Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Aprobada a la primera. La teórica del carné de conducir ya pasó a la historia y empiezo las prácticas por la ciudad con ganas. En los instantes que conduzco, me siento dueña de mí misma, porque soy yo la que dirijo mi vida. Ha pasado casi un año en que lo dejé definitivamente, sin contar mi recaída, pero cada día que pasa es un pulso que le estoy ganando a mi adicción. Lo más importante es que me siento libre, sin ningún impulso que empañe mi día a día, ya que el alcohol me llamaba continuamente a consumirlo. También tranquila, porque al dejarlo esos mismos impulsos han cesado y me lleno de vitalidad.

Me siento radiante, llena de vida, y de ilusión. Por eso, durante el mes frío de febrero, en el que la bebida no nos calentará el cuerpo llenándolo de falacias y dominando nuestra existencia, pintaremos un mural con nuestras manos. Un mural donde el color será testigo de nuestra fuerza unida. Las paredes las dejaremos para primavera, porque se podrá ventilar la sala donde hacemos la terapia y las contiguas, pero el mural no puede esperar.

Paquito está empezando a dejarla y, los unos primeros días, siente un temblor incontrolable en sus manos, que le hacen pensar que no será capaz de pintar.

Déjate llevar, Paquito ―le digo y hago que su mano se dirija por un extremo del lienzo.

Luis, en un primer momento, concentrado en una mezcla de pinturas, me mira de soslayo al oírme. No tiene muy claro todavía que simplemente soy amable con Paquito. Quiero ser su amiga, brindarle complicidad, y servirle de hombro para apoyarse. Pero la sombra de unos celos sin fundamento cubren la mirada de Luis, al vernos trabajar juntos. Me siento afín a Paquito, por su historia que nos contó hace unas semanas.

Sé lo que se siente cuando te abandonan sin explicación alguna, cuando tu mesita de noche se tapa de soledad, cuando es la intermediaria de malas noticias, que te hacen pasar malas noches, cubiertas de embriaguez por pavor de enfrentarte a lo que será de tu vida a partir de ahora. Sin amor, sin pareja, sin la estabilidad que te llenaba. Y vuelta a empezar.

Días después le comentaré a María esos pequeños ataques de celos, que siente Luis al verme tan cerca de Paquito.

Luis está inseguro ―me contesta María sentándose en el sofá de Toni―. Compréndelo. Primero, no sabe lo que le va a pasar respecto al juicio que le espera y segundo tiene miedo de perderte. A parte, está la diferencia de edad.

¿De qué diferencia me estás hablando, María?

Hombre, ―me contesta encogiéndose de hombros― tú le llevas cinco años a Luis. Paquito es tres años mayor que tú. Luis piensa que lo ves como un crío, se lo dijo el otro día a Toni, pero no le digas nada, ¿vale?

Claro que lo veo como un crío ―la interrumpo―. Porque se comporta como tal. Esa inseguridad nunca le abandona.

Háblale, hazle ver que sólo tienes ojos para él.

Parece que me estés implorando, María. Ya estoy harta de sus malas caras cuando me acerco a Paquito. Nunca he sentido interés sexual por él. Ni un ápice.

Pero no negarás que es guapo ―me comenta María.

Feo no es. Pero sólo quiero ser su amigo. Sólo faltaría embarcarme en arenas movedizas otra vez. Con una vez ya tuve suficiente.

¿Por qué no firmáis verbalmente un pacto de fidelidad? ―me propone María―. Está muy inseguro, porque no te vas a vivir con él, porque prefieres a tu prima Susana.

Si a esas alturas no ha comprendido que quiero hacer las cosas bien, es que no ha entendido nada. María, no quiero precipitarme. Luis es dulce, pero últimamente se está agriando.

Tenéis un viaje pendiente, en Semana Santa, aprovecha para hacerle sentir especial, Elisa. A Luis le falta algo de autoestima desde que ha aparecido Paquito. Como Paquito no tiene pareja y es una persona herida por su pasado, pues cree que a lo mejor…

Pues que no crea nada, si no cambia de actitud me acabará perdiendo, María. No me gustan los malos rollos por cosas inventadas, por sensaciones infundadas. Así son los celos.

