Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

El ambiente de la casa de Toni está cargado de fiesta. La música inunda el comedor. El CD de «El Despertar» suena fuerte y creo que las letras de sus canciones servirán para marcar un inicio en nuestras vidas. Siempre hay un principio después de un final.

Noche vieja, qué diferente a las últimas que había pasado, en donde el alcohol era el protagonista de mi vida. Pienso en Sandra y Nacho. Una Noche vieja como ésta fue su comienzo. Sumida en repetidos tragos ni me enteré de ello. Mi alma embriagada de aquel día buscaba el calor y la protección ficticia, que me proporcionaba una copa. Bebí tanto que alcancé la inconsciencia, y me desperté en una cama de hospital con un gotero pendido de mi mano. Jaime, que aquella noche también se lanzó a beber sin parar, había acabado igual que yo. Fue Sandra, que casi no probó el alcohol, quién llamó a urgencias.

¡Menuda fiesta, qué mal acabó! Y aquel día supuso un final y un principio que aceleró una ruptura. Un punto final en mi vida aunque no lo supe apreciar.

Cuántos puntos finales, negros y abruptos, han roto mi existencia. Pero de los errores siempre se aprende, no se puede volver atrás y el camino sigue hacia adelante, como dice la canción que suena. Me lleno de sus notas optimistas y mis pies se mueven al ritmo de la melodía.

Luis toma mi mano y me saca a bailar, y en ese instante, el ritmo cambia y se vuelve más lento. Me agarro a él y deslizo mis manos por su cuello. El resto está en la cocina. Acaban de preparar la cena y me siento con obligación de ir a ayudarles, pero en ese instante, mis labios anhelan el imán de los labios de Luis sobre mí. Le beso como hace un momento debajo del árbol, con un punto de avidez que me acelera la pasión que siento. Sé que esta noche será el inicio de una aventura soñadora, amorosa, sin lugar a dudas, en donde me cubriré de él, y en donde todo desaparecerá excepto los dos: únicos, unidos, inseparables.

Que corra el aire ―dice Rebe sonriendo, que acaba de entrar con una fuente repleta de comida en sus manos.

Y me separo de ese beso álgido, supremo, con ganas de repetir, aunque sé que no es el momento ni el lugar adecuado. No quiero que Rebe se sienta desplazada ya que es la única que no tiene pareja esta noche.

No, si por mi podéis seguir ―dice Rebe y nos anima de nuevo mientras se da la vuelta para volver a dirigirse a la cocina.

Pero sé que ha llegado el momento de ayudar con la comida. No tengo hambre, porque ya he picoteado bastante en el restaurante de mi prima, pero los demás y sobre todo María, no pueden esperar. Ya es tarde y entro en la cocina para acabar de sacar los platos.

Venga, nos van a dar las uvas ―dice María ansiosa.

Nunca mejor dicho ―le contesta Toni.

Nos sentamos en la mesa, repleta para la ocasión y empezamos a comer.

Elisa ya ha vendido el cuadro ―les informa Luis.

¿Ah, sí? ―se interesa Toni.

Sí, ha sido el primero en venderse. Una mujer adornada con muchos quilates se ha encaprichado de él.

No sabes si ha sido ella quién lo ha comprado ―le digo mordisqueando una tostada de salmón.

Ya te digo que sí. Seguro que ha sido ella. ¡Cómo lo miraba, madre mía! Tendríais que haberla visto.

En el fondo, también pienso que ha sido esa mujer. Sus ojos expresaban el fulgor de quién descubre una obra de arte por primera vez. El torbellino de mis emociones ha traspasado fronteras, esa mujer ha captado su fuerza y, ensimismada, ha decidido comprarlo pagando por él una suma de dinero, que me va a venir muy bien.

Pregúntaselo a tu prima, ya verás cómo sí ―continúa Luis―. Te vas a hacer famosa.

Me imagino el cuadro en un salón fino, presidiendo fiestas con un toque de glamour, admirado por sus invitados vestidos de etiqueta.

Luis, deja de soñar ya ―le contesto.

Tienes talento, Elisa. No niegues lo evidente. He visto tus cuadros y vales mucho. Yo sería incapaz de crear algo a partir de la nada.

Y yo sería incapaz de hacer lo que tú haces con los ordenadores ―le digo.

Cada uno sirve para una cosa ―comenta Toni.

Y todos nos complementamos ―termina María.

