Me pesaba tu suspiro

Otoño, narrando autobiografía del más allá

POEMA 13: “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

Tu suspiro pesaba más que el aire,
más que el viento de esta tierra,
que desordena travieso los olivos.
Más que nada, me pesaba tu suspiro.

Desalmada, cada vez que el peligro
desafiaba el riesgo que corrías.
Contenta, cuando volvías con la motocicleta.
¡Qué desagrado tan grande cuando la compraste!

Desamparada, por el miedo que te apuntaba,
creyendo que no era más que una flojera de las mías.
¡Y qué descanso cuando ponías los pies en el suelo!
Intuición que flotaba en el aire, diré que fue,
por no llamarlo de otra manera.

Tu índole no era ser veloz,
pero el viento te arrastraba volando
como a una hoja seca.
Aquel día nublado, quise acompañarte,
clavé mis pechos en tu espalda,
y me agarré fuerte.

La fuerza temprana del viento,
la fina lluvia que caía en los talones,
mojando la tierra a cal y canto
aquella brusca y pronunciada curva,
y el Ebro, impasible, cuando reflejó
dos faros que vimos demasiado tarde.

Salté por los aires,
por los vientos de nuestra tierra desordenada,
un remolino me agitaba ahogándome,
imprevista la tempestad que lloraba,
y las campanas repiquetearon doce cantos
de un sino que destejía nuestro cuento de hadas.

Cambio de vida

Era todo mentira. No existía ningún privilegio vivir en la gran ciudad. Lo supo cuando vio aquel entorno y pudo llenar sus pulmones de aire. Apenas los rayos de sol de filtraban en aquella arboleda, que se encontraba en un sitio alejado de la capital. No era un lugar conocido, por eso se podría decir que conservaba aún su encanto.

Tuvo la tentación de acampar entre aquella vegetación y, al acercarse, vio una pequeña cabaña de madera tapada por la maleza. Había encontrado el lugar perfecto para cambiar de vida. Todo estuvo listo en unos cuantos días. No necesitaba mucho, solo tener la valentía de hacerlo. Cogió una pequeña manta, por si por las noches refrescaba, y tenían que tapar sus cuerpos. Una botella de buen vino y jamón del bueno. Las ganas se las llevó instaladas en la mochila.

La noche anterior, su voz rompió la monotonía:

El martes te llevaré a un lugar muy especial —le dijo a su mujer.

Ella se sorprendió al oírle desde el sofá. Pensó en las conversaciones, que ya no existían entre ellos y en sus ojos parados, que ya no comunicaban nada. Lo que más le dolía era su indiferencia y su poca colaboración en las tareas comunes. Tuvo miedo de que su marido ya no le hablara hasta el martes, encerrado en sí mismo.

Él pensaba en ese día especial, que había elegido. Aquella cabaña sería un oasis en su cansancio semanal, que se alargaba más de la cuenta. Quería que para su mujer también lo fuera ya que trabaja todos los días como camarera en un restaurante, excepto los martes.

***

Llegaron a la cabaña el siguiente martes a mediodía. La mujer se paralizó al ver aquel entorno bucólico. Tuvo un dèja vú. Conocía la cabaña perfectamente, como si hubiese estado en una vida anterior.

Su marido le acabó cogiendo la mano y la estiró hacia adentro. Entraron juntos. Ella se sentó en un pequeño taburete y el hombre fue preparando la comida.

¿Te gusta el lugar? —le preguntó el hombre.

Tengo la sensación de que has entrado en mi mente —le dijo la mujer al comprender a qué se debía su dèja vú—. Un lugar confortable donde puedes reposar. Tú eliges, si quedarte o irte. Pero si decides quedarte, respétame.

Yo siempre te he respetado, Silvia.

No, no lo haces. Me pagas con indiferencia y con silencios. Eso también es una manera de rechazar a la otra persona.

