Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Los labios perfilados de un rosa chicle de Noemí se mueven lentamente. No me cuesta intuir que le está pidiendo perdón a Luis por los gestos que desprende, y por las palabras entrecortadas, que salen de su boca.

Yo no…. quería…. Luis… Yo no… sabía…

―…

Luis repara en su mirada trágica, pero no dice nada.

He dejado el trabajo.

¿Los has dejado tú sola o te han echado? ―le dispara ahora un Luis enfurecido.

Mientras habla, Noemí agacha la mirada, y un mechón largo de su cabello se interpone entre sus labios, que ella no aparta. Ese mechón inocente sirve de interferencia para interrumpir mi habilidad de leer sus labios, y me fijo en los de Luis, carnosos y encendidos.

El daño ya está hecho ―me parece leer.

Y Noemí, se aparta el mechón con su mano tan pálida que parece de porcelana. Mis esperanzas de continuar indagando en sus palabras se apagan, porque deja esta misma mano inmóvil cubriéndose sus ojos azul claro y parte de sus labios. Sara, que se ha apartado un poco de ellos, repara ahora en mí y veo cómo se me va acercando con su melena brillante. Me siento una estúpida, porque sé que me ha visto espiarlos y, sin querer, aprieto la bolsa con las uvas, que se machacan por la fuerza de mis dedos.

Elisa, ¿cómo estás? ―me pregunta Sara más que nada por cortesía.

Bien, aquí, comprando las uvas para esta noche ―digo alzando la bolsa.

Las miro y reparo que de algunas de ellas se escapa líquido.

Pero qué torpe soy ―me excuso―. Se han estropeado. Voy a cambiarlas.

Y dicho esto, vuelco mis pasos hacia el estante de las uvas, que está unos cuantos pasillos atrás, mientras siento un aguijón impertinente agujereando mi pecho. No, no quiero sentir ya dolor. Pero el taladro preciso de mis emociones me pincha el orgullo. He dejado a Luis y Noemí hablando a escasos milímetros de su boca, tal vez reconciliándose como nosotros ayer. Me quedo mirando la esfera de mi reloj con las manecillas girando, con mis esperanzas detenidas. Mis pensamientos me arañan profundamente: Luis tarda, Luis se marchará con ella, Luis no volverá. Y yo esperando como una tonta con los nuevos racimos entre mis dedos, doce deseos que quería brindar con él esta noche. Ya no será posible, la sombra de los celos tiñe de oscuridad mi anhelo. Y al fin, decido irme. Pago la bolsa de uvas machacada, y la otra intacta. Y me voy de allí.

Pocos pasos me alejan de la tienda, cuando oigo la voz de Luis que me llama firme:

¡Elisa! ¡Elisa, espera!

Me doy la vuelta lentamente. Me encuentro con su mirada temblorosa que se agita al encontrarse con la mía.

¿Te ibas sin mí? ―me pregunta.

Sí, quizás sea lo mejor.

¿Para quién? ¿Para ti? Para mí seguro que no, Elisa.

No puedo con esto, Luis.

¿Nos has visto, no?

Sí, y he creído que volverías con ella.

Ha sido Sara, que se ha entestado en que hablemos. Pero yo ya no tenía nada que decirle.

¿Has aceptado sus disculpas?

¿A qué viene eso ahora?

¿Sí o no?

Sí… pero…

Me giro, y me voy. Pero su mano me agarra del brazo, y hace que me pare.

Elisa, escúchame. Olvídalo. Deja atrás mi pasado y el tuyo ―me ruega―. Miremos juntos hacia el futuro.

El futuro de arenas movedizas, que es tan incierto, que hace que me apoye en él para no caerme en el asfalto.

Te quiero, Elisa.

Y me besa delicadamente los labios.

Yo no me aparto, entrecierro los ojos y dejo que sus labios recorran mi alma hasta descorchar el aguijón. Siento alivio al lograr deshacerme de él, aunque sé que ahora la herida estará abierta durante cierto tiempo.

Vayámonos a la casa de Toni, ―le digo sonrojada―. Creo que estamos dando el espectáculo en mitad de la calle.

Me coge de la mano y juntos continuamos el camino. Vuelvo unos instantes la mirada atrás, unos ojos aniñados de color celeste bañados por densas lágrimas, me observan fijamente desde la acera de enfrente. Sara rodea la espalda de Noemí y ella se vuelca en ese abrazo sincero. «No estás sola, muñequita de papel», pienso. «Tú tienes una amistad verdadera; yo un amor al que es difícil ponerle nombre sin caer en sus redes».

