Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Minutos después, en los que los segundos han pasado lentos, con la mirada de Susana escrutándome lentamente, esperando una respuesta, que no ha obtenido a su pregunta. El gesto que ha tenido Nacho me hace torcer la boca en una mueca de disgusto. A lo mejor a otra mujer le halagaría, pero a mí su dinero actual no me importa lo más mínimo.

Nunca olvidaré cómo empezamos. Sus esfuerzos por pagarse los estudios, hincó los codos para conseguir una beca. No lo tuvo fácil. Contamos el poco dinero que teníamos para regalarnos un sueño: poder vivir juntos en un apartamento de alquiler. Escatimamos en cosas superfluas y ahorramos moneda a moneda para labrarnos un futuro. Nuestros estudios nunca estuvieron en juego, porque sabíamos lo importantes que eran.

Quiero pensar que Nacho trabajó el tiempo en el que no lo dedicó al estudio. La sombra de Sandra y su tiempo libre se dirige a mí como mariposa a mil por hora, sobrevolando y dictándome ingenuidades. Pero no estoy para pensar, el gesto de Nacho ha patinado sobre la pista de hielo de mi corazón, que ya se había endurecido a fuerza de golpes. Qué narices buscan, por qué les cuesta tanto decirme adiós y olvidarse de mí.

Cuesta desprenderse una del pasado, cuando los demás compran tus sentimientos plasmados en forma de cuadro. «No estoy en venta», me digo y, al final, acabo pronunciando esas mismas palabras a Susana.

No estoy en venta, Susana. No lo estoy.

Y reafirmo mis palabras con un gesto digno y contundente con una de mis manos.

Lo sé ―me dice Susana abrazándome.

Y su abrazo sabe a terciopelo de melocotón. Me dejo rodear por esos brazos familiares que, en ocasiones, tanto he echado de menos.

¿Sabes? ―le digo cuando mi interior se ha calmado―. No sé por qué tú y yo nos distanciamos tanto si siempre hemos querido lo mismo.

¿Y qué es eso mismo que queremos las dos? ―me dice Susana con un ápice de duda en sus ojos.

Crear ―le respondo con contundencia―. Tú, tus manjares; yo, mis cuadros. Pero siempre alzar la creatividad por encima de todas las cosas.

Ya ―me responde una Susana irónica―. Será eso.

¿En qué me equivoco, prima?

En la idea principal, no ―me contesta y se aclara la garganta cómo si me fuera a decir algo trascendental.

Susana duda, se rasca la nariz, me mira quizás algo temblorosa. Y luego, el silencio vuelve a cubrirlo todo de gris.

¿Qué te pasa Susana? ―le pregunto con la siembra de la duda en mis ojos.

Pero Susana se levanta y no dice nada más. Sus manos acarician su delantal con sus iniciales bordadas de azul celeste, y me hacen pensar que ese delantal es casi tan viejo como nosotras. Aquel verano en que aprendimos a coser, porque nuestras madres se entestaron en que aprendiésemos algo de provecho.

No sé por dónde andará el mío. Mis iniciales no me quedaron tan estilizadas como las tuyas ―le digo por decir algo y romper ese silencio, largo e incómodo, que ha quedado.

Eli… Sí, quizás deseé lo mismo que tú por un largo tiempo ―me responde al fin de manera delicada.

La miro confundida. No sé qué me está queriendo transmitir, pero ha empezado a hablar, y el pincel de su alma está decorando la mía con palabras, que a lo mejor no tengo derecho a escuchar.

Lo deseé taaaanto, taaaaaanto tiempo ―me dice alargando las palabras como si cantara―. Ya no tuve ojos para nadie más. Desde el primer verano en que lo vi, me robó el corazón y algo más.

¿De quién me hablas Susana? ―quiero saber.

De Nacho, Elisa. De él y nada más que él. Yo también fui una más en su larga lista. Me robó un beso en las fiestas del pueblo. Fue mi primer beso, saboree su lengua larga y tendida. Una víctima más en su red, tú aquella noche no saliste, dolores menstruales me parece recordar.

Oh sí, ¡lo recuerdo! ―contesto sorprendida―. O sea que…. Mientras a mí me dolían los ovarios a más no poder, tú estabas de fiesta lingual con mi novio, ¿Susana?

Y Susana, sin bajar la mirada, me contesta afirmativamente.

Susana, ¿y por qué?

Pero, lejos de envolverme con otro silencio de los largos, Susana contesta rápidamente.

Porque es irresistible, por eso mismo, Elisa. Nunca más he estado con nadie y ha llovido a cántaros desde entonces. Las comparaciones son odiosas y nunca ningún chico me pareció que estuviera a su altura. Mi enamoramiento se ha pasado de la raya, llevo años de sequía. Hace poco quedé con alguien. Nada, un encuentro fugaz, de esos a los que últimamente recurro. Su lengua me supo a esparto y no es la primera vez que me pasa. Recuerdo los labios de Nacho, recorriendo los míos, debajo de las estrellas de aquella mágica noche. No sé por qué te cuento todo esto. Pero fue así, y así me sentí. Su princesa por unos breves instantes. Pero el hechizo se rompió al día siguiente. Me salió rana. Él volvió a reunirse contigo. Y aquí no ha pasado nada y tan amigos.

Sí, amigos… ―Repito para mí misma.

Y sí, ya sé que ha llegado el momento de olvidar y todo eso. Ya es suficiente, basta de sufrir por un hombre. El olvido tendría que ser más corto que lo otro, ¿no crees?

Sí, claro.

Pues eso, ahora ya sabes por qué en esta casa no hay hombre, ni pareja, ni mascota, ni nada que se le asemeje. Sola, así estoy. Bueno ―rectifica en unos instantes― ahora contigo, prima. Pero tu volarás, tienes proyectos con Luis. Os merecéis el uno al otro, aunque os peleéis de vez en cuando.

Nacho me ha quitado mi torbellino marino, Susana ―le digo―. Lo estará admirando con su Sandra.

Que la fuerza del mar se los lleve a los dos ―dice una Susana transformada.

Sí, lejos de mí, lejos de ti…

Prima, pide algo este año a los Reyes, tienen que venir bien cargados por una vez.

Ya pedí doce deseos con las uvas, Susana. No quiero ser abusona. Me quedo con la amistad ―le digo tendiéndole la mano.

Susana me la acaricia con sus manos, que son toda suavidad.

No llores, tonta ―le digo a Susana―. No te voy a recriminar cosas del pasado.

Susana se sacude un par de lágrimas con sus manos.

Cuánto le amé en silencio, Elisa. Tanto que me quemé entera.

Cuánto le amé en público, Susana. Tanto que me abrasó su traición.

Somos dos hogueras del querer. El cuadro rojo que reposa secándose, inclinado en la pared, es el único testigo de nuestra confesión. Ghato se acerca a nosotras, reclamando algo de cena. Su pelo mullido me roza los tobillos.

¿Qué quieres cenar, Susana? ―me ofrezco.

Poca cosa, nada de hambre tengo. En la nevera hay algo para Ghato, dáselo.

Me acerco a la nevera y encuentro un plato con boquerones. Ghato aparece rápidamente y le pongo el plato que lo huele con ahínco. No tarda en devorar hasta que no quedan ni los restos.

Continuará…

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El desorden reina en el apartamento de Paquito. Numerosas latas de cerveza invaden el suelo, ropa sucia y arrugada se esparce por mi vista. El caos domina el comedor y el resto del piso.

Paquito se sienta en su sofá y, nos invita a hacerlo a nosotros con una sonrisa tímida. Luis hace una mueca de rechazo, pero al final y, al verme a mí cómo me acomodo, me imita. Sé que no me lo va a perdonar, que se piensa que estoy loca, y me susurra si voy de hermanita de la caridad o qué… Adentrarme en las entrañas del apartamento de Paquito me sirve para recordar cómo era mi vida hasta que logré escapar de la cadena, que proporciona el alcohol. Encadenada y con los ojos vendados, aferrada al calor ficticio del beso de una copa. Desinhibida y al poder, para dejar de ser yo, para olvidar que no sabía divertirme sin un trago que navegaba por mis venas, dirigiéndose al cerebro, borrando lo que quedaba de mí.

