Mis pasos frenéticos me llevan a hacer un poco de footing por el parque en donde las estaciones han ido pasando ordenadamente día tras día. Tres primaveras han pasado, y hoy, algo ha cambiado en mi interior, pues la incertidumbre se hace más patente que nunca. Mis pies corren por el parque liberando la tensión que llevo dentro.
Es el día, no sé si blanco o negro. No sé de qué color describirlo, si las nubes lo han rodeado señalando tormenta, o si de repente se esclarecen mostrando un día soleado. Mi corazón corre velozmente por el parque, adelanto a niños que me miran asustados por si me los llevo por delante.
Una pelota se cruza en mi camino, sin poder frenar tropiezo con ella. Caigo y me lastimo la rodilla. El chándal muestra un agujero, y lamento mi torpeza en no poder haber esquivado la pelota. Un pequeñín me mira con la boca abierta, con los ojos temblando, y al mirarlo de arriba abajo rompe a llorar. Decididamente no es mi día. Le acerco la pelota y comprendo que es suya. Se la doy. Es un niño muy moreno de piel con los ojos color azabache.
―¿Te has hecho daño? ―oigo una voz masculina detrás de mí.
Me giro y me encuentro con Jaime. Me quedo asombrada al verle. No nos habíamos vuelto a ver desde la despedida precipitada en el garaje.
―¡Elisa! ―me reconoce al acto―. ¡Cómo pasa el tiempo! ¿Estás bien? ¿Te duele? ―dice señalándome la rodilla.
Asiento, y luego me encojo de hombros. El niño, con la pelota en la mano se la pasa a Jaime mientras dice:
―¡Papá! Pe… mía.
Y de repente, sonríe angelicalmente.
Sus ojitos brillan volcánicos y estallan en una risa porque Jaime le devuelve la pelota.
―Elisa, vamos a curarte ―me indica Jaime―. Entremos a la cafetería, seguro que tendrán un botiquín y nos tomamos un café, si te parece bien.
Asiento ligeramente. Hoy es el día D: decisivo en mi vida. Todo depende de hoy. Pero necesito curarme la herida de mi rodilla, que está sangrando. Jaime, agita su pelo y me sonríe. Aprecio que en el fondo se alegra de verme.
―Tienes un hijo precioso ―le digo mientras me siento en una de las sillas de mimbre.
Jaime mira al horizonte pensativo, y deja tembloroso en la mesa un sobre, que llevaba en una de sus manos.
―¿Cómo se llama? ―quiero saber.
―Isaac ―me contesta.
Sus ojos remiran el sobre, y lo tocan inconscientemente. El camarero nos sirve un par de cafés, agua oxigenada, unas gasas y una tirita.
―¿Qué es de tu vida, Jaime? ―le pregunto evitándole nombrar a Sandra.
Jaime se encoge de hombros, un movimiento que me hace pensar, que han pasado muchas cosas desde que me fui.
―¿Por qué te fuiste, Elisa? He estado a puntito de llamarte muchas veces, pero nunca me he atrevido en marcar ese teléfono y entrar en tu vida. Sandra fue un muro durante todo el embarazo. Y después, bueno, tuvimos más trabajo del que creíamos con el bebé. Los cólicos, las alergias, la leche especial…. Bueno, eso ya pasó. ―Y ahora clava su mirada en la mía, tan fuerte que me duele―. Nunca volviste a llamar. Bautizamos al niño, siempre pensé que serías su madrina.
Mi labio inferior tiembla en oír sus palabras, pero luego su tono de voz cambia, más bajo, casi susurrante. Tengo que acercarme a él para entenderlo.
―Elisa… Sé sincera, por favor. ¿A quién te recuerda el niño?
―Es clavadito a Sandra ―le contesto.
―¿Sólo a ella?
Observo al niño detenidamente: sus labios pequeñitos, su perfil, su tez morena, sus ojos agitanados. ¡Oh! No puede ser, me digo. Intento disimular, pero se me escapa un denso suspiro, que me descarga el alma.
