Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Invierno, recitando versos

POEMA 18: “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

Se borran las letras de la almohada.
El roce de un sueño
olvida una lágrima
dibujando en mi cara.

Columpiándome al borde
de un abismo. Así estoy.
Salto hacia él.
Detrás de mí,
la oscuridad me absorbe
con sus ojos de cuero negro.

Ya no habrá más lluvia en mis pezones;
se agrieta la saliva, que antaño los cubría;
teñía de color mi voz;
hoy se ofusca y la siento desaparecer.

Sin habla estoy.
El silencio es una poesía
tímida de sentimiento
que desenreda mi alma.

—Tú ya no tienes alma,
—me chillan esos ojos negros
con tan solo una mirada.
Las letras huyen por el firmamento más hondo,
capa oscura, apagando estrellas.
Desde este precipicio maligno,
surge la máscara de un volcán;
disfraz que me engaña
tapándome con su manta cálida.

Me acerco más hacia ese fuego,
me abraso con el frío invernal,
mi lágrima tirita, helándose.
No llega ni un triste garabato
a la comisura de mis labios.
Desnudo ese beso fallido,
sin sal, y secando mis venas.

Invierno, recitando versos

POEMA 17: “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

Aquella capa gris me cubría
fuerte, ahogándome los sentidos,
aullaban tristes los gemidos,
por no encontrarte, vida.
Apagándote en la ausencia estás,
quebrándose el olvido,
de este sueño que se esfuma.

Esa que viene saltando metros lisos,
me sacude intranquila, de entre los tilos.
Kilómetros bastaron para ahuyentarme,
mas me hace crecer con su fina lupa.
Sucumbe mi mirada desierta ante ella.
Esa que vino por la carretera,
me hizo agitarme entera.
Me señaló con su dedo nefasto,
elegida de entre los alimentos del pasto.

Esta soledad, tan cercana,
no se abre en vano
mi mano para alcanzarla.
No es suficiente un paño
de lágrimas para secarla.
Violetas resecas empuñando un tallo,
está mi otra mano para acompañarla.

¡Ay, soledad! Que disfrutas de mí,
tu osadía siempre ha sido conocerme,
mejor que a mí misma.
Deshojar tu letra, mi perdición.
Cavando mi tumba estás,
en la isla de los fríos mares,
que se agitan desde la distancia,
marcando un reloj está la hora,
en la que el ocaso rodeó mi mala luna.

Al empezar el año, me propuse cumplir el reto de leer dos libros al mes. Lo he logrado y estoy contenta por haberlo conseguido. Veinticuatro libros me han acompañado este 2019

He leído catorce libros escritos por mujeres y diez libros escritos por hombres. Os explico a continuación por qué es así. He participado en un Club de Lectura mensual que organizaban en la biblioteca de mi ciudad con lecturas feministas. Ha sido la primera vez que participo en un Club de Lectura presencial y la experiencia ha sido muy buena. Además, he podido relacionarme con gente que tiene la misma afición que yo. A través de lecturas, hemos compartido experiencias y hemos podido expresar nuestra opinión. En 2020, espero continuar participando en estos clubs enriquecedores.

Con lo que hace referencia a los géneros literarios, empecé el año con un libro de relatos. Os estoy hablando de «Una noche en el paraíso» de Lucia Berlin. Eran pequeñas historias que alterné con un libro muy interesante: «El poder del mito» de Joseph Campbell.

En febrero, volví a releerme «El código Da Vinci» de Dan Brown para poderlo analizar en una clase virtual como oyente. Al mismo tiempo, disfruté de una novela feel good que me dejó un buen sabor de boca. Fue con «Todos los veranos del mundo» de Mónica Gutiérrez. Si no lo has hecho ya, te animo a leerla. No te arrepentirás.

En marzo, le tocó el turno a «El vientre de la ballena» de Javier Cercas. Es la primera novela que leo de él y me ha descubierto a un buen escritor. Me leí también la primera lectura para el Club de Lectura Feminista, pero por cuestiones de fuerza mayor, no pude asistir a la primera toma de contacto. Pero el libro me sirvió de introducción: «Tothom hauria de ser feminista» de Chimamanda Ngozi Adichie.

Llegó abril y con esta estación primaveral, decidí leerme «Feliz final» de Isaac Rosa. Lo recomiendo a todas las personas que han terminado con una relación de pareja. El libro está contado a dos voces y de una manera muy original analiza las relaciones humanas. La portada es preciosa. Al mismo tiempo, leí «Cartas a un joven novelista» de Mario Vargas Llosa. Cada capítulo invitaba a la reflexión y al final llegué a la conclusión que tenía que ponerme a escribir sí o sí. Que en lugar de leer sobre tanta técnica literaria era el momento de ponerlo en práctica.

«Todo el bien y todo el mal» de Care Santos, me aproximó al abismo. Y disfruté con sus personajes. Cuando lo terminé, descubrí que próximamente iban a publicar una segunda parte. Cuando llegue el momento, lo voy a leer. Espero que sea antes de pasarme más de media vida leyendo.

