Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

María tan fuerte, tan firme, tan segura desde que está con Toni, se desmorona esta tarde. Hemos ido al piso, que se compró junto con Víctor, porque alguien está interesado en su compra. Vamos a ayudarla a recogerlo todo. El piso está perfectamente equipado, para entrar a vivir. Un camión de mudanzas vendrá mañana a llevarse los muebles y de momento estamos empaquetando.

María hacía mucho tiempo que no regresaba al piso, en concreto desde que anuló la boda. Pero ahora que ha decidido casarse con Toni, se tiene que deshacer del piso, aunque no sea una buena época para venderlo. Cuando terminamos con la tarea, oímos a María que dice:

Voy al buzón a vaciarlo. Debe estar repleto de propaganda.

Y María abre el buzón, y después de empezar a tirar algunos folletos y catálogos y meterse algunos sobres de facturas en su bolso, sus ojos reparan en un sobre más pequeño, diferente al resto, manuscrito. Sus manos tiemblan mientras lo abre, Toni se le acerca, porque María no para de respirar fuerte como ahogándose en su propia ansiedad, mientras lee las hojas que lo acompañan.

¿Qué te pasa, María? ―Pregunta Toni.

Pero María, en un primer momento, no responde, y después sube las escaleras otra vez hasta su piso precipitadamente. Todos nos interrogamos con la mirada, porque no comprendemos qué está pasando y decidimos seguirla. Al llegar, María está sentada en el sofá totalmente desencajada, de sus ojos brotan lágrimas con fuerza y sus manos sostienen los papeles que se han arrugado.

María… ―Dice Toni suavemente.

Y María, llorando, y sin poder pronunciar palabra, le tiende la carta a Toni, que la coge. Toni la lee, y se queda estupefacto.

¿Qué pasa, Toni? ―Pregunta Luis.

Pero Toni no contesta, y le pasa la carta a Luis. Luis y yo la leemos al unísono y me bloqueo completamente al ver el remitente: Luz Casas Ribes.

¿Los muertos vuelven? ―Le susurro a Luis.

No, es una carta de despedida –me dice Toni, que me ha oído, a pesar de haber intentado hablar muy bajo.

Sin comprender, mis ojos repasan las primeras líneas hasta que la leo entera, mientras un escalofrío intenso me recorre el alma:

Querida María:

No sé cómo empezar esta carta sin antes decir que lo siento. Siento el daño que te he hecho toda mi vida y más ahora que te ibas a casar con el hombre de tu vida. No sé qué me arrastró a acostarme con Víctor. Bueno, rectifico, sí lo sé. Por primera vez he caído en las redes del amor, me enamoré del hombre equivocado. Se llama Nacho, no sé si te acuerdas, pero te lo presenté un día que corrías para no llegar tarde al trabajo de papá. Todo parecía idílico entre los dos hasta que he descubierto que me es infiel. Sí, María, Nacho me pone los cuernos con una chica muy morena de la que ni tan siquiera sé su nombre. Por eso, por simple despecho, me acosté con Víctor, porque lo sentí accesible. Ya sabes que no me cuesta seducir a un tío, perdóname, María, me arrepiento de ello.

Voy a ser breve, no me queda mucho tiempo. La semana pasada me diagnosticaron una enfermedad incurable, que avanza rápidamente. Mi carrera de modelo se ha acabado para siempre. Estoy pensando si realmente me merezco esto después de cómo he actuado. ¿Tú también piensas que me lo merezco? Sé que lo piensas, para qué me voy a engañar. Si lo piensas, no sé lo digas a nadie, así como tampoco comuniques a nadie la noticia de mi enfermedad. Guarda el secreto, aunque sea la única cosa que hagas por mí.

No te preocupes, voy a estar bien. Tengo que olvidar a Nacho. Me he comprado una casita en Portugal con su dinero. Se lo he tomado prestado o, si lo prefieres, lo he cambiado de sitio. Me voy, hermana, al lugar donde veraneábamos de pequeñas, ¿te acuerdas? Necesito desconectar.

Siempre en un lugar de mi corazón,

Luz

P.D: Cuida de mamá y papá, se hacen mayores.

La carta esperaba en el buzón para ser leída cuanto antes, pero no pudo ser. La traición que le hizo Luz a su hermana lo impidió, ya que María nunca quiso volver a su piso desde entonces. La imagen que vio en su dormitorio todavía le quemaba en el rincón más hondo de su corazón.

