Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Enero desemboca en un mes en el que no paro de hacer cosas al lado de Luis, de Susana y por mí misma. Estudio la teórica del carné de conducir para sacármela cuando antes, y realizando test con el ordenador de la autoescuela.

Me paso el mes pintando cuadros, animada por Susana. Quiere que vuelva a exponer en el restaurante, porque me dice que dejé con ganas de más a los clientes, que apreciaron el torbellino marino. Así lo hago. Pinto sin parar en los tiempos libres, aducida por una fuerza, que me impulsa a sacar lo mejor de mí misma. Incluso la señora Fernández se impresiona al ver mis cuadros que, por falta de espacio en el piso de Susana, acabo trasladando a la academia.

¿Eso lo has pintado tu sola? —Me pregunta alzando las cejas, gratamente impresionada.

Sí, claro. ¿Con quién más lo tendría que pintar?

La señora se encoje de hombros, pensativa y guarda silencio por unos instantes, sopesando sus palabras, escogiendo las adecuadas.

Elisa, en tus cuadros reflejas partes de tu alma…

¿De eso se trata, no?

Sí, pero, es como si reformaras todo lo aprendido. Lo vuelves del revés con cuatro pinceladas, renuevas el espíritu de quién lo mira. O admira, mejor dicho. Sigue así, Elisa, ¿no te has planteado nunca exponer en una galería?

Me sonrojo y nerviosa le respondo casi sin pensar lo que estoy haciendo en el restaurante de mi prima Susana.

Pero eso es una exposición a ciegas. Los clientes compran sin saber de quién es la obra. Elisa, tú te mereces algo más. Una exposición con tu firma.

Mi firma, mi imprenta, mi mancha, mi sueño. Asiento dudando hacia dónde me llevará esa conversación.

Elisa, me han llegado voces de tus alumnos y de sus padres. Están muy contentos de cómo les enseñas. Tus alumnos tienes suerte de tenerte como profesora. ¿Estás contenta de estar aquí?

Sí, claro —le respondo sin dudarlo completamente sonrojada.

Pero mereces algo más. Voy a recomendarte a mis contactos. No lo suelo hacer, pero me ha impresionado tu arte. Posiblemente recibas una llamada en pocos días. No desaproveches esa oportunidad, si te parece bien salir del anonimato. La decisión es tuya.

La cabeza me da vueltas y siento un poco de mareo. Es una emoción grande, que me recorre. Nunca pensé que mis pinturas llegaran más allá de mí misma.

Tus pinturas muestran esa diferencia que se busca en cada autor. La imprenta personal del autor. ¿Por qué pintas, Elisa?

No le contesto, guardo silencio. El quid de la cuestión, quedaría mal decirle que lo hago porque sí, porque me va la vida en ello, porque es una forma de expresarme, de sentir. Nunca busqué la fama, pintar es como volar en el paraíso de la sensación, el poder en tu mano que arrastra el pincel hacia una impresión.

Porque la pintura me ciega ―le contesto al final, expresando una frase que me arrepiento nada más vocalizar, por ser demasiado impulsiva.

Eso mismo, Elisa, rompiendo fronteras ―me sigue la conversación la señora Fernández―. Original hasta la médula. Eres joven, una pequeña promesa en el campo de la pintura. Te queda todavía un largo camino por recorrer, sigue, no te rindas nunca. Vuela, experimenta.

Los ojos de la señora Fernández se han vuelto cansados de golpe, como si ella con sus consejos, retrocediera a su niñez y juventud. Me intriga lo que intuyo y me atrevo a preguntarle.

¿Usted también pintó?

Sí, pero en el momento inapropiado —me dice lentamente como única contestación―. Fundé la academia para formar a jóvenes promesas. Nunca me arrepentí de ello. Sacrifiqué a mis musas por las de mis alumnos, más fuertes, con más voz. Y ahora me encuentro aquí, animando a una joven profesora a que labre su camino en esa incierta profesión.

Gracias.

No las merezco. Te lo digo de verdad.

Me marcho de allí con el corazón acelerado, embutido en un recipiente más pequeño, que me hace retumbar con cada latido. Mi mente vuela mientras me dirijo a la terapia. Martes. Nos vamos a reunir todos ese día para comentar lo pasado en las Navidades. 15 de enero, mitad de mes.

María está esperando en la puerta con Toni. Ni Luis ni Rebeca todavía han llegado. Jesús aparca el coche con pocos movimientos y pienso que pronto yo también llevaré el mío propio. La pintura de la fachada verde pastel se cae a trozos, cada día un poquito más y me propongo decirle a Ana, la psicóloga, arreglarla en primavera. Me ofreceré como voluntaria. Le podríamos dar un toque más personal, y en el muro pintar un mural entre todos. Sensaciones de lo más hondo, porque nos estamos rehabilitando día a día.