Ay, Paquito, mirándote veo un reflejo de mi misma. Es como mirarme en el espejo del tiempo pasado del que he conseguido escapar. Por suerte.

Mi mirada se dirige a una fotografía, que preside el comedor. Una fotografía que creo que ha bailado en los ojos de Paquito repetidas veces. La fotografía de una mujer con dos niños. No me atrevo a preguntar, porque presiento que la historia va de distancias inoportunas. Los ojos de Paquito menguan al sorprenderme mirando la fotografía y balbucea algo ininteligible. Algo que no acierto a comprender, porque no es necesario que me diga que ya no existe compañía en ese hogar. Paquito se levanta y tintineando va hacia la cocina. Oigo como abre la nevera y el paf de una lata de cerveza al abrirse.

Nos hemos metido en la boca del lobo, Elisa ―me susurra Luis―. Vayámonos ya, por favor ―me suplica.

Pero yo me quedo recordando la mirada de cordero de Paquito. Me dirijo a la cocina, le cojo la lata con un movimiento firme, y se la tiro por el fregadero. Paquito se sorprende, pero me ha visto tan decidida, que no se atreve a rechistar.

Paquito, ―le digo― es el momento de aprender a decir no.

El hombre no responde. Se ha quedado pensativo y le dirijo a su dormitorio.

Ten ―le insisto por segunda vez, con una tarjeta del grupo de terapia en mis manos―. Te la dejo en la mesilla de noche. Ven, duerme, Paquito. Mañana será otro día.

Paquito se duerme enseguida y Luis y yo abandonamos su apartamento. Mientras bajamos las escaleras Luis ironiza sobre mi comportamiento:

Solo te ha faltado cantarle una nana, Elisa.

Hago oídos sordos a sus palabras en un primer momento, porque capto un poco de celos en ellas.

Luis, a mí me ayudaron, ¿vale? ―le digo al fin―. Creo que Paquito también se lo merece.

Luis calla y no dice nada más mientras me lleva al piso de mi prima Susana. Ese silencio es como una copa vacía por donde retumba mi alma. Aunque comprendo el temor que ha tenido Luis, y su ligero enfado, que ensombrece su expresión, sé que lo volvería a hacer.

Durante el trayecto pienso que tan pronto suba a mi dormitorio voy a pintar. Lo necesito. Tender mi mano al pincel, que exprese el mutismo, que rompa el silencio, que ayude a personas como Paquito.

¿No lo estarás idealizando? ―me pregunta Luis al despedirse sin darme un beso.

No―le contesto sosteniéndole la mirada.

No llamará.

Luis, nos vemos mañana. Te llamo.

Luis asiente, y soy yo la que me acabo acercando, y plantando un beso en sus labios. Él entorna los ojos al sentir el contacto de sus labios sobre los míos.

Ya sola, preparo las herramientas, que me permitan volcar mis sentimientos en ellas. Quiero que el rojo presida este cuadro, quiero conservarlo y no tirarlo a la basura. Ese rojo tan diferente de la camiseta de Nacho ya olvidada, el taburete de Luz quebrado e irónico, la lucha que he vivido con pasos firmes me tiene que permitir ayudar a otras personas que se encuentren en mi situación pasada. Pongo la radio para envolverme de música mientras pinto. Me dejo llevar, arrastro mis manos por el lienzo, pintando con las dos manos.

Ambidextra ―oigo a Susana que admira mi pintura detrás de mí.

No la he oído entrar y me asusto al oírla, dando un respingo.

No te asustes ―me dice con una dulce sonrisa―. Tengo que felicitarte, Elisa. Tu cuadro del torbellino marino encantó a todo el mundo.

Me sonrojo inevitablemente.

Y se vendió… ―dice entregándome un cheque.

Cuando veo la cifra me siento desfallecer. Es mucho más de lo que me hubiese imaginado. Me apoyo en la pared, buscando el aire, porque la habitación parece que haya menguado.

