Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

El tono brusco de mi móvil me sobresalta. Ghato empieza a maullar sin parar y descuelgo el teléfono. Es Jesús. Su voz, grave y profunda, resuena en mis oídos:

Luis acaba de salir ya.

Tengo tiempo para mirar de reojo el calendario, que pende de la nevera de Susana: veintiocho, día de los Inocentes.

Venga ya, Jesús ―le digo sin creérmelo.

Que sí, que lo han soltado. Ahora mismo está con Toni. Ha ido a su casa. ¿Irás tú también? Te están esperando.

El pánico se agolpa en mi garganta.

―…

Escúchame, Elisa. Luis necesita todo el apoyo posible. Prométeme que vas a ir.

¿Quién ha pagado la fianza? ―y no sé por qué se me ha ocurrido preguntar esto en esos momentos.

Nadie, lo han dejado salir sin fianza. Eso sí, a la espera de juicio.

¿Para cuándo?

Eso nadie lo sabe.

La lentitud de la justicia de mi país me bloquea por unos instantes, en los que dejo la mente en blanco. El peso del mañana recae sobre mí misma si quiero estar al lado de Luis.

Ghato se acurruca entre mis pies. Le acaricio mientras continua mi conversación con Jesús en la que parece que me esté convenciendo para que vaya a casa de Toni pero, yo, inexplicablemente, estoy retrasando el reencuentro. ¿Por qué? Me daría de golpes contra la pared, estrellando la crisma, si no estuviera totalmente petrificada. El miedo es mi compañero de viaje en esos momentos en donde mis sentimientos se han cubierto de una capa opaca y reposan, inmóviles y encogidos, porque de esta manera soy menos vulnerable. Tengo que aprender a que no me hieran, por una vez voy a enterrar mis sentimientos siempre vividos a flor de piel en tierra yerma para que no florezcan.

Siento cómo algo se está muriendo dentro de mí, y el vacío entra en mi vida. El vacío de mi vida por miedo a vivir. Y es el miedo al color del vacío, a la nada absoluta, el que hace incorporarme de la silla de la cocina, el que me hace vestirme, el que me hace ir hacia la parada del autobús y dirigirme por fin hacia la casa de Toni.

¡Un eurito para Paquito! ―vocifera el hombre del otro día.

Me acerco a él y, hoy sí, le doy la tarjeta del grupo de terapia, que siempre llevo en mi bolso. La mira atónito, sin pestañear siquiera, y espero a que la tire al suelo para pisotearla después. Pero me equivoco. Paquito no la suelta. Se le ha quedado pegada en la palma de su mano, en donde, la suciedad que desprende, ha favorecido el enganche de la tarjeta como si se tratara de una pegatina.

Es demasiado tarde para mí, guapa. No tengo arreglo.

Nunca es demasiado tarde ―le digo firmemente.

A lo que Paquito sonríe como un niño con una golosina entera, mientras se pone el botellín de cerveza entre sus labios.

¿Me vas a devolver a mi mujer y a mis hijos, guapa?

No, pero tendrás la oportunidad de ser tú mismo.

Paquito abre mucho los ojos, cómo si no entendiera mis palabras o, a lo mejor, al comprender, le han causado tal estupor, como demuestra. Sin más, me despido no sin antes decirle:

La decisión siempre es tuya, Paquito. Que tengas un buen día.

El hombre continúa vociferando, mientras me alejo con mis botas de tacón, porque tengo prisa. He vacilado tanto a la hora de vestirme que he perdido el autobús y ahora el tiempo corre precipitadamente. Salgo de la estación y voy directa a la parada de taxis. Un hombre calvo de mediana edad me abre la puerta, para que entre en su coche.