Los ojos de Jaime me miran interrogantes y luego vuelve a clavar la vista en el sobre.
―Cuando el niño empezó a crecer, empecé a sospechar tanto, Elisa. En que no era mío. ―Su voz la tengo que adivinar, y le leo los labios más que otra cosa.
Le aparto la mirada, y la dirijo al sobre que lo ha vuelto a coger, y está temblando entre sus dedos.
―Aquí ―continúa moviendo el sobre― están los resultados de la paternidad. No tengo valor de abrirlos ―me confiesa―. No sé que voy a hacer cuando los vea. Si mis sospechas se confirman, no sé cómo voy a volver a mirar a mi mujer a la cara.
―Jaime, no lo abras ―le aconsejo―. Déjalo estar.
―Tú lo sabías, Elisa. Por eso te fuiste. Ese niño es clavado a Nacho.
Sin querer, asiento y un par de lágrimas se desbordan de mis ojos. Jaime rasga el sobre de prisa. Mis lágrimas le han dado el impulso que necesitaba. Mira el papel que contiene en su interior, y esconde su rostro entre sus manos por unos instantes.
―No es mío, Elisa. ¡No lo es!
Y su gesto se ha vuelto severo.
―¿Papá? ―grita el niño que ya se ha cansado de jugar en un rincón de la cafetería.
Jaime traga saliva haciendo una mueca repulsiva. El niño se acerca y lo estira para que nos vayamos.
―No puedo con esto, Elisa. ¿Te puedo pedir un favor? Devuelve el niño a su madre. Ve a casa. Toma, aquí están las llaves. Entra y deja el niño allí, con ella. Necesito irme, aclararme. No puedo verla, enfrentarme a ella. ¿Desde cuándo nos han estado engañando, Elisa? ¿Desde el principio?
Asiento temblorosa y agitada.
―Mierda ―masculla Jaime―. ¿Sabes que haría ahora mismo? Estamparte un beso, para recuperar el tiempo perdido, Elisa. Siempre me gustaste desde el instituto. Pero ahora ya no es posible, ¿no?
Me sorprende tanto su sinceridad, que vuelco lo que queda del café en mi chándal.
Como dudo, y no le contesto en un primer momento, se envalentona y me besa desde el recuerdo. El beso del ayer entra en mi vida con gusto a café. No le correspondo. Sus labios chocan contra una pared estática, inmóvil. Mis labios están firmemente cosidos. Demasiado tarde llega esa oportunidad en mi vida.
―Lo siento, Elisa. ¡Me tengo que ir! —dice Jaime levantándose rápidamente y dejando las llaves encima de la mesa—. ¡Cuídate!
Veo su figura triste desaparecer de mi vista y me quedan un sinfín de recuerdos melancólicos en mi mente. Jaime, el chico perfecto, tan atento siempre, tocando siempre de pies en el suelo, de mente cuadrada, sincera y amable. Nunca se mereció ese engaño. Yo tampoco. Hemos sido los protagonistas de una gran mentira, sin saber tan siquiera el por qué. Ya no se puede cambiar el pasado, no podemos, aunque lo imaginemos mil veces. Es imposible que las cosas sucedan de una manera diferente. Siento un vendaval abriéndose por mi figura hacia las cuatro direcciones del paisaje de la cafetería de las sillas de mimbre.
Con un niño observándome tembloroso, y sin experiencia alguna en el campo de la maternidad, me dirijo al piso de Sandra. Cojo la tierna manita y subo al niño en mis brazos. Abro la puerta sin llamar. Se oyen risas al fondo del pasillo. El niño grita.
―¡Mamaaaá!
Una Sandra asustadiza con un picardías rojo sale del interior de la habitación de matrimonio. A lo lejos, veo el perfil de Nacho, inconfundible. El peso de la traición ya no se me clava. Mi torbellino marino, abismal, se los ha tragado desde los últimos años.
―Aquí os dejo a vuestro hijo ―les grito y me voy dando un portazo triunfal―. Es la decisión que menos me ha costado tomar, la de dejarlos con la palabra en la boca.
