Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

A oscuras entramos en el portal que es bastante diminuto. Aprieto la mano de Luis con fuerza para transmitirle coraje. Subimos las escaleras hasta el primer piso, nos detenemos unos segundos para darnos un breve un beso que me sabe a miel, y seguimos hasta el segundo. La puerta se resiste a abrirse cuando Luis pone la llave en la cerradura, pero al final cede. Luis se para unos instantes sin atreverse a entrar y yo aprovecho para respirar hondamente. Creo que nos hemos precipitado en venir. Estoy segura de que una serie de imágenes le silban en su mente, que hacen que sus pies estén pegados al suelo, totalmente paralizados. No sé si debería ser yo misma la que me adelante y le empuje a entrar. Mi indecisión es la que me hace dudar mientras el tiempo va pasando. De repente, oímos abrirse la puerta contigua. Algún vecino, que sale a tirar la basura y es cuando Luis entra rápidamente. Me estira con su movimiento y cierra la puerta tras nosotros.

Enfrente de nosotros, un apartamento completamente silencioso nos espera. Desde el recibidor, puedo ver la puerta entreabierta del comedor, una franja inquebrantable que nos costará traspasar. Tras unos cuantas vacilaciones, aprietos y titubeos en su voz, Luis se decide a entrar y yo le sigo. La mesilla de cristal rota es el mueble que más desentona al estar arrinconado contra la pared. Enciendo las luces, que hacen que mi cuadro del amanecer, testigo del crimen, resurja del ocaso en donde está sumido Luis.

La vida continúa, ¿no? le digo para animarlo señalando el cuadro.

Sí, ha vuelto a amanecer desde que tú estás conmigo me responde con voz muy baja. Pero mira cómo está todo.

Me señala el desorden que inunda el comedor.

Si quieres, te ayudo a limpiar.

Sin esperar respuesta, me voy directa a la cocina a buscar una escoba con mi sexualidad totalmente apagada.

No, déjalo, Elisa.

Pero yo empiezo a barrer el suelo, todavía hay restos de cristales esparcidos por todas partes.

Elisa, ya lo haremos mañana.

No estarás a gusto hasta que todo esté en orden. Venga, vamos, entre los dos acabaremos antes.

No creo que vuelva a estar a gusto en mi vida, Elisa. Por mucho que limpie y ordene este lugar, siempre estará maldito por la huella del crimen.

Pero fue un accidente, Luis, no tienes nada que ocultar, ¿verdad?

Y sus manos esconden su cara unos breves momentos, antes de contestarme:

No, ¿por quién me tomas? No quería matarlo, solo me defendí pero… del empujón que le di con el paraguas, empezó a brotar sangre. No la pude parar. Me fue imposible pararla. Me manché hasta la camisa. Mi padre me acababa de decir que por qué no cobraba la pensión de viudedad, si era verdad que mi madre había fallecido. Fue la gota que colmó el vaso. Sus palabras tan mezquinas retumbaban en mi mente, y al final le empujé con violencia. Murió rodeado de un charco de su propia sangre y esto pesará siempre en mi conciencia.

Luis, vamos a limpiarlo y bajamos la mesilla al contenedor. Yo te ayudo.

Tú me hubieras ayudado, ¿verdad? ―Me imploran sus ojos.

Asiento entre lágrimas, porque ahora sé que lo hubiera hecho sin dudarlo. Esconder un cadáver tiene que ser muy peliagudo, pero lo hubiera hecho por él. Solo por él.

Pero no estaba, Luis, estaba en el pueblo, ―me excusó― mientras tú pasabas los peores momentos de tu vida.

Toni se quedó paralizado y no pudo hacerlo. Se vio incapaz. Entonces llegó la policía. Este vecino, con él que no me he querido cruzar, creo que fue quien dio la voz de alarma.

Claro, seguro que fue él ―miento.

Tú hubieses sido más rápida.

Sonrío entre lágrimas amargas, que me pesan.