Lo siento…

Ya sé que no estamos en nuestro mejor momento, la monotonía nos puede, pero… si decidimos entre los dos seguir juntos… Construyamos un futuro entre los dos, andando en la misma dirección. Tengo la sensación que bailo sola en esta vida, sin ti ya, desde hace tiempo.

Sin ti, la vida carece de sentido, Silvia —le dijo mientras intentaba darle un beso.

Ella apartó sus labios y se cubrió la cara con una mano. Al cabo de un momento, añadió:

A veces pienso si eres la persona adecuada para compartir mi vida.

Inténtalo, Silvia. Yo también lo haré. Podríamos quedarnos a vivir aquí, lejos de todo, solos tú y yo. ¿Qué me dices?

Una llamarada se encendió en sus ojos al oírlo. Pensó en su trabajo, en lo cansada que llegaba cada día, rellenando por completo su vida. Suponía que a su marido le ocurría lo mismo.

Luego le vino el miedo al pensarlo. Su vida dependía de aquel trabajo, la que la ataba vivir en aquella ciudad, donde su respiro se encogía por la contaminación y el estrés.

No puede ser, Roberto. Nos quedaremos a pasar la noche aquí y mañana volveremos a la ciudad.

Aquella noche, en la que Silvia se durmió y perdió su conciencia, había una cabaña de madera, que ardió por haber carbonizado sus sueños. Despertó sudada de la pesadilla. Roberto ya no estaba a su lado, se había marchado, abandonándola en aquel lugar pintoresco.

***

Un abuelo entró por la puerta. Iba cargado con varias bolsas. No se sorprendió de verla allí.

¿Te acuerdas cuando de pequeña te leía cuentos? —le preguntó el viejo hombre.

Silvia se asustó.

Tú me escuchabas —continuó el abuelo— y yo me sentía importante, porque me prestabas atención. Luego, nos acabamos distanciando. Ya no te interesaba lo que pudiera explicarte. Pero hoy, mi niña, vas a hacerlo. Roberto me ha dicho que andabas sola, incapaz de alcanzar un sueño, bloqueada. Todavía sueñas con llegar a las estrellas para rozarme, pero te diré que no buscas en el lugar correcto, pues he estado viviendo en esta cabaña, alejado de la gran ciudad, nunca quise irme a vivir allí. En esta pequeña arboleda nací; los montes y los pájaros se convirtieron en mis amigos. Y todavía los son.

«Tu madre te dijo que me había muerto y has estado llevando flores a una tumba equivocada. No la culpo. En paz descanse ya. Nunca quiso admitir que era un rebelde, que me negaba a progresar. Dicen que la ciudad es el progreso, pero cada vez respiran peor y necesitan de esos inhaladores que tú también usas. Para vivir. ¿Verdad qué aquí no lo has echado de menos?

Silvia negó con la cabeza mientras dos lágrimas le resbalaban por las mejillas.

No llores, mi niña. O sí. Mejor llora. Desintoxica tu alma. Nadie llora sin después sentirse mejor. Vengo del pueblo de abajo, donde he comprado un poco de comida. ¿Te apetece un poco de salchichón?

Sin esperar respuesta, se levantó y se puso a cortar unas finas rodajas de embutido.

De pequeña, te decía que esa arboleda era mágica y tú me creías. Algo de cierto debe haber, porque creo que físicamente te sientes mejor. La temperatura es buena. No es bochornosa. Y el ambiente es óptimo.

Como te decía, tu madre quiso que me fuera a vivir con vosotros, pero me negué a abandonarlo todo para cumplir sus ambiciones. Luego enfermó.

Su mirada se agacha.

Sus ambiciones por conseguir darle todo lo mejor a su familia, le acabaron provocando una enfermedad, que la empresa no indemnizó. Demasiado difícil de demostrar. Tú te quedaste con tus abuelos paternos, para tu madre yo había dejado de existir, el día en que le dije que de aquí, no me movía. Y se inventó mi muerte.

