Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Escribía de espaldas al mundo. Fuera de su casa, pasaban sucesos terribles. De vez en cuando, los visualizaba desde un pequeño televisor, pero ella prefería ensanchar su mundo interior. Aquellas palabras la acompañarían durante toda la vida. Eran insignificantes sus historias, narraciones mundanas, pero ¿acaso el universo brillaba distinto desde que ella existía?

No necesitaba mucho para imaginar. Solo que su mente pudiera crear nuevas ideas. Algunas nacían como una tormenta. Era cuando se sentía inspirada y dejaba que fluyeran llenándola de energía. Se sentía feliz cuando esa sensación ocurría, como si una dosis de vitaminas fuera inyectada para impregnarla.

Otras veces, se forzaba a escribir para hacer desaparecer la melancolía que en ocasiones la invadía. Era cuando no tenía ganas de levantarse de la cama y, se quedaba sin fuerza, como si un cortocircuito hubiese recortado la comunicación entre sus neuronas.

Navegaba entre un universo de contradicciones y sus historias nacían precisamente de ahí, de sus conflictos interiores. Hilvanaba sus palabras con maestría porque le había dedicado tiempo a su aprendizaje. Era cuestión de técnica y de mucho trabajo. En ocasiones, se aventuraba a probar tramas novedosas. Podía ser original hasta la médula y lo hacía hasta quedar exhausta.

Sentía placer por escribir y no buscaba reconocimiento, ni éxito, ni nada que la hiciese ser diferente a los demás. Lo hacía porque, mientras enlazaba sus pensamientos en palabras, se sentía viva. Había construido una burbuja hecha a su medida y sus miedos, los que evitaba mirar en el televisor, habían desaparecido.

Imagen Creative Commons de Pixabay en Pexels.

No sé què hi faig en aquesta cambra. Suposo que hi busco intimitat i, que ningú sàpiga, el que acabo de fer. Millor dit, el que estic fent. Ningú m’hi ha vist entrar. He mirat a banda i banda del carrer, fins assegurar-me que no em seguia ningú. Sé que la meva vida no és important per a ningú, però mai se sap qui està disposat a malparlar de tu, o qui té l’habilitat de posar la pota, i dir les coses en el moment més inoportú. I enfonsar de pas, la teva reputació.

Què hi fas en aquesta cambra, Eulàlia? I una certa excitació em mulla de dalt a baix. Els seus dits, tendres i arrodonits, em recorren amb un ritme que se’m fa atractiu al sentit del tacte. Tota jo regalimo de cap a peus, encisada pel seu accent estranger. Perquè la Jenny és una dona de poques paraules, però de quan en quan deixa anar alguns mots en accent anglès, que em pregunten si tot va bé. Jo faig que sí amb el cap, i ella continua amb el seu massatge peculiar. Em faig d’aigua, i penso que aquests dits són mel, de tan dolços i tan oportuns. Em pregunto, per què no l’he descobert abans. Què hi devia fer la Jenny, mentre jo m’enamorava de qui era en aquell moment el meu marit? Em llevo aquest pensament del cap, perquè ben mirat, la Jenny encara no havia nascut quan jo vaig caure de quatre grapes al joc de l’amor.

Quina humitat hi ha en aquesta cambra, quina calor, ¡mare meva! La Jenny em deu llegir el pensament, perquè posa en marxa un ventilador, que gira i volta els meus pensaments íntims. Els que tens dintre del cap i ningú més pot saber. Ben pensat, el meu marit no en sabia. Arribo a aquesta conclusió. Jo era massa jove i sense experiència. Els meus ulls emmirallats per un tors morè, uns llavis carnosos, i unes promeses que em vaig creure cegament. Però, de sexe, no en sabia. Vaig caure en una monotonia censurada i avorrida.

Menys mal que no vaig tardar en creuar de vorera i vaig conèixer la Pepita. Ella sempre tan atenta. Li vaig explicar totes les meves penes i em va ajudar a divorciar-me, mentre hi tornava a caure al joc del frec. Potser la Jenny llavors, ja era una nena de cabells rossos i gest angelical. La Pepita va posar totes les seves armes, per a què em tornés a veure bonica al mirall. Tenia una baixa autoestima. I tisorada va, i tisorada ve, em va fer sentir com ningú m’havia fet sentir mai. Tenia ganes d’abraçar-la, per la imatge que em va retornar el mirall, un cop vam acabar. El ulls els tenia vius, perquè l’alegria em feia moure les pupil·les a banda i banda, buscant una zona íntima de la cambra, que em tornés a fer sentir especial.

