Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

rodoreda80 · ¿Aún me quieres, amor?

Queridísimo amor,

Desde que me dejaste, el Ars Amandi que compartí contigo perdió las páginas como las cuerdas de esta guitarra que ya no ha vuelto a tocar.

¿Por qué me cuesta tanto todavía reconocer que no vas a volver? Por las noches, te sueño entre el edredón que me apretuja el cuerpo, pero solo es el contacto de mi piel con las sábanas, que se atemperan mucho menos que cuando estaba contigo.

Hace frío. La mayor parte de las horas desde que desapareciste pasan sin explicarme un por qué. O yo no entiendo cómo te perdí; todo lo que nos unía, los instantes que compartimos durante algo más de quince años.

Hoy he salido otra vez a la calle. He intentado sonreír a esta mañana otoñal, donde la luz aminora cada día un poco más. ¿Por qué cada olor, cada color me recuerda a ti, si hace más de un año que no te he vuelto a ver? Te anhelo en el respiro del aire que me roza los labios en estas primeras horas de noviembre.

Tiembla mi corazón al cruzar el puente rojo, el peatonal, el antiguo puente del tren, que cruzamos tantas veces desde que lo inauguraron. Voy sola y ando a buen ritmo para llegar puntual a una cita en donde me esperan. Supongo que es de las pocas cosas interesantes que hago. Mi vida carece de sentido desde que no puedo verte ni hablarte.

Ahora no sé si el mañana vendrá cargado de más incertidumbre. O por si lo contrario, me regalará esperanza que es sinónimo de vida para poder continuar con la mía. A solas. Mi soledad tiembla.

Mi mano se ha desnudado sin el anillo de matrimonio, que he acabado abandonando entre un cajón debajo de la ropa interior, que ya no tengo valor para ponerme. No me siento nada sexy.

Definitivamente ya no estás. El agua del Ebro hace tiempo que no suelta sus lluvias en mi cauce. Sé que te la debes guardar para ti, entre pantanos que construiste para alejarte y empezar una nueva vida lejos de todo. Todo olía a cambio a tu alrededor y, como novedad que era, vi en tus ojos nacer la ilusión. Creo que te aburriste entre monotonías y no supe ver aquella puerta al cerrarse y que aquella despedida sería la definitiva.

Te arrimaste tanto al muro de lo inalcanzable que no te pude seguir. Yo preferí quedarme en mi tierra y, no quise ahogar tus sueños, los que subían en globos de chico travieso. ¡Cuánto te quise y cuánto te quiero todavía! Y voy caminando por esas vías de ese puente hacia la terapia de una adicción hacia tu persona. Te necesito tanto aún…

Solo te pido una última cosa en esta carta, que enviaré a un buzón vacío de ilusiones. Suelta toda el agua retenida, la necesito para vivir.

Aunque nos estemos divorciando, suéltala y ayúdame a nadar. Prometo no subir a contracorriente para alcanzarte. A ti siempre te gustaron más los ríos y las montañas. Yo fui mar y te preferí ría, por eso acabamos en una desembocadura malentendida.

Las lenguas de las mariposas, que tanto me gustaba comunicarte, acabaron incomunicadas en tu silencio. Con el que me pagabas y, solo lo rompías para pronunciar monosílabos, que se me clavaban bien adentro. No fluimos, no, desde hace tiempo.

Te prometo que cuando reciba esa agua anhelada, aprenderé a ahorrar. No iré más a manifestaciones reivindicando atardeceres eternos, noches de placer, lunas sorprendidas de volver a verte. Sabré cómo hacerla sostenible. Deja que la lluvia caiga sobre mi tierra: la que algún día amaste. Y deja que la naturaleza haga su cauce de entendimiento en mi memoria.

Hasta siempre,

H.

® Helena Sauras

Miguel nunca comprendió por qué su papá se había ido de viaje sin avisarle. Tampoco entendió por qué su mamá nunca bailaba desde entonces, ni por qué la alegría se había apagado en su casa, ni por qué el denso silencio lo cubría todo. Se pegaba en los cristales húmedos de todo el vecindario y sellaba su boca en una palabra contenida.

