Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Un #EjercicioLiterario que he realizado esta mañana. No hay ni una simple palabra en todo su contenido que empiece por la letra A. Una carta emotiva escrita  desde la nostalgia por la ausencia de una hermana. Si queréis, podéis escuchar o leer su historia.

 

 

 

Mi querida y única hermana:

Soy sólo un pañuelo mojado de tanto llorar. Tengo dos bolsas hinchadas debajo de mis ojos por donde corren lágrimas. No están vacías de sentimiento. Mis dos costados me duelen del esfuerzo que hago tosiendo por  una infección pulmonar. El tiempo se precipita irremediablemente hacia la Navidad. Esa Navidad que recuerdo hermosa a tu lado, con esos juegos de luz tiritando momentáneamente en la nieve, y el pino que se estremecía rendido y con encanto.

Y tú que me hacías cosquillas, y tal vez en la noche, te estremecías, como el pino,  por el frío que se colaba por debajo de la puerta.

Te extraño. Me estoy fundiendo en un lugar de conocidos por la distancia que nos separa.

Y siento todavía tu presencia cuando la campana suena en el otro lado de esta ciudad. Repiquetean todavía las palmas de tus juegos en mi memoria, las que compartíamos también con las vecinas.

La ciudad era fantástica porque era mi ciudad, con esas calles que subían y bajaban entre edificios que deslumbraban.  Era la que conocía los juegos secretos de nuestra  infancia. Ahora ya no conozco la mayor parte de sus nombres.

Me resulta normal tu rechazo, incluso lo siento familiar.

Y ahora estoy queriéndote encontrar en el  buzón en forma de garabato, una carta tuya que me dé noticias de ti.

Te nombré después de muchos meses de invierno en donde no salía el sol en mi locura cotidiana.  Cuando soñaba, veía las flores púrpuras de unos jardines.  Pensaba en mis sobrinos y recorría sus fotos con mis manos, sus sonrisas marcaban el comienzo del cielo.

Cómo extraño todo lo que viví contigo.

Ahora deambulo en laberintos de pasillos sin ser nunca claros.

Buscando una carta. Seguir buscando. Como un pañuelo mojado de papel me siento, empapada. No lo secará nunca ningún viento.  El no saber de ti es lo que me pesa. Haber perdido en esa guerra sanguinaria como si todas no lo fueran. Esconderme. Rendirme.  No encontrar nunca  tu fosa común hacia dónde dirigir esa carta.

Tu hermana sin exilio

 

Le entró un miedo atroz al oír su pregunta, porque le recordó un tiempo lejano que había querido enterrar. Sus palabras todavía le retumbaban en sus orejas pequeñas y redondeadas.
—¿Qué harías sin mí? —le había preguntado su amigo Chus rodeando con cariño su cintura.
Nieves le miró sonriendo con un tic nervioso, que le agitaba las aletas de la nariz, intentando disimular el remolino que giraba en su interior, desordenando a su paso sus sentimientos más íntimos.
—Chus, esa no es la cuestión —le cortó clavando sus pupilas en las suyas—. La pregunta es, ¿qué hago yo contigo?
Su contestación le hirió en lo más profundo, y cabizbajo, se separo de ella torpemente. Chus no comprendía, por qué Nieves siempre se resistía a sus encantos. Aquella mujer era tan irresistiblemente esquiva, cuando él desviaba el tema hacia otro tema que no fuese su profesión. Chus creía que la conocía; sin embargo, desconocía el misterio que escondía entre sus silencios. En el fondo, el hombre intuía que mentía más cuando sonreía, como lo estaba haciendo ahora, cuando sus labios dibujaban esa curva que arqueaba sus labios carnosos y sugerentes. Nieves le miró con una ceja levantada y le preguntó intentando suavizar el tono de su voz, que sonó demasiado melosa:
—¿Ya has terminado?
—Ya te enviaré la factura —le espetó finalmente el hombre, soltando el aire de sus pulmones de manera cansada y de mala gana.
—Chus, gracias por haber venido. Si no llegara a ser por ti… —intentó remediar la mujer su aire disgustado.
El hombre se encogió de hombros lentamente, y cargó su caja de herramientas en una mano. Un escape de agua le había arrebatado el sueño aquella madrugada, pero lo que le hizo correr hacia el encuentro de aquella mujer, es que la voz de alarma la había dado Nieves. La dama fría, como le llamaban los camareros y algunos clientes de aquel bar que frecuentaba Chus. Le necesitaba en mitad de aquella noche helada y oscura.

