Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

 

¡Elisa! ¿Eres tú?

Y tardo en responder. Una emoción me recorre entera. La voz de Sandra somnolienta se despeja. El tiempo se para, y mis labios con mis dientes haciendo presión en el labio inferior se retrasan en hablar.

Sí… ―digo al fin con un hilo de voz soltando los dientes―. Soy yo. Sandra, ¿te va bien que venga a recoger mis cosas?

Un silencio pesado se interpone en la comunicación.

Elisa, ¿dónde estás? ―Me pregunta preocupada.

Estoy con Susana, mi prima. Si te va bien pasaremos dentro de un rato.

Sí, claro…

Oigo de fondo la voz de Jaime que le pregunta quién es.

¿Estabas despierta, Sandra?

No… ―Me responde sincera.

Siento haberos despertado.

Puedes venir cuando quieras. Esa también es tu casa, Elisa ―se apresura a decir Sandra y la verdad es que suena convincente.

Sus palabras se me clavan como dardos afilados y la emoción, que no me abandona, me eriza la piel.

Sandra, hasta ahora.

Y me doy prisa por cortar la comunicación.

Subo a la furgoneta con Susana, que conduce con cautela hacia el edificio anaranjado de Sandra. Llamo al timbre y la puerta de la entrada se abre. Subo en el ascensor con Susana. En la puerta Sandra me espera. Sus ojos me lanzan una mirada temblorosa y agitada. No puedo desviarla, porque me ha calado. Y con sus ojos enganchados en los míos, entro en su casa. Susana se queda detrás, como en segundo plano.

Si no te importa, voy a recogerlo todo ―le digo intentando aparentar una dureza que no siento, pues empiezo a sentir debilidad en mis pies.

Meto mis cosas en una maleta de lona negra, que están tal cual las dejé. Mi foto del ayer me observa desde las alturas de la estantería con desaprobación. De puntillas la recojo, Sandra me observa con un nudo anclado en su garganta

¿Puedo quedármela? –Le pregunto temblorosa.

Sandra asiente ligeramente, un breve movimiento que le cuesta realizar, pues sé que en el fondo le importa. El ramo que reposa entre mis dedos, una explosión primaveral de vivos colores, mi cara sonriendo plenamente a la cámara, la boca entreabierta mostrando mis dientes en esa sonrisa franca. Y sé que ese día Nacho estaba enfrente de mí, mientras el fotógrafo me fotografiaba. Aquel día estuvo diferente, más que distante, bebiendo durante toda la comida, y advirtiéndome que no le gustaban las bodas, y yo, haciéndole callar entre dientes, por si alguien nos escuchaba. Y es que ahora sé que lo que no le gustaba era la boda de su Sandra muy a mi pesar. Su asombro cuando Sandra me tiró el ramo fue total, mientras yo me sentía más radiante que nunca. Entonces pensé que tenía miedo al compromiso. Horas más tarde, bailando ya en la discoteca, él bebiendo cabizbajo todos los chupitos que podía en un rincón del local, Sandra me arrastró hacia el lavabo con la excusa que la ayudara con el vestido y dentro me dijo:

Elisa, cásate con otro. Nacho no te merece.

¿Por qué dices eso, Sandra? ―Le pregunté aturdida.

¿No lo ves? Es un borracho apestoso, date cuenta de una vez. Encontrarás a otra persona que realmente merezca tu felicidad. Mira a los invitados de mi boda. Todos beben, pero sólo Nacho se comporta de esa manera tan despreciable.

¿Por qué me dices eso precisamente hoy?

Pero ella continuó en sus trece.

Cásate con otro, Elisa. Espera un tiempo, no te precipites. Lo encontrarás.

Y su voz, que me retumbó en mis sienes, se tiñó de súplica que no supe apreciar en ese momento.

Y Sandra se fue de luna de miel, después de tener esa conversación conmigo. Nacho la pasó en una nube de alcohol en que yo lo acompañé y, cuando mi amiga volvió, se apresuró a regalarme un anillo de compromiso. ¿Lo utilizó para darle celos a Sandra?