Al fondo, un hombre bastante alto se está acercando con pasos inseguros. Con la mirada fija en el suelo, observo sus pies demasiados estrechos. Me acelero en comprobar que Paquito nos está haciendo una tímida visita. Es un primer contacto, el de los valientes, los que reconocen y toman el toro por los cuernos. Le saludo con una sonrisa, que se va ensanchando cuando confirmo que me reconoce.

Hola Paquito ―le saludo.

Hola ―me responde con una voz diferente a la que me tiene acostumbrada.

Viene sobrio, tocando de pies en el suelo, con la ropa planchada y limpia. Sin exagerar, diría que impecable. Cómo cambian las personas con unos pocos atuendos, pero en el fondo siguen siendo las mismas.

Te has decidido a venir ―le digo.

Sí, la autodestrucción no conduce a ningún lugar.

Luis llega y observa nuestra conversación desde la distancia. Puedo intuir cómo suspira, se acaba acercando y me planta un beso, marcando territorio. Me río entusiasmada. Rebeca llega por la acera de enfrente, cruza la calle mirando a derecha e izquierda.

La última, como normalmente ―comenta al ponerse a mi lado―. Pero llego a tiempo, puntual. Ya podemos subir. Ana nos estará esperando arriba.

Subimos las escaleras hasta el piso donde se imparte la terapia. «Somos un grupo, que poco a poco va creciendo», pienso. Paquito, mi invitado, se sienta a mi lado. Luis en el otro lado. Ana entra en la habitación y nos saluda a todos. Como sabré después, Paquito llamó al teléfono que le dejé en la mesita y lo derivaron a nuestro grupo. Hoy le toca presentarse, se levanta y empieza con esas palabras:

Hola, me llamo Francisco, Paquito para los amigos ―puedo entrever como me guiña un ojo mientras pronuncia su diminutivo―. Estoy aquí supongo que por lo que estáis todos vosotros. No controlo. Antes lo hacía, era parco con la bebida y me servía para entablar relaciones con los demás. Mi historia va de una Red, pero no de una cualquiera, de la Red de Redes: Internet. Así fue cómo conocí a Nadia. Resumiendo os diré que nos enamoramos. Ella vivía en Chile, cruzó el charco por mí y se puso a vivir conmigo junto con sus dos hijos, fruto de otra relación. ¡Qué bien nos los pasábamos los cuatro! Pero… La añoranza por su tierra pudo más.

Nos mira a todos y continúa con su historia:

Un día me encontré una nota de despedida en la mesilla de noche. Nadia se fue, despareció y enterró cinco años de relación. Luego me enteré que, por Internet, se había comunicado con el padre de sus hijos y había decidido volver con él. Me sentí utilizado y me quedé sin nada. Sólo la bebida fue entrando en mi vida, sin tan siquiera enterarme. Me hizo perder el trabajo. Era conductor de autobuses y, cómo comprenderéis, una cosa es incompatible con la otra. Por eso ahora pido limosna en la estación en la que antes trabajaba. Mis compañeros ni me reconocen, o si lo hacen, se apartan. Soy un apestoso borracho. Pido limosna para beber y evadirme del todo este asco….

Su voz finalmente se quiebra. Damos por finalizada su historia y le damos la bienvenida calurosamente. Uno más, otro que se va a esforzar y va luchar contra una adicción que te resta y te anula como persona. Pero la solución se pinta de esperanza esta tarde, con todos los colores que le propongo a Ana para hacer un mural entre todos nosotros. Ana dice un sí rotundo a mi propuesta.

Continuará…

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La aparente normalidad pinta de nuevo mi vida. Se acabaron las vacaciones navideñas. Madrugo más de lo normal, porque el piso de Susana está en un barrio de la periferia de la ciudad, bastante lejos de la academia. Cojo otro autobús del que estoy acostumbrada y, mientras me encuentro en la estación, mis ojos rebuscan sin poderlo evitar la persona de Paquito. No está. Supongo que, a esas horas tan matutinas, todavía no habrá bajado a pedir limosna.

Estará durmiendo, soñando o no, lamentando su destino o rozando la inconsciencia, totalmente perdido. No sé lo que me hace pensar tanto en él, si no le conozco de nada. Es un desconocido, que ha chocado en mi vida. El autobús pasa cerca de su piso, por una calle perpendicular residencial. Miro por la ventana empañada. Fuera hace frío. Me he abrigado a consciencia, porque la academia no estará ambientada en cuanto a calefacción se refiere por las vacaciones.

