Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Cuando contemplo las mariposas que me enviaste a través de Facebook, algo vuela hacia atrás en mi memoria. Y recuerdo lo que llegué a leer en el tren. Y también lo que he olvidado, mientras tanto vivía. Y ahora, me quedo en esa incertidumbre llamada presente. Puede que vuelva a ojear a Ovidio para que inunde mi vista de metamorfosis, que por entonces me eran novedosas. Quiero volverme a sorprender con sus palabras, admirar su canto y pensar que un cambio nos aguarda. Y entre lecturas y páginas, los momentos van pasando, la vida huye y se escapa.

Hoy he vuelto a oír a la vecina por el respiradero del baño. Los tonos de su melodía cesaron por unos días. Ahora ha vuelto y creo que he podido adivinar a través de su piano lo que ha podido pasar. Con sus teclas, interpreta su llanto y nostalgia que alarga la pesadumbre en la que vivimos estos días. Me intento comunicar con su dolor. Doy unos suaves golpes en las baldosas del baño para decirle que estoy aquí, que aporto algo de ritmo a esa melodía tan penetrante como dolida. Presiento que tardaremos en volver a vernos.

Nadie sabe cuándo volveremos a salir a la calle. Estamos confinados desde hace días. Y no me apetece salir a aplaudir a quien se está dejando la piel en esa batalla vírica. ¿Por qué me han regresado los miedos? Esa agorafobia absurda, que ya creía haber superado, desde que supe que jamás volverías. Esa que me hace apilar cartones, restos de comidas y plástico, sí, mucho plástico, sumas de envoltorios prescindibles, porque no me atrevo a bajar la basura.

Pensaba que tenía superada tu ausencia, pero ha regresado como una aparición, rodeándome de sombras. Y también se ha dignado imprimir su aliento sobre el espejo del baño, lugar del que no me muevo desde que escucho a la vecina golpearme el corazón con sus notas. Algo está cambiando en mí. Ahora aprecio lo que perdí. Sí, valoraría lo que tendría si no se hubiera esfumado. Sin un adiós. Te fuiste así, muriendo de repente. Hace algo más de cinco años, en los que me he negado a rehacer mi vida. Y continúo hablándote como ahora, desde la memoria traicionera, acariciando mariposas en la pantalla del móvil, que posan sus alas sombrías y frías sobre mí. Si pudieras verme ahora, te asustarías y me preguntarías si no me hartaba de rozar la locura. Las notas de mi vecina se han tornado repetitivas. Como si me obsesionara queriendo. Me aprisionan y engullen. No puedo parar de escucharlas.

Ese último rollo de papel higiénico cobra vida en un santiamén y me empuja a bajar a la calle a comprar más. Tengo miedo de perderme entre pensamientos, entre voces y contradicciones que sólo existen en mi mente. Y si pongo las noticias, se aceleran mis temores y ansiedad. ¿Vivir en la ignorancia me otorgaría algo de felicidad y calma? Voy a bajar a la calle… Pero no puedo. Me quedo. A cambio, voy a reemprender la lectura de un libro pendiente que me espera en la estantería….

Todo pasará, la efímera vida también. Pero mientras tanto, prometo que no habrá día que no logre disfrutarla. Desde mi balcón, si tengo la oportunidad, saludaré a Laura, mi vecina, cuando antes la esquivaba. Quiero decirle que todo continúa. Nuestra vida sigue. La esperanza permanece en los corazones de los vivos. Y cuando podamos, y acabe aceptando su duelo, me gustaría fundirme en un abrazo con ella. Imagino nuestros destinos estrechándose a través de nuestros brazos que se unen hacia un porvenir distinto. Porque a partir de ese contacto, nada volverá a ser lo mismo.

® Helena Sauras

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Las clases de literatura nunca me las saltaba, prefería hacer campana en otras asignaturas. Hoy el cielo estaba a punto de romperse. Decidí resguardarme en el aula. Al menos podía sentirme afortunado porque este año me había tocado una clase sin goteras.

El profesor empezó a leer un poema y, mientras lo leía, entró en trance: «Con una cuchara, arrancaba los ojos a los cocodrilos…». Me imaginé en Nueva York como poeta y me prometí que algún día iría allí. La voz grave del profesor retumbaba por toda la clase. La oda del rey de Harlem que recitaba sin detenerse me trasladó a un mundo oprimido. Experimenté dolor y pena. Cuando me di cuenta, mis ojos habían empezado a llover y se habían mojado los apuntes.