I així li ho pagava a la Pepita? Mira que havia tingut empeny i paciència amb mi… Que de vegades toco la moral de les persones, i això és sagrat, i no s’hauria de tocar. Només avui, Eulàlia, em dic. La Jenny és el present efímer. Volies tornar a veure’t jove, veritat? I sé que la resposta íntima és afirmativa, encara que si em preguntaren, ho negaria amb el cap. Mullada com vaig, retinc aquest encís de sensacions viscudes, mentre la Jenny em raspalla els cabells amb el raspall rodó i m’asseca els cabells. Quina calor, mare meva! I el ventilador ja no fa efecte. És una humitat enganxifosa. Aquesta perruqueria és tan diferent de la que té la Pepita. La Pepita hi té aire condicionat. I el seus dits, potser són més aspres a força de rentades, però hi tenen més traça i no mullen tant la roba de les clientes. És igual, és estiu i no crec que agafi cap refredat. M’aixeco del seient blau.

—Quant et dec, bonica? —li pregunto a la Jenny.

—Rentar i assecar… Dotze euros.

Pel preu no serà, Eulàlia. Exactament el mateix que cobra la Pepita. Però són aquestes ales de llibertat les que et fan ser infidel de quan en quan, penso amb un somriure entremaliat que se’m posa als llavis. Surto per la porta, miro a banda i banda del carrer. No, ningú coneix ningú en aquesta ciutat anònima. Però de vegades, els pensaments més íntims parlen per sí sols.

Imagen Creative Commons de Carlos en FlickR. “Isabel. La mirada reflejada 2”

Un sacapuntas despuntaba el alba

17 abril, 2017


Primavera, deshojando cuentos

POEMA 3: “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

Un sacapuntas despuntaba el alba.
Dibujaba con palabras en el folio.
Mi trazo se borraba por la goma al corregir
mi escritura en clase. Una maestra, en mis juegos
encarnaba. Enseñar, y aprender con la sonrisa
en los labios, que beben con avidez, sabiduría.
Equivocarse al saltar a la comba.
Caer, y levantarse con las rodillas peladas.
Reír con los dientes de leche caídos, sin vergüenza,
inocencia que acalla fierecillas en el patio.
Pelotas rebotando contra el suelo, encestando
sin parar amistades. Compañeros en la calidez
del recreo. Algarabía de pensamientos que nacen
desde mi recuerdo. Aquí estoy, con el lápiz deslizándose
de mis dedos, sin punta ya, con la oscuridad se apaga.

Helena Sauras

Ocaso primaveral

28 marzo, 2017


Primavera, deshojando cuentos
POEMA 1: “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

Fluye la vida hacia el ocaso,
un soplo de finales de marzo,
me hizo respirar la primavera.
Nací cuando el día crecía en aroma,
un pétalo sesgó mi rostro de ausencia,
la memoria no es sólo lo que uno no olvida.
Nací entre la luz, el ocaso, y el contraste.
Entre las olas de esa lluvia de abril,
se empeña la ventana del recuerdo.
Ocaso primaveral que desata esa fina brisa
de mi ombligo. Una herida abierta en la entraña.
Nací. Llené mis pulmones de futuros respiros.
El día decae hacia una plácida primera noche.
Llena, la luna preside mi malestar que cruje mis sentidos.
Fue la noche más inexperta por ser la primera;
sin experiencia en eso del vivir, nací con ansias de crecer,
sin poder creer que esa vida fuese tan mía,
sin querer perder la oportunidad del durar todavía.

Helena Sauras

Quizás sueño

20 marzo, 2017


Prólogo del poemario “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

Quizás sueño, sí, quizás
contemplo la brisa de la ciudad
desde una ventana con prisa.
Recuerdo las estaciones pasar
sin detenerse, veloces, al son, sin olvido.
El pitido de esa ciudad me ensordece.
La vida pasa sin detenerse, mueve sus muslos
provocando la sorpresa al tiempo que transcurre.
Quizás ella también sueña, como yo.
Estamos hechas de la misma historia,
besamos el mismo polvo onírico.
La vida pasa, mueve graciosa sus caderas al compás,
con prisa o no, qué más da ahora que huimos hacia
la incertidumbre de lo que pasará.
La sirena engulle mis sentidos,
esa brisa cierra mis párpados,
ciudad de amores vividos,
toca para mí en la última noche.
Bésame desde el recuerdo y,
transporta mi frágil pensamiento,
hacia la palabra expresada en estos versos.
Bésame con calma, vida.
No huyas de mí. Ni te escondas.
Acaríciame con pausa,
las notas de la fuente se empañan
por mis lágrimas interiores.
Recuerdo. Vivo, sí, quizás…

Helena Sauras

Ansía ponerse una peluca que oculte su pelo rapado. Se maquilla hasta que el color le molesta en la piel. Delante del espejo, se siente libre, posando e imaginando cómo sería su vida si se llamara Lucía. Y no Jorge Gutiérrez, como apunta su DNI. Un antifaz es el toque último para salir a la calle y que nadie le reconozca. Se desliza por las escaleras con sus zapatos de tacón rojo pasión, y empieza a andar por la acera, fundiéndose con el resto de transeúntes.

