La sal de las heridas 59

A la salida les esperamos preparados con las manos llenas. Los granos de arroz cobran vida en el vestido de novia de María, y en el traje oscuro de Toni, dejando su propio rastro. Un polvo blanco inunda parcialmente sus vestimentas. Todos compartimos alegrías y aplausos. Los besos de felicitaciones explotan al acabar. Rozo la mejilla de María templada y resplandeciente de finales de abril. Luego me aproximo a Toni y le planto dos besos.

Toni y María se suben al coche, que está mesuradamente decorado para la ocasión. Van a tener una sesión fotográfica en los jardines principales de la ciudad. El resto nos dirigimos hacia el restaurante de mi prima Susana, donde se celebrará el convite. Tomamos un aperitivo rosáceo y espumoso servido por un camarero elegante mientras esperamos, sin probar ninguna gota de alcohol.

Los brindis los contenemos para cuando lleguen los novios, que no tardan en aparecer, radiantes y en todo su esplendor. María brilla con luz propia. Lleva el cabello recogido con adornos florales, dejando su nuca libre, con unos pequeños mechones graciosos acompañando su cara feliz. Lleva la frente despejada, sin ningún flequillo. El vestido luce por sí mismo, como si fuera la única luz de la sala. Sus padres parecen estar orgullosos de ella.

Somos pocos invitados, pues así lo han preferido los organizadores, solo los indispensables para celebrar el día de su vida. Toni sonríe contento a Luis y al resto de los presentes. Es la primera vez que veo como sus ojos, profundamente enamorados, se separan un momento de María, y dedican las mejores de sus sonrisas a todos nosotros.

Nos sentamos, y comemos abundantemente, todo lo que nos sirven en el plato. Susana se ha esmerado con ahínco para prepararnos los mejores platos de toda la comarca y del mundo entero. Es la primera boda que se celebra en el restaurante, y quieren estrenarse a bombo y platillo, y ser motivo de publicidad a través del boca a boca para el evento, que así lo merece. Han abierto unas lujosas habitaciones en el piso superior del restaurante que estrenarán, sin ninguna duda, Toni y María.

La suite nupcial espera pacientemente ser abierta de la mano de nuestros protagonistas de hoy. Pero ahora, estamos de celebración, que corra la fiesta, que se besen, que se besen, coreamos con nuestras voces, que la frescura inunde de amor nuestros corazones, que la felicidad permanezca para siempre en los tiempos que están por llegar.

Noto como la tranquilidad me invade. Estoy tan a gusto con los míos, que me quedaría toda una vida. Alzo la copa para brindar, sin peligro alguno, por las palabras que acaba de pronunciar Luis, el padrino de la boda. Ay, felicidad que se extiende por el salón y sube como la espuma con burbujas de la bebida de Susana.

Un camarero me rellena la copa. Me toca el turno. Me levanto de la silla con mi vestido violeta, que refleja una combinación de azul y rojo en mis venas. Antes de hablar, contemplo los cuadros, que decoran las paredes del salón presidencial. Motivos primaverales no faltan pues esta estación es la temática del mes. Las flores, la luz, el crecimiento del día, todo junto me acompaña para expresar lo que me remueve por dentro.

Os lo merecéis, ―empiezo dirigiéndome a María y a Toni ― que la felicidad plena os llene vuestras vidas. Os deseo lo mejor largamente. No soy de muchas palabras, pero una vez creí que un amanecer ―Luis me rodea la cintura― sería un buen comienzo. No me equivoqué. Que cada día de vuestra vida, esté plagado de amaneceres como el de hoy en el que el compromiso, la fidelidad, la unión, y el respeto mutuo, sean los protagonistas. Que cada despertar, María y Toni, os una más. Ninguna palabra puede expresar la fuerza de un amor en continuo crecimiento. Mis mayores deseos, para siempre.

Suenan notas musicales que acompañan mis últimas palabras. María, emocionada, me dedica una amplia sonrisa. Posteriormente, se rendirá a los encantos de Toni, y empezará el baile con un vals. Poco a poco, todos nos vamos levantando y uniendo a la fiesta. Oigo como Paquito le susurra a Rebeca si quiere acompañarle en el baile. A lo que Rebe, con los rizos recogidos, deja caer sus pestañas en un leve movimiento afirmativo e insinuador. Ambos bailarán durante toda la tarde noche por una pista perfecta para descubrirse sus mundos.

Jesús y Sara, descubriendo una llama que sigue en pie, pasarán a ocupar un primer plano en las primeras fotos del vals. Luis y yo, más discretos en una esquina del salón, bailaremos al son de una música con tintes de una tímida ilusión.

Media hora después, me lloverá el ramo de María en mis manos. Lo cogeré firmemente, y exclamaré para mí misma, que este es el ramo de novia definitivo. Ante la mirada de sorpresa de los presentes, guiñaré el ojo izquierdo a Luis, y con un pequeño gesto, le indicaré que arriba también nos espera una habitación.

El deseo de Luis se hace patente en el brillo de sus pupilas. No tardamos en escabullirnos y subir al piso de arriba. Entramos en una habitación especial, que no tiene nada que envidiar a la nupcial. Mi prima Susana se ha esmerado en los pequeños detalles. Una pequeña cesta de mimbre con bombones y aceite de masaje nos espera. Dejo el ramo en un jarrón violeta, que hay en una mesilla. Luis me contempla enamorado.

No sabes cuánto me gustaría poner un pause en ese momento ―murmura Luis―. Detenernos para siempre, aquí, juntos.

Sé por qué dice eso. Intento ser fuerte, y hacerle frente al destino, aunque consista en precipitarme hacia el vacío. Quiero que Luis me oiga pronunciar esas palabras. Él ahora está entretenido poniendo en marcha el hilo musical de la habitación. Me aclaro la garganta, le miro fijamente de frente, le acaricio la barbilla para que me mire.

No pongamos un pause, sigamos hacia adelante, Luis. Mañana, si quieres, hago el traslado y me instalo en tu apartamento definitivamente.

Luis tiembla, profundamente emocionado, y gratamente sorprendido.

No tarda en abrazarme y, entre una colcha de pétalos, nos sumimos a la entrega definitiva y completa del placer absoluto de nuestros cuerpos. El ambiente huele a él y a mí misma. Dejamos huella en el cristal de la cómoda, nuestro vaho impregna de manera suficiente su luna. Los espejos del techo son testigos y nos admiran y remiran sin empañarse.

Al día siguiente, una única lágrima derramada mancha el rostro de Luis.

¿Lo dijiste en serio? ―me pregunta.

¿El qué? ―le reto desperezándome.

Lo de vivir juntos.

Claro, nunca hablé más en serio.

Y, entre mi susurro, le beso los párpados con ese leve gusto a sal.

EPÍLOGO

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La sal de las heridas 58

En un lugar de los Pirineos, cuyo nombre siempre estará en mi memoria, el coche de Luis se detiene. Durante todo el trayecto, he contemplado el paisaje embelesada, montañas prominentes nos rodean con todo su esplendor. Me siento pequeña ante tanta grandeza. A primeras horas una fina niebla decoraba nuestro alrededor, pero poco a poco se ha ido levantando. Hay nieve en las cimas y, como supuse, hace bastante fresquita al bajar del coche. Hace pocos días del estreno de la primavera y, su magia todavía dormita en el valle donde nos detenemos.