¿Quién fue? ―le pregunto por curiosidad―. ¿La mujer aquella con el vestido en palabra de honor?

Susana no contesta en un primer momento, luego le oigo decir:

Siéntate, Elisa. Es mejor que te sientes.

Vamos a la cocina. La miro interrogante todo el rato, hasta que empieza a soltar las prendas, que me desnudan.

Elisa, tu «amiga» Sandra vino antes de empezar la inauguración. Suplicó que le devolviera el cuadro, me dijo que se había encariñado de él, que significaba mucho para ella. Pero, no se lo vendí. Se fue de allí llorando, completamente rota. Empezó la inauguración, la gente empezó a admirar las obras y a degustar nuestros platos…

Y alguien de allí se lo quedó, ¿no?

No, Elisa. Mientras Luis, tú y yo, estábamos brindando por el inicio de nuestros sueños, alguien llamo por teléfono ofreciendo una cuantiosa suma de dinero por tu cuadro.

¿Cómo? ―me tiembla la voz en la pregunta.

Sí. El señor Pino ofreció quince mil quinientos euros por el cuadro.

La respiración se me agita, porque Susana no tarda en añadir:

Tu Nacho, Elisa. Él fue quien ha comprado el cuadro.

Ya no es mi Nacho ―logro pronunciar mientras la cabeza me da vueltas.

Lo sé, Elisa, pero… ¿No me dirás que no ha tenido un gran gesto?

Continuará

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Acudimos a la cita hechos un manojo de nervios. De las palabras de Miguel Serrano, el abogado de Luis, dependerá nuestra tranquilidad en los próximos días.

Miguel es un hombre con gafas de pasta que le esconden la fuerza de su mirada. Nos recibe con un traje gris impecable. Fue compañero de facultad de Jesús y él mismo nos lo recomendó pues, a pesar de que es joven, tiene bastante experiencia e intuición. Miguel me causa buena impresión. Nos tiende la mano a Luis y a mí con un ademán elegante. Amablemente me pide que espere mientras se encierra con Luis en su despacho. Espero en una sala de espera durante aproximadamente una hora, ojeando una de las revistas locales que hay y, de vez en cuando, mirando la puerta cerrada donde está Luis con Miguel con impaciencia. Estoy sola, ya que no hay ningún cliente más, y así lo prefiero. Mis ojos reparan con alegría en el anuncio a todo color del restaurante donde trabaja mi prima en una de las hojas principales de la revista.

Las paredes de la sala captan mi atención pues están plagados de cuadros abstractos y su colorido asombroso me contagia ganas de pintar. En esa sala surge mi palpito de volver a sostener un pincel entre mis dedos, de volcar mis impresiones sobre el lienzo. Mis ideas me invaden la mente en esta lluvia que estoy experimentando. Un choque confuso de experiencias, de invención, de sonora imaginación que vuela, que me empapa con sus gotas de saber, que me cala hasta los huesos con la humedad viva de lo que siento.

Inspiración que resurge de mí en el momento más inesperado, que nunca muere sino que se esconde sigilosa y espera paciente el momento de penetrarme cuando encuentra mi alma receptiva. Visualizo mi futuro cuadro como un todo, plagado de color, de textura, de riqueza, desgarrando el lienzo que está en mi cabeza con su fuerza, convirtiendo el blanco en sensación. Expresión que tendré que trabajar una vez me reúna con mis pinturas en casa de Susana.

La puerta se abre. Luis reaparece con una tímida sonrisa cosa que me hace pensar que la cosa ha ido bien. No me equivoco. Ya en la calle y mientras subimos en su coche, Luis me comunica que el abogado le ha dado buenas vibraciones.

Tiene que trabajar en mi defensa, pero la cosa pinta bien. Ojalá tenga razón.

¿Confías en él?

Sí, es lo único que puedo hacer por el momento.

Me alegro que Luis confíe ciegamente en Miguel. Mientras Luis me lleva al piso de Susana, los nuevos propósitos del año que está empezando me hacen comentarlos en voz alta.

Luis, ¿sabes lo que me gustaría aprender para este año?

Dime, Elisa.

