Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Siempre me espera un bocadillo cuando salgo de la escuela. Lo muerdo distraída y me guardo un trozo para dárselo. Hoy no tengo mucha hambre porque me he peleado con mis amigas. Bueno, ahora ya no lo son. Si en realidad lo fueran, me hubieran elegido para jugar con ellas. He tenido que pasarme toda la hora del patio sola. Y me he aburrido un montón.

Cuando mi Celia llega, siempre tiene su bocadillo a punto. Hoy no entiendo qué le pasa porque casi no lo ha probado. Si le pregunto, rehúye mi mirada y, sin contestar, se encierra en su cuarto.

Todo el día lo he pasado sola. La televisión ya no me distrae y me pesan mucho las piernas. Me iría bien caminar un poco para activar la circulación, pero no quiero dejar a la niña sola. No sé si será mejor ir a preguntarle si quiere acompañarme al parque.

Menuda merienda. Hoy me ha caído un trozo de jamón dulce de propina. No sé por qué llora la niña mientras me lo da. Yo nunca he llorado en la vida. Me gustaría limpiar sus lágrimas a lametazos. Pero si me ven haciéndolo, puede que me griten y no lo soporto. Me sobresalen las uñas y se me erizan los pelos con pensarlo. Ahora oigo la puerta y eso significa que van a salir y me quedaré solo. Podré disfrutar de todo el jamón, que voy a comer a mis anchas. Después, si se dejan la puerta de atrás entreabierta, saldré por el jardín e iré hacia al parque…

Hacía una semana que Celia Martínez no iba a la escuela. Los profesores no daban crédito a lo ocurrido. Ana, la profesora de matemáticas, ojeó la sección de sucesos durante el recreo:

El pasado jueves, una niña (C.M.C) descubrió un cadáver en el parque Teodoro González de la ciudad de Tortosa mientras jugaba. Todavía no se ha identificado a la víctima, a la que han llevado al instituto forense para practicarle una autopsia. La niña iba acompañada por su abuela (E.C.P) que sufrió un ataque de ansiedad después de llamar a las autoridades, que han abierto una investigación. Por no tratarse de un hecho aislado, ya que es el tercer cadáver que se descubre en el último año, diferentes vecinos se han movilizado para vigilar el parque las veinticuatro horas del día.

Nadie se había ofrecido a acercarle los deberes y, cuando preguntó a sus compañeras, solo oyó excusas para no hacerlo.

Ana no quería que Celia se retrasara en su aprendizaje y decidió ir ella misma al acabar su jornada.

Encontró a la niña en un mutismo absoluto y con los ojos perdidos.  La abuela parecía no estar mejor, sumergida en la apatía.

—Menudo susto, hija —dijo.

Y le explicó lo ocurrido en el parque.

—Quiero no pensar en asesinos de esos… En serie, ¿no se dice así?

Ana intentó calmar a la abuela, pero ella misma tenía miedo de volver a su casa sola, después de los rumores que corrían por la ciudad.

Llevo días sin probar bocado. En esa casa ya no sé cuándo se come. Si se despistan, saldré al parque a cazar pajarillos.

Al salir la profesora, el gato la siguió.

Ana caminó varios metros hasta el parque, pensaba en no cruzarlo, pero tenía poco tiempo y aquel era el camino más rápido. Sentía cómo alguien la observaba desde la distancia.

Al girarse, unos ojos se iluminaron en la oscuridad.

Ana dio varios gritos que fueron ganando intensidad conforme el agresor se acercaba. No era un fantasma ni producto de su imaginación.

Odio que griten. Me producen confusión y agresividad.

El gato saltó hacia su presa.

Ana corrió veloz varios metros hacia la salida del parque. No sabía de dónde había salido su salvación. Miró al cielo, que estaba plagado de nubes y, supo que nadie la había escuchado. «¿Dónde estaba la seguridad?», se preguntó mientras llamaba a la policía.

Total, para una vez que hago algo y no soy noticia. Paso de todo. Además, no sé leer. Estoy algo magullado, por los manotazos que me dio el tío ese. Mis uñas se clavaron tan intensas como un aguijón, porque están reforzadas con mi alimentación. Celia ha vuelto a ir a la escuela y creo que ha hecho las paces con sus amigas. Lo sé porque hoy no me ha dado ninguna sobra y su sonrisa se vuelve a dibujar.

A la semana siguiente, Ana leyó sus iniciales en la página de sucesos del periódico de la comarca. Echó de menos las iniciales de su salvador, porque al tratarse de un gato, los periodistas lo habían obviado. En cambio, sí que figuraban las de su presunto depredador. Dobló la noticia aliviada y continuó con la programación de las clases en el despacho de profesores.