Ya… Son fantasmas que te recorren la falta de seguridad y autoestima.

Luis no confía en sí mismo. Me da pena que sea así. Está cambiando su actitud poquito a poco y no nos conduce hacia ningún lugar. Bueno, María, no quiero hablar más del tema. He venido a ayudarte a elegir vestido de novia. ¿Nos vamos ya a la tienda?

Espera que venga Rebeca. No puede tardar mucho ya.

Como siempre, se retrasa ―digo comprobando el reloj.

Hoy tiene excusa. Pasaba la mañana con sus hijos. Ahora les debe estar recogiendo el padre. Esperemos un poquito más.

¡Qué remedio! ¿Una partida al simulador?

Después de unas cuantas partidas en donde conduzco diferentes coches de carreras, llega por fin Rebeca. Sus ojos transmiten la alegría de haber estado con sus retoños.

Las despedidas siempre se alargan ―comenta al llegar―. Mamá esto, mamá, lo otro… Y hoy su padre se ha retrasado, cosa que le he agradecido. He podido disfrutar más tiempo de ellos. Bueno, ¿preparadas para elegir el mejor vestido de fiesta?

Sí, damas de honor ―contesta María ilusionada.

No habrá ciudad que se nos resista ―digo yo.

Ni ciudad, ni chico ―dice una Rebeca segura.

Reímos las tres al unísono y nos vamos directas a la tienda, especializada en vestidos de fiesta. Miramos catálogos y al fin, Rebeca y yo, nos decidimos por unos vestidos violeta sencillos en su corte, pero muy elegantes. María se prueba varios vestidos de novia, le disimulan sus curvas y noto como tiene experiencia en elegirlos. No es su primera vez. Sé que el otro vestido que tenía pensado lucir en su boda con Víctor, lo acabó revendiendo en ebay.

Ese te va como anillo al dedo ―le dice Rebeca.

Es verdad, María.

Es muy caro, no tengo presupuesto para tanto ―puntualiza María.

Y dirigiéndose a la dependienta, le hace enseñar únicamente vestidos con un presupuesto bastante ajustado. La dependienta hace una mueca de burla. Nos mira de arriba abajo y, después de aclarase la voz, nos sugiere que nos vayamos a una tienda de segunda mano.

¡Será imbécil, la tía! ―dice María una vez hemos traspasado la puerta y nos encontramos otra vez en la calle.

Los vestidos de novia siempre han sido muy caros ―comenta Rebeca.

Es verdad ―le doy la razón.

¿Qué ha pasado con tu dinero, María? La semana pasada me dijiste que tenías más ―pregunta inocentemente Rebeca.

Se lo he devuelto a su dueño ―contesta María, que se nos ha adelantado unos pasos.

¿Qué dueño, ni qué niño muerto? —vuelve a preguntar Rebeca.

María se vuelve hacia nosotras con calma. Su mirada denota misterio.

Quedé con Nacho la semana pasada ―nos contesta, evitándome mirarme a mí―. Le devolví el dinero, que le había quitado mi hermana. Incluida la casita en Portugal.

¿Qué hiciste qué? —Pregunto alterada.

Lo justo ―me contesta María―. Ahora tengo la conciencia tranquila y no sabes lo bien que dormí por las noches después de aquello.

¿Y por qué no nos dijiste nada?

No surgió, ni lo vi conveniente. Quedamos a solas. Bueno, delante de un notario ―rectifica―. Y todo quedó solucionado.

Ya… ―Dice Rebeca pensativa.

Pues eso, me compraré uno de segunda mano. ¿Miramos en ebay? ―sugiere María―.

Volvemos a la casa de Toni a conectarnos a Internet. Al cabo de poco de mirar y remirar diferentes vestidos y desilusionarnos, porque no encontramos tallas, que se ajusten a las curvas de María, llegan Luis y Toni. Minimizamos la pantalla antes de que los chicos entren.