¿Y entonces qué hubiéramos hecho?

No lo sé. ―Se encoge de hombros―. Intentar que no nos descubrieran, supongo ―me responde cabizbajo―.

¿Y podrías vivir tranquilo?

No, y más si tú estuvieras pringada hasta las cejas, como cómplice.

Le beso los párpados suavemente.

Mejor así, ¿no? ―dice al cabo de un largo silencio.

Todo saldrá bien, Luis, lo presiento.

Pero miento de nuevo, porque mi intuición me dice que no va a ser tarea fácil. Continúo con la escoba, barriendo las baldosas a conciencia. No quiero que quede nada de mugre. Y el palo de la escoba choca al pasar por debajo del mueble con una caja de cartón. Me agacho para recogerla. Es una caja amarilla y blanca de pastillas.

Luis, ¿eso es tuyo? ―le digo con la caja en mis manos.

No, no la había visto en mi vida. ¿Qué es?

Acenocumarol ―leo.

¿Y eso qué es?

No sé, espera que leo el prospecto.

Despliego las hojas de papel y empiezo a leer.

Luis, son anti coagulantes orales.

¿Y qué hacen aquí? ―me pregunta sorprendido.

¿Y si eran de tu padre?

Luis se queda boquiabierto. La sangre líquida fluyendo sin parar, la hemorragia que no paró. Sé lo que está pensando en esos momentos.

Mi padre tomaba…

En efecto, tu padre tomaba Sintrom, por eso no soportó el empujón. Se desangró.

Maldita su suerte, maldita la mía ―exclama.

Llama a tu abogado, Luis. Creo que debería saber esto.

Luis se va directo al teléfono, y marca los números de su abogado tembloroso. Pero nadie contesta y vuelve a mi lado.

No contesta ―me dice alarmado.

Claro, es domingo. Prueba mañana. Ahora vamos a recoger todo esto y nos quedamos a dormir aquí. Los dos solos, ¿vale?

Porque necesitamos superar lo insuperable. Nos ponemos manos a la obra ordenando el desorden del comedor hasta que queda todo como antes. Como debió ser en un principio, borrando las huellas y el paso del desafortunado incidente.

Gracias por confiar en mí, Elisa me susurra cuando acabamos.

Luis, no me des las gracias de una cosa que no pudiste evitar.

Sí que pude, si no lo hubiese empujado.

Te hubiera herido a ti con su cuchillo. Te defendiste, ¿no?

Sí, pero no me creerán.

Yo te creo, Luis. Confío en tu inocencia. Para mi es legítima defensa.

Sí, ¿pero para el juez qué será, Elisa?.

Confía en ti mismo, Luis. El pasado no se puede cambiar, yo no entiendo de leyes, pero no te defendiste de una manera desproporcionada. Actuaste con un simple paraguas, cuando él tenía el arma punzante.

Ya pero… Estoy acabado.

No digas eso, la vida continúa. Ahora vamos a cenar, y después me puedes sorprender con una peli de esas que tienes. Que sea muy romántica, de esas que endulzan de tan empalagosas. No tiene que ser un drama, que acabe bien y me haga sonreír.

Tu risa es lo que más me gusta oír.

Pues si la eliges bien, podrás escucharla.

Tiramos mano del congelador para preparar la cena, comida pre cocinada para salir del paso, pues la nevera está bastante vacía.

Pensaba que nunca te volvería a tener aquí ―me dice con su mirada, que me transmite que me está diciendo la verdad.

Pues ya ves, he venido y para quedarme al menos esta noche.

¿Sólo al menos? –me pregunta pícaro.

De momento, sí ―le digo bajando la mirada―. Voy a avisar a Susana.

Yo voy a hacer lo mismo con Toni.

Nos separamos un momento para hacer las respectivas llamadas, y cuando nuestros ojos se vuelven a encontrar, Luis me dice:

Toni me ha dicho que pensemos el plan que queremos para Noche vieja. ¿Qué te apetece?