Aquí es ―dice Luis señalándome una casita, que la reconoce por la foto que aparecía en la página web, dónde hemos hecho la reserva.

Es una casa típica, de piedra y con el tejado de pizarra. Hay un rótulo, que indica el nombre de la casa, que es lo que la ha hecho reconocer entre las demás. Llamamos al timbre y una mujer rubia nos abre la puerta amablemente. Después de presentarnos como es debido, la mujer nos enseña la casa donde pasaremos este fin de semana largo y memorable. Me encanta la decoración, con las paredes de piedra, el techo inclinado con una ventana incrustada por donde entra la luz del sol. La mujer, después de explicarnos el funcionamiento del jacuzzi y de otras cosas como la chimenea, se va deseándonos una buena estancia y dejándonos las llaves. Plantas artificiales decoran el comedor, la casa está rociada en su justa medida por un ambientador de hierbas aromáticas, que me producen bienestar.

Me fijo en la cama más que enorme, inmensa, con una colcha color salmón. Estoy deseando perderme entre sus sábanas, pero primero tendremos que subir las maletas, que todavía se encuentran en el coche. Luis va a por ellas, mientras me quedo respirando un pedacito de nuestro hogar para estos cuatro días, que hemos esperado desde Reyes con ilusión. Cuando un deseo se cumple, a veces el entusiasmo te ciega, y te impide disfrutarlo cómo es debido. Mi corazón palpita al son de lo que nos espera, nervioso y juguetón, feliz.

Luis deja las maletas al suelo de la habitación. Estoy de espaldas a él, y no tardo en sentir como sus brazos rodean mi cintura. Me aparta unos cuantos mechones de mi cabello, que está liso debido a las manos de una peluquera, que me ha peinado para la ocasión, y me besa en el cuello. Puedo notar cómo sus labios erizan mi piel. Me empiezo a rendir a sus caricias, pero de repente mis ojos se fijan en una cesta de mimbre, que está en un rincón de la mesita de noche, al lado izquierdo de la cama. Lo que me hace fijarme en ella precisamente en ese instante es que un par de botellas asoman de la cesta. Me aparto de Luis y voy directa a la cesta mientras pregunto:

¿Y eso? ―pregunto asombrada mientras leo la tarjeta que nos desea una feliz estancia.

Debe ser el regalo de bienvenida ―contesta Luis, encogiéndose de hombros―. Lo ponía en la página web, pero no pensé que se refería a esto.

Una botella de champán y otra de vino con su abridor entran inocentemente en mi vista. Un escalofrío me recorre entera, pues me hace pensar indebidamente en el alcohol. Es precisamente en los instantes de placer o relajación, cuando a veces pienso que una copita no me sentaría mal. Nada más lejos que la realidad. No puedo beber con moderación, porque ultra pasé los límites y de qué manera. Tener esas dos botellas tan cerca, me produce angustia. Luis lee mi pensamiento, y creo que él tampoco está tranquilo. No tarda en decirme:

Elisa, nos tendremos que deshacer de ellas. Esas botellas se van a convertir en un problema mientras estén aquí a la vista.

Maldita cultura la nuestra ―le digo―. Nuestra adicción forma parte de ella irremediablemente. Parece que la bebida nos persiga, Luis.

No saques las cosas de quicio, anda. Las descorcho y las tiro por el váter ―me tranquiliza.

¿Y el aroma que quedará? Ahora mismo me apetece un sorbo, Luis. Y esa necesidad, que me ha aparecido, será difícil de calmar.

Tan segura me veía, y ahora, mi voluntad otra vez andando vacilante por la cuerda floja. Miro a Luis con ojos suplicantes.

¿Y si sólo nos mojamos los labios, Luis? Brindemos por ese momento de paz y tranquilidad ―le digo acercándole las copas.

Elisa…. ¿No te das cuenta que tendremos problemas por ese error? ¿No te acuerdas de lo que nos dijeron en terapia?

Luis, será sólo hoy ―le insisto.

No, Elisa ―me aparta ambas copas―. No tenemos nada que celebrar de este modo. No ―continúa rotundo―. Nunca bebimos por tener problemas, tuvimos problemas por beber. Así de fácil. Impide que vuelvan a entrar en nuestra vida.

Nunca le había visto tan seguro. Luis descorcha la botella de champaña cuidadosamente para que no se vierta, se va al váter y tira enteramente todo el líquido espumoso. Luego procede con el vino.

Encima era de los buenos…. ―comento para mí.

Elisa, lo bueno ha sido no probarlo ―me dice firme rodeándome de nuevo con sus brazos.

Tienes razón. Luis, gracias ―le digo ahora que el peligro cercano ha desaparecido, y aunque me siento algo aturdida, celebro no haber recaído.

Luis se separa de mí unos instantes, coge las dos botellas vacías, y se va al contenedor de vidrio a tirarlas. Veo su gesto firme por la ventana, escondida disimuladamente por las cortinas blancas. Luego vuelve a mí, y me abraza fuertemente.

Nunca debemos jugar con la bebida, Elisa ―me susurra mientras me mordisquea el lóbulo de la oreja.

Lo sé. Gracias por estar ahí.

Yo siempre estaré dónde te haga falta.

Luis se agacha y pone en funcionamiento el jacuzzi.

¿Le apetece un baño, señorita? Mira, nos hemos olvidado de lo más importante de la cesta ―dice Luis mientras abre una pequeña cajita brillante.

«La felicidad sabe a chocolate», me digo mientras saboreo un bombón, que me ha tendido Luis y el jacuzzi se está llenando.

Menos mal que no son de licor ―le digo extasiada por el buen sabor dulce que me está dejando en la boca.

Ya me he asegurado antes de dártelo ―me contesta sonriendo.

Ambos entramos en el jacuzzi, y nos dejamos darnos masajes por el circuito de agua, que fluye entre los dos. Intercambiamos nuestra humedad, besándonos, recorriendo nuestra piel, sorbiéndonos, bebiendo las gotas de nuestros cuerpos mojados.

Se avecinan cuatro días de relax lejos de una droga, un tóxico, un psicótropo, un anestésico, un depresor: el alcohol. «Adiós alcohol», pienso. «Pongo punto final en mi vida. No vuelvas a entrar en ella. Lo que tengo es gracias a que tú no estás presente en ella, a que ya te dije adiós. Es de valientes saber decir que no. Luis lo es. Yo también lo soy. Y Toni, y María, y Rebe, y Jesús, y Paquito. Y tantas muchas, personas anónimas, que no permiten que les domines, que ya no creen en tus falacias, en el engaño de no reconocerlo. Nunca me alimentaste, ni me diste fuerza, ni potencia sexual, ni fuiste el mito que gocé admirar en las pinturas donde se vislumbraba a Baco. Ni tan siquiera me calentaste, ni diste más latidos a mi corazón que latía intoxicado por ti».

Luis me besa, bebo de sus labios su aliento fresco, sin un ápice de tu presencia. Embelesada me rindo a sus encantos.

Como agua, como agua para chocolate ―me susurra, porque mi beso sabe precisamente a bombón excitante, que se ha derretido completamente.