Toni nos espera sonriente. María está preparando canapés en el mármol de la cocina. Rebe, remueve una cazuela de marisco con esmero.

¡Rebe! ―La saludo porque hace tiempo que no la veo.

Rebe se gira y me planta dos besos en mis mejillas. Se la ve contenta y pienso que es porque ha podido estar con sus hijos en Navidad.

¿Cuántos seremos? ―oigo que pregunta Luis.

Cinco. Jesús y su mujer al final no van a venir. Van a ir con el grupo de amigos de Sara.

Echaremos de menos sus chistes ―dice María.

Sí, y se van a perder la noticia.

¿Qué noticia? ―quiere saber Luis.

Pronto la sabréis ―responde Toni mirando a María―. Pero todo a su debido tiempo.

María ríe nerviosamente y continúa con los canapés. Me ofrezco a ayudarla para terminar antes.

Nos iremos un momentito a la inauguración del restaurante de mi prima. Es a la siete, pero prometemos estar para la hora de la cena.

Más os vale ―dice Rebe.

¿Queréis venir? ―les pregunto.

Mejor otro día ―responde Toni.

Elisa ha expuesto un cuadro de los suyos ―oigo que dice Luis orgulloso.

¿Ah, sí? ―se interesan todos.

Un fino rubor cubre mis mejillas, que se encienden y para deshacerme de él, me dirijo a Luis:

Venga, vayámonos, Luis, no quiero llegar tarde a la inauguración. Susana nos estará esperando.

Continuará…

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Los primeros rayos de sol se filtran a través de la fría ventana. Un tímido halo de luz se deposita en mis párpados empujándome a abrirlos. Parpadeo un par de veces y estiro mis extremidades desperezándome. Luis está a mi lado, todavía durmiendo. Sigilosamente me levanto y voy hacia la puerta principal. Cojo mi bolso, mi abrigo y su llavero. Y la cierro tras de mí. Bajo las escaleras y salgo a la calle. El frío me hace andar deprisa, no quiero que se despierte y note mi vacío. Volveré.

Al final de la calle, en la esquina, me espera una panadería madrugadora. Entro sin saber si es la que frecuenta. Pero al mirar el mostrador, mientras espero que me atiendan, reconozco las magdalenas exquisitas. Sí, no me he equivocado, sonrío a la dependiente cuando me toca el turno y le pido:

Cuatro magdalenas de chocolate.

Me las envuelve con un papel fino con el logotipo de la panadería, pago y vuelvo a su casa. Él todavía duerme con expresión relajada. Me gusta mirarlo y contemplo su cara durante unos minutos, que me pasan veloces. Creo que se siente observado y abre sus ojos. Sus pupilas se dilatan al verme y me lanza una media sonrisa.

Buenos días.

Ahora sí lo son ―me contesta contento.

No terminamos de ver la película. Menudo sueño nos entró ―le digo sonriendo y besando sus párpados.

¿Para qué verla si te tenía aquí conmigo? ¿Qué haces con el abrigo puesto, Elisa? ¿Te vas? ―Me pregunta tembloroso, incorporándose al reparar en mi vestimenta.

No, Luis. He salido a comprar el desayuno.

Suspira relajado, entornando los párpados.

Pues sí que has hecho faena.

¿Quieres café?

Y me voy hacia la cocina sin esperar que me conteste.

Preparo dos cafés con un par de cápsulas y vuelvo al comedor. Abro el envoltorio de la panadería encima de la mesa.

Caray, mis favoritas ―dice al ver las magdalenas.

Sabía que te gustarían. Desde que me las descubriste, suspiro por ellas ―le digo mordisqueando una, y dejando que la crema, que lleva en su interior, me impregne el paladar.

Me imita y cierra los ojos concentrándose en su sabor, una explosión de chocolate con sus pepitas derritiéndose en su boca.

Voy a hacerte una foto ―le digo sonriendo y cogiendo mi móvil.

Enfoco su momento de placer y disparo la cámara del móvil.

Me la voy a poner en la pantalla principal. Tu cara al saborear las magdalenas es pura poesía.

Y la tuya también, Elisa ―dice aproximándome su móvil para tomarme también una foto.

Ya.

Me gusta cómo ha quedado ―dice observando la imagen―. Yo también me la pondré en la pantalla principal.

Después de desayunar, Luis llama a su abogado, pero de nuevo sus esperanzas chocan contra su buzón de voz.

Mientras tanto llamo a mi prima Susana para decirle que la ayudaremos a trasladar los cuadros hacia el restaurante. Mi prima está nerviosa cuando llegamos a su piso y mueve las manos continuamente. Subimos a la furgoneta y nos dirigimos a su nuevo lugar de trabajo. Nada más llegar y entrar al comedor principal, me invade una sensación tranquila y de buen gusto. El sitio es muy acogedor. Algunos cuadros ya reposan en la pared. Son marinas bien distintas y de diferentes estilos.

