Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

¿Lo has pensado?¿Y si lo consiguiéramos de una vez? ¡Qué alegría más grande tendríamos, ¿no?! Si una poesía aportara paz, tan necesaria para todos y se mantuviera en el tiempo para siempre. Si la entereza nos guiara de por vida y respetásemos todo nuestro entorno, si salváramos los océanos y las selvas. La integridad de la Tierra depende de la suma de cada habitante, ¿empezamos aplicando estos principios?

¡Feliz día internacional de la poesía, cada emoción cuenta!

® Helena Sauras

Escolta l’àudio del relat.

La dona obre la caixa que ha baixat de l’armari. Vol remenar-la i buscar un adorn per a la seua melena. Pensa que s’hi farà un nus per a lluir-lo aquesta nit, malgrat el nus més pres és el que sent al fons del pit, prop les costelles. Remuga al veure què hi ha a l’interior. S’ha equivocat de caixa perquè la que obre és de fotografies, entrellaça records i pensaments mentre s’atura a mirar-les. Són moments ja viscuts que no tenen a veure res amb ella, pedaços de la seua vida que se li presenten de manera desordenada. Li agradaria reviure’ls perquè a la majoria es veu amb els ulls ben alegres.

Un tel de llàgrimes se li ha posat a la mirada, perquè fa temps que se sent com una peça que no encaixa enlloc. Li tremolen les mans de nostàlgia mentre deixa aquests pedaços un altre cop a dintre, fragments colorits de la seua vida. Malgrat el que més li tremola és la ment a través del que recorda. Torna a tancar la caixa i s’enfila a l’escala. Cada tros de vida és irrepetible i ara escolta com la criden. La dona mira el rellotge i veu que ja se li ha fet tard. Surt de l’habitació sense oblidar-se d’eixugar abans les llàgrimes i d’intentar recuperar-se.

Potser en un altre temps, quan ja serà una altra, la tornarà a obrir i pensarà diferent. Però de moment, la caixa romandrà amagada a dalt de l’armari entre coixins, llençols i tovalloles.

Aquesta nit la dona porta la seua melena solta i sense adorns. El pes de la seua ànima el sent al bell mig de l’estèrnum. Se li enclava com temps abans ho feia l’angoixa. No ha decidit anar al sopar, però tot i així hi va per complaure els assistents. Quan entra a la sala se sent observada i la respiració se li talla. Intentaria fugir si no fos perquè ja li han servit la primera copa. Es remulla els llavis i acte seguit beu un glop llarg. Amb el líquid sembla que es calma una mica. Potser a l’endemà no recordi res o potser s’aventuri a recordar. El present li arranca el pes de la consciència.

—Feliç aniversari —diu el seu marit i la mira com si fos el primer cop que la veu des de fa dies.

La dona contempla els seus familiars que han vingut a celebrar les noces d’argent. Els palmells de la seues mans estan humides. Sent com els records li tornen a tremolar, com tot passa pel seu davant, com aquests fragments amagats a dalt l’armari se li representen. I veu els seus familiars vestits amb robes d’altre temps. Tot es fa petit al seus ulls i es rejoveneixen per moments.

Durant uns segons, la dona ha aclucat els ulls per veure’ls millor. Els dos fills que té i la filla són els que més han canviat quan els torna a obrir. Els consells de la seua mare reviuen de nou dintre del seu cervell.

La dona sent la mà del seu marit sobre la seua. El seu contacte encara l’estremeix i voldria quedar-se per uns minuts entre pensaments, calidesa i tendresa.

—Pensava que ja no vindries. Sempre fas tard.

I amb aquesta guinyada d’ull que li fa el marit està l’etern retret, mig en broma, mig en serio. La dona recorda com fa vint-i-cinc anys el va tenir esperant-lo baix la pluja.  Dubtava de si casar-se o fugir, com ara també li passa.

Ell sempre insisteix, ella voldria fondre’s baix la taula. No té queixes del seu matrimoni, però li hagués agradat poder compartir més i carregar menys.

