Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Poema publicado en «Antologia Poetes de l’Ebre 2019»

Estaba ensayando para el recital que hicimos ayer al lado del río Ebro. Recité con mascarilla y sin bajar la guardia en ningún momento. En la página de Facebook del blog compartiré los distintos vídeos de Poetes de l’Ebre. Menos mal que el tiempo acompañó, el viento del día anterior cesó y tuvimos un día espléndido.

rodoreda80 · ¿Aún me quieres, amor?

Queridísimo amor,

Desde que me dejaste, el Ars Amandi que compartí contigo perdió las páginas como las cuerdas de esta guitarra que ya no ha vuelto a tocar.

¿Por qué me cuesta tanto todavía reconocer que no vas a volver? Por las noches, te sueño entre el edredón que me apretuja el cuerpo, pero solo es el contacto de mi piel con las sábanas, que se atemperan mucho menos que cuando estaba contigo.

Hace frío. La mayor parte de las horas desde que desapareciste pasan sin explicarme un por qué. O yo no entiendo cómo te perdí; todo lo que nos unía, los instantes que compartimos durante algo más de quince años.

Hoy he salido otra vez a la calle. He intentado sonreír a esta mañana otoñal, donde la luz aminora cada día un poco más. ¿Por qué cada olor, cada color me recuerda a ti, si hace más de un año que no te he vuelto a ver? Te anhelo en el respiro del aire que me roza los labios en estas primeras horas de noviembre.

Tiembla mi corazón al cruzar el puente rojo, el peatonal, el antiguo puente del tren, que cruzamos tantas veces desde que lo inauguraron. Voy sola y ando a buen ritmo para llegar puntual a una cita en donde me esperan. Supongo que es de las pocas cosas interesantes que hago. Mi vida carece de sentido desde que no puedo verte ni hablarte.

Ahora no sé si el mañana vendrá cargado de más incertidumbre. O por si lo contrario, me regalará esperanza que es sinónimo de vida para poder continuar con la mía. A solas. Mi soledad tiembla.

Mi mano se ha desnudado sin el anillo de matrimonio, que he acabado abandonando entre un cajón debajo de la ropa interior, que ya no tengo valor para ponerme. No me siento nada sexy.

Definitivamente ya no estás. El agua del Ebro hace tiempo que no suelta sus lluvias en mi cauce. Sé que te la debes guardar para ti, entre pantanos que construiste para alejarte y empezar una nueva vida lejos de todo. Todo olía a cambio a tu alrededor y, como novedad que era, vi en tus ojos nacer la ilusión. Creo que te aburriste entre monotonías y no supe ver aquella puerta al cerrarse y que aquella despedida sería la definitiva.

Te arrimaste tanto al muro de lo inalcanzable que no te pude seguir. Yo preferí quedarme en mi tierra y, no quise ahogar tus sueños, los que subían en globos de chico travieso. ¡Cuánto te quise y cuánto te quiero todavía! Y voy caminando por esas vías de ese puente hacia la terapia de una adicción hacia tu persona. Te necesito tanto aún…

Solo te pido una última cosa en esta carta, que enviaré a un buzón vacío de ilusiones. Suelta toda el agua retenida, la necesito para vivir.

Aunque nos estemos divorciando, suéltala y ayúdame a nadar. Prometo no subir a contracorriente para alcanzarte. A ti siempre te gustaron más los ríos y las montañas. Yo fui mar y te preferí ría, por eso acabamos en una desembocadura malentendida.

Las lenguas de las mariposas, que tanto me gustaba comunicarte, acabaron incomunicadas en tu silencio. Con el que me pagabas y, solo lo rompías para pronunciar monosílabos, que se me clavaban bien adentro. No fluimos, no, desde hace tiempo.

Te prometo que cuando reciba esa agua anhelada, aprenderé a ahorrar. No iré más a manifestaciones reivindicando atardeceres eternos, noches de placer, lunas sorprendidas de volver a verte. Sabré cómo hacerla sostenible. Deja que la lluvia caiga sobre mi tierra: la que algún día amaste. Y deja que la naturaleza haga su cauce de entendimiento en mi memoria.