A conducir. Quiero sacarme el carné. Me he cansado de coger siempre el autobús o de depender de alguno de vosotros. Ahora que he dejado aparcada la bebida definitivamente…

Me parece muy buena idea. Yo te puedo enseñar.

Me matricularé a la autoescuela lo antes posible, ya lo tengo mirado.

En ese instante, en que Luis me mira, un obstáculo se cruza y le hace pegar un volantón y frenar en seco. Me asusto y reparo en un hombre que se ha caído en la calzada.

Será cabrón el tío. ¡Mira por dónde vas! ―grita Luis mientras pega un pitido y sale del vehículo a toda pastilla.

El hombre ni se inmuta. Su cuerpo sigue tumbado e inerte en el asfalto. Yo también salgo del coche y me aproximo.

¿Estás bien? ―me atrevo a preguntarle.

Pero el señor no contesta y me entra pánico de que su estado pueda cambiar las cosas. Más todavía.

Elisa, ¿qué haces? ―me riñe Luis al acercarme aún más―. Ni se te ocurra tocarlo.

Le hago caso, aunque acerco el oído para oír si respira. Efectivamente, el hombre respira bastante fuerte. Me doy por satisfecha.

Luis, creo que está roncando.

¿Roncando?

Sí. Escúchale.

Luis le escucha detenidamente para decirme:

Tienes razón. Está durmiendo…

Y en este instante, el hombre se da la vuelta y puedo verle la cara.

―… la mona ―termino la frase de mi novio, porque no me queda ninguna duda.

Hace toda la pinta.

Sí… Además, le conozco.

¿Le conoces? ―me pregunta Luis muy sorprendido―. ¿De qué?

Creo que se llama Paquito. Suele pedir limosna en la estación de autobuses.

Le toca un hombro a Paquito mientras le llamo:

¡Paquito!

Como no responde a la primera, alzo más el tono de mi voz.

¡¡Paquito!!

Y a la de tres, el hombre parpadea un par de veces para aterrizar de sus sueños. Me mira naturalmente sin reconocerme, con sus ojos pardos, que denotan miedo al fijarse en Luis. Tiene la camisa a cuadros rota por el cuello y huele a bebida rancia.

Tranquilo, Paquito ―le digo, porque he notado un ligero temblor en su labio inferior.

Entre Luis y yo le ayudamos a incorporarse. Ya de pie, me doy cuenta como Paquito es bastante alto, ya que pasa de largo a Luis. Los tres volvemos hacia la acera. Luis vuelve a subir a su coche mientras lo aparca mientras yo me quedo con el hombre.

¿Dónde vives, Paquito? ―le pregunto, porque he pensado en acompañarle.

El hombre señala un lugar impreciso al norte de la ciudad.

Por allí ―dice con la mirada baja―. Qué más da.

Te acompañamos ―le digo.

Paquito reprime un eructo, se encoge de hombros y se sienta en la acera. Luis se vuelve a acercar a nosotros.

¿No tendréis un eurito? ―nos pregunta.

Paquito, no, no tenemos euritos ―le espeta Luis.

Paquito, te acompañamos a casa ―le digo yo suavemente.

Luis me mira, y sé que piensa que si estoy loca. Se me acerca un momento al oído para susurrarme.

¿Qué estás haciendo, Elisa?

Pero yo sigo erre que erre y, sin contestarle, le digo a Paquito que nos guíe hacia su casa.

Dos manzanas más allá —contesta Paquito, volviendo a señalar la zona norte.

Vamos. Hace mucho frío aquí en la calle.

Al final, Luis y yo le dirigimos a su casa. Cuando llegamos, nos detenemos unos minutos debajo de la fachada grisácea, hasta que Paquito acierta la llave en la cerradura. La puerta de abajo se abre y la cruzo para seguir a Paquito. Luis me coge por el brazo para decirme:

Ya hemos hecho bastante, ¿no crees? ¿Dónde vas, Elisa?

Pero yo me pongo a subir las escaleras. Luis al fin también nos sigue y, cuando llegamos al tercer piso, Paquito abre la puerta de un apartamento pequeño y desaliñado.

Continuará…

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