Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Otoño, narrando autobiografía del más allá.

POEMA 16: “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

Insignificante tu mirada,
con esas palabras recuerdo cómo eras:
Un muchacho me tendió una mano
en mi existencia caótica.
Me trajo volando a un blanco lugar,
inmaculado, aséptico.
Y yo desinfectándome
entre lisas sábanas de hospital.

Sí, un accidente fue toparme
con tus ojos muertos, sin vida.
Hacia donde huyeron los versos
que describían su alegría.

Inconsciencia en la ventana rápida,
quizás recuerde lo que viví;
Contigo me impregnaba la sencillez,
facilidad del día a día,
Qué luz más saludable
me saludaba al levantarme de la cama,
Qué luz me ciega ahora
envolviéndome toda de incertidumbre.
Sin ti no quiero luchar,
me rindo a lo oscuro, a la honda pesadumbre,
al contraste de tus ojos con los míos.
La frialdad engulle mis sentidos.

Ciudad dormida,
eleva a mito el amor que viví en ti,
elévalo sin pausa,
que suba por tus aires celestes.

No obstante, no hallo respuesta.
¡Ay, lenta agonía del no saber,
que mueres con cada movimiento,
al caminar temprana por esa vida que se escapa,
a través de tu insignificante mirada!

Esteban Marín conoció demasiado pronto la hostilidad. Tuvo que abandonar el rancho donde había nacido para irse a vivir a un orfanato.

El único buen recuerdo de aquella época era el haber conocido a aquella niña de ojos claros e inquisitivos, que le descubrió todo un mundo. Esa niña, de nombre Irina, le habló por primera vez de Panluca. Un lugar exótico que contrastaba con la mugrienta realidad. Esteban lo idealizó con facilidad. Allí las amapolas eran blancas y las colinas protegían aguas cristalinas. No era fácil acceder, pero si lograbas hacerlo y te bañabas en aquel lago escondido, respirarías paz y olvidarías todo lo malo. Cuando les separaron y, cada uno se fue a vivir con una familia de acogida, prometieron reencontrarse. Esteban duró poco en aquel nuevo hogar y fue cambiando de familia. Sus incontrolables ataques de ira hicieron que así fuera.

Al cabo de varios años, en que la disciplina que le aplicaron fue curtiendo su carácter, Esteban encontró trabajo como vigilante de almacén. Odiaba su larga jornada y el aburrimiento le llenaba todo el día. En su interior, mantenía viva una ilusión que era lo que le hacía resistir. Su mente aspiraba viajar. Por eso, estaba ahorrando para marcharse de allí y comprar un pasaje que le aproximara a Panluca.

Cuando reunió el dinero suficiente, se le quedó una cara de completo imbécil, que tardó en recomponer, porque descubrió que no existía tal lugar en el mundo.  La chica del mostrador intentó animarle y le sugirió otros destinos. Esteban se fijó en las turistas que embarcaban en aquel momento y decidió seguirlas. Aquí empezó su obsesión con conocer personas extranjeras. Solo quería apartarse del país donde había nacido.

Viajó por muchos lugares y aprendió de ellos. De tanto viajar, ya no distinguía en qué continente estaba. Por la noche y en sueños, Irina le decía que no dejara de buscarla. Si cuando despertaba miraba las nubes, podía pensar que la niña, ahora ya mujer, se encontraba debajo del mismo cielo.

Un día en la plaza de un pueblo le pareció ver su sonrisa. Esteban se acercó a ella. Rápidamente la sonrisa desapareció. No era Irina, pero su parecido era abrumador. Aquella mujer se apartó de él mientras le decía:

—Lo que buscas nunca lo vas a encontrar.

Y quizá tenía razón. Esteban buscaba la felicidad de la infancia arrancada. Y no podía revivir el momento de calma que sentía cuando se reunía con sus padres en la misma mesa. Antes de que todo se acabara.

El niño Esteban había logrado escapar de las personas que mataron a toda su familia. A veces, se maldecía por eso mismo y entraba en el paraíso de la contradicción.

Tras varios años de búsqueda inalcanzable, acabó regresando a su país y abandonó su ilusión. El momento de hacer innumerables viajes había pasado. Pasó el tiempo y envejeció. Ahora dormía mucho y ya no soñaba.

Una tarde calmada por fin pudo conocer Panluca. El paisaje ahora ya era idóneo para recibirlo. Irina lo esperaba al otro lado del lago. Lo cruzó nadando para reencontrarse con ella. Llovieron pétalos de blancas amapolas al cruzar el umbral y alcanzar la otra orilla.

—¿Lo ves? Te decía la verdad.

Y Esteban cogió la mano de su amiga para emprender juntos otro viaje hacia la eternidad.

MI PARTICIPACIÓN EN EL CAFÉ LITERAUTAS (NOVIEMBRE 2019)

Otoño, narrando autobiografía del más allá

POEMA 15: “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

Me contagio del contorno de tus labios.
¡Qué alborozo más hermoso
conocerte a través de un beso!
Esos labios tuyos me envuelven dóciles,
atándome en un lazo, aparentes.
Me rindo al encanto de su sabor,
fugaz como la estrella, que cruza cielos.