El taxista tiene encendida la radio a toda potencia. Una canción de desamor desafortunada grita a los cuatro vientos las penalidades que le tocan vivir al cantautor. La letra es pura poesía, que me traba al asiento del copiloto y, mientras recorro distintas calles con los semáforos prácticamente en rojo, miro por la ventana y agradezco que el taxista no me de conversación, pues no sabría qué decirle. Después de unos cuantos minutos que me pasan muy lentos, puedo vislumbrar la desnudez de los árboles de enfrente de la casa de Toni, robustos y desafiantes al viento que se ha girado, siguen en pie, con su tronco de gran diámetro y, las ramas bailando al son de la corriente gélida que me sacude al bajar del taxi. Inspiro con todas mis fuerzas antes de llamar al timbre, cargando bien mis pulmones de aire, pues mis piernas tiemblan debido a la flaqueza, que siento en ese instante.

Mi dedo índice titubea hasta que al fin suena el sonido estridente del timbre. Oigo pasos. Toni me abre la puerta. Y al fondo, sentado en un sillón del comedor, puedo apreciar la silueta de Luis, de espaldas a mí, de cara a la chimenea que está en marcha.

Mis pasos desesperados me llevan hacia él sin intercambiar ninguna palabra con Toni pues no es necesaria. Al oír mis tacones, Luis se gira y en ese preciso momento, en que nuestras miradas se cruzan, todo se para y resurge de nuevo entre los dos.

El uno y el otro; toda una vida para compartir en donde nuestros espejos eclipsan el mañana, en donde el misterio de esa mirada emocionada, que nos intercambiamos, vale más que una cadena perpetua. Y todo gira a mi alrededor: los muebles del comedor se mueven, el fuego de la chimenea me envuelve y, Luis se levanta y, se me acerca y, todo desaparece excepto él.

Puedo sentir su aroma profundo, desde una distancia prudencial durante unos pocos segundos hasta que él entra en mi aura. Y me besa… Y yo me dejo besar, abandonándome a la carnosidad de sus labios húmedos. Y me pincha… con su barba de pocos días que causa huella en mí. Y me abraza… Y yo me dejo rodear por sus brazos, que me atrapan depositándose en mi cintura. Y frente a frente, el beso de detiene y puedo apreciar como sus ojos tiritan con un par de lágrimas que rebosan de sus ojos y van a parar a mi jersey. Su cabeza se deposita en mi hombro y los sollozos empiezan a rasgar el ambiente del comedor de Toni.

A pesar del calor, que desprende la chimenea, siento un frío interior imposible de quitarme. Es el miedo que me bloquea, pues no sé qué decirle. Mis dedos recorren su pelo mientras Luis llora, y pienso en una frase que pueda reconfortarle, pero no se me ocurre ninguna. Sus lágrimas me encogen pero no puedo derrumbarme. Tengo que permanecer fuerte y, al fin, mi voz hace presencia en la habitación para decirle desde el rincón más sincero de mi corazón:

Tranquilo, Luis. Estoy contigo.

Y le abrazo, y le beso, y mis manos cogen su cara, porque quiero volver a repetírselo mirándole a los ojos:

Luis, estoy contigo. Siempre.

La luz de sus pupilas se enciende, para apagarse segundos después.

¿Qué va a ser de mi, Elisa? ¿Qué va a ser de mí?

Y todo se vuelve negro, tan oscuro que da miedo. Cierro los ojos para abrirlos después.

Saldremos de esta, confía en mí ―le digo.

Y Luis se aferra a mis palabras, pues es lo único que tiene para no naufragar. Me convierto a partir de ese momento, y en ese lugar en su guía. «Pero… Ay, Luis, —pienso— «es tan difícil aferrarse a mí cuando mi alma está cargada de abismos tenebrosos, cuando la herida abierta sigue sangrando en mi corazón, cuando la traición es un frío puñal que llevo clavado en mi espalda. Necesito volver a confiar en alguien para auto convencerme de que no estoy viviendo una farsa, que mi vida no es una jodida mentira».