¿Qué hacíais, chicas? ―se interesa Luis.

Cosas nuestras ―contesta María con un poco de bajón en su voz.

Luis y Toni se van a llamar a Jesús y a Paquito para echar una partida al futbolín. En un plis plas, los cuatro se reúnen para jugar. Luis y Paquito van en equipos contrarios, y se nota cierta rivalidad, que va más lejos del simple juego.

Arreglad lo vuestro ―me susurra María al oído cuando ve el panorama-.

Lo intentaré ―le contesto sin gracia y suspirando, porque el ambiente que se está cargando no me hace ninguna.

Mañana acaba febrero y acabamos el mural, ¿no? ―dice Jesús después de la partida.

Claro que sí ―contesto ilusionada―. Vamos a dejar una huella profunda en esa terapia, que nos ha revitalizado por completo.

Sí, «la mejor cicatriz es la que se olvida» ―declama Paquito, citando un eslogan de publicidad.

¿Hemos dejado una cicatriz de pintura, Paquito? ―le pregunto confundida.

Sí ―me contesta―. Al dejar la bebida, nos quedó a todos una cicatriz y hemos sido sus cirujanos plásticos para subsanarla.

No me lo había planteado así ―le contesto asombrada.

Y pienso que su planteamiento es genial y me deja pensativa durante unos segundos en los que le sonrío. De nuevo, Luis me mira de reojo sin decir nada, pero creo que se está calentando. Son ese tipo de conversaciones las que no soporta, cuando me vuelco completamente en lo que dice Paquito. No me dirá nada al respecto, pero le notaré algo distante y enfadado lo que queda del día.

Continuará….

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Enero desemboca en un mes en el que no paro de hacer cosas al lado de Luis, de Susana y por mí misma. Estudio la teórica del carné de conducir para sacármela cuando antes, y realizando test con el ordenador de la autoescuela.

Me paso el mes pintando cuadros, animada por Susana. Quiere que vuelva a exponer en el restaurante, porque me dice que dejé con ganas de más a los clientes, que apreciaron el torbellino marino. Así lo hago. Pinto sin parar en los tiempos libres, aducida por una fuerza, que me impulsa a sacar lo mejor de mí misma. Incluso la señora Fernández se impresiona al ver mis cuadros que, por falta de espacio en el piso de Susana, acabo trasladando a la academia.

¿Eso lo has pintado tu sola? —Me pregunta alzando las cejas, gratamente impresionada.

Sí, claro. ¿Con quién más lo tendría que pintar?

La señora se encoje de hombros, pensativa y guarda silencio por unos instantes, sopesando sus palabras, escogiendo las adecuadas.

Elisa, en tus cuadros reflejas partes de tu alma…

¿De eso se trata, no?

Sí, pero, es como si reformaras todo lo aprendido. Lo vuelves del revés con cuatro pinceladas, renuevas el espíritu de quién lo mira. O admira, mejor dicho. Sigue así, Elisa, ¿no te has planteado nunca exponer en una galería?

Me sonrojo y nerviosa le respondo casi sin pensar lo que estoy haciendo en el restaurante de mi prima Susana.

Pero eso es una exposición a ciegas. Los clientes compran sin saber de quién es la obra. Elisa, tú te mereces algo más. Una exposición con tu firma.

Mi firma, mi imprenta, mi mancha, mi sueño. Asiento dudando hacia dónde me llevará esa conversación.

Elisa, me han llegado voces de tus alumnos y de sus padres. Están muy contentos de cómo les enseñas. Tus alumnos tienes suerte de tenerte como profesora. ¿Estás contenta de estar aquí?

Sí, claro —le respondo sin dudarlo completamente sonrojada.

Pero mereces algo más. Voy a recomendarte a mis contactos. No lo suelo hacer, pero me ha impresionado tu arte. Posiblemente recibas una llamada en pocos días. No desaproveches esa oportunidad, si te parece bien salir del anonimato. La decisión es tuya.