A ti ―le respondo besándolo―. Tú eres el mejor plan.

No, ahora en serio. ¿Dónde quieres ir?

Me da una pereza horrible despegarme de ti, pero nos podríamos pasar por la inauguración del restaurante de mi prima. Nos invitarán a algo y luego podemos ir a casa de Toni a continuar la fiesta. ¿Qué te parece? Discotecas ni nada por el estilo, no, ¿vale?

Vale. Pues mañana se lo decimos a Toni, eso de auto invitarnos en su casa ya viene siendo costumbre.

¿Pones la peli?

Se agacha y enciende el DVD.

Y abrazados en el sofá empezamos a ver la primera escena. Un sueño incontrolable nos sorprende cuando no llevamos ni la mitad. Y así, acurrucados y tapados con una manta suave, nos dormimos los dos. El cansancio nos ha vencido.

Continuará…

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Mi prima nada más llegar se ha dormido en su cuarto y yo no tengo fuerzas para deshacer la maleta negra, que he dejado en un rincón de lo que será a partir de ahora mi habitación. Un sitio justo en cuanto a tamaño, pero más que suficiente. Es bastante luminoso con dos ventanas que dan a una terraza y con eso me vale. Podré pintar cuando llegue el buen tiempo si mi inspiración me vuelve a visitar, pero de momento está bastante parada. Quiero volver a sentir su palpitar con fuerza y que me engulla.

Mientras íbamos en la furgoneta, Susana me ha hecho prometer que el cuadro del torbellino marino lo ponga a la venta en el nuevo restaurante. No me he podido negar, ni tan siquiera sé cómo hacerlo después de todo lo que está haciendo por mí. Al fin y al cabo, era el cuadro que le regalé a Sandra y no quiero que me recuerde, si lo cuelgo por ejemplo en mi cuarto de ahora: el peso de la traición, los besos contenidos en los labios de Nacho y Sandra, los sinsabores que recorren mi alma desde que sé lo evidente.

Susana también me ha pedido que la pintura de «Sensaciones mágicas de una cueva» lo ponga a la venta, pero yo aquí sí que he tomado partido, negando con energía. Es lo poco que me queda del recuerdo placentero de Luis, del resurgir del amor, del dulce despegue de mi corazón después de meses de sequía.

Susana ha sonreído al verme tomar las riendas y sacar mi carácter que parecía que estaba encogido. Y es que me he dado cuenta, en ese mismo instante, mientras me resistía a desprenderme del cuadro, que evocaba nuestro primer contacto, de lo que ya sabía Toni: quiero estar con Luis. Me ha costado tanto llegar a esa conclusión, que tengo miedo que ya sea demasiado tarde o incluso me aterra el precipitarme por complejo que parezca.

«¿Vas a volver con quién te considera una amargada, Elisa?», me dice mi vocecilla más orgullosa. Frunzo el entrecejo fuertemente, pero ella insiste. «Algo de razón debe tener Luis, Elisa, sólo hace falta verte. Tan amarga como las lágrimas que derramas, que ya no saben a sal, sino que su persistencia las ha amargado. Vuelan constantemente, estampando su hiel contra las baldosas grises de la habitación del piso de Susana. Y sólo te queda su sabor en el paladar más hondo, tan áspero que te cuesta tragar».

Respiras con agitación, tienes que volver a ver a Luis y tu dedo marca su número en el móvil, que te sabes de memoria. Unos tonos y todo es silencio.

No, Luis no contesta. Un vacío inquebrantable se instala en mis venas. Parece que ya no palpitan como debieran, son ahora tan débiles como mis huesos. Y al fin, después de unos interminables minutos, mi móvil empieza a vibrar refulgente. Mi mirada admira en la pantalla cómo es Luis, mi voz ronca contesta perdiéndose en su aliento distante:

Necesito verte —digo al contestar.

Yo también, Elisa.

