Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Un torbellino de emociones que, ya no puedo contener más, se expresa en el salón de Susana. Mi prima me escucha, mi prima me comprende, mi prima es un hombro en el que me puedo apoyar, en el que lloraré larga y tendida durante esta larga noche. La calefacción encendida a toda potencia y yo tiritando de frío interior, porque mi alma se desvanece palabra tras palabra.

Susana me ha prestado un pijama de franela rosa pálido, que es de mi talla, pues gastamos la misma. Y continuo hablando, sin descansar, mi bobina se está quedando sin hilo ya, porque creo que ya se lo he contado todo en estas horas largas. El alba, que dará paso a un nuevo día, nos sorprende acurrucadas en el sofá. Al final el sueño nos ha vencido y, al despertarme, siento cómo me ha reparado una pizca, pues ya no me siento tan aturdida.

Desayunamos en su cocina, totalmente equipada con tantos cacharros, tantos accesorios y libros de recetas, que me hacen pensar que mi prima se lleva el trabajo a casa. Y se lo digo:

Susana, ¿es que no paras nunca de cocinar?

Ya ves, tengo que dar lo mejor de mí misma. Los clientes que vienen al restaurante tienen el paladar muy exigente y yo tengo que probar combinaciones nuevas, intentar sorprenderlos cada día. Estos días tenemos bastante trabajo, vamos a abrir otro local en la otra punta de la ciudad. Por cierto, será un local, en donde mientras los clientes degustan nuestros manjares, podrán apreciar cuadros de pintores anónimos y comprarlos después. Serán pinturas cada vez de una temática distinta, que complementaremos con nuestros platos originales, creados para tal fin.

¿Y tú estará al mando del nuevo restaurante?

Pues la verdad es que sí, seré la chef ―me responde ilusionada―. Por cierto, si quieres, podrías pasarme algún cuadro tuyo para exponerlo. No tienen que ir firmados, el cliente compra sin saber de quién es el cuadro. Sólo después de pagarlo, le decimos el nombre del autor. Mira,―se levanta de la silla y me pasa un folleto― estas son las temáticas que tenemos previstas. Mira si algún cuadro que has pintado se adecua y si no siempre puedes pintarlo que sé que tienes talento

Y me sonríe y me guiña el ojo derecho.

Miro el folleto con atención. Todo el año 2013 está previsto, con doce temáticas bien distintas.

Mis cuadros están en el piso de Sandra ―le susurro.

Si quieres, te acompaño a buscarlos. Ya te dije ayer que vinieras a vivir aquí. Hay sitio de sobra.

Susana, no quiero restarte independencia.

Si me vendrá bien que estés aquí. No sabes lo contenta que se pondrá tu madre, cuando se lo digamos. Si me insistió estos días en el pueblo que te lo propusiera, y yo se lo prometí. Tenía que volver pasado Reyes, pero al final con todo el trabajo con el nuevo restaurante me volví antes.

Y menos mal que volviste antes.

Es que a tus padres les dejaste muy preocupados. Tu madre respiró aliviada, cuando le dije que te llamaría enseguida.

Pero no te esperabas todo esto, ¿verdad?

Pues la verdad es que no.

Ni yo tampoco, cuando fui al pueblo sólo tenía miedo de saber cómo se tomarían mis padres el tener una hija alcohólica. Pero luego todo se precipitó, lo de Luis, lo de Sandra… Me marché pensando que Luis había tenido un accidente de coche, y me encuentro con que había matado a su padre. Vuelvo al lado de mi amiga Sandra para darle un abrazo por su embarazo, y me encuentro que ha estado tanto tiempo traicionándome…

Vamos a hacer una cosa, hoy me tomo el día libre y no se hable más. Vamos a ir de compras, tú y yo. Esto siempre sube los ánimos, ¿no? Eli, no quiero verte hundida. Tú hacia adelante… Tus pasos hacia adelante.

Tengo que ir a casa de Toni…

Pues vamos también a casa de Toni.

Tiene a Ghato, y a él no le gustan los animales. Ayer me llamó y no le contesté.

Pues vamos a recoger a Ghato también, pero antes vamos de compras. Tenemos todo el día por delante.

Ir de compras, no me apetece mucho, pero necesito ropa y de esta manera retrasaré el volver a encontrarme con Sandra. Me ducho y me visto con parsimonia, porque mi mente no para de procesar pensamientos negativos, que me hacen ralentizar mis movimientos. Susana ya está lista desde hace rato, y me espera paciente mientras acaba de recoger la cocina. No quiero que me espere más, ya que me está dedicando todo el tiempo del mundo.

Antes de salir, Eli, sonríe. ¡Al mal tiempo, buena cara!

Y lo intento, la verdad es que lo intento, pero no me sale. Mi mente ha olvidado esta expresión de mi rostro, noto un hueco en esta emoción que se me ha borrado. Mis labios se estiran con una mueca impropia.

Esto no es una sonrisa, Eli…

No puedo, te juro que no puedo, Susana, por más que lo intente.

Vamos a comprar en unos grandes almacenes. Mi mirada demuestra el reflejo de la tristeza absoluta, sin enmascararla con sombras de lágrimas, sino que ella aparece tal cual, tan fría y dolorosa, que me apaga mi brillo natural de mis ojos, que se han vuelto opacos, sin vida, como si estuviesen muertos.

Sin ánimo me voy probando diferentes pantalones, que noto que me hacen bolsas. Ya no gasto la talla que usaba y al fin me acabo comprando una talla menos, hasta de sujetadores, pues mis pechos han menguado, una mínima expresión insignificante.

Me miro en los espejos del probador y lo que veo me espanta. Mi aspecto es deplorable. Huesos que se marcan por todas partes. Tan cadavérica y demacrada me veo que salgo del pequeño probador rota por fuera, porque por dentro ya hace tiempo que lo estoy. Y es que estoy hecha de minúsculos pedazos, una muñeca de trapo vieja y refregada por una niña poco cuidadosa, que la acabado abandonando en cualquier lugar de su cuarto. Mis venas se marcan por todo el cuerpo, transportando débilmente lo que queda de mi vida. No obstante, sigo en pie, en estos grandes almacenes mis pies aguantan los pocos quilos de mi cuerpo, inexplicablemente sin derrumbarse.