Un largo rato después, en los que Luis se ha calmado un poco, gracias a mis palabras, Toni y María regresan al comedor para decirnos que nos dejan solos, porque saben que necesitamos hablar.

Salimos a cenar fuera y volveremos tarde ―nos dicen María y Toni.

Al escuchar cerrarse la puerta de la entrada, sé que ahora, solos los dos, tendremos todo el tiempo del mundo para comunicarnos lo que nuestros ojos ya se han dicho con anterioridad pero, que a veces, es necesario expresarlo en palabras…

Continuará…

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Cada día me bombardea la información:
alta, baja, oscura, nítida, gris, difusa;
apunta bits afilados en mi cabeza.
Un cóctel escribo:
selecciono vocablos,
anoto y ordeno por sección.

¡Basta! Me aparto de ese enjambre oscuro.
Sin colmena, el silencio es desolador.
Me zambullo en él.
Y tú no estás.
O tú no estás o no te encuentro.
Me prestaste un verso, para ti una ficción.

Creí en ti,
pero soy solo un píxel insignificante.
Escalo un átomo fantástico,
enamorada de un canto de pinceles.
Voy a atraparte. ¡Oh, poesía recurrente!
Entre el bullicio del desierto
carente de colonias nuevas,
la realidad tirita callada.
Hoy mi esencia más fuerte es tu succión.

® Helena Sauras

Si os apetece, podéis ver un recital, que se hizo en Amposta en el siguiente enlace. Se colaboró con la asociación de Alzheimer del Montsià y recité dos poemas: «Entre el bullicio del desierto» y «Nubes de noviembre»:

Calma, paz y sed felices en esta vida mientras la aprovecháis.

Clica en el siguiente enlace para visualizar un recital que se hizo en Amposta. Recité 2 poemas: «Entre el bullicio del desierto» y «Nubes de noviembre». Poesía siempre en mi vida:

https://www.facebook.com/plugins/video.php?height=314&href=https%3A%2F%2Fwww.facebook.com%2Fpoetesdelebre%2Fvideos%2F160986962866349%2F&show_text=false&width=560&t=0

Que la paz os invada esta noche, real, no solo en sueños.

Un torbellino de emociones que, ya no puedo contener más, se expresa en el salón de Susana. Mi prima me escucha, mi prima me comprende, mi prima es un hombro en el que me puedo apoyar, en el que lloraré larga y tendida durante esta larga noche. La calefacción encendida a toda potencia y yo tiritando de frío interior, porque mi alma se desvanece palabra tras palabra.

Susana me ha prestado un pijama de franela rosa pálido, que es de mi talla, pues gastamos la misma. Y continuo hablando, sin descansar, mi bobina se está quedando sin hilo ya, porque creo que ya se lo he contado todo en estas horas largas. El alba, que dará paso a un nuevo día, nos sorprende acurrucadas en el sofá. Al final el sueño nos ha vencido y, al despertarme, siento cómo me ha reparado una pizca, pues ya no me siento tan aturdida.

Desayunamos en su cocina, totalmente equipada con tantos cacharros, tantos accesorios y libros de recetas, que me hacen pensar que mi prima se lleva el trabajo a casa. Y se lo digo:

Susana, ¿es que no paras nunca de cocinar?

Ya ves, tengo que dar lo mejor de mí misma. Los clientes que vienen al restaurante tienen el paladar muy exigente y yo tengo que probar combinaciones nuevas, intentar sorprenderlos cada día. Estos días tenemos bastante trabajo, vamos a abrir otro local en la otra punta de la ciudad. Por cierto, será un local, en donde mientras los clientes degustan nuestros manjares, podrán apreciar cuadros de pintores anónimos y comprarlos después. Serán pinturas cada vez de una temática distinta, que complementaremos con nuestros platos originales, creados para tal fin.

¿Y tú estará al mando del nuevo restaurante?