No me equivoco. Al entrar por la puerta principal, un escalofrío debido a la humedad me cala. La señora Fernández ya está en su despacho delante de un ordenador. Me acerco a ella y la saludo con cortesía. Sus ojos se alegran de verme. Me sonríe cosa que hace que sus arrugas se profundicen con todo su esplendor, y algunas más aparecen a la vista. Al abandonar la sonrisa, que dura pocos segundos, su cara vuelve a su estado original.

Estoy haciendo una base de datos con el material, que compraste en «La cometa pintada» para darlo de alta ―me indica.

¿Está todo en orden, no?

Puede ―contesta con una ligera duda en su voz―. Lo único que hay material, que no deja darlo de alta. Misterios de la informática. Al guardar, no lo guarda y se borra la información.

¿Has probado en reiniciar? ―Porque en cierto modo recuerdo que es una de las primeras cosas que se hacen cuando los ordenadores hacen de las suyas.

Sí, lo primero que he hecho, pero no se trata de eso. La informática me hace perder demasiado el tiempo. Agilizar, dicen. ―Me mira con una postura irónica.

En teoría sirve para eso.

En teoría ―contesta con otra sonrisa, esta vez más irónica todavía―. Me parece que hoy no lo voy a conseguir. Mira, lo dejo, no quiero ponerme nerviosa.

¿Quiere que la ayude?

Apúntalo todo en esa libreta como hacíamos antes y el stock que tenemos de cada cosa.

Me pasa una libreta de piel de color marrón. Me dispongo a ir contando el material, poco a poco. Queda todavía para empezar la clase.

Esa faena le corresponde a la secretaria ―comenta la señora Fernández―. Ella es la experta. Seguro que a ella no se le atrancaría el ordenador, pero está de baja, como sabes, tiene que guardar reposo debido a su estado. Un embarazo de alto riesgo.

Si no nos damos prisa, se nos acumulará la faena.

Hasta que venga la suplente, sí. Pero, tranquila, no tardará en llegar. Mañana cómo muy tarde estará aquí. Viene de fuera y su currículo es muy completo. Tiene dos máster, uno creo recordar en nuevas tecnologías.

«Es lo que ahora se estila, un máster después del esfuerzo de una carrera para aferrarse a un mísero empleo, muy por debajo de tus posibilidades. Pero un empleo al fin y al cabo, para subsistir e ir tirando», pienso.

¿Sabes? ―me comenta la señora Fernández―. Estamos de innovación, renovarse o morir. Estas vacaciones hemos ido incorporando ordenadores en cada clase y también hemos creado una nueva aula para dar una asignatura de arte digital.

¿Ah, sí?

¡Huy, sí! –continúa emocionada-. Arte en tres dimensiones, diseño de logotipos y demás. Todo al orden del día. No nos podemos quedar atrás con la competencia que tenemos, ¿no?

Claro. Es una buena idea. ¿Y ya tenéis candidatos para impartir las clases?

Sí, un profesor y una profesora. Matías y Judith.

La señora Fernández mira el reloj para decirme segundos después.

No tardarán en llegar. Están citados dentro de quince minutos. Elisa, ve a tu clase y enciende tu ordenador. Ve contando el material que compraste. Si necesitas una estufa de refuerzo para hoy, dile a Matilde que te preste una. En el armario del pasillo hay de sobra.

Me dispongo a ir a mi clase. Enciendo el ordenador y mientras se va encendiendo, voy contando los distintos pinceles, pinturas, lienzos y demás que configuran el material, que compré en «La cometa pintada».

Pienso en Sandra y en lo bien que le hubiera ido ese empleo. Hubiéramos sido compañeras de trabajo, y no se hubiese tenido que aventurar a ser freelance, porque tenía muy pocos pedidos. Los inicios siempre cuestan. Pienso en que ahora no tendrán la ayuda que les pasaba cada mes en concepto de alquiler de mi habitación. El embarazo de la secretaría me hace pensar en el embarazo de la propia Sandra. ¿También será de riesgo? Mi mente no para de pensar mientras el ordenador ya está a punto. Me salen distintas ventanas de actualizaciones de diferentes versiones. Voy aceptando todo y el ordenador se va actualizando. Pienso en Sandra y en mi torbellino, colgado de nuevo en su comedor. O, quizás, en donde vive Nacho ahora. Ni sé dónde es, ni quiero saberlo. No quiero volverme a cruzar con ninguno de los dos. Que la fuerza de mi mar los apague, que no vuelvan a mi vida, que desparezcan de ella definitivamente.