No, estos no te los compres, cómprate algo sexy ―me dice Susana, que se ha convertido en mi consejera―. Hasta mi madre los lleva más modernos.

Y es que no estoy de humor, pero me dejo guiar por ella, que no para de mostrarme conjuntos de ropa interior de colores vivos, estampados, con blondas y sin ellas. Que resaltarán mis finas curvas, gritando que son atrevidos, aunque los esconda debajo de mi jersey de cuello alto.

Eli, cómprate también esa falda ―me dice llevándome hasta la otra punta de la planta―. ¡Te va a quedar fenomenal!

Y sin humor, vuelvo a entrar al probador, porque Susana se ha empeñado en que parezca bonita a los ojos de los demás, que me muestre con prendas modernas y divertidas, que abandone mi ánimo negro, de luto, que se derrama por todo mi cuerpo, derrotando mis miembros frágiles.

Y ahora las medias. A ver ¿cuáles te sentarán mejor?

Y sin quererlo, compro prendas nuevas y bellas que según Susana me prestarán vitalidad. A la hora de pagar con mi VISA, la cajera saca el tique y nos dice que subamos a la última planta, porque por compras superiores a cincuenta euros te invitan a un pincho y a una caña. La tentación es como una cerveza fría y espumosa, que puede rebosar de ti en cualquier momento. Susana no se ha reparado en lo de la caña y me anima a subir.

Venga, así reponemos fuerzas.

Susana, ―mi voz suena floja y miedosa― no puedo subir. Te invitan a una caña, ¿no lo comprendes?

¡Ostras! Es verdad, pero también te invitan a un pincho. A esto no puedes decir que no. Venga, así cotilleamos el restaurante que tienen y sus platos con sus precios. Tengo que pillar ideas.

Subimos por las escaleras mecánicas, entregamos el tique al camarero, y nos sirve un pincho de chistorra con una caña.

Mi alma con la caña frente a mí es una espiga fina y delicada a la que el viento la hace sacudirse en varias direcciones. Son solo unos breves momentos, en los que puedo sentir como el aire me arrastra a la espuma amarga de la cerveza, pero mi prima se dirige al camarero y le dice con voz firme:

Retire las cañas y sírvanos otro pincho y un par de naranjadas. Tenemos que conducir.

El por una no pasa nada, que esperaba escuchar de Susana que no ha ocurrido, me alegra el día porque ella, con la luz que desprende, se impone a mi debilidad. Mi prima consulta la carta, que hay encima de la mesa y, después de estudiarla detenidamente, me propone:

Quedémonos a comer aquí. Ese par de platos ―los señala― me gustaría probarlos.

A lo que asiento, pasamos al comedor, nos sentamos y dejo que las teclas graves de un piano, que suena por los altavoces, me acompañen. Una melodía agridulce en un día, en el que el mañana tiene el peso más importante de mi vida.

Continuará…

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La estación de autobuses está casi desierta a estas horas y hurgo en mi bolso buscando la tarjeta del bus. Susana vive en las afueras de la ciudad cómo me ha indicado por teléfono. Un hombre con los pantalones gastados y la chaqueta raída vocifera a los cuatro vientos:

¡Un eurito para Paquito!

Lo observo detenidamente, las pocas personas, que hay a su alrededor, lo evitan como si fuera un apestado, pues el hombre se nota a la legua que se ha pasado con el alcohol. El hombre, con una botella vacía a sus pies, no para de reclamar una limosna que no llega para ir al bar más cercano a beber. Siento lástima por él, por su sed ficticia, por sus ansias de evadirse de una vida que supongo que lo ha tratado injustamente. ¿Se habrá quedado sin trabajo? ¿Existe una razón de peso que te impulse a beber? El hombre, dibujando eses con sus pasos, y soportando el peso de unos pies demasiado estrechos, se me acaba acercando.

¿No tendrás un eurito, guapa?

Niego con la cabeza y le muestro la tarjeta del bus.

Paquito no tiene ni un eurito ―musita el hombre y dos lágrimas se le deslizan por su barba de pocos días.

No me da miedo. Lo veo tan hundido, tan inofensivo, tan vulnerable, que aunque lleve dinero en mi bolso, sé que me es imposible dárselos. Le daría una tarjeta del grupo de terapia, pero sé que se lo tomaría mal. Cuando llevas una venda en los ojos, te es imposible aceptar la ayuda que te puedan prestar. ¡La terapia! Me la he saltado, pero las circunstancias de hoy me han sobrepasado.

La mentira es como una copa turbia de ron por dónde se desborda mi alma. Mentiras decoradas de amor, mentiras amigas, mentiras piadosas, mentiras heridas y, sumándolas todas, ya no las puedo soportar más. Ellas se han clavado en mí y ahí siguen, pinchándome, hundiéndose en mi carne y recordándome lo que sufro por ellas. Sólo te das cuenta de la mentira, cuando eres consciente que lo vivías era un engaño, cuando te caes de la nube, y sabes que todo lo que has vivido no era cierto.

Sandra cortándome en pedazos, en pedacitos lentos disfrazados de amistad, porque lo sabía todo de mí. Fui tan ingenua que confié en ella, con mi venda atada demasiado apretada, y totalmente opaca, abandonándome a la oscuridad de sus ojos, que me guiaban, porque ella sabía aconsejarme. Y yo la creía ciegamente, y con firmeza le decía: «Nacho está raro, y Nacho está distante, y Nacho hoy no quiere follar».

Y Nacho no es que estuviera ni raro, ni distante, ni asexual, sino que lo que estaba era con ella. Que lo miraba con odio, que lo miraba con asco, que a veces incluso cuando pasaba torcía la mirada con desaprobación, pero lo único que estaban haciendo era un juego, interpretando un papel, porque cuando las excusas nos habían dejado a Jaime y a mí en nuestras respectivas casas, Nacho y Sandra se reencontraban y entonces, sólo entonces, su mundo tenía sentido, porque se gustaban. Eran polos opuestos, pero se atraían en la cama, puro magnetismo desbordado, y olas de placer que saturaban las sábanas.