Continuará…

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La sal de las heridas 57

Meto más ropa de la que debo en la maleta, ya que finales de marzo es traicionero. No sé si hará bastante fresquita o si, por el contrario, podré lucir algún jersey menos grueso. Susana sonríe pícara y me dice que poca ropa luciré, ya que lo más seguro es que no salga de la habitación. Creo que no se equivoca, por eso me he comprado para la ocasión un par de conjuntos de lencería última tendencia. Compuestos de sendos tangas provocativos, que resaltarán mis curvas. Desde que vivo con Susana, y me alimento de mejor forma, he ganado algunos kilos, que me hacían falta. He dejado atrás los huesos, que se me marcaban y, debido al ejercicio que estoy haciendo en el gimnasio de manera moderada, hace que se me repartan por el cuerpo de manera equilibrada.

La carne luce tersa y me siento a gusto conmigo misma, porque estoy haciendo lo que quiero, quererme primero a mí misma, cuidarme, dedicarme tiempo, satisfacerme. Estoy recuperando el tiempo perdido, luego ya vendrá el dedicarme a los demás. Pero primero soy yo, porque soy única, intransferible. Para mí no hay vida, sin mí. Mi voz tiene fuerza por sí misma, y nadie me va a callar. Mientras meto más ropa en la maleta de lona negra canturreo una canción, porque estoy más que feliz, radiante.

La semana pasada, recibí una llamada para exponer en una galería de la capital, junto con otras promesas pictóricas del momento. Dije que sí al instante, y en el acto, se lo agradecí a la señora Fernández por recomendarme. La exposición será este verano y tengo que prepararme para viajes y demás. Sé que estaré bastante ocupada, por eso esta Semana Santa quiero dedicársela plenamente a Luis. Quiero que se sienta especial, como me sugirió María. Tomaré las riendas de la relación, y fulminaré esos celos que siente, porque no tienen razón de existir. Luis ve con miedo que voy muy a la mía, pero en eso consiste mi vida. Necesito sentirme libre para volar, aunque sea a su lado, pero alzar el vuelo, ahora que me he desatado totalmente del alcohol.

Libre, revoloteo por el nido, sin apartarme demasiado, porque la terapia debo seguirla. Eso es indiscutible. Pequeños pasos está dando Paquito, que ya consideramos uno de los nuestros, pero aunque sus pasos sean menores, es la insistencia la que los hace grandes. La fuerza y la constancia por dejarlo. Ahora que ha abandonado la bebida dice tener más tiempo que antes. Lo tiene que llenar de alguna forma. Todos hemos pasado por lo mismo. Por eso, en casa de Toni organizamos diferentes actividades para continuar con nuestra rehabilitación.

En ese instante, podemos decir que somos alcohólicos rehabilitados, porque se puede salir del hoyo en el que estábamos sumidos. Y seguir hacia adelante, con la cabeza bien alta, porque no hemos sido unos viciosos, ni unos débiles, ni unos borrachos apestosos, simplemente hemos estado enfermos, y hemos buscado una solución. Y gracias a expertos que nos han ayudado, la hemos encontrado. Podemos alzar la vista, y contemplar todo un mundo, que nos queda por descubrir. Si la volvemos atrás, no nos avergonzaremos de nosotros, sino que estaremos orgullos de haber corregido los errores para avanzar. Seguir hacia adelante, siempre, y si alguien se despista en el camino, tenderle la mano con una sonrisa. Somos cómplices, un grupo unido que forma parte de esa sociedad de la que formamos parte todos.

Hipócrita ―se aventura a decir Jesús hoy en terapia.

Estoy de acuerdo ―dice Paquito.

Y yo ―se reafirma María.

El otro día porque rechacé una copa en una comida de empresa se rieron en mi cara ―dice Jesús tocándose su barriga, que ha bajado considerablemente en los últimos meses―. El abstemio, me bautizaron, y ahora llevo ese estigma clavado en mi nombre.

Yo les hubiera contestado con sorna ―dice Toni―. Abstemio no, ex alcohólico, gilipollas.

No creo que estén preparados para eso ―respondo yo.

¿Tú crees? ―me pregunta Luis.

A la sociedad le cuesta aceptar la cantidad de alcohólicos que hay ocultos, pero sin duda lo son. Desde la persona, que bebe diariamente su copita de vino en las comidas, porque el vino hace sangre. Hasta él que sólo bebe fuera de casa, pero cada vez pasa más tiempo lejos de su casa, para completar su adicción que va creciendo.

Y ahora la próxima temporada, vendrá el verano con sus anuncios de cerveza hasta en la sopa, como si la bebida rubia diera la felicidad ―dice Rebeca―. Mis hijos ven los partidos de futbol con su padre y me cuentan como ha empezado a consumir latas de cerveza mientras ve el partido.

El padre ejemplar ―murmulla Jesús.

Sí ―le sigue Rebeca mientras baja la mirada―. Maldita vodka que me hizo perderles.

Rebe, de aquí unos meses volverán a revisar tu caso. No te rindas, ¿vale? ―la anima Toni.

Rebe no añade nada más, pero se la ve un tanto abstraída, pensando en los suyos, porque sus hijos siempre los lleva tatuados en su pensamiento. Hoy es el último martes de terapia antes de Semana Santa, y nos despedimos deseándonos un buen descanso. Toni y María estarán con sus respectivos preparativos para su boda. Jesús pasará unos días con Sara y sus hijos de tranquilidad. El único, que me preocupa es Paquito, pues es el más reciente, y todavía no lo conozco como a los demás.

¿Qué harás esos días, Paquito? ―le pregunto evitando mirar a Luis.

Poner mi apartamento al día. Tiraré todos los recuerdos, ventilaré y que entre la luz ―me responde de manera graciosa.

Pensaba que eso ya lo habías hecho ―le digo.

No, los recuerdos no. Todavía siguen allí.

Siento su tímido aliento, que contiene con gran pesar. Al final, continúa con su propia descripción de todo ello:

Los regalos de Nadia, las fotos, necesito renovar y abrir espacio. Aunque haya dejado la bebida, cuando me reencuentro con todo eso, me ahoga. No he tenido valor de deshacerme de ellos por si volvía. Ahora sé seguro que no lo va a hacer, ni quiero que lo haga, creo que ha llegado el momento.

Muy bien, Paquito ―le felicito.

Y luego a la aventura de encontrar trabajo ―dice clavando los ojos en la psicóloga.

Sí, a la aventura ―digo―. Pero quien la sigue, la consigue, ¿no?

Estoy limpio. Dejé antes el trabajo de que me pillaran. No tengo ningún expediente abierto por beber ―confiesa tranquilo Paquito.

Hiciste bien ―dicen María y Ana.

Pues ahora voy a tirar diferentes currículos en empresas, escuelas y demás, ofreciendo transporte. Espero que algo salga, empiezo a estar a dos velas. Me he ido fundiendo los pocos ahorros que tenía.

Cuando volvamos de las vacaciones, pintaremos las paredes, Ana ―cambio radicalmente de tema al despedirme.

Todos nos despedimos amigablemente y quedamos en empezar a pintar cuando volvamos a reencontrarnos en abril. Ya en la calle, subo al coche de Luis, y me pongo en el asiento del conductor. Luis me mira interrogante, saco de mi bolso la L de conductor novel y le digo contenta:

Aprobé esta mañana.