***

Cada día, Nieves desayunaba en un rincón de aquel bar, absorta y perdida en sus pensamientos. Solía leer la prensa atrasada con atención, como si buscase alguna noticia que se le hubiese pasado. Veinte minutos tenía de descanso antes de volver a la oficina donde trabajaba. No se le conocía marido, ni pareja alguna, en aquel pequeño pueblo de mala muerte en la que Nieves había aterrizado dando un pequeño empujón a la imaginación masculina de aquel remoto lugar. Rápidamente se había instalado en un piso de ocasión, y se dedicaba a ir de casa al trabajo, y del trabajo a casa, moviendo tímidamente las caderas y con expresión de no haber roto nunca un plato.
—¡Qué mujer más aburrida! —pensaban en voz alta las vecinas cuando vislumbraban su figura a través de los finos visillos de sus casas.
—Es tremenda y peligrosa —alertó finalmente una chica al haber oído como su marido se confundía al llamarla con el nombre de la dama fría.
—Sí, —dijo otra afectada— se cuela en los pensamientos más íntimos de nuestros esposos.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó una joven que temía que su futura boda se cancelase por un posible resbalón de su novio.
—Le tendremos que buscar un novio que la controle.
—¿Algún candidato?
—Tu hermano, Chus, por ejemplo —dijo la más atrevida—. Está recién divorciado de aquella pelandusca que le puso los cuernos.
—Mala mujer, ¡qué poco quieres a mi hermano! —respondió la hermana de Chus.
—Pues si es por su bien… Nieves es más bien monjil, pero despierta el instinto sexual más caníbal de los hombres —se rió quién había tenido la ocurrencia.
—¿Y cómo lo hacemos?
Todas se encogieron de hombros. Menos una, que parece ser que tenía arte de celestina.
—Reventaremos una tubería del piso de Nieves y así Chus podrá reparársela.
—¿Y si llama a otro fontanero? —preguntó tímidamente una muchacha con coleta.
—Caray, si en este pueblo sólo conozco a Chus de fontanero. Días antes le daremos una tarjetita inocentemente con su teléfono.
—¿Y si Chus se niega a acudir a su casa?
—Eso no pasará, la tentación de tomar a Nieves, seguro que le puede más.
Manos a la obra se pusieron las mujeres de aquel diminuto pueblo, pues su dignidad pendía del hilo de una triste bombilla que escasamente iluminaba.
Unos días después, en el bar, Rita se encargó de alabar las hazañas de su hermano Chus con las tuberías:
—A cualquier hora, está Chus para lo que puedas necesitar. —Y le tendió a Nieves una tarjetita impresa—. Sabemos que vives sola y nunca se sabe…. —Y dejó la frase suspendida en el aire durante unos instantes.
Carlota, la dueña del bar, miraba a Rita y a Nieves divertida, y se decidió a intervenir con las siguientes palabras:
—Yo siempre tengo una tarjetita de esas pendida en la nevera con un imán. Chus siempre acude, ¿verdad, campeón?
Chus asintió sorprendido, al ver cómo aquellas mujeres le alardeaban más de la cuenta, y se sonrojó mínimamente.
—Toma —le dijo Carlota mientras le acercaba la cuenta a Nieves—. A los buenos clientes se les premia con un imán, para que cuelguen de su nevera lo que les venga de gusto.
Aquella mañana Nieves salió de allí con una tarjetita en su bolso y un imán para colgarla, después de haberse zampado un donut y haberse bebido su café con leche habitual.

 