® Helena Sauras

Ya no buscaba nada en aquel mundo, porque había perdido las ilusiones. Vivía de forma mecánica, sin reflexionar siquiera o, puede que estuviera en ese estado, porque había pensado demasiado.

Le entristecía aquella época. Su día a día había menguado hasta casi desaparecer. Solo quería dormir y le pesaba todo el cuerpo como si le hubieran inyectado una tonelada de plomo. Sus párpados pesaban y ella se abandonaba al sopor del ambiente.

Vivía en una noche permanente. Llevaba puesto el antifaz para que la luz no la molestara. Aquel otoño no sería bueno para ella, porque pasado Todos Los Santos, ya no se demandaban tantas flores. Además, ahora la floristería familiar permanecía cerrada por defunción.

Pensó que soñaba, pero estaba despierta. Una baranda protegía su cuerpo para no caer contra el suelo. Cuando se quedaba dormida, la agitación la hacía moverse de un lado a otro.

Entre aquel caos de vida, el ventanuco de su cuarto se abrió empujada por el fuerte viento. Diferentes objetos empezaron a deslizarse por el suelo. Abrió los ojos asustada, pero no había nadie.

O a lo mejor se asustó por eso mismo, porque estaba sola.

Recogió lo que pudo de la moqueta mugrienta. Cuánto tiempo hacía que no se pasaba el aspirador. Papeles y un montón de facturas sin pagar. El ánimo de aquellos días había impedido que se efectuara el pago de su apartamento y el casero no tardaría en aporrear la puerta. Antes se encargaba su madre de ello, antes de que una infección fatal llamara a su casa. Cogió un sobre abultado y se lo puso en un bolsillo mientras recordaba:

—Todos nos tenemos que morir algún día —dijo su madre vencida.

Lucía quiso creer que sería un día lejano. No fue así. La mujer no se recuperó y la enterraron con una vistosa corona donde sus tías desaparecieron de su vista tras el entierro. Siempre había suscitado desprecio entre sus familiares y, ahora que su madre ya no estaba, no tenían que disimular que se llevaban bien.

Llamaron a la puerta y pensando que era el casero permaneció inmóvil y sin hacer nada de ruido. Insistieron y al final, oyendo la voz de una vecina que gritaba que había una inundación en la escalera, salió rápido. El agua bajaba por las escaleras de la comunidad y se estrellaba contra el suelo.

Su mirada ausente se encontró con la vecina que la hacía volver a la realidad con sus explicaciones.

—Un reventón de las tuberías. Ese viento que sopla no nos deja vivir, ¿verdad?

Y Lucía sintió ulular el vendaval con cara de boba. La vecina la recogió y, como habían cortado el agua principal y tardarían en darla, la invitó a comer en un bar de la esquina con su hijo Juan, un adolescente de edad similar a Lucía. La muchacha siempre le había despertado ternura.

Mientras comían un bocadillo de tortilla, la vecina intentó entablar conversación. Lucía dio un par de mordiscos, se disculpó y se fue de allí apresuradamente. Al salir, la sombra del casero que entraba en el bar la rozó.

Lucía cayó al suelo del impacto, se levantó deprisa como pudo y continuó corriendo calle abajo. El viento la empujaba en su recorrido. En su bolsillo llevaba el sobre con dinero suficiente para alquilar una habitación. Solo que no tenía edad para hacerlo.

«En el aire se quedarían sus intenciones», pensó decaída. Eso si no convencía a alguien necesitado de dinero. Se le ocurrió una idea. Convenció a un chico para que alquilara una habitación a su nombre y se hiciera pasar por su hermano. Era peligroso en los tiempos que corrían. Lucía no pensó lo que aquel muchacho pudiera hacerle. Pero era astuta y eligió al cojo del grupo de estudiantes. Así se aseguraría que podría escapar corriendo de sus brazos si algo se complicaba.

—¿No habrás robado esos billetes?

Ella negó con la cabeza y le explicó que era la única herencia que le había dejado su madre. El chico se apiadó de ella.

De esta forma, Lucía consiguió una habitación con una ventana con persiana que la aislara del viento y un apartamento lleno de compañía. A ratos, salía con el grupo de estudiantes en las zonas comunes. Bebían cerveza y reían como locos, pero a veces la ayudaban con los deberes. En las clases, empezó a quedar de las primeras y no levantó sospechas en los profesores de que estaba sin tutela.