¿Qué me dices? Ni tan siquiera sabía que tenías el examen ―me responde sorprendido.

Nadie lo sabía. Lo preferí así. Por si no tenía suerte…

Felicidades, Elisa. Eres la mejor.

Y me besa.

¿Me dejas conducir?

¿Hasta casa de tu prima Susana?

Sí, pero a coger la maleta. Esta noche quiero dormir en tu apartamento. Mañana nos vamos hacia los Pirineos, a la casita rural. Tendremos que madrugar…

Luis me mira ilusionado y vuelve a besarme.

¿Sabes? ―me confiesa―. Es la primera vez que voy a una casita rural con una chica.

Siempre hay una primera vez para todo.

Su mirada cálida me derrite, y sé que ha llegado el momento de decírselo, aunque voy a retrasarlo un poquito más, y comunicárselo en plenos Pirineos. Ahora no es el momento idóneo, tomaré las riendas de la relación ahora que ya he tomado las de mi vida.

Continuará

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La sal de las heridas 56

Aprobada a la primera. La teórica del carnet de conducir ya pasó a la historia y empiezo las prácticas por la ciudad con ganas. En los instantes que conduzco, me siento dueña de mí misma, porque soy yo la que dirijo mi vida. Ha pasado casi un año en que lo dejé definitivamente, sin contar mi recaída, pero cada día que pasa es un pulso que le estoy ganando a mi adicción. Lo más importante es que me siento libre, sin ningún impulso que empañe mi día a día, ya que el alcohol me llamaba continuamente a consumirlo. También tranquila, porque al dejarlo esos mismos impulsos han cesado, y me lleno de vitalidad.

Me siento radiante, llena de vida, y de ilusión. Por eso, durante el mes frío de febrero, en el que la bebida no nos calentará el cuerpo llenándolo de falacias y dominando nuestra existencia, pintaremos un mural con nuestras manos. Un mural donde el color será testigo de nuestra fuerza unida. Las paredes las dejaremos para primavera, porque se podrá ventilar la sala donde hacemos la terapia y las contiguas, pero el mural no puede esperar. Paquito está empezando a dejarla y, los unos primeros días, siente un temblor incontrolable en sus manos, que le hacen pensar que no será capaz de pintar.

Déjate llevar, Paquito ―le digo y hago que su mano se dirija por un extremo del lienzo.

Luis, en un primer momento, concentrado en una mezcla de pinturas, me mira de soslayo al oírme. No tiene muy claro todavía que simplemente soy amable con Paquito. Quiero ser su amiga, brindarle complicidad, y servirle de hombro para apoyarse. Pero la sombra de unos celos sin fundamento, cubren la mirada de Luis, al vernos trabajar juntos. Me siento afín a Paquito, por su historia que nos contó hace unas semanas.

Sé lo que se siente cuando te abandonan sin explicación alguna, cuando tu mesita de noche se tapa de soledad, cuando es la intermediaria de malas noticias, que te hacen pasar malas noches, cubiertas de embriaguez por pavor de enfrentarte a lo que será de tu vida a partir de ahora. Sin amor, sin pareja, sin la estabilidad que te llenaba. Y vuelta a empezar.

Días después le comentaré a María esos pequeños ataques de celos, que siente Luis al verme tan cerca de Paquito.

Luis está inseguro ―me contesta María sentándose en el sofá de Toni―. Compréndelo. Primero, no sabe lo que le va a pasar respecto al juicio que le espera, y segundo tiene miedo de perderte. A parte, está la diferencia de edad.

¿De qué diferencia me estás hablando, María?

Hombre, ―me contesta encogiéndose de hombros― tú le llevas cinco años a Luis. Paquito es tres años mayor que tú. Luis piensa que lo ves como un crío, se lo dijo el otro día a Toni, pero no le digas nada, ¿vale?

Claro que lo veo como un crío ―la interrumpo―. Porque se comporta como tal. Esa inseguridad nunca le abandona.

Háblale, hazle ver que sólo tienes ojos para él.

Parece que me estés implorando, María. Ya estoy harta de sus malas caras cuando me acerco a Paquito. Nunca he sentido interés sexual por él. Ni un ápice.

Pero no negarás que es guapo ―me comenta María.

Feo no es. Pero sólo quiero ser su amigo. Sólo faltaría embarcarme en arenas movedizas otra vez. Con una vez ya tuve suficiente.

¿Por qué no firmáis verbalmente un pacto de fidelidad? ―me propone María―. Está muy inseguro, porque no te vas a vivir con él, porque prefieres a tu prima Susana.

Si a esas alturas no ha comprendido que quiero hacer las cosas bien, es que no ha entendido nada. María, no quiero precipitarme. Luis es dulce, pero últimamente se está agriando.

Tenéis un viaje pendiente, en Semana Santa, aprovecha para hacerle sentir especial, Elisa. A Luis le falta algo de autoestima desde que ha aparecido Paquito. Como Paquito no tiene pareja, y es una persona herida por su pasado, pues cree que a lo mejor…

Pues que no crea nada, si no cambia de actitud me acabará perdiendo, María. No me gustan los malos rollos por cosas inventadas, por sensaciones infundadas. Así son los celos.

Ya… Son fantasmas que te recorren la falta de seguridad y autoestima.

Luis no confía en sí mismo. Me da pena que sea así. Está cambiando su actitud poquito a poco, y no nos conduce hacia ningún lugar. Bueno, María, no quiero hablar más del tema. He venido a ayudarte a elegir vestido de novia. ¿Nos vamos ya a la tienda?

Espera que venga Rebeca. No puede tardar mucho ya.

Como siempre, se retrasa ―digo comprobando el reloj.

Hoy tiene excusa. Pasaba la mañana con sus hijos. Ahora les debe estar recogiendo el padre. Esperemos un poquito más.

¡Qué remedio! ¿Una partida al simulador?

Después de unas cuantas partidas en donde conduzco diferentes coches de carreras, llega por fin Rebeca. Sus ojos transmiten la alegría de haber estado con sus retoños.

Las despedidas siempre se alargan ―comenta al llegar―. Mamá esto, mamá, lo otro… Y hoy su padre se ha retrasado, cosa que le he agradecido. He podido disfrutar más tiempo de ellos. Bueno, ¿preparadas para elegir el mejor vestido de fiesta?

Sí, damas de honor ―contesta María ilusionada.

No habrá ciudad que se nos resista ―digo yo.

Ni ciudad, ni chico ―dice una Rebeca segura.

Reímos las tres al unísono, y nos vamos directas a la tienda, especializada en vestidos de fiesta. Miramos catálogos y al fin, Rebeca y yo, nos decidimos por unos vestidos violeta sencillos en su corte, pero muy elegantes. María se prueba varios vestidos de novia, le disimulan sus curvas y noto como tiene experiencia en elegirlos. No es su primera vez. Sé que el otro vestido que tenía pensado lucir en su boda con Víctor, lo acabó revendiendo en ebay.

Ese te va como anillo al dedo ―le dice Rebeca.

Es verdad, María.

Es muy caro, no tengo presupuesto para tanto ―puntualiza María.