No obstante, Luz nunca llegó a su destino, Víctor la asesinó pero lo que más me sorprende, y releo repetidas veces, hasta que Toni me arranca el papel literalmente de las manos, es lo de la chica morena. Luz nunca supo de quién se trataba pero a mí no hace falta que nadie me lo diga.

Sandra me mintió, nunca cortó su relación con Nacho. Lo que más me duele es que Luz se enteró antes que yo. Era una chica lista, una chica desgraciadamente muy lista. Posiblemente su astucia desencadenó su trágico final, como la curiosidad que mató al gato. Víctor la debió encontrar cuando ya se iba, cuando ya partía hacia un nuevo destino. Pero esta historia ya me la sé, aunque ahora me queda claro de una vez por todas qué hacía Nacho en Portugal, había descubierto dónde había ido a parar su dinero.

No he hecho nada por ella ―dice María con la carta en las manos ya que Toni se la ha vuelto a pasar―. Ni su último pensamiento, os he dejado leer la carta.

Luego María se levanta y se va a la cocina. Vuelve con un mechero y prende fuego a las últimas palabras de Luz, que se retuercen dentro de un cenicero. Una lágrima se le ha quedado trabada en su cara. Toni se la quita con un delicado movimiento. Y luego de esto, con las palabras ya carbonizadas, María respira más tranquila para decirnos:

Esa no es una historia de perdón. Mi hermana lo sabía antes de escribir esas líneas y sus palabras no van a cambiar nada.

María con una dureza que aparentemente siente, nos indica con sus gestos, que ya nos podemos ir del piso. Nos dirigimos todos hacia la salida, cierra la puerta y nadie de nosotros abre boca. Como si el silencio formara parte de nuestra existencia.

Si por mí podéis hablar ―comenta María más entera ya en la calle.

¿Así veraneabas en Portugal? ―rompe el silencio Toni.

Sí, pero hace mucho de ello.

¡Cuántas cosas no me has contado! ―Sonríe Toni.

Seguro que tú también tienes cosas calladitas.

Tendrás que descubrirlas tú misma.

María le guiña el ojo a Toni, Luis me coge la mano, y aprieta con fuerza mientras me dice al oído.

Elisa, vayámonos a mi piso y dejemos que Toni y María se descubran sus cosas.

Vale, Luis.

Nos despedimos de María y Toni y nos dirigimos hacia el apartamento de Luis. Mientras andamos por la calle cogidos de la mano, mi sexualidad prende de nuevo. Necesito estar íntimamente con Luis. Al llegar, no hace falta que se lo diga, le llevo directamente a su dormitorio. Los espejos de su cuarto hacen que lo vea repetidas veces, su torso desnudo se multiplica y mis caricias se van intensificando. Necesito llenarme de él, me desnudo rápido y me tumbo sobre él. Sus manos se deslizan por mi cuerpo, cubriéndome, amándome.

Y entonces, el sonido de su teléfono nos interrumpe. Mi cara sonrosada refleja la decepción por la inoportunidad de esa llamada, que Luis contesta, marchándose de mi lado con su erección palpitando. Le oigo de lejos. Sus palabras me apagan, porque algo de mucho peso está pendiente en nuestras vidas.

Cuando vuelve a mi lado, dejo que hable, sin interrumpirle. Mi expresión va cambiando conforme lo voy escuchando.

Elisa, era mi abogado. Se ha disculpado por no haberme contestado antes. Había escuchado el mensaje, que le dejé en su buzón sobre la caja de pastillas que encontramos y… Sí, se confirma en su historial clínico. Mi padre tomaba los anti coagulantes esos. Mi abogado me ha citado para mañana a su despacho. ¿Me acompañarás?

Sí, Luis, claro.

Una pequeña esperanza aparece en su iris. Me incorporo de la cama y le beso.

¿Por dónde íbamos?

Por ahí —le digo señalándome mi pecho desnudo y guiñándole un ojo.

Luis sorbe mi pezón izquierdo y todo se enciende de nuevo. Pierdo el norte entre su aliento, empiezo a gemir suavemente. Luis baja hacia mi monte de Venus. Cómo le deseo, la espera ha merecido la pena, pienso mientras el fuego se deposita en mi cuerpo para quedarse. Unidos ardemos mientras todo cambia de color a nuestro alrededor. El orgasmo nos sorprende a la vez y, enredados y sintiendo sus últimos coletazos, nos damos un beso húmedo.

Continuará…

portada3

El ambiente de la casa de Toni está cargado de fiesta. La música inunda el comedor. El CD de «El Despertar» suena fuerte y creo que las letras de sus canciones servirán para marcar un inicio en nuestras vidas. Siempre hay un principio después de un final.