El torbellino marino, más intenso que nunca, me hace estremecer con sus olas enérgicas al colgarlo en el lugar dónde me indica Susana. Un ruido interior emerge de mí en donde me parece oír la voz de Sandra, pero me tengo que desprender de ella.

Susana se dirige a la cocina a ultimar los últimos detalles y nos deja solos.

El tuyo es el que me gusta más ―me susurra Luis al oído.

Lo pinté en un momento de profunda inspiración.

Cuando las ideas se unen, cuando descubres sus entresijos ocultos, cuando una voz resurge de ti y te dicta. Es algo maravilloso y mágico. Un momento único, de vida intensa, para quien lo experimenta, que me gustaría compartir con él algún día.

No dejes nunca de pintar, Elisa ―me anima―. Haces música con los pinceles. Si acerco el oído me parece oír rugir el mar. ¿No te da pena venderlo?

Niego levemente con la cabeza.

Ese cuadro forma parte del pasado ya ―le digo intentando aparentar fuerza―. Después de Reyes, cuando vuelva a la academia, seguiré pintando y continuaré plasmando mis impresiones en el lienzo.

Estoy deseando verlas.

Bueno, si mi inspiración resurge. Hace días que está muy parada.

Seguro que lo hace ―Y me guiña el ojo izquierdo.

Susana aparece y se queda comprobando los pequeños detalles de la decoración. Aprovecho para acercarme a ella y decirle que nos vamos.

Susana, nos vemos a la noche. Vendremos un rato.

Os prepararé un cóctel especial para que brindéis ―me dice risueña al oído.

Sé lo que eso significa. Mis temores de probar algo de alcohol se esfuman. Tener a Susana esta noche de respaldo nos va a venir bien. Me acerco a Luis, que no ha escuchado lo que ha dicho mi prima, y le pregunto:

Luis, ¿me rechazarás un brindis en la inauguración?

Me mira profundamente, con sus ojos directos que atraviesan una parte de mi alma. Tarda en responder, recordando nuestra conversación en el móvil.

Depende ―dice al fin.

¿Sólo depende?

Elisa, creo que no es una buena idea ir. ―Sus ojos se oscurecen unos tonos―. Estará repleto de alcohol, ¿no lo comprendes? ¿Por qué no vamos directos a la casa de Toni? Allí estaremos más seguros.

La seguridad depende de nosotros, Luis. No le podemos hacer un feo a mi prima. Vamos un rato y luego seguimos en casa de Toni.

Luis duda unos momentos, pero al final acaba aceptando.

Como quieras.

Y baja su mirada que se pierde entre las baldosas grises del restaurante.

Luis,―le digo mientras le cojo la barbilla con una mano para que me mire― vamos a despedir el año con buen pie. No te vengas para abajo.

Sus ojos me rehuyen de nuevo y su rostro se ha quedado muy pensativo. Lejos de preguntarle qué le pasa, porque lo intuyo, le rodeo la espalda y salimos a la calle en donde el sol brilla pálido.

Llama a Toni y pregúntale qué hace falta que compremos.

Después de hablar con Toni, me dice:

Las uvas. Solo tenemos que comprar las uvas. Del resto se encarga María.

Andando por la calle, vemos una frutería bastante grande y nos disponemos a entrar. Las uvas cubren varios estantes. Cojo varios racimos y los voy metiendo dentro de una bolsa.

¿Con esas tendremos bastante? ―le digo a Luis girándome.

Pero Luis no está. Lo intento localizar con la mirada. Miro en la cola, por si se ha puesto a esperar el turno, pero no. Ando por los diferentes pasillos y al final del último, veo una cabellera negra y rizada. Luis está a su lado hablando. No me queda duda de que es Sara. Su pelo robusto lo reconocería en cualquier lugar.

Reparo en la chica con la mirada triste, que en esos momentos se aproxima a Luis. Una muñequita de papel, de apariencia frágil, con el pelo rubio y bastante ondulado. Desde donde estoy, no los puedo oír, agudizo mi visión e intento leer sus labios.