Jaime y yo haciendo el payaso, creyendo que nuestras parejas nos amaban en todos los sentidos, pero no, en el terreno sexual Nacho y Sandra estaban hechos el uno para el otro. Nos ganaban la partida cada día. Y la pelota de sus mentiras se debió hacer grande, y les debió estallar en sus manos, y Sandra quiso casarse con Jaime, porque le daba estabilidad, pero continuó jugando con Nacho, en mi cara, a mis espaldas. Noche y día sin parar y, su palabra dicha desde la sinceridad, y que resonó en mis oídos en aquellos días, fue: «déjalo». Pero yo tan ilusionada, haciendo caso omiso a sus consejos, perdidamente ciega, le dije que quería casarme con él, que él era mi vida y la debí convencer, pues empezamos a pensar en los preparativos de la boda.

Si era cierto que Sandra lo había dejado definitivamente, si era cierto que Nacho encontró a Luz y continuó su vida paralela de infidelidad, si era cierto que Sandra los había pillado, y maldijo el sacrificio que había hecho en abandonarlo, pues él continuaba engañándome con otra, Sandra tenía corazón, pues me había evitado que yo misma lo descubriera después, una vez casada.

Porque yo llevaba los cuernos más grandes del barrio, pero con estilo, porque los desconocía. La farsa que he vivido, en la que he sido la protagonista sin buscármelo, me sobrecarga, porque no entiendo por qué Nacho me vino a buscar después. Por qué le dolió que yo estuviera con Luis, por qué quiso intentarlo de nuevo conmigo a pesar de mi negativa. Y mis preguntas se pierden en mi universo de contradicciones, porque la verdad duele; es un espejo roto en que cada uno nos cortamos con una parte, la que sentimos, la que creemos. Y Sandra, ha ido cortándome a pedacitos con su verdad, como si fuera un embutido rancio, al que cuesta cortar, que se resiste y luego está muy duro en la boca. La verdad duele, porque no gusta y, en ocasiones, porque no es la que esperábamos. Sandra se ha comido mi confianza, y sé que se le ha atragantado en la garganta, porque creo que la conozco. Sé que no le dirá ni una palabra a Jaime, sé que se lo ocultará todo o, incluso que se inventará una historia, pero dentro de ella no podrá digerirlo. Su falsedad no se podrá disimular con maquillaje y, sus ojos negros brillarán, con toda la sensibilidad del adiós definitivo, en el que piense que quizás quede un resquicio de aire, una puerta abierta por la que algún día volveré a entrar en su vida.

El hombre se agacha frente a mis botas de tacón y una sonrisa alterada le desdibuja sus finos labios. Un golpe de suerte le ha hecho encontrar una moneda de dos euros en el suelo, que está bastante sucio. La coge con sus manos, la besa, y se va directo al bar de la estación a beberse una birra. Le veo desde la distancia, como le sirven una mediana, se la acerca a los labios y lentamente va entornando sus ojos turbios y achispados.

Mi autobús llega. Subo sin equipaje alguno y me voy directa a ver a mi prima. Durante el trayecto, pienso qué le voy a contar, si voy a obviar la verdad, o disfrazarla de alguna mentira piadosa. Si le voy a contar lo de Luis, si le voy a contar lo de Sandra, si le voy a contar lo de Nacho. Y sé que si empiezo por el principio, esta noche permaneceremos en vela. Bajo del autobús, ando por las calles tiritando de frío, y doy con el piso de Susana.

Es un barrio tranquilo, amable, trabajador, que dice mucho de ella. Me abre la puerta y, frente a frente, nos damos dos besos. Mi cara, al rozar la suya, debe alcanzar la calamidad, que se ha quedado estancada en mi expresión, pues no tarda en decirme:

¿Estás bien, Elisa?

Y yo me encojo de hombros, tuerzo mis labios en una mueca, que esconden el dolor que siento, y sé que tardará en evaporarse, para contestarle:

Podría estar peor.

Y entro en el recibidor, y enseguida me ofrece algo para picar, y me dice que si he cenado, que ha preparado una tortilla de patatas por si tenía hambre. Y su hospitalidad me llena de lágrimas, que se desbordan por el borde de mis ojos, hasta la comisura de mis labios. Siento su sabor a sal que me envuelve, la sal tan conocida de mis heridas abiertas. Susana sorprendida, tan independiente, tan cercana, tan risueña con una de sus manos pequeñas y delicadas me aparta un mechón de mi pelo rebelde.

¿Qué te pasa, prima?

Y sé que si empiezo a hablar no me callaré, que si tira del hilo, la bobina que llevo dentro arrancará las palabras que surgirán imparables de mis labios: fuertes, sentidas, ásperas, negras, porque el dolor no entiende de adjetivos agradables.

¿Cómo está tu novio?

Y la bobina empieza a girar, porque Susana, sin ser consciente, ha estirado el hilo con sus dedos.

Continuará…

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Acomodada de nuevo en el piso de Sandra, mi amiga tan feliz, tan radiante, tan entera, tan ella. Si no fuera porque al contarle mi situación actual, sus ojos más grandes que de costumbre al encontrarse con los míos, dan paso a la inquietud. Se la he trasladado y, al ver su expresión, el llanto reaparece en mi garganta.

Pobre Elisa ―oigo que me susurra mientras sus manos me rodean mi espalda rígida.

No te compadezcas de mí, Sandra ―le digo entre sollozos fuertes.

No es eso, perdóname.

Pero sé que le ha salido del alma.

No me digas pobre, como si no tuviera solución, Sandra. Necesitaba tanto a Luis, lo necesitaba tanto… Quería empezar el Año Nuevo con nuevas energías, nuevos proyectos, nuevos propósitos, nuevas ilusiones. Pero a Luis ya no le conozco, me doy cuenta que no sé nada de él…

—Luis te quiere, Elisa. Sólo hacía falta verlo y eso no se puede disimular. Por lo que me cuentas, sólo se defendió…

Sí, se defendió. Pero, joder, mató a su padre, y ahora, ¿qué va a pasar? Qué vida me espera a su lado, un novio entre rejas, ¿es eso lo que quiero para mí?

Todavía no lo han condenado, Elisa.