Fui a una actividad cultural que impartían en la biblioteca de Tortosa. Consistía en un taller de escritura. Lo hacían en la sección de libros de ficción. Con tanto libro, busqué si había tomos de una autora que me habían recomendado: Rosa Regàs. Casi salto de alegría cuando vi que, aparte de haber diferentes libros de ella, también estaba el libro que buscaba. Lo tomé prestado y «Música de cámara» se convirtió en uno de los libros favoritos de este año. La historia avanzaba con cada capítulo y con cada uno de sus personajes.

El Día del Libro me compré tres libros que he conseguido leer ya. Elia Barceló, con su edición de bolsillo que compré en mayo, me descubrió que había formas muy interesantes de narrar. «Las largas sombras» me recordaron un poco a «Media vida» de Care Santos, novela que leí el año pasado.

Continué con el Club Feminista con Leticia Dolera y «Morder la manzana» y la novela de «L’últim patriarca» de Najat El Hachmi, que logró sorprenderme por ese inesperado final. Con razón ganó el premio Ramon Llull en 2008.

Para continuar cumpliendo mi sueño de ser escritora, leí en versión Kindle «Mamá, quiero ser escritor» de Blas Ruiz Grau, para conocer otras experiencias de personas del gremio y no rendirme con mi objetivo.

Antes de las vacaciones, asistí al último Club de Lectura Feminista con «Teoría King Kong» de Virginie Despentes. Prometimos reencontrarnos en septiembre.

Gracias a la entrevista del programa televisivo de «Página Dos» descubrí «Bitna bajo el cielo de Seúl» de Jean-Marie Gustave Le Clézio, una fábula urbana llena de sensibilidad. La compré El Día del Libro, pero no fue hasta el verano cuando decidí leerla.

Cuando la terminé, le llegó el turno a «Lluvia fina», mi segunda novela favorita de este año. Me encantó la forma en que está contada y esa fatalidad de la que no podemos escapar. Es una novela de personajes que tienen tanto peso que parece que te están observando.

Con «Elena sabe», entré en una espiral y una enfermedad neurodegenerativa que me engullía y de pasó descubrí a una buena escritora, Claudia Piñeiro.

Al participar en un concurso de Youtube a través de un blog de literatura, gané la nueva novela de Víctor del Árbol: «Antes de los años terribles». Emocionada, no dejé de leerla y me consideré una persona con buena estrella por unos días. Muchas gracias a la editorial por enviármela. Ha sido una de las novelas más duras que he leído y celebro que el autor continúe descubriéndonos mundos e historias que están deseando ser contadas.

Empezando el otoño, también he cumplido el objetivo de leerme «Berta Isla» de Javier Marías, novela que tenía pendiente desde que fue publicada. Después de ella, le tocó el turno a «Un mar violeta oscuro» de Ayanta Barilli, finalista del premio Planeta del 2018. Me encantó. Y disfruté con la combinación de narradores y las historias que en ella se cuentan.

Volvió a funcionar el Club de Lectura Feminista de la Biblioteca con «La ciutat de les dames» de Christine de Pizan. Una autora veneciana del siglo XIV y se considera la primera obra feminista de la historia. Ha sido un libro muy interesante. Con su lectura he conocido leyendas e historias que no son nada conocidas en nuestra cultura. La Razón, la Rectitud y la Justicia son las tres damas con las que la autora dialoga y nos guían durante todo el libro.

Por último, «Càmfora» de María Barbal, libro con el que he participado este mes, me ha descubierto un juego de contrastes entre el mundo rural y el urbano. Ubicado en los años sesenta, una familia de un pueblo de Torrent que emigra a Barcelona. Es una novela bastante compleja, pero gracias a Montse Gatell captamos la mayoría de sus secretos. Pudimos apreciar las pinceladas que hay en todo el libro y reconstruimos las distintas piezas del rompecabezas. Me recordó la dureza de «Solitud» y alguno de los «Dramas rurales» de Caterina Albert.

Mientras leía el cuarto capítulo de «El latido de la tierra» de Luz Gabás, recibí una llamada que me abrió todo un nuevo mundo. Fue un cuatro de noviembre. Aquí se frenó un poco mi ritmo lector, para lograr el nuevo objetivo que tenía en mente. Próximamente os lo cuento. Ya me he extendido bastante con este post.

Pasad unas Felices Fiestas y una buena entrada de año.

Mientras entraba en la fábrica, recordé cómo en el patio comíamos Bollycaos, Phoskitos y dulces de la Pantera Rosa. En los noventa, nos prometimos que, cuando fuésemos mayores, fabricaríamos nuestros propios pasteles. Por eso, había alquilado aquella fábrica de dulces artesanal para el puente de la constitución. Nadie de nosotras había seguido el camino de la pastelería, pero aquel año iba a ser especial para todas.

Estaba nerviosa porque no las había visto desde aquellas fiestas de San Juan. Habíamos comido caracoles que nos sentaron fatal y acabamos en el hospital. Fue más que un susto, porque al final no todas nos recuperamos. Isabel acabó falleciendo al cabo de unos días. Dijeron que había sido una infección que acabó en un fallo multiorgánico, pero yo siempre pensé que el desencadenante fue aquella loca verbena.