Avergonzado, miré a ambos lados, pero nadie se había dado cuenta de mi debilidad. Todos seguían atentos a la última estrofa: «Las barbas llegaban al mar». Se me puso la piel de gallina, mi piel tostada por el sol a fuerza de trabajar en el campo. Por eso, me había matriculado en aquellas clases. Quería aprobar el último curso del bachillerato y empezar a cambiar mi destino.

El cielo empezó a expulsar la gran sobrecarga que llevaba. Me sentí nube pesada por unos instantes. Las gotas empezaron a ser más densas y caían a gran velocidad. Era una tromba en toda regla. Las cañerías no daban abasto y el patio se empezó a inundar. ¿Sobresaldría el barranco que estaba a pocos metros del instituto? Nunca había visto llover así, con tanta fuerza. Tanta intensidad desplomarse en tan poco tiempo. ¿Se desbordaría el río que rodeaba la ciudad?

Mis miedos empezaron a acelerarse. No sabía nadar. En mi mente, se encendió un triángulo rojo, anunciando la situación de peligro en la que nos encontrábamos. El resto de los alumnos se habían subido a las sillas y el agua había empezado a entrar en el aula.

El profesor lamentó no haber suspendido las clases. Gesticulaba con las manos y creo que veía nuestro final. Moriríamos por un puñado de palabras, dichas con puro sentimiento. Oímos un fuerte ruido. Alguien derribó la puerta. Respiramos aliviados al ver un casco amarillo. Un equipo de bomberos venía a rescatarnos.

® Helena Sauras

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La vida

21 marzo, 2021

¿Hacia dónde has partido, amor?
 Lo busco y no lo encuentro.
 Ya no quiero ese espacio. Está vacío.
 Y ya no amanecen las vivas ilusiones.
  
 ¿Hacia dónde has escapado, tiempo? 
 Retrocedo en cada recuerdo.
 Me ahondo en el frío sofá.
 Sombras de luz mi llanto dibuja.
  
 Es mi lugar aquí.
 Es mi momento ahora.
 Amor propio, regresa y cuéntame
 cómo vivir mi vida, la que se me escapa. 
  
 Como un transeúnte perdido en la ciudad,
 como una manecilla parada en un segundo,
 así transcurre y así se va la vida.
 ¿Pero, qué quedó de ella? ¿Qué me deparará? 

® Helena Sauras

Odiaba que le registraran los bolsillos. Era un atentado contra su intimidad del que siempre salía perdedor. En un momento todo quedaba a la vista de los demás. No podía ir a la playa sin ser descubierto. Posiblemente sacaría algún objeto lleno de arena que haría sospechar al director del internado. En su libreta había anotado todo lo que no le gustaba del sitio donde le obligaban a estudiar.

Tenía que ser un hombre de provecho. Y él no entendía por qué sus hermanas no estaban obligadas a pasar largas estancias en aquel colegio. Ellas podían quedarse en el hogar.

No había lugar más cómodo que aquella casa de madera. Esperaba que nadie la incendiase. La situación era insostenible. Había odios que podían cortarse. Lejos de su hogar, no podría defender a los suyos y aquí poco tenía que hacer. Extrañaba a sus padres y a sus dos hermanas. ¿Qué sería de ellos si las cosas se complicaban?

El director le hizo pasar a su despacho. ¿Qué habría encontrado esta vez? ¿Habría hallado la llave de la despensa entre sus pertenencias? La había hurtado hacía dos meses y entraba sigilosamente a buscar provisiones cuando el hambre le apretaba más de la cuenta. La guardaba en lugar seguro. No era posible que el director hubiese dado con ella. Seguro que esa mirada recriminatoria se debía a otra fechoría. ¿Había visto la piedra con la que rompió el cristal del laboratorio? Para experimentos estaba con todo ese panorama.

El director le hizo sentarse y escribir. Sabía que aquello era una trampa. Compararía su manuscrito con aquellas amenazas que había recibido. Gabriel se equivocaba. El director abrió la libreta que había perdido días atrás.

—¿Por qué no estás contento de estar con nosotros?

Aquella pregunta sonó como un disparo. Por su mente pasaron infinidad de ideas al ser descubierto. El director conocía sus pensamientos íntimos.

Gabriel titubeó más granate que la agenda. Le costaba admitir que era la añoranza lo que le corroía. Y sintió vergüenza de que otros supieran su debilidad. ¿Podría regresar algún día cercano a su hogar? Antes de que todo se truncara, antes de que la guerra estallara, antes de que su familia fuese asesinada. Respondió raudo como una bala:

—¿Qué me diría si le digo que puedo ver el futuro? ¿Usted me creería?