Jaime y yo, un juego, una máscara, un disfraz, una traición por partida doble, y el morbo creciendo en los cuerpos de Sandra y Nacho.
***
Corro hacia el juzgado apresurada. Mis pies energéticos vuelan por el asfalto. El juicio ya ha empezado desde hace rato, con todo ese embrollo de hoy, me lo estoy perdiendo. Miro el reloj, nerviosa, se acerca el veredicto. Luis me mira desde la distancia, nuestras miradas se cruzan y vuelo a todas las sensaciones pasadas en los últimos meses. Convertida en su pareja de hecho, cruzo los dedos sin creer en las supersticiones, ni en los golpes de suerte.
Noemí, la muñequita de papel se encuentra en un extremo de la sala con la mirada vacía, al lado de Sara. Testificó hace un par de días y, según nuestro abogado, su testimonio fue uno de los momentos clave del juicio. Noemí, convertida en porcelana, se hizo añicos al testificar. Su voz retumbó por toda la sala, con la mirada perdida, se sintió más responsable que nunca de no haber sabido callarse la boca, y evitó mirar a Luis en todo momento. Su pelo ondulado, ahora completamente rizado debido a una permanente, hizo que sus rizos bien perfilados le acabaran cubriendo la cara, empapados por unas lágrimas, que se precipitaron al caudal de unas emociones fuertemente sentidas. Noemí, un temblor, un terremoto, una muñeca rota, lisiada, supo aceptar su parte de culpa en el caso. Una momentánea empatía me hizo ponerse en su lugar, y salté metafóricamente al vacío después de haber tocado el cielo con cada beso de Luis. Sara, la amiga fiel, sabría reconfortarla horas después, o eso quise imaginar en mi cabecita.
El tic tac avanza, la cuenta atrás se acerca, el reloj está perdiendo arena en cada segundo, las manecillas siguen recorriendo la esfera de mi reloj. Mi corazón se acelera. Ya nada podrá parar el desenlace. ¡Alea iacta est! Y yo volando, reviviendo mis capítulos como estatua de sal, mirando atrás, cubierta como una dorada a la sal, en el horno, cocinando lentamente por Susana, y su amor desperdiciado por un imposible. Me encuentro en la sidrería, jugando con los espejos, enamorándome y eclipsada por Luis, fugazmente me elevo y nos besamos delante del futbolín, en casa de Toni.
Estoy sobrevolando mis pinturas, por la inspiración que descubrí a su lado. El amor se reflejaba en los espejos de su cuarto. Dos figuras amándose reiteradamente, sin pudor, entregándose al placer y al sentimiento. Un delirio, un deseo, un anhelo, mantengo los dedos cruzados. Mentalmente pienso en positivo para que todo salga bien. El CD de «El despertar» amanece soplándome sus notas, María bailando con Toni en su boda, abriendo el vals, que hizo que Luis y yo repitiéramos nuestro particular baile en el hotel donde nos quedamos a dormir.
Desde entonces he compartido la vida con Luis, siendo una pareja estable, conviviendo y evitando que la monotonía nos restara puntos en la partida. Reinventando nuestra relación, alimentándola diariamente.
He tirado una moneda a la fuente desde la nube donde me encuentro. Cara o cruz, la manecilla apunta hacia la hora señalada, decisiva. Todo es silencio, la incertidumbre me cubre entera. Ando por la sala hecha una calamidad, con el chándal roto y manchado, hacia mis amigos.
Jesús, María, Toni, Rebeca, Paquito. Juntos, pero no revueltos. Cada uno con nuestra historia, unidos por la fuerza de la amistad derramada desde la sinceridad. Me siento entre Toni y Rebeca. Oigo el juez de fondo pero no lo escucho. Mis heridas de incertidumbre están al descubierto para que el destino las sane. Y de repente, Jesús choca la mano con Miguel Serrano, el abogado, y su pulgar se queda hacia arriba. Todos ponen cara de alivio, menos yo.