Continuará…

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A oscuras entramos en el portal que es bastante diminuto. Aprieto la mano de Luis con fuerza para transmitirle coraje. Subimos las escaleras hasta el primer piso, nos detenemos unos segundos para darnos un breve un beso que me sabe a miel, y seguimos hasta el segundo. La puerta se resiste a abrirse cuando Luis pone la llave en la cerradura, pero al final cede. Luis se para unos instantes sin atreverse a entrar y yo aprovecho para respirar hondamente. Creo que nos hemos precipitado en venir. Estoy segura de que una serie de imágenes le silban en su mente, que hacen que sus pies estén pegados al suelo, totalmente paralizados. No sé si debería ser yo misma la que me adelante y le empuje a entrar. Mi indecisión es la que me hace dudar mientras el tiempo va pasando. De repente, oímos abrirse la puerta contigua. Algún vecino, que sale a tirar la basura y es cuando Luis entra rápidamente. Me estira con su movimiento y cierra la puerta tras nosotros.

Enfrente de nosotros, un apartamento completamente silencioso nos espera. Desde el recibidor, puedo ver la puerta entreabierta del comedor, una franja inquebrantable que nos costará traspasar. Tras unos cuantas vacilaciones, aprietos y titubeos en su voz, Luis se decide a entrar y yo le sigo. La mesilla de cristal rota es el mueble que más desentona al estar arrinconado contra la pared. Enciendo las luces, que hacen que mi cuadro del amanecer, testigo del crimen, resurja del ocaso en donde está sumido Luis.

La vida continúa, ¿no? le digo para animarlo señalando el cuadro.

Sí, ha vuelto a amanecer desde que tú estás conmigo me responde con voz muy baja. Pero mira cómo está todo.

Me señala el desorden que inunda el comedor.

Si quieres, te ayudo a limpiar.

Sin esperar respuesta, me voy directa a la cocina a buscar una escoba con mi sexualidad totalmente apagada.

No, déjalo, Elisa.

Pero yo empiezo a barrer el suelo, todavía hay restos de cristales esparcidos por todas partes.

Elisa, ya lo haremos mañana.

No estarás a gusto hasta que todo esté en orden. Venga, vamos, entre los dos acabaremos antes.

No creo que vuelva a estar a gusto en mi vida, Elisa. Por mucho que limpie y ordene este lugar, siempre estará maldito por la huella del crimen.

Pero fue un accidente, Luis, no tienes nada que ocultar, ¿verdad?

Y sus manos esconden su cara unos breves momentos, antes de contestarme:

No, ¿por quién me tomas? No quería matarlo, solo me defendí pero… del empujón que le di con el paraguas, empezó a brotar sangre. No la pude parar. Me fue imposible pararla. Me manché hasta la camisa. Mi padre me acababa de decir que por qué no cobraba la pensión de viudedad, si era verdad que mi madre había fallecido. Fue la gota que colmó el vaso. Sus palabras tan mezquinas retumbaban en mi mente, y al final le empujé con violencia. Murió rodeado de un charco de su propia sangre y esto pesará siempre en mi conciencia.

Luis, vamos a limpiarlo y bajamos la mesilla al contenedor. Yo te ayudo.

Tú me hubieras ayudado, ¿verdad? ―Me imploran sus ojos.

Asiento entre lágrimas, porque ahora sé que lo hubiera hecho sin dudarlo. Esconder un cadáver tiene que ser muy peliagudo, pero lo hubiera hecho por él. Solo por él.

Pero no estaba, Luis, estaba en el pueblo, ―me excusó― mientras tú pasabas los peores momentos de tu vida.

Toni se quedó paralizado y no pudo hacerlo. Se vio incapaz. Entonces llegó la policía. Este vecino, con él que no me he querido cruzar, creo que fue quien dio la voz de alarma.

Claro, seguro que fue él ―miento.

Tú hubieses sido más rápida.

Sonrío entre lágrimas amargas, que me pesan.

¿Y entonces qué hubiéramos hecho?

No lo sé. ―Se encoge de hombros―. Intentar que no nos descubrieran, supongo ―me responde cabizbajo―.

¿Y podrías vivir tranquilo?

No, y más si tú estuvieras pringada hasta las cejas, como cómplice.

Le beso los párpados suavemente.

Mejor así, ¿no? ―dice al cabo de un largo silencio.

Todo saldrá bien, Luis, lo presiento.

Pero miento de nuevo, porque mi intuición me dice que no va a ser tarea fácil. Continúo con la escoba, barriendo las baldosas a conciencia. No quiero que quede nada de mugre. Y el palo de la escoba choca al pasar por debajo del mueble con una caja de cartón. Me agacho para recogerla. Es una caja amarilla y blanca de pastillas.

Luis, ¿eso es tuyo? ―le digo con la caja en mis manos.

No, no la había visto en mi vida. ¿Qué es?

Acenocumarol ―leo.

¿Y eso qué es?

No sé, espera que leo el prospecto.

Despliego las hojas de papel y empiezo a leer.

Luis, son anti coagulantes orales.

¿Y qué hacen aquí? ―me pregunta sorprendido.

¿Y si eran de tu padre?

Luis se queda boquiabierto. La sangre líquida fluyendo sin parar, la hemorragia que no paró. Sé lo que está pensando en esos momentos.

Mi padre tomaba…

En efecto, tu padre tomaba Sintrom, por eso no soportó el empujón. Se desangró.

Maldita su suerte, maldita la mía ―exclama.

Llama a tu abogado, Luis. Creo que debería saber esto.

Luis se va directo al teléfono, y marca los números de su abogado tembloroso. Pero nadie contesta y vuelve a mi lado.

No contesta ―me dice alarmado.

Claro, es domingo. Prueba mañana. Ahora vamos a recoger todo esto y nos quedamos a dormir aquí. Los dos solos, ¿vale?

Porque necesitamos superar lo insuperable. Nos ponemos manos a la obra ordenando el desorden del comedor hasta que queda todo como antes. Como debió ser en un principio, borrando las huellas y el paso del desafortunado incidente.

Gracias por confiar en mí, Elisa me susurra cuando acabamos.

Luis, no me des las gracias de una cosa que no pudiste evitar.

Sí que pude, si no lo hubiese empujado.

Te hubiera herido a ti con su cuchillo. Te defendiste, ¿no?

Sí, pero no me creerán.

Yo te creo, Luis. Confío en tu inocencia. Para mi es legítima defensa.

Sí, ¿pero para el juez qué será, Elisa?.

Confía en ti mismo, Luis. El pasado no se puede cambiar, yo no entiendo de leyes, pero no te defendiste de una manera desproporcionada. Actuaste con un simple paraguas, cuando él tenía el arma punzante.

Ya pero… Estoy acabado.

No digas eso, la vida continúa. Ahora vamos a cenar, y después me puedes sorprender con una peli de esas que tienes. Que sea muy romántica, de esas que endulzan de tan empalagosas. No tiene que ser un drama, que acabe bien y me haga sonreír.

Tu risa es lo que más me gusta oír.

Pues si la eliges bien, podrás escucharla.

Tiramos mano del congelador para preparar la cena, comida pre cocinada para salir del paso, pues la nevera está bastante vacía.

Pensaba que nunca te volvería a tener aquí ―me dice con su mirada, que me transmite que me está diciendo la verdad.

Pues ya ves, he venido y para quedarme al menos esta noche.

¿Sólo al menos? –me pregunta pícaro.

De momento, sí ―le digo bajando la mirada―. Voy a avisar a Susana.

Yo voy a hacer lo mismo con Toni.

Nos separamos un momento para hacer las respectivas llamadas, y cuando nuestros ojos se vuelven a encontrar, Luis me dice:

Toni me ha dicho que pensemos el plan que queremos para Noche vieja. ¿Qué te apetece?

A ti ―le respondo besándolo―. Tú eres el mejor plan.

No, ahora en serio. ¿Dónde quieres ir?

Me da una pereza horrible despegarme de ti, pero nos podríamos pasar por la inauguración del restaurante de mi prima. Nos invitarán a algo y luego podemos ir a casa de Toni a continuar la fiesta. ¿Qué te parece? Discotecas ni nada por el estilo, no, ¿vale?

Vale. Pues mañana se lo decimos a Toni, eso de auto invitarnos en su casa ya viene siendo costumbre.

¿Pones la peli?

Se agacha y enciende el DVD.

Y abrazados en el sofá empezamos a ver la primera escena. Un sueño incontrolable nos sorprende cuando no llevamos ni la mitad. Y así, acurrucados y tapados con una manta suave, nos dormimos los dos. El cansancio nos ha vencido.

Continuará…

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Mi prima nada más llegar se ha dormido en su cuarto y yo no tengo fuerzas para deshacer la maleta negra, que he dejado en un rincón de lo que será a partir de ahora mi habitación. Un sitio justo en cuanto a tamaño, pero más que suficiente. Es bastante luminoso con dos ventanas que dan a una terraza y con eso me vale. Podré pintar cuando llegue el buen tiempo si mi inspiración me vuelve a visitar, pero de momento está bastante parada. Quiero volver a sentir su palpitar con fuerza y que me engulla.

Mientras íbamos en la furgoneta, Susana me ha hecho prometer que el cuadro del torbellino marino lo ponga a la venta en el nuevo restaurante. No me he podido negar, ni tan siquiera sé cómo hacerlo después de todo lo que está haciendo por mí. Al fin y al cabo, era el cuadro que le regalé a Sandra y no quiero que me recuerde, si lo cuelgo por ejemplo en mi cuarto de ahora: el peso de la traición, los besos contenidos en los labios de Nacho y Sandra, los sinsabores que recorren mi alma desde que sé lo evidente.