La cabeza me da vueltas y siento un poco de mareo. Es una emoción grande, que me recorre. Nunca pensé que mis pinturas llegaran más allá de mí misma.

Tus pinturas muestran esa diferencia que se busca en cada autor. La imprenta personal del autor. ¿Por qué pintas, Elisa?

No le contesto, guardo silencio. El quid de la cuestión, quedaría mal decirle que lo hago porque sí, porque me va la vida en ello, porque es una forma de expresarme, de sentir. Nunca busqué la fama, pintar es como volar en el paraíso de la sensación, el poder en tu mano que arrastra el pincel hacia una impresión.

Porque la pintura me ciega ―le contesto al final, expresando una frase que me arrepiento nada más vocalizar, por ser demasiado impulsiva.

Eso mismo, Elisa, rompiendo fronteras ―me sigue la conversación la señora Fernández―. Original hasta la médula. Eres joven, una pequeña promesa en el campo de la pintura. Te queda todavía un largo camino por recorrer, sigue, no te rindas nunca. Vuela, experimenta.

Los ojos de la señora Fernández se han vuelto cansados de golpe, como si ella con sus consejos, retrocediera a su niñez y juventud. Me intriga lo que intuyo y me atrevo a preguntarle.

¿Usted también pintó?

Sí, pero en el momento inapropiado —me dice lentamente como única contestación―. Fundé la academia para formar a jóvenes promesas. Nunca me arrepentí de ello. Sacrifiqué a mis musas por las de mis alumnos, más fuertes, con más voz. Y ahora me encuentro aquí, animando a una joven profesora a que labre su camino en esa incierta profesión.

Gracias.

No las merezco. Te lo digo de verdad.

Me marcho de allí con el corazón acelerado, embutido en un recipiente más pequeño, que me hace retumbar con cada latido. Mi mente vuela mientras me dirijo a la terapia. Martes. Nos vamos a reunir todos ese día para comentar lo pasado en las Navidades. 15 de enero, mitad de mes.

María está esperando en la puerta con Toni. Ni Luis ni Rebeca todavía han llegado. Jesús aparca el coche con pocos movimientos y pienso que pronto yo también llevaré el mío propio. La pintura de la fachada verde pastel se cae a trozos, cada día un poquito más y me propongo decirle a Ana, la psicóloga, arreglarla en primavera. Me ofreceré como voluntaria. Le podríamos dar un toque más personal, y en el muro pintar un mural entre todos. Sensaciones de lo más hondo, porque nos estamos rehabilitando día a día.

Al fondo, un hombre bastante alto se está acercando con pasos inseguros. Con la mirada fija en el suelo, observo sus pies demasiados estrechos. Me acelero en comprobar que Paquito nos está haciendo una tímida visita. Es un primer contacto, el de los valientes, los que reconocen y toman el toro por los cuernos. Le saludo con una sonrisa, que se va ensanchando cuando confirmo que me reconoce.

Hola Paquito ―le saludo.

Hola ―me responde con una voz diferente a la que me tiene acostumbrada.

Viene sobrio, tocando de pies en el suelo, con la ropa planchada y limpia. Sin exagerar, diría que impecable. Cómo cambian las personas con unos pocos atuendos, pero en el fondo siguen siendo las mismas.

Te has decidido a venir ―le digo.

Sí, la autodestrucción no conduce a ningún lugar.

Luis llega y observa nuestra conversación desde la distancia. Puedo intuir cómo suspira, se acaba acercando y me planta un beso, marcando territorio. Me río entusiasmada. Rebeca llega por la acera de enfrente, cruza la calle mirando a derecha e izquierda.

La última, como normalmente ―comenta al ponerse a mi lado―. Pero llego a tiempo, puntual. Ya podemos subir. Ana nos estará esperando arriba.