Pues la verdad es que sí, seré la chef ―me responde ilusionada―. Por cierto, si quieres, podrías pasarme algún cuadro tuyo para exponerlo. No tienen que ir firmados, el cliente compra sin saber de quién es el cuadro. Sólo después de pagarlo, le decimos el nombre del autor. Mira,―se levanta de la silla y me pasa un folleto― estas son las temáticas que tenemos previstas. Mira si algún cuadro que has pintado se adecua y si no siempre puedes pintarlo que sé que tienes talento

Y me sonríe y me guiña el ojo derecho.

Miro el folleto con atención. Todo el año 2013 está previsto, con doce temáticas bien distintas.

Mis cuadros están en el piso de Sandra ―le susurro.

Si quieres, te acompaño a buscarlos. Ya te dije ayer que vinieras a vivir aquí. Hay sitio de sobra.

Susana, no quiero restarte independencia.

Si me vendrá bien que estés aquí. No sabes lo contenta que se pondrá tu madre, cuando se lo digamos. Si me insistió estos días en el pueblo que te lo propusiera, y yo se lo prometí. Tenía que volver pasado Reyes, pero al final con todo el trabajo con el nuevo restaurante me volví antes.

Y menos mal que volviste antes.

Es que a tus padres les dejaste muy preocupados. Tu madre respiró aliviada, cuando le dije que te llamaría enseguida.

Pero no te esperabas todo esto, ¿verdad?

Pues la verdad es que no.

Ni yo tampoco, cuando fui al pueblo sólo tenía miedo de saber cómo se tomarían mis padres el tener una hija alcohólica. Pero luego todo se precipitó, lo de Luis, lo de Sandra… Me marché pensando que Luis había tenido un accidente de coche, y me encuentro con que había matado a su padre. Vuelvo al lado de mi amiga Sandra para darle un abrazo por su embarazo, y me encuentro que ha estado tanto tiempo traicionándome…

Vamos a hacer una cosa, hoy me tomo el día libre y no se hable más. Vamos a ir de compras, tú y yo. Esto siempre sube los ánimos, ¿no? Eli, no quiero verte hundida. Tú hacia adelante… Tus pasos hacia adelante.

Tengo que ir a casa de Toni…

Pues vamos también a casa de Toni.

Tiene a Ghato, y a él no le gustan los animales. Ayer me llamó y no le contesté.

Pues vamos a recoger a Ghato también, pero antes vamos de compras. Tenemos todo el día por delante.

Ir de compras, no me apetece mucho, pero necesito ropa y de esta manera retrasaré el volver a encontrarme con Sandra. Me ducho y me visto con parsimonia, porque mi mente no para de procesar pensamientos negativos, que me hacen ralentizar mis movimientos. Susana ya está lista desde hace rato, y me espera paciente mientras acaba de recoger la cocina. No quiero que me espere más, ya que me está dedicando todo el tiempo del mundo.

Antes de salir, Eli, sonríe. ¡Al mal tiempo, buena cara!

Y lo intento, la verdad es que lo intento, pero no me sale. Mi mente ha olvidado esta expresión de mi rostro, noto un hueco en esta emoción que se me ha borrado. Mis labios se estiran con una mueca impropia.

Esto no es una sonrisa, Eli…

No puedo, te juro que no puedo, Susana, por más que lo intente.

Vamos a comprar en unos grandes almacenes. Mi mirada demuestra el reflejo de la tristeza absoluta, sin enmascararla con sombras de lágrimas, sino que ella aparece tal cual, tan fría y dolorosa, que me apaga mi brillo natural de mis ojos, que se han vuelto opacos, sin vida, como si estuviesen muertos.

Sin ánimo me voy probando diferentes pantalones, que noto que me hacen bolsas. Ya no gasto la talla que usaba y al fin me acabo comprando una talla menos, hasta de sujetadores, pues mis pechos han menguado, una mínima expresión insignificante.