Noche vieja, qué diferente a las últimas que había pasado, en donde el alcohol era el protagonista de mi vida. Pienso en Sandra y Nacho. Una Noche vieja como ésta fue su comienzo. Sumida en repetidos tragos ni me enteré de ello. Mi alma embriagada de aquel día buscaba el calor y la protección ficticia, que me proporcionaba una copa. Bebí tanto que alcancé la inconsciencia, y me desperté en una cama de hospital con un gotero pendido de mi mano. Jaime, que aquella noche también se lanzó a beber sin parar, había acabado igual que yo. Fue Sandra, que casi no probó el alcohol, quién llamó a urgencias.

¡Menuda fiesta, qué mal acabó! Y aquel día supuso un final y un principio que aceleró una ruptura. Un punto final en mi vida aunque no lo supe apreciar.

Cuántos puntos finales, negros y abruptos, han roto mi existencia. Pero de los errores siempre se aprende, no se puede volver atrás y el camino sigue hacia adelante, como dice la canción que suena. Me lleno de sus notas optimistas y mis pies se mueven al ritmo de la melodía.

Luis toma mi mano y me saca a bailar, y en ese instante, el ritmo cambia y se vuelve más lento. Me agarro a él y deslizo mis manos por su cuello. El resto está en la cocina. Acaban de preparar la cena y me siento con obligación de ir a ayudarles, pero en ese instante, mis labios anhelan el imán de los labios de Luis sobre mí. Le beso como hace un momento debajo del árbol, con un punto de avidez que me acelera la pasión que siento. Sé que esta noche será el inicio de una aventura soñadora, amorosa, sin lugar a dudas, en donde me cubriré de él, y en donde todo desaparecerá excepto los dos: únicos, unidos, inseparables.

Que corra el aire ―dice Rebe sonriendo, que acaba de entrar con una fuente repleta de comida en sus manos.

Y me separo de ese beso álgido, supremo, con ganas de repetir, aunque sé que no es el momento ni el lugar adecuado. No quiero que Rebe se sienta desplazada ya que es la única que no tiene pareja esta noche.

No, si por mi podéis seguir ―dice Rebe y nos anima de nuevo mientras se da la vuelta para volver a dirigirse a la cocina.

Pero sé que ha llegado el momento de ayudar con la comida. No tengo hambre, porque ya he picoteado bastante en el restaurante de mi prima, pero los demás y sobre todo María, no pueden esperar. Ya es tarde y entro en la cocina para acabar de sacar los platos.

Venga, nos van a dar las uvas ―dice María ansiosa.

Nunca mejor dicho ―le contesta Toni.

Nos sentamos en la mesa, repleta para la ocasión y empezamos a comer.

Elisa ya ha vendido el cuadro ―les informa Luis.

¿Ah, sí? ―se interesa Toni.

Sí, ha sido el primero en venderse. Una mujer adornada con muchos quilates se ha encaprichado de él.

No sabes si ha sido ella quién lo ha comprado ―le digo mordisqueando una tostada de salmón.

Ya te digo que sí. Seguro que ha sido ella. ¡Cómo lo miraba, madre mía! Tendríais que haberla visto.

En el fondo, también pienso que ha sido esa mujer. Sus ojos expresaban el fulgor de quién descubre una obra de arte por primera vez. El torbellino de mis emociones ha traspasado fronteras, esa mujer ha captado su fuerza y, ensimismada, ha decidido comprarlo pagando por él una suma de dinero, que me va a venir muy bien.

Pregúntaselo a tu prima, ya verás cómo sí ―continúa Luis―. Te vas a hacer famosa.

Me imagino el cuadro en un salón fino, presidiendo fiestas con un toque de glamour, admirado por sus invitados vestidos de etiqueta.

Luis, deja de soñar ya ―le contesto.

Tienes talento, Elisa. No niegues lo evidente. He visto tus cuadros y vales mucho. Yo sería incapaz de crear algo a partir de la nada.

Y yo sería incapaz de hacer lo que tú haces con los ordenadores ―le digo.

Cada uno sirve para una cosa ―comenta Toni.

Y todos nos complementamos ―termina María.

La cena transcurre entre sonrisas y varias conversaciones en donde me siento parte de ese ambiente feliz, amistoso, cómplice y tranquilo. A las doce menos diez, tenemos ya las uvas preparadas y las botellas que nos ha regalado mi prima Susana en el congelador. La despedida del año empieza mientras voy tragando las uvas una a una y sin atragantarme:

Una, por la voluntad.