Cuando salía de la escuela, se pasaba siempre por la estación de tren por si su papá se decidía regresar. Aunque hiciera mucho frío, aunque sus manos las sintiera muertas a pesar de los guantes de lana que llevaba, él esperaba. Nunca se cansó de hacerlo. Con la ilusión de verle inyectada en su mirada,  observaba las diferentes personas que bajaban del tren con la maleta en su mano. Y hasta que no había bajado la última, no se iba de allí con la esperanza detenida, pero nunca extinguida, porque al día siguiente volvía a estar al mismo sitio otra vez. Por si acaso su papá había perdido el tren y decidiera cogerlo al día siguiente. Anhelaba contarle todo lo sucedido en los últimos meses. En el colegio, iban a representar una obra de teatro y él tenía el papel protagonista, el de Pulgarcito, por su estatura chica. En el último partido de fútbol, se había caído y le tuvieron que poner puntos en una pierna y quería mostrarle la cicatriz que le he había quedado. En la ciudad, habían empezado unas obras y quería explicárselas porque tenía miedo de que no reconociera su ciudad y no se bajara en la estación adecuada. Eran acontecimientos que tenían valor para cualquier chiquillo y que necesitaban los consejos de un papá atento, que por el momento parecía que se retrasaba demasiado.

En verano, Miguel no supo por qué se tuvo que ir al pueblo a vivir con sus tíos, ni por qué el sol aquel año parecía no brillar con tanta intensidad. Él y su prima Blanca tenían la misma edad, pero no les gustaban las mismas cosas. En el pueblo había pocos niños. Todavía era pronto para que llegaran los forasteros ya que lo hacían en agosto y, aún estaban a finales de junio. A Miguel le gustaba su tío, porque le recordaba a su padre. Los mismos ojos rasgados, igual nariz acabada en punta y, cuando hablaba, gesticulaba del mismo modo que él. Movía un poco las manos y fruncía los labios. Después, los acompañaba de frases dichas en un tono suave. No obstante, su mirada imponía respeto. Su tío llevaba una de las granjas de la comarca y se levantaba muy temprano. Él se quedaba con su tía y su prima el resto del día en la casa y se dedicaba a los quehaceres domésticos y, de vez en cuando, también salían a andar por el valle, a hacer algunos recados o a vender huevos entre los vecinos.

Aquella tarde soleada, Miguel echaba de menos especialmente a su papá, porque quedaban dos días para su cumpleaños y no sabía si recibiría una llamada de su progenitor. Quién sí le llamó fue su mamá, aunque su llamada contenía ausencia de emoción. Pronunció como un autómata palabras vacías. Miguel lo percibió, aunque no supo por aquel entonces a qué se debía. Se cortó la comunicación de una manera fría, después de unos minutos de silencio en qué su mamá ya no recordó qué decirle.

Desde aquel día, Miguel no cesó de preguntar a su tía por el paradero de su padre de manera muy insistente. Su tía se encogía de hombros y negaba cualquier información al respecto. Decía que no sabía nada, pero Miguel nunca la creyó. Por eso le insistía con ganas hasta la saciedad.

—Pero cuándo, ¿cuándo va a volver papá?

La tía cansada ya de tanta pregunta le respondió

—Cuando las gallinas bailen.

Lejos de parecer un imposible, Miguel se aferró a esa posibilidad como si le fuera su vida en ello. Desde aquella contestación, se despertaba antes que el gallo y que su tío, se ponía las zapatillas, entraba en el corral y ponía música a las gallinas. Las ponía en círculo para que dieran sus primeros pasos y las intentaba adiestrar. Pero las gallinas se rindieron pronto por sus escasas habilidades para la danza. Simplemente cacareaban y cumplían su función: ponían un huevo diario. Miguel se frustró, pero lejos de desistir, cada día lo intentaba de nuevo, porque las ansias de poder volver a sus padres podían más.

Cuando llevaba más de quince días con esa persistente rutina, algo cambió en el sabor de los huevos. Eran más consistentes,  siempre con doble yema y un gusto exquisito. Las voces de que aquellos eran los mejores huevos de todo el país se alzaron como una polvareda. Muchos quisieron probarlos. Los tíos de Miguel compraron más gallinas y subieron el precio de los huevos, porque había mucha demanda. Sus gallinas no bailaban, pero daban huevos de oro. Su cuenta corriente crecía e incluso algunos los llegaron a subastar.

A finales de aquel verano, Miguel estaba como siempre en el corral, pero le entró sed y fue a la cocina a buscar un vaso de agua. La puerta estaba entornada y por su rendija se filtraron las siguientes palabras de su tía:

—¿Y qué quieres que le diga al chiquillo? ¿Qué su padre está muerto? Esa es la verdad. Pero el asunto de las gallinas mira lo bien que nos ha ido…

—Pero ¿no te da pena? —preguntó una vecina.

—Claro que me la da, pobre chico y, además con su madre en ese psiquiátrico internada por depresión. Miguel es un chico que se ilusiona fácilmente. Que se viniera al pueblo tampoco fue buena idea. Ya se lo dije a mi marido. Todo por no decir la pura verdad, sí, pero que se tiene que acabar aceptando a duras penas….