® Helena Sauras

Sin entusiasmo, la acompañaba en sus aventuras por la montaña. Las zapatillas, aunque fueran buenas, no le resguardaban de las caídas. Era torpe para andar y sentía mucha angustia cuando entraba en aquellos caminos dificultosos. Se comportaba como un espectador en la vida de su novia. Observaba sus cambios de humor y la acompañaba a todas partes, tanto a hacer deporte por la montaña como a ir de compras. ¿Y ella? ¿Qué había hecho por él?

Si le decía que lo que le gustaba era el arte, ella bostezaba. Pero ya habían roto. Ahora ella ya no formaba parte de su vida y decidió aprovechar sus primeras horas de libertad.

Compró una entrada y entró en el museo de arte. La exposición de pintura que vio le demostró que todavía le quedaba mucho por aprender. Cuántas veces había pospuesto aquella visita por el simple hecho de cumplir los sueños de su novia. No se desmotivó. Al contrario, hizo un firme pacto consigo mismo de que practicaría técnicas pictóricas hasta dominarlas. Salió de allí con esa idea. Ya sabía qué hacer con su tiempo libre.

Al llegar a casa, dejó lo que acababa de comprar en el salón: Un caballete nuevo, pinturas para acuarela y pinceles de distinto grosor.

Abrió el armario y retiró la tienda de campaña, el saco de dormir, y las zapatillas de montaña. «A ti, esto ya no te hace falta», se dijo.

Abrió la carpeta del ordenador donde guardaba las fotos y, a partir de una fotografía en donde se veía un paisaje de su última excursión, empezó a pintar. Perdió la noción del tiempo sin levantar jamás la vista de su obra y llenó el lienzo de colores. Cuando terminó, se sintió satisfecho. Aquella primera pintura le revelaría que se escondía en él un artista tímido y que necesitaba demostrarse que era capaz de continuar pintando a pesar de que existieran dificultades en su vida.

Los meses que vendrían crearía nuevos paisajes con entusiasmo, llenándolos de corazón y de sus propias experiencias, otorgándoles de personalidad. Ni rastro de ella ni de sus excursiones por el campo. El olvido era un buen brebaje del que bebía diariamente.

Hasta que un día se enteró de que su exnovia se había perdido en una excursión y la estaban buscando. Subió el volumen del telediario y llamó a la policía. Aquella zona se la conocía como la palma de su mano y decidió colaborar con el equipo de rescate.

Fueron horas de angustia, porque el clima no acompañaba. Tuvieron que abandonar el rescate en dos ocasiones hasta que las tormentas que se habían formado amainaron.

Al fin, ella apareció tres días después dentro de la cueva que había en el bosque. Se había resguardado en ella de la lluvia y dijo que se había despistado del grupo porque quería observar con detenimiento el arte que se escondía en la naturaleza. Estaba algo más delgada que cuando él la recordaba y, mientras el equipo médico la atendía, el exnovio se acercó. Una vez más, ella había conseguido que él la siguiera.

«Pero sería la última vez», se dijo. Y quiso tener en aquel momento en sus manos un pincel para sentir tranquilidad. La miró con toda la frialdad e indiferencia que fue capaz. Ella quiso abrazarlo, pero él se resistió a sentirse atrapado por aquellos brazos.  Para ella, nada era como se esperaba.

® Helena Sauras

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Siempre me espera un bocadillo cuando salgo de la escuela. Lo muerdo distraída y me guardo un trozo para dárselo. Hoy no tengo mucha hambre porque me he peleado con mis amigas. Bueno, ahora ya no lo son. Si en realidad lo fueran, me hubieran elegido para jugar con ellas. He tenido que pasarme toda la hora del patio sola. Y me he aburrido un montón.

Cuando mi Celia llega, siempre tiene su bocadillo a punto. Hoy no entiendo qué le pasa porque casi no lo ha probado. Si le pregunto, rehúye mi mirada y, sin contestar, se encierra en su cuarto.