Y las palabras que nos decimos, nos unen a pesar de la distancia de la telefonía. Quedamos dos horas después en la cafetería con las sillas de mimbre. Luis aparece recién afeitado y con ropa limpia. Sus ojos denotan cansancio por largas horas acumuladas de insomnio. Yo sé que no hago mejor aspecto a pesar que me he vestido con la falda color teja. El sol está decayendo y optamos por sentarnos dentro y no en la terraza. La cafetería está casi vacía, sólo una pareja al fondo toma una taza de chocolate con nata.

¿Te apetece uno? ―me pregunta Luis.

¿Un chocolate? Pensaba pedirme un bíter o como mínimo un café fuerte de esos tan amargos que tienen.

Luis me mira perplejo, sin captar mi ironía.

Un chocolate me irá bien, gracias ―rectifico―. A ver si me endulzo un poco.

Elisa, no fue mi intención herirte. Lo dije sin pensar. Estaba muy nervioso.

Y sus manos toman las mías con un leve roce que me agita el pulso.

¿Lo olvidamos? ―le pregunto con una ligera sonrisa en mis labios.

Sí, agua pasada no mueve molino.

El agua, que mueve vidas, que guía nuestra supervivencia, tan lejos del alcohol que todo lo arrebata. Mis pensamientos se ven interrumpidos unos breves segundos mientras el camarero nos sirve lo que hemos pedido. A Luis un agua con gas, y a mí una taza de chocolate humeante. El agua en mayúsculas, la de ese instante, la que me mueve, la de los labios de Luis que me dominan, necesito beber de él, impregnarme de besos y caricias que mejoren mi estado de ánimo. Nuestras manos entrelazadas en la mesa, enganchadas como un imán, en ese acto de reconciliación, de complicidad absoluta.

Elisa, todavía no he vuelto a mi piso desde…

Le pongo un dedo en sus labios, no quiero que hable. Necesito besarle. Olvidarme de todo menos del poder de su boca, una atracción que me arrastra a fundirme en un primer beso, después de haber hecho las paces. Un beso breve, casto, inocente, en donde me envuelve con un roce leve, casi inexpresivo, pero por fin me siento viva de nuevo. Sus labios están húmedos y fríos debido a los cubitos de hielo que acompañan su vaso de agua. Los míos están calientes y saben a chocolate y, unidos ambos, se atemperan.

Elisa… ―murmura extasiado.

¿Soy dulce ahora?

No sabes cuánto.

¿Ya no soy amarga como una almendra venenosa?

Nunca lo has sido.

Nuestro beso se podría titular…

Como agua para chocolate ―acaba Luis.

Sí, eso mismo. ¿Has visto la película?

La tengo.

Claro, tu colección de pelis es interminable.

Y Luis sonríe. Son sus labios estirados en esa sonrisa inicial, que me muestra los dientes, la que me hacen desear que me muerda.

Luis, ¿por qué no me llevas a tu piso? ―le pregunto.

Veo el pánico reflejado en sus ojos, de golpe he roto la magia, y me arrepiento de haberme precipitado.

Todavía no he ido desde….

Y no hace falta que acabe la frase que queda suspendida en el ambiente que huele a café amargo.

No hace falta que vayamos, si no quieres.

No, Elisa, me tengo que enfrentar a mis fantasmas. Cuanto más tarde en ir, más me costará volver.

Y me mira fijamente mientras lo dice, eclipsando con sus espejos. Su alma no la puedo entrever ahora mismo, cosa que me produce incertidumbre. No sé si hacemos bien en ir, pero aún así nos levantamos de las sillas. Irremediablemente, nuestros pasos enamorados nos llevan al apartamento de Luis, mientras un dolor sigiloso borra el sol de ese atardecer de domingo.

Continuará…

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¡Elisa! ¿Eres tú?

Y tardo en responder. Una emoción me recorre entera. La voz de Sandra somnolienta se despeja. El tiempo se para, y mis labios con mis dientes haciendo presión en el labio inferior se retrasan en hablar.