«Creciste entre el asfalto y observando un cielo gris, que diste por bueno. La luz del sol apenas se filtra desde esta arboleda, pero si yo te dijera que no existe, no te lo creerías. Igual como si te dijera que no existe el mar.

«Te da miedo quedarte aquí, porque te has acostumbrado tanto a la ciudad que piensas que no puede haber otro tipo de vida en otro lugar. Tus sueños se han extinguido entre las mesas que sirves cada día. Desde que los has perdido, te sientes vacía. Tienes la oportunidad de volver a pensar en ellos. Persíguelos y no los abandones nunca.

«Me decías que de mayor querías ser guarda forestal. Y yo me reía, porque si no fuera por la mano del hombre, los bosques no necesitarían cuidados extra. Aquí tienes la oportunidad de velar por esa arboleda. Mientras nadie la descubra, estará a salvo”.

«Silvia, mi niña, come. —Le acercó un plato con el embutido que había cortado—. No hace falta que me contestes ahora, pero piénsalo.

La mujer asintió más calmada y cogió un trozo de salchichón que masticó.

Luego salieron a pasear al exterior. Unas pequeñas ráfagas de viento mecían las ramas de los árboles. El aire la envolvía y sentía como sus pulmones le daban las gracias por haber llegado allí.

Silvia suspiró y decidió quedarse, después de que su gran ciudad la hubiese engañado. No se sentía de ningún sitio que no fuese aquel. «Voy a ser la guardiana de esa arboleda», pensó. Y sintió como los árboles le cuidarían sus sueños para que se cumplieran en un futuro.

***

A la semana siguiente, Roberto apareció.

Aquí no hay cobertura —dijo—. ¿Ya has tomado una decisión después de hablar con tu abuelo?

Me quedo, Roberto. Desde que estoy aquí, respiro con toda el alma. Si quieres, instálate tú también. Dejemos atrás nuestra vida anterior. Ha merecido la pena vivir para darnos cuenta de lo que no queremos para nosotros.

Un beso estampó el inicio de su cambio de vida. Y este fue el comienzo de su progreso personal.

Imagen Creative Commons de Dani Oliver en Flickr.

De aire y tierra, una historia de amor consentida

Sabía lo que era impresionar con sus manos de aire, con una manicura cuidada, y unos dedos tan largos, que podían deslizarse sigilosamente por cualquier  parte de un cuerpo, de manera consentida.  Acariciar el alma de los presentes era su propósito, fundirse a través del oído, y hacer brotar sin disimulo una leve parte emocionada  de color rosácea en sus mejillas. El público le observaba extasiado. Una muchacha entró a su área de visión. Él no se despistó, ni perdió el ritmo. Continuó tocando, con las mejillas encendidas. No sabrían si ese rubor era fruto de la concentración, o simplemente formaba parte de aquella melodía que le arrastraba a cansar sus manos, mientras tocaba aquel piano de cola en mitad del salón. O se debía, quizás, a aquella muchacha misteriosa que había irrumpido en mitad del salón. Una mujer corrigió su trayectoria, y se llevó a la muchacha despistada por el mismo lugar que había entrado.

Hoy el pianista traspasó fronteras, y llegó a un lugar recóndito del ingenio de los espectadores. Después de aquella interpretación, la imaginación de los expectantes brotó jugosa e imparable. Escuchar aquello les había transformado, quitado el aburrimiento de un plumazo, y alterado quizás su conocida monotonía. Llovieron aplausos copiosos cuando la música llegó a su fin.

Esta vez, la muchacha despistada, volvió a escena de una mano femenina que la guiaba. De refilón, el músico la miraba con un punto de júbilo en sus ojos, mientras ella ponía la mesa donde después todos comerían. La chica no comprendía por qué tanto alboroto había a su alrededor. Tanta gente, tanta expectación, tanta vibración. Por qué el público movía los labios elevando sus voces hacia algún lugar donde  ella no podía participar. Se sentía agotada y nerviosa. Su mandil era del azul del cielo en días grises. Llevaba el pelo recogido y se sentía empequeñecer en aquel salón tan grande. Venía de un pueblo perdido de montaña. La chica se quedó absorta un breve momento, como atrapando sus propios pensamientos, y cuando volvió a tener los pies en el suelo, vio como el músico la miraba. A través de la distancia que les separaba, la muchacha le perforó con la mirada mientras dibujaba una amable sonrisa. Antes de irse ajetreada, le obsequió con un baile de pestañas al entornar sus ojos líquidos. El músico hubiese caído allí mismo rendido a sus pies, si no fuera porque le acercaron una silla y le hicieron sentar en la mesa, donde comieron abundantemente durante varios días. La sangre bajó al estómago, y al tener una digestión muy pesada, olvidó a la muchacha por un tiempo.

Días después,  la muchacha le regalaría una caricia perdida con sus manos de tierra al ofrecerle una fruta para comer. El hombre mordió la fruta apresándola con sus labios. Era tan sólo una manzana de tantas en aquel frutero multicolor. Pero mientras la saboreaba, le pareció la más especial por provenir  de la chica nueva que había entrado a servir aquel mes. Un leve roce con sus dedos redondeados, regordetes, y cortos, de campesina, al servir la mesa bastó para sentirse enamorado. Se sintió enamorado hasta la médula en escasos minutos. Tan enamorado estaba, valga la redundancia repetitiva, que se comió hasta el corazón de la manzana. Se atragantó y empezó a toser bruscamente. La muchacha, que se encontraba de espaldas, hizo caso omiso a su socorro y éste pasó por varios estados de color hasta que, rojo como la grana, y con los ojos desbordándose de llorosos, y desencajándose de las órbitas, alertaron al maître que entró precipitadamente en la sala. Menos mal que fue así, porque si hubiese tardado un poco más aquel hombre decidido,  lamentaríamos una gran pérdida en el panorama musical de la región. El maître, con su experiencia y destreza, hizo escupir el corazón de la manzana al músico. Luego, tocándole la espalda a la muchacha y con gestos, hizo que la chica le acercara un vaso de agua cristalina al artista, que casi se había ahogado, que bebió sin desperdiciar ni una gota.

El músico no sabía a qué se debía tanta gesticulación con la muchacha de sus sueños. No tardó en averiguarlo. La chica era sorda de nacimiento. Al saberlo, cayó en un estado de desolación absoluta pues no podría cautivar su corazón, ni acariciarla,  ni hipnotizarla con su música. Además pertenecía a otro estatus social, tan opuesto al suyo, que supuso que por eso precisamente  la muchacha le gustaba. Era la muchacha con la sonrisa más abierta de toda la comarca. Tan abierta era, que mostraba todos los dientes y muelas con su risa. No tenía ni una sola caries, aunque su dentadura estaba algo torcida. Su risa le sonaba maravillosa,  a algo angelical, pues era la forma más directa en que ella se comunicaba con él. Cuando no la veía, buscaba ese sonido hasta debajo de las piedras, pues fue al final, el único que le inspiraba. Y cuando volvía a oírlo, normalmente era a la hora de la comida, cuando la chica servía su mesa y le obsequiaba con otras de sus risas. Luego se concentraba en la tarea de servir, para no volcar ni una sola gota de consomé en el plato del huésped. No quería que la despidieran del hotel por un despiste. El músico, en el breve momento, que ella tardaba en servirle, aspiraba para retener su aroma en la memoria. La muchacha olía mínimamente al sudor de las axilas en días duros de trabajo.  Ese olor característico era el que se mezclaba con otro más a nivel personal, su propio perfume corporal. La chica no olía a flores, pero sí a hierba recién cortada, a él le parecía que llevaba un ramillete de alguna flor insípida de la que sólo olía su tallo. Entonces, cuando la chica se daba la vuelta, se fijaba en su pelo recogido, y reconocía una flor púrpura en su cabello castaño. Eran las flores que crecían en la orilla del lago que había por los alrededores de aquel hotel. Supuso que la muchacha rondaba por allí en los días claros de aquella primavera que crecía rítmicamente hacia un verano imparable. El olor de las axilas de todos los presentes crecería en los días que vendrían, inundando de pesadez el ambiente del comedor.