Pero lo harán, sino tiempo al tiempo.

Existe la legítima defensa, ¿no? No seas tan negativa.

—No quiero hacerme falsas ilusiones, Sandra. No puedo confiar ya en él. Me decía que estaba solo y estaba enrollado con la secretaria.

Tú tampoco le contaste lo de Nacho.

Sí, sí que lo hice!

Pero no a la primera, Luis te quiere, Elisa.

Pero me ha fallado. ¿Qué más cosas me habrá ocultado? ―digo llorando y sorbiéndome los mocos―. ¿Por qué tengo la sensación que siempre has estado de su parte? ¿Por qué nunca lo estuviste de Nacho?

Porque Nacho no te convenía.

¿Y Luis sí? Siempre le tuviste manía y quiero saber el por qué.

Mi amiga baja la cabeza, sus ojos se pierden en mis botas de tacón.

Quiero que me lo cuentes ―le insisto―. Sandra, ¿por qué nunca soportaste a Nacho?

No remuevas el pasado, anda ―me esquiva.

—Tengo derecho a saber qué pasó, Sandra. Porque al principio, muy al principio, te gustaba que saliera con él. Hasta recuerdo que me animabas, pero un buen día todo cambió. Después de la Fiesta de Fin de Año en la que pillamos aquella cogorza, que vinieron aquellas ambulancias a asistirnos, que ya no fue lo mismo. ¿Por qué, Sandra? Si hasta salíamos los cuatro juntos, tú, Jaime, Nacho y yo. Nunca más volvimos a salir después de aquello. ¿Por qué? Si hasta en tu boda ni le dirigiste la palabra y me dijiste que me tirarías el ramo, pero que esperabas que me casara con otro. ¿Por qué, Sandra? ¿Por qué no me contestas de una vez? ¡Lo que tengas que decirme, dímelo ahora, de una vez!

No hay nada que decir, Elisa. No puedo decírtelo y ya está. No insistas más.

¿De qué tienes miedo, Sandra? ¿De qué vuelva a beber o de qué vuelva con Nacho? ¡Dime lo que escondes de una vez!

Y de repente los ojos de mi amiga, no sé si por su sensibilidad por el embarazo, o por lo que calla, empiezan a inundarse de lágrimas.

Perdóname ―dice y rápidamente se levanta del sofá y se va hacia la cocina.

¿De qué, Sandra? ¿De qué te tengo que perdonar?

La sigo.

Y ella calla, y con sus silencios, dice más que con sus palabras. Lentamente me mira, porque yo no le aparto la mirada ni un solo momento y vuelve a bajar su mirada, porque le cuesta aguantármela.

Juré que nunca te lo diría, Elisa. Mi matrimonio está en juego. No hurgues más, por favor.

Y de repente, tiro del hilo y la lengua de mi amiga rompe su promesa. Porque todo encaja de una vez en mi cerebro.

¿Estabas con Nacho y con Jaime a la vez, Sandra? ¿Es esto lo que callas?

Y Sandra, sollozando y sorbiéndose los mocos, asiente y la veo diminuta y pequeña ante mí.

—Juramos que nunca lo sabríais. Aquella noche de Fin de Año nos enrollamos, y tú y Jaime tan metidos en vuestro mundo de descontrol, ni os enterasteis. Aquello fue el inicio…

Porque con una vez no bastó, ¿no, Sandra?

—No ―se derrumba un poquito más―. No bastó, pero no queríamos haceros daño. No os lo merecías. Por eso me casé con Jaime, porque con él congeniaba, lo de Nacho tan sólo era química, que me llevaba a la perdición cada vez que estaba con él. Un día le dije adiós para siempre. Fue cuando él heredó los bienes de su tía, porque aunque me dolió, tú eras feliz con él y ahora también podríais casaros. Al cabo de poco, me enteré que se veía con Luz. Te continuaba siendo infiel, Elisa. Me envalentoné, fui a buscarlo y le dije que te dejara de una vez, que no jugara más contigo, que no te lo merecías.

Y te hizo caso…

Sí. Él tenía miedo a tu reacción, a que no lo soportaras, pero yo le dije que ya me encargaría yo de que estuvieras bien. Te lo debía, amiga.

¡Que sabrás tu lo que es la amistad, Sandra, qué sabrás tú! ―le chillo, porque su cinismo me satura.

Siempre he cuidado de ti, Elisa.

¿Cuidar es traicionar, Sandra?

No estoy orgullosa de aquello, créeme, cada día que pasa me arrepiento.

¡Pues lo has sabido disimular muy bien! Y encima me hiciste creer si era un asesino, ¿a qué juegas, Sandra? Llegué a creer que eras la amiga perfecta, pero no existes ya para mí. ¿Me oyes? ¡No E_XIS_TES!

Y dicho esto, recojo mi bolso y empiezo a andar por el pasillo. Necesito huir, correr, mientras siento una nueva herida abriéndose sobre mí, profunda y firme. La sal me golpea en los ojos y Sandra, detrás de mí, me suplica con su voz, que por primera vez ya no creo.

Elisa, por favor, lo siento, no te vayas. No te vayas, ¿a dónde vas a ir?

Y el miedo en su voz y mi desgarro que es tan fuerte, que me da fuerzas para pegar un portazo, que retumba por todo el edificio. Bajo las escaleras de dos en dos, Sandra detrás, llorando, intentando impedirme que huya de su vida, pero ya se ha roto todo entre las dos. Soy más rápida que ella, le llevo ventaja y al fin oigo como sus pasos se paran. Me precipito hacia la salida y cuando estoy en el portal casi choco con Jaime.

¡Elisa! ¿Qué te pasa? ¿Dónde vas tan corriendo?

¡Que te lo cuente tu mujer!

Porque ya no hay marcha atrás, y mis pasos acelerados me llevan por calles, que no sabía ni que existían. Recorro las aceras sin detenerme, sin tener una meta, pues las que tenía se han extinguido.