Todo el día lo he pasado sola. La televisión ya no me distrae y me pesan mucho las piernas. Me iría bien caminar un poco para activar la circulación, pero no quiero dejar a la niña sola. No sé si será mejor ir a preguntarle si quiere acompañarme al parque.

Menuda merienda. Hoy me ha caído un trozo de jamón dulce de propina. No sé por qué llora la niña mientras me lo da. Yo nunca he llorado en la vida. Me gustaría limpiar sus lágrimas a lametazos. Pero si me ven haciéndolo, puede que me griten y no lo soporto. Me sobresalen las uñas y se me erizan los pelos con pensarlo. Ahora oigo la puerta y eso significa que van a salir y me quedaré solo. Podré disfrutar de todo el jamón, que voy a comer a mis anchas. Después, si se dejan la puerta de atrás entreabierta, saldré por el jardín e iré hacia al parque…

Hacía una semana que Celia Martínez no iba a la escuela. Los profesores no daban crédito a lo ocurrido. Ana, la profesora de matemáticas, ojeó la sección de sucesos durante el recreo:

El pasado jueves, una niña (C.M.C) descubrió un cadáver en el parque Teodoro González de la ciudad de Tortosa mientras jugaba. Todavía no se ha identificado a la víctima, a la que han llevado al instituto forense para practicarle una autopsia. La niña iba acompañada por su abuela (E.C.P) que sufrió un ataque de ansiedad después de llamar a las autoridades, que han abierto una investigación. Por no tratarse de un hecho aislado, ya que es el tercer cadáver que se descubre en el último año, diferentes vecinos se han movilizado para vigilar el parque las veinticuatro horas del día.

Nadie se había ofrecido a acercarle los deberes y, cuando preguntó a sus compañeras, solo oyó excusas para no hacerlo.

Ana no quería que Celia se retrasara en su aprendizaje y decidió ir ella misma al acabar su jornada.

Encontró a la niña en un mutismo absoluto y con los ojos perdidos.  La abuela parecía no estar mejor, sumergida en la apatía.

—Menudo susto, hija —dijo.

Y le explicó lo ocurrido en el parque.

—Quiero no pensar en asesinos de esos… En serie, ¿no se dice así?

Ana intentó calmar a la abuela, pero ella misma tenía miedo de volver a su casa sola, después de los rumores que corrían por la ciudad.

Llevo días sin probar bocado. En esa casa ya no sé cuándo se come. Si se despistan, saldré al parque a cazar pajarillos.

Al salir la profesora, el gato la siguió.

Ana caminó varios metros hasta el parque, pensaba en no cruzarlo, pero tenía poco tiempo y aquel era el camino más rápido. Sentía cómo alguien la observaba desde la distancia.

Al girarse, unos ojos se iluminaron en la oscuridad.

Ana dio varios gritos que fueron ganando intensidad conforme el agresor se acercaba. No era un fantasma ni producto de su imaginación.

Odio que griten. Me producen confusión y agresividad.

El gato saltó hacia su presa.

Ana corrió veloz varios metros hacia la salida del parque. No sabía de dónde había salido su salvación. Miró al cielo, que estaba plagado de nubes y, supo que nadie la había escuchado. «¿Dónde estaba la seguridad?», se preguntó mientras llamaba a la policía.

Total, para una vez que hago algo y no soy noticia. Paso de todo. Además, no sé leer. Estoy algo magullado, por los manotazos que me dio el tío ese. Mis uñas se clavaron tan intensas como un aguijón, porque están reforzadas con mi alimentación. Celia ha vuelto a ir a la escuela y creo que ha hecho las paces con sus amigas. Lo sé porque hoy no me ha dado ninguna sobra y su sonrisa se vuelve a dibujar.

A la semana siguiente, Ana leyó sus iniciales en la página de sucesos del periódico de la comarca. Echó de menos las iniciales de su salvador, porque al tratarse de un gato, los periodistas lo habían obviado. En cambio, sí que figuraban las de su presunto depredador. Dobló la noticia aliviada y continuó con la programación de las clases en el despacho de profesores.