Pongo la foto encima de todo de la maleta, y la cierro sabiendo que ese episodio de mi vida ya quedó atrás. Debo olvidar y aprender a pasar página. Descuelgo el cuadro «Sensaciones mágicas de una cueva», y se lo paso a mi prima Susana para que lo baje.

Ahora bajaré al garaje a recoger el resto de cuadros ―le digo a Sandra.

Y su nudo apretado la hace estallar en un sollozo.

No me lo pongas más difícil, Sandra.

En eso oigo la puerta del lavabo y Jaime aparece recién afeitado. Me da dos besos al verme, y siento la cercanía de Sandra, que nos observa a los dos. Noto que tiene miedo cuando Jaime se ofrece a bajar conmigo al garaje mientras le dice:

Sandra, quédate aquí, ya me encargo yo de ayudar a Elisa con los cuadros.

Sandra se queda y mi oportunidad de decirle algo a su marido, se me presenta como algo alcanzable. Porque él, en ese momento, también lleva los cuernos con estilo, porque los desconoce. Pero, ¿quién soy yo para quitarle la venda de los ojos? ¿Voy a convertirme en una delatora? No, es una cuestión de principios. Ahogaré mi silencio, aunque me queme.

Bajamos en el ascensor hasta el garaje que nos espera vacío. Jaime abre el trastero, y la puerta chirría al abrirse. Me reencuentro con mis pinturas, y siento mi inspiración otra vez detenida en el mástil quebrantado que me lleva a la deriva.

Elisa, ¿se puede saber que ha pasado entre las dos? ―Carraspea Jaime, la pregunta tan temida―. Mi mujer no duerme, no descansa. No es por meterme, ¿pero lo podéis arreglar de algún modo-.

Me quedo anonadada, mirando su pelo rubio húmedo mientras niego con la cabeza lo que mis labios callan.

Una bonita amistad no se puede acabar así, Elisa.

Ya…

Sandra te necesita. Está muy sensible. Son las hormonas.

Ya…

¿Por qué no vuelves y arregláis lo vuestro? Ya me había acostumbrado a tenerte en casa.

Jaime, lo siento pero ahora con lo del bebé creo que sobro en vuestra vida.

Anda, ¿por qué dices eso?

Porque sí, Jaime. Por cierto, felicidades, creo que todavía no te lo había dicho.

Entonces, ¿qué me dices? ¿Vuelves con nosotros?

No, Jaime. ―Mis labios tiemblan―. Mi sitio ahora está con mi prima Susana.

Si cambias de opinión, quiero que sepas que aquí siempre tendrás un rinconcito.

Lo sé, Jaime, gracias.

Recogemos los cuadros, y los cargamos en la furgoneta. Susana me espera paciente al volante y volvemos a subir por la maleta. Sandra está sentada en el sofá del comedor y se levanta al verme entrar.

Sandra, necesito llevarme también ese cuadro ―le digo señalando el torbellino marino, que reposa en la pared del comedor.

Perdóname, Elisa ―me dice mientras se acerca y me coge una mano―. Por favor, ―me suplica― no te lleves también el regalo, que me hiciste.

Su mano frágil aprieta la mía, contagiándome sentimientos del ayer, que caen en un pozo sin fondo. Me deshago de su mano, ayudándome con la otra.

Siento desnudar tus paredes, Sandra ―le digo firme―. Vuélvalas a decorar, pero no las tapes de engaños.

Jaime me mira confundido, Sandra reprime un sollozo y se vuelve a sentar marchita.

Y salgo por la puerta. Mi prima con mi maleta, y yo con el cuadro entre los brazos.

¿Qué ha querido decir? ―Oigo que murmura Jaime a lo lejos.

Sus palabras me llegan y sé que he sembrado la confusión en su mente. No era mi intención, pero ahora eso es lo de menos. Ya no hay marcha atrás, cierro la puerta a un adiós definitivo quejumbroso, de lamentos en los que Sandra ya no tiene la última palabra.