Y ese gusto metálico, y gélido, impreso en mis papilas gustativas, y ese rencor, que empieza a apoderarse de mí. Y mis puños apretados y mis dientes que hacen más presión. Y mi ira que corre a la misma velocidad que yo y mi corazón que empieza a ir más deprisa. Mi corazón que siente demasiado, que se cansa de sentir, que ya no quiere vivir. Y mis lágrimas que me impiden ver y el frenazo que escucho. Y el conductor que me grita si estoy loca.

Y me paro y me paro… Y me paro… En medio de la calle. Los automóviles me esquivan, una moto que ruge casi me roza y el pitido de los cláxones. Pobre Elisa, la voz de Sandra está presente en mis oídos, en nuestro final, y el móvil que empieza a vibrar en mi bolsillo. La llamada que no contestaré, porque me da todo igual. Y el móvil insiste, más pesado que el plomo. Ni Luis, ni Nacho, ni Sandra, ni Toni, ni María, ni Jesús, ni Sara, ni nadie. Y esta noche, sin techo, sin casa, sin piso, sin cama, sin nada. Sola, completamente sola.

Y al fin me río, una carcajada se me escapa, porque soy libre. Hoy ni una sola vez he pensado en el alcohol. La bebida, que ya no necesito, porque me he liberado a pesar que mi vida sea una auténtica mierda, una auténtica estafa, un engaño. El engaño que me han propinado mis amistades, y de golpes se aprende, Elisa. Mi vocecilla me aconseja: «Imponte, tienes que ser fuerte, Elisa». ¿Cómo vivir en las alturas si mi alma está plagada de abismos?

Y el móvil que vuelve a sonar, insistente, la llamada que contesto, porque mi prima Susana retoma el contacto perdido.

Tengo algo para ti —me dice risueña—. Tu madre me ha cargado de todo lo que te dejaste en el pueblo. Y de algo más, tendrás comida para parar un regimiento. ¿Quieres venir a recogerlo o mejor me paso yo?

—Susana… ―Mi voz tiembla, mis lágrimas se acallan―. Dime dónde vives y me paso yo.

Continuará….

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El piso de Jesús y Sara es bastante amplio, pero poco luminoso por lo que hace que se vea más pequeño de lo que realmente es. Numerosos libros reposan apilados en las estanterías del comedor. Observo cómo no hay ni una sola mota de polvo. Sara debe ser muy cuidadosa y pulcra. Me intento acomodar en el sofá, pero estoy muy tensa. Mi espalda está muy dura, y me duele el cuello que procuro no mover. Toni se sienta a mi lado, mientras oímos cómo Jesús está hablando por teléfono con algún compañero del bufete. Enseguida cuelga y viene hacia nosotros. Está serio, y su expresión me pone en alerta. Presiento que no nos va a dar buenas noticias.

Setenta y dos horas. Luis acaba de salir del hospital y empezarán a interrogarlo ―dice.

Y ahora… ¿sólo nos queda esperar? ―pregunta Toni.

Me temo que sí y saber los resultados de la autopsia, que se han retrasado más de lo habitual en estos días. Abrirán una investigación con todo.

Escucho atenta lo que nos está explicando Jesús. No podemos volver atrás, estoy estática, parada, y me es imposible tener coraje en este momento. Siento pánico, pero me es imposible temblar. Siento dolor, pero me es imposible expresarlo. Siento angustia, pero me es imposible diluirla. Siento tantas emociones, que recorren mi cuerpo inmóvil en estos momentos… Mi cuerpo no las demuestra, permanece ajeno a todo, pero mi mente no para de sentir este miedo a lo incierto, esta angustia a lo desconocido, esta incertidumbre que se instala en mis venas, y que navega por mi sangre, en cada latido contenido por la incapacidad de mis gestos.

Veo como Sara se acerca sigilosamente a la mesa del comedor y enciende el ordenador portátil. Sólo la veo de espaldas. Su pelo negro, brillante y rizado, le cae por los hombros. Al cabo de un momento está tecleando y se separa de la pantalla para que la podamos ver.

Ese fue el inicio ―dice señalándonos una página web.

Me levanto del sofá para acercarme. La imagen de Luis, que aparece en ella, me resulta tan cercana. Su camiseta azul, su sonrisa a medias ante la cámara, su pelo castaño un poquito más largo que él último día en que le vi, sus ojos profundos como dos espejos del alma. Me detengo a observarla detenidamente, su nombre con sus apellidos estampados en el borde superior, a la derecha, la foto y en la parte izquierda, un breve resumen de su currículo.

SIATA reza el logotipo de un naranja brillante: Soluciones informáticas a tu alcance. El estómago se me revuelve por minutos.

¿Puedo? —Interrogo a Sara mientras me apodero del ratón.

Todo tuyo, Elisa.

Empiezo a navegar por la web corporativa de SIATA, clicando en los distintos enlaces. El grupo de trabajadores al completo, compañeros de Luis que no había visto en mi vida, pues era él quién siempre me venía a buscar al trabajo. La mayoría chicos jóvenes, como mi novio, aunque expertos en el mundo de las nuevas tecnologías. Una animación de una chica con la pregunta «¿Puedo ayudarle?» capta de repente mi atención.

¿Fue ella quién dio las señas de Luis a su padre? —pregunto agitada.

Sí ―asiente Toni, que también se ha levantado―. Noemí, la conozco personalmente.

Yo también ―dice Jesús―. Es la secretaria.

¿Y por qué Luis nunca me había hablado de ella? ―pregunto sin obtener contestación por parte de ellos.

Noto cómo la mano de Toni me roza el hombro para detenerse justo en este lugar.

¿Qué me estáis ocultando? ―les pregunto a los tres, porque el silencio, que se ha instalado en el comedor, no me gusta para nada.

Nada ―dice Jesús mientras se rasca la barbilla y baja la mirada.

Jesús, ¿por qué no se lo decís de una vez? —irrumpe Sara inexplicablemente.

¿Decirme qué?

Y la mano de Toni hace más presión en mi hombro.

Pues… ―carraspea Toni―. Luis y Noemí salieron durante un tiempo. Pero fue antes de que empezara a salir contigo, ¿vale?

Sí, su historia terminó ―añade Jesús―. Mejor dicho, fue Luis quién al empezar contigo, la dejó… No vayas a pensar nada raro que te lo veo en tu mirada.

