La aventura de escribir

Escribía de espaldas al mundo. Fuera de su casa, pasaban sucesos terribles. De vez en cuando, los visualizaba desde un pequeño televisor, pero ella prefería ensanchar su mundo interior. Aquellas palabras la acompañarían durante toda la vida. Eran insignificantes sus historias, narraciones mundanas, pero ¿acaso el universo brillaba distinto desde que ella existía?

No necesitaba mucho para imaginar. Solo que su mente pudiera crear nuevas ideas. Algunas nacían como una tormenta. Era cuando se sentía inspirada y dejaba que fluyeran llenándola de energía. Se sentía feliz cuando esa sensación ocurría, como si una dosis de vitaminas fuera inyectada para impregnarla.

Otras veces, se forzaba a escribir para hacer desaparecer la melancolía que en ocasiones la invadía. Era cuando no tenía ganas de levantarse de la cama y, se quedaba sin fuerza, como si un cortocircuito hubiese recortado la comunicación entre sus neuronas.

Navegaba entre un universo de contradicciones y sus historias nacían precisamente de ahí, de sus conflictos interiores. Hilvanaba sus palabras con maestría porque le había dedicado tiempo a su aprendizaje. Era cuestión de técnica y de mucho trabajo. En ocasiones, se aventuraba a probar tramas novedosas. Podía ser original hasta la médula y lo hacía hasta quedar exhausta.

Sentía placer por escribir y no buscaba reconocimiento, ni éxito, ni nada que la hiciese ser diferente a los demás. Lo hacía porque, mientras enlazaba sus pensamientos en palabras, se sentía viva. Había construido una burbuja hecha a su medida y sus miedos, los que evitaba mirar en el televisor, habían desaparecido.

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Úrsula, poema en imagen

El último milagro de la escalera:
saludan las vecinas a la pequeña Úrsula,
desconfianza en el pecho, acogida en el hogar
ultrapasas la alegría del pequeño universo.

Los astros enganchados en la pared brillan,
primera noche con nuevos juguetes,
duermes sola en una cama de pétalos, suave y cómoda
aunque el sueño no te vence, miedosa.

Temes perder, volver a la urbe
y te clavas las uñas bien adentro.
Una bruja pulula lo que te será quitado,
otra vez rondarás casas, oyes el aullido
de los monstruos que viven en el armario.

Tu grito alerta a la madre que llega,
útero seco; y el padre, esperma inmóvil.
Eres una osa pequeña que brilla en esta cama
que vuela sin naufragar, una esperanza,
la vida útil de quien tiene necesidad de amar.

El padre te lee un cuento de hadas que llegan
y tocan con la varita mágica una emoción,
Úrsula, la madre una taza de leche te prepara
con inexperiencia, pero el amor te absorbe.

Te adaptas lentamente a la nueva vida,
los niños de la escalera comparten los regalos,
orgullosa juegas con todos, y el día pasa volando.

Papeles, la adopción te hace formar parte de una familia
que te desea. Úrsula, ansiosa de juegos, que germinan todo el año. Los padres, un ungüento en el corazón.

Marcela y Matilda

Alguien la perseguía. Marcela corría por aquel laberinto de calles que la engullían y devoraba el asfalto a cada paso. De su frente brotaba sudor y respiraba de manera agitada. En una mano, llevaba el teléfono móvil que había robado a su agresor antes de echar a correr. Se había jurado no volver nunca la vista hacia atrás.

En un lateral de una calle secundaria, había una pequeña puerta entreabierta. Al sentir cómo él se acercaba, rápida, le dio esquinazo cruzando aquel umbral.

Sus ojos no tardaron en acostumbrarse a la oscuridad de aquella habitación y acabó dándose cuenta que era una tienda de sombreros por las prendas que había a su alrededor. De repente, se encendió una luz y oyó de frente una voz que decía:

¡En qué líos te metes, Matilda!