Un flamante autobús le espera a final del trayecto. “Que no te engañen”, reza un eslogan a medio pintar. Jorge ve reflejado en sus cristales, la figura de Lucía. Vestido así, nadie diría que ha nacido hombre. Jorge mueve sus muslos y, siente por una vez, como su reflejo le es fiel. Maravillado, empieza a bailar sin canción, hasta que un penetrante olor a gasolina, le invade. Asustado, va a ver de dónde procede ese olor.

Detrás del vehículo, hay un hombre con los ojos llorosos y un mechero en su mano derecha.

—¿Arderás como mis ilusiones? -se pregunta el hombre con la mirada vacía, intentando prender el autobús.

—¡Nooooo! -grita con todas sus fuerzas Jorge, quitándole el mechero al posible pirómano.

— ¿Beatriz? ¿Eres tú? -pregunta el hombre dirigiéndose a Jorge, embelesado por el aspecto físico de aquella bella mujer-. Llegas tarde, pero has venido. Pensaba que me habías engañado.

— Lo siento -dice Jorge-. Estaba estudiando. Ya sabes… Haciendo traducciones con el diccionario de latín.
— Tienes una voz bastante ronca.
— Sí, es que estoy acatarrada.
— Todavía estamos a tiempo para ir al cine -dice dándole una entrada.

Jorge acepta entusiasmado. ¡Tiene una cita con un chico! Ha sido su día de suerte.

***

La pantalla del cine es un inmenso mar terrorífico. La película, que ha escogido el hombre, es de miedo y, después de repetidos sustos, Jorge se agarra a él. No queda palomita de maíz, que sobreviva a sus sobresaltos, pues todas se esparcen por el suelo.

Y así, quedan ambos, con la manos amarradas en la butaca.

—¡Que manos más grandes tienes! -comenta el hombre, a la que piensa que es Beatriz, cuando las letras del final inundan la pantalla.

—Las heredé de mi padre -dice Jorge con un punto de orgullo.

— En la foto que me enviaste, no las aprecié. Eso de las citas a ciegas es toda una sorpresa… Mira, pensaba que no vendrías, que te echarías atrás… Estuve apunto de incendiar un autobús de lo frustado que me sentí, cuando vi que te retrasabas. Si no llega a ser por ti, salgo en las noticias. Iremos poco a poco, guapa, como quieras y prefieras.

Jorge y el hombre se despiden con dos besos en las mejillas.

***

Imagen Creative Commons de Lindsey Martin en FlickR

— ¿Quieres que nos hagamos una selfie en el lugar donde nos conocimos? -le pregunta un día Jorge tras meses de relación cinéfila.

Ambos vuelven al autobús: “Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen”, reza el flamante automóvil, abandonado y estacionado donde siempre.

La tarde hubiera sido perfecta si no fuera, porque Jorge se atreve a confesarle a su pareja:

— No me llamo Beatriz, Juan.

— ¿Cómo…?

— En realidad, soy Lucía.

—Ah… -dice aliviado.

— ¿Tú crees que, una vez hemos nacido, podemos evolucionar o, siempre nos tenemos que quedar con lo que hemos sido?

Juan se queda sin palabras.

— Libres, somos libres. Y podemos decidir. Cuando te vi, decidí darte la oportunidad de conocerte. Y así ha sido. Nueve meses disfrazados de aparente amistad en los que nos hemos acabado enamorando. Me he callado muchas cosas, Juan. Pero ha llegado el momento de que sepas la verdad. Sé que te gusto, e incluso te has llegado a obsesionar por mí. Igual acabas conmigo, pero si no te lo digo, reviento. De igual a igual, como persona, que de hecho es lo que somos, ¿que pasaría si te dijera que el nombre que figura en mi DNI es Jorge?

Una arcada le sube por la garganta a Juan que golpea de manera brusca a Lucía. Es su transfobia la que le domina, la que le obliga a no pensar, y a perder los estribos. El menosprecio se hace dueño de él en cada golpe que propina.
La sangre de su amiga empieza a fluir y, al poco, deja de respirar.

Un llanto de vergüenza le cubre la cara a Juan, que echa a correr como los cobardes, esperando que nadie le descubra.