Subimos las escaleras hasta el piso donde se imparte la terapia. «Somos un grupo, que poco a poco va creciendo», pienso. Paquito, mi invitado, se sienta a mi lado. Luis en el otro lado. Ana entra en la habitación y nos saluda a todos. Como sabré después, Paquito llamó al teléfono que le dejé en la mesita y lo derivaron a nuestro grupo. Hoy le toca presentarse, se levanta y empieza con esas palabras:

Hola, me llamo Francisco, Paquito para los amigos ―puedo entrever como me guiña un ojo mientras pronuncia su diminutivo―. Estoy aquí supongo que por lo que estáis todos vosotros. No controlo. Antes lo hacía, era parco con la bebida y me servía para entablar relaciones con los demás. Mi historia va de una Red, pero no de una cualquiera, de la Red de Redes: Internet. Así fue cómo conocí a Nadia. Resumiendo os diré que nos enamoramos. Ella vivía en Chile, cruzó el charco por mí y se puso a vivir conmigo junto con sus dos hijos, fruto de otra relación. ¡Qué bien nos los pasábamos los cuatro! Pero… La añoranza por su tierra pudo más.

Nos mira a todos y continúa con su historia:

Un día me encontré una nota de despedida en la mesilla de noche. Nadia se fue, despareció y enterró cinco años de relación. Luego me enteré que, por Internet, se había comunicado con el padre de sus hijos y había decidido volver con él. Me sentí utilizado y me quedé sin nada. Sólo la bebida fue entrando en mi vida, sin tan siquiera enterarme. Me hizo perder el trabajo. Era conductor de autobuses y, cómo comprenderéis, una cosa es incompatible con la otra. Por eso ahora pido limosna en la estación en la que antes trabajaba. Mis compañeros ni me reconocen, o si lo hacen, se apartan. Soy un apestoso borracho. Pido limosna para beber y evadirme del todo este asco….

Su voz finalmente se quiebra. Damos por finalizada su historia y le damos la bienvenida calurosamente. Uno más, otro que se va a esforzar y va luchar contra una adicción que te resta y te anula como persona. Pero la solución se pinta de esperanza esta tarde, con todos los colores que le propongo a Ana para hacer un mural entre todos nosotros. Ana dice un sí rotundo a mi propuesta.

Continuará…

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La aparente normalidad pinta de nuevo mi vida. Se acabaron las vacaciones navideñas. Madrugo más de lo normal, porque el piso de Susana está en un barrio de la periferia de la ciudad, bastante lejos de la academia. Cojo otro autobús del que estoy acostumbrada y, mientras me encuentro en la estación, mis ojos rebuscan sin poderlo evitar la persona de Paquito. No está. Supongo que, a esas horas tan matutinas, todavía no habrá bajado a pedir limosna.

Estará durmiendo, soñando o no, lamentando su destino o rozando la inconsciencia, totalmente perdido. No sé lo que me hace pensar tanto en él, si no le conozco de nada. Es un desconocido, que ha chocado en mi vida. El autobús pasa cerca de su piso, por una calle perpendicular residencial. Miro por la ventana empañada. Fuera hace frío. Me he abrigado a consciencia, porque la academia no estará ambientada en cuanto a calefacción se refiere por las vacaciones.

No me equivoco. Al entrar por la puerta principal, un escalofrío debido a la humedad me cala. La señora Fernández ya está en su despacho delante de un ordenador. Me acerco a ella y la saludo con cortesía. Sus ojos se alegran de verme. Me sonríe cosa que hace que sus arrugas se profundicen con todo su esplendor, y algunas más aparecen a la vista. Al abandonar la sonrisa, que dura pocos segundos, su cara vuelve a su estado original.

Estoy haciendo una base de datos con el material, que compraste en «La cometa pintada» para darlo de alta ―me indica.

¿Está todo en orden, no?

Puede ―contesta con una ligera duda en su voz―. Lo único que hay material, que no deja darlo de alta. Misterios de la informática. Al guardar, no lo guarda y se borra la información.

¿Has probado en reiniciar? ―Porque en cierto modo recuerdo que es una de las primeras cosas que se hacen cuando los ordenadores hacen de las suyas.