¿Y cómo justificas que fuera ella quien le dio sus señas saltándose la protección de datos? ―pregunto con rabia, porque sé lo que es una amante despechada.

Noemí está deshecha ―dice Sara―. En aquel momento no reparó en lo que hacía… Pensó que le vendría bien a Luis reencontrarse con su pasado, porque ella lo desconocía totalmente.

Luis era muy reservado, ya lo sabes ―sigue Jesús―. A ella nunca le contó nada. Sólo vio a un hombre, que le pareció amable, que deseaba encontrarse con Luis el día de Nochebuena…

¿Y de qué parte estáis vosotros? ―pregunto indignada mientras me deshago de la mano de Toni, que seguía en mi hombro, con un movimiento brusco.

Yo soy amiga de Noemí ―confiesa Sara.

Y nosotros amigos tuyos ―dicen Toni y Jesús al unísono.

Vuelvo a clicar con el ratón en la pestaña donde sale Luis e intento ampliar su imagen. Me brotan las lágrimas al conseguirlo, su cara tan lejos de acariciarla por una maldita secretaria, que se saltó las normas que hasta un párvulo sabría que nunca se tiene que dar señas a los desconocidos.

Es un poco pánfila así a simple vista, ¿no? ―digo para mí, mirando otra vez la foto de la secretaria, sin saber que lo he pronunciado en voz alta.

Ya basta —farfulla Sara.

Y nuevas heridas se abren en mi interior, al ver como Jesús y Toni no hacen ningún comentario al respecto.

Toni, ¿nos vamos ya? ―le digo.

Como quieras.

Necesito…

Mi móvil suena en este preciso momento e interrumpe mis palabras. Contesto sin mirar en la pantalla, ni tan siquiera sé quién es.

Elisa, ¿dónde estás? –me pregunta una voz tan ansiada en estos últimos días.

¡Sandra! ¡Por fin!

Ya hemos vuelto. No teníamos buena cobertura en el pueblo de Jaime.

Sí, ya me había dado cuenta…

¿Cómo te va por el pueblo? ¿Qué tal tus padres, Elisa? Espera que tengo una noticia que darte… ¡Estoy….embarazada!

¿Qué? Ahora mismo voy para el piso a darte un abrazo.

Hombre, tardarás unas cuantas horas. El pueblo no cae muy cerca que digamos.

Si estoy aquí, Sandra. He dormido en casa de Toni, porque me dejé las llaves de tu casa. Ya te lo contaré… ¡Hasta ahora!

Me despido y recuerdo que esta misma tarde tenemos sesión de terapia y salgo del piso de Jesús y Sara. «Poderosa amistad», me digo para mí mientras veo la mirada distante de Sara al darle los dos besos de despedida, que hace que mi mundo se tambalee.

Continuará…

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Ginebra, me he pedido una ginebra en «La pequeña taberna». Mi garganta gruñe al pedirla, un sonido gutural y tosco, casi imperceptible, que muere en mis labios y que hace que la camarera me lo haga volver a repetir.

Ginebra ―repito haciendo un esfuerzo en pronunciar y le señalo la botella que hay en el estante de arriba.

Me la sirve en un vaso de tubo con dos cubitos de hielo. Me la bebo con pocos tragos hasta apurar la última gota.

Otra…

Y una mano me roza el hombro de mi jersey granate. Me giro y me encuentro con Nacho. Intercambiamos una mirada poderosamente larga y sus labios se curvan en una sonrisa, que deja entrever sus dientes rectos. Yo se la devuelvo, porque de repente me han entrado ganas de reír.

Otra para mí ―le dice Nacho a la camarera con voz risueña.

Pasamos de la barra del bar a la mesa que hay enfrente y nos sentamos en el único sofá, pegados, lado con lado.

¿Te alegras de verme? ―me pregunta.

¿Y tú?

Ya sabes que sí, pero yo he preguntado primero.

Y su mirada se enciende.

Si no te echara de menos, no estaría bebiendo ginebra.

¿Y dónde ha quedado tu Martini blanco, Elisa?

Mi Martini se hundió… ―Bajo la mirada y la vuelvo a subir inmediatamente hasta volverme a encontrar con sus ojos negros, que brillan irremediablemente―. Pero siempre podemos brindar con ginebra. ¿Me rechazarás un brindis?

Yo nunca rechazo un brindis, Elisa.

Nuestros vasos chocan con tanta fuerza que el mío se rompe. Me lleno de cristal, de alcohol, de hielo, de su mirada cristalina y brillante, que me empapa.

¿Ves cómo todo lo que tocas lo acabas rompiendo? ―le grito con rabia acumulada.

Siempre podemos pedir otra ronda, Elisa ―me calma con su voz sugerente.

Asiento conteniendo mi furia y esta vez me pido sin dudar un Martini blanco, que me atrapa y se desliza por mi garganta pausadamente.

Mi chica Martini ―me dice Nacho cogiéndome de las manos con cariño.

Y las besa, deteniéndose en cada dedo, transportándome de nuevo con su humedad a la playa, a nuestro último encuentro, a la última vez que recorrió mi piel y me inundé de él. Me siento a gusto en este momento y me dejo besar por las garras del pasado, que me estrujan mi alma dolida.

Me alegro que hayas cambiado de opinión, Elisa, que hayas vuelto a nuestro bar a buscarme.

Y sus labios se detienen en la comisura de mis labios.

Noto su aliento a ginebra, una vahada bien cargada de alcohol, que se le escapa, mientras me repite que me quiere. Una y otra vez, como un disco rayado, que me auto convence de que he hecho bien en venir. Me acaricia el nacimiento de mi cabello y me alegro de no llevar el cuello alto en este jersey pues estoy abierta a sus caricias continuas que me estremecen y me hacen sentir escalofríos placenteros.

Te quiero, Elisa ―repite por enésima vez―. Tu también, ¿verdad?

Un zumbido intermitente me despierta. Su pregunta queda resonando en mi cabeza haciendo eco, totalmente desconcertada aparecen otra serie de preguntas entrelazadas entre sí.