Sí… ―digo al fin con un hilo de voz soltando los dientes―. Soy yo. Sandra, ¿te va bien que venga a recoger mis cosas?

Un silencio pesado se interpone en la comunicación.

Elisa, ¿dónde estás? ―Me pregunta preocupada.

Estoy con Susana, mi prima. Si te va bien pasaremos dentro de un rato.

Sí, claro…

Oigo de fondo la voz de Jaime que le pregunta quién es.

¿Estabas despierta, Sandra?

No… ―Me responde sincera.

Siento haberos despertado.

Puedes venir cuando quieras. Esa también es tu casa, Elisa ―se apresura a decir Sandra y la verdad es que suena convincente.

Sus palabras se me clavan como dardos afilados y la emoción, que no me abandona, me eriza la piel.

Sandra, hasta ahora.

Y me doy prisa por cortar la comunicación.

Subo a la furgoneta con Susana, que conduce con cautela hacia el edificio anaranjado de Sandra. Llamo al timbre y la puerta de la entrada se abre. Subo en el ascensor con Susana. En la puerta Sandra me espera. Sus ojos me lanzan una mirada temblorosa y agitada. No puedo desviarla, porque me ha calado. Y con sus ojos enganchados en los míos, entro en su casa. Susana se queda detrás, como en segundo plano.

Si no te importa, voy a recogerlo todo ―le digo intentando aparentar una dureza que no siento, pues empiezo a sentir debilidad en mis pies.

Meto mis cosas en una maleta de lona negra, que están tal cual las dejé. Mi foto del ayer me observa desde las alturas de la estantería con desaprobación. De puntillas la recojo, Sandra me observa con un nudo anclado en su garganta

¿Puedo quedármela? –Le pregunto temblorosa.

Sandra asiente ligeramente, un breve movimiento que le cuesta realizar, pues sé que en el fondo le importa. El ramo que reposa entre mis dedos, una explosión primaveral de vivos colores, mi cara sonriendo plenamente a la cámara, la boca entreabierta mostrando mis dientes en esa sonrisa franca. Y sé que ese día Nacho estaba enfrente de mí, mientras el fotógrafo me fotografiaba. Aquel día estuvo diferente, más que distante, bebiendo durante toda la comida, y advirtiéndome que no le gustaban las bodas, y yo, haciéndole callar entre dientes, por si alguien nos escuchaba. Y es que ahora sé que lo que no le gustaba era la boda de su Sandra muy a mi pesar. Su asombro cuando Sandra me tiró el ramo fue total, mientras yo me sentía más radiante que nunca. Entonces pensé que tenía miedo al compromiso. Horas más tarde, bailando ya en la discoteca, él bebiendo cabizbajo todos los chupitos que podía en un rincón del local, Sandra me arrastró hacia el lavabo con la excusa que la ayudara con el vestido y dentro me dijo:

Elisa, cásate con otro. Nacho no te merece.

¿Por qué dices eso, Sandra? ―Le pregunté aturdida.

¿No lo ves? Es un borracho apestoso, date cuenta de una vez. Encontrarás a otra persona que realmente merezca tu felicidad. Mira a los invitados de mi boda. Todos beben, pero sólo Nacho se comporta de esa manera tan despreciable.

¿Por qué me dices eso precisamente hoy?

Pero ella continuó en sus trece.

Cásate con otro, Elisa. Espera un tiempo, no te precipites. Lo encontrarás.

Y su voz, que me retumbó en mis sienes, se tiñó de súplica que no supe apreciar en ese momento.

Y Sandra se fue de luna de miel, después de tener esa conversación conmigo. Nacho la pasó en una nube de alcohol en que yo lo acompañé y, cuando mi amiga volvió, se apresuró a regalarme un anillo de compromiso. ¿Lo utilizó para darle celos a Sandra?

Pongo la foto encima de todo de la maleta, y la cierro sabiendo que ese episodio de mi vida ya quedó atrás. Debo olvidar y aprender a pasar página. Descuelgo el cuadro «Sensaciones mágicas de una cueva», y se lo paso a mi prima Susana para que lo baje.