Sí, lo primero que he hecho, pero no se trata de eso. La informática me hace perder demasiado el tiempo. Agilizar, dicen. ―Me mira con una postura irónica.

En teoría sirve para eso.

En teoría ―contesta con otra sonrisa, esta vez más irónica todavía―. Me parece que hoy no lo voy a conseguir. Mira, lo dejo, no quiero ponerme nerviosa.

¿Quiere que la ayude?

Apúntalo todo en esa libreta como hacíamos antes y el stock que tenemos de cada cosa.

Me pasa una libreta de piel de color marrón. Me dispongo a ir contando el material, poco a poco. Queda todavía para empezar la clase.

Esa faena le corresponde a la secretaria ―comenta la señora Fernández―. Ella es la experta. Seguro que a ella no se le atrancaría el ordenador, pero está de baja, como sabes, tiene que guardar reposo debido a su estado. Un embarazo de alto riesgo.

Si no nos damos prisa, se nos acumulará la faena.

Hasta que venga la suplente, sí. Pero, tranquila, no tardará en llegar. Mañana cómo muy tarde estará aquí. Viene de fuera y su currículo es muy completo. Tiene dos máster, uno creo recordar en nuevas tecnologías.

«Es lo que ahora se estila, un máster después del esfuerzo de una carrera para aferrarse a un mísero empleo, muy por debajo de tus posibilidades. Pero un empleo al fin y al cabo, para subsistir e ir tirando», pienso.

¿Sabes? ―me comenta la señora Fernández―. Estamos de innovación, renovarse o morir. Estas vacaciones hemos ido incorporando ordenadores en cada clase y también hemos creado una nueva aula para dar una asignatura de arte digital.

¿Ah, sí?

¡Huy, sí! –continúa emocionada-. Arte en tres dimensiones, diseño de logotipos y demás. Todo al orden del día. No nos podemos quedar atrás con la competencia que tenemos, ¿no?

Claro. Es una buena idea. ¿Y ya tenéis candidatos para impartir las clases?

Sí, un profesor y una profesora. Matías y Judith.

La señora Fernández mira el reloj para decirme segundos después.

No tardarán en llegar. Están citados dentro de quince minutos. Elisa, ve a tu clase y enciende tu ordenador. Ve contando el material que compraste. Si necesitas una estufa de refuerzo para hoy, dile a Matilde que te preste una. En el armario del pasillo hay de sobra.

Me dispongo a ir a mi clase. Enciendo el ordenador y mientras se va encendiendo, voy contando los distintos pinceles, pinturas, lienzos y demás que configuran el material, que compré en «La cometa pintada».

Pienso en Sandra y en lo bien que le hubiera ido ese empleo. Hubiéramos sido compañeras de trabajo, y no se hubiese tenido que aventurar a ser freelance, porque tenía muy pocos pedidos. Los inicios siempre cuestan. Pienso en que ahora no tendrán la ayuda que les pasaba cada mes en concepto de alquiler de mi habitación. El embarazo de la secretaría me hace pensar en el embarazo de la propia Sandra. ¿También será de riesgo? Mi mente no para de pensar mientras el ordenador ya está a punto. Me salen distintas ventanas de actualizaciones de diferentes versiones. Voy aceptando todo y el ordenador se va actualizando. Pienso en Sandra y en mi torbellino, colgado de nuevo en su comedor. O, quizás, en donde vive Nacho ahora. Ni sé dónde es, ni quiero saberlo. No quiero volverme a cruzar con ninguno de los dos. Que la fuerza de mi mar los apague, que no vuelvan a mi vida, que desparezcan de ella definitivamente.

Adiós, Sandra, adiós.

Adiós, Nacho, adiós.

Repito mentalmente.

Mi móvil suena y me arrebata mis pensamientos por unos instantes. Es Luis. Contesto al instante.

¿Cómo te va, princesa?

No puedo evitar alegrarme al escuchar su voz.

Bien, aunque…. Necesito tu ayuda ―le digo.

Soy todo oídos para ti.

Hay una base de datos que se nos resiste.