® Helena Sauras

Ya no buscaba nada en aquel mundo, porque había perdido las ilusiones. Vivía de forma mecánica, sin reflexionar siquiera o, puede que estuviera en ese estado, porque había pensado demasiado.

Le entristecía aquella época. Su día a día había menguado hasta casi desaparecer. Solo quería dormir y le pesaba todo el cuerpo como si le hubieran inyectado una tonelada de plomo. Sus párpados pesaban y ella se abandonaba al sopor del ambiente.

Vivía en una noche permanente. Llevaba puesto el antifaz para que la luz no la molestara. Aquel otoño no sería bueno para ella, porque pasado Todos Los Santos, ya no se demandaban tantas flores. Además, ahora la floristería familiar permanecía cerrada por defunción.

Pensó que soñaba, pero estaba despierta. Una baranda protegía su cuerpo para no caer contra el suelo. Cuando se quedaba dormida, la agitación la hacía moverse de un lado a otro.

Entre aquel caos de vida, el ventanuco de su cuarto se abrió empujada por el fuerte viento. Diferentes objetos empezaron a deslizarse por el suelo. Abrió los ojos asustada, pero no había nadie.

O a lo mejor se asustó por eso mismo, porque estaba sola.

Recogió lo que pudo de la moqueta mugrienta. Cuánto tiempo hacía que no se pasaba el aspirador. Papeles y un montón de facturas sin pagar. El ánimo de aquellos días había impedido que se efectuara el pago de su apartamento y el casero no tardaría en aporrear la puerta. Antes se encargaba su madre de ello, antes de que una infección fatal llamara a su casa. Cogió un sobre abultado y se lo puso en un bolsillo mientras recordaba:

—Todos nos tenemos que morir algún día —dijo su madre vencida.

Lucía quiso creer que sería un día lejano. No fue así. La mujer no se recuperó y la enterraron con una vistosa corona donde sus tías desaparecieron de su vista tras el entierro. Siempre había suscitado desprecio entre sus familiares y, ahora que su madre ya no estaba, no tenían que disimular que se llevaban bien.

Llamaron a la puerta y pensando que era el casero permaneció inmóvil y sin hacer nada de ruido. Insistieron y al final, oyendo la voz de una vecina que gritaba que había una inundación en la escalera, salió rápido. El agua bajaba por las escaleras de la comunidad y se estrellaba contra el suelo.

Su mirada ausente se encontró con la vecina que la hacía volver a la realidad con sus explicaciones.

—Un reventón de las tuberías. Ese viento que sopla no nos deja vivir, ¿verdad?

Y Lucía sintió ulular el vendaval con cara de boba. La vecina la recogió y, como habían cortado el agua principal y tardarían en darla, la invitó a comer en un bar de la esquina con su hijo Juan, un adolescente de edad similar a Lucía. La muchacha siempre le había despertado ternura.

Mientras comían un bocadillo de tortilla, la vecina intentó entablar conversación. Lucía dio un par de mordiscos, se disculpó y se fue de allí apresuradamente. Al salir, la sombra del casero que entraba en el bar la rozó.

Lucía cayó al suelo del impacto, se levantó deprisa como pudo y continuó corriendo calle abajo. El viento la empujaba en su recorrido. En su bolsillo llevaba el sobre con dinero suficiente para alquilar una habitación. Solo que no tenía edad para hacerlo.

«En el aire se quedarían sus intenciones», pensó decaída. Eso si no convencía a alguien necesitado de dinero. Se le ocurrió una idea. Convenció a un chico para que alquilara una habitación a su nombre y se hiciera pasar por su hermano. Era peligroso en los tiempos que corrían. Lucía no pensó lo que aquel muchacho pudiera hacerle. Pero era astuta y eligió al cojo del grupo de estudiantes. Así se aseguraría que podría escapar corriendo de sus brazos si algo se complicaba.

—¿No habrás robado esos billetes?

Ella negó con la cabeza y le explicó que era la única herencia que le había dejado su madre. El chico se apiadó de ella.

De esta forma, Lucía consiguió una habitación con una ventana con persiana que la aislara del viento y un apartamento lleno de compañía. A ratos, salía con el grupo de estudiantes en las zonas comunes. Bebían cerveza y reían como locos, pero a veces la ayudaban con los deberes. En las clases, empezó a quedar de las primeras y no levantó sospechas en los profesores de que estaba sin tutela.

Cuando cumplió dieciséis, buscó empleo y lo combinó con sus estudios para prepararse para la universidad. El chico le había tomado cariño y le habló de una beca que consiguió con empeño. Enseguida empezó a destacar en las clases.

Un veintinueve de febrero coincidió con una prima camino de la universidad. Se reconocieron al instante, pero Ivette no la saludó. Lucía tampoco. «Cómo olvidar esa sonrisa falsa y altiva», pensó. A lo largo de la mañana, se dieron cuenta de que se habían matriculado en las mismas clases. Estaban obligadas a verse a diario. Ivette era nueva allí, Lucía ya había conseguido una buena reputación.

—¿Cómo la conseguiste? —le preguntó su prima al cabo de unos días en que de tanto coincidir acabaron por hablarse.

—Con mi esfuerzo.

Ivette abrió los ojos asombrada. Nada de lo que había hecho su familia para aislar a Lucía de la sociedad había servido.

—Nunca se lo perdonasteis.

Amar sin condición a un muchacho recién llegado no era bien visto. Quedarse embarazada de él giraba alrededor del escándalo.

—Y el abuelo quedó impune…

Ivette enmudeció y pensó en lo que tenía prohibido recordar, la historia que le había contado su madre con lo referente a su prima.

—Mis rizos y mi piel son un honor —continuó Lucía—. Son parte de mis padres y del color de su silencio.

Negra muerte como el duelo que vino después, su madre se lo había explicado antes de fallecer. Y como normalmente nadie miente en esas circunstancias, Lucía la creyó. Parte de sus raíces empezaban a tomar forma en su cabeza esculpidas en una historia.

—Necesito ver al abuelo —dijo al fin.

Ivette le prometió que así sería.


Meses más tarde, Lucía se encontró con un anciano desmemoriado. Era imposible entablar ninguna conversación, porque su abuelo vivía en otro mundo.

—¡Menuda educación!

Se giró y se encontró con su abuela. Ésta, que pensaba que Lucía era una nueva cuidadora, le recriminó que todavía no le había cambiado los pañales.

Lucía intentó explicarse, pero la abuela no la dejó y empuñando un bastón, la obligó a cambiar en aquel momento los pañales a su marido.

Así lo intentó, pero como no tenía experiencia, acabó oyendo gritos y entró en un estado de completo nerviosismo. Salió de allí con la extraña sensación de no haber conseguido nada y jurándose que no regresaría jamás. Todos estaban muertos en aquella familia para ella.


Días después, recibió una declaración de amor, un ramo de tulipanes y una proposición. Una posible red de ilusiones se abrió frente a ella.  Intentó analizar sus sentimientos precavida, pero como no pudo hacerlo, se dijo que posiblemente no tenía capacidad para amar.

Juan esperó y esperó una contestación que no llegaba. Lejos de desesperarse aguardó tenaz y paciente hasta el final. Desde su primera adolescencia, había estado enamorada de Lucía y ahora que la había reencontrado en el tercer curso de la universidad, aguardaría el tiempo que hiciera falta.

Con los días que sucedieron, Lucía experimentó ganas de encontrarse con él. La vida intentaba brillar a su alrededor y se dijo por qué no arriesgarse. Entre los dos volvieron a abrir el negocio de la floristería.

®Helena Sauras

Necessito tenir-ho tot apunt abans que l’Eulàlia es llevi del llit. I no són poques coses les que necessita la senyora! És una maniàtica i, des de que es va divorciar, la cosa ha anat en augment. Tot menys el meu sou! Des de que em van fer la proposició, sabia que sortiria perdent. I així ha estat.