La cena transcurre entre sonrisas y varias conversaciones en donde me siento parte de ese ambiente feliz, amistoso, cómplice y tranquilo. A las doce menos diez, tenemos ya las uvas preparadas y las botellas que nos ha regalado mi prima Susana en el congelador. La despedida del año empieza mientras voy tragando las uvas una a una y sin atragantarme:

Una, por la voluntad.

Dos, por la resistencia.

Tres, por la libertad

Cuatro, por la autoestima.

Cinco, por la inspiración.

Seis, por la constancia.

Siete, por la salud.

Ocho, por el trabajo.

Nueve, por la amistad.

Diez, por el amor sincero.

Once, por la confianza.

Doce por el inicio de mis sueños.

¡Feliz año!

Toni descorcha la primera botella y nos sirve las copas. Brindamos por todos nosotros con el líquido dulce y frutado de color rosado. María se moja los labios primeramente y, al probarlo, traga largamente.

Es fantástico ―dice cuando ya apurado toda la copa.

Buenísimo ―opina Rebe―. Lo mejor que he probado.

¿Repetimos? ―pregunta Toni descorchando la segunda botella y nos sirve de nuevo.

Pero ésta la saboreamos ―dice Luis―. Nada de beber rápido, beberemos con moderación.

Toni se aclara la voz y anuncia su inicio con estas palabras:

Y ahora viene el momento tan esperado por todos vosotros. ―Sonríe mientras le guiña un ojo a María―. La noticia, que os anuncié de la que seréis los primeros en enteraros. Bueno, chicos, uno ya se hace mayor y tiene que sentar la cabeza de nuevo.

María sonríe nerviosa.

Al grano, al grano ―le anima Luis.

Como os decía, ya viene siendo hora de tener una alegría. Pronto tendremos una fiesta en donde estaréis todos invitados. María y yo…. Nos casamos.

Nuestra cara es de completa alucinación. Abrazamos a Toni y a María mientras les felicitamos largamente.

María, ya puedes ponerte el anillo que te regalé ―le indica Toni―. Ya no hay secretos entre todos nosotros.

María se dirige a la habitación y vuelve con un anillo en su dedo anular.

¡Qué bonito! ―exclama Rebe.

Toni, ¡qué buen gusto has tenido! ―Le digo.

¿Lo dudabais? ―sonríe Toni.

María acerca su dedo y puedo apreciar un anillo fino, decorado con algunos brillantes.

Es precioso, María.

María ríe con ilusión, el inicio de su nueva vida le hace que se le escape una sonora carcajada.

Pero eso no es todo ―dice Toni―. María, ponte los pendientes a juego.

María vuelve a la habitación y sale con unos pendientes alargados con brillantes en las puntas.

―¡Qué detallista! ―Comenta Luis.

¿Qué pasa? ¿Qué no puedo serlo? ―dice Toni con expresión un tanto enfadada, aunque enseguida vuelve a sonreír.

Qué callado te lo tenías ―le dice Rebe, dándole un cariñoso codazo a Toni.

¿Y para cuándo es la boda? ―quiere saber Luis.

A finales de abril, el 27.

¡Qué rápido!

No queremos esperar más. Ya hemos esperado lo suficiente, ¿no creéis? —dice Toni impaciente.

María alza su copa. Sus brillantes resaltan en esa noche mágica para ella.

Brindad conmigo ―dice contenta.

Chocamos las copas, el sonido del dring dring me sacude las penas. María vuelve a poner el CD de «El despertar». Sus pies se mueven con ritmo al son de la música, que nos traslada a un paisaje onírico. Bailamos los cinco en esa noche joven, que acaba de empezar para que el inicio de nuestros sueños, tan ansiados desde el principio, se cumpla.

Continuará…

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Llegamos al restaurante, que a esas horas está plagado de gente, hombres y mujeres que curiosean por el salón principal y que hablan entre sí. Tres camareros con una vestimenta impoluta están sirviendo los primeros canapés, que tienen muy buena pinta. Algunos se acercan a probarlos. Susana debe estar en la cocina, porque no la veo en un primer momento. Me siento algo desplazada y creo que Luis también. No conocemos a nadie y además no nos hemos vestido tan elegantes como las personas que merodean a nuestro alrededor.

No me dijiste que me tenía que vestir de etiqueta ―me susurra Luis al cabo de un momento dándome un codazo.

No lo sabía.

¿Nos vamos?

No, espera, todavía no he visto a mi prima.

Mis tejanos desentonan en todo ese ambiente.

Y mi falda desenfadada, también. ¿Tienes hambre? ―le pregunto acercándome a una bandeja plagada de exquisiteces.

