Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Mi boca está rota.
Rota por la soledad,
rota por la sanidad,
rota por el silencio.

No es miseria ese beso
que nos une,
que atraviesa como fuego
nuestros labios.

Nuestras lenguas juegan
ante la adversidad
de esa guerra que estalló sin más.
Te vi y me perdí en tu mirada.

Tenías el poder del gesto
y estabas hundida entre los escombros.
Yo, pobre de corazón con mi fusil.
(El resto ya había muerto para mí).
Y me salvaste con tu boca.
® Helena Sauras
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Nos gusta que Sofía nos arrastre para deslizarnos al estante de abajo y colarnos entre las letras de los cuentos. A través de ella, aprendimos lo que era el saber y la fuente de nuestra imaginación fluyó durante décadas. Somos ricos en sueños que alcanzamos con cada género literario. Vemos el lomo del libro, y según nuestro interés, entramos en él. Nos fascinan las metamorfosis y nos convertimos  en príncipes o en mendigos en cuestión de segundos. Cuando alguien compra, cambiamos de casa para multiplicarnos en los días siguientes.


El problema vino cuando Sofía aprendió a limpiar de verdad y acabamos en el trapo. Nos intentamos escapar para volver a alguna estantería de aquella librería tradicional.  Hace días que no viene nadie aquí. Hemos oído que no van a traer ninguna novedad más, aunque tenemos literatura para rato.

El dueño ha echado el cierre definitivamente. La curva de su sonrisa, tan plácida a los clientes, se acabó congelando debido a la crisis en el sector. Intentamos abrazarle para darle coraje, pero estornudó. Deberíamos saber que Sancho siempre ha sido alérgico a los ácaros ya que somos las diminutas partículas de polvo que conforman su negocio.

Helena Sauras

Aquel cartel manuscrito, que colgaba de la puerta, lo tenía más que intrigado. En aquella casa del final del sendero, no se escuchaba ni una mosca. En un primer momento, pensó que estaba abandonada, si no fuera por la correspondencia diaria que recibían; la que Carlos todos los días les traía en su cartera. El joven cartero la dejaba ordenada, dentro del buzón blanquecino y de metal algo oxidado, que estaba al lado de la puerta. Intentaba hacer su trabajo lo mejor que podía, e ir ganando experiencia poco a poco para que aquel trabajo le durase. Cuando llegaba a final del sendero, el chico dejaba de silbar. No fuera el caso que alguien lo escuchara y le reprendiera por interrumpir el juego de los niños.

“Silencio, juegan los niños”. Este era el cartel que le quitaba el sueño a Carlos, pues no había escuchado nunca ningún alboroto infantil que atravesara aquella puerta. Como nunca traía nada certificado, no tenía la oportunidad de llamar a aquella puerta de madera verde y algo gastada con un pomo redondo y negro que destacaba porque parecía nuevo, como si lo hubiesen cambiado hacía poco.

Imagen Creative Commons de Rosario González Morón en FlickR
Imagen Creative Commons de Rosario González Morón en FlickR.

En aquel momento del día, recién desayunado y con toda la jornada laboral por delante, Carlos no pudo resistir más su curiosidad y giró el pomo. La puerta exterior se abrió fina y sin chirriar. El cartero entró en una especie de pasillo mal iluminado, donde había cuatro puertas entornadas. Un gato negro se le cruzó sin poderlo esquivar.

“El cementerio de la esperanza, —rezaba otro cartel al final del pasillo—. Tome asiento y espere su momento de relax”. Una butaca enorme, acompañada por unos auriculares, te invitaba a escuchar. Carlos no dudó en ponérselos ya que su curiosidad iba en aumento.

Después de una breve melodía que servía de introducción, una voz melosa te abducía:

“Cuando llegue tu hora, estaremos para ofrecerte nuestros servicios funerarios. Somos un cementerio que espera que vuelvas a la vida, una vez estemos preparados. Te congelamos y estudiamos tu cerebro. Mientras esperas y, aunque hayas muerto, podrás jugar a entretenimientos de realidad virtual. Pues no dejamos que tu llama se apague. Estaremos contigo en cualquier momento”.