Y dirigiéndose a la dependienta, le hace enseñar únicamente vestidos con un presupuesto bastante ajustado. La dependienta hace una mueca de burla. Nos mira de arriba abajo y, después de aclarase la voz, nos sugiere que nos vayamos a una tienda de segunda mano.

¡Será imbécil, la tía! ―dice María una vez hemos traspasado la puerta y nos encontramos otra vez en la calle-.

Los vestidos de novia siempre han sido muy caros ―comenta Rebeca.

Es verdad ―le doy la razón.

¿Qué ha pasado con tu dinero, María? La semana pasada me dijiste que tenías más ―pregunta inocentemente Rebeca.

Se lo he devuelto a su dueño ―contesta María, que se nos ha adelantado unos pasos.

¿Qué dueño, ni qué niño muerto? —vuelve a preguntar Rebeca.

María se vuelve hacia nosotras con calma. Su mirada denota misterio.

Quedé con Nacho la semana pasada ―nos contesta, evitándome mirarme a mí―. Le devolví el dinero, que le había quitado mi hermana. Incluida la casita en Portugal.

¿Qué hiciste qué? –pregunto alterada.

Lo justo ―me contesta María―. Ahora tengo la conciencia tranquila y no sabes lo bien que dormí por las noches después de aquello.

¿Y por qué no nos dijiste nada?

No surgió, ni lo vi conveniente. Quedamos a solas. Bueno, delante de un notario ―rectifica―. Y todo quedó solucionado.

Ya… ―dice Rebeca pensativa.

Pues eso, me compraré uno de segunda mano. ¿Miramos en ebay? ―sugiere María―.

Volvemos a la casa de Toni a conectarnos a Internet. Al cabo de poco de mirar, y remirar diferentes vestidos, y desilusionarnos, porque no encontramos tallas, que se ajusten a las curvas de María, llegan Luis y Toni. Minimizamos la pantalla antes de que los chicos entren.

¿Qué hacíais, chicas? ―se interesa Luis.

Cosas nuestras ―contesta María con un poco de bajón en su voz.

Luis y Toni se van a llamar a Jesús y a Paquito para echar una partida al futbolín. En un plis plas, los cuatro se reúnen para jugar. Luis y Paquito van en equipos contrarios, y se nota cierta rivalidad, que va más lejos del simple juego.

Arreglad lo vuestro ―me susurra María al oído cuando ve el panorama-.

Lo intentaré ―le contesto sin gracia y suspirando, porque el ambiente que se está cargando no me hace ninguna.

Mañana acaba febrero y acabamos el mural, ¿no? ―dice Jesús después de la partida.

Claro que sí ―contesto ilusionada―. Vamos a dejar una huella profunda en esa terapia, que nos ha revitalizado por completo.

Sí, «la mejor cicatriz es la que se olvida» ―declama Paquito, citando un eslogan de publicidad.

¿Hemos dejado una cicatriz de pintura, Paquito? ―le pregunto confundida.

Sí ―me contesta―. Al dejar la bebida, nos quedó a todos una cicatriz y hemos sido sus cirujanos plásticos para subsanarla.

No me lo había planteado así ―le contesto asombrada.

Y pienso que su planteamiento es genial y me deja pensativa durante unos segundos en los que le sonrío. De nuevo, Luis me mira de reojo sin decir nada, pero creo que se está calentando. Son ese tipo de conversaciones las que no soporta, cuando me vuelco completamente en lo que dice Paquito. No me dirá nada al respecto, pero le notaré algo distante y enfadado lo que queda del día.

Continuará….

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La sal de las heridas 55

Enero desemboca en un mes en el que no paro de hacer cosas al lado de Luis, de Susana, y por mí misma. Estudio la teórica del carnet de conducir para sacármela cuando antes, y realizando test con el ordenador de la Autoescuela.

Me paso el mes pintando cuadros, animada por Susana. Quiere que vuelva a exponer en el restaurante, porque me dice que dejé con ganas de más a los clientes, que apreciaron el torbellino marino. Así lo hago. Pinto sin parar en los tiempos libres, aducida por una fuerza, que me impulsa a sacar lo mejor de mí misma. Incluso la señora Fernández se impresiona al ver mis cuadros que, por falta de espacio en el piso de Susana, acabo trasladando a la academia.

¿Eso lo has pintado tu sola? —me pregunta alzando las cejas, gratamente impresionada.

Sí, claro. ¿Con quién más lo tendría que pintar?

La señora se encoje de hombros, pensativa, y guarda silencio por unos instantes, sopesando sus palabras, escogiendo las adecuadas.

Elisa, en tus cuadros reflejas partes de tu alma…

¿De eso se trata, no?

Sí, pero, es como si reformaras todo lo aprendido. Lo vuelves del revés con cuatro pinceladas, renuevas el espíritu de quién lo mira. O admira, mejor dicho. Sigue así, Elisa, ¿no te has planteado nunca exponer en una galería?

Me sonrojo y nerviosa le respondo casi sin pensar lo que estoy haciendo en el restaurante de mi prima Susana.

Pero eso es una exposición a ciegas. Los clientes compran sin saber de quién es la obra. Elisa, tú te mereces algo más. Una exposición con tu firma.

Mi firma, mi imprenta, mi mancha, mi sueño. Asiento dudando hacia dónde me llevará esa conversación.

Elisa, me han llegado voces de tus alumnos y de sus padres. Están muy contentos de cómo les enseñas. Tus alumnos tienes suerte de tenerte como profesora. ¿Estás contenta de estar aquí?

Sí, claro —le respondo sin dudarlo completamente sonrojada.

Pero mereces algo más. Voy a recomendarte a mis contactos. No lo suelo hacer, pero me ha impresionado tu arte. Posiblemente recibas una llamada en pocos días. No desaproveches esa oportunidad, si te parece bien salir del anonimato. La decisión es tuya.

La cabeza me da vueltas, y siento un poco de mareo. Es una emoción, que me recorre. Nunca pensé que mis pinturas llegaran más allá de mí misma.

Tus pinturas muestran esa diferencia que se busca en cada autor. La imprenta personal del autor. ¿Por qué pintas, Elisa?

No le contesto, guardo silencio. El quid de la cuestión, quedaría mal decirle que lo hago porque sí, porque me va la vida en ello, porque es una forma de expresarme, de sentir. Nunca busqué la fama, pintar es como volar en el paraíso de la sensación, el poder en tu mano que arrastra el pincel hacia una impresión.

Porque la pintura me ciega ―le contesto al final, expresando una frase que me arrepiento nada más vocalizar, por ser demasiado impulsiva.

Eso mismo, Elisa, rompiendo fronteras ―me sigue la conversación la señora Fernández―. Original hasta la médula. Eres joven, una pequeña promesa en el campo de la pintura. Te queda todavía un largo camino por recorrer, sigue, no te rindas nunca. Vuela, experimenta.

Los ojos de la señora Fernández se han vuelto cansados de golpe, como si ella con sus consejos, retrocediera a su niñez y juventud. Me intriga lo que intuyo, y me atrevo a preguntarle.

¿Usted también pintó?

Sí, pero en el momento inapropiado —me dice lentamente como única contestación―. Fundé la academia para formar a jóvenes promesas. Nunca me arrepentí de ello. Sacrifiqué a mis musas por las de mis alumnos, más fuertes, con más voz. Y ahora me encuentro aquí, animando a una joven profesora a que labre su camino en esa incierta profesión.

Gracias.

No las merezco. Te lo digo de verdad.

Me marcho de allí con el corazón acelerado, embutido en un recipiente más pequeño, que me hace retumbar con cada latido. Mi mente vuela mientras me dirijo a la terapia. Martes. Nos vamos a reunir todos ese día para comentar lo pasado en las Navidades. 15 de enero, mitad de mes.

María está esperando en la puerta con Toni. Ni Luis ni Rebeca todavía han llegado. Jesús aparca el coche con pocos movimientos y pienso que pronto yo también llevaré el mío propio. La pintura de la fachada verde pastel se cae a trozos, cada día un poquito más y me propongo proponer a Ana, la psicóloga, arreglarla en primavera. Me ofreceré como voluntaria. Le podríamos dar un toque más personal, y en el muro pintar un mural entre todos. Sensaciones de lo más hondo, porque nos estamos rehabilitando día a día.

Al fondo, un hombre bastante alto se está acercando con pasos inseguros. Con la mirada fija en el suelo, observo sus pies demasiados estrechos. Me acelero en comprobar que Paquito nos está haciendo una tímida visita. Es un primer contacto, el de los valientes, los que reconocen y toman el toro por los cuernos. Le saludo con una sonrisa, que se va ensanchando cuando confirmo que me reconoce.

Hola Paquito ―le saludo.

Hola ―me responde con una voz diferente a la que me tiene acostumbrada.

Viene sobrio, tocando de pies en el suelo, con la ropa planchada y limpia. Sin exagerar, diría que impecable. Cómo cambian las personas con unos pocos atuendos, pero en el fondo siguen siendo las mismas.

Te has decidido a venir ―le digo.

Sí, la autodestrucción no conduce a ningún lugar.

Luis llega y observa nuestra conversación desde la distancia. Puedo intuir cómo suspira, se acaba acercando y me planta un beso, marcando territorio. Me río entusiasmada. Rebeca llega por la acera de enfrente, cruza la calle mirando a derecha e izquierda.

La última, como normalmente ―comenta al ponerse a mi lado―. Pero llego a tiempo, puntual. Ya podemos subir. Ana nos estará esperando arriba.

Subimos las escaleras hasta el piso donde se imparte la terapia. «Somos un grupo, que poco a poco va creciendo», pienso. Paquito, mi invitado, se sienta a mi lado. Luis en el otro lado. Ana entra en la habitación y nos saluda a todos. Como sabré después, Paquito llamó al teléfono que le dejé en la mesita, y lo derivaron a nuestro grupo. Hoy le toca presentarse, se levanta y empieza con esas palabras:

Hola, me llamo Francisco, Paquito para los amigos ―puedo entrever como me guiña un ojo mientras pronuncia su diminutivo―. Estoy aquí supongo que por lo que estáis todos vosotros. No controlo. Antes lo hacía, era parco con la bebida y me servía para entablar relaciones con los demás. Mi historia va de una Red, pero no de una cualquiera, de la Red de Redes: Internet. Así fue cómo conocí a Nadia. Resumiendo os diré que nos enamoramos. Ella vivía en Chile, cruzó el charco por mí, y se puso a vivir conmigo junto con sus dos hijos, fruto de otra relación. ¡Qué bien nos los pasábamos los cuatro! Pero… la añoranza de su tierra pudo más.

Nos mira a todos y continúa con su historia:

Un día me encontré una nota de despedida en la mesilla de noche. Nadia se fue, despareció, y enterró cinco años de relación. Luego me enteré que, por Internet, se había comunicado con el padre de sus hijos y había decidido volver con él. Me sentí utilizado, y me quedé sin nada. Sólo la bebida fue entrando en mi vida, sin tan siquiera enterarme. Me hizo perder el trabajo. Era conductor de autobuses y, cómo comprenderéis, una cosa es incompatible con la otra. Por eso ahora pido limosna en la estación en la que antes trabajaba. Mis compañeros ni me reconocen, o si lo hacen, se apartan. Soy un apestoso borracho. Pido limosna para beber y evadirme del todo este asco….

Su voz finalmente se quiebra. Damos por finalizada su historia y le damos la bienvenida calurosamente. Uno más, otro que se va a esforzar, y va luchar contra una adicción que te resta, y te anula como persona. Pero la solución se pinta de esperanza esta tarde, con todos los colores que le propongo a Ana para hacer un mural entre todos nosotros. Ana dice un sí rotundo a mi propuesta.

Continuará…

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La sal de las heridas 54

La aparente normalidad pinta de nuevo mi vida. Se acabaron las vacaciones navideñas. Madrugo más de lo normal, porque el piso de Susana está en un barrio de la periferia de la ciudad, bastante lejos de la academia. Cojo otro autobús del que estoy acostumbrada y, mientras me encuentro en la estación, mis ojos rebuscan sin poderlo evitar la persona de Paquito. No está. Supongo que, a esas horas tan matutinas, todavía no habrá bajado a pedir limosna.

Estará durmiendo, soñando o no, lamentando su destino o rozando la inconsciencia, totalmente perdido. No sé lo que me hace pensar tanto en él, si no le conozco de nada. Es un desconocido, que ha chocado en mi vida. El autobús pasa cerca de su piso, por una calle perpendicular residencial. Miro por la ventana empañada. Fuera hace frío. Me he abrigado a consciencia, porque la academia no estará ambientada en cuanto a calefacción se refiere por las vacaciones.

No me equivoco. Al entrar por la puerta principal, un escalofrío debido a la humedad me cala. La señora Fernández ya está en su despacho delante de un ordenador. Me acerco a ella y la saludo con cortesía. Sus ojos se alegran de verme. Me sonríe cosa que hace que sus arrugas se profundicen con todo su esplendor, y algunas más aparecen a la vista. Al abandonar la sonrisa, que dura pocos segundos, su cara vuelve a su estado original.

Estoy haciendo una base de datos con el material, que compraste en «La cometa pintada» para darlo de alta ―me indica.

¿Está todo en orden, no?

Puede ―contesta con una ligera duda en su voz―. Lo único que hay material, que no deja darlo de alta. Misterios de la informática. Al guardar, no lo guarda y se borra la información.

¿Has probado en reiniciar? ―Porque en cierto modo recuerdo que es una de las primeras cosas que se hacen cuando los ordenadores hacen de las suyas.

Sí, lo primero que he hecho, pero no se trata de eso. La informática me hace perder demasiado el tiempo. Agilizar, dicen. ―Me mira con una postura irónica.

En teoría sirve para eso.

En teoría ―contesta con otra sonrisa, esta vez más irónica todavía―. Me parece que hoy no lo voy a conseguir. Mira, lo dejo, no quiero ponerme nerviosa.

¿Quiere que la ayude?

Apúntalo todo en esa libreta como hacíamos antes y el stock que tenemos de cada cosa.

Me pasa una libreta de piel de color marrón. Me dispongo a ir contando el material, poco a poco. Queda todavía para empezar la clase.