De vegades, encara hi penso amb el senyor i em quedo esmaperduda. Miro per la finestra i desitjo que torni a obrir-se la porta. I aparegui. Però mai es compleix el meu desig, m’aferro a idees que no es porten a terme. Era tan amable i mai vaig sentir-li dir res fora de lloc. Era educat i elegant. Quan tocava la roba que li planxava m’encantava el seu tacte, tan suau i de bona qualitat. Usava una camisa per cada dia de la setmana, de colors sobris perquè necessitava transmetre serietat entre els seus clients. Jo mai reia davant seu, encara que ara, quan hi penso amb els bons moments que passàvem, un somriure carregat de nostàlgia em creua la cara.

Enyoro el senyor! Vet aquí, ara que no hi és, me n’adono. Tot i que el seu divorci no va ser gens amistós, no li vaig veure perdre els estreps en cap moment.

«Laia, vols portar-me una tassa plena de xocolata desfeta?». I si no arriba a ser per la meua pesadesa a l’hora de servir, la senyora s’hagués engreixat uns quants quilos aquell estiu, el que es va separar definitivament. Però cada cop que requeria que li servís alguna cosa calòrica, jo perdia l’equilibri i acabava vessant-ho per terra. Fins i tot els gelats italians, que volia engolir-se, acabaven empastifats damunt la moqueta. A la fi, i donant-me per impossible, i gràcies a que era molt hàbil amb la planxa i li deixava tota la seua roba impol·luta, no em va fer fora. «Laia, hem passat unes quantes coses juntes». I de vegades, es posava a recordar-me que m’havia vist néixer i que teníem un vincle molt estret que ens unia. No seria jo qui el trenqués. Llavors, una espurna de records em pujava al lacrimal i tenia ganes de plorar perquè la meua mare ja no hi era entre nosaltres. Em vaig quedar òrfena de la nit al dia, si no arriba a ser per la mestressa i el senyor… Què hagués sigut de mi?

I ara me n’adono que cada dia tinc més roba acumulada i que l’Eulàlia s’està passant a l’hora d’arreglar-se. Sempre havia estat molt presumida, però ara es canvia de roba cada dos per tres. Crec que un dia coneixeré la veritable raó d’aquest canvi. Per començar, avui m’ha vingut amb un pentinat nou i amb un color de cabells diferent. De pas, he aprofitat i li he preguntat per la perruquera, la Pepita, que és com de casa, però ella ha abaixat la mirada i m’ha evitat. Volia dir-li que l’afavoria i que l’he trobat més jove que de costum, però he perdut l’oportunitat de dir-li-ho.

M’he quedat amb la incògnita i sospito que el motiu de tanta planxa és que ha conegut un altre home. Algú que la faci oblidar per uns instants el veritable motiu de què perquè no cobra cap manutenció. Segur que té bastants calers i espero que no sigui infidel com la meua mestressa. Però ningú m’ha demanat l’opinió. Callo. Els vestits ja són planxats i li preparo un per a què surti aquesta nit.

L’Eulàlia anirà de festa, jo m’estiraré a descansar mentre penso amb tot el que m’estic perdent d’aquesta vida, que mai deixa d’aturar-se. Se m’aclucaran els ulls i besaré algú de pensament. Però només serà així, les meus ànsies moriran als meus llavis i potser me’ls mossegui i tot. A l’endemà tornaré a la rutina, ho tindré tot apunt per a la mestressa que m’estressa dia sí, dia també.

Esmorzaré primer un tassó de llet i després prepararé dos esmorzars: un per l’Eulàlia, i l’altre per aquest home desconegut. Té bona presència i d’edat podria ben bé ser com la del senyor, any amunt, any avall. Intento ser tan discreta com sempre he estat, enrere quedaren l’època de confidències entre la mestressa i jo. Foren quan la meua mare encara vivia, una època daurada entre les tres que mai més tornarà.

® Helena Sauras

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