Continuará…

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Quiero impedir que mi prima Susana me dedique más tiempo del que le estoy quitando. Ella tiene que seguir con sus planes, y yo evitar cambiárselos. Este fin de semana, el último del año,  lo pasaré sola, en su casa, ordenando mis ideas o lo que queda de ellas. Mi vida ha girado tanto en estos últimos meses. Estirada en el sofá, voy analizando los vuelcos del destino, que han recaído sobre mí, y que me han acabado desorientando completamente.

Ghato lame su tazón de leche sin reparar apenas en mis lágrimas que se deslizan por mi cara. Está concentrado en su alimento y, cuando acaba, se me aproxima ronroneando. Le acaricio el lomo mientras envidio su vida gatuna, colmada de atenciones porque me desvivo por él, o eso es lo que creo en ese momento. ¡Qué fácil es su vida, qué incierta es la mía! Pero a pesar de todo, tengo que seguir hacia adelante.

La soledad de esa noche fría  de sábado me hace bien, porque necesito tiempo para mí misma, para pensar y reflexionar sobre lo ocurrido en los últimos días. Necesito asimilarlo todo. Qué difícil es salir del bloqueo emocional en el que me veo sumida. Agradezco que nadie me haya llamado, que las horas sin compañía avancen hacia un nuevo mañana. No sé si estaré con alguien, o seguiré sola. Me doy cuenta por primera vez que siempre he necesitado a alguien a mi lado, que nunca he sabido tomar las riendas de mi vida por mí misma. En la adolescencia me dejé guiar por las malas influencias, o eso decían mis padres, y ahora, en la edad ya más que adulta, sigo por el mismo camino. ¿Por qué me ha dado siempre temor? ¿Por qué para aniquilar la soledad me refugié en Nacho y en el alcohol? Una combinación explosiva que me arrastró, y me estalló en la cara. ¿Por qué me refugié en Luis para suplantar el vacío de Nacho? ¿Es que no sé vivir sin una pareja? Esa certeza, que siento tan profunda, me angustia, porque dudo si sabré vivir sólo conmigo misma.

Mis pensamientos van y vienen acompasados de soledad, de no saber salir de ésta sin la ayuda de ninguna amiga, de un hombro en el que apoyarme. Susana está trabajando y miro el móvil de reojo, parado y estático, me apresuro a comprobar si tengo algún mensaje. Pero no, sólo la pantalla negra que me contagia pesimismo. «Borrón y cuenta nueva», me suplica mi vocecilla.

Pero me acuerdo de Sandra, de su voz que me guiaba, de sus palabras, que me sonaban buenas consejeras, de su mirada que creía sincera. Cuesta tanto borrarlas de mi mente, me niego a tachar los episodios que pasé con ella. A dibujar otra realidad, que no sea la que viví, mientras me hospedé en su casa. Siento que todo haya acabado de esa manera brusca y precipitada, mientras su vientre crece con las ansias de esculpir una nueva vida.

Siempre me había dicho, que si alguna vez era madre, yo sería la madrina de su primer hijo. Ahora sé que eso no va a ser posible, por culpa del magnetismo de Nacho. Mi ex, un imán enganchado al sexo de Sandra. Mi mente representa imágenes muy dolorosas para mí en las que están ellos dos juntos, amándose reiteradamente y, los hilos se atan, y veo las excusas que alguna vez me decían para reencontrarse en su pequeño mundo de placer. No quiero recrearme en ello, pero lo hago sin poder evitarlo. La sorpresa, que vi en su cara cuando le comuniqué que me había vuelto a acostar con Nacho, acude a mí. Ahora sé que no fue sorpresa. Fue dolor, por eso me insistió en que era un asesino para que me apartara de él, y le dejara el camino libre. ¿Se había enamorado Sandra de Nacho?