Susana también me ha pedido que la pintura de «Sensaciones mágicas de una cueva» lo ponga a la venta, pero yo aquí sí que he tomado partido, negando con energía. Es lo poco que me queda del recuerdo placentero de Luis, del resurgir del amor, del dulce despegue de mi corazón después de meses de sequía.

Susana ha sonreído al verme tomar las riendas y sacar mi carácter que parecía que estaba encogido. Y es que me he dado cuenta, en ese mismo instante, mientras me resistía a desprenderme del cuadro, que evocaba nuestro primer contacto, de lo que ya sabía Toni: quiero estar con Luis. Me ha costado tanto llegar a esa conclusión, que tengo miedo que ya sea demasiado tarde o incluso me aterra el precipitarme por complejo que parezca.

«¿Vas a volver con quién te considera una amargada, Elisa?», me dice mi vocecilla más orgullosa. Frunzo el entrecejo fuertemente, pero ella insiste. «Algo de razón debe tener Luis, Elisa, sólo hace falta verte. Tan amarga como las lágrimas que derramas, que ya no saben a sal, sino que su persistencia las ha amargado. Vuelan constantemente, estampando su hiel contra las baldosas grises de la habitación del piso de Susana. Y sólo te queda su sabor en el paladar más hondo, tan áspero que te cuesta tragar».

Respiras con agitación, tienes que volver a ver a Luis y tu dedo marca su número en el móvil, que te sabes de memoria. Unos tonos y todo es silencio.

No, Luis no contesta. Un vacío inquebrantable se instala en mis venas. Parece que ya no palpitan como debieran, son ahora tan débiles como mis huesos. Y al fin, después de unos interminables minutos, mi móvil empieza a vibrar refulgente. Mi mirada admira en la pantalla cómo es Luis, mi voz ronca contesta perdiéndose en su aliento distante:

Necesito verte —digo al contestar.

Yo también, Elisa.

Y las palabras que nos decimos, nos unen a pesar de la distancia de la telefonía. Quedamos dos horas después en la cafetería con las sillas de mimbre. Luis aparece recién afeitado y con ropa limpia. Sus ojos denotan cansancio por largas horas acumuladas de insomnio. Yo sé que no hago mejor aspecto a pesar que me he vestido con la falda color teja. El sol está decayendo y optamos por sentarnos dentro y no en la terraza. La cafetería está casi vacía, sólo una pareja al fondo toma una taza de chocolate con nata.

¿Te apetece uno? ―me pregunta Luis.

¿Un chocolate? Pensaba pedirme un bíter o como mínimo un café fuerte de esos tan amargos que tienen.

Luis me mira perplejo, sin captar mi ironía.

Un chocolate me irá bien, gracias ―rectifico―. A ver si me endulzo un poco.

Elisa, no fue mi intención herirte. Lo dije sin pensar. Estaba muy nervioso.

Y sus manos toman las mías con un leve roce que me agita el pulso.

¿Lo olvidamos? ―le pregunto con una ligera sonrisa en mis labios.

Sí, agua pasada no mueve molino.

El agua, que mueve vidas, que guía nuestra supervivencia, tan lejos del alcohol que todo lo arrebata. Mis pensamientos se ven interrumpidos unos breves segundos mientras el camarero nos sirve lo que hemos pedido. A Luis un agua con gas, y a mí una taza de chocolate humeante. El agua en mayúsculas, la de ese instante, la que me mueve, la de los labios de Luis que me dominan, necesito beber de él, impregnarme de besos y caricias que mejoren mi estado de ánimo. Nuestras manos entrelazadas en la mesa, enganchadas como un imán, en ese acto de reconciliación, de complicidad absoluta.

Elisa, todavía no he vuelto a mi piso desde…

Le pongo un dedo en sus labios, no quiero que hable. Necesito besarle. Olvidarme de todo menos del poder de su boca, una atracción que me arrastra a fundirme en un primer beso, después de haber hecho las paces. Un beso breve, casto, inocente, en donde me envuelve con un roce leve, casi inexpresivo, pero por fin me siento viva de nuevo. Sus labios están húmedos y fríos debido a los cubitos de hielo que acompañan su vaso de agua. Los míos están calientes y saben a chocolate y, unidos ambos, se atemperan.

Elisa… ―murmura extasiado.

¿Soy dulce ahora?

No sabes cuánto.

¿Ya no soy amarga como una almendra venenosa?

Nunca lo has sido.