Ahora bajaré al garaje a recoger el resto de cuadros ―le digo a Sandra.

Y su nudo apretado la hace estallar en un sollozo.

No me lo pongas más difícil, Sandra.

En eso oigo la puerta del lavabo y Jaime aparece recién afeitado. Me da dos besos al verme, y siento la cercanía de Sandra, que nos observa a los dos. Noto que tiene miedo cuando Jaime se ofrece a bajar conmigo al garaje mientras le dice:

Sandra, quédate aquí, ya me encargo yo de ayudar a Elisa con los cuadros.

Sandra se queda y mi oportunidad de decirle algo a su marido, se me presenta como algo alcanzable. Porque él, en ese momento, también lleva los cuernos con estilo, porque los desconoce. Pero, ¿quién soy yo para quitarle la venda de los ojos? ¿Voy a convertirme en una delatora? No, es una cuestión de principios. Ahogaré mi silencio, aunque me queme.

Bajamos en el ascensor hasta el garaje que nos espera vacío. Jaime abre el trastero, y la puerta chirría al abrirse. Me reencuentro con mis pinturas, y siento mi inspiración otra vez detenida en el mástil quebrantado que me lleva a la deriva.

Elisa, ¿se puede saber que ha pasado entre las dos? ―Carraspea Jaime, la pregunta tan temida―. Mi mujer no duerme, no descansa. No es por meterme, ¿pero lo podéis arreglar de algún modo-.

Me quedo anonadada, mirando su pelo rubio húmedo mientras niego con la cabeza lo que mis labios callan.

Una bonita amistad no se puede acabar así, Elisa.

Ya…

Sandra te necesita. Está muy sensible. Son las hormonas.

Ya…

¿Por qué no vuelves y arregláis lo vuestro? Ya me había acostumbrado a tenerte en casa.

Jaime, lo siento pero ahora con lo del bebé creo que sobro en vuestra vida.

Anda, ¿por qué dices eso?

Porque sí, Jaime. Por cierto, felicidades, creo que todavía no te lo había dicho.

Entonces, ¿qué me dices? ¿Vuelves con nosotros?

No, Jaime. ―Mis labios tiemblan―. Mi sitio ahora está con mi prima Susana.

Si cambias de opinión, quiero que sepas que aquí siempre tendrás un rinconcito.

Lo sé, Jaime, gracias.

Recogemos los cuadros, y los cargamos en la furgoneta. Susana me espera paciente al volante y volvemos a subir por la maleta. Sandra está sentada en el sofá del comedor y se levanta al verme entrar.

Sandra, necesito llevarme también ese cuadro ―le digo señalando el torbellino marino, que reposa en la pared del comedor.

Perdóname, Elisa ―me dice mientras se acerca y me coge una mano―. Por favor, ―me suplica― no te lleves también el regalo, que me hiciste.

Su mano frágil aprieta la mía, contagiándome sentimientos del ayer, que caen en un pozo sin fondo. Me deshago de su mano, ayudándome con la otra.

Siento desnudar tus paredes, Sandra ―le digo firme―. Vuélvalas a decorar, pero no las tapes de engaños.

Jaime me mira confundido, Sandra reprime un sollozo y se vuelve a sentar marchita.

Y salgo por la puerta. Mi prima con mi maleta, y yo con el cuadro entre los brazos.

¿Qué ha querido decir? ―Oigo que murmura Jaime a lo lejos.

Sus palabras me llegan y sé que he sembrado la confusión en su mente. No era mi intención, pero ahora eso es lo de menos. Ya no hay marcha atrás, cierro la puerta a un adiós definitivo quejumbroso, de lamentos en los que Sandra ya no tiene la última palabra.