Luis se encoje de hombros. Me acerco el primer canapé a la boca, y dejo que una explosión de sabores exóticos me inunde el paladar.

Prueba ―le invito―. Están buenísimos. Delicatessen.

Un camarero se nos acerca llevando una bandeja de copas. Una mujer rubia, con el rostro delicadamente maquillado, toma una y se la lleva a los labios para darle un pequeño sorbo. Otros la imitan al unísono. Yo me aparto, y arrastro a Luis a un rincón, para mirar el cuadro de una marina tranquila con pequeñas barcas de recreo.

¿Te gusta? ―le pregunto a Luis.

Más me gusta el tuyo, Elisa. Mira, esos señores de allí lo están comentando.

Me giro y aprecio cómo se ha formado un grupo, que observa mi torbellino marino.

Es el que más destaca ―murmura Luis―. Mira a esa señora, creo que se ha encaprichado de él.

Una señora de mediana edad, con un vestido sugerente en palabra de honor, y que lleva una gargantilla brillante adornando su prominente escote, no se separa del cuadro desde hace rato.

¿Crees que lo comprará? ―Le pregunto a Luis.

Si no lo hace, creo que se arrepentirá.

Otro camarero se nos aproxima con unos vasos de chupitos. Creo que se ha dado cuenta de mi mirada de interrogación.

Gazpacho de sandía ―se apresura a decir.

Como no veo ningún problema en ello, tomo un vasito de la bandeja y me lo bebo. Está delicioso y animo a Luis a que lo pruebe.

No me digas que será lo único que podamos beber ―me vuelve a susurrar Luis, en donde se aprecia un poco de decepción en sus palabras.

A mí no me importa. Está muy bueno.

En eso aparece Susana. Mi prima está radiante, y sonríe al verme. Se acerca a nosotros y nos invita a enseñarnos la cocina. La seguimos por un amplio pasillo y entramos a su lugar de trabajo.

¿Os gusta? ―nos pregunta animada―. Bienvenidos a mi lugar de trabajo.

Una cocina moderna y acogedora me impresiona y así se lo hago saber:

Susana, es fascinante. Me encanta.

Aquí pasaré largas horas del día. Y ahora lo prometido es deuda…

Susana se acerca a la nevera y saca una bebida misteriosa. Nos sirve dos copas:

Brindad por mí. Es un cóctel que os he preparado con mucho cariño. Pero no se lo digáis a nadie. ―Un dedo cruza sus labios―. Es un secreto.

Me animo a probar el cóctel de Susana, no sin antes chocar mi copa con la de Luis y con la de mi prima mientras les digo:

Por el inicio de nuestros sueños.

Le doy un pequeño sorbo. La bebida espumosa me moja los labios. Sabe a algo dulce, aunque no estoy segura de los ingredientes que lleva. Es una combinación de frutas y de algo más que me encanta.

Es genial, Susana, ¿qué lleva? ―quiero saber.

Ya os he dicho que es un secreto. Lo único que os puedo asegurar es que no lleva nada de alcohol.

¿Lo vas a patentar? —Pregunta Luis.

Nunca se sabe. ―Sonríe Susana―. He preparado más.

Susana saca dos botellas de la nevera y me las tiende mientras me dice:

Llévalas a casa de Toni. Esta noche, brindad por mí y por el inicio de vuestros sueños.

Gracias, Susana.

Y le doy un beso en su mejilla sonrosada.

Salimos de la cocina, y pasamos por el salón principal mientras nos despedimos de mi prima. Mis ojos aprecian como una nota de «Vendido» figura sobre mi torbellino marino. Será la última vez que lo vea y, en el fondo, siento algo de pena por desprenderme de él, aunque sé que es lo mejor para seguir con mi camino.

Lejos de Nacho, lejos de Sandra, lejos del alcohol, lejos de la oscuridad del ayer. La mano de Luis aprieta la mía en el presente y el tacto de su calidez me acelera el pulso intentando borrar mi pasado. Me aferro a ella en esa última tarde fría del año que ya está cayendo del todo, y andando por las distintas calles nos dirigimos a la casa de Toni donde me espera una Noche vieja de amistad. Una fiesta animada en compañía de las personas con las que quiero estar. Y pienso que mañana será el principio de algo nuevo con nuevos propósitos para todos.

Antes de entrar en la casa de Toni, me paro un momento debajo de los árboles desnudos de delante de su casa.

Bésame —le pido a Luis.

¿Ahora?

Siempre.

Y debajo de un fuerte árbol, sus labios me exploran y me hacen arder mientras el tiempo se detiene esperando el brote de emociones, que resurgen a través del beso con un punto de magia. Una bocanada de mariposas me recorre el estómago. Suspiro embelesada al separarme de Luis y le digo:

Nunca te separes de ese beso.

Él me mira extasiado. Coge mis manos. Y juntos cruzamos la calle y llamamos al timbre de la casa de Toni.

Continuará…

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Los labios perfilados de un rosa chicle de Noemí se mueven lentamente. No me cuesta intuir que le está pidiendo perdón a Luis por los gestos que desprende, y por las palabras entrecortadas, que salen de su boca.

Yo no…. quería…. Luis… Yo no… sabía…

―…

Luis repara en su mirada trágica, pero no dice nada.

He dejado el trabajo.

¿Los has dejado tú sola o te han echado? ―le dispara ahora un Luis enfurecido.

Mientras habla, Noemí agacha la mirada, y un mechón largo de su cabello se interpone entre sus labios, que ella no aparta. Ese mechón inocente sirve de interferencia para interrumpir mi habilidad de leer sus labios, y me fijo en los de Luis, carnosos y encendidos.

El daño ya está hecho ―me parece leer.

Y Noemí, se aparta el mechón con su mano tan pálida que parece de porcelana. Mis esperanzas de continuar indagando en sus palabras se apagan, porque deja esta misma mano inmóvil cubriéndose sus ojos azul claro y parte de sus labios. Sara, que se ha apartado un poco de ellos, repara ahora en mí y veo cómo se me va acercando con su melena brillante. Me siento una estúpida, porque sé que me ha visto espiarlos y, sin querer, aprieto la bolsa con las uvas, que se machacan por la fuerza de mis dedos.

Elisa, ¿cómo estás? ―me pregunta Sara más que nada por cortesía.

Bien, aquí, comprando las uvas para esta noche ―digo alzando la bolsa.

Las miro y reparo que de algunas de ellas se escapa líquido.

Pero qué torpe soy ―me excuso―. Se han estropeado. Voy a cambiarlas.

Y dicho esto, vuelco mis pasos hacia el estante de las uvas, que está unos cuantos pasillos atrás, mientras siento un aguijón impertinente agujereando mi pecho. No, no quiero sentir ya dolor. Pero el taladro preciso de mis emociones me pincha el orgullo. He dejado a Luis y Noemí hablando a escasos milímetros de su boca, tal vez reconciliándose como nosotros ayer. Me quedo mirando la esfera de mi reloj con las manecillas girando, con mis esperanzas detenidas. Mis pensamientos me arañan profundamente: Luis tarda, Luis se marchará con ella, Luis no volverá. Y yo esperando como una tonta con los nuevos racimos entre mis dedos, doce deseos que quería brindar con él esta noche. Ya no será posible, la sombra de los celos tiñe de oscuridad mi anhelo. Y al fin, decido irme. Pago la bolsa de uvas machacada, y la otra intacta. Y me voy de allí.

Pocos pasos me alejan de la tienda, cuando oigo la voz de Luis que me llama firme:

¡Elisa! ¡Elisa, espera!

Me doy la vuelta lentamente. Me encuentro con su mirada temblorosa que se agita al encontrarse con la mía.

¿Te ibas sin mí? ―me pregunta.

Sí, quizás sea lo mejor.

¿Para quién? ¿Para ti? Para mí seguro que no, Elisa.

No puedo con esto, Luis.

¿Nos has visto, no?

Sí, y he creído que volverías con ella.

Ha sido Sara, que se ha entestado en que hablemos. Pero yo ya no tenía nada que decirle.

¿Has aceptado sus disculpas?

¿A qué viene eso ahora?

¿Sí o no?

Sí… pero…

Me giro, y me voy. Pero su mano me agarra del brazo, y hace que me pare.

Elisa, escúchame. Olvídalo. Deja atrás mi pasado y el tuyo ―me ruega―. Miremos juntos hacia el futuro.

El futuro de arenas movedizas, que es tan incierto, que hace que me apoye en él para no caerme en el asfalto.

Te quiero, Elisa.

Y me besa delicadamente los labios.

Yo no me aparto, entrecierro los ojos y dejo que sus labios recorran mi alma hasta descorchar el aguijón. Siento alivio al lograr deshacerme de él, aunque sé que ahora la herida estará abierta durante cierto tiempo.

Vayámonos a la casa de Toni, ―le digo sonrojada―. Creo que estamos dando el espectáculo en mitad de la calle.

Me coge de la mano y juntos continuamos el camino. Vuelvo unos instantes la mirada atrás, unos ojos aniñados de color celeste bañados por densas lágrimas, me observan fijamente desde la acera de enfrente. Sara rodea la espalda de Noemí y ella se vuelca en ese abrazo sincero. «No estás sola, muñequita de papel», pienso. «Tú tienes una amistad verdadera; yo un amor al que es difícil ponerle nombre sin caer en sus redes».

Toni nos espera sonriente. María está preparando canapés en el mármol de la cocina. Rebe, remueve una cazuela de marisco con esmero.

¡Rebe! ―La saludo porque hace tiempo que no la veo.

Rebe se gira y me planta dos besos en mis mejillas. Se la ve contenta y pienso que es porque ha podido estar con sus hijos en Navidad.

¿Cuántos seremos? ―oigo que pregunta Luis.

Cinco. Jesús y su mujer al final no van a venir. Van a ir con el grupo de amigos de Sara.

Echaremos de menos sus chistes ―dice María.

Sí, y se van a perder la noticia.

¿Qué noticia? ―quiere saber Luis.

Pronto la sabréis ―responde Toni mirando a María―. Pero todo a su debido tiempo.

María ríe nerviosamente y continúa con los canapés. Me ofrezco a ayudarla para terminar antes.

Nos iremos un momentito a la inauguración del restaurante de mi prima. Es a la siete, pero prometemos estar para la hora de la cena.

Más os vale ―dice Rebe.

¿Queréis venir? ―les pregunto.

Mejor otro día ―responde Toni.

Elisa ha expuesto un cuadro de los suyos ―oigo que dice Luis orgulloso.

¿Ah, sí? ―se interesan todos.

Un fino rubor cubre mis mejillas, que se encienden y para deshacerme de él, me dirijo a Luis:

Venga, vayámonos, Luis, no quiero llegar tarde a la inauguración. Susana nos estará esperando.

Continuará…

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Los primeros rayos de sol se filtran a través de la fría ventana. Un tímido halo de luz se deposita en mis párpados empujándome a abrirlos. Parpadeo un par de veces y estiro mis extremidades desperezándome. Luis está a mi lado, todavía durmiendo. Sigilosamente me levanto y voy hacia la puerta principal. Cojo mi bolso, mi abrigo y su llavero. Y la cierro tras de mí. Bajo las escaleras y salgo a la calle. El frío me hace andar deprisa, no quiero que se despierte y note mi vacío. Volveré.

Al final de la calle, en la esquina, me espera una panadería madrugadora. Entro sin saber si es la que frecuenta. Pero al mirar el mostrador, mientras espero que me atiendan, reconozco las magdalenas exquisitas. Sí, no me he equivocado, sonrío a la dependiente cuando me toca el turno y le pido:

Cuatro magdalenas de chocolate.

Me las envuelve con un papel fino con el logotipo de la panadería, pago y vuelvo a su casa. Él todavía duerme con expresión relajada. Me gusta mirarlo y contemplo su cara durante unos minutos, que me pasan veloces. Creo que se siente observado y abre sus ojos. Sus pupilas se dilatan al verme y me lanza una media sonrisa.

Buenos días.

Ahora sí lo son ―me contesta contento.

No terminamos de ver la película. Menudo sueño nos entró ―le digo sonriendo y besando sus párpados.

¿Para qué verla si te tenía aquí conmigo? ¿Qué haces con el abrigo puesto, Elisa? ¿Te vas? ―Me pregunta tembloroso, incorporándose al reparar en mi vestimenta.

No, Luis. He salido a comprar el desayuno.

Suspira relajado, entornando los párpados.

Pues sí que has hecho faena.

¿Quieres café?

Y me voy hacia la cocina sin esperar que me conteste.

Preparo dos cafés con un par de cápsulas y vuelvo al comedor. Abro el envoltorio de la panadería encima de la mesa.

Caray, mis favoritas ―dice al ver las magdalenas.

Sabía que te gustarían. Desde que me las descubriste, suspiro por ellas ―le digo mordisqueando una, y dejando que la crema, que lleva en su interior, me impregne el paladar.

Me imita y cierra los ojos concentrándose en su sabor, una explosión de chocolate con sus pepitas derritiéndose en su boca.

Voy a hacerte una foto ―le digo sonriendo y cogiendo mi móvil.

Enfoco su momento de placer y disparo la cámara del móvil.

Me la voy a poner en la pantalla principal. Tu cara al saborear las magdalenas es pura poesía.

Y la tuya también, Elisa ―dice aproximándome su móvil para tomarme también una foto.