Se apartó a un lado mientras sentía el pulso en sus sienes y, se cubrió la cara con la prenda que estaba más a su alcance: un sombrero marrón de paja. Se quedó inmóvil y simuló ser un maniquí.

Una mujer, que respondía al nombre de Matilda, sacó de su cartera un documento y dijo:

Necesito otro pasaporte.

Eso no es tarea fácil. Y lo sabes.

No me pueden descubrir ahora. Además he estado ahorrando y necesito irme ya del país.

El hombre soltó una risotada, que se interrumpió por un ataque de estornudos de Marcela, porque había estado respirando el polvo que había dentro del sombrero.

¿Quién anda ahí? —El hombre empezó a moverse por la habitación—. ¿Me has estado grabando? —preguntó.

Matilda negó con la cabeza.

¿Qué quieres? ¿Otra identidad? Seguro que has venido con un periodista a destapar mi tapadera. ¡Eres una sinvergüenza!

El hombre cogió el brazo de Matilda y la zarandeó con fuerza mientras iba dando manotazos a los distintos sombreros hasta llegar al de Marcela.

Vaya, vaya —siguió—. Así que, sin saberlo, teníamos la compañía de una intrusa. ¡Ya no puedo confiar en nadie! Unos van, los otros vienen. Pero al final… Quién viene a mi tienda acaba pagando la deuda. ¡Siempre!

¡Achís! ¡Achís!

¡Dame la tarjeta! —ordenó el hombre a Marcela que seguía estornudando.

Marcela le alcanzó su móvil temblando mientras una pequeña cantidad de orina manchaba sus pantalones.

El hombre inspeccionó las fotografías que habían en el móvil y, dijo para sí mientras fruncía los labios de manera perversa:

Material interesante. Lo haré correr entre mis conocidos.

Las dos jóvenes se habían mirado mientras el hombre hablaba. Sus ojos comunicaban el desespero, el desamparo y la vergüenza que sentían.

Ambas deseaban desaparecer porque aquel hombre tenía el poder de abusar de ellas. Y así lo hizo.

Marcela hacía escasos minutos que había escapado de alguien que la grababa sin su consentimiento y, sin saberlo, se había acabado metiendo en un sitio peor. Algo olía a podrido en aquel ambiente de difusión de material pornográfico.

Matilda no había corrido mejor suerte en la vida y su horizonte a corto plazo no era muy prometedor. Aunque ahora estaba esperando una nueva oportunidad en algún lugar en donde pudiera ver crecer a sus hijos, lejos de la miseria. Era lo único que de verdad le importaba.

Al salir de allí, nada volvería a ser igual para ellas. Las dos mujeres eran dos voces anónimas que no podrían borrar las huellas de sus cuerpos y mucho menos las de su mente.

Tras cruzar el océano días después, no lograrían quitarse el miedo y la repugnancia que rondan todavía por sus almas a fecha de hoy.

Participación en el Taller nº 53 de Literautas: Pasaporte, horizonte y laberinto

Helena Sauras

 

La acusación

Nuria

Imagen Creative Commons de Proyecto Eden en FlickR

A pesar de ser la mayor, le tenía miedo. Su hermana pequeña había perdido la razón con aquella frase que había escrito con rabia. La dejó encima de la mesa del comedor, para que todos la vieran.

Afortunadamente, Rebeca fue la primera en llegar. Se preparó algo para merendar y se sentó en una silla dispuesta a pegar el primer bocado. Entonces, vio el papel. Al terminar de leerlo, nada volvería a ser igual entre ellas.

El fuego era la única salida. Rebeca sacó un mechero de su pantalón y quemó aquella calumnia en el cenicero. No quería que nadie más lo viera. ¿Qué pensarían de ella?

Las palabras rebeldes se retorcían ante el fuego hasta que finalmente se redujeron a polvo. Fue una acusación sin fundamento. No quería pensar lo que le hubiese hecho Ana si aquello fuera verdad.