Rebeldía fue un intento el olvidarte,
mas no alcancé esa gracia,
más presente que nunca, tu lugar en mí,
por el día, viene a atraparme con su red
corporal. ¡Ay, labios convincentes,
que convencen mi sed abrupta de beber!

Pero ¡qué lacónico tu suspiro!
Vida. No finjas.
A ti también te gusta ese beso que se escapa.
No te vayas por el oscuro firmamento, tímida.

Llueven pétalos de los árboles también en otoño,
Mi jardín, una hojarasca que enzarza e impacta,
contra unos labios ficticios que ya no existen.
Contra el cristal del recuerdo,
se empaña la ventana rápida;
pendes de un hilo, y yo conectada a ese gotero
y, respirando tu beso por un tubo, marchita.

Nubes de noviembre,
aires de membrillo y castaña,
recuerdos caídos de mi niñez.
El otoño de madera se tiñe
y una hoja añade notas en mi alma.

Nubes de noviembre encendidas,
preñadas de naranjas y granadas,
aliñad vuestro jugo sobre mí;
recoged después la leña reseca
de mi añeja y tocada guitarra.

El cielo se acorta y decae
en una luz añil de mimbre.
Mi poema se cubre de lluvia,
pero ya no tiemblo, acompañadme,
grises nubes de noviembre.

Año a año, al alba de este incierto mes
florece vuestra fruta, vuestra memoria.
Ya no temo a la oscuridad ni al lamento,
atañen y alivian el caminar libre de mi alma
bellas y añoradas nubes de noviembre.

Em xafes la guitarra
i jo em despullo del temps.
També em despullo de les idees
inútils, les que no ens fan avançar,
les que ens han posat de cap cap al mur.

Busco unes paraules que compartir,
Amb tu i amb ella.
Ambdues.
Juntes.
Cos a cos.
Ens queda una conversa pendent.
T’atreviràs a parlar sense fal·làcies?
Tal com cal.
No emmascaris les ombres terrorífiques.
Despulla’t també dels fulls i mira’m als ulls.
Us canto un somriure de diàleg, sense presses.
A través de la paraula podem traçar una paràbola
per arribar al mateix punt
O podem creuar un pont
per caminar plegats.
Com els valents,
ni en perpendicular ni en paral·lel,
sinó agafats de la mà.

Pot ser no ens segueixi ningú.
Pot ser no ens escolti ningú.
Pot ser sigui un risc per tots.
Però si no parlem, no ho sabrem.

Aquest matí la Margarida no ha pogut anar a treballar. S’ha quedat durant més de tres hores atrapada a l’autopista. Alguns dels altres cotxes que hi havia intentaven fugir d’allí. Feien marxa enrere i sortien pel carril d’incorporació. Ella no s’ha atrevit. Pensa que té mala sort. L’interessava quedar amb aquell client i acabar d’enllestir la comanda. Sap que el temps no espera. I té por que el client es faci enrere, trobi alguna cosa millor i perdre l’oportunitat del seu esforç.

Quan aconsegueix arribar a casa seva, encén la televisió i no comprèn el què veu. Sembla ser que aquest moviment, que s’anomenava pacifista, s’ha acabat radicalitzant en alguns llocs. El que ella temia des de fa anys ha acabat passant. Era una espurna molt perillosa que ha acabat esclatant. I ara no sap què fer ni com comportar-se. Ningú li ho ha ensenyat, però vol ser fidel al què pensa i apostar per la convivència.

Ara només li queda la incertesa de què passarà. Si podrà anar a l’hospital a substituir a sa germana aquesta tarda o si les carreteres continuaran tallades. La malaltia de sa mare tampoc espera. Pot ser sigui l’última setmana que la vegi en vida.

A l’endemà desperta cansada. Per la nit hi ha hagut aldarulls que no l’han deixat dormir. Vol amagar-li la situació a la seva filla, que viu a l’estranger. Però, quan escolta la seva veu, se li trava la llengua i un sanglot li puja per la gola.

—Estàs bé, mare?

I la Margarida només té tristesa que li regalima galtes avall. La tensa situació que estan vivint pensa que ningú se la mereix. Aquest divuit d’octubre tampoc ha pogut anar a treballar. Veu a un grup reduït de joves, massa joves, que li impedeixen passar. Han cremat unes quantes rodes i el fum li fa plorar la ràbia acumulada dintre del cotxe. Té ganes d’escridassar-los: «La vostra llibertat acaba on comença la meva!». Però es conté. No voldria posar més llenya al foc amb un crit.  O pot ser és perquè la mirada d’alguns la intimida. Manté com pot la calma. Sigui el sigui el que li ha fet reprimir-se, espera que les flames s’extingeixin i que la circulació es torni a obrir.

Avui serà un altre dia que s’acabarà, allunyat de la convivència i amb una crisi accentuada de valors. Aquesta tarda té ganes de trobar en els braços de sa mare la protecció, la comprensió i el respecte perduts. Vol que aquesta abraçada sigui més que un bàlsam. I es rebel·la a enterrar aquests valors.