Hasta siempre,

H.

® Helena Sauras

Miguel nunca comprendió por qué su papá se había ido de viaje sin avisarle. Tampoco entendió por qué su mamá nunca bailaba desde entonces, ni por qué la alegría se había apagado en su casa, ni por qué el denso silencio lo cubría todo. Se pegaba en los cristales húmedos de todo el vecindario y sellaba su boca en una palabra contenida.

Cuando salía de la escuela, se pasaba siempre por la estación de tren por si su papá se decidía regresar. Aunque hiciera mucho frío, aunque sus manos las sintiera muertas a pesar de los guantes de lana que llevaba, él esperaba. Nunca se cansó de hacerlo. Con la ilusión de verle inyectada en su mirada,  observaba las diferentes personas que bajaban del tren con la maleta en su mano. Y hasta que no había bajado la última, no se iba de allí con la esperanza detenida, pero nunca extinguida, porque al día siguiente volvía a estar al mismo sitio otra vez. Por si acaso su papá había perdido el tren y decidiera cogerlo al día siguiente. Anhelaba contarle todo lo sucedido en los últimos meses. En el colegio, iban a representar una obra de teatro y él tenía el papel protagonista, el de Pulgarcito, por su estatura chica. En el último partido de fútbol, se había caído y le tuvieron que poner puntos en una pierna y quería mostrarle la cicatriz que le he había quedado. En la ciudad, habían empezado unas obras y quería explicárselas porque tenía miedo de que no reconociera su ciudad y no se bajara en la estación adecuada. Eran acontecimientos que tenían valor para cualquier chiquillo y que necesitaban los consejos de un papá atento, que por el momento parecía que se retrasaba demasiado.

En verano, Miguel no supo por qué se tuvo que ir al pueblo a vivir con sus tíos, ni por qué el sol aquel año parecía no brillar con tanta intensidad. Él y su prima Blanca tenían la misma edad, pero no les gustaban las mismas cosas. En el pueblo había pocos niños. Todavía era pronto para que llegaran los forasteros ya que lo hacían en agosto y, aún estaban a finales de junio. A Miguel le gustaba su tío, porque le recordaba a su padre. Los mismos ojos rasgados, igual nariz acabada en punta y, cuando hablaba, gesticulaba del mismo modo que él. Movía un poco las manos y fruncía los labios. Después, los acompañaba de frases dichas en un tono suave. No obstante, su mirada imponía respeto. Su tío llevaba una de las granjas de la comarca y se levantaba muy temprano. Él se quedaba con su tía y su prima el resto del día en la casa y se dedicaba a los quehaceres domésticos y, de vez en cuando, también salían a andar por el valle, a hacer algunos recados o a vender huevos entre los vecinos.

Aquella tarde soleada, Miguel echaba de menos especialmente a su papá, porque quedaban dos días para su cumpleaños y no sabía si recibiría una llamada de su progenitor. Quién sí le llamó fue su mamá, aunque su llamada contenía ausencia de emoción. Pronunció como un autómata palabras vacías. Miguel lo percibió, aunque no supo por aquel entonces a qué se debía. Se cortó la comunicación de una manera fría, después de unos minutos de silencio en qué su mamá ya no recordó qué decirle.

Desde aquel día, Miguel no cesó de preguntar a su tía por el paradero de su padre de manera muy insistente. Su tía se encogía de hombros y negaba cualquier información al respecto. Decía que no sabía nada, pero Miguel nunca la creyó. Por eso le insistía con ganas hasta la saciedad.

—Pero cuándo, ¿cuándo va a volver papá?

La tía cansada ya de tanta pregunta le respondió

—Cuando las gallinas bailen.