Ya.

Me gusta cómo ha quedado ―dice observando la imagen―. Yo también me la pondré en la pantalla principal.

Después de desayunar, Luis llama a su abogado, pero de nuevo sus esperanzas chocan contra su buzón de voz.

Mientras tanto llamo a mi prima Susana para decirle que la ayudaremos a trasladar los cuadros hacia el restaurante. Mi prima está nerviosa cuando llegamos a su piso y mueve las manos continuamente. Subimos a la furgoneta y nos dirigimos a su nuevo lugar de trabajo. Nada más llegar y entrar al comedor principal, me invade una sensación tranquila y de buen gusto. El sitio es muy acogedor. Algunos cuadros ya reposan en la pared. Son marinas bien distintas y de diferentes estilos.

El torbellino marino, más intenso que nunca, me hace estremecer con sus olas enérgicas al colgarlo en el lugar dónde me indica Susana. Un ruido interior emerge de mí en donde me parece oír la voz de Sandra, pero me tengo que desprender de ella.

Susana se dirige a la cocina a ultimar los últimos detalles y nos deja solos.

El tuyo es el que me gusta más ―me susurra Luis al oído.

Lo pinté en un momento de profunda inspiración.

Cuando las ideas se unen, cuando descubres sus entresijos ocultos, cuando una voz resurge de ti y te dicta. Es algo maravilloso y mágico. Un momento único, de vida intensa, para quien lo experimenta, que me gustaría compartir con él algún día.

No dejes nunca de pintar, Elisa ―me anima―. Haces música con los pinceles. Si acerco el oído me parece oír rugir el mar. ¿No te da pena venderlo?

Niego levemente con la cabeza.

Ese cuadro forma parte del pasado ya ―le digo intentando aparentar fuerza―. Después de Reyes, cuando vuelva a la academia, seguiré pintando y continuaré plasmando mis impresiones en el lienzo.

Estoy deseando verlas.

Bueno, si mi inspiración resurge. Hace días que está muy parada.

Seguro que lo hace ―Y me guiña el ojo izquierdo.

Susana aparece y se queda comprobando los pequeños detalles de la decoración. Aprovecho para acercarme a ella y decirle que nos vamos.

Susana, nos vemos a la noche. Vendremos un rato.

Os prepararé un cóctel especial para que brindéis ―me dice risueña al oído.

Sé lo que eso significa. Mis temores de probar algo de alcohol se esfuman. Tener a Susana esta noche de respaldo nos va a venir bien. Me acerco a Luis, que no ha escuchado lo que ha dicho mi prima, y le pregunto:

Luis, ¿me rechazarás un brindis en la inauguración?

Me mira profundamente, con sus ojos directos que atraviesan una parte de mi alma. Tarda en responder, recordando nuestra conversación en el móvil.

Depende ―dice al fin.

¿Sólo depende?

Elisa, creo que no es una buena idea ir. ―Sus ojos se oscurecen unos tonos―. Estará repleto de alcohol, ¿no lo comprendes? ¿Por qué no vamos directos a la casa de Toni? Allí estaremos más seguros.

La seguridad depende de nosotros, Luis. No le podemos hacer un feo a mi prima. Vamos un rato y luego seguimos en casa de Toni.

Luis duda unos momentos, pero al final acaba aceptando.

Como quieras.

Y baja su mirada que se pierde entre las baldosas grises del restaurante.

Luis,―le digo mientras le cojo la barbilla con una mano para que me mire― vamos a despedir el año con buen pie. No te vengas para abajo.

Sus ojos me rehuyen de nuevo y su rostro se ha quedado muy pensativo. Lejos de preguntarle qué le pasa, porque lo intuyo, le rodeo la espalda y salimos a la calle en donde el sol brilla pálido.

Llama a Toni y pregúntale qué hace falta que compremos.

Después de hablar con Toni, me dice:

Las uvas. Solo tenemos que comprar las uvas. Del resto se encarga María.

Andando por la calle, vemos una frutería bastante grande y nos disponemos a entrar. Las uvas cubren varios estantes. Cojo varios racimos y los voy metiendo dentro de una bolsa.

¿Con esas tendremos bastante? ―le digo a Luis girándome.

Pero Luis no está. Lo intento localizar con la mirada. Miro en la cola, por si se ha puesto a esperar el turno, pero no. Ando por los diferentes pasillos y al final del último, veo una cabellera negra y rizada. Luis está a su lado hablando. No me queda duda de que es Sara. Su pelo robusto lo reconocería en cualquier lugar.