Me miro en los espejos del probador y lo que veo me espanta. Mi aspecto es deplorable. Huesos que se marcan por todas partes. Tan cadavérica y demacrada me veo que salgo del pequeño probador rota por fuera, porque por dentro ya hace tiempo que lo estoy. Y es que estoy hecha de minúsculos pedazos, una muñeca de trapo vieja y refregada por una niña poco cuidadosa, que la acabado abandonando en cualquier lugar de su cuarto. Mis venas se marcan por todo el cuerpo, transportando débilmente lo que queda de mi vida. No obstante, sigo en pie, en estos grandes almacenes mis pies aguantan los pocos quilos de mi cuerpo, inexplicablemente sin derrumbarse.

No, estos no te los compres, cómprate algo sexy ―me dice Susana, que se ha convertido en mi consejera―. Hasta mi madre los lleva más modernos.

Y es que no estoy de humor, pero me dejo guiar por ella, que no para de mostrarme conjuntos de ropa interior de colores vivos, estampados, con blondas y sin ellas. Que resaltarán mis finas curvas, gritando que son atrevidos, aunque los esconda debajo de mi jersey de cuello alto.

Eli, cómprate también esa falda ―me dice llevándome hasta la otra punta de la planta―. ¡Te va a quedar fenomenal!

Y sin humor, vuelvo a entrar al probador, porque Susana se ha empeñado en que parezca bonita a los ojos de los demás, que me muestre con prendas modernas y divertidas, que abandone mi ánimo negro, de luto, que se derrama por todo mi cuerpo, derrotando mis miembros frágiles.

Y ahora las medias. A ver ¿cuáles te sentarán mejor?

Y sin quererlo, compro prendas nuevas y bellas que según Susana me prestarán vitalidad. A la hora de pagar con mi VISA, la cajera saca el tique y nos dice que subamos a la última planta, porque por compras superiores a cincuenta euros te invitan a un pincho y a una caña. La tentación es como una cerveza fría y espumosa, que puede rebosar de ti en cualquier momento. Susana no se ha reparado en lo de la caña y me anima a subir.

Venga, así reponemos fuerzas.

Susana, ―mi voz suena floja y miedosa― no puedo subir. Te invitan a una caña, ¿no lo comprendes?

¡Ostras! Es verdad, pero también te invitan a un pincho. A esto no puedes decir que no. Venga, así cotilleamos el restaurante que tienen y sus platos con sus precios. Tengo que pillar ideas.

Subimos por las escaleras mecánicas, entregamos el tique al camarero, y nos sirve un pincho de chistorra con una caña.

Mi alma con la caña frente a mí es una espiga fina y delicada a la que el viento la hace sacudirse en varias direcciones. Son solo unos breves momentos, en los que puedo sentir como el aire me arrastra a la espuma amarga de la cerveza, pero mi prima se dirige al camarero y le dice con voz firme:

Retire las cañas y sírvanos otro pincho y un par de naranjadas. Tenemos que conducir.

El por una no pasa nada, que esperaba escuchar de Susana que no ha ocurrido, me alegra el día porque ella, con la luz que desprende, se impone a mi debilidad. Mi prima consulta la carta, que hay encima de la mesa y, después de estudiarla detenidamente, me propone:

Quedémonos a comer aquí. Ese par de platos ―los señala― me gustaría probarlos.

A lo que asiento, pasamos al comedor, nos sentamos y dejo que las teclas graves de un piano, que suena por los altavoces, me acompañen. Una melodía agridulce en un día, en el que el mañana tiene el peso más importante de mi vida.

Continuará…

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La estación de autobuses está casi desierta a estas horas y hurgo en mi bolso buscando la tarjeta del bus. Susana vive en las afueras de la ciudad cómo me ha indicado por teléfono. Un hombre con los pantalones gastados y la chaqueta raída vocifera a los cuatro vientos:

¡Un eurito para Paquito!