Carlos intentó quitarse los auriculares, pero una mano se lo impidió bruscamente. Otra le tapó la boca para que no se le escapara ningún alarido.

—Shttt —le susurró el hombre que había usado sus manos negras para impedir que Carlos huyera despavorido—. El silencio es lo que nos diferencia.

—Y los niños…, ¿dónde están?

—Jugando en sus habitaciones correspondientes. De momento, tenemos clientela. No nos podemos quejar. Ven, te invito a que los veas por ti mismo.

Carlos se levantó de la butaca y siguió al hombre que entró en la primera habitación.

—Son enfermos terminales —señaló el hombre.

—Parecen muertos —dijo Carlos.

Soltó su cartera en el suelo y se acercó al primer niño.

—No lo están. Fíjate en sus labios.

Una breve sonrisa, dibujada con el arco de sus labios, iluminaba cada carita.

—¿Están jugando?

—Ahora mismo, no. Mi mujer les escanea las cartas que tú les traes y se las pasa a su cerebro. Suelen ser cartas de sus familiares. Por eso, sonríen.

—No olvides guardar el secreto —le advirtió el hombre a modo de despido.

Y desapareció detrás de aquella puerta verde de madera.

***

Aquella noche, Carlos, que además de curioso era cotilla, acabó alardeando de lo que había descubierto en la terraza del bar de su pueblo. Aunque nadie le creyó, había roto su promesa.

Al día siguiente, el joven cartero se dio cuenta de que se había olvidado la cartera con todas las cartas dentro, en aquella casa del final del sendero. Por más que llamó e intentó abrir aquella puerta, ésta permanecía indomable a sus manos.

Como con sus intentos hacía ruido y rompía el silencio sepulcral instalado desde hacía mucho tiempo, se le acabó apareciendo el gato oscuro, que en realidad era un brujo negro. El brujo recitó un conjuro con la punta de su lengua y lo acabó convirtiendo en buzón para reemplazar el que había oxidado. Su alma había pertenecido al antiguo cartero y su curiosidad, como a Carlos le estaba apunto de ocurrir, lo acabó matando. Se convirtió en un ser inerte y blanquecino.

Desde aquel momento, el joven cartero, convertido en buzón, conserva las cartas a la espera de que el brujo lo abra detrás del silencio de aquel cementerio de la esperanza. Solo espera que haya otro cartero curioso, que le releve en su tarea diaria.

Helena Sauras

¡Hola a todos!

Hay libros que desde la infancia nos llenan, aprendemos a leer con ellos y nos enseñan. A mí me gustaban las fábulas. Una de mis favoritas era la que salía en este libro ilustrado que me regalaron y del que mantengo un especial cariño.

Os muestro una foto de su portada:

Es una fábula de Jean de La Fontaine. Entre 1668 y 1679 publicó 243 fábulas. ¿Os suena el autor? Todo un clásico, ¿verdad?

El libro reúne las características propias de este género literario. Una fábula es una narración breve que relata sucesos del pasado. Suelen ser minidramas protagonizados normalmente por animales. A veces también pueden ser plantas, dioses, o hombres.

Su intención es crítica, satírica y didáctica. Puede elaborarse en verso o en prosa.

Su temática central es el enfrentamiento del fuerte y el débil. Se castiga a menudo la vanidad y el abuso de poder. El comportamiento que vaya en contra los usos y las fuerzas de la naturaleza. Por ejemplo, se persigue la pereza o los excesos de todo tipo.

El conflicto que presenta la historia se suele resolver verbalmente, a veces a través del diálogo.

Y normalmente aparece una MORALEJA explícita al principio o al final de la historia.

La fábula es uno de los géneros narrativos más antiguos y quizás más difundidos. Aparecen en Mesopotamia, en la India, en el mundo árabe… Y los griegos y los romanos también nos dejaron muchas fábulas que todavía, a fecha de hoy, recordamos.

Y a vosotros, ¿os gustan las fábulas? ¿Aprendéis de ellas?