Reparo en la chica con la mirada triste, que en esos momentos se aproxima a Luis. Una muñequita de papel, de apariencia frágil, con el pelo rubio y bastante ondulado. Desde donde estoy, no los puedo oír, agudizo mi visión e intento leer sus labios.

Continuará…

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A oscuras entramos en el portal que es bastante diminuto. Aprieto la mano de Luis con fuerza para transmitirle coraje. Subimos las escaleras hasta el primer piso, nos detenemos unos segundos para darnos un breve un beso que me sabe a miel, y seguimos hasta el segundo. La puerta se resiste a abrirse cuando Luis pone la llave en la cerradura, pero al final cede. Luis se para unos instantes sin atreverse a entrar y yo aprovecho para respirar hondamente. Creo que nos hemos precipitado en venir. Estoy segura de que una serie de imágenes le silban en su mente, que hacen que sus pies estén pegados al suelo, totalmente paralizados. No sé si debería ser yo misma la que me adelante y le empuje a entrar. Mi indecisión es la que me hace dudar mientras el tiempo va pasando. De repente, oímos abrirse la puerta contigua. Algún vecino, que sale a tirar la basura y es cuando Luis entra rápidamente. Me estira con su movimiento y cierra la puerta tras nosotros.

Enfrente de nosotros, un apartamento completamente silencioso nos espera. Desde el recibidor, puedo ver la puerta entreabierta del comedor, una franja inquebrantable que nos costará traspasar. Tras unos cuantas vacilaciones, aprietos y titubeos en su voz, Luis se decide a entrar y yo le sigo. La mesilla de cristal rota es el mueble que más desentona al estar arrinconado contra la pared. Enciendo las luces, que hacen que mi cuadro del amanecer, testigo del crimen, resurja del ocaso en donde está sumido Luis.

La vida continúa, ¿no? le digo para animarlo señalando el cuadro.

Sí, ha vuelto a amanecer desde que tú estás conmigo me responde con voz muy baja. Pero mira cómo está todo.

Me señala el desorden que inunda el comedor.

Si quieres, te ayudo a limpiar.

Sin esperar respuesta, me voy directa a la cocina a buscar una escoba con mi sexualidad totalmente apagada.

No, déjalo, Elisa.

Pero yo empiezo a barrer el suelo, todavía hay restos de cristales esparcidos por todas partes.

Elisa, ya lo haremos mañana.

No estarás a gusto hasta que todo esté en orden. Venga, vamos, entre los dos acabaremos antes.

No creo que vuelva a estar a gusto en mi vida, Elisa. Por mucho que limpie y ordene este lugar, siempre estará maldito por la huella del crimen.

Pero fue un accidente, Luis, no tienes nada que ocultar, ¿verdad?

Y sus manos esconden su cara unos breves momentos, antes de contestarme:

No, ¿por quién me tomas? No quería matarlo, solo me defendí pero… del empujón que le di con el paraguas, empezó a brotar sangre. No la pude parar. Me fue imposible pararla. Me manché hasta la camisa. Mi padre me acababa de decir que por qué no cobraba la pensión de viudedad, si era verdad que mi madre había fallecido. Fue la gota que colmó el vaso. Sus palabras tan mezquinas retumbaban en mi mente, y al final le empujé con violencia. Murió rodeado de un charco de su propia sangre y esto pesará siempre en mi conciencia.

Luis, vamos a limpiarlo y bajamos la mesilla al contenedor. Yo te ayudo.

Tú me hubieras ayudado, ¿verdad? ―Me imploran sus ojos.

Asiento entre lágrimas, porque ahora sé que lo hubiera hecho sin dudarlo. Esconder un cadáver tiene que ser muy peliagudo, pero lo hubiera hecho por él. Solo por él.

Pero no estaba, Luis, estaba en el pueblo, ―me excusó― mientras tú pasabas los peores momentos de tu vida.

Toni se quedó paralizado y no pudo hacerlo. Se vio incapaz. Entonces llegó la policía. Este vecino, con él que no me he querido cruzar, creo que fue quien dio la voz de alarma.

Claro, seguro que fue él ―miento.

Tú hubieses sido más rápida.

Sonrío entre lágrimas amargas, que me pesan.

¿Y entonces qué hubiéramos hecho?

No lo sé. ―Se encoge de hombros―. Intentar que no nos descubrieran, supongo ―me responde cabizbajo―.

¿Y podrías vivir tranquilo?

No, y más si tú estuvieras pringada hasta las cejas, como cómplice.