A Miguel se le cortó la sed de repente. No volvió a ser el mismo. Con las ilusiones arrebatadas de cuajo, ya no volvió a enseñar a bailar a las gallinas, que dejaron de producir los buenos huevos que tenían acostumbrados a sus clientes.

Una noche le dijo a su tía:

—Cuándo, ¿cuándo podré ver a mamá?

—Pronto, muy pronto —se aventuró a decir la tía.

Lo que la tía no sabía es que «pronto», para un chiquillo de su edad, significa ya y que aquella espera se alargó más de lo debido para Miguel.

Al cabo de unos largos meses, Miguel se reunió por fin con su madre y volvió a vivir en su hogar.

Una tarde el niño la abrazó y le dijo:

—Mamá, baila, aunque sea sola. Pero baila…

Y encendió el tocadiscos donde giró una melodía favorita para ambos. Su madre empezó a mover las caderas rítmicamente envolviendo sus gestos con ellas. Una bailarina nunca pierde su gracia y ella bailó aquella noche sola hasta que sintió sus pies muy cansados. Tanto, que se detuvo unos instantes para besar la fotografía de su difunto marido. Le añoraba, pero su vida debía continuar junto con Miguel que la necesitaba. Observó a su hijo que se había dormido al terminar la melodía en el sofá del comedor. Le besó en la frente, le llevó a la cama y le arropó.

® Helena Sauras

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rodoreda80 · Nubes De Noviembre
 Nubes de noviembre,
 aires de membrillo y castaña,
 recuerdos caídos de mi niñez.
 El otoño de madera se tiñe
 y una hoja añade notas en mi alma.
  
 Nubes de noviembre,
 preñadas de naranjas y granadas,
 aliñad vuestro jugo sobre mí;
 recoged después la leña reseca
 de mi añeja y tocada guitarra.
  
 El cielo se acorta y decae
 en una luz añil de mimbre.
 Mi poema se cubre de lluvia,
 pero ya no tiemblo, acompañadme
 grises nubes de noviembre.
  
 Año a año, al alba de este incierto mes
 florece vuestra fruta, vuestra memoria.
 Ya no temo a la oscuridad ni al lamento,
 atañen y alivian el caminar libre de mi alma
 bellas y añoradas nubes de noviembre. 

® Helena Sauras

Fotografía que hice de un atardecer con vistas al río Ebro en un día de noviembre nublado.

Escucha el poema:

Como cada día abuelo y nieta se sientan frente al mar. Permanecen en silencio encima de una roca. Hoy el abuelo está decidido a que su voz áspera sea más fuerte que las olas:

—Te voy a contar una historia, pequeña. Una de esas, que cuestan expresar por todo lo que llevan dentro.

»Había un hombre a quién le gustaba tanto la soledad que se hizo marinero para explicarle al mar lo que no se atrevía a decirle a su mujer: que su amor había terminado.

—¿Para siempre?

—Sí, Eva. En ocasiones, la vida te indica cuando ya se han agotado todas las posibilidades.

»Había huido como un cobarde de su esposa, que no paró de buscarlo removiendo todos los mares hasta que un día dio con su paradero.

—¿Y qué pasó?

—Su esposa lo esperó en el camarote donde le habían dicho que su marido pasaba las noches, pero el marinero no subió al barco al enterarse. Ella se alteró cuando se dio cuenta que el barco se ponía en movimiento y que su marido finalmente no iba a venir. Le volvía a perder la pista después de tanto esfuerzo.

»Salió y, en la cubierta, se encontró con el mar turbulento y con otro marinero, que llevaba un tatuaje de un ancla en el hombro y que, al verla, se echó a reír de sus aspavientos. Y la mujer, presa de los nervios, debió decirle alguna grosería de las gordas…

—¿Una palabrota de las que no me dejas decir?

—Sí, pequeña, que vale la pena no pronunciar.

»Como te decía, el nuevo marinero la vio tan desesperada, que le explicó la verdad y lo que su marido nunca le había confesado.

—¿El qué?

—Que había tenido una relación con otra mujer de la que había nacido una niña.

—¿En serio? ¡Vaya tela!

—Sí, una niña como tú, de ojos celestes y piel sonrosada. El marinero también las había abandonado y se había ida a navegar por el mar para huir de sus responsabilidades.

—No me gusta ese marinero, abuelo. Me recuerda a…

Y la niña calló de repente y el abuelo también. Ambos se quedaron mirándose y luego echaron la vista otra vez al mar, donde se veían las olas salvajes. El abuelo carraspeó y no supo por qué le había empezado a explicar esa historia a su nieta.

—¿Tú crees que mi padre volverá, abuelo?

—No lo sé, pequeña.

—Quizás algún día se acuerde de mí.