Lo observo detenidamente, las pocas personas, que hay a su alrededor, lo evitan como si fuera un apestado, pues el hombre se nota a la legua que se ha pasado con el alcohol. El hombre, con una botella vacía a sus pies, no para de reclamar una limosna que no llega para ir al bar más cercano a beber. Siento lástima por él, por su sed ficticia, por sus ansias de evadirse de una vida que supongo que lo ha tratado injustamente. ¿Se habrá quedado sin trabajo? ¿Existe una razón de peso que te impulse a beber? El hombre, dibujando eses con sus pasos, y soportando el peso de unos pies demasiado estrechos, se me acaba acercando.

¿No tendrás un eurito, guapa?

Niego con la cabeza y le muestro la tarjeta del bus.

Paquito no tiene ni un eurito ―musita el hombre y dos lágrimas se le deslizan por su barba de pocos días.

No me da miedo. Lo veo tan hundido, tan inofensivo, tan vulnerable, que aunque lleve dinero en mi bolso, sé que me es imposible dárselos. Le daría una tarjeta del grupo de terapia, pero sé que se lo tomaría mal. Cuando llevas una venda en los ojos, te es imposible aceptar la ayuda que te puedan prestar. ¡La terapia! Me la he saltado, pero las circunstancias de hoy me han sobrepasado.

La mentira es como una copa turbia de ron por dónde se desborda mi alma. Mentiras decoradas de amor, mentiras amigas, mentiras piadosas, mentiras heridas y, sumándolas todas, ya no las puedo soportar más. Ellas se han clavado en mí y ahí siguen, pinchándome, hundiéndose en mi carne y recordándome lo que sufro por ellas. Sólo te das cuenta de la mentira, cuando eres consciente que lo vivías era un engaño, cuando te caes de la nube, y sabes que todo lo que has vivido no era cierto.

Sandra cortándome en pedazos, en pedacitos lentos disfrazados de amistad, porque lo sabía todo de mí. Fui tan ingenua que confié en ella, con mi venda atada demasiado apretada, y totalmente opaca, abandonándome a la oscuridad de sus ojos, que me guiaban, porque ella sabía aconsejarme. Y yo la creía ciegamente, y con firmeza le decía: «Nacho está raro, y Nacho está distante, y Nacho hoy no quiere follar».

Y Nacho no es que estuviera ni raro, ni distante, ni asexual, sino que lo que estaba era con ella. Que lo miraba con odio, que lo miraba con asco, que a veces incluso cuando pasaba torcía la mirada con desaprobación, pero lo único que estaban haciendo era un juego, interpretando un papel, porque cuando las excusas nos habían dejado a Jaime y a mí en nuestras respectivas casas, Nacho y Sandra se reencontraban y entonces, sólo entonces, su mundo tenía sentido, porque se gustaban. Eran polos opuestos, pero se atraían en la cama, puro magnetismo desbordado, y olas de placer que saturaban las sábanas.

Jaime y yo haciendo el payaso, creyendo que nuestras parejas nos amaban en todos los sentidos, pero no, en el terreno sexual Nacho y Sandra estaban hechos el uno para el otro. Nos ganaban la partida cada día. Y la pelota de sus mentiras se debió hacer grande, y les debió estallar en sus manos, y Sandra quiso casarse con Jaime, porque le daba estabilidad, pero continuó jugando con Nacho, en mi cara, a mis espaldas. Noche y día sin parar y, su palabra dicha desde la sinceridad, y que resonó en mis oídos en aquellos días, fue: «déjalo». Pero yo tan ilusionada, haciendo caso omiso a sus consejos, perdidamente ciega, le dije que quería casarme con él, que él era mi vida y la debí convencer, pues empezamos a pensar en los preparativos de la boda.

Si era cierto que Sandra lo había dejado definitivamente, si era cierto que Nacho encontró a Luz y continuó su vida paralela de infidelidad, si era cierto que Sandra los había pillado, y maldijo el sacrificio que había hecho en abandonarlo, pues él continuaba engañándome con otra, Sandra tenía corazón, pues me había evitado que yo misma lo descubriera después, una vez casada.