Estaba con mis ojos desolados mirando el solar. Un cartel nuevo de «Se vende» era lo que más destacaba de aquel lugar. Me sentí un estúpido al haber creído la mentira de aquel constructor. El edificio por el que había apostado mis sueños e hipotecado mi futuro, no se construiría. Me había quedado sin dinero y había sido víctima de una estafa inmobiliaria. Mis nudillos estaban tensos e intenté relajarlos cuando le di la mano a Gema, mi novia. Ella también miraba aquel solar con la mirada llorosa. Al sentir el contacto de mi mano húmeda, se apretó contra mi gabardina y nos fundimos en un abrazo.

Hacía frío, pero no lo sentíamos. Yo estaba triste. La ira iba creciendo en mi interior, ganando terreno.  Hubo un momento en que mis cejas y mi frente se tensaron tanto que creí que se iban a desgarrar. Tuve miedo de derrumbarme y no conseguir levantarme nunca más. Gema logró pronunciar las palabras tan temidas, las que yo no me había atrevido a decirle:

—Tendremos que posponer la boda.

—Sí… —dije con la voz ronca—. No queda otro remedio.

No veía otra salida. Continuaremos siendo novios, me dije. Al menos, ella sigue conmigo. Las cosas podrían ser peor. Me di ánimos de esta manera.

Miré el cielo. La tarde avanzaba rápida hacia el anochecer. Nos despedimos con un beso en su portal. Ella subió a cenar con sus padres. Yo me fui a casa con mi madre y a comunicarle la mala noticia. No lo sería tanto para ella, supuse. Desde que le había comunicado mis intenciones con Gema, mi madre se había refugiado más que nunca en sus ansiolíticos. Intentaba retenerme a su manera pues le daba miedo quedarse sola. Me educó para que fuera una persona dependiente y nunca alzara el vuelo. No me enseñó nada del hogar, pero aprendí por mi cuenta a valerme por mi mismo.

***

Sabía cocinar, limpiar, y otros quehaceres domésticos útiles para el día a día. Me los había enseñado mi tía Felisa, hermana de mi madre, en unas vacaciones que pasé en el pueblo donde vivía. La mujer me advirtió que allí todo se compartía. Junto con mis primos, colaboré en hacer más agradable mi estancia. Me lo pasé tan bien que al final no quería volver. Mi madre había pasado unos días en un balneario para recuperarse de una dolencia del alma. Su tristeza no tenía cura, nos dijo un médico.  En lugar de buscar una segunda opinión, nos creímos el desolador diagnóstico.

Subí a casa con el alma a los pies. Mi madre me tenía preparado un plato de sopa caliente en la mesa. Se lo agradecí, pues había empezado a tener frío. La estufa de butano estaba encendida en el comedor y mi madre estaba viendo la televisión. Me miró preocupada al ver mi cara.

—¿Qué te pasa, hijo? ¿Has discutido con Gema? —Esperó mi respuesta con las manos entrelazadas y con esperanza de que así fuera.

La hice sufrir, pues tardé en contestar. Engullí varias cucharadas de sopa ante su mirada fija.

—No —dije al fin.

Mi madre me interrogaba con la mirada porque mi respuesta monosilábica no le gustó. Quería saber más, pero tenía que ordenar mis ideas para explicarlas. Temía que una vez se las contase a alguien, ya no habría marcha atrás.

Me acabé la sopa. Me calentó el cuerpo y rechacé el segundo plato. No tenía hambre.

—Guárdalo para mañana. Vendré a comer —dije.

Una sonrisa iluminó su rostro. A mi madre le gustaba comer conmigo. A solas. Sabía que si no iba al mediodía, ella no comía. Lo había averiguado desde hacía tiempo. Por eso, procuraba desplazarme en el coche, y volver otra vez, una vez comido a la oficina donde trabajaba.

Me quedé un rato a ver la televisión con ella. Las noticias me distrajeron un rato de mis pensamientos. De vez en cuando, mi madre comentaba algo. Yo asentía, absorto al telediario. Cuando terminó una película de suspense, me fui a dormir. Mi madre estaba medio adormilada en la butaca. Al levantarme del sofá, se despertó.

—Hasta mañana —murmuró.

Como venía siendo costumbre, me dio un beso de buenas noches. Entré en mi cuarto sabiendo de antemano que me costaría dormir. En la oscuridad, fui dándole vueltas a lo acontecido en los últimos meses. Maldito día el que nos decidimos por comprar sobre plano. Veía la cara de aquella chica que nos entusiasmó.  Era la hija de Eduardo, el constructor. Quedó varios días con Gema, para ultimar los detalles. Nunca había visto tan feliz a mi novia. Me contagió su felicidad por aquel paso importante que íbamos a dar, y ambos soñamos con aquel piso que pronto se construiría.

Nos concedieron un crédito y adelantamos el dinero mediante una hipoteca. Cuando firmamos sentí una gran responsabilidad en el cuerpo. A Gema le pasaba lo mismo. La miré y noté cómo se había puesto seria de repente. Aquella noche nos besamos de más en el portal. Aquel fin de semana, le regalé un anillo de compromiso. Era lo que me faltaba por hacer. Brindamos a la luz de las velas de un restaurante que había reservado para la ocasión.

Me entró sed y me incorporé para coger el vaso de agua que se encontraba en la mesilla de noche. Mi madre nunca se olvidaba de preparármelo. Tendría que hablar con un abogado. Gema y yo no éramos los únicos afectados. Había varias familias que habían caído en las redes de Eduardo.

***

Al día siguiente, sin pegar ojo, me dirigí a presentar una denuncia. Denuncié a  la inmobiliaria Grupo Domo S.L. por estafa. Después me enteré que Eduardo había huido al extranjero con el dinero de todos. Mi idea de encontrarlo algún día se diluyó, mientras sorbía aquel café en la cafetería con el abogado, que había contratado para llevarnos el caso. La cara de Gema era la más afectada de todos, pues aunque todos lo estábamos, ella era la que más la mostraba sin ningún pudor. Tenía los ojos hinchados de haber llorado e iba con ausencia de maquillaje.

Según me confesó, cuando nos quedamos solos, se sentía traicionada por la hija de Eduardo. Las dos eran amigas desde la infancia y ese hecho era la que la había hecho decidirse por aquel piso. Confió en ella, porque se habían reencontrado y recordado entre las dos lo bien que lo pasaban juntas entre juegos y pupitres.

—Le expliqué mis intenciones de casarme contigo —me dijo mientras paseábamos por un parque.

Asentí lleno de dolor. Quise darle un beso, pero ella apartó la cara y continuó hablando:

—Me dijo que esperaba que mis deseos se cumplieran y, tonta de mí, no la comprendí. Claro, no se van a cumplir, ¿verdad?

Me perforó con su mirada penetrante desde unos ojos líquidos de color verde, que cambiaron de tonalidad, oscureciéndose.

—Ya encontraremos otra solución —le dije apretándole la mano con un gesto de cariño.

—¿Cuál? —preguntó con la voz entrecortada—. ¿Se te ocurre alguna?

No quise negar sus sueños, pero en aquel mismo momento apareció la cara de mi madre en mi mente. Tendría que hablar con ella antes, pero irnos a vivir con ella, me pareció una buena idea. Vi la luz al final del túnel.

—Ya se me ocurrirá algo —le dije sellando mis palabras con un beso.

***

Mi madre estuvo encantada de mi proposición. Sabía que le había hecho ilusión que dependiera de ella, un poco más. Ahora era el momento de decírselo a Gema. Quedé con ella en la tarde de aquel domingo de febrero. No sabía cómo empezar, pero al fin quise entusiasmarla con las siguientes palabras:

—Cariño, no será necesario retrasar la boda.

Como ella no decía nada, su silencio me confundió.

—Podemos seguir todo como lo teníamos planeado —continué.

Gema me miraba sin comprender.

—¿Ha vuelto Eduardo? ¿Nos devuelven el dinero?

Negué con la cabeza pesadamente.

—¿Pues? ¿Qué ha cambiado?

—Mi madre nos ofrece su casa. Podemos vivir con ella hasta que todo se arregle.

Ahora era ella quién negaba con su cabeza.

—No… —dijo al fin.

—¿No?¿Ni tan siquiera quieres pensártelo?