El músico no sabía por qué la muchacha siempre llevaba las orejas despejadas, de soplillo, si por ellas no podían oír ni una simple nota musical, ni tan siquiera una palabra, una sílaba, un fonema de su voz enamorada. De ellas pendían unos pendientes alargados y acabados en un círculo brillante. Parecían dos cerezas, grandes y picadas por algún pájaro hambriento. Aquella baratija, a la que le faltaba algunos brillantes, la había ganado la chica en la feria de la ciudad en su día libre. Tuvo suerte y la ruleta apuntó al color que ella había apostado, el amarillo. Y todo se volvió de amarillo y brillante en su vida a partir de entonces por traerle suerte, como aquel sol que le hacía sudar más de la cuenta en aquellos días de abril. Le sudaban las manos, le sudaban los pies, le sudaban las axilas, le sudaba la piel en general, delante de aquel pianista larguirucho que la desnudaba con la mirada. Se sentía nerviosa, por eso sudaba. Sintió como sus manos de tierra, se convertían de agua en presencia de él.

El músico, en cambió,  sintió como sus manos de aire, se convertían de fuego, al intentar seguir a aquella muchacha por el camino que conducía al lago. La seguía sin importarle hacer ruido con sus pasos pues la chica no podría escucharle. Eso sí, fue precavido por si ella volvía la vista hacia atrás, y se camufló con el paisaje con un uniforme verde como si se tratase de un camaleón.

La muchacha empezó a quitarse el vestido turbio que llevaba para bañarlo en el lago. Quería quitar una mancha imaginaria, y de paso refrescarse ella misma con el agua. Estuvo metida en el agua hasta que empezó a arrugársele la piel. Observaba el cielo tan plácido, haciéndose la muerta. Tanto rato estuvo flotando, que al fin, el pianista se le acabó acercando con temor.

La muchacha sólo vio una mancha verde oscura que se le acercaba. Pensó que era un animal el que venía a por ella. Continuó igualmente asustada, al comprobar que era un militar. Pegó un brinco, con pavor, y acabó tragando bastante agua. Ahora sí que estaría muerta si no fuera por él músico, vestido de un camaleónico militar, que le hizo un boca a boca que la resurgió de la inconsciencia en la que estaba sumida.

Fue saborear sus labios, cumplir el sueño que más de un día había implorado a sus espíritus. Su aliento dulce contrastaba con el aliento cerrado, y cargado del músico, que encontró libertad para besarla. Y la besó a años luz del consentimiento, por la sorpresa, por la espalda, pero la muchacha, al retomar conciencia, y sentir como aquellos labios la besaban a ella, que nunca antes había besado, sintió la música en sus entrañas. Un cosquilleo mágico que alborotó cada célula de su cuerpo, recorriéndola como una descarga eléctrica. Y aunque nunca antes había oído, le pareció oír la voz de su corazón que gritaba que ella también estaba enamorada de aquel músico larguirucho que siempre la miraba. Porque de sentimientos no es libre el corazón, pues no los controla. Y ya basta de palabrería, dejemos que las cuatro manos de los dos muchachos con los cuatro elementos allí presentes, aire, tierra, agua y fuego, se acaricien en la orilla del lago. Estad tranquilos, una hilera de flores púrpura, inocentes e inexpertas, les guían.

de-aire-y-tierra

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