Esa faena le corresponde a la secretaria ―comenta la señora Fernández―. Ella es la experta. Seguro que a ella no se le atrancaría el ordenador, pero está de baja, como sabes, tiene que guardar reposo debido a su estado. Un embarazo de alto riesgo.

Si no nos damos prisa, se nos acumulará la faena.

Hasta que venga la suplente, sí. Pero, tranquila, no tardará en llegar. Mañana cómo muy tarde estará aquí. Viene de fuera y su currículo es muy completo. Tiene dos máster, uno creo recordar en nuevas tecnologías.

«Es lo que ahora se estila, un máster después del esfuerzo de una carrera para aferrarse a un mísero empleo, muy por debajo de tus posibilidades. Pero un empleo al fin y al cabo, para subsistir e ir tirando», pienso.

¿Sabes? ―me comenta la señora Fernández―. Estamos de innovación, renovarse o morir. Estas vacaciones hemos ido incorporando ordenadores en cada clase y también hemos creado una nueva aula para dar una asignatura de arte digital.

¿Ah, sí?

¡Huy, sí! –continúa emocionada-. Arte en tres dimensiones, diseño de logotipos y demás. Todo al orden del día. No nos podemos quedar atrás con la competencia que tenemos, ¿no?

Claro. Es una buena idea. ¿Y ya tenéis candidatos para impartir las clases?

Sí, un profesor y una profesora. Matías y Judith.

La señora Fernández mira el reloj para decirme segundos después.

No tardarán en llegar. Están citados dentro de quince minutos. Elisa, ve a tu clase y enciende tu ordenador. Ve contando el material que compraste. Si necesitas una estufa de refuerzo para hoy, dile a Matilde que te preste una. En el armario del pasillo hay de sobra.

Me dispongo a ir a mi clase. Enciendo el ordenador y mientras se va encendiendo, voy contando los distintos pinceles, pinturas, lienzos y demás que configuran el material, que compré en «La cometa pintada».

Pienso en Sandra y en lo bien que le hubiera ido ese empleo. Hubiéramos sido compañeras de trabajo, y no se hubiese tenido que aventurar a ser freelance, porque tenía muy pocos pedidos. Los inicios siempre cuestan. Pienso en que ahora no tendrán la ayuda que les pasaba cada mes en concepto de alquiler de mi habitación. El embarazo de la secretaría me hace pensar en el embarazo de la propia Sandra. ¿También será de riesgo? Mi mente no para de pensar mientras el ordenador ya está a punto. Me salen distintas ventanas de actualizaciones de diferentes versiones. Voy aceptando todo y el ordenador se va actualizando. Pienso en Sandra y en mi torbellino, colgado de nuevo en su comedor. O, quizás, en donde vive Nacho ahora. Ni sé dónde es, ni quiero saberlo. No quiero volverme a cruzar con ninguno de los dos. Que la fuerza de mi mar los apague, que no vuelvan a mi vida, que desparezcan de ella definitivamente.

Adiós, Sandra, adiós.

Adiós, Nacho, adiós.

Repito mentalmente.

Mi móvil suena y me arrebata mis pensamientos por unos instantes. Es Luis. Contesto al instante.

¿Cómo te va, princesa?

No puedo evitar alegrarme al escuchar su voz.

Bien, aunque…. Necesito tu ayuda ―le digo.

Soy todo oídos para ti.

Hay una base de datos que se nos resiste.

Le explico el problema que hemos tenido con la señora Fernández.

Oye, prueba a hacerlo con tu ordenador.

Lo intento y voila, la información de la base de datos por fin se consigue grabar.

Luis, ya funciona ―le digo emocionada―. ¿Cómo lo has hecho?

Claro, lo más seguro que se debía a un problema de actualización de la versión del programa, que estáis usando. Al decirme que estabas actualizando tu ordenador, he intuido que en el tuyo te dejaría hacerlo.

Gracias, eres un cielo. Cuelgo que tengo faena.

De acuerdo, yo también. Te vengo a buscar a la salida.

No sé a qué hora acabaremos hoy. Yo diría que más pronto, porque el primer día las clases se suelen hacer más cortas. Es un primer contacto y la explicación del curso. ¿Y si me paso yo?

Como quieras, corazón. Yo terminaré a la misma hora de siempre.

Su contestación me gusta. Por primera vez presiento que conoceré su ambiente de trabajo. Una pieza más que necesito encajar en la vida de mi novio. Toni sabe mucho más que yo. Yo también tengo derecho a irle desmenuzando, a conocerle en cada parte de su vida. O la que él se deje. Creo que soy la única del grupo, que todavía no se ha acercado a SIATA. Me propongo hoy ir hacia allí.

Las clases empiezan. A la mayoría de los alumnos ya los conozco del semestre anterior. Unos más buenos que otros, unos con más habilidad artística pero, en definitiva, la mayoría destaca, y por eso están aquí dando lo mejor de sí mismos. La señora Fernández inaugura el semestre con unas palabras, que todos escuchamos con atención. Nos presenta la nueva aula y la visitamos. Me doy cuenta que han habilitado una vieja aula que ya no se usaba, reformando con gusto. El arte digital, los píxeles: los puntitos de los millones de colores, todo un mundo por descubrir. Algunos de mis alumnos se quieren pasar a las nuevas tecnologías y me lo hacen saber después. Pienso, apenada, que algunos de ellos los perderé, sin poderlo evitar. Les paso a los que quieren continuar conmigo una agenda con el programa del curso, las distintas salidas, que están programadas y, les indico que estoy abierta a toda clase de sugerencias.

Cuando acabamos y me reúno de nuevo en la sala de profesores, conozco a Matías y a Judith. Aparentemente jóvenes, más o menos de mi edad. Matías lleva coleta, Judith un piercing en la nariz, son las dos cosas que destacan más de su figura. Me estrechan la mano. Hablamos un poco, antes de dar el día laboral por finalizado.

Subo al autobús y me dirijo a SIATA. Es un lugar más grande de lo que me imaginaba. Una chica muy mona me saluda con educación. Es la nueva secretaria. Lleva un traje chaqueta impecable de color verde mar. Me espero en la sala de espera a que Luis baje. Le envío un whatsapp al móvil para decirle que ya estoy esperándole. De un ascensor van bajando trabajadores, clientes, gente con traje o sin él, ejecutivos ocupados y otros ociosos; subiéndose al carro de las nuevas tecnologías.

Luis no tarda en contestarme. «Tardaré. Estoy en una reunión, creación de nuevas aplicaciones para móvil. Espérame en casa, cielo mío».

Decepcionada, me levanto de la silla de diseño donde me he acomodado. La secretaria me saluda con un breve movimiento de cabeza y regalándome una sonrisa dentífrica. Me pregunto si habrá hecho un máster, donde le enseñen a sonreír así. Cambio mis planes, y me dirijo a la autoescuela a matricularme. Enero empieza con nuevos propósitos, que iré incorporando en mi vida. Cambio de hábitos, también decido apuntarme a un gimnasio para ponerme en forma, como el resto de los mortales, que empiezan un nuevo año. Lo primordial será la constancia, y mantenerlo al finalizar el año. «Mi capacidad y perseverancia son grandes», me digo. Voy a conseguirlo, y los ánimos me llenan de profunda satisfacción con tan solo imaginarlo.