Cuando cumplió dieciséis, buscó empleo y lo combinó con sus estudios para prepararse para la universidad. El chico le había tomado cariño y le habló de una beca que consiguió con empeño. Enseguida empezó a destacar en las clases.

Un veintinueve de febrero coincidió con una prima camino de la universidad. Se reconocieron al instante, pero Ivette no la saludó. Lucía tampoco. «Cómo olvidar esa sonrisa falsa y altiva», pensó. A lo largo de la mañana, se dieron cuenta de que se habían matriculado en las mismas clases. Estaban obligadas a verse a diario. Ivette era nueva allí, Lucía ya había conseguido una buena reputación.

—¿Cómo la conseguiste? —le preguntó su prima al cabo de unos días en que de tanto coincidir acabaron por hablarse.

—Con mi esfuerzo.

Ivette abrió los ojos asombrada. Nada de lo que había hecho su familia para aislar a Lucía de la sociedad había servido.

—Nunca se lo perdonasteis.

Amar sin condición a un muchacho recién llegado no era bien visto. Quedarse embarazada de él giraba alrededor del escándalo.

—Y el abuelo quedó impune…

Ivette enmudeció y pensó en lo que tenía prohibido recordar, la historia que le había contado su madre con lo referente a su prima.

—Mis rizos y mi piel son un honor —continuó Lucía—. Son parte de mis padres y del color de su silencio.

Negra muerte como el duelo que vino después, su madre se lo había explicado antes de fallecer. Y como normalmente nadie miente en esas circunstancias, Lucía la creyó. Parte de sus raíces empezaban a tomar forma en su cabeza esculpidas en una historia.

—Necesito ver al abuelo —dijo al fin.

Ivette le prometió que así sería.


Meses más tarde, Lucía se encontró con un anciano desmemoriado. Era imposible entablar ninguna conversación, porque su abuelo vivía en otro mundo.

—¡Menuda educación!

Se giró y se encontró con su abuela. Ésta, que pensaba que Lucía era una nueva cuidadora, le recriminó que todavía no le había cambiado los pañales.

Lucía intentó explicarse, pero la abuela no la dejó y empuñando un bastón, la obligó a cambiar en aquel momento los pañales a su marido.

Así lo intentó, pero como no tenía experiencia, acabó oyendo gritos y entró en un estado de completo nerviosismo. Salió de allí con la extraña sensación de no haber conseguido nada y jurándose que no regresaría jamás. Todos estaban muertos en aquella familia para ella.


Días después, recibió una declaración de amor, un ramo de tulipanes y una proposición. Una posible red de ilusiones se abrió frente a ella.  Intentó analizar sus sentimientos precavida, pero como no pudo hacerlo, se dijo que posiblemente no tenía capacidad para amar.

Juan esperó y esperó una contestación que no llegaba. Lejos de desesperarse aguardó tenaz y paciente hasta el final. Desde su primera adolescencia, había estado enamorada de Lucía y ahora que la había reencontrado en el tercer curso de la universidad, aguardaría el tiempo que hiciera falta.

Con los días que sucedieron, Lucía experimentó ganas de encontrarse con él. La vida intentaba brillar a su alrededor y se dijo por qué no arriesgarse. Entre los dos volvieron a abrir el negocio de la floristería.

®Helena Sauras

Necessito tenir-ho tot apunt abans que l’Eulàlia es llevi del llit. I no són poques coses les que necessita la senyora! És una maniàtica i, des de que es va divorciar, la cosa ha anat en augment. Tot menys el meu sou! Des de que em van fer la proposició, sabia que sortiria perdent. I així ha estat.

De vegades, encara hi penso amb el senyor i em quedo esmaperduda. Miro per la finestra i desitjo que torni a obrir-se la porta. I aparegui. Però mai es compleix el meu desig, m’aferro a idees que no es porten a terme. Era tan amable i mai vaig sentir-li dir res fora de lloc. Era educat i elegant. Quan tocava la roba que li planxava m’encantava el seu tacte, tan suau i de bona qualitat. Usava una camisa per cada dia de la setmana, de colors sobris perquè necessitava transmetre serietat entre els seus clients. Jo mai reia davant seu, encara que ara, quan hi penso amb els bons moments que passàvem, un somriure carregat de nostàlgia em creua la cara.

Enyoro el senyor! Vet aquí, ara que no hi és, me n’adono. Tot i que el seu divorci no va ser gens amistós, no li vaig veure perdre els estreps en cap moment.