Lejos de parecer un imposible, Miguel se aferró a esa posibilidad como si le fuera su vida en ello. Desde aquella contestación, se despertaba antes que el gallo y que su tío, se ponía las zapatillas, entraba en el corral y ponía música a las gallinas. Las ponía en círculo para que dieran sus primeros pasos y las intentaba adiestrar. Pero las gallinas se rindieron pronto por sus escasas habilidades para la danza. Simplemente cacareaban y cumplían su función: ponían un huevo diario. Miguel se frustró, pero lejos de desistir, cada día lo intentaba de nuevo, porque las ansias de poder volver a sus padres podían más.

Cuando llevaba más de quince días con esa persistente rutina, algo cambió en el sabor de los huevos. Eran más consistentes,  siempre con doble yema y un gusto exquisito. Las voces de que aquellos eran los mejores huevos de todo el país se alzaron como una polvareda. Muchos quisieron probarlos. Los tíos de Miguel compraron más gallinas y subieron el precio de los huevos, porque había mucha demanda. Sus gallinas no bailaban, pero daban huevos de oro. Su cuenta corriente crecía e incluso algunos los llegaron a subastar.

A finales de aquel verano, Miguel estaba como siempre en el corral, pero le entró sed y fue a la cocina a buscar un vaso de agua. La puerta estaba entornada y por su rendija se filtraron las siguientes palabras de su tía:

—¿Y qué quieres que le diga al chiquillo? ¿Qué su padre está muerto? Esa es la verdad. Pero el asunto de las gallinas mira lo bien que nos ha ido…

—Pero ¿no te da pena? —preguntó una vecina.

—Claro que me la da, pobre chico y, además con su madre en ese psiquiátrico internada por depresión. Miguel es un chico que se ilusiona fácilmente. Que se viniera al pueblo tampoco fue buena idea. Ya se lo dije a mi marido. Todo por no decir la pura verdad, sí, pero que se tiene que acabar aceptando a duras penas….

A Miguel se le cortó la sed de repente. No volvió a ser el mismo. Con las ilusiones arrebatadas de cuajo, ya no volvió a enseñar a bailar a las gallinas, que dejaron de producir los buenos huevos que tenían acostumbrados a sus clientes.

Una noche le dijo a su tía:

—Cuándo, ¿cuándo podré ver a mamá?

—Pronto, muy pronto —se aventuró a decir la tía.

Lo que la tía no sabía es que «pronto», para un chiquillo de su edad, significa ya y que aquella espera se alargó más de lo debido para Miguel.

Al cabo de unos largos meses, Miguel se reunió por fin con su madre y volvió a vivir en su hogar.

Una tarde el niño la abrazó y le dijo:

—Mamá, baila, aunque sea sola. Pero baila…

Y encendió el tocadiscos donde giró una melodía favorita para ambos. Su madre empezó a mover las caderas rítmicamente envolviendo sus gestos con ellas. Una bailarina nunca pierde su gracia y ella bailó aquella noche sola hasta que sintió sus pies muy cansados. Tanto, que se detuvo unos instantes para besar la fotografía de su difunto marido. Le añoraba, pero su vida debía continuar junto con Miguel que la necesitaba. Observó a su hijo que se había dormido al terminar la melodía en el sofá del comedor. Le besó en la frente, le llevó a la cama y le arropó.

® Helena Sauras

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rodoreda80 · Nubes De Noviembre
 Nubes de noviembre,
 aires de membrillo y castaña,
 recuerdos caídos de mi niñez.
 El otoño de madera se tiñe
 y una hoja añade notas en mi alma.
  
 Nubes de noviembre,
 preñadas de naranjas y granadas,
 aliñad vuestro jugo sobre mí;
 recoged después la leña reseca
 de mi añeja y tocada guitarra.
  
 El cielo se acorta y decae
 en una luz añil de mimbre.
 Mi poema se cubre de lluvia,
 pero ya no tiemblo, acompañadme
 grises nubes de noviembre.
  
 Año a año, al alba de este incierto mes
 florece vuestra fruta, vuestra memoria.
 Ya no temo a la oscuridad ni al lamento,
 atañen y alivian el caminar libre de mi alma
 bellas y añoradas nubes de noviembre. 

® Helena Sauras

Fotografía que hice de un atardecer con vistas al río Ebro en un día de noviembre nublado.

Escucha el poema: