Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Se tocó el pómulo hinchado. Aquella vez la pelea en el recreo había sacado de sus casillas a todos los participantes. Alzó la mirada y la dirigió hacia la ventanilla del tren. Iba a un internado ahora que sus padres ya no sabían qué hacer con él. Confiaban en la disciplina del centro. Sin duda, era un inadaptado de la sociedad con muchos problemas de conducta.

Mientras viajaba, fue incapaz de destapar el frasco porque se acordó de lo que ella le había dicho. De esa manera, conseguiría que la magia de aquel instante no se evaporara. Quería conservarlo, que el perfume que contenía no huyera en un lugar de su memoria prohibido.

El tren dio un frenazo brusco. El frasco le resbaló de las manos y se rompió. La ventanilla se había salpicado de una sustancia que no tardó en reconocer y le produjo un escalofrío. El perfume de su hogar se expandía por todo el vagón y con él sus recuerdos familiares. Las caras iban y venían en su mente: la de su madre, la de sus hermanos y la severidad de su padre.

Los demás viajeros se habían puesto a mirar a través de las ventanillas con cara asustada. Un cuerpo inerte yacía en las vías. Se tocó la nariz y, al ver que sangraba, cogió un pañuelo para tapársela. Siempre que se ponía nervioso le solía pasar.

—Los recuerdos pinchan, pobre hombre —dijo una mujer.

El chico la miró y le recordó a su madre y, mirando el cuerpo, se reconoció con unos años más. Se prometió que él no acabaría así.

Comprobó que aún tenía dinero suficiente en el bolsillo. En la próxima estación, cambiaría de tren de vuelta a su hogar. Tendría que pedir mucho perdón y una segunda oportunidad.

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Electra se atusó el cabello, pero no consiguió domarlo. Aquel día ventoso era fatal por la electricidad estática y su pelo se acabó alborotando. No quiso mirarse en ningún espejo. Ella sabía que su situación no mejoraría ya. Estaba sin blanca y no podía ir a la peluquería. Lamentó haberse gastado todo el dinero en aquel negocio que la había arruinado.

Quiso comprarse otro secador, pero ni para eso le alcanzaba. Además, tampoco tenía gracia para peinarse. De ahí, la nube que le había quedado. Su pelo castaño oscuro era demasiado fino y volaba dispuesto a escapar de ella. Se preguntó hacia dónde querría huir. De ella misma, sin lugar a duda.

Después de reflexionar, creyó que tenía la autoestima baja. Aquella factura de luz era desorbitada y pensó en qué le diría su bisabuela si todavía viviera. En su época, no dependían tanto de la luz, ni vivían con tantas comodidades como ahora. Pensar en su bisabuela le desató un cálido recuerdo. Pobre, qué sería de ella si hubiese alcanzado la centena.

La electricidad era una fuerza superior. En la época en que vivían, lo importante era estar conectados. A todas horas, a través de enchufes que suministraban energía a todos los electrodomésticos, fueran o no necesarios.

Electra tenía las manos frías y el cuerpo al borde de un resfriado. La estufa no funcionaba. Le habían cortado la luz por culpa de aquella factura que no había podido pagar. Pensaba en su situación como una tragedia. Se dio cuenta que ese no tenía que ser el progreso del que le hablaron.

No le habían hablado nunca de hacer un uso responsable, de no malgastar. De vez en cuando, miraba por la ventana e imaginaba su vida como una energía renovable. Le gustaría cambiar y dejar de consumirse.

® Helena Sauras

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El pasado jueves participé en el recital organizado por la Asociación de Familiares de Alzheimer del Montsià en la Biblioteca de Amposta.

Recité dos poemas en castellano publicados en la «Antologia 2020 de Poetes de l’Ebre»: “Entre el bullicio del desierto”, que reflexiona sobre la necesidad de la poesía en nuestra sociedad en pleno siglo XXI, y “Nubes de noviembre”, que es más tradicional y trata sobre el otoño que acabamos de empezar.

Muchas gracias a todos los asistentes.

Lo podéis visualizar en el siguiente enlace:

https://fb.watch/8etJPKCDjm/

—¿Por qué tengo que leer, mamá?