«Laia, vols portar-me una tassa plena de xocolata desfeta?». I si no arriba a ser per la meua pesadesa a l’hora de servir, la senyora s’hagués engreixat uns quants quilos aquell estiu, el que es va separar definitivament. Però cada cop que requeria que li servís alguna cosa calòrica, jo perdia l’equilibri i acabava vessant-ho per terra. Fins i tot els gelats italians, que volia engolir-se, acabaven empastifats damunt la moqueta. A la fi, i donant-me per impossible, i gràcies a que era molt hàbil amb la planxa i li deixava tota la seua roba impol·luta, no em va fer fora. «Laia, hem passat unes quantes coses juntes». I de vegades, es posava a recordar-me que m’havia vist néixer i que teníem un vincle molt estret que ens unia. No seria jo qui el trenqués. Llavors, una espurna de records em pujava al lacrimal i tenia ganes de plorar perquè la meua mare ja no hi era entre nosaltres. Em vaig quedar òrfena de la nit al dia, si no arriba a ser per la mestressa i el senyor… Què hagués sigut de mi?

I ara me n’adono que cada dia tinc més roba acumulada i que l’Eulàlia s’està passant a l’hora d’arreglar-se. Sempre havia estat molt presumida, però ara es canvia de roba cada dos per tres. Crec que un dia coneixeré la veritable raó d’aquest canvi. Per començar, avui m’ha vingut amb un pentinat nou i amb un color de cabells diferent. De pas, he aprofitat i li he preguntat per la perruquera, la Pepita, que és com de casa, però ella ha abaixat la mirada i m’ha evitat. Volia dir-li que l’afavoria i que l’he trobat més jove que de costum, però he perdut l’oportunitat de dir-li-ho.

M’he quedat amb la incògnita i sospito que el motiu de tanta planxa és que ha conegut un altre home. Algú que la faci oblidar per uns instants el veritable motiu de què perquè no cobra cap manutenció. Segur que té bastants calers i espero que no sigui infidel com la meua mestressa. Però ningú m’ha demanat l’opinió. Callo. Els vestits ja són planxats i li preparo un per a què surti aquesta nit.

L’Eulàlia anirà de festa, jo m’estiraré a descansar mentre penso amb tot el que m’estic perdent d’aquesta vida, que mai deixa d’aturar-se. Se m’aclucaran els ulls i besaré algú de pensament. Però només serà així, les meus ànsies moriran als meus llavis i potser me’ls mossegui i tot. A l’endemà tornaré a la rutina, ho tindré tot apunt per a la mestressa que m’estressa dia sí, dia també.

Esmorzaré primer un tassó de llet i després prepararé dos esmorzars: un per l’Eulàlia, i l’altre per aquest home desconegut. Té bona presència i d’edat podria ben bé ser com la del senyor, any amunt, any avall. Intento ser tan discreta com sempre he estat, enrere quedaren l’època de confidències entre la mestressa i jo. Foren quan la meua mare encara vivia, una època daurada entre les tres que mai més tornarà.

® Helena Sauras

Photo by cottonbro on Pexels.com

A la teua mort, vaig esbrinar el que la teua indiferència significava. De què tenies por? Suposo que temies mostrar-te tal com eres i amagaves la teua sensibilitat entre notes que no m’ensenyaves. Et volia dedicar un llibre que havia escrit, però no volies que em mostrés fràgil. Em digueres que necessitaves una mare sencera. Com podia fer-me la forta si mai ho havia sigut?

Escrivies partitures tancat a la teua habitació la major part del dia i no me les deixaves escoltar. Respectava la teua intimitat malgrat no m’agradés que no em tinguessis en compte en la teua vida.

No ho pots saber, però fou el teu pare el que em va impulsar a tirar endavant en l’embaràs. Fou ell amb companyia de la seua família qui em van ajudar abans de desaparèixer. No t’ho he contat mai, però ho van fer sense deixar ni rastre. I jo vaig acabar fosca i, a les palpentes, buscava una vida promesa que no es duria a terme.

Tanco la porta de la teua habitació, perquè em sento buida i, amb el pom a la mà, crec veure un om sec quan tombo la mirada cap a l’exterior. No hi haurà milacre que et revisqui i tinc els ulls buits de primaveres. Com vas poder amargar-m’ho? Musicaves els meus poemes i havies creat una llista de Spotify amb el títol de cadascun. Tenies alguns seguidors que t’havien enviat uns quants comentaris favorables.

Tots ho eren menys un. El penúltim t’obligava a repetir la llista, a millorar-la. Semblava ser un crític molt exigent i potser va saber arribar a tu. Et reptava a cada lletra. Com he pogut comprovar a través del teu telèfon, quedares amb aquest desconegut…

No vull ser un entrebanc en la investigació i he decidit col·laborar en tot, però la teua pèrdua em paralitza. He pensat en reescriure els poemes, un a un i, vers a vers, reviure’t, tot i que el dolor se’m fa insuportable.

He pensat que potser el teu assassí havia captat la teua sensibilitat, potser sentia odi envers la teua manera de sentir, la teua llibertat d’expressió. I ara tinc por que trobi el meu llibre de poemes, aquests que et vaig dedicar quan et convertires en motor de la meua inspiració, fill. Podria convertir-me en un blanc perfecte.

Truquen a la porta i observo per l’espiell com ha arribat la policia amb aquest uniforme que sembla nou i em dona l’esperança de què no està tot perdut, de què l’art ens pot canviar, de què el teu crim es pot resoldre. Temps al temps.

® Helena Sauras

Photo by cottonbro on Pexels.com

Se tocó el pómulo hinchado. Aquella vez la pelea en el recreo había sacado de sus casillas a todos los participantes. Alzó la mirada y la dirigió hacia la ventanilla del tren. Iba a un internado ahora que sus padres ya no sabían qué hacer con él. Confiaban en la disciplina del centro. Sin duda, era un inadaptado de la sociedad con muchos problemas de conducta.

Mientras viajaba, fue incapaz de destapar el frasco porque se acordó de lo que ella le había dicho. De esa manera, conseguiría que la magia de aquel instante no se evaporara. Quería conservarlo, que el perfume que contenía no huyera en un lugar de su memoria prohibido.

El tren dio un frenazo brusco. El frasco le resbaló de las manos y se rompió. La ventanilla se había salpicado de una sustancia que no tardó en reconocer y le produjo un escalofrío. El perfume de su hogar se expandía por todo el vagón y con él sus recuerdos familiares. Las caras iban y venían en su mente: la de su madre, la de sus hermanos y la severidad de su padre.

Los demás viajeros se habían puesto a mirar a través de las ventanillas con cara asustada. Un cuerpo inerte yacía en las vías. Se tocó la nariz y, al ver que sangraba, cogió un pañuelo para tapársela. Siempre que se ponía nervioso le solía pasar.

—Los recuerdos pinchan, pobre hombre —dijo una mujer.

El chico la miró y le recordó a su madre y, mirando el cuerpo, se reconoció con unos años más. Se prometió que él no acabaría así.

Comprobó que aún tenía dinero suficiente en el bolsillo. En la próxima estación, cambiaría de tren de vuelta a su hogar. Tendría que pedir mucho perdón y una segunda oportunidad.

Photo by Karolina Grabowska on Pexels.com

Electra se atusó el cabello, pero no consiguió domarlo. Aquel día ventoso era fatal por la electricidad estática y su pelo se acabó alborotando. No quiso mirarse en ningún espejo. Ella sabía que su situación no mejoraría ya. Estaba sin blanca y no podía ir a la peluquería. Lamentó haberse gastado todo el dinero en aquel negocio que la había arruinado.

Quiso comprarse otro secador, pero ni para eso le alcanzaba. Además, tampoco tenía gracia para peinarse. De ahí, la nube que le había quedado. Su pelo castaño oscuro era demasiado fino y volaba dispuesto a escapar de ella. Se preguntó hacia dónde querría huir. De ella misma, sin lugar a duda.

Después de reflexionar, creyó que tenía la autoestima baja. Aquella factura de luz era desorbitada y pensó en qué le diría su bisabuela si todavía viviera. En su época, no dependían tanto de la luz, ni vivían con tantas comodidades como ahora. Pensar en su bisabuela le desató un cálido recuerdo. Pobre, qué sería de ella si hubiese alcanzado la centena.

La electricidad era una fuerza superior. En la época en que vivían, lo importante era estar conectados. A todas horas, a través de enchufes que suministraban energía a todos los electrodomésticos, fueran o no necesarios.

Electra tenía las manos frías y el cuerpo al borde de un resfriado. La estufa no funcionaba. Le habían cortado la luz por culpa de aquella factura que no había podido pagar. Pensaba en su situación como una tragedia. Se dio cuenta que ese no tenía que ser el progreso del que le hablaron.

No le habían hablado nunca de hacer un uso responsable, de no malgastar. De vez en cuando, miraba por la ventana e imaginaba su vida como una energía renovable. Le gustaría cambiar y dejar de consumirse.

® Helena Sauras

Photo by Pixabay on Pexels.com