***

Después de diversos reventones por parte de las vecinas, Chus y Nieves se acabaron haciendo amigos.
—Son muy frágiles esas tuberías —le decía Chus que no comprendía cómo podían haber tantos escapes en tan poco tiempo.
— No será que no acabas de arreglar la fuga?
Chus negaba automáticamente con la cabeza.
—¿Dudas de mi profesionalidad? —le decía al fin, un tanto enojado.
—No, pero siempre se me acaba inundando alguna parte del piso —se quejaba ella.
—Debiste dudar de su precio al comprarlo. Los chollos no existen, Nieves.
A pesar de todo, Chus se ilusionaba cada vez que veía que Nieves le necesitaba. Sentía un pálpito fuerte en su cuerpo, en su zona más ardiente, pero siempre se acababa yendo con el rabo entre las piernas, nunca mejor dicho. Nieves, como mucho, le invitaba a una cerveza al terminar que se bebía con avidez al negársele la bebida de sus labios. La que él siempre ansiaba. Hablaban de cosas sin importancia, el tiempo pasaba tan natural precipitándose y absorbiéndoles mientras compartían sus aficiones, rompiendo la rutina de aquel pueblo tan aburrido. Chus era un hombre más que herido en su ego; Nieves siempre se comportaba de una manera tan fría como la nevera en donde pendía la tarjeta de los servicios que él ofrecía. Aún así, se tenían uno al otro, y compartían su compañía.
Durante aquellas repetidas averías, nunca existió contacto entre ellos, ni un simple roce, aunque Chus lo anhelaba ciegamente. Aquella madrugada él se envalentonó, obvió lo que temía que podía ocurrir, y la agarró por la cintura mientras le preguntaba qué haría sin él. Nieves dio un respingo al sentir sus manos cálidas, porque temió que subieran a aquel recóndito lugar, donde ya no podía mirar, porque sus ojos se desbordaban como un grifo. Chus no temía un rechazo, sino que lo que le daba miedo era no estar a la altura, perder la compostura como le había ocurrido frecuentemente con su ex mujer. Tantas veces había perdido su erección, por la simple vergüenza de acudir a un urólogo que les aconsejara y guiara hacia una posible solución, que su mujer había acabado sustituyendo sus tercas negativas, refugiándose en otros lugares más placenteros.

 

***

—Si no llegara a ser por ti… —le repite Nieves desde el umbral de la puerta que todavía está cerrada.
Chus se gira para mirarla. Una lágrima tiembla deslizándose por su cara y tiene ganas de besar para ahuyentarla. Nieves se derrite entre lágrimas, porque una vez le ha salido la primera, otras surgen a chorros.
—¿No tienes solución para ese escape? —le preguntó Nieves intentando bromear por su estado y señalándose sus ojos inundados.
Chus niega con la cabeza sin apartar la vista de sus lágrimas.
—¿Qué te ocurre, Nieves?
—Por un momento pensé que me abrazarías y…. tuve miedo…. de esto…
Su voz femenina se entrecorta de golpe, mientras sus manos deshacen el nudo de su batín celeste con un movimiento firme. Nieves se desnuda ante Chus. Tantas veces había soñado él con ese momento, que ahora que está pasando, siente el impulso de huir por miedo a un posible fracaso. Tener ganas de dormirse entre sus pechos es uno de sus mayores deseos, cuántas veces había sentido su tacto entre paisajes oníricos, altamente volátiles, que se esfumaban ante el ruido impertinente de un despertador.
—Siento que no estés preparado para esto. Yo tampoco lo estoy —continúa Nieves.
El gesto asombrado y parado de Chus, al ver sus pechos imposibles de describirlos ni con mil palabras.
—¿Quién fue? —se atreve a preguntar Chus apartando la vista de sus pechos corroídos, sin atreverse a señalarlos.
— Fui víctima del trato de blancas. Una promesa, un mundo más digno, una hipoteca de por vida. Antes de lograr escapar y que se desmantelara la red en la que había caído, mi chulo me regaló una gran chorretada de ácido sobre mis pechos. Al día siguiente desperté en un hospital, volví a nacer y cambié mi identidad. Elegí Nieves por ser el que más se adecuaba a mi nueva condición, y me prometí que jamás volvería a amar.
Una sonrisa agridulce e irónica cruza por su cara, y continúa con su historia sin interrumpirse:
—Era la pechitos de terciopelo, así me llamaban los clientes. Mi foto circulaba por varios periódicos del país ofreciendo mis servicios en la sección de contactos. Mi carrera terminó de una manera abrupta. Lástima que mi chulo tuviese tiempo de arruinarme mi existencia antes de ser detenido y acabar entre rejas.
Su mirada cristalina se ha vuelto vacía mientras acaba cubriéndose otra vez con el batín. Chus la coge de una mano, le aparta un mechón de su cabellera y la besa en la nuca. Un susurro ronco en el oído:
—Nieves, gracias por confiarme tu secreto. Eres la más bella de todas, para mí.
Y la promesa de la mujer de no volver a amar, se truca en aquel momento. Juntos compartirán sus secretos amándose frente a frente, sin pudor alguno. Chus, a la mañana siguiente, decidirá acudir a un urólogo para poder amar físicamente a la mujer de la que se ha enamorado. Entre los dos, tejerán un capítulo en sus vidas de respeto y comprensión ante la mirada de aquellos que envidiarán su gran historia de amor sincera.