Dos, por la resistencia.

Tres, por la libertad

Cuatro, por la autoestima.

Cinco, por la inspiración.

Seis, por la constancia.

Siete, por la salud.

Ocho, por el trabajo.

Nueve, por la amistad.

Diez, por el amor sincero.

Once, por la confianza.

Doce por el inicio de mis sueños.

¡Feliz año!

Toni descorcha la primera botella y nos sirve las copas. Brindamos por todos nosotros con el líquido dulce y frutado de color rosado. María se moja los labios primeramente y, al probarlo, traga largamente.

Es fantástico ―dice cuando ya apurado toda la copa.

Buenísimo ―opina Rebe―. Lo mejor que he probado.

¿Repetimos? ―pregunta Toni descorchando la segunda botella y nos sirve de nuevo.

Pero ésta la saboreamos ―dice Luis―. Nada de beber rápido, beberemos con moderación.

Toni se aclara la voz y anuncia su inicio con estas palabras:

Y ahora viene el momento tan esperado por todos vosotros. ―Sonríe mientras le guiña un ojo a María―. La noticia, que os anuncié de la que seréis los primeros en enteraros. Bueno, chicos, uno ya se hace mayor y tiene que sentar la cabeza de nuevo.

María sonríe nerviosa.

Al grano, al grano ―le anima Luis.

Como os decía, ya viene siendo hora de tener una alegría. Pronto tendremos una fiesta en donde estaréis todos invitados. María y yo…. Nos casamos.

Nuestra cara es de completa alucinación. Abrazamos a Toni y a María mientras les felicitamos largamente.

María, ya puedes ponerte el anillo que te regalé ―le indica Toni―. Ya no hay secretos entre todos nosotros.

María se dirige a la habitación y vuelve con un anillo en su dedo anular.

¡Qué bonito! ―exclama Rebe.

Toni, ¡qué buen gusto has tenido! ―Le digo.

¿Lo dudabais? ―sonríe Toni.

María acerca su dedo y puedo apreciar un anillo fino, decorado con algunos brillantes.

Es precioso, María.

María ríe con ilusión, el inicio de su nueva vida le hace que se le escape una sonora carcajada.

Pero eso no es todo ―dice Toni―. María, ponte los pendientes a juego.

María vuelve a la habitación y sale con unos pendientes alargados con brillantes en las puntas.

―¡Qué detallista! ―Comenta Luis.

¿Qué pasa? ¿Qué no puedo serlo? ―dice Toni con expresión un tanto enfadada, aunque enseguida vuelve a sonreír.

Qué callado te lo tenías ―le dice Rebe, dándole un cariñoso codazo a Toni.

¿Y para cuándo es la boda? ―quiere saber Luis.

A finales de abril, el 27.

¡Qué rápido!

No queremos esperar más. Ya hemos esperado lo suficiente, ¿no creéis? —dice Toni impaciente.

María alza su copa. Sus brillantes resaltan en esa noche mágica para ella.

Brindad conmigo ―dice contenta.

Chocamos las copas, el sonido del dring dring me sacude las penas. María vuelve a poner el CD de «El despertar». Sus pies se mueven con ritmo al son de la música, que nos traslada a un paisaje onírico. Bailamos los cinco en esa noche joven, que acaba de empezar para que el inicio de nuestros sueños, tan ansiados desde el principio, se cumpla.

Continuará…

portada3

Llegamos al restaurante, que a esas horas está plagado de gente, hombres y mujeres que curiosean por el salón principal y que hablan entre sí. Tres camareros con una vestimenta impoluta están sirviendo los primeros canapés, que tienen muy buena pinta. Algunos se acercan a probarlos. Susana debe estar en la cocina, porque no la veo en un primer momento. Me siento algo desplazada y creo que Luis también. No conocemos a nadie y además no nos hemos vestido tan elegantes como las personas que merodean a nuestro alrededor.

No me dijiste que me tenía que vestir de etiqueta ―me susurra Luis al cabo de un momento dándome un codazo.

No lo sabía.

¿Nos vamos?

No, espera, todavía no he visto a mi prima.

Mis tejanos desentonan en todo ese ambiente.

Y mi falda desenfadada, también. ¿Tienes hambre? ―le pregunto acercándome a una bandeja plagada de exquisiteces.

Luis se encoje de hombros. Me acerco el primer canapé a la boca, y dejo que una explosión de sabores exóticos me inunde el paladar.

Prueba ―le invito―. Están buenísimos. Delicatessen.