Pero era todo mentira. Su hermana había escrito: “Rebeca se acuesta con mi novio”. Algo había cegado la autoestima de Ana en el último mes. Tardaría en recomponerse de aquello. Siempre imaginaba que alguien le quitaba el novio, pues tenía tanto temor que eso pudiera ocurrir…. Que al final sucedió. El novio se cansó de tener una novia tan celosa y posesiva. La irracionalidad de los celos conducen a la soledad.

Los temblores del cristal

Imagen Creative Commons por Alberto Racatumba en FlickR

Imagen Creative Commons por Alberto Racatumba en FlickR

“Cada hombre lleva en sí una habitación. Es un hecho que nos confirma nuestro propio oído. Cuando se camina rápido y se escucha, en especial de noche cuando todo nuestro alrededor es silencio, se oyen, por ejemplo, los temblores de un espejo de pared mal colgado”. Franz Kafka en Primer Cuaderno

La habitación de aquel hombre soñador era tan frágil, como una caja repleta de cristal. Su mundo interior era un espacio enorme, pero se podía contaminar al estar pegado junto a habitaciones de otros hombres. En mitad de la noche, con la luna iluminando su silueta, hacía ejercicio. Descansaba poco, comía menos. Sabía que si se mirara en un espejo, su figura marcaría todos sus huesos.  Aquel era el momento de sentirse libre, y en medio del silencio, le parecía oír como sus propios miedos se callaban. Eran unos breves minutos, los que tardaba en imaginar cómo escapaba de allí, donde la tortura mental que sufría, parecía disiparse a través de sus pasos rápidos. Corría dando vueltas por aquel recinto, sin ir a ninguna parte, despejando su mente, mientras los demás presos dormían.

Sabía que allí no encontraría sentido a su existencia. Echaba de menos su hogar, a Catalina, y a su niña de ojos vivos. Tal vez ellas habían conseguido refugiarse, y estarían en un lugar seguro. En un descuido, le habían atrapado los que le vigilaban de cerca. No pudo despedirse de nadie. No le estaba permitido enviar cartas, y si pudiera hacerlo, tampoco sabría dónde enviarlas. Si mirando al cielo pudiese escribir sus pensamientos,  se los enviaría a su mujer bajo las negras estrellas, que se habían apagado por aquel aislamiento que había sufrido en los primeros días. Lo único que le consolaba era que, si las dos estaban bien, compartían el mismo cielo, la misma capa azul cubriendo sus cuerpos. Catalina, la niña, y él, se encontraban en el mismo lugar, aquel mundo caótico y sin sentido, aunque separados por numerosos quilómetros de carretera.

En aquel mundo era peligroso tener ideas, y si además eran de carácter político, y las escribías, tenías la libertad contada. Mientras el hombre corría cada vez más rápido, sonaba música a su alrededor, que ensanchaba su habitación interior. Desde su cabeza podía escucharla si acercaba el oído, y por un momento, pensaba que Catalina estaba tocando el violín en el salón de su hogar. Cómo le gustaba que ensayase, a través de aquellas notas, podía comunicarle sus sentimientos. Era capaz de hacerlo, tan solo hacía falta escucharla con el corazón. Pero el concierto nunca llegó. Se truncaron sus deseos. Se llevaron a su marido en una furgoneta y la melodía quedó partida, sin poder dirigirla a ningún receptor que la animase a continuar. Catalina se quedó esperando entre el silencio interrumpido por los lloros de su hija que buscaba un poco de consuelo, al ver que su padre ya no estaba entre ellas. Esperó que su marido volviera, hasta que se le acabó la paciencia. Cada día miraba a través del cristal, con la cortina pasada a medias. A veces les parecía escuchar el ruido de un motor, y con esperanza, esperaba que su esposo entrara por la puerta principal. Pero, tan solo era un reflejo de su deseo, un temblor de su espejo mal colgado por las prisas.