 

nievesolaimposibilidad

Ya está íntegramente publicado en la red mi primer poemario. Escrito en catalán, mi lengua materna, “Corbes de sang” experimenta con el lenguaje. 28 grafías y/o fonemas, 28 mujeres distintas, cada una con su propia historia, intentarán atraparte. 28 temas de actualidad del siglo XXI, girando en torno al número mágico del 28 (Cada poema está compuesto por 28 versos), ciclo menstrual, y de la luna. Cada nombre tiene fuerza etimológica, así Andrea se presenta como quien es masculina; Paula como la que es pequeña, etc.  Puedes leerlo completamente aquí.

 

corbesdesang

Ziga-zaga feia una serp,
un zum-zum d’abelles
escampaven el teu pol·len
pel zoo atziac i estacional.

Princesa Zara, ets flor de llengua
mesclada per no compendre’s.
Ulls de vidre amb la força oculta
de qui els destapa. Oberta Sara.

Tan fràgil com dura t’han fet,
l’engany dels anys viscuts
trenca el mirall amb set atzars
de mala sort. Afrontes i empomes.

Les teves cortes s’arrosseguen
pel camí de la incertesa:

Una llavor minúscula a la primavera,
que germina a l’estiu del zel gustós,
codonyat a la tardor calmada.
L’hivern engendra fulles perennes
que discriminen la teva figura imperfecta.

Un bocí del teu pensament esquinçat
broda el meu llençol que perdo any rere any.
Voltant d’ell em despullo. La vida em fuig.
La sang degota menopausa de sentiments pansits.

Dona, no t’en vagis sense dir res més.
T’hem ferit tan profund que no sagnes més,
perquè la sang de l’alfabet són sorolls que espanten,
frissances que callen els pensaments interiors.
Vint-i-vuit corbes, la lluna m’ofega la marejada afònica.

A la salida les esperamos preparados con las manos llenas. Los granos de arroz cobran vida en el vestido de novia de María, y en el traje oscuro de Toni, dejando su propio rastro. Un polvo blanco inunda parcialmente sus vestimentas. Todos compartimos alegrías y aplausos. Los besos de felicitaciones explotan al acabar. Rozo la mejilla de María templada y resplandeciente de finales de abril. Luego me aproximo a Toni y le planto dos besos.

Toni y María se suben al coche, que está mesuradamente decorado para la ocasión. Van a tener una sesión fotográfica en los jardines principales de la ciudad. El resto nos dirigimos hacia el restaurante de mi prima Susana, donde se celebrará el convite. Tomamos un aperitivo rosáceo y espumoso servido por un camarero elegante mientras esperamos, sin probar ninguna gota de alcohol.

Los brindis los contenemos para cuando lleguen los novios, que no tardan en aparecer, radiantes y en todo su esplendor. María brilla con luz propia. Lleva el cabello recogido con adornos florales, dejando su nuca libre, con unos pequeños mechones graciosos acompañando su cara feliz. Lleva la frente despejada, sin ningún flequillo. El vestido luce por sí mismo, como si fuera la única luz de la sala. Sus padres parecen estar orgullosos de ella.

Somos pocos invitados, pues así lo han preferido los organizadores, solo los indispensables para celebrar el día de su vida. Toni sonríe contento a Luis y al resto de los presentes. Es la primera vez que veo como sus ojos, profundamente enamorados, se separan un momento de María, y dedican las mejores de sus sonrisas a todos nosotros.

Nos sentamos, y comemos abundantemente, todo lo que nos sirven en el plato. Susana se ha esmerado con ahínco para prepararnos los mejores platos de toda la comarca y del mundo entero. Es la primera boda que se celebra en el restaurante, y quieren estrenarse a bombo y platillo, y ser motivo de publicidad a través del boca a boca para el evento, que así lo merece. Han abierto unas lujosas habitaciones en el piso superior del restaurante que estrenarán, sin ninguna duda, Toni y María.

La suite nupcial espera pacientemente ser abierta de la mano de nuestros protagonistas de hoy. Pero ahora, estamos de celebración, que corra la fiesta, que se besen, que se besen, coreamos con nuestras voces, que la frescura inunde de amor nuestros corazones, que la felicidad permanezca para siempre en los tiempos que están por llegar.