Un camarero se nos acerca llevando una bandeja de copas. Una mujer rubia, con el rostro delicadamente maquillado, toma una y se la lleva a los labios para darle un pequeño sorbo. Otros la imitan al unísono. Yo me aparto, y arrastro a Luis a un rincón, para mirar el cuadro de una marina tranquila con pequeñas barcas de recreo.

¿Te gusta? ―le pregunto a Luis.

Más me gusta el tuyo, Elisa. Mira, esos señores de allí lo están comentando.

Me giro y aprecio cómo se ha formado un grupo, que observa mi torbellino marino.

Es el que más destaca ―murmura Luis―. Mira a esa señora, creo que se ha encaprichado de él.

Una señora de mediana edad, con un vestido sugerente en palabra de honor, y que lleva una gargantilla brillante adornando su prominente escote, no se separa del cuadro desde hace rato.

¿Crees que lo comprará? ―Le pregunto a Luis.

Si no lo hace, creo que se arrepentirá.

Otro camarero se nos aproxima con unos vasos de chupitos. Creo que se ha dado cuenta de mi mirada de interrogación.

Gazpacho de sandía ―se apresura a decir.

Como no veo ningún problema en ello, tomo un vasito de la bandeja y me lo bebo. Está delicioso y animo a Luis a que lo pruebe.

No me digas que será lo único que podamos beber ―me vuelve a susurrar Luis, en donde se aprecia un poco de decepción en sus palabras.

A mí no me importa. Está muy bueno.

En eso aparece Susana. Mi prima está radiante, y sonríe al verme. Se acerca a nosotros y nos invita a enseñarnos la cocina. La seguimos por un amplio pasillo y entramos a su lugar de trabajo.

¿Os gusta? ―nos pregunta animada―. Bienvenidos a mi lugar de trabajo.

Una cocina moderna y acogedora me impresiona y así se lo hago saber:

Susana, es fascinante. Me encanta.

Aquí pasaré largas horas del día. Y ahora lo prometido es deuda…

Susana se acerca a la nevera y saca una bebida misteriosa. Nos sirve dos copas:

Brindad por mí. Es un cóctel que os he preparado con mucho cariño. Pero no se lo digáis a nadie. ―Un dedo cruza sus labios―. Es un secreto.

Me animo a probar el cóctel de Susana, no sin antes chocar mi copa con la de Luis y con la de mi prima mientras les digo:

Por el inicio de nuestros sueños.

Le doy un pequeño sorbo. La bebida espumosa me moja los labios. Sabe a algo dulce, aunque no estoy segura de los ingredientes que lleva. Es una combinación de frutas y de algo más que me encanta.

Es genial, Susana, ¿qué lleva? ―quiero saber.

Ya os he dicho que es un secreto. Lo único que os puedo asegurar es que no lleva nada de alcohol.

¿Lo vas a patentar? —Pregunta Luis.

Nunca se sabe. ―Sonríe Susana―. He preparado más.

Susana saca dos botellas de la nevera y me las tiende mientras me dice:

Llévalas a casa de Toni. Esta noche, brindad por mí y por el inicio de vuestros sueños.

Gracias, Susana.

Y le doy un beso en su mejilla sonrosada.

Salimos de la cocina, y pasamos por el salón principal mientras nos despedimos de mi prima. Mis ojos aprecian como una nota de «Vendido» figura sobre mi torbellino marino. Será la última vez que lo vea y, en el fondo, siento algo de pena por desprenderme de él, aunque sé que es lo mejor para seguir con mi camino.

Lejos de Nacho, lejos de Sandra, lejos del alcohol, lejos de la oscuridad del ayer. La mano de Luis aprieta la mía en el presente y el tacto de su calidez me acelera el pulso intentando borrar mi pasado. Me aferro a ella en esa última tarde fría del año que ya está cayendo del todo, y andando por las distintas calles nos dirigimos a la casa de Toni donde me espera una Noche vieja de amistad. Una fiesta animada en compañía de las personas con las que quiero estar. Y pienso que mañana será el principio de algo nuevo con nuevos propósitos para todos.

Antes de entrar en la casa de Toni, me paro un momento debajo de los árboles desnudos de delante de su casa.

Bésame —le pido a Luis.

¿Ahora?

Siempre.

Y debajo de un fuerte árbol, sus labios me exploran y me hacen arder mientras el tiempo se detiene esperando el brote de emociones, que resurgen a través del beso con un punto de magia. Una bocanada de mariposas me recorre el estómago. Suspiro embelesada al separarme de Luis y le digo:

Nunca te separes de ese beso.

Él me mira extasiado. Coge mis manos. Y juntos cruzamos la calle y llamamos al timbre de la casa de Toni.

Continuará…

portada3

Los labios perfilados de un rosa chicle de Noemí se mueven lentamente. No me cuesta intuir que le está pidiendo perdón a Luis por los gestos que desprende, y por las palabras entrecortadas, que salen de su boca.

Yo no…. quería…. Luis… Yo no… sabía…

―…

Luis repara en su mirada trágica, pero no dice nada.

He dejado el trabajo.

¿Los has dejado tú sola o te han echado? ―le dispara ahora un Luis enfurecido.

Mientras habla, Noemí agacha la mirada, y un mechón largo de su cabello se interpone entre sus labios, que ella no aparta. Ese mechón inocente sirve de interferencia para interrumpir mi habilidad de leer sus labios, y me fijo en los de Luis, carnosos y encendidos.

El daño ya está hecho ―me parece leer.

Y Noemí, se aparta el mechón con su mano tan pálida que parece de porcelana. Mis esperanzas de continuar indagando en sus palabras se apagan, porque deja esta misma mano inmóvil cubriéndose sus ojos azul claro y parte de sus labios. Sara, que se ha apartado un poco de ellos, repara ahora en mí y veo cómo se me va acercando con su melena brillante. Me siento una estúpida, porque sé que me ha visto espiarlos y, sin querer, aprieto la bolsa con las uvas, que se machacan por la fuerza de mis dedos.

Elisa, ¿cómo estás? ―me pregunta Sara más que nada por cortesía.

Bien, aquí, comprando las uvas para esta noche ―digo alzando la bolsa.

Las miro y reparo que de algunas de ellas se escapa líquido.

Pero qué torpe soy ―me excuso―. Se han estropeado. Voy a cambiarlas.

Y dicho esto, vuelco mis pasos hacia el estante de las uvas, que está unos cuantos pasillos atrás, mientras siento un aguijón impertinente agujereando mi pecho. No, no quiero sentir ya dolor. Pero el taladro preciso de mis emociones me pincha el orgullo. He dejado a Luis y Noemí hablando a escasos milímetros de su boca, tal vez reconciliándose como nosotros ayer. Me quedo mirando la esfera de mi reloj con las manecillas girando, con mis esperanzas detenidas. Mis pensamientos me arañan profundamente: Luis tarda, Luis se marchará con ella, Luis no volverá. Y yo esperando como una tonta con los nuevos racimos entre mis dedos, doce deseos que quería brindar con él esta noche. Ya no será posible, la sombra de los celos tiñe de oscuridad mi anhelo. Y al fin, decido irme. Pago la bolsa de uvas machacada, y la otra intacta. Y me voy de allí.

Pocos pasos me alejan de la tienda, cuando oigo la voz de Luis que me llama firme:

¡Elisa! ¡Elisa, espera!

Me doy la vuelta lentamente. Me encuentro con su mirada temblorosa que se agita al encontrarse con la mía.

¿Te ibas sin mí? ―me pregunta.

Sí, quizás sea lo mejor.

¿Para quién? ¿Para ti? Para mí seguro que no, Elisa.

No puedo con esto, Luis.

¿Nos has visto, no?

Sí, y he creído que volverías con ella.

Ha sido Sara, que se ha entestado en que hablemos. Pero yo ya no tenía nada que decirle.

¿Has aceptado sus disculpas?

¿A qué viene eso ahora?

¿Sí o no?

Sí… pero…

Me giro, y me voy. Pero su mano me agarra del brazo, y hace que me pare.

Elisa, escúchame. Olvídalo. Deja atrás mi pasado y el tuyo ―me ruega―. Miremos juntos hacia el futuro.

El futuro de arenas movedizas, que es tan incierto, que hace que me apoye en él para no caerme en el asfalto.

Te quiero, Elisa.

Y me besa delicadamente los labios.

Yo no me aparto, entrecierro los ojos y dejo que sus labios recorran mi alma hasta descorchar el aguijón. Siento alivio al lograr deshacerme de él, aunque sé que ahora la herida estará abierta durante cierto tiempo.

Vayámonos a la casa de Toni, ―le digo sonrojada―. Creo que estamos dando el espectáculo en mitad de la calle.

Me coge de la mano y juntos continuamos el camino. Vuelvo unos instantes la mirada atrás, unos ojos aniñados de color celeste bañados por densas lágrimas, me observan fijamente desde la acera de enfrente. Sara rodea la espalda de Noemí y ella se vuelca en ese abrazo sincero. «No estás sola, muñequita de papel», pienso. «Tú tienes una amistad verdadera; yo un amor al que es difícil ponerle nombre sin caer en sus redes».

Toni nos espera sonriente. María está preparando canapés en el mármol de la cocina. Rebe, remueve una cazuela de marisco con esmero.

¡Rebe! ―La saludo porque hace tiempo que no la veo.

Rebe se gira y me planta dos besos en mis mejillas. Se la ve contenta y pienso que es porque ha podido estar con sus hijos en Navidad.

¿Cuántos seremos? ―oigo que pregunta Luis.

Cinco. Jesús y su mujer al final no van a venir. Van a ir con el grupo de amigos de Sara.

Echaremos de menos sus chistes ―dice María.

Sí, y se van a perder la noticia.

¿Qué noticia? ―quiere saber Luis.

Pronto la sabréis ―responde Toni mirando a María―. Pero todo a su debido tiempo.

María ríe nerviosamente y continúa con los canapés. Me ofrezco a ayudarla para terminar antes.

Nos iremos un momentito a la inauguración del restaurante de mi prima. Es a la siete, pero prometemos estar para la hora de la cena.

Más os vale ―dice Rebe.

¿Queréis venir? ―les pregunto.

Mejor otro día ―responde Toni.

Elisa ha expuesto un cuadro de los suyos ―oigo que dice Luis orgulloso.

¿Ah, sí? ―se interesan todos.

Un fino rubor cubre mis mejillas, que se encienden y para deshacerme de él, me dirijo a Luis:

Venga, vayámonos, Luis, no quiero llegar tarde a la inauguración. Susana nos estará esperando.

Continuará…

portada3

Los primeros rayos de sol se filtran a través de la fría ventana. Un tímido halo de luz se deposita en mis párpados empujándome a abrirlos. Parpadeo un par de veces y estiro mis extremidades desperezándome. Luis está a mi lado, todavía durmiendo. Sigilosamente me levanto y voy hacia la puerta principal. Cojo mi bolso, mi abrigo y su llavero. Y la cierro tras de mí. Bajo las escaleras y salgo a la calle. El frío me hace andar deprisa, no quiero que se despierte y note mi vacío. Volveré.

Al final de la calle, en la esquina, me espera una panadería madrugadora. Entro sin saber si es la que frecuenta. Pero al mirar el mostrador, mientras espero que me atiendan, reconozco las magdalenas exquisitas. Sí, no me he equivocado, sonrío a la dependiente cuando me toca el turno y le pido:

Cuatro magdalenas de chocolate.

Me las envuelve con un papel fino con el logotipo de la panadería, pago y vuelvo a su casa. Él todavía duerme con expresión relajada. Me gusta mirarlo y contemplo su cara durante unos minutos, que me pasan veloces. Creo que se siente observado y abre sus ojos. Sus pupilas se dilatan al verme y me lanza una media sonrisa.

Buenos días.

Ahora sí lo son ―me contesta contento.

No terminamos de ver la película. Menudo sueño nos entró ―le digo sonriendo y besando sus párpados.

¿Para qué verla si te tenía aquí conmigo? ¿Qué haces con el abrigo puesto, Elisa? ¿Te vas? ―Me pregunta tembloroso, incorporándose al reparar en mi vestimenta.

No, Luis. He salido a comprar el desayuno.

Suspira relajado, entornando los párpados.

Pues sí que has hecho faena.

¿Quieres café?

Y me voy hacia la cocina sin esperar que me conteste.

Preparo dos cafés con un par de cápsulas y vuelvo al comedor. Abro el envoltorio de la panadería encima de la mesa.

Caray, mis favoritas ―dice al ver las magdalenas.

Sabía que te gustarían. Desde que me las descubriste, suspiro por ellas ―le digo mordisqueando una, y dejando que la crema, que lleva en su interior, me impregne el paladar.

Me imita y cierra los ojos concentrándose en su sabor, una explosión de chocolate con sus pepitas derritiéndose en su boca.

Voy a hacerte una foto ―le digo sonriendo y cogiendo mi móvil.

Enfoco su momento de placer y disparo la cámara del móvil.

Me la voy a poner en la pantalla principal. Tu cara al saborear las magdalenas es pura poesía.

Y la tuya también, Elisa ―dice aproximándome su móvil para tomarme también una foto.

Ya.

Me gusta cómo ha quedado ―dice observando la imagen―. Yo también me la pondré en la pantalla principal.

Después de desayunar, Luis llama a su abogado, pero de nuevo sus esperanzas chocan contra su buzón de voz.