La mujer meditó la contestación. El niño había puesto en marcha en su mente el recuerdo de sus tiempos colegiales. ¿Cómo podía explicarle a su hijo que fue la peor estudiante de su clase?

El niño esperaba una respuesta y Daniela aprovechó para sonreír y liberar tensión. La portada de aquel libro no invitaba a leer en aquel mundo de nuevas tecnologías en que los sobreestímulos invadían. No sabía por qué se lo habían hecho comprar. Quizás para que no recogiera polvo en cualquier almacén perdido. Hasta aquí, nada nuevo.

Daniela se puso nerviosa. Tenía poco tiempo para contestar antes de ponerse a hacer la cena. Recordó cómo las lecturas obligatorias mataban la lectura en mayúsculas. Ella estaba durmiendo en clase precisamente cuando su maestra la castigó. Estaba cansada aquel día en el que había tenido más ajetreo que de costumbre. Su vida transcurría llena de obligaciones. Tenía demasiados hermanos pequeños y sus padres la consideraron mayor desde casi el momento en que nació.

La maestra la llevó a un cuarto oscuro y la encerró allí. Cuando los ojos de Daniela fueron acostumbrándose a la oscuridad, se dio cuenta que estaba envuelta de páginas polvorientas. Las que nadie ya leía. Sus padres nunca le compraban libros, porque decían que eran caros y no estaban para tonterías. Ahora los tenía a su alcance, pero no tenía luz para leerlos.

Daniela supo que tenía que volver allí. Se las ingenió para hurtarle a su padre una linterna. Y a partir de ese momento, empezó a comportarse mal en clase. La maestra la castigaba y la llevaba a aquella biblioteca olvidada.

La niña, con la linterna apuntando en las hojas de papel, descubrió su vocación por las aventuras. Fueron días de constantes idas y venidas a aquel lugar donde podía ser alguien distinto. De esa manera, Daniela se evadía de su mundo y de la enfermedad que sufría su madre, que acabó muriendo pocos meses después.

Después de ese trágico final, Daniela no pudo volver a la escuela. Como su comportamiento nunca había sido ejemplar para nadie, su maestra no movió un dedo para convencer al padre de que continuara los estudios.

Una responsabilidad máxima había recaído sobre ella y tuvo que cuidar de su familia. No tenía tiempo para leer y se sumió en una niebla profunda en la que permaneció durante mucho tiempo. Daniela creyó que nunca saldría de esa depresión hasta que conoció a un bibliotecario de su ciudad años después. Este le recomendó que continuara sus estudios y así Daniela pudo acceder a la universidad.

Su hijo insistió con su pregunta, escrutándola con esos ojillos pícaros. Daniela le respondió:

—Hijo, porque si no lees, te ofendes a ti mismo. Y tu amor propio quedará herido.

—Pero yo quiero jugar con el móvil.

Daniela no entendía cómo un simple juego de un gorila podía ser más divertido que leer. A lo mejor no tenía en sus manos el libro apropiado para aquel momento. Se quedó pensativa y dejó el libro sobre la mesa del estudio.

—Elígelo tú —dijo Daniela señalando la enorme estantería.

La mujer había tenido tiempo para formarse una pequeña biblioteca desde que tuvo su primer trabajo. Para ella, comprar libros era una necesidad, alimento para su espíritu.

Sabía que desarrollar el hábito de la lectura no era cuestión de un día. Miró a su hijo mientras elegía un volumen de una colección de cuentos y empezaba a leerlo. Era una aventura que le acompañaría toda la vida si sabía picarle la curiosidad con suficiente ingenio. Y ella estaba preparada para hacerlo.

Antes de salir del cuarto, Daniela dijo:

—Cuando lo acabes, seguro que esta historia no te dejará indiferente. Y te hará crecer un poco más. La imaginación no tiene límites.

Al cabo de media hora, el niño se había sumergido en la historia y no podía dejar el libro.

La madre se fue a preparar la cena satisfecha. Cuando volvió, su hijo estaba terminando la lectura y tenía ganas de continuar con la colección de cuentos.