Le beso los párpados suavemente.

Mejor así, ¿no? ―dice al cabo de un largo silencio.

Todo saldrá bien, Luis, lo presiento.

Pero miento de nuevo, porque mi intuición me dice que no va a ser tarea fácil. Continúo con la escoba, barriendo las baldosas a conciencia. No quiero que quede nada de mugre. Y el palo de la escoba choca al pasar por debajo del mueble con una caja de cartón. Me agacho para recogerla. Es una caja amarilla y blanca de pastillas.

Luis, ¿eso es tuyo? ―le digo con la caja en mis manos.

No, no la había visto en mi vida. ¿Qué es?

Acenocumarol ―leo.

¿Y eso qué es?

No sé, espera que leo el prospecto.

Despliego las hojas de papel y empiezo a leer.

Luis, son anti coagulantes orales.

¿Y qué hacen aquí? ―me pregunta sorprendido.

¿Y si eran de tu padre?

Luis se queda boquiabierto. La sangre líquida fluyendo sin parar, la hemorragia que no paró. Sé lo que está pensando en esos momentos.

Mi padre tomaba…

En efecto, tu padre tomaba Sintrom, por eso no soportó el empujón. Se desangró.

Maldita su suerte, maldita la mía ―exclama.

Llama a tu abogado, Luis. Creo que debería saber esto.

Luis se va directo al teléfono, y marca los números de su abogado tembloroso. Pero nadie contesta y vuelve a mi lado.

No contesta ―me dice alarmado.

Claro, es domingo. Prueba mañana. Ahora vamos a recoger todo esto y nos quedamos a dormir aquí. Los dos solos, ¿vale?

Porque necesitamos superar lo insuperable. Nos ponemos manos a la obra ordenando el desorden del comedor hasta que queda todo como antes. Como debió ser en un principio, borrando las huellas y el paso del desafortunado incidente.

Gracias por confiar en mí, Elisa me susurra cuando acabamos.

Luis, no me des las gracias de una cosa que no pudiste evitar.

Sí que pude, si no lo hubiese empujado.

Te hubiera herido a ti con su cuchillo. Te defendiste, ¿no?

Sí, pero no me creerán.

Yo te creo, Luis. Confío en tu inocencia. Para mi es legítima defensa.

Sí, ¿pero para el juez qué será, Elisa?.

Confía en ti mismo, Luis. El pasado no se puede cambiar, yo no entiendo de leyes, pero no te defendiste de una manera desproporcionada. Actuaste con un simple paraguas, cuando él tenía el arma punzante.

Ya pero… Estoy acabado.

No digas eso, la vida continúa. Ahora vamos a cenar, y después me puedes sorprender con una peli de esas que tienes. Que sea muy romántica, de esas que endulzan de tan empalagosas. No tiene que ser un drama, que acabe bien y me haga sonreír.

Tu risa es lo que más me gusta oír.

Pues si la eliges bien, podrás escucharla.

Tiramos mano del congelador para preparar la cena, comida pre cocinada para salir del paso, pues la nevera está bastante vacía.

Pensaba que nunca te volvería a tener aquí ―me dice con su mirada, que me transmite que me está diciendo la verdad.

Pues ya ves, he venido y para quedarme al menos esta noche.

¿Sólo al menos? –me pregunta pícaro.

De momento, sí ―le digo bajando la mirada―. Voy a avisar a Susana.

Yo voy a hacer lo mismo con Toni.

Nos separamos un momento para hacer las respectivas llamadas, y cuando nuestros ojos se vuelven a encontrar, Luis me dice:

Toni me ha dicho que pensemos el plan que queremos para Noche vieja. ¿Qué te apetece?

A ti ―le respondo besándolo―. Tú eres el mejor plan.

No, ahora en serio. ¿Dónde quieres ir?

Me da una pereza horrible despegarme de ti, pero nos podríamos pasar por la inauguración del restaurante de mi prima. Nos invitarán a algo y luego podemos ir a casa de Toni a continuar la fiesta. ¿Qué te parece? Discotecas ni nada por el estilo, no, ¿vale?

Vale. Pues mañana se lo decimos a Toni, eso de auto invitarnos en su casa ya viene siendo costumbre.

¿Pones la peli?

Se agacha y enciende el DVD.

Y abrazados en el sofá empezamos a ver la primera escena. Un sueño incontrolable nos sorprende cuando no llevamos ni la mitad. Y así, acurrucados y tapados con una manta suave, nos dormimos los dos. El cansancio nos ha vencido.

Continuará…

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