Mientras tanto llamo a mi prima Susana para decirle que la ayudaremos a trasladar los cuadros hacia el restaurante. Mi prima está nerviosa cuando llegamos a su piso y mueve las manos continuamente. Subimos a la furgoneta y nos dirigimos a su nuevo lugar de trabajo. Nada más llegar y entrar al comedor principal, me invade una sensación tranquila y de buen gusto. El sitio es muy acogedor. Algunos cuadros ya reposan en la pared. Son marinas bien distintas y de diferentes estilos.

El torbellino marino, más intenso que nunca, me hace estremecer con sus olas enérgicas al colgarlo en el lugar dónde me indica Susana. Un ruido interior emerge de mí en donde me parece oír la voz de Sandra, pero me tengo que desprender de ella.

Susana se dirige a la cocina a ultimar los últimos detalles y nos deja solos.

El tuyo es el que me gusta más ―me susurra Luis al oído.

Lo pinté en un momento de profunda inspiración.

Cuando las ideas se unen, cuando descubres sus entresijos ocultos, cuando una voz resurge de ti y te dicta. Es algo maravilloso y mágico. Un momento único, de vida intensa, para quien lo experimenta, que me gustaría compartir con él algún día.

No dejes nunca de pintar, Elisa ―me anima―. Haces música con los pinceles. Si acerco el oído me parece oír rugir el mar. ¿No te da pena venderlo?

Niego levemente con la cabeza.

Ese cuadro forma parte del pasado ya ―le digo intentando aparentar fuerza―. Después de Reyes, cuando vuelva a la academia, seguiré pintando y continuaré plasmando mis impresiones en el lienzo.

Estoy deseando verlas.

Bueno, si mi inspiración resurge. Hace días que está muy parada.

Seguro que lo hace ―Y me guiña el ojo izquierdo.

Susana aparece y se queda comprobando los pequeños detalles de la decoración. Aprovecho para acercarme a ella y decirle que nos vamos.

Susana, nos vemos a la noche. Vendremos un rato.

Os prepararé un cóctel especial para que brindéis ―me dice risueña al oído.

Sé lo que eso significa. Mis temores de probar algo de alcohol se esfuman. Tener a Susana esta noche de respaldo nos va a venir bien. Me acerco a Luis, que no ha escuchado lo que ha dicho mi prima, y le pregunto:

Luis, ¿me rechazarás un brindis en la inauguración?

Me mira profundamente, con sus ojos directos que atraviesan una parte de mi alma. Tarda en responder, recordando nuestra conversación en el móvil.

Depende ―dice al fin.

¿Sólo depende?

Elisa, creo que no es una buena idea ir. ―Sus ojos se oscurecen unos tonos―. Estará repleto de alcohol, ¿no lo comprendes? ¿Por qué no vamos directos a la casa de Toni? Allí estaremos más seguros.

La seguridad depende de nosotros, Luis. No le podemos hacer un feo a mi prima. Vamos un rato y luego seguimos en casa de Toni.

Luis duda unos momentos, pero al final acaba aceptando.

Como quieras.

Y baja su mirada que se pierde entre las baldosas grises del restaurante.

Luis,―le digo mientras le cojo la barbilla con una mano para que me mire― vamos a despedir el año con buen pie. No te vengas para abajo.

Sus ojos me rehuyen de nuevo y su rostro se ha quedado muy pensativo. Lejos de preguntarle qué le pasa, porque lo intuyo, le rodeo la espalda y salimos a la calle en donde el sol brilla pálido.

Llama a Toni y pregúntale qué hace falta que compremos.

Después de hablar con Toni, me dice:

Las uvas. Solo tenemos que comprar las uvas. Del resto se encarga María.

Andando por la calle, vemos una frutería bastante grande y nos disponemos a entrar. Las uvas cubren varios estantes. Cojo varios racimos y los voy metiendo dentro de una bolsa.

¿Con esas tendremos bastante? ―le digo a Luis girándome.

Pero Luis no está. Lo intento localizar con la mirada. Miro en la cola, por si se ha puesto a esperar el turno, pero no. Ando por los diferentes pasillos y al final del último, veo una cabellera negra y rizada. Luis está a su lado hablando. No me queda duda de que es Sara. Su pelo robusto lo reconocería en cualquier lugar.

Reparo en la chica con la mirada triste, que en esos momentos se aproxima a Luis. Una muñequita de papel, de apariencia frágil, con el pelo rubio y bastante ondulado. Desde donde estoy, no los puedo oír, agudizo mi visión e intento leer sus labios.

Continuará…

portada3