Marcela y Matilda

Alguien la perseguía. Marcela corría por aquel laberinto de calles que la engullían y devoraba el asfalto a cada paso. De su frente brotaba sudor y respiraba de manera agitada. En una mano, llevaba el teléfono móvil que había robado a su agresor antes de echar a correr. Se había jurado no volver nunca la vista hacia atrás.

En un lateral de una calle secundaria, había una pequeña puerta entreabierta. Al sentir cómo él se acercaba, rápida, le dio esquinazo cruzando aquel umbral.

Sus ojos no tardaron en acostumbrarse a la oscuridad de aquella habitación y acabó dándose cuenta que era una tienda de sombreros por las prendas que había a su alrededor. De repente, se encendió una luz y oyó de frente una voz que decía:

¡En qué líos te metes, Matilda!

Se apartó a un lado mientras sentía el pulso en sus sienes y, se cubrió la cara con la prenda que estaba más a su alcance: un sombrero marrón de paja. Se quedó inmóvil y simuló ser un maniquí.

Una mujer, que respondía al nombre de Matilda, sacó de su cartera un documento y dijo:

Necesito otro pasaporte.

Eso no es tarea fácil. Y lo sabes.

No me pueden descubrir ahora. Además he estado ahorrando y necesito irme ya del país.

El hombre soltó una risotada, que se interrumpió por un ataque de estornudos de Marcela, porque había estado respirando el polvo que había dentro del sombrero.

¿Quién anda ahí? —El hombre empezó a moverse por la habitación—. ¿Me has estado grabando? —preguntó.

Matilda negó con la cabeza.

¿Qué quieres? ¿Otra identidad? Seguro que has venido con un periodista a destapar mi tapadera. ¡Eres una sinvergüenza!

El hombre cogió el brazo de Matilda y la zarandeó con fuerza mientras iba dando manotazos a los distintos sombreros hasta llegar al de Marcela.

Vaya, vaya —siguió—. Así que, sin saberlo, teníamos la compañía de una intrusa. ¡Ya no puedo confiar en nadie! Unos van, los otros vienen. Pero al final… Quién viene a mi tienda acaba pagando la deuda. ¡Siempre!

¡Achís! ¡Achís!

¡Dame la tarjeta! —ordenó el hombre a Marcela que seguía estornudando.

Marcela le alcanzó su móvil temblando mientras una pequeña cantidad de orina manchaba sus pantalones.

El hombre inspeccionó las fotografías que habían en el móvil y, dijo para sí mientras fruncía los labios de manera perversa:

Material interesante. Lo haré correr entre mis conocidos.

Las dos jóvenes se habían mirado mientras el hombre hablaba. Sus ojos comunicaban el desespero, el desamparo y la vergüenza que sentían.

Ambas deseaban desaparecer porque aquel hombre tenía el poder de abusar de ellas. Y así lo hizo.

Marcela hacía escasos minutos que había escapado de alguien que la grababa sin su consentimiento y, sin saberlo, se había acabado metiendo en un sitio peor. Algo olía a podrido en aquel ambiente de difusión de material pornográfico.

Matilda no había corrido mejor suerte en la vida y su horizonte a corto plazo no era muy prometedor. Aunque ahora estaba esperando una nueva oportunidad en algún lugar en donde pudiera ver crecer a sus hijos, lejos de la miseria. Era lo único que de verdad le importaba.

Al salir de allí, nada volvería a ser igual para ellas. Las dos mujeres eran dos voces anónimas que no podrían borrar las huellas de sus cuerpos y mucho menos las de su mente.

Tras cruzar el océano días después, no lograrían quitarse el miedo y la repugnancia que rondan todavía por sus almas a fecha de hoy.

Participación en el Taller nº 53 de Literautas: Pasaporte, horizonte y laberinto

Helena Sauras

 

El deshielo que derritió mis labios

"Kiss" Imagen Creative Commons de hans van den berg en FlickR

“Kiss” Imagen Creative Commons de hans van den berg en FlickR

Tus besos sabían a deshielo. Deshacían mis fríos labios amoratados. Hacía frío en aquel mes de marzo inusual. La primavera apenas despuntaba, y había nevado. Dichosa nieve que cubría los tejados de aquel pueblo de interior. Tú estabas acostumbrado al frío. Yo provenía de un paisaje cálido y, sorprendida, había estado mirando los primeros copos de nieve a través de la ventana. Era mi primera vez. Estaba tiritando y me abrazaste. Encendiste la chimenea y dejaste que el calor empezara a inundar la habitación. Poco a poco me fui relajando a través de tu mirada tierna. Habíamos brindado por la amistad. Las copas reposaban en la mesa del apartamento, en un rincón. Habíamos bebido poco. Solo una escasa copa para entonarnos. No creíamos en el amor, tan solo en esa amistad que nos unía, fuertes, contra las adversidades de la vida. La complicidad llegaba tarde, pero más valía esa tardanza, que no experimentarla nunca.