Adiós, Sandra, adiós.

Adiós, Nacho, adiós.

Repito mentalmente.

Mi móvil suena y me arrebata mis pensamientos por unos instantes. Es Luis. Contesto al instante.

¿Cómo te va, princesa?

No puedo evitar alegrarme al escuchar su voz.

Bien, aunque…. Necesito tu ayuda ―le digo.

Soy todo oídos para ti.

Hay una base de datos que se nos resiste.

Le explico el problema que hemos tenido con la señora Fernández.

Oye, prueba a hacerlo con tu ordenador.

Lo intento y voila, la información de la base de datos por fin se consigue grabar.

Luis, ya funciona ―le digo emocionada―. ¿Cómo lo has hecho?

Claro, lo más seguro que se debía a un problema de actualización de la versión del programa, que estáis usando. Al decirme que estabas actualizando tu ordenador, he intuido que en el tuyo te dejaría hacerlo.

Gracias, eres un cielo. Cuelgo que tengo faena.

De acuerdo, yo también. Te vengo a buscar a la salida.

No sé a qué hora acabaremos hoy. Yo diría que más pronto, porque el primer día las clases se suelen hacer más cortas. Es un primer contacto y la explicación del curso. ¿Y si me paso yo?

Como quieras, corazón. Yo terminaré a la misma hora de siempre.

Su contestación me gusta. Por primera vez presiento que conoceré su ambiente de trabajo. Una pieza más que necesito encajar en la vida de mi novio. Toni sabe mucho más que yo. Yo también tengo derecho a irle desmenuzando, a conocerle en cada parte de su vida. O la que él se deje. Creo que soy la única del grupo, que todavía no se ha acercado a SIATA. Me propongo hoy ir hacia allí.

Las clases empiezan. A la mayoría de los alumnos ya los conozco del semestre anterior. Unos más buenos que otros, unos con más habilidad artística pero, en definitiva, la mayoría destaca, y por eso están aquí dando lo mejor de sí mismos. La señora Fernández inaugura el semestre con unas palabras, que todos escuchamos con atención. Nos presenta la nueva aula y la visitamos. Me doy cuenta que han habilitado una vieja aula que ya no se usaba, reformando con gusto. El arte digital, los píxeles: los puntitos de los millones de colores, todo un mundo por descubrir. Algunos de mis alumnos se quieren pasar a las nuevas tecnologías y me lo hacen saber después. Pienso, apenada, que algunos de ellos los perderé, sin poderlo evitar. Les paso a los que quieren continuar conmigo una agenda con el programa del curso, las distintas salidas, que están programadas y, les indico que estoy abierta a toda clase de sugerencias.

Cuando acabamos y me reúno de nuevo en la sala de profesores, conozco a Matías y a Judith. Aparentemente jóvenes, más o menos de mi edad. Matías lleva coleta, Judith un piercing en la nariz, son las dos cosas que destacan más de su figura. Me estrechan la mano. Hablamos un poco, antes de dar el día laboral por finalizado.

Subo al autobús y me dirijo a SIATA. Es un lugar más grande de lo que me imaginaba. Una chica muy mona me saluda con educación. Es la nueva secretaria. Lleva un traje chaqueta impecable de color verde mar. Me espero en la sala de espera a que Luis baje. Le envío un whatsapp al móvil para decirle que ya estoy esperándole. De un ascensor van bajando trabajadores, clientes, gente con traje o sin él, ejecutivos ocupados y otros ociosos; subiéndose al carro de las nuevas tecnologías.

Luis no tarda en contestarme. «Tardaré. Estoy en una reunión, creación de nuevas aplicaciones para móvil. Espérame en casa, cielo mío».

Decepcionada, me levanto de la silla de diseño donde me he acomodado. La secretaria me saluda con un breve movimiento de cabeza y me regala una sonrisa dentífrica. Me pregunto si habrá hecho un máster, donde le enseñen a sonreír así. Cambio mis planes y me dirijo a la autoescuela a matricularme. Enero empieza con nuevos propósitos, que iré incorporando en mi vida. Cambio de hábitos, también decido apuntarme a un gimnasio para ponerme en forma, como el resto de los mortales, que empiezan un nuevo año. Lo primordial será la constancia y mantenerlo al finalizar el año. «Mi capacidad y perseverancia son grandes», me digo. Voy a conseguirlo y los ánimos me llenan de profunda satisfacción con tan solo imaginarlo.

Continuará….

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