El abuelo bajó su mirada, porque conocía a su hijo y sabía que le gustaba eludir cualquier responsabilidad.

—¡Mamá! —llamó Eva.

El abuelo vio la sombra de su nuera acercarse a ellos y se alegró de que hacía días que, ni tenía los ojos llorosos ni su mirada temblaba. Había pasado tanto tiempo sin tener noticias del padre de Eva, que la angustia que la corroía en un principio había acabado disipándose. Como mujer fuerte que era, había acabado pasando página.

—¿Qué hacéis?

—El abuelo me cuenta historias de un marinero.

—¿Sabías que tu abuelo fue marinero?

—¿En serio? Abuelo, ¡eso no me lo habías contado!

El abuelo tosió y, con manos temblorosas recorrió su brazo derecho, donde debajo de la ropa llevaba tatuada un ancla.

—Pero de eso hace mucho, muchísimo tiempo…

—¿Y qué pasó?

—Abandoné el mar por mi futura familia.

Y los tres se abrazaron.

El abuelo recordó cómo, después de los aspavientos y de aquella grosería inicial, vinieron las confesiones y el comienzo de una relación, que se reafirmó cuando su hijo nació meses después.

Finalmente, se casó con aquella mujer abandonada por el marinero cobarde, el que nunca fue su amigo.

—Tu abuela valía mucho, pequeña.

—Sí, lástima que…

—Se fue demasiado pronto, ¿verdad?

El abuelo notó el gusto a sal del aire que los acompañaba y unas nubes, que amenazaban tormenta, se desplazaban por el cielo empujadas por un fuerte viento.

—Será mejor que nos resguardemos.

—Sí, la lluvia no tardará en llegar.

Y una primera gota cayó en la cabeza del abuelo. Los tres se levantaron de la roca y se fueron camino a casa. Mañana, si el tiempo acompañaba, volverían a esperarle en el mismo lugar, por si él decidía regresar arrepentido de su aventura.

® Helena Sauras

Fotografía de ® Llorens Marin Rosales

Quería retenerla más de lo que duró el aire que soltó al pronunciar el «Sí quiero».  Aún más. Un poco más. Los años que ella pasó a su lado habían pasado demasiado rápido y se precipitaban hacia aquel final, que no le quedaba más remedio que aceptar. ¿O no?

El padre intentó aguantar la compostura con aquel traje de etiqueta inmaculado y se tragó de golpe el nudo que se le había formado en la garganta.  Cruzó una mirada con su mujer, pero ella tenía los ojos llorosos y no pudo interpretar su mirada. Si lloraba de alegría o de pena. 

Su hija se casaba en aquel país de locos en el que todo el mundo se rejuntaba. Todos menos ella, que siempre había tenido ilusión por ese día.


De niña, ya soñaba con él. Se vestía de princesa los domingos, y después de oír misa de doce, peinaba las muñecas, las subía en un cochecito de juguete, que su padre le había regalado. Y toda la tribu se dirigía a otro lugar de la habitación donde la niña con enamoramiento pleno se casaría con un príncipe de película.

Los castillos, en donde vivía todo el repertorio de muñecas que coleccionaba, se derrumbaron cuando un balón entró en su vida por error. Era la pelota de un vecino que entró por la ventana en el momento en que lo estaba ventilando. E hizo añicos el espejo del tocador de su cuarto de un pelotazo.

Desde entonces, la niña cambió de entusiasmo. Y reemplazó las bodas, los anillos, y los banquetes; por el futbol, los coches, y las canicas. Cuando ella y su familia se mudaron a otra casa, la niña nunca había sido más feliz. En aquel barrio podía jugar al futbol a todas horas sin miedo a que la atropellaran. Era un oasis en aquella ciudad cargada cada día por un poquito más de contaminación. Creció en la calle, de forma silvestre, con una pandilla de amigos que le enseñarían las artimañas de la vida que juntos irían descubriendo. El grupo estaba formado por cinco chicos y ella misma, que era un pétalo caído. Flor se llamaba la niña que había cambiado sus juegos por los que realmente sentía.  Con la adolescencia recién estrenada, se cortó el cabello bastante corto con excusa del calor del verano.  Y se lo dejó así. Por fin, y por primera vez, se sintió a gusto consigo misma.


El problema vino cuando aparecieron esas grandes desconocidas: las chicas. Y los chicos interrumpieron la liga que jugaban por aquel entonces con otro barrio vecino para estudiarlas mejor. Flor también descubrió con todo aquello novedades y acabó realizando tareas de celestina.  Acabó emparejando a los cinco chicos con las cinco chicas. Cuando lo hubo conseguido, y viendo la tontería que fluía de sus bocas enamoradas, de sus risas y gestos, se sintió desplazada.  Pero sobre todo apenada, porque se había quedado sola.

Regresó a su casa y se sumergió en la cocina. Comió sin ton ni son tanto helado de chocolate, porque era lo que veía hacer en las películas americanas, y engordó más de la cuenta. Erróneamente había pensado que el comer la aliviaría, que le quitaría la pena honda que sentía. Pero al interrumpir el deporte, porque ya no tenía con quién jugar al futbol, y verlo por la televisión recordando tiempos mejores, se le puso la cara de pan, el culo como una plaza, y los brazos como dos longanizas regordetas. 

Cuando entró al instituto, después de aquel verano gris en el que hasta se perdió el mundial, empezó el curso deprimida. Se refugió en los estudios y se enamoró por primera vez. Nadie supo en qué orden.  Su primer amor fue tópico, secreto y lejano.

La afortunada era la profesora de rizos castaños que le recordó, sin encontrar explicación alguna, la primera muñeca que había tenido.  A la que al final, le había acabado cortando el cabello después de experimentar un momento de rabia. Se interesó tanto por la química, que cada día inventaba un nuevo experimento, y hacía las preguntas de lo más retorcidas para llamar su atención.

Cuando la profesora le respondía titubeando, porque nadie antes le había formulado esa pregunta, y no estaba en el material que llevaba preparado, Flor pensaba que por fin le había atrapado el corazón. El suyo latía apresuradamente en su presencia, como cuando subía una cuesta empinada, la que conducía a aquel colegio masculino. Donde tenía a sus amigos futboleros, en el que le estaba vetada la entrada.

Como se sentía sola, sólo hacía que estudiar. En el recreo, estudiaba; en su casa, estudiaba con mucho interés; hasta en sueños hacía ver como que estudiaba también. De tanto leer y de entrarle la letra, se le quedó hasta tatuada en el cerebro para los exámenes finales. Y al final, se acabó sacando un doctorado con su perseverancia y esfuerzo. No se rindió nunca. La única droga que consumía era el helado de chocolate que poco a poco fue racionando también. Su cuerpo se lo agradeció, y poco a poco, y con la ayuda de un endocrino que le dictó una dieta un tanto estricta, todo fue volviendo a su sitio.


Todos menos el amor. Éste siempre cambiaba de acera cuando la veía tan ricamente. Hasta que se estropearon los lavabos de la facultad donde trabajaba y salió al aire libre, no descubrió que había vida detrás de aquellos muros, que ella misma se había autoimpuesto.

Aquella noche decidió salir de marcha, lejos de saber lo que era. Sólo lo había experimentado e intuía a través de los libros y en las películas que había estudiado también. Se aventuró a salir sola y se arregló el pelo descuidado a conciencia. Buscaría una bala perdida en aquella fiesta. Alguien que la acariciase lo que le sobraba de mujer buena. Ya hacía varios años que se había convertido en mujer. Era una flor para besar y lamer cualquier jarrón que así lo quisiera. Y esperaba que el jarrón contuviera el agua suficiente para no hacerla morir de sed. No era muy exigente, sólo buscaba compañía en aquella noche que se avecinaba atrevida. Después de andar unos cuantos metros, entró en aquel bar que le recordó más bien a un sueño realizable, el que ella había fantaseado en más de una ocasión. La gente viajaba ligera de equipaje, de ropa, de todo lo que no hiciese falta. Y se desinhibía al ritmo de aquella música desenfadada y sensual que salía por los altavoces.

Una mujer pidió algo fuerte en la barra. Se lo bebió de un trago y se puso un caramelo mentolado en su boca que chupó con ahínco. Mientras el caramelo se le fue derritiendo, se fijó en Flor. La mujer la atrajo a primera vista. La quiso atar acto seguido en una cama con un cordel para retener su hermosura. Fueron escasos segundos, los que se le dilataron las pupilas, segregó abundante saliva, y estudió minuciosamente cómo entrarle. Flor le pareció una chica angelical mirando todo aquel espectáculo desde un rincón de una mesa con los ojos desorbitados. Si no fuera porque no había espejos en la sala, le hubiese parecido que era un reflejo de sí misma años antes. Cuando todavía no conocía lo que crecía en su interior, cuando no sabía lo que era el rechazo. Margarita sabía lo que la prohibición discriminaba: a ella misma, y a personas como ella. No hacían daño a nadie, sólo se comportaban cómo sentían, de manera respetuosa y consentida. 

Pero aquella sociedad hermética, en lugar de preocuparse de lo que había en sus casas, se preocupaba más de lo qué hacían los demás. Y eso era una de las principales causas del retraso que sufría. El quererlo controlar todo, el juzgar la vida de los otros, el privar de libertad. Pero dejémonos de juicios y volvamos al punto de la historia en donde la dejamos.


Margarita quiso convertirse en jarrón para nuestra protagonista. Fluir con ella, olvidar prejuicios, sentir.  De la mano de aquella mujer, que le recordaba lo que nunca había perdido, cruzaría un túnel peliagudo y lleno de telarañas. El que las llevaría a otra salita contigua, más húmeda, más cálida, y confortable, de aquel bar que realmente era un motel apartado de la ciudad. Sin timidez, porque nunca la había tenido, Margarita se insinuó a Flor.  

Flor intentó rechazar la invitación porque sentía vergüenza, aunque en el fondo se moría de ganas.  Le apartó la mirada, porque se sentía clavada más de la cuenta en aquella silla de metal en donde unos ojos la perforaban como dos clavos unidos. Tenía el culo en forma de aquella silla incómoda que acabó sintiendo más de la cuenta. Y como se acabó levantando debido a la incomodidad del momento, Margarita se lo tomó como una afirmación.

La tomó de la mano firmemente y la hizo entrar en el túnel de telarañas. No había habido ni una sola araña viva en todo el local, no nos engañemos.  En su imaginación Flor, se formó esta imagen porque le tenía miedo por todo lo que había oído que podía ocurrir allí dentro.  Y como la araña era el animal que más terror le daba por sus patas peludas y sus posibles picaduras,  esa fue la imagen que anduvo por su mente en ese momento.

Se equivocaba. En la habitación contigua conoció el mundo tierno de Margarita, y le confesó en un instante de mucha sinceridad y sobriedad, que ella realmente se llamaba Florencia, pero que como no tenía nada de bella, se había recortado el nombre y en lugar de ciudad ahora era una florecilla insignificante. Margarita se sintió solidaria en ese momento, y se dijo que ella también se recortaría el nombre. Y así, a partir de ese momento de complicidad, serían Marga y Flor. Y unirían ambos nombres por una letra griega, que decoraría todos los árboles, farolas, bancos, y demás mobiliario urbano, de aquella ciudad imaginaria y sumergida como una Venecia futura. Y se prometieron nunca separarse. Se habían enamorado tarde, pero se comportarían como dos adolescentes, más que rebeldes y luchando en la clandestinidad.


Ocultarían tanto su amor hacia los demás que no gritaba el viento, ni tan siquiera a nadie despertaba. Dos amigas. Eran dos amigas disfrazadas de pareja, invirtiendo el orden de cualquier relación formal. De cara a los otros, se pusieron a vivir juntas para compartir gastos, y olvidar por qué habían empezado. Las dos estaban hechas la una para la otra porque eran iguales.

Se peleaban tanto, que no sabían quién de las dos, ni por qué,  había empezado aquella disputa que las dejaba a veces sin voz. Al ser conscientes de ello, callaban de golpe, se besaban, se abrazaban y vuelta a empezar. En el fondo, se querían más que nada en el mundo. Eran tan parecidas que los vecinos pensaron que eran hermanas. Eran como dos gotas de agua buscando el mismo afecto. Y tenían interés en compartir su vida, una al lado de la otra, despertarse cada día con su semejante, acompañarse en aquel viaje llamado vida.

Un día Flor pensó que no podría casarse nunca con Marga porque en aquellos tiempos estaba prohibido. Entonces, volvió a revivir sus juegos infantiles con melancolía y un gran grado de nostalgia: las bodas en las que hacía participar a toda la familia. Y sintió que no los había hecho partícipes de su gran sentimiento, al ocultárselo de lleno. También se sintió delincuente al desear algo ilegal con tanta fuerza. No entendía por qué su sangre bombeaba de aquella manera cuando estaba con Marga, por qué se tenían que esconder y escribir sus deseos en un papel con lápiz para después borrarlos y evitar que nadie lo viera. Por qué se tenía que avergonzar de algo que le obligaban a creer que estaba mal. Eso era ir contra natura. Ella no había elegido ser así. Tampoco había elegido nacer, ni a su familia, ni el lugar donde había nacido, pero vivía la vida como si se tratase de un regalo que tenía que agradecer.

Cada día experimentaba con sus sentidos, con sus labios besaba a Marga. Estaba besando lentamente la carne de su novia. Y continuaba besando un deseo, besando poesía, besando, besando, besando… Y no se cansaba de besar. Estaba literaria y literalmente besando un beso. Las dos habían hecho un pacto de fidelidad. A veces, si salían separadas y coincidían en un lugar público, se buscaban con la mirada y no tardaban en encontrase, pues estaban predestinadas. Y se besaban ardientemente con los ojos de donde surgían llamaradas.


Pasaron los años y seguían viviendo juntas. Los padres respectivos de cada una no entendían por qué sus hijas no habían tenido nunca novio. Si eran tan majas, tan simpáticas y correctas, con una buena educación y unos buenos sentimientos. Por qué seguían compartiendo gastos si ya no lo necesitaban.

Y al final de algo más de una década, Marga enfermó. Una enfermedad incurable que la estaba apartando cada día un poquito más de Flor. Algo fallaba en sus riñones que ya no filtraban. Se hundió en la desesperación, pero se recompuso porque no podía fallar a su novia. Ahora que quedaba tan poco para que su sueño se convirtiera en realidad. Tenía que aguantar como fuera. Quería convertirse en su mujer ahora que, por fin, aquel tres de julio del 2005 la historia cambiaba de rumbo y las incluía. Por eso, se armó de valor, y confesó a sus padres lo que tanto tiempo había callado. Se hizo el silencio en su casa tan denso que podía segarse. Ella lo rompió hablando serena de su futuro. Quería que la incinerasen y que esparcieran las cenizas en el monte donde la vio crecer, donde Flor todavía no había ido.

Después de desahogarse con los suyos, llegó a su casa y abrió la puerta. La mujer que amaba la esperaba al otro lado de la cama aquella noche tan memorable. Le pidió matrimonio en aquel momento apartándose de lo romántico por ser de por sí tan trágico. Se lo preguntó directamente, sin adornos, sin insinuaciones. Flor dijo que sí y la rodeó con sus brazos. Prepararon el matrimonio con prisa y ansia, no fuera a ser que las manecillas del reloj de la muerte anunciada se adelantasen más rápido de lo que debieran.


Y ahora, tenemos a las dos novias vestidas del color que ellas han elegido, dos tonos de blanco, de perla y de blanco marfil. El padre de Flor, con ese nudo tan apretado que lleva de corbata casi no puede respirar. Su hija se quedará viuda en unos días, pero las ve tan felices ahora que están consiguiendo su momento, que deja que el tiempo les regale unos minutos más de alegría. Después del banquete en el que Marga ha tenido una subida de energía, llegan a casa donde pasarán su luna de miel. En un momento de sinceridad, Flor le confiesa en la cama:

—Igual te hubiese cuidado hasta el final, aunque no nos hubiésemos casado.

Una pequeña lágrima se desliza por la cara de Marga porque siente que ya queda poco. Es difícil despedirse de los que amas y, con tan solo una mirada, le dice lo que sus labios no pueden pronunciar debido al cansancio. Dos gotas de agua bajan por sus caras. Se besan entre lágrimas.


Días después, Flor viajará a la sierra con las cenizas de Marga. Es un viaje que quiere hacer sola a pesar de que sus padres se han ofrecido a llevarla en el coche. Conduce poco a poco hasta que el coche se detiene en el asfalto y no arranca. Suspira indignada. No puede ser que el coche ahora esté sufriendo una avería. A lo lejos, ve a un grupo de niños jugando al futbol. Se les va acercando para pedir ayuda. Conforme lo hace, ve a una niña de pelo corto y ojos verdes esmeralda, que le sonríe al dar un pelotazo al balón. Flor le devuelve el chute y se dirige a la niña para pedirle ayuda.

—Ahora aviso a mis padres —dice la niña y se va corriendo.

Al cabo de poco, dos hombres mañosos le arreglan el coche. Flor les comenta que su mujer ha fallecido y que tiene que esparcir las cenizas por la sierra como era su voluntad.

El primer hombre pregunta alterado:

—¿Cómo se llamaba tu mujer?

—Margarita… Pero yo la llamaba Marga.

—¿No será Rita?

Flor los mira confundida negando con la cabeza.

—Es esa.

Y les enseña una foto de su billetero.

—Sí, ya lo creo. Es Rita. Bueno, nosotros la llamábamos así. Jugaba con nosotros de pequeños. Era buena al fútbol. La mejor de aquí. Pero nosotros preferíamos sus muñecas. Tenía muchas. Eran los ricos del pueblo. Una familia que supo hacer fortuna.

—¿No habrá alguna ermita por aquí dónde pueda…?

Los dos hombres niegan con la cabeza.

—No, pero hay olivos.

—Esos de allá abajo, —el hombre señala un punto incierto del monte— decíamos que eran mágicos porque daba el mejor aceite de toda la zona.


Y así, Margarita que se acortó el nombre dos veces en su vida, descansó entre un lecho de olivos. Cada vez que Flor se servía aceite de oliva en sus platos, siguiendo su dieta mediterránea, sentía como su mujer la alimentaba a través del oro líquido. Nada que ver con el helado de chocolate industrial y grasiento que había acabado abandonando.