Continuará…

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Quiero impedir que mi prima Susana me dedique más tiempo del que le estoy quitando. Ella tiene que seguir con sus planes, y yo evitar cambiárselos. Este fin de semana, el último del año,  lo pasaré sola, en su casa, ordenando mis ideas o lo que queda de ellas. Mi vida ha girado tanto en estos últimos meses. Estirada en el sofá, voy analizando los vuelcos del destino, que han recaído sobre mí, y que me han acabado desorientando completamente.

Ghato lame su tazón de leche sin reparar apenas en mis lágrimas que se deslizan por mi cara. Está concentrado en su alimento y, cuando acaba, se me aproxima ronroneando. Le acaricio el lomo mientras envidio su vida gatuna, colmada de atenciones porque me desvivo por él, o eso es lo que creo en ese momento. ¡Qué fácil es su vida, qué incierta es la mía! Pero a pesar de todo, tengo que seguir hacia adelante.

La soledad de esa noche fría  de sábado me hace bien, porque necesito tiempo para mí misma, para pensar y reflexionar sobre lo ocurrido en los últimos días. Necesito asimilarlo todo. Qué difícil es salir del bloqueo emocional en el que me veo sumida. Agradezco que nadie me haya llamado, que las horas sin compañía avancen hacia un nuevo mañana. No sé si estaré con alguien, o seguiré sola. Me doy cuenta por primera vez que siempre he necesitado a alguien a mi lado, que nunca he sabido tomar las riendas de mi vida por mí misma. En la adolescencia me dejé guiar por las malas influencias, o eso decían mis padres, y ahora, en la edad ya más que adulta, sigo por el mismo camino. ¿Por qué me ha dado siempre temor? ¿Por qué para aniquilar la soledad me refugié en Nacho y en el alcohol? Una combinación explosiva que me arrastró, y me estalló en la cara. ¿Por qué me refugié en Luis para suplantar el vacío de Nacho? ¿Es que no sé vivir sin una pareja? Esa certeza, que siento tan profunda, me angustia, porque dudo si sabré vivir sólo conmigo misma.

Mis pensamientos van y vienen acompasados de soledad, de no saber salir de ésta sin la ayuda de ninguna amiga, de un hombro en el que apoyarme. Susana está trabajando y miro el móvil de reojo, parado y estático, me apresuro a comprobar si tengo algún mensaje. Pero no, sólo la pantalla negra que me contagia pesimismo. «Borrón y cuenta nueva», me suplica mi vocecilla.

Pero me acuerdo de Sandra, de su voz que me guiaba, de sus palabras, que me sonaban buenas consejeras, de su mirada que creía sincera. Cuesta tanto borrarlas de mi mente, me niego a tachar los episodios que pasé con ella. A dibujar otra realidad, que no sea la que viví, mientras me hospedé en su casa. Siento que todo haya acabado de esa manera brusca y precipitada, mientras su vientre crece con las ansias de esculpir una nueva vida.

Siempre me había dicho, que si alguna vez era madre, yo sería la madrina de su primer hijo. Ahora sé que eso no va a ser posible, por culpa del magnetismo de Nacho. Mi ex, un imán enganchado al sexo de Sandra. Mi mente representa imágenes muy dolorosas para mí en las que están ellos dos juntos, amándose reiteradamente y, los hilos se atan, y veo las excusas que alguna vez me decían para reencontrarse en su pequeño mundo de placer. No quiero recrearme en ello, pero lo hago sin poder evitarlo. La sorpresa, que vi en su cara cuando le comuniqué que me había vuelto a acostar con Nacho, acude a mí. Ahora sé que no fue sorpresa. Fue dolor, por eso me insistió en que era un asesino para que me apartara de él, y le dejara el camino libre. ¿Se había enamorado Sandra de Nacho?

Los sentimientos no son controlables, y a ella le dolía disimularlos, pero lo hacía bien la muy jodida. Me hizo creer que su odio hacia Nacho era cierto, pero era tan sólo amor. El odio no es más que una deformación de ese sentimiento que nos hace latir las venas, y nos hace sentir vivos de nuevo. ¿Se sentía viva Sandra entre los brazos de Nacho, y se sentía morir cuando me veía a mí con él?