Los sentimientos no son controlables, y a ella le dolía disimularlos, pero lo hacía bien la muy jodida. Me hizo creer que su odio hacia Nacho era cierto, pero era tan sólo amor. El odio no es más que una deformación de ese sentimiento que nos hace latir las venas, y nos hace sentir vivos de nuevo. ¿Se sentía viva Sandra entre los brazos de Nacho, y se sentía morir cuando me veía a mí con él?

Qué complejo es descifrar sus sombras, ¿verdad, Ghato?

Y Ghato me mira atentamente, y le sonrío porque me doy cuenta que nunca lo sabré ciertamente. Son mis suposiciones, de mi vida que siento tan mía. Mis pasos avanzan firmes, a veces titubeantes, otras acelerados. E incluso, en ocasiones, se detienen durante unos momentos para seguir. Porque mi existencia consiste en aprender a andar, caerse y levantarse de nuevo. No tengo siete vidas como podría tener un gato. Sólo tengo una. Vive Elisa, y siente con todas sus letras. Voy a saborear en soledad, en este fin de semana que se avecina sombrío.

Por otra parte está Luis que creo que desprende más oscuridad que Nacho, y Sandra juntos. Ya no es su desfigurado pasado el que me alerta, sino la incertidumbre de su futuro. No quiero arrojarme a sus brazos por miedo a estar sola. Si me decido a seguir con él, quiero estar totalmente convencida de mi decisión. Toni pondría la mano en el fuego por nuestra historia, como me dijo ayer, y yo me estoy quemando de indecisión. Tiraría una moneda en el aire para que el azar decidiera por mí. En la cara está Nacho y Sandra; en la cruz está estampado Luis; y yo, soy el borde que rueda por la mesa y que al fin choca contra un obstáculo y, debido a la ley de la gravedad, muestra una cara o otra. ¿Con cuál quedarme de ambas? ¿Y si no me quedo con ninguna? La última decisión siempre será mía.

El domingo me sorprende con mi prima que me despierta en el sofá. Me he quedado dormida con la boca abierta y tengo la garganta reseca.

¿Qué hora es Susana? ―le pregunto confundida.

Las ocho de la mañana.

Pero… ¿esas son horas de llegar?

Ya te dije que llegaría tarde. En Nochevieja inauguramos. Por cierto, ya nos están llegando los primeros cuadros. ¿No tendrás algún cuadro sobre marinas abstractas?

Susana… Yo…

¿Sí o no?

Están en el piso de Sandra.

Si quieres, te acompaño a buscarlos.

Niego automáticamente con la cabeza.

Eli, ―continúa Susana― algún día tendrás que enfrentarte. Además, tengo la furgoneta del restaurante, podrás llevar todas tus cosas y trasladarte definitivamente a mi piso. No escondas la cabeza en la arena. Tienes que ser valiente.

Ya sé que esconder la cabeza no es de valientes, Susana. Pero no me queda otra opción.

Pero si tú no has hecho nada. Dejando todas tus cosas allí, sólo sirven para recordar a Sandra que todavía no te has ido de su vida. ¡Corta por lo sano!

Ya… Se lo merece, pero…. La echo de menos. ¿Es incomprensible, verdad? Cuando me he despertado ahora mismo pensaba que eras ella. Y al verte, me he vuelto a acordar de todo… y…

Eli… No llores. Ya no, ¿vale? Yo te acompaño, recogemos tus cosas, y volvemos. Pero primero desayunarás un chocolate con churros cómo manda la santa prima Susana.

Y Susana se va directa a la cocina sin darme tiempo a responder.

Susana, ―le grito desde donde estoy― ¿es que tú nunca duermes?

Entro en la cocina. Mi prima ya ha abierto una botella de leche y se da prisa en preparar el chocolate.

Ya dormiré después. Primero es lo primero.

Y Susana me sirve un chocolate sabroso con unos cuantos churros recién hechos y me dejo alimentar por ella. Su energía es desbordante a esas horas, en que yo voy lenta. Cuando me acabo el desayuno, Susana sólo me dice:

¿Preparada?

Asiento lentamente con la cabeza mientras me muerdo el labio inferior. Cojo mi móvil y marco el número de Sandra. Mi respiración se agita al oír su voz y se me anuda el corazón.

Continuará…

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Luis me relata deprisa lo que ocurrió en Nochebuena con su voz entrecortada y resollando. Su historia, al ser narrada por él, gana tal magnitud que mis oídos vibran, y se resienten por lo que estoy escuchando. La discusión, que tuvo Luis con su padre, fue tremenda como me cuenta:

Llegué a casa para cambiarme, y me lo encontré sentado en el sofá del comedor. Había tenido tiempo para registrar los muebles, no sé qué coño debía estar buscando, pero estaba todo el piso revuelto. Al verme, se levantó, me preguntó por mi madre. Me quedé anonadado, mirándole, como si no comprendiera sus palabras. Le dije que mamá había muerto, pero… No me creyó. Me preguntó dónde se escondía, a lo que le aseguré que había enfermado y había fallecido. Y entonces, sacó una navaja y me dijo que, si no se lo decía por las buenas, se lo diría por las malas. Todo pasó muy rápido, él empuñando la navaja, me hirió con un movimiento brusco, y precipitado, y yo cogí el paraguas, que estaba en el suelo y se lo clavé. Perdió el equilibrio, se tambaleó durante unos escasos segundos y, cayó golpeándose la cabeza contra la mesita del comedor. Se hizo el silencio, y un charco de sangre empezó a inundarme la suela de los zapatos. Esperé a que se levantara para contraatacar, pero no ocurrió. Estaba muerto.

Un sollozo me araña el corazón. Luis vuelve a llorar, cubriéndose la cara con sus manos, mientras empieza a decirme:

No sé cómo pudo encontrarme. La verdad es que no lo sé.

¿Alguna vez habéis sentido como la fuerza de vuestras palabras, al pronunciarlas, arden como la llama de una chimenea, y luego se convierten en cenizas? Son palabras hondas y calientes, que hierven la sangre de quien las dice, pero inevitablemente la combustión sigue su curso, se extingue y se apaga. Y entonces, sólo queda la ceniza gris como muestra de lo que ha ocurrido, y la liberación de haberlas pronunciado. La calma, que te invade después, no tiene nombre porque la tormenta ha cesado. Ay, palabras que huyen de mí, mientras muevo mis labios.

Luis en frente de mí, observándome, con las mejillas pálidas, que poco a poco van ganando color, un tímido rubor mal disimulado por su barba de pocos días. Porque ha llegado el momento de insinuarle que sé lo de Noemí.

Luis, sí que lo sabes. Alguien le debió dar tus señas.

Y me mira asombrado, con una mirada sofocante que se me engancha en la piel.

No, no lo sé ―responde enfadado.

Luis, sé quién es ese alguien.

Y la sombra de su pasado, le oscurece sus iris castaños, que se convierten en un marrón fuerte. Sus manos vuelven a esconder su rostro, que me rehúye por unos instantes. Luego vuelve a aparecer ante mí, clava sus ojos en los míos, y me dice con algo de chulería:

¿Quién es ese alguien si puede saberse?

Noemí…

Y su nombre, al decirlo, me pesa en el alma.

Sus ojos se agrandan, parpadea un par de veces al perder la compostura, pero la recupera al instante:

Elisa… No estabas, ¿vale? ―me dice como única respuesta.

¿Por qué nunca me hablaste de ella?

Y el silencio se interpone entre los dos, como algo denso y doloroso. Luis se levanta, me da la espalda y pone más leña en la chimenea.

Luis…

¡No estabas, te digo! ―se gira y su voz sube de intensidad, cosa que me asusta―. Te fuiste a la playa, ¿recuerdas? ¡Con el Nacho ese! ¿Sabes cómo me sentí al ver que me habías dado plantón? ¿Realmente lo sabes? Meses esperando unos días de descanso y, cuando llegan, se convierten en los más horribles de mi vida.