Ese momento inicial había sido un buen comienzo que marcaría a partir de ahora la tónica de sus ratos libres. Su hijo se estaba aficionando a la lectura y esto se reflejaría en su boletín académico y en su manera de expresarse meses después.  Daniela no podía creer cómo el niño había olvidado por completo los juegos del móvil, porque seguramente no los necesitaba.

® Helena Sauras

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Em xafes la guitarra
i jo em despullo del temps.
També em despullo de les idees
inútils, les que no ens fan avançar,
les que ens han posat de cap cap al mur.

Busco unes paraules que compartir,
Amb tu i amb ella. 
Ambdues. 
Juntes. 
Cos a cos.
Ens queda una conversa pendent.
T’atreviràs a parlar sense fal·làcies?
Tal com cal. 
No emmascaris les ombres terrorífiques.
Despulla’t també dels fulls i mira’m als ulls.
Et canto un somriure de diàleg, sense presses.
A través de la paraula podem traçar una paràbola
per arribar al mateix punt.
O podem creuar un pont
per caminar plegats. 
Com els valents, 
ni en perpendicular ni en paral·lel,
sinó agafats de la mà.

Pot ser no ens segueixi ningú.
Pot ser no ens escolti ningú.
Pot ser sigui un risc per tots.
Però si no parlem, no ho sabrem.


(22/10/2019)
Publicat a l'Antologia de Poetes de l'Ebre 2019
®Helena Sauras

20/10/2019

Aquest matí la Margarida no ha pogut anar a treballar. S’ha quedat durant més de tres hores atrapada a l’autopista. Alguns dels altres cotxes que hi havia intentaven fugir d’allí. Feien marxa enrere i sortien pel carril d’incorporació. Ella no s’ha atrevit. Pensa que té mala sort. L’interessava quedar amb aquell client i acabar d’enllestir la comanda. Sap que el temps no espera. I té por que el client es faci enrere, trobi alguna cosa millor i perdre l’oportunitat del seu esforç.

Quan aconsegueix arribar a casa seva, encén la televisió i no comprèn el què veu. Sembla ser que aquest moviment, que s’anomenava pacifista, s’ha acabat radicalitzant en alguns llocs. El que ella temia des de fa anys ha acabat passant. Era una espurna molt perillosa que ha acabat esclatant. I ara no sap què fer ni com comportar-se. Ningú li ho ha ensenyat, però vol ser fidel al què pensa i apostar per la convivència.

Ara només li queda la incertesa de què passarà. Si podrà anar a l’hospital a substituir a sa germana aquesta tarda o si les carreteres continuaran tallades. La malaltia de sa mare tampoc espera. Pot ser sigui l’última setmana que la vegi en vida.

A l’endemà desperta cansada. Per la nit hi ha hagut aldarulls que no l’han deixat dormir. Vol amagar-li la situació a la seva filla, que viu a l’estranger. Però, quan escolta la seva veu, se li trava la llengua i un sanglot li puja per la gola.

—Estàs bé, mare?

I la Margarida només té tristesa que li regalima galtes avall. La tensa situació que estan vivint pensa que ningú se la mereix. Aquest divuit d’octubre tampoc ha pogut anar a treballar. Veu a un grup reduït de joves, massa joves, que li impedeixen passar. Han cremat unes quantes rodes i el fum li fa plorar la ràbia acumulada dintre del cotxe. Té ganes d’escridassar-los: «La vostra llibertat acaba on comença la meva!». Però es conté. No voldria posar més llenya al foc amb un crit.  O pot ser és perquè la mirada d’alguns la intimida. Manté com pot la calma. Sigui el sigui el que li ha fet reprimir-se, espera que les flames s’extingeixin i que la circulació es torni a obrir.

Avui serà un altre dia que s’acabarà, allunyat de la convivència i amb una crisi accentuada de valors. Aquesta tarda té ganes de trobar en els braços de sa mare la protecció, la comprensió i el respecte perduts. Vol que aquesta abraçada sigui més que un bàlsam. I es rebel·la a enterrar aquests valors.

®Helena Sauras

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