Qué complejo es descifrar sus sombras, ¿verdad, Ghato?

Y Ghato me mira atentamente, y le sonrío porque me doy cuenta que nunca lo sabré ciertamente. Son mis suposiciones, de mi vida que siento tan mía. Mis pasos avanzan firmes, a veces titubeantes, otras acelerados. E incluso, en ocasiones, se detienen durante unos momentos para seguir. Porque mi existencia consiste en aprender a andar, caerse y levantarse de nuevo. No tengo siete vidas como podría tener un gato. Sólo tengo una. Vive Elisa, y siente con todas sus letras. Voy a saborear en soledad, en este fin de semana que se avecina sombrío.

Por otra parte está Luis que creo que desprende más oscuridad que Nacho, y Sandra juntos. Ya no es su desfigurado pasado el que me alerta, sino la incertidumbre de su futuro. No quiero arrojarme a sus brazos por miedo a estar sola. Si me decido a seguir con él, quiero estar totalmente convencida de mi decisión. Toni pondría la mano en el fuego por nuestra historia, como me dijo ayer, y yo me estoy quemando de indecisión. Tiraría una moneda en el aire para que el azar decidiera por mí. En la cara está Nacho y Sandra; en la cruz está estampado Luis; y yo, soy el borde que rueda por la mesa y que al fin choca contra un obstáculo y, debido a la ley de la gravedad, muestra una cara o otra. ¿Con cuál quedarme de ambas? ¿Y si no me quedo con ninguna? La última decisión siempre será mía.

El domingo me sorprende con mi prima que me despierta en el sofá. Me he quedado dormida con la boca abierta y tengo la garganta reseca.

¿Qué hora es Susana? ―le pregunto confundida.

Las ocho de la mañana.

Pero… ¿esas son horas de llegar?

Ya te dije que llegaría tarde. En Nochevieja inauguramos. Por cierto, ya nos están llegando los primeros cuadros. ¿No tendrás algún cuadro sobre marinas abstractas?

Susana… Yo…

¿Sí o no?

Están en el piso de Sandra.

Si quieres, te acompaño a buscarlos.

Niego automáticamente con la cabeza.

Eli, ―continúa Susana― algún día tendrás que enfrentarte. Además, tengo la furgoneta del restaurante, podrás llevar todas tus cosas y trasladarte definitivamente a mi piso. No escondas la cabeza en la arena. Tienes que ser valiente.

Ya sé que esconder la cabeza no es de valientes, Susana. Pero no me queda otra opción.

Pero si tú no has hecho nada. Dejando todas tus cosas allí, sólo sirven para recordar a Sandra que todavía no te has ido de su vida. ¡Corta por lo sano!

Ya… Se lo merece, pero…. La echo de menos. ¿Es incomprensible, verdad? Cuando me he despertado ahora mismo pensaba que eras ella. Y al verte, me he vuelto a acordar de todo… y…

Eli… No llores. Ya no, ¿vale? Yo te acompaño, recogemos tus cosas, y volvemos. Pero primero desayunarás un chocolate con churros cómo manda la santa prima Susana.

Y Susana se va directa a la cocina sin darme tiempo a responder.

Susana, ―le grito desde donde estoy― ¿es que tú nunca duermes?

Entro en la cocina. Mi prima ya ha abierto una botella de leche y se da prisa en preparar el chocolate.

Ya dormiré después. Primero es lo primero.

Y Susana me sirve un chocolate sabroso con unos cuantos churros recién hechos y me dejo alimentar por ella. Su energía es desbordante a esas horas, en que yo voy lenta. Cuando me acabo el desayuno, Susana sólo me dice:

¿Preparada?

Asiento lentamente con la cabeza mientras me muerdo el labio inferior. Cojo mi móvil y marco el número de Sandra. Mi respiración se agita al oír su voz y se me anuda el corazón.

Continuará…

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