Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Acróstico: Día Internacional de la Mujer

8 marzo, 2021

Acróstico Día Internacional de la mujer – 8 marzo de 2021

Nosotras decidimos. Estamos llenas de talento, por eso nos entregamos en el trabajo. Juntas agradecemos esa libertad que nos permite crecer las alas para escoger un lugar donde vivir y qué hacer con nuestra vida. No nos juzgues, la libertad no trata de eso. Podemos equivocarnos, porque somos humanas, pero también acertar. Déjanos vivir en paz.

Nosotras, mujeres de carne y hueso, tenemos el poder de sembrar semillas para que germinen en un mundo más igualitario. Cada día un gesto, un detalle, una lucha por la igualdad. No estamos solas, unamos nuestras voces, asumamos que una sociedad diferente con la suma de todos es posible. #DíaInternacionaldelaMujer #8M2021 #8M #NiUnaMenos

® Helena Sauras

Nos gusta que Sofía nos arrastre para deslizarnos al estante de abajo y colarnos entre las letras de los cuentos. A través de ella, aprendimos lo que era el saber y la fuente de nuestra imaginación fluyó durante décadas. Somos ricos en sueños que alcanzamos con cada género literario. Vemos el lomo del libro, y según nuestro interés, entramos en él. Nos fascinan las metamorfosis y nos convertimos en príncipes o en mendigos en cuestión de segundos. Cuando alguien compra, cambiamos de casa para multiplicarnos en los días siguientes.

El problema vino cuando Sofía aprendió a limpiar de verdad y acabamos en el trapo. Nos intentamos escapar para volver a alguna estantería de aquella librería tradicional.  Hace días que no viene nadie aquí. Hemos oído que no van a traer ninguna novedad más, aunque tenemos literatura para rato.

El dueño ha echado el cierre definitivamente. La curva de su sonrisa, tan plácida a los clientes, se acabó congelando debido a la crisis en el sector. Intentamos abrazarle para darle coraje, pero estornudó. Deberíamos saber que Sancho siempre ha sido alérgico a los ácaros ya que somos las diminutas partículas de polvo que conforman su negocio.

® Helena Sauras

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Mientras entraba en la fábrica, recordé cómo en el patio comíamos Bollycaos, Phoskitos y dulces de la Pantera Rosa. En los noventa nos prometimos que, cuando fuésemos mayores, fabricaríamos nuestros propios pasteles. Por eso, había alquilado aquella fábrica de dulces artesanal para el puente de la constitución. Nadie de nosotras había seguido el camino de la pastelería, pero aquel año iba a ser especial para todas.

Estaba nerviosa porque no las había visto desde aquellas fiestas de San Juan. Habíamos comido caracoles que nos sentaron fatal y acabamos en el hospital. Fue más que un susto, porque al final no todas nos recuperamos. Isabel acabó falleciendo al cabo de unos días. Dijeron que había sido una infección que acabó en un fallo multiorgánico, pero yo siempre pensé que el desencadenante fue aquella loca verbena.

Revisé el congelador de la fábrica y vi que era bastante grande. Respiré aliviada. Un familiar me lo prestaba por un año. Allí cabrían los suficientes pasteles que elaboraríamos para los diferentes cumpleaños. Íbamos a cumplir cuarenta y, cambiar de decena implicaba volver la vista atrás y analizar si habíamos cumplido los sueños que entonces teníamos.

Yo no me podía quejar. Siempre dejé mi alma al viento. No había cumplido los deseos que por entonces nos intentaban inculcar. Pero era feliz a mi manera y eso era lo más importante. Cada día me levantaba con ganas de más. Vivir se había convertido en un disfrutar con cada uno de mis sentidos. A diario, intentaba contemplar, escuchar, degustar, oler, palpar y emocionarme con cada sensación. Antes de que todo se perdiera para siempre, antes de que la muerte me sorprendiera en medio de alguna labor irrealizable. Todavía sentía curiosidad por experimentar y no quería que se acabara.

No tardaron en llegar las demás. Después de saludarnos, besarnos y soltar algunas risas, nos pusimos a la tarea. Carmen, Matilde y Rosa habían apostado por la maternidad. Serían las primeras en echarnos una mano porque habían dejado a sus bebés a cargo de otras personas y no estaban tranquilas. Cuando terminasen, serían las primeras en irse.

Repasamos los diferentes ingredientes que habíamos comprado y el ambiente empezó a oler a azúcar y agua de azahar. Carmen dijo que quería un roscón de reyes para su cumpleaños, porque había nacido ese mágico día. Se nos empezó a abrir el apetito. Después,  empezamos a elaborar cuarenta figuritas de mazapán para cumplir el deseo de Rosa.

Sara prefirió un pastel de frambuesa y Catalina una tarta de piña. Empezamos a mezclar ingredientes para las que se decidieron por las frutas. Hicimos unas bandas de ellas, hojaldres y cremas de lo más sugerente.

Y, por último, nos tocó el turno a las de diciembre. Ainhoa eligió una tarta de café y yo la miré con ojos excitantes. No era la primera vez que me percataba de la fuerza de sus ojos, un halo de complicidad en sus gestos delató su atracción. Ambas habíamos nacido el mismo día por lo que la compenetración era absoluta. Entre bromas y risas, elegí una de tres chocolates distintos. Quería probarlos todos. Duplicamos las tartas para tomárnoslas aquella misma noche. Las dos cumplíamos treinta y nueve y todavía nos quedaba un año para entrar en los críticos cuarenta.