Y a través del recuerdo y de sus cinco comidas equilibradas y mediterráneas, se siente rica de espíritu y feliz de que Marga o Rita, qué más da cómo se llamara ya la que fue su mujer,  le regale algo después de su muerte: su memoria y el lugar donde vivió su niñez.

Porque somos lo que comemos.

Llena aún de vida, Flor traspasará el tiempo y la distancia. Con sus acciones a lo largo de los años, había viajado mucho más allá de los dictámenes de los otros y de lo que pudieran opinar, siguiendo el dictamen de su corazón. Pasará el resto de lo que le queda de vida, que será larga y fructífera, saboreando el fruto de aquellos olivos de la sierra en un lugar perdido de España. La finca la ha heredado de Marga y elije aquella tierra para quedarse a vivir y se traslada. La gente es muy simpática, abierta y hospitalaria.

Con los pies descalzos, cuando siente que la nostalgia la invade fuerte, come aceitunas y con los frutos de aquellos olivos, siente como su alma se descomprime. Al notar ese alivio interior, entra en la caseta y cena una ensalada. Riega el plato con aceite de oliva una cuarta parte y acompaña su noche con otro alimento ligero. Y desde la ventana, le parece contemplar el rostro de Marga impreso en la luna menguante, que la observa con una sonrisa desde el firmamento.

® Helena Sauras

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Una línea dividía aquel corazón y lo fraccionaba en dos pedazos desiguales. Era el dibujo especial que ilustraba aquella cubierta. Aquel libro manuscrito reposaba en una de las estanterías de su cuarto. Una sugerencia osada con una letra descuidada cobraría por fin sentido para ella años después.  Se escondía entre las primeras páginas: «Equivoquémonos juntos. Siempre».

Nunca comprendió aquellos versos en su totalidad, pero cuántas veces la acariciaron aquellas palabras. Fue su primer libro de poesía que desgastó a fuerza de recitar sentimientos. No quería olvidar su caligrafía. Era el único recuerdo material que le quedaba del amigo de su clase. De su chico. Su novio, ¿quizás? Aquellas eran palabras para mayores.

Pensaron que un viaje en la otra punta del país acabaría diluyendo su capricho. Las cartas que intentaron intercambiarse acabaron carbonizadas por sus padres respectivos antes de ser leídas. Por contra de lo que creyeron, su amor creció alimentándose desde la nostalgia, en tierras movedizas. ¡Qué difícil era evitar la marea que crecía y lamía el contorno de sus labios desde su memoria!

Años después, se buscarían sin encontrarse. Ambos habían cambiado de domicilio repetidas veces y, las pistas que siguieron, cada uno por su lado, no les condujeron a ningún lugar. Sólo aquellos versos de aquel poeta precoz iluminaban el corazón de la mujer desde el estante de arriba.

Equivocarse. No les dejaron equivocarse. Por eso su amor prendió salvaje y les arrasó. Abrasó sus hogares, les mordió enteros y quebró sus sueños. No aprendieron. No. Se idealizaron mutuamente confundiéndose en otras personas. Y se buscaron y se frustraron al no reencontrarse.  Siempre quisieron besarse como la primera vez, pero no encontraron en otros labios lo que ambos se habían entregado en aquel desván, ahora polvoriento. No regresaron. No. Jamás.


Hoy, Encarna ha volcado la manzanilla en la cafetería al leer una esquela en el periódico, que le grita desde el más allá de su primera adolescencia.

Horas después, ya en su casa y después de tomarse unas tilas mezcladas con algunas valerianas, ha sentido la necesidad de seguir otra vez con uno de sus dedos la línea de aquel corazón desigual: la portada de su primer libro de poesía. No le sorprende que sea el dedo corazón quien realiza la acción.

En la soledad de la noche, huele el libro torpemente y le recuerda a un olor de lágrima quebrada. Sus ojos se empañan al reencontrarse con la dedicatoria atrevida: «Equivoquémonos…». Les impidieron hacerlo. Ahora ya es tarde. No aprendieron ni juntos, ni separados, ni revueltos.

La línea que separa aquel corazón es el lugar donde Encarna quiere quedarse ahora. Permanecer entre la carne de sus labios de aquel beso interrumpido, entre dos tintas. En un lugar de su memoria, palpita con furia el vendaval de los primeros versos de su amado, y sabe en su interior que solo ella fue la fuente de su inspiración. Un murmullo la agita. Siempre. No tiene solución. Nunca aprendió a equivocarse y ahora no sabe corregir. Las pastillas que ha engullido. Equivocarse. No eran de valeriana. Ha engullido una dosis letal que la perfora…. Juntos. Equivocarse. Para Siempre. Hasta siempre.

® Helena Sauras

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