Lo siento, Luis ―porque sé que es culpa mía―. Perdóname…

Ya te perdoné en su día, Elisa, y espero que tú también lo hagas. Sí, estuve con Noemí. ¿Qué pasa?

Y ya no hay dolor ante la evidencia. Mis sospechas se confirman. Lo difuso se evapora y adquiere una tonalidad llamativa: Luis y Noemí. Me quedo inmóvil, pensativa, porque mi mente vuela por enésima vez a los brazos calientes de Nacho, en donde aquella noche perdí la razón. ¿Y ahora qué? Me pregunto. La culpa me corroe por haber sentido de más en el último abrazo, en el último beso sobre la arena y, luego, la niebla espesa del olvido ficticio del alcohol. El olvido que nunca llegó, porque iba suspirando por las esquinas todavía por Nacho.

¿No dices nada? ―me pregunta Luis inquieto.

Y le miro y, en ese instante, Luis me inspira ternura. Le abrazaría si pudiera desprenderme del pasado. Empezar de cero, sin las garras que me estrujan.

¡Di, algo, Elisa! ―me dice elevando todavía más su voz.

Pero yo le pago con mi silencio. Me he quedado muda. La sed que siento de besarle en ese momento resiste dentro de mí.

Por favor, ―me suplica― Elisa. Fue una noche. Sólo una. Ya sabes lo mala que es la soledad. Estaba solo. Tú desapareciste. Tenía demasiado tiempo libre y la llamé. Tenía ganas de beber para hacerte desaparecer de mi recuerdo. Pero ella apareció antes de que abriera la primera lata de cerveza. Fue un bálsamo para mi soledad. Noemí es mi amiga y ya está.

Y al oír la palabra amiga todo se precipita y rompo mi silencio para decirle:

La amistad da asco, Luis.

¿Por qué dices eso? ―me pregunta sorprendido.

Porque lo sé. La he catado y sabe a algo repugnante.

Mi voz suena ronca, y mi garganta trabada da paso a la amargura.

¿Sabía Noemí lo de tu padre, Luis?

No ―responde rotundamente.

¿Y si se lo dijo Sara? Piensa que Jesús lo sabía, desde el día que lo contaste en la terapia. ¿Y si se lo contó a su mujer?

¡Y qué si lo sabía! ¿Dónde quieres ir a parar, Elisa?

Sólo digo que le fue muy fácil darle tus señas. O esta chica es una ingenua o….

Y mi frase queda suspendida en el aire, porque soy incapaz de pronunciar la idea que cruza mi mente, mirándole a la cara.

Pon más leña, Luis, la llama se está apagando…

Luis se agacha, coge un tronco y lo introduce en la chimenea. Y cuando está de espaldas a mí, mi idea tiene fuerza para salir al exterior:

O Noemí… Quiso vengarse de ti el día de Nochebuena.

Luis se vuelve bruscamente. Sus ojos muestran ira contenida y tan pronto como veo su expresión, me arrepiento de lo que he dicho.

Lo siento, Luis ―le digo al instante.

Pero es difícil reparar lo irreparable.

¡Eres una amargada, Elisa! ―me chilla.

Y sus palabras me ahondan en el sofá, porque esa es la verdad. Y ahora soy yo la que me escondo, con mis manos cubriéndome la cara, porque no quiero que me vea llorar.

Y así, largamente el tiempo va pasando, hasta que una llave se introduce en la cerradura y Toni junto con María aparecen riendo. Sus risas se apagan nada más vernos a los dos. Sólo quedan las cenizas de lo que nos hemos dicho. Las consecuencias de lo que ha ardido, y lo que hemos sentido reflejadas en nuestros rostros.

Las palabras hieren, y hoy, más que nunca, no me queda ninguna duda de ello. Postrada en el sofá, como una estatua de sal, espero que llegue la calma que no llega, pues la tempestad ruge con violencia a mis espaldas.

Continuará…

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