Nuestro beso se podría titular…

Como agua para chocolate ―acaba Luis.

Sí, eso mismo. ¿Has visto la película?

La tengo.

Claro, tu colección de pelis es interminable.

Y Luis sonríe. Son sus labios estirados en esa sonrisa inicial, que me muestra los dientes, la que me hacen desear que me muerda.

Luis, ¿por qué no me llevas a tu piso? ―le pregunto.

Veo el pánico reflejado en sus ojos, de golpe he roto la magia, y me arrepiento de haberme precipitado.

Todavía no he ido desde….

Y no hace falta que acabe la frase que queda suspendida en el ambiente que huele a café amargo.

No hace falta que vayamos, si no quieres.

No, Elisa, me tengo que enfrentar a mis fantasmas. Cuanto más tarde en ir, más me costará volver.

Y me mira fijamente mientras lo dice, eclipsando con sus espejos. Su alma no la puedo entrever ahora mismo, cosa que me produce incertidumbre. No sé si hacemos bien en ir, pero aún así nos levantamos de las sillas. Irremediablemente, nuestros pasos enamorados nos llevan al apartamento de Luis, mientras un dolor sigiloso borra el sol de ese atardecer de domingo.

Continuará…

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¡Elisa! ¿Eres tú?

Y tardo en responder. Una emoción me recorre entera. La voz de Sandra somnolienta se despeja. El tiempo se para, y mis labios con mis dientes haciendo presión en el labio inferior se retrasan en hablar.

Sí… ―digo al fin con un hilo de voz soltando los dientes―. Soy yo. Sandra, ¿te va bien que venga a recoger mis cosas?

Un silencio pesado se interpone en la comunicación.

Elisa, ¿dónde estás? ―Me pregunta preocupada.

Estoy con Susana, mi prima. Si te va bien pasaremos dentro de un rato.

Sí, claro…

Oigo de fondo la voz de Jaime que le pregunta quién es.

¿Estabas despierta, Sandra?

No… ―Me responde sincera.

Siento haberos despertado.

Puedes venir cuando quieras. Esa también es tu casa, Elisa ―se apresura a decir Sandra y la verdad es que suena convincente.

Sus palabras se me clavan como dardos afilados y la emoción, que no me abandona, me eriza la piel.

Sandra, hasta ahora.

Y me doy prisa por cortar la comunicación.

Subo a la furgoneta con Susana, que conduce con cautela hacia el edificio anaranjado de Sandra. Llamo al timbre y la puerta de la entrada se abre. Subo en el ascensor con Susana. En la puerta Sandra me espera. Sus ojos me lanzan una mirada temblorosa y agitada. No puedo desviarla, porque me ha calado. Y con sus ojos enganchados en los míos, entro en su casa. Susana se queda detrás, como en segundo plano.

Si no te importa, voy a recogerlo todo ―le digo intentando aparentar una dureza que no siento, pues empiezo a sentir debilidad en mis pies.

Meto mis cosas en una maleta de lona negra, que están tal cual las dejé. Mi foto del ayer me observa desde las alturas de la estantería con desaprobación. De puntillas la recojo, Sandra me observa con un nudo anclado en su garganta

¿Puedo quedármela? –Le pregunto temblorosa.

Sandra asiente ligeramente, un breve movimiento que le cuesta realizar, pues sé que en el fondo le importa. El ramo que reposa entre mis dedos, una explosión primaveral de vivos colores, mi cara sonriendo plenamente a la cámara, la boca entreabierta mostrando mis dientes en esa sonrisa franca. Y sé que ese día Nacho estaba enfrente de mí, mientras el fotógrafo me fotografiaba. Aquel día estuvo diferente, más que distante, bebiendo durante toda la comida, y advirtiéndome que no le gustaban las bodas, y yo, haciéndole callar entre dientes, por si alguien nos escuchaba. Y es que ahora sé que lo que no le gustaba era la boda de su Sandra muy a mi pesar. Su asombro cuando Sandra me tiró el ramo fue total, mientras yo me sentía más radiante que nunca. Entonces pensé que tenía miedo al compromiso. Horas más tarde, bailando ya en la discoteca, él bebiendo cabizbajo todos los chupitos que podía en un rincón del local, Sandra me arrastró hacia el lavabo con la excusa que la ayudara con el vestido y dentro me dijo:

Elisa, cásate con otro. Nacho no te merece.

¿Por qué dices eso, Sandra? ―Le pregunté aturdida.

¿No lo ves? Es un borracho apestoso, date cuenta de una vez. Encontrarás a otra persona que realmente merezca tu felicidad. Mira a los invitados de mi boda. Todos beben, pero sólo Nacho se comporta de esa manera tan despreciable.