Catalina tenía miedo a que la vieran desesperarse. Por eso, se escondía a través de la cortina. Además no se fiaba de nadie. Repasaba mentalmente su círculo de amistades escasas, pensando en un delator que había acusado a su marido a cambio de algo. Solo salía a la calle cuando las sombras eran largas, cuando el anochecer era profundo. No se encontraba con nadie, aunque si las paredes de las casas pudiesen hablar, dirían que la paz de la noche las arrullaba. Catalina caminaba con la niña dormida cogida entre sus brazos. Miraba el cielo, a veces plagado de estrellas, e intuía que su marido también podría verlas desde algún punto lejano. Les tocaba el aire de mayo en sus caras y, en ocasiones, se esperaba a que el alba despuntase, y les tocara el primer rayo de sol. Después de eso, volvía a esconderse, y ya no salía en todo el día.

El hombre, cansado ya y resollando, se sentía incapaz de romper aquella jaula de cristal. Temblaba su voz cuando le interrogaban en aquel espacio diminuto donde esperaban una confesión que nunca llegó. En la celda compartida no había lugar para su mundo interior, tan amplio, generoso y confortable era, que invadía otros mundos, mezclándose con el espacio de otros presos. Y así quedaba aquella cárcel perdida en un monte solitario, contaminada por las creencias de varios hombres, creando paso a paso habitaciones diferentes, cada cual más ideosa, cambiándose entre sí, pero siempre contaminándose desde el respeto.  Lo que no se le ocurría a uno, a otro posiblemente sí, y entre ellos, colaboraban en ensanchar sus propios mundos.

Cada uno tenía su propia historia que volaba más allá del cristal. Cuando la confianza nació entre ellos, les cambiaron de compañeros. El hombre conoció a numerosos presos en los meses que estuvo allí. Oyó la melodía de sus propios mundos, que era tan fuerte, persistente, y estridente, que logró quebrar aquel muro de cristal que les mantenía carentes de libertad. Y por una pequeña rendija, se escaparon, sin tener que hacer motín alguno. El hombre corrió apresuradamente por el monte descendiéndolo lo más rápido que pudo. Detrás de él corrían también otros presos bajo el cielo iluminado por la osa mayor.

El hombre, después de correr durante varios días, llegó a su aldea. Su hogar estaba vacío, y el violín reposaba en el salón con varias capas de polvo. Una nota con la caligrafía de su mujer en la mesa del comedor, le alertó: “Por si vuelves, estoy en el camino que conduce al sol”. Sabía que aquellas palabras iban dirigidas a él. Emocionado, y después de beber varios tragos de agua para reconfortarse, salió de la casa. Eligió un camino secundario para poder ver el amanecer más cálido. Al final, estaba Catalina de espaldas con su hija en brazos. Subió la temperatura al verlas, en aquel mes de octubre fresco. Entre las sombras, Catalina vio una que se le acercaba, más larga que las demás, seguidas por el ruido de unos pasos levantando la tierra del camino. No se asustó, pues el temblor de su corazón por la emoción del momento, era comparable con la música de los astros del firmamento. Le temblaron los brazos al ver su marido. La niña se despertó y le regaló la mejor de sus miradas, a través de sus ojos vivarachos.

 Antes de besarse, esperaron impacientemente con los ojos fijos en el cielo a que el sol saliese. Cuando les acarició con el primer rayo de sol, los dos se besaron sin parar, pues no estaban soñando. Bajo el mismo cielo, mientras sus labios se buscaban, supieron que sus miedos se habían terminado para siempre.

Desde aquel día, Catalina volvió emitir su música con su violín que sobresalía a través de todas las ventanas de su hogar. La guerra había terminado, y esperaba que aquella pesadilla no se volviera a repetir, por el bien de su niña que crecía a un ritmo desenfrenado. Más rápido de lo que a ella le hubiese gustado. Pero, así era la vida, que pasaba rápida a su alrededor. Ambas tenían su habitación repleta de sueños por alcanzar y compartir, una vez los hubiesen logrado.