me exploran y me hacen arder mientras el tiempo se detiene esperando el brote de emociones, que resurgen a través del beso con un punto de magia. Una bocanada de mariposas me recorre el estómago. Suspiro embelesada al separarme de Luis y le digo:

Nunca te separes de ese beso.

Él me mira extasiado. Coge mis manos. Y juntos cruzamos la calle y llamamos al timbre de la casa de Toni.

Continuará…

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