¿Dónde estoy? Miro a mi alrededor y no reconozco las sombras del cuarto dónde he amanecido. ¿Qué hago soñando todavía con Nacho? ¿Por qué el alcohol sigue siendo protagonista en mi vida? Abrumada me levanto de la cama, busco el interruptor de la luz y me cuesta alcanzarlo, al final lo consigo y la lámpara se enciende.

Toni… Estoy en su casa. Respiro aliviada, pero sólo unos breves instantes, porque si estoy aquí es porque Luis… Me dejo caer otra vez en la cama, de golpe, no quiero levantarme, quiero dormirme hasta alcanzar la inconsciencia.

«Con el alcohol, lo conseguías», mi vocecilla reaparece, incitándome a hacerlo. «Pero si lo haces, Elisa, eso no cambiará nada», me digo a mí misma, intentando ser más fuerte que ella. Tumbada en la cama estoy viviendo una lucha interior que me aterroriza.

Necesito hablar con Sandra, cojo mi móvil, que es el que me ha despertado y marco su número, pero otra vez su buzón de voz me corta el rollo. ¿Cuántos días lleva ya sin cobertura? Llamo a Jaime, pero tres cuartos de lo mismo. Al menos sé que están juntos, en el paraíso de la «sin cobertura». Oigo como María canturrea por el pasillo, al menos hay alguien en esta casa que se ha levantado con buen humor. Escucho risitas de Toni, oh, mierda, otra vez soy el número tres. Elisa, la especialista en entrometerse en la vida de las parejas, una intrusa en vidas ajenas. ¿Por qué no puedo tener una vida normal con alguien que me quiera? ¿Con Luis? ¿Con Nacho? ¡Qué más da!

María entra en el cuarto donde estoy.

Me voy a trabajar ―me dice contenta.

Yo seguiré aquí un rato más.

Y me doy la vuelta.

Estoy de vacaciones con todas sus letras. Pero no puedo descansar, Luis se instala en mi cerebro para quedarse. ¿Cuándo lo podremos ver? ¿Qué pasará con él? No hay nadie que pueda despejar mis dudas, sólo me queda esperar. Tengo tanto miedo a que el tiempo corra y me separe definitivamente de él. Soy una contradicción constante, me remuevo en la cama hecha un lío de inquietudes, que se asoman de debajo de la manta. Vienen a por mí, se enredan en mi corazón que late a buen ritmo, debido al cúmulo de sentimientos que me llevan al borde de la desesperación.

Toni silba y al oírlo me levanto de la cama y salgo hacia la cocina. Veo que alguien ya le ha servido el desayuno a Ghato. ¿Habrá sido María o Toni?

¿Has dormido bien? ―me pregunta Toni.

Sí…

¿En serio? Te hemos oído gritar…

Es que he tenido una pesadilla.

Puedes contármela, si quieres

Y me mira cómo diciéndome que es todo oídos.

He vuelto a beber, Toni, en mi sueño. He sentido el gusto del alcohol y no sé por qué todavía tengo que sentirlo.

A mí a veces también me pasa.

¿Y qué haces, Toni?

Pues… ―Se encoge de hombros―. Cuando me despierto, estoy alegre de que haya sido un sueño.

¿Y ya está?

La decisión siempre es tuya, Elisa. Nosotros somos libres de decidir si queremos beber o por el contrario abstenernos. Creo que necesitamos ir a ver a Ana… todos….

Menos Luis…

Mi mirada se pierde en su recuerdo.

Voy a llamarla, necesitamos terapia de urgencia.

¿Y si no está?

Me dio su móvil personal, por si las moscas, en estas fechas…

Ya…

Antes que caigamos, mejor poner solución, ¿no? Venga, desayuna ya, vístete, que nos vamos…

¿A dónde?

A casa de Jesús y Sara, están moviendo hilos para que podamos ver a Luis.

Me da un vuelco el corazón y una pequeña esperanza rebrota de mi mirada.

Pero no te hagas ilusiones, ¿vale? Nosotros lo intentamos.

Sí, Toni, por Luis…

Desayuno rápidamente, café con leche con dos cucharadas de azúcar y tostadas con mantequilla. Ayer no cené y estoy hambrienta. Mi estómago reclama comida desde hace rato. Engullo deprisa mientras Toni llama a Ana, que sé que va a tener trabajo con nosotros. Necesitamos su ayuda para que mis pensamientos de volver a beber se paren, que se desvanezcan, y se pierdan en algún lugar de mi interior, que ahora ha rebrotado con fuerza, llamándome por mi nombre, arrastrándome a beber. Resistir, bonita palabra, que hace huella en mí por el momento, quiero escribirla, pintarla, colorearla y colgarla en la pared con chinchetas. Verla todos los días cuando me despierte en mi cuarto, que me de fuerzas y coraje porque hoy también va a ser un día sin alcohol.

Me visto aceleradamente, sin ducharme, porque no quiero hacer esperar a Toni, que ya está listo. Me pongo los pantalones de pana que llevaba ayer y un jersey estampado con el cuello muy alto. Me calzo las botas, y me peino haciendo hincapié en las puntas de mi pelo rebelde. Salgo del lavabo y apago la luz.

¿Lista? –me pregunta Toni.

Sí… —Inspiro con fuerza.

Esta tarde tenemos sesión. Ana quiere vernos a todos.

¿Le has contado lo de Luis?

Sí…

Toni abre la puerta del garaje y no dice nada más. Me subo a su coche e intento acomodarme, aunque estoy tensa. Me abrocho el cinturón, mientras la culpabilidad que siento por lo que he soñado, me martiriza. Me pongo una mano en la boca, y tiro un poco de vaho que sabe a menta, ya que me acabo de lavar los dientes.

No, no he bebido, los sueños, sueños son, Elisa. Desgraciadamente incontrolables y confusos y, con esta letanía que se me repite una y otra vez, mientras Nacho se va desvaneciendo en mi recuerdo, el coche avanza hasta el piso de Jesús y Sara.

Continuará…

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Llaman a la puerta y Toni se levanta para abrirla. En unos instantes, entra María con mi maleta arrastrando los pies.

¿Esto es tuyo? Me pregunta.

Sí… —Contesto con mi mirada perdida.

Te la habías dejado en la calle. ¿Estás bien, Elisa?