® Helena Sauras

Photo by Sam Lion on Pexels.com

Ella no tiene habilidad ninguna para recogerse el pelo ni tiene tiempo para preocuparse por su cabello. Prefiere dejárselo al aire y que sea el viento el encargado de movérselo a izquierda o derecha. Ya hace tiempo que el viento es su peluquero más fiel. De vez en cuando, éste se detiene y deja ver su cabellera tal cual: lisa, densa, perfecta.

El duro trabajo le curva la espalda. Cuando llega agotada, la beso y, por un momento, soy el viento que se cuela por su parte más íntima. Ella engulle la cena que le tengo preparada con apetito. Espero abandonar la lista del paro y repartirnos las tareas domésticas.

® Helena Sauras

Photo by Gabby K on Pexels.com

Tus besos sabían a deshielo y deshacían mis fríos labios amoratados. Hacía frío en aquel mes de marzo inusual. La primavera apenas despuntaba y había nevado. Dichosa nieve que cubría los tejados de aquel pueblo de interior. Tú estabas acostumbrado al frío. Yo provenía de un paisaje cálido y sorprendida había estado mirando los primeros copos de nieve a través de la ventana. Era mi primera vez.

Estaba tiritando y me abrazaste.  Encendiste la chimenea y dejaste que el calor empezara a inundar la habitación. Poco a poco me fui relajando a través de tu mirada tierna. Habíamos brindado por la amistad. Las copas reposaban en la mesa del apartamento en un rincón. Habíamos bebido poco. Solo una escasa copa para entonarnos. No creíamos en el amor, tan solo en esa amistad que nos unía, fuertes, contra las adversidades de la vida. La complicidad llegaba tarde, pero más valía esa tardanza, que no experimentarla nunca. 

Un florero perdido decoraba un punto de la habitación. Una iluminación tenue nos besaba nuestros cuerpos que habían empezado a desnudarse. Admiré tu piel amiga y la recorrí tímidamente porque era inexperta en el campo. Presentía que nos quedaríamos aislados por la nieve en el fin de semana. Habías decido darnos ese capricho de alquilar un apartamento rural. Vi por primera vez el deseo en tus ojos y me agradó sentirme deseada. Besaste mis senos y te detuviste en los pezones.  Mi oscura piel contrastaba con la tuya, o eso me pareció percibir en el espejo que reflejaba nuestro abrazo intenso.

Sabía que te desharías en un montón de excusas al día siguiente. Te pesaría lo ocurrido al oír su voz aguda teñida de melosidad a través del móvil, que habría recobrado la cobertura. Mentirías a tu mujer y maldecirías el día que habías ido a arreglar aquellos asuntos de trabajo en aquel pueblo perdido de la provincia turolense. Eso le dirías. Era un asunto de trabajo importante. Tu mujer lloriquearía y te diría:

—¡Qué pena!  Justo ahora que la asistenta se ha pedido el fin de semana libre. 

Yo sonreiría para mis adentros. Sí. Me había pedido tiempo para mí, para disfrutar, para sentir. Estaba contigo. Tu voz amable me había acompañado desde que me hiciste el contrato de trabajo. Te guiñé un ojo y pasaste a la acción. Me penetraste suavemente en el cálido apartamento, donde la madera de nogal predominaba rodeando nuestros cuerpos.

Al día siguiente, había el rastro de unas sábanas manchadas de sangre debido a un himen rasgado y una mano abierta y tendida, unida a la mía. Me asomé a la ventana. Un paisaje blanco y pintoresco me inundó. Aquel día me prepararías el desayuno. Volcaste el café torpemente. Sonreí. No estabas acostumbrado a servir. No grité ni renegué. El respeto se alcanza de mutuo acuerdo.

El sol salió y supe que ya te había retenido lo suficiente. Volveríamos a la normalidad en pocas horas. Sería nuestro secreto primaveral. Hicimos un pacto de silencio que olía a leche cremosa mezclada con el amargo gusto del café. Aquello no volvería a ocurrir, pero lo recordaría por siempre y sentiría cómo mis labios se derretirían en mi memoria.

® Helena Sauras

"Kiss" Imagen Creative Commons de hans van den berg en FlickR
“Kiss” Imagen Creative Commons de hans van den berg en FlickR