—¿Crees que empezaríamos con buen pie? Ya sé que ella es tu madre, pero… Una pareja necesita intimidad.

—Gema, es lo único que se me ha ocurrido. Mi madre ha dicho que sí. Nos deja vivir en su casa.

—Se va a entrometer en todo, y lo sabes —me dijo al fin y sus ojos se ensombrecieron.

No pude replicarle pues yo también sabía que mi madre no era persona fácil.

—Si me quieres, no me obligues a vivir contigo bajo estas condiciones.

Su condición me desconcertó.

—¿Y qué quieres? Si ni tan solo, hemos….

—Ya estamos otra vez. Te dije que me reservaba para alguien especial.

—Y he respetado tu decisión hasta el momento.

—¿Crees que con tu madre bajo el mismo techo voy a poder lanzarme?

—Gema, estamos arruinados y con el futuro hipotecado. Tan solo quería estar contigo. —Le aparté un mechón de su cabello.

—Sí, ya lo sé. Yo también quiero, pero…

—¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo?

Negó sin atreverse a mirarme.

—De que dudas, Gema. Yo he tenido claro desde el principio en que quería estar contigo. Tú, en cambio….

—Yo, en cambio, he sopesado. Y el peso de tu madre es….

—Una razón de peso para decirme que no.

Asintió entre lágrimas.

Me alejé con un peso en el corazón. No hacía falta pronunciar las palabras de que habíamos roto. Eran demasiado dolorosas. Al menos para mí.

***

Llegué a casa. Mi madre había preparado un pastel de carne. Mi cara demacrada expresaba lo que acaba de ocurrir. Pero esta vez, mi madre no me preguntó nada. Supongo que su intuición le dijo que era mejor guardar silencio.

Comí el pastel que me acercó para no hacerle un feo.  Comimos a solas los dos como a ella le gustaba.

***

Volví a ver a Gema en el juicio. Era el abrigo gris que se sentó justo en el asiento delante de mí. Llevaba el pelo suelto, con unos mechones más rizados que le caían por los hombros. No pude ver sus ojos líquidos. Reparé en el hombre que se sentaba a su lado, de mediana edad, con un perfil impecable. Supuse que era alguien especial para ella porque, de vez en cuando, su mano rozaba la suya. Y por un instante, sentía como mi corazón se contraía más de la cuenta.

Mi madre estaba sentada a mi derecha y creo que se percató de la presencia de Gema pues intentó distraerme con una conversación meteorológica que no iba a ningún lugar. Al fin, me pidió que le fuese a buscar una chaqueta que se había quedado en el maletero del coche. Según me dijo, tenía frío. El aire acondicionado estaba demasiado fuerte. Me alejé de allí. El coche estaba aparcado a las afueras del parque donde tres años atrás, Gema y yo nos habíamos dicho el adiós definitivo. Lo abrí mientras pensaba en ello. Me pesaba cada palabra no dicha en su momento. Cogí la chaqueta azul marino de mi madre. Olía a naftalina. Cada armario de casa desprendía ese olor característico. Entré otra vez en la sala y le pasé la prenda a mi madre que se la puso en el acto.

Observé como Gema empezaba a toser. Sus ojos lagrimeaban y comenzó a rascarse la nariz. Se levantó estornudando. El hombre con el perfil impecable la siguió. Ambos salieron de allí sin oír la sentencia del juez.

Detrás de los pasos de Gema, mi madre me guiñó un ojo. Y entonces, reparé en que mi ex era alérgica a la naftalina. El tiempo me lo había hecho olvidar. Buena señal. Y es que el tiempo ayuda a olvidar, y lo que no se encarga el peso de una madre a que se esfume.

***

Recuperé el dinero perdido meses después, como el resto de afectados. Decidí hacer un viaje, volar alto, pues echar tierra también está permitido en los caminos del olvido. Por fin, viajaría solo. Lo necesitaba. Hice las maletas y por la noche hui de mi hogar. Sabía que mi madre no lo comprendería, pero necesitaba respirar. Iría a la aventura. Un nuevo reto se vislumbraba en mi cabeza.