Le explico el problema que hemos tenido con la señora Fernández.

Oye, prueba a hacerlo con tu ordenador.

Lo intento y voila, la información de la base de datos por fin se consigue grabar.

Luis, ya funciona ―le digo emocionada―. ¿Cómo lo has hecho?

Claro, lo más seguro que se debía a un problema de actualización de la versión del programa, que estáis usando. Al decirme que estabas actualizando tu ordenador, he intuido que en el tuyo te dejaría hacerlo.

Gracias, eres un cielo. Cuelgo que tengo faena.

De acuerdo, yo también. Te vengo a buscar a la salida.

No sé a qué hora acabaremos hoy. Yo diría que más pronto, porque el primer día las clases se suelen hacer más cortas. Es un primer contacto y la explicación del curso. ¿Y si me paso yo?

Como quieras, corazón. Yo terminaré a la misma hora de siempre.

Su contestación me gusta. Por primera vez presiento que conoceré su ambiente de trabajo. Una pieza más que necesito encajar en la vida de mi novio. Toni sabe mucho más que yo. Yo también tengo derecho a irle desmenuzando, a conocerle en cada parte de su vida. O la que él se deje. Creo que soy la única del grupo, que todavía no se ha acercado a SIATA. Me propongo hoy ir hacia allí.

Las clases empiezan. A la mayoría de los alumnos ya los conozco del semestre anterior. Unos más buenos que otros, unos con más habilidad artística pero, en definitiva, la mayoría destaca, y por eso están aquí dando lo mejor de sí mismos. La señora Fernández inaugura el semestre con unas palabras, que todos escuchamos con atención. Nos presenta la nueva aula y la visitamos. Me doy cuenta que han habilitado una vieja aula que ya no se usaba, reformando con gusto. El arte digital, los píxeles: los puntitos de los millones de colores, todo un mundo por descubrir. Algunos de mis alumnos se quieren pasar a las nuevas tecnologías y me lo hacen saber después. Pienso, apenada, que algunos de ellos los perderé, sin poderlo evitar. Les paso a los que quieren continuar conmigo una agenda con el programa del curso, las distintas salidas, que están programadas y, les indico que estoy abierta a toda clase de sugerencias.

Cuando acabamos y me reúno de nuevo en la sala de profesores, conozco a Matías y a Judith. Aparentemente jóvenes, más o menos de mi edad. Matías lleva coleta, Judith un piercing en la nariz, son las dos cosas que destacan más de su figura. Me estrechan la mano. Hablamos un poco, antes de dar el día laboral por finalizado.

Subo al autobús y me dirijo a SIATA. Es un lugar más grande de lo que me imaginaba. Una chica muy mona me saluda con educación. Es la nueva secretaria. Lleva un traje chaqueta impecable de color verde mar. Me espero en la sala de espera a que Luis baje. Le envío un whatsapp al móvil para decirle que ya estoy esperándole. De un ascensor van bajando trabajadores, clientes, gente con traje o sin él, ejecutivos ocupados y otros ociosos; subiéndose al carro de las nuevas tecnologías.

Luis no tarda en contestarme. «Tardaré. Estoy en una reunión, creación de nuevas aplicaciones para móvil. Espérame en casa, cielo mío».

Decepcionada, me levanto de la silla de diseño donde me he acomodado. La secretaria me saluda con un breve movimiento de cabeza y me regala una sonrisa dentífrica. Me pregunto si habrá hecho un máster, donde le enseñen a sonreír así. Cambio mis planes y me dirijo a la autoescuela a matricularme. Enero empieza con nuevos propósitos, que iré incorporando en mi vida. Cambio de hábitos, también decido apuntarme a un gimnasio para ponerme en forma, como el resto de los mortales, que empiezan un nuevo año. Lo primordial será la constancia y mantenerlo al finalizar el año. «Mi capacidad y perseverancia son grandes», me digo. Voy a conseguirlo y los ánimos me llenan de profunda satisfacción con tan solo imaginarlo.

Continuará….

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