Revisé el congelador de la fábrica y vi que era bastante grande. Respiré aliviada. Un familiar me lo prestaba por un año. Allí cabrían los suficientes pasteles que elaboraríamos para los diferentes cumpleaños. Íbamos a cumplir cuarenta y, cambiar de decena implicaba volver la vista atrás y analizar si habíamos cumplido los sueños que entonces teníamos.

Yo no me podía quejar. Siempre dejé mi alma al viento. No había cumplido los deseos que por entonces nos intentaban inculcar. Pero era feliz a mi manera y eso era lo más importante. Cada día me levantaba con ganas de más. Vivir se había convertido en un disfrutar con cada uno de mis sentidos. A diario, intentaba contemplar, escuchar, degustar, oler, palpar y emocionarme con cada sensación. Antes de que todo se perdiera para siempre, antes de que la muerte me sorprendiera en medio de alguna labor irrealizable. Todavía sentía curiosidad por experimentar y no quería que se acabara.

No tardaron en llegar las demás. Después de saludarnos, besarnos y soltar algunas risas, nos pusimos a la tarea. Carmen, Matilde y Rosa habían apostado por la maternidad. Serían las primeras en echarnos una mano porque habían dejado a sus bebés a cargo de otras personas y no estaban tranquilas. Cuando terminasen, serían las primeras en irse.

Repasamos los diferentes ingredientes que habíamos comprado y el ambiente empezó a oler a azúcar y agua de azahar. Carmen dijo que quería un roscón de reyes para su cumpleaños, porque había nacido ese mágico día. Se nos empezó a abrir el apetito. Después,  empezamos a elaborar cuarenta figuritas de mazapán para cumplir el deseo de Rosa.

Sara prefirió un pastel de frambuesa y Catalina una tarta de piña. Empezamos a mezclar ingredientes para las que se decidieron por las frutas. Hicimos unas bandas de ellas, hojaldres y cremas de lo más sugerente.

Y, por último, nos tocó el turno a las de diciembre. Ainhoa eligió una tarta de café y yo la miré con ojos excitantes. No era la primera vez que me percataba de la fuerza de sus ojos, un halo de complicidad en sus gestos delató su atracción. Ambas habíamos nacido el mismo día por lo que la compenetración era absoluta. Entre bromas y risas, elegí una de tres chocolates distintos. Quería probarlos todos. Duplicamos las tartas para tomárnoslas aquella misma noche. Las dos cumplíamos treinta y nueve y todavía nos quedaba un año para entrar en los críticos cuarenta.

Después de congelarlas para que estuvieran listas para cada ocasión, recoger y ver la hora que era, las demás se fueron. Cada una se hizo responsable de descongelar su tarta el día señalado. El próximo año tocaría celebrarlos todos. 2020 entraría con energía y ya podríamos recargar baterías. No había problema, porque nos dejaban el congelador hasta el final del año siguiente. Mientras nos quedamos a solas, le pregunté si aún echaba de menos a Isabel. Temblorosa y sin rehuirme la mirada, negó con la cabeza. Sentí calor a través de sus ojos. Luego, me dije ahora o nunca y la besé. Sus labios húmedos sabían a café y creo que, por la forma en la que me devolvió el beso, pensó que los míos eran una delicia de chocolate.

PARTICIPACIÓN EN CAFÉ LITERAUTAS DICIEMBRE 2019

ENUNCIADO:

  • Tenías que escribir un relato no superior a 750 palabras con las palabras viento, caracol y bebé.
  • Como RETO opcional, toda la escena tenía que pasar en una fábrica de pasteles artesanales.

Otoño, narrando autobiografía del más allá.

POEMA 16: “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

Insignificante tu mirada,
con esas palabras recuerdo cómo eras:
Un muchacho me tendió una mano
en mi existencia caótica.
Me trajo volando a un blanco lugar,
inmaculado, aséptico.
Y yo desinfectándome
entre lisas sábanas de hospital.

Sí, un accidente fue toparme
con tus ojos muertos, sin vida.
Hacia donde huyeron los versos
que describían su alegría.

Inconsciencia en la ventana rápida,
quizás recuerde lo que viví;
Contigo me impregnaba la sencillez,
facilidad del día a día,
Qué luz más saludable
me saludaba al levantarme de la cama,
Qué luz me ciega ahora
envolviéndome toda de incertidumbre.
Sin ti no quiero luchar,
me rindo a lo oscuro, a la honda pesadumbre,
al contraste de tus ojos con los míos.
La frialdad engulle mis sentidos.

Ciudad dormida,
eleva a mito el amor que viví en ti,
elévalo sin pausa,
que suba por tus aires celestes.

No obstante, no hallo respuesta.
¡Ay, lenta agonía del no saber,
que mueres con cada movimiento,
al caminar temprana por esa vida que se escapa,
a través de tu insignificante mirada!