Yo no reacciono, me he quedado anclada en un paraíso de color sepia. Rebeca me toca la espalda y me abraza:
―Inocente, cielo mío ―murmura sonriente.
Bajo levemente de mi nube donde revivía con Luis cada momento vivido desde que nos conocimos. La alegría me invade, y sonrío sincera, con una sonrisa que va transformándose en carcajada, libertad que corre por mi cuerpo en todas direcciones.
―Inocente solamente, no ―rectifica Jesús―. Legítima defensa, sin delito, sin antecedentes, libre con todas sus letras.
Luis respira tranquilo, y sé que esta noche lo celebraremos, con lo que he guardado en la nevera, por si acaso tenía ese golpe de suerte cercano, y fuertemente anhelado. Un secreto, nuestras vidas, que merecen cubrirse y taparse ya. Sin ningún testigo, y con los ojos cerrados, nos descubriremos por enésima vez mientras la llama rebrotará hasta recorrernos por completo. Una magdalena de chocolate en mi ombligo, el éxtasis tenía que saber a chocolate. Y mientras pienso en lo de esta noche, Luis se levanta, se dirige hacia a mí, y me besa con el beso del mañana con todo su sabor y esplendor. El sol está entrando en nuestras vidas en ese instante, cubriendo de rayos la nube en donde subimos para que los demás no puedan vislumbrar ese momento de precisa intimidad. No hay testigos. No. Solo nosotros dos.
FIN

A la salida les esperamos preparados con las manos llenas. Los granos de arroz cobran vida en el vestido de novia de María y en el traje oscuro de Toni dejando su propio rastro. Un polvo blanco inunda parcialmente sus vestimentas. Todos compartimos alegrías y aplausos. Los besos de felicitaciones explotan al acabar. Rozo la mejilla de María templada y resplandeciente de finales de abril. Luego me aproximo a Toni y le planto dos besos.
Toni y María se suben al coche, que está mesuradamente decorado para la ocasión. Van a tener una sesión fotográfica en los jardines principales de la ciudad. El resto nos dirigimos hacia el restaurante de mi prima Susana, donde se celebrará el convite. Tomamos un aperitivo rosáceo y espumoso servido por un camarero elegante mientras esperamos, sin probar ninguna gota de alcohol.
Los brindis los contenemos para cuando lleguen los novios, que no tardan en aparecer, radiantes y en todo su esplendor. María brilla con luz propia. Lleva el cabello recogido con adornos florales, dejando su nuca libre, con unos pequeños mechones graciosos acompañando su cara feliz. Lleva la frente despejada, sin ningún flequillo. El vestido luce por sí mismo, como si fuera la única luz de la sala. Sus padres parecen estar orgullosos de ella.
Somos pocos invitados, pues así lo han preferido los organizadores, solo los indispensables para celebrar el día de su vida. Toni sonríe contento a Luis y al resto de los presentes. Es la primera vez que veo como sus ojos, profundamente enamorados, se separan un momento de María, y dedican las mejores de sus sonrisas a todos nosotros.
Nos sentamos, y comemos abundantemente, todo lo que nos sirven en el plato. Susana se ha esmerado con ahínco para prepararnos los mejores platos de toda la comarca y del mundo entero. Es la primera boda que se celebra en el restaurante, y quieren estrenarse a bombo y platillo, y ser motivo de publicidad a través del boca a boca para el evento, que así lo merece. Han abierto unas lujosas habitaciones en el piso superior del restaurante que estrenarán, sin ninguna duda, Toni y María.
La suite nupcial espera pacientemente ser abierta de la mano de nuestros protagonistas de hoy. Pero ahora, estamos de celebración, que corra la fiesta, que se besen, que se besen, coreamos con nuestras voces, que la frescura inunde de amor nuestros corazones, que la felicidad permanezca para siempre en los tiempos que están por llegar.
Noto como la tranquilidad me invade. Estoy tan a gusto con los míos, que me quedaría toda una vida. Alzo la copa para brindar, sin peligro alguno, por las palabras que acaba de pronunciar Luis, el padrino de la boda. Ay, felicidad que se extiende por el salón y sube como la espuma con burbujas de la bebida de Susana.