En la cola del avión, una mujer con la melena suelta me sonríe. Sus ojos saludan al destino. Los míos despiden a la vieja desventura. Me acerco a ella y le susurro si quiere acompañarme. Me he vuelto atrevido y he dejado atrás la vergüenza. Y entre risas, nace nuestra complicidad a partir de nuestra mirada. Ambos desnudaremos el presente con un golpe de pestañas sin miedo a las prisas.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay 

Cuando contemplo las mariposas que me enviaste a través de Facebook, algo vuela hacia atrás en mi memoria. Y recuerdo lo que llegué a leer en el tren. Y también lo que he olvidado, mientras tanto vivía. Y ahora, me quedo en esa incertidumbre llamada presente. Puede que vuelva a ojear a Ovidio para que inunde mi vista de metamorfosis, que por entonces me eran novedosas. Quiero volverme a sorprender con sus palabras, admirar su canto y pensar que un cambio nos aguarda. Y entre lecturas y páginas, los momentos van pasando, la vida huye y se escapa.

Hoy he vuelto a oír a la vecina por el respiradero del baño. Los tonos de su melodía cesaron por unos días. Ahora ha vuelto y creo que he podido adivinar a través de su piano lo que ha podido pasar. Con sus teclas, interpreta su llanto y nostalgia que alarga la pesadumbre en la que vivimos estos días. Me intento comunicar con su dolor. Doy unos suaves golpes en las baldosas del baño para decirle que estoy aquí, que aporto algo de ritmo a esa melodía tan penetrante como dolida. Presiento que tardaremos en volver a vernos.

Nadie sabe cuándo volveremos a salir a la calle. Estamos confinados desde hace días. Y no me apetece salir a aplaudir a quien se está dejando la piel en esa batalla vírica. ¿Por qué me han regresado los miedos? Esa agorafobia absurda, que ya creía haber superado, desde que supe que jamás volverías. Esa que me hace apilar cartones, restos de comidas y plástico, sí, mucho plástico, sumas de envoltorios prescindibles, porque no me atrevo a bajar la basura.

Pensaba que tenía superada tu ausencia, pero ha regresado como una aparición, rodeándome de sombras. Y también se ha dignado imprimir su aliento sobre el espejo del baño, lugar del que no me muevo desde que escucho a la vecina golpearme el corazón con sus notas. Algo está cambiando en mí. Ahora aprecio lo que perdí. Sí, valoraría lo que tendría si no se hubiera esfumado. Sin un adiós. Te fuiste así, muriendo de repente. Hace algo más de cinco años, en los que me he negado a rehacer mi vida. Y continúo hablándote como ahora, desde la memoria traicionera, acariciando mariposas en la pantalla del móvil, que posan sus alas sombrías y frías sobre mí. Si pudieras verme ahora, te asustarías y me preguntarías si no me hartaba de rozar la locura. Las notas de mi vecina se han tornado repetitivas. Como si me obsesionara queriendo. Me aprisionan y engullen. No puedo parar de escucharlas.

Ese último rollo de papel higiénico cobra vida en un santiamén y me empuja a bajar a la calle a comprar más. Tengo miedo de perderme entre pensamientos, entre voces y contradicciones que sólo existen en mi mente. Y si pongo las noticias, se aceleran mis temores y ansiedad. ¿Vivir en la ignorancia me otorgaría algo de felicidad y calma? Voy a bajar a la calle… Pero no puedo. Me quedo. A cambio, voy a reemprender la lectura de un libro pendiente que me espera en la estantería….

Todo pasará, la efímera vida también. Pero mientras tanto, prometo que no habrá día que no logre disfrutarla. Desde mi balcón, si tengo la oportunidad, saludaré a Laura, mi vecina, cuando antes la esquivaba. Quiero decirle que todo continúa. Nuestra vida sigue. La esperanza permanece en los corazones de los vivos. Y cuando podamos, y acabe aceptando su duelo, me gustaría fundirme en un abrazo con ella. Imagino nuestros destinos estrechándose a través de nuestros brazos que se unen hacia un porvenir distinto. Porque a partir de ese contacto, nada volverá a ser lo mismo.