Después de congelarlas para que estuvieran listas para cada ocasión, recoger y ver la hora que era, las demás se fueron. Cada una se hizo responsable de descongelar su tarta el día señalado. El próximo año tocaría celebrarlos todos. 2020 entraría con energía y ya podríamos recargar baterías. No había problema, porque nos dejaban el congelador hasta el final del año siguiente.

Mientras nos quedamos a solas, le pregunté si aún echaba de menos a Isabel. Temblorosa y sin rehuirme la mirada, negó con la cabeza. Sentí calor a través de sus ojos. Luego, me dije ahora o nunca y la besé. Sus labios húmedos sabían a café y creo que, por la forma en la que me devolvió el beso, pensó que los míos eran una delicia de chocolate.

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Tinc un replec de records que retinc enmig de la turmenta que m’ensenya a viure. I no me’n vull desprendre, perquè fer-ho implicaria acceptar que he aprés a oblidar. I no en sé ni en vull aprendre. Si ho arribés a fer seria com perdre els orígens, despendre’m de l’enuig i renunciar a que mai has existit.

Amb el record, puc anar d’un lloc a un altre sense arribar a moure’m. Això tampoc puc fer-ho. Tan simple com aixecar uns braços, com alçar les cames per poder caminar. Fa anys que em vaig abandonar al llit dels impossibles.

I el cap el tinc clar com el cel d’aquest poble on m’he retirat a passar els últims anys de la meva vida.

Abans que aquesta malaltia em deixés en aquest estat, podia sentir la riquesa dels teus llavis sobre els meus. Tu ja no t’hi atanses. No et mereixes aquesta condemna i te’n vas anar emportant-te entre plors el llibre de «Tot et serà pres».  L’havíem discutit fa una pila d’anys a l’institut. Encara no sabíem que ens tocaria de tan a prop. Estàvem junts des d’aleshores.

M’he quedat nu d’esperances quan sento per la televisió com discuteixen el tema de morir en dignitat. I parlen uns, i contesten els altres. I em sento com un titella entre reixes. M’amarga tragar ràbia.

Perdona. No volia implicar-te en la meva mort i que paguessis condemna. Vas escridassar-me, perquè no et veies capaç de fer-ho encara que sé que, en el fons, ho anhelaves tant com jo. Vaig parlar-te de patiment. Em mirares al ulls i, per un instant, vaig sentir inclús com em perforares de pensament. I vaig sentir-me viu amb aquesta mirada i vaig desitjar creure amb un ésser superior que se m’emportés en aquell segon.

Però no crec que ho faci si no ho ha fet ja. No crec, però confio en què se’ns obri un dret. Ja no puc més. I la ràbia mentrestant va pujant mar endins. Te’n recordes de la pel·lícula d’Amenábar que vam veure plegats al sofà?  Una trucada ens va interrompre abans d’acabar-la. Havia mort el teu tiet i vam haver de vestir-nos i anar al tanatori. Una crua malaltia se l’emportava. A mi m’ha deixat presoner de remors i ja m’és impossible remar en aquesta mar.

Corren rumors que possiblement s’aprovi l’eutanàsia. I em salta el cor a l’imaginar-te novament. Et veig com una perla brillant de mirada, perdent-se entre un dèdal de pols entre camins que s’entrecreuen. Potser ens retrobarem en una altra galàxia un setze de febrer d’un any llunyà. Però per ara jo vull un últim batec i decidir amb llibertat.

® Helena Sauras

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Tom sentía una gran fascinación por los braseros encendidos. En momentos de confusión, recordaba el calor que le daban de niño. Pero nada era comparable con encender los faros de su coche para impresionar a su novia y ganarse un beso.

Había llegado a la conclusión de que el amor ya no le daba ninguna satisfacción y pensó en dejar a Carmen aquella misma tarde. Pero tenía miedo por ella, porque se llevaría un disgusto de muerte.

Pensó en engañarla. Le prometería que volvería por allí, pero en realidad, se alejaría para siempre de su vida. Podría conducir por las anchas carreteras y meterse incluso por secundarias llenas de curvas. Ir a toda velocidad y gastar frenos.

Al tenerla de frente, su voz se quebró mostrando cierta tristeza. No podía hacerlo. Ella lo notaría sin lugar a duda, y prefirió armarse de sinceridad. En pocas palabras, quedó todo dicho. Tom nunca pensó que pudiera ser el causante de tanto dolor.

Se alejó y, mientras caminaba por las calles desalmadas, fue pensando en cuantos braseros no se encenderían nunca más. Seguro que Carmen haría trizas el suyo hasta que se exterminara. Se lo había regalado el último San Valentín que habían pasado juntos, porque en febrero todavía hacía bastante frío en su ciudad. Y quería que estuviera calentita.

Carmen estaría rota hasta redimir. Porque nada es eterno, todo tiende a extinguirse en algún momento. Pensándolo bien, existía la posibilidad de que ella tampoco lo amara tanto como decía. A parte de los faros y de su coche nuevo, poco podía ofrecerle. Tom nunca pensó que Carmen lo amaba por cómo era, sin importarle nada material.

A fecha de hoy, por las noches y, cuando le sacude la nostalgia, Carmen enciende el brasero e intenta dormir. Recuerda los días que vivió con Tom, sin llegar a convivir. El resto se lo imagina entre sueños. No pudo ofrecerle más que la brevedad de sus besos. No le dio tiempo a más. Cuando se despierta, Carmen espera estar en el lugar idóneo algún día y poder volver con Tom. Y en llantos se desespera, porque van pasando los días. No sabe cuántos catorces de febrero más, ausentes de felicitaciones, podrá aguantar. De vez en cuando, parece que el brasero suelta alguna chispa y ella se imagina que es Tom el que, desde la distancia, le está guiñando un ojo con mala estrella y sin puntería.

®Helena Sauras

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