Un camarero me rellena la copa. Me toca el turno. Me levanto de la silla con mi vestido violeta, que refleja una combinación de azul y rojo en mis venas. Antes de hablar, contemplo los cuadros, que decoran las paredes del salón presidencial. Motivos primaverales no faltan pues esta estación es la temática del mes. Las flores, la luz, el crecimiento del día, todo junto me acompaña para expresar lo que me remueve por dentro.
―Os lo merecéis, ―empiezo dirigiéndome a María y a Toni ― que la felicidad plena os llene vuestras vidas. Os deseo lo mejor largamente. No soy de muchas palabras, pero una vez creí que un amanecer ―Luis me rodea la cintura― sería un buen comienzo. No me equivoqué. Que cada día de vuestra vida, esté plagado de amaneceres como el de hoy en el que el compromiso, la fidelidad, la unión, y el respeto mutuo, sean los protagonistas. Que cada despertar, María y Toni, os una más. Ninguna palabra puede expresar la fuerza de un amor en continuo crecimiento. Mis mayores deseos, para siempre.
Suenan notas musicales que acompañan mis últimas palabras. María, emocionada, me dedica una amplia sonrisa. Posteriormente, se rendirá a los encantos de Toni, y empezará el baile con un vals. Poco a poco, todos nos vamos levantando y uniendo a la fiesta. Oigo como Paquito le susurra a Rebeca si quiere acompañarle en el baile. A lo que Rebe, con los rizos recogidos, deja caer sus pestañas en un leve movimiento afirmativo e insinuador. Ambos bailarán durante toda la tarde noche por una pista perfecta para descubrirse sus mundos.
Jesús y Sara, descubriendo una llama que sigue en pie, pasarán a ocupar un primer plano en las primeras fotos del vals. Luis y yo, más discretos en una esquina del salón, bailaremos al son de una música con tintes de una tímida ilusión.
Media hora después, me lloverá el ramo de María en mis manos. Lo cogeré firmemente, y exclamaré para mí misma, que este es el ramo de novia definitivo. Ante la mirada de sorpresa de los presentes, guiñaré el ojo izquierdo a Luis, y con un pequeño gesto, le indicaré que arriba también nos espera una habitación.
El deseo de Luis se hace patente en el brillo de sus pupilas. No tardamos en escabullirnos y subir al piso de arriba. Entramos en una habitación especial, que no tiene nada que envidiar a la nupcial. Mi prima Susana se ha esmerado en los pequeños detalles. Una pequeña cesta de mimbre con bombones y aceite de masaje nos espera. Dejo el ramo en un jarrón violeta, que hay en una mesilla. Luis me contempla enamorado.
―No sabes cuánto me gustaría poner un pause en ese momento ―murmura Luis―. Detenernos para siempre, aquí, juntos.
Sé por qué dice eso. Intento ser fuerte, y hacerle frente al destino, aunque consista en precipitarme hacia el vacío. Quiero que Luis me oiga pronunciar esas palabras. Él ahora está entretenido poniendo en marcha el hilo musical de la habitación. Me aclaro la garganta, le miro fijamente de frente, le acaricio la barbilla para que me mire.
―No pongamos un pause, sigamos hacia adelante, Luis. Mañana, si quieres, hago el traslado y me instalo en tu apartamento definitivamente.
Luis tiembla, profundamente emocionado, y gratamente sorprendido.
No tarda en abrazarme y, entre una colcha de pétalos, nos sumimos a la entrega definitiva y completa del placer absoluto de nuestros cuerpos. El ambiente huele a él y a mí misma. Dejamos huella en el cristal de la cómoda, nuestro vaho impregna de manera suficiente su luna. Los espejos del techo son testigos y nos admiran y remiran sin empañarse.
Al día siguiente, una única lágrima derramada mancha el rostro de Luis.
―¿Lo dijiste en serio? ―me pregunta.
―¿El qué? ―le reto desperezándome.
―Lo de vivir juntos.
―Claro, nunca hablé más en serio.
Y, entre mi susurro, le beso los párpados con ese leve gusto a sal.

En un lugar de los Pirineos, cuyo nombre siempre estará en mi memoria, el coche de Luis se detiene. Durante todo el trayecto, he contemplado el paisaje embelesada, montañas prominentes nos rodean con todo su esplendor. Me siento pequeña ante tanta grandeza. A primeras horas una fina niebla decoraba nuestro alrededor, pero poco a poco se ha ido levantando. Hay nieve en las cimas y, como supuse, hace bastante fresquita al bajar del coche. Hace pocos días del estreno de la primavera y su magia todavía dormita en el valle donde nos detenemos.
―Aquí es ―dice Luis señalándome una casita, que la reconoce por la foto que aparecía en la página web, dónde hemos hecho la reserva.
Es una casa típica, de piedra y con el tejado de pizarra. Hay un rótulo, que indica el nombre de la casa, que es lo que la ha hecho reconocer entre las demás. Llamamos al timbre y una mujer rubia nos abre la puerta amablemente. Después de presentarnos como es debido, la mujer nos enseña la casa donde pasaremos este fin de semana largo y memorable. Me encanta la decoración, con las paredes de piedra, el techo inclinado con una ventana incrustada por donde entra la luz del sol. La mujer, después de explicarnos el funcionamiento del jacuzzi y de otras cosas como la chimenea, se va deseándonos una buena estancia y dejándonos las llaves. Plantas artificiales decoran el comedor. La casa está rociada en su justa medida por un ambientador de hierbas aromáticas, que me producen bienestar.
Me fijo en la cama más que enorme, inmensa, con una colcha color salmón. Estoy deseando perderme entre sus sábanas, pero primero tendremos que subir las maletas, que todavía se encuentran en el coche. Luis va a por ellas, mientras me quedo respirando un pedacito de nuestro hogar para estos cuatro días, que hemos esperado desde Reyes con ilusión. Cuando un deseo se cumple, a veces el entusiasmo te ciega y te impide disfrutarlo cómo es debido. Mi corazón palpita al son de lo que nos espera, nervioso y juguetón, feliz.
Luis deja las maletas al suelo de la habitación. Estoy de espaldas a él, y no tardo en sentir como sus brazos rodean mi cintura. Me aparta unos cuantos mechones de mi cabello, que está liso debido a las manos de una peluquera, que me ha peinado para la ocasión y me besa en el cuello. Puedo notar cómo sus labios erizan mi piel. Me empiezo a rendir a sus caricias, pero de repente mis ojos se fijan en una cesta de mimbre, que está en un rincón de la mesita de noche, al lado izquierdo de la cama. Lo que me hace fijarme en ella precisamente en ese instante es que un par de botellas asoman de la cesta. Me aparto de Luis y voy directa a la cesta mientras pregunto:
―¿Y eso? ―pregunto asombrada mientras leo la tarjeta que nos desea una feliz estancia.
―Debe ser el regalo de bienvenida ―contesta Luis, encogiéndose de hombros―. Lo ponía en la página web, pero no pensé que se refería a esto.
Una botella de champán y otra de vino con su abridor entran inocentemente en mi vista. Un escalofrío me recorre entera, pues me hace pensar indebidamente en el alcohol. Es precisamente en los instantes de placer o relajación, cuando a veces pienso que una copita no me sentaría mal. Nada más lejos que la realidad. No puedo beber con moderación, porque ultra pasé los límites y de qué manera. Tener esas dos botellas tan cerca, me produce angustia. Luis lee mi pensamiento. Y creo que él tampoco está tranquilo. No tarda en decirme:
―Elisa, nos tendremos que deshacer de ellas. Esas botellas se van a convertir en un problema mientras estén aquí a la vista.
―Maldita cultura la nuestra ―le digo―. Nuestra adicción forma parte de ella irremediablemente. Parece que la bebida nos persiga, Luis.
―No saques las cosas de quicio, anda. Las descorcho y las tiro por el váter ―me tranquiliza.
―¿Y el aroma que quedará? Ahora mismo me apetece un sorbo, Luis. Y esa necesidad, que me ha aparecido, será difícil de calmar.
Tan segura me veía, y ahora, mi voluntad otra vez andando vacilante por la cuerda floja. Miro a Luis con ojos suplicantes.
―¿Y si sólo nos mojamos los labios, Luis? Brindemos por ese momento de paz y tranquilidad ―le digo acercándole las copas.
―Elisa…. ¿No te das cuenta que tendremos problemas por ese error? ¿No te acuerdas de lo que nos dijeron en terapia?
―Luis, será sólo hoy ―le insisto.
―No, Elisa ―me aparta ambas copas―. No tenemos nada que celebrar de este modo. No ―continúa rotundo―. Nunca bebimos por tener problemas. Tuvimos problemas por beber. Así de fácil. Impide que vuelvan a entrar en nuestra vida.
Nunca le había visto tan seguro. Luis descorcha la botella de champan cuidadosamente para que no se vierta, se va al váter y tira enteramente todo el líquido espumoso. Luego procede con el vino.
―Encima era de los buenos… ―Comento para mí.
―Elisa, lo bueno ha sido no probarlo ―me dice firme rodeándome de nuevo con sus brazos.
―Tienes razón. Luis, gracias ―le digo ahora que el peligro cercano ha desaparecido, y aunque me siento algo aturdida, celebro no haber recaído.
Luis se separa de mí unos instantes. Coge las dos botellas vacías y se va al contenedor de vidrio a tirarlas. Veo su gesto firme por la ventana, escondida disimuladamente por las cortinas blancas. Luego vuelve a mí y me abraza fuertemente.
―Nunca debemos jugar con la bebida, Elisa ―me susurra mientras me mordisquea el lóbulo de la oreja.
―Lo sé. Gracias por estar ahí.
―Yo siempre estaré dónde te haga falta.
Luis se agacha y pone en funcionamiento el jacuzzi.
―¿Le apetece un baño, señorita? Mira, nos hemos olvidado de lo más importante de la cesta ―dice Luis mientras abre una pequeña cajita brillante.
«La felicidad sabe a chocolate», me digo mientras saboreo un bombón, que me ha tendido Luis y el jacuzzi se está llenando.
―Menos mal que no son de licor ―le digo extasiada por el buen sabor dulce que me está dejando en la boca.
―Ya me he asegurado antes de dártelo ―me contesta sonriendo.
Ambos entramos en el jacuzzi, y nos dejamos darnos masajes por el circuito de agua, que fluye entre los dos. Intercambiamos nuestra humedad, besándonos, recorriendo nuestra piel, sorbiéndonos, bebiendo las gotas de nuestros cuerpos mojados.
Se avecinan cuatro días de relax lejos de una droga, un tóxico, un psicótropo, un anestésico, un depresor: el alcohol. «Adiós alcohol», pienso. «Pongo punto final en mi vida. No vuelvas a entrar en ella. Lo que tengo es gracias a que tú no estás presente en ella, a que ya te dije adiós.
Es de valientes saber decir que no. Luis lo es. Yo también lo soy. Y Toni, y María, y Rebe, y Jesús, y Paquito. Y tantas muchas, personas anónimas, que no permiten que les domines, que ya no creen en tus falacias, en el engaño de no reconocerlo. Nunca me alimentaste, ni me diste fuerza, ni potencia sexual, ni fuiste el mito que gocé admirar en las pinturas donde se vislumbraba a Baco. Ni tan siquiera me calentaste, ni diste más latidos a mi corazón que latía intoxicado por ti».
Luis me besa, bebo de sus labios su aliento fresco, sin un ápice de tu presencia. Embelesada me rindo a sus encantos.
―Como agua, como agua para chocolate ―me susurra, porque mi beso sabe precisamente a bombón excitante, que se ha derretido completamente.