Noto como la tranquilidad me invade. Estoy tan a gusto con los míos, que me quedaría toda una vida. Alzo la copa para brindar, sin peligro alguno, por las palabras que acaba de pronunciar Luis, el padrino de la boda. Ay, felicidad que se extiende por el salón y sube como la espuma con burbujas de la bebida de Susana.

Un camarero me rellena la copa. Me toca el turno. Me levanto de la silla con mi vestido violeta, que refleja una combinación de azul y rojo en mis venas. Antes de hablar, contemplo los cuadros, que decoran las paredes del salón presidencial. Motivos primaverales no faltan pues esta estación es la temática del mes. Las flores, la luz, el crecimiento del día, todo junto me acompaña para expresar lo que me remueve por dentro.

―Os lo merecéis, ―empiezo dirigiéndome a María y a Toni ― que la felicidad plena os llene vuestras vidas. Os deseo lo mejor largamente. No soy de muchas palabras, pero una vez creí que un amanecer ―Luis me rodea la cintura― sería un buen comienzo. No me equivoqué. Que cada día de vuestra vida, esté plagado de amaneceres como el de hoy en el que el compromiso, la fidelidad, la unión, y el respeto mutuo, sean los protagonistas. Que cada despertar, María y Toni, os una más. Ninguna palabra puede expresar la fuerza de un amor en continuo crecimiento. Mis mayores deseos, para siempre.

Suenan notas musicales que acompañan mis últimas palabras. María, emocionada, me dedica una amplia sonrisa. Posteriormente, se rendirá a los encantos de Toni, y empezará el baile con un vals. Poco a poco, todos nos vamos levantando y uniendo a la fiesta. Oigo como Paquito le susurra a Rebeca si quiere acompañarle en el baile. A lo que Rebe, con los rizos recogidos, deja caer sus pestañas en un leve movimiento afirmativo e insinuador. Ambos bailarán durante toda la tarde noche por una pista perfecta para descubrirse sus mundos.

Jesús y Sara, descubriendo una llama que sigue en pie, pasarán a ocupar un primer plano en las primeras fotos del vals. Luis y yo, más discretos en una esquina del salón, bailaremos al son de una música con tintes de una tímida ilusión.

Media hora después, me lloverá el ramo de María en mis manos. Lo cogeré firmemente, y exclamaré para mí misma, que este es el ramo de novia definitivo. Ante la mirada de sorpresa de los presentes, guiñaré el ojo izquierdo a Luis, y con un pequeño gesto, le indicaré que arriba también nos espera una habitación.

El deseo de Luis se hace patente en el brillo de sus pupilas. No tardamos en escabullirnos y subir al piso de arriba. Entramos en una habitación especial, que no tiene nada que envidiar a la nupcial. Mi prima Susana se ha esmerado en los pequeños detalles. Una pequeña cesta de mimbre con bombones y aceite de masaje nos espera. Dejo el ramo en un jarrón violeta, que hay en una mesilla. Luis me contempla enamorado.

―No sabes cuánto me gustaría poner un pause en ese momento ―murmura Luis―. Detenernos para siempre, aquí, juntos.

Sé por qué dice eso. Intento ser fuerte, y hacerle frente al destino, aunque consista en precipitarme hacia el vacío. Quiero que Luis me oiga pronunciar esas palabras. Él ahora está entretenido poniendo en marcha el hilo musical de la habitación. Me aclaro la garganta, le miro fijamente de frente, le acaricio la barbilla para que me mire.

―No pongamos un pause, sigamos hacia adelante, Luis. Mañana, si quieres, hago el traslado y me instalo en tu apartamento definitivamente.

Luis tiembla, profundamente emocionado, y gratamente sorprendido.

No tarda en abrazarme y, entre una colcha de pétalos, nos sumimos a la entrega definitiva y completa del placer absoluto de nuestros cuerpos. El ambiente huele a él y a mí misma. Dejamos huella en el cristal de la cómoda, nuestro vaho impregna de manera suficiente su luna. Los espejos del techo son testigos y nos admiran y remiran sin empañarse.

Al día siguiente, una única lágrima derramada mancha el rostro de Luis.

―¿Lo dijiste en serio? ―me pregunta.

―¿El qué? ―le reto desperezándome.

―Lo de vivir juntos.

―Claro, nunca hablé más en serio.

Y, entre mi susurro, le beso los párpados con ese leve gusto a sal.

EPÍLOGO

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