Porque yo llevaba los cuernos más grandes del barrio, pero con estilo, porque los desconocía. La farsa que he vivido, en la que he sido la protagonista sin buscármelo, me sobrecarga, porque no entiendo por qué Nacho me vino a buscar después. Por qué le dolió que yo estuviera con Luis, por qué quiso intentarlo de nuevo conmigo a pesar de mi negativa. Y mis preguntas se pierden en mi universo de contradicciones, porque la verdad duele; es un espejo roto en que cada uno nos cortamos con una parte, la que sentimos, la que creemos. Y Sandra, ha ido cortándome a pedacitos con su verdad, como si fuera un embutido rancio, al que cuesta cortar, que se resiste y luego está muy duro en la boca. La verdad duele, porque no gusta y, en ocasiones, porque no es la que esperábamos. Sandra se ha comido mi confianza, y sé que se le ha atragantado en la garganta, porque creo que la conozco. Sé que no le dirá ni una palabra a Jaime, sé que se lo ocultará todo o, incluso que se inventará una historia, pero dentro de ella no podrá digerirlo. Su falsedad no se podrá disimular con maquillaje y, sus ojos negros brillarán, con toda la sensibilidad del adiós definitivo, en el que piense que quizás quede un resquicio de aire, una puerta abierta por la que algún día volveré a entrar en su vida.

El hombre se agacha frente a mis botas de tacón y una sonrisa alterada le desdibuja sus finos labios. Un golpe de suerte le ha hecho encontrar una moneda de dos euros en el suelo, que está bastante sucio. La coge con sus manos, la besa, y se va directo al bar de la estación a beberse una birra. Le veo desde la distancia, como le sirven una mediana, se la acerca a los labios y lentamente va entornando sus ojos turbios y achispados.

Mi autobús llega. Subo sin equipaje alguno y me voy directa a ver a mi prima. Durante el trayecto, pienso qué le voy a contar, si voy a obviar la verdad, o disfrazarla de alguna mentira piadosa. Si le voy a contar lo de Luis, si le voy a contar lo de Sandra, si le voy a contar lo de Nacho. Y sé que si empiezo por el principio, esta noche permaneceremos en vela. Bajo del autobús, ando por las calles tiritando de frío, y doy con el piso de Susana.

Es un barrio tranquilo, amable, trabajador, que dice mucho de ella. Me abre la puerta y, frente a frente, nos damos dos besos. Mi cara, al rozar la suya, debe alcanzar la calamidad, que se ha quedado estancada en mi expresión, pues no tarda en decirme:

¿Estás bien, Elisa?

Y yo me encojo de hombros, tuerzo mis labios en una mueca, que esconden el dolor que siento, y sé que tardará en evaporarse, para contestarle:

Podría estar peor.

Y entro en el recibidor, y enseguida me ofrece algo para picar, y me dice que si he cenado, que ha preparado una tortilla de patatas por si tenía hambre. Y su hospitalidad me llena de lágrimas, que se desbordan por el borde de mis ojos, hasta la comisura de mis labios. Siento su sabor a sal que me envuelve, la sal tan conocida de mis heridas abiertas. Susana sorprendida, tan independiente, tan cercana, tan risueña con una de sus manos pequeñas y delicadas me aparta un mechón de mi pelo rebelde.

¿Qué te pasa, prima?

Y sé que si empiezo a hablar no me callaré, que si tira del hilo, la bobina que llevo dentro arrancará las palabras que surgirán imparables de mis labios: fuertes, sentidas, ásperas, negras, porque el dolor no entiende de adjetivos agradables.

¿Cómo está tu novio?

Y la bobina empieza a girar, porque Susana, sin ser consciente, ha estirado el hilo con sus dedos.

Continuará…

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