¿Por qué me dices eso precisamente hoy?

Pero ella continuó en sus trece.

Cásate con otro, Elisa. Espera un tiempo, no te precipites. Lo encontrarás.

Y su voz, que me retumbó en mis sienes, se tiñó de súplica que no supe apreciar en ese momento.

Y Sandra se fue de luna de miel, después de tener esa conversación conmigo. Nacho la pasó en una nube de alcohol en que yo lo acompañé y, cuando mi amiga volvió, se apresuró a regalarme un anillo de compromiso. ¿Lo utilizó para darle celos a Sandra?

Pongo la foto encima de todo de la maleta, y la cierro sabiendo que ese episodio de mi vida ya quedó atrás. Debo olvidar y aprender a pasar página. Descuelgo el cuadro «Sensaciones mágicas de una cueva», y se lo paso a mi prima Susana para que lo baje.

Ahora bajaré al garaje a recoger el resto de cuadros ―le digo a Sandra.

Y su nudo apretado la hace estallar en un sollozo.

No me lo pongas más difícil, Sandra.

En eso oigo la puerta del lavabo y Jaime aparece recién afeitado. Me da dos besos al verme, y siento la cercanía de Sandra, que nos observa a los dos. Noto que tiene miedo cuando Jaime se ofrece a bajar conmigo al garaje mientras le dice:

Sandra, quédate aquí, ya me encargo yo de ayudar a Elisa con los cuadros.

Sandra se queda y mi oportunidad de decirle algo a su marido, se me presenta como algo alcanzable. Porque él, en ese momento, también lleva los cuernos con estilo, porque los desconoce. Pero, ¿quién soy yo para quitarle la venda de los ojos? ¿Voy a convertirme en una delatora? No, es una cuestión de principios. Ahogaré mi silencio, aunque me queme.

Bajamos en el ascensor hasta el garaje que nos espera vacío. Jaime abre el trastero, y la puerta chirría al abrirse. Me reencuentro con mis pinturas, y siento mi inspiración otra vez detenida en el mástil quebrantado que me lleva a la deriva.

Elisa, ¿se puede saber que ha pasado entre las dos? ―Carraspea Jaime, la pregunta tan temida―. Mi mujer no duerme, no descansa. No es por meterme, ¿pero lo podéis arreglar de algún modo-.

Me quedo anonadada, mirando su pelo rubio húmedo mientras niego con la cabeza lo que mis labios callan.

Una bonita amistad no se puede acabar así, Elisa.

Ya…

Sandra te necesita. Está muy sensible. Son las hormonas.

Ya…

¿Por qué no vuelves y arregláis lo vuestro? Ya me había acostumbrado a tenerte en casa.

Jaime, lo siento pero ahora con lo del bebé creo que sobro en vuestra vida.

Anda, ¿por qué dices eso?

Porque sí, Jaime. Por cierto, felicidades, creo que todavía no te lo había dicho.

Entonces, ¿qué me dices? ¿Vuelves con nosotros?

No, Jaime. ―Mis labios tiemblan―. Mi sitio ahora está con mi prima Susana.

Si cambias de opinión, quiero que sepas que aquí siempre tendrás un rinconcito.

Lo sé, Jaime, gracias.

Recogemos los cuadros, y los cargamos en la furgoneta. Susana me espera paciente al volante y volvemos a subir por la maleta. Sandra está sentada en el sofá del comedor y se levanta al verme entrar.

Sandra, necesito llevarme también ese cuadro ―le digo señalando el torbellino marino, que reposa en la pared del comedor.

Perdóname, Elisa ―me dice mientras se acerca y me coge una mano―. Por favor, ―me suplica― no te lleves también el regalo, que me hiciste.

Su mano frágil aprieta la mía, contagiándome sentimientos del ayer, que caen en un pozo sin fondo. Me deshago de su mano, ayudándome con la otra.

Siento desnudar tus paredes, Sandra ―le digo firme―. Vuélvalas a decorar, pero no las tapes de engaños.

Jaime me mira confundido, Sandra reprime un sollozo y se vuelve a sentar marchita.

Y salgo por la puerta. Mi prima con mi maleta, y yo con el cuadro entre los brazos.

¿Qué ha querido decir? ―Oigo que murmura Jaime a lo lejos.

Sus palabras me llegan y sé que he sembrado la confusión en su mente. No era mi intención, pero ahora eso es lo de menos. Ya no hay marcha atrás, cierro la puerta a un adiós definitivo quejumbroso, de lamentos en los que Sandra ya no tiene la última palabra.

Continuará…

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