Continuará….

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La sal de las heridas 53

Luis misteriosamente me cita en su apartamento. Acudo enseguida, y cuando le tengo delante, observo cómo su pequeño enfado del otro día se ha evaporado por completo.

Obviamos hablar del tema de Paquito, aunque pienso en él y, más que nada, en lo que será de su vida. No ha llamado, cómo me indicó Luis, y evito darle la razón. En el fondo también pienso que todavía es pronto y que posiblemente, Paquito esté sopesando en dar el paso, que le lleve a dejar definitivamente la bebida. Si es que llega a hacerlo. Si es que de verdad se lo plantea.

Es difícil agarrarse a la primera mano que se te acerca. Lo más seguro es que, al despertarse, no se acuerde de mí, ni de Luis, o que lo vea como fruto de una alucinación, y que, la tarjeta, que le dejé en su mesilla de noche, no le diga nada más que un número de teléfono al que no llamará. Se necesita mucho valor para hacerlo. Dudo que Paquito lo tenga. «No pienses en él, Elisa», me digo.

Concéntrate en Luis y lo que tiene que decirte. Se le ve ilusionado y quiero saber el por qué. No tardo en saberlo. Luis me venda los ojos con el pañuelo, que llevo alrededor del cuello, no sin antes preguntarme si puede hacerlo. Me rindo a sus encantos afirmativamente.

Me dirige hacia un cuarto, todo es oscuridad debido al pañuelo, que me impide ver lo que Luis me pone en las manos. Una caja, me parece palpar. Quiere jugar. Me mordisquea el lóbulo de la oreja y va bajando por mi cuello, libre, sin pañuelo. Me dejo besar. Gimo suavemente a sus caricias. Está siendo muy cariñoso. Ha encendido el equipo de música y una canción inunda la habitación. Aprecio los instrumentos, saxofones me invitan a excitarme ante tanta sensualidad. Luis no habla, solo me besa, y me abraza. Disfruto del momento, intento poner la mente en blanco, dejarme llevar, aunque estoy intrigada por la caja que reposa en mis manos, suave al tacto, aterciopelada.

Después de un largo rato, Luis me quita el pañuelo y me indica con voy enigmática:

Ábrela.

Le hago caso. De la caja de terciopelo granate sale un pequeño sobre. Le interrogo con la mirada. Luis entorna los ojos y me sugiere:

Ábrelo. Aquí tienes mi regalo de Reyes para ti.

Me besa la mano delicadamente. Rasgo el sobre por un extremo, me encuentro con una tarjeta más pequeña. Cuál es mi sorpresa al comprender que se trata de un juego: un raspa y gana con tres casillas.

Piensa bien qué casilla rascar ―me indica Luis―. Tengo tres regalos escogidos especialmente para ti. Solo uno podrás disfrutar.

Le sonrío y me pregunto de qué película habrá sacado tan original idea. De qué argumento estoy formando parte, de qué sueño voy a despertarme de un momento a otro. Estudio el panel, Luis me tiende una moneda de un euro para que raspe una casilla. Derecha, centro e izquierda ante mí. Una tarjeta personal, decorada con gusto, con tres casillas tapadas con pintura acrílica, para que no pueda ver. El amor es ciego, después de meditarlo como si mi futuro dependiera de ese trozo de papel, me decido a rascar la casilla. Antes de hacerlo, Luis, me pregunta:

¿Estás segura?

Le digo que sí, y raspo la casilla central. Lo que veo en su interior me sobresalta agradablemente el corazón: «Vale por la estancia de un fin de semana en una casita rural».

Le rodeo con mis brazos y le beso apasionadamente. Luis, excelente romántico y soñador, me devuelve el beso, aunque aprecio algo de decepción en ese beso. No sigue mi entusiasmo cómo debiera. Se apaga un poco a mi ritmo frenético. Al cabo de poco, sé a qué se debe la apreciación de mi sexto sentido.

Hubiera preferido que hubieses raspado otra casilla, Elisa ―me confiesa.

Le interrogo con la mirada.

¿Cuál? ―le pregunto al fin.

La derecha ―me susurra con el aprecio de una cierta emoción en sus palabras.

No le hago caso y raspo la izquierda. «Vale por una suculenta caja de las mejores magdalenas», me hace partirme de la risa, que estalla en su habitación.

Esa sí que no me la esperaba ―le digo entre risas.

Luis también sonríe, y sus besos se hacen más intensos. Sin decirle nada más, ahora raspo la casilla de sus sueños. Una súplica en las palabras de la casilla, me hacen que la tarjeta se escape de mis dedos: «Vente a vivir conmigo, por favor».

Me pregunto qué hubiera pasado si hubiera elegido ésta. Si me hubiese visto obligada a ceder.

El azar ha decido esta vez ―dice Luis con la mirada, que se cuela por la rendija de mis pupilas.

Se hace tan intenso mirarle, que parpadeo un par de veces como si se me hubiese metido algo en el ojo. Una pestaña quizás, una lágrima se desliza por mi mejilla. Luis la aparta y la besa.

Nada va a impedir que disfrutemos de un fin de semana. Solos. Los dos, ¿verdad? ―me pregunta con una voz pícara.

Claro, Luis ―le digo.

¿Ni tan siquiera el cruel destino?

Tú y yo. Juntos. Somos más fuertes.

Luis no dice nada más por un largo rato, en el que se dedica a amarme. Me impregno por su olor intenso, penetrante, a perfume de aquel bote plateado cilíndrico, que tiene en su cuarto de baño.

Quiero despertarme a tu lado, cada día ―murmura lentamente―. Siento ser tan pesado, pero esa es la verdad.

Mi corazón aprieta al bombear mi sangre. En ese instante, llena de él, consigo decirle a duras penas, porque mi voz se atranca entre palabra y palabra:

Yo… también.

Luis me besa. Mis dudas se aceleran. Tengo miedo de precipitarme con mi decisión. De decepcionarlo a los dos días. De que él tenga que partir hacia un lugar privado de libertad. Evidentemente pienso en la cárcel, en lo incierto, pero…. ¡cuánto le quiero! Me estoy precipitando, cayendo, saltando por el precipicio. Disfruto de la caída en ese instante. Toco el suelo con mi cuerpo y es acolchado. No me he hecho daño. Estoy aquí. Sigo en pie.

¿Cuándo iremos a la casita rural? ―le pregunto tratando de afincarme en el regalo, que me ha tocado en su rifa de amor.

Para Semana Santa, este año toca pronto. A finales de marzo.

Sí, queda poco. El segundo trimestre me pasará volando.

Y se acabaron las vacaciones, pienso. Mañana vuelvo a la Academia, cargada de energía. He conseguido volver a pintar.

Yo también espero que me pase rápido ―dice Luis―. Aunque…. Hasta el día del juicio, no estaré completamente tranquilo. Soy libre, sí, pero estoy viviendo ya en una cárcel. La de lo incierto.

Le abrazo casi ahogándole. Le beso. Le intento dar los ánimos con fuerzas, que me salen de lo más adentro. Es lo único que nos queda. La fuerza, que lucha contra los mil matices de incertidumbre, que existen a nuestro alrededor.

Continuara…

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