Necesito estar sola, Toni, ¿me puedes llevar al piso de Sandra? ―Le digo a él, sin contestarle a María.

En unos minutos hemos cargado mi maleta al coche de Toni, y nos dirigimos al piso de Sandra y Jaime, que sé que no están, pues se han ido a pasar estas fechas al pueblo de los padres de Jaime. Necesito estar sola para poder pensar, poder asimilar lo que me ha caído encima, poder imaginar una solución, que no está en mis manos decidir. La impotencia que siento me desborda y hurgo nerviosa en mi bolso buscando las llaves del piso delante de su fachada anaranjada. No las encuentro. No están. Una imagen acude a mi mente, me las dejé en el pueblo encima de la mesita de noche, pienso, y llamo a mi madre para comprobarlo.

¿Mamá?

¡Eli! ¿Cómo estás? ¿Cómo está tu novio?

Bien…

«Bien jodido», pienso.

A ver cuando nos lo presentas. Me has hablado muy poquito de él. Por cierto, ¿a qué se dedica?

Es informático…. Pero, escucha, mamá ¿no me habré dejado unas llaves en mi habitación?

Sí, hija sí, y unos pendientes, y un jersey y unas cuántas cosas más… Ay, has salido a tu padre, qué se le va a hacer, igualito de despistada que él. Si no fuera por mí, lo perderíais todo. ¿Quieres que te lo envíe? En estas fechas, no sé cuando lo vas a recibir, pero yo te lo envío y, sino por tu prima Susana, que ha vuelto al pueblo con tus tíos y volverá a la ciudad pasado Reyes.

Gracias mamá.

¿Está Sandra en casa o te has quedado en la calle, hija?

Está en casa, conmigo ―miento.

Pues felicita las fiestas de mi parte, Eli.

Vale, se lo diré, adiós mamá.

Aprieto el botón de mi móvil para finalizar la llamada. Me siento aturdida, en la calle el día de Navidad completamente sola, si no fuera por Toni, que se ha esperado a que entrara en el piso. Menos mal, no hace falta que le diga nada, pues él se adelanta ofreciéndome que duerma en su casa. Quería estar sola y ahora no va a ser posible. Miro a Toni, y mis ojos le suplican una última voluntad mientras mis labios le susurran:

Toni, ¿te importaría que me llevara a Ghato?

Toni no es muy amigo de los animales, pero entiende mis deseos a los que accede sin rechistar. Llamo al vecino del segundo B y en unos instantes puedo abrazar a mi Ghato. Su pelo brillante y suave se desliza entres mis manos, que no paran de acariciarle, y por un momento, en el que inspiro profundamente, me calmo. Mi mente, en este breve instante, ha borrado toda la información de lo acontecido en las últimas horas, estoy en blanco y tranquila, sólo existe el contacto cálido de mi felino que maúlla suavemente. La mano de Toni, que se deposita en mi hombro, me devuelve a la agitada realidad.

Vayámonos ya, Elisa…

Bajamos por el ascensor, y entramos en el coche de Toni con Ghato en mi regazo, que me mira de manera hipnótica. Mis manos le rodean su cabecita y lo estrujo durante todo el trayecto, dándole cariñosos pellizcos, que sé que le gustan.

Cuando volvemos a la casa de Toni, bajo del coche, y María sale a recibirnos. Toni le sonríe y percibo en esa mirada un cambio que nunca había notado. Los ojos de mi amigo se encienden al verla, un pequeño destello que exterioriza por primera vez. María también sonríe tontamente mientras se pasa sus manos por su pelo rubio, e intuyo que hay algo más entre los dos, algo íntimo que no nos han contado al resto.

¿Desde cuándo… Vosotros dos…? ―Les pregunto asombrada con mis labios, que se han quedado con forma de o.

Una risa cruza la cara de María.

Así que es verdad… ―continúo con mi índice señalándolos.

Sí ―asiente Toni―. Llevamos poco, queríamos anunciarlo para Fin de Año.

El bombazo del año ―bromea María―. ¿Cómo te has dado cuenta, Elisa?

Es que no sabéis disimular, ni qué fuera adivina ―les digo encogiéndome de hombros―. Estas miradas, que os intercambiáis como dos tortolitos, os delatan. ¡Salta a la vista! Enhorabuena a los dos.

Y nos fundimos los tres en un abrazo, en el que intento olvidar por qué realmente estoy aquí. La realidad se precipita con caída libre sobre mí cuando nos separamos.

¿Qué vamos a hacer mañana? ¿Podremos ver a Luis? ―les pregunto con un temblor en mis labios―. Luis… ¡qué mal lo debe estar pasando!

Lo sé –dice María y sé que intenta ser dulce en su tono de voz—. Elisa, tenemos que ser fuertes, ¿vale?

Creo que sus ojos se crispan al recordar cuando ella también estuvo arrestada. Yo también recuerdo cuando me detuvieron, la frialdad de la celda y la agonía que pasé hasta que todo volvió a la normalidad. Todavía no hace ni un mes de todo aquello, y ahora me siento incapaz de seguir hacia adelante.

No sé si podré, María ―titubeo―. Necesito… beber ―digo al fin arrastrando las palabras-.

Ni se te ocurra ―me advierte Toni―. ¡Hazlo por Luis! ―Exclama―. Yo también he sentido esa necesidad, pero tenemos que resistir. ―Y me agarra la mano con fuerza.

Por Luis… ―digo al final con la mirada gacha.

La firmeza de la promesa que le hice a Luis, en el parque de nuestras ilusiones de futuro, se quebranta en el umbral gélido de la casa de Toni. Mi amigo se da cuenta de mi indecisión, me coge la barbilla y con un ligero movimiento hace que suba la mirada mientras me dice:

Conozco esta mirada, Elisa. Di lo mismo, mirándome a los ojos.

Sus ojos castaños, castigados por el sufrimiento de lo que nos ha tocado vivir, me convencen momentáneamente.

Sí, Toni, por Luis…

Y así, unidos por esta cómplice mirada, entramos a su casa mientras nuestros pies penden de un frágil hilo, donde ni un buen trapecista tendría la suficiente habilidad para no precipitarse hacia el vacío.

Continuará…

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