Un florero perdido decoraba un punto de la habitación. Una iluminación tenue nos besaba nuestros cuerpos que habían empezado a desnudarse. Admiré tu piel amiga y la recorrí tímidamente, porque era inexperta en el campo. Presentía que nos quedaríamos aislados por la nieve en el fin de semana, que habíamos decido darnos ese capricho de alquilar un apartamento rural. Te vi por primera vez el deseo en tus ojos, y me agradó sentirme deseada. Besaste mis senos y te detuviste en los pezones. Mi oscura piel contrastaba con la tuya, o eso me pareció percibir en el espejo que reflejaba nuestro abrazo intenso.

Sabía que te desharías en un montón de excusas al día siguiente. Te pesaría lo ocurrido al oír su voz aguda teñida de melosidad a través del móvil, que habría recobrado la cobertura. Mentirías a tu mujer y maldecirías el día que habías ido a arreglar aquellos asuntos de trabajo en aquel pueblo perdido de la provincia turolense. Eso le dirías. Era un asunto de trabajo importante. Tu mujer lloriquearía, y te diría:

— ¡Qué pena! Justo ahora que la asistenta se ha pedido el fin de semana libre.

Yo, sonreiría para mis adentros. Sí. Me había pedido tiempo para mí, para disfrutar, para sentir. Estaba contigo. Tu voz amable me había acompañado desde que me hiciste el contrato de trabajo. Te guiñé un ojo y pasaste a la acción. Me penetraste suavemente en el cálido apartamento, donde la madera de nogal predominaba rodeando nuestros cuerpos.

Al día siguiente, había el rastro de unas sábanas manchadas de sangre debido a un himen rasgado y una mano abierta y tendida, unida a la mía. Me asomé a la ventana. Un paisaje blanco, pintoresco, me inundó. Aquel día me prepararías el desayuno. Volcaste el café torpemente. Sonreí. No estabas acostumbrado a servir. No grité, ni renegué. El respeto se alcanza de mutuo acuerdo.

El sol salió y supe que ya te había retenido lo suficiente. Volveríamos a la normalidad en pocas horas. Sería nuestro secreto primaveral. Hicimos un pacto de silencio que olía a leche cremosa mezclada con el amargo gusto del café. Aquello no volvería a ocurrir, pero recordando hoy, todavía siento como mis labios se derriten en mi memoria.

EL DESHIELO QUE DERRITIÓ MIS LABIOS (Descárgalo en pdf)

Nieves o la imposibilidad de amar

Le entró un miedo atroz al oír su pregunta, porque le recordó un tiempo lejano que había querido enterrar. Sus palabras todavía le retumbaban en sus orejas pequeñas y redondeadas.
—¿Qué harías sin mí? —le había preguntado su amigo Chus rodeando con cariño su cintura.
Nieves le miró sonriendo con un tic nervioso, que le agitaba las aletas de la nariz, intentando disimular el remolino que giraba en su interior, desordenando a su paso sus sentimientos más íntimos.
—Chus, esa no es la cuestión —le cortó clavando sus pupilas en las suyas—. La pregunta es, ¿qué hago yo contigo?
Su contestación le hirió en lo más profundo, y cabizbajo, se separo de ella torpemente. Chus no comprendía, por qué Nieves siempre se resistía a sus encantos. Aquella mujer era tan irresistiblemente esquiva, cuando él desviaba el tema hacia otro tema que no fuese su profesión. Chus creía que la conocía; sin embargo, desconocía el misterio que escondía entre sus silencios. En el fondo, el hombre intuía que mentía más cuando sonreía, como lo estaba haciendo ahora, cuando sus labios dibujaban esa curva que arqueaba sus labios carnosos y sugerentes. Nieves le miró con una ceja levantada y le preguntó intentando suavizar el tono de su voz, que sonó demasiado melosa:
—¿Ya has terminado?
—Ya te enviaré la factura —le espetó finalmente el hombre, soltando el aire de sus pulmones de manera cansada y de mala gana.
—Chus, gracias por haber venido. Si no llegara a ser por ti… —intentó remediar la mujer su aire disgustado.
El hombre se encogió de hombros lentamente, y cargó su caja de herramientas en una mano. Un escape de agua le había arrebatado el sueño aquella madrugada, pero lo que le hizo correr hacia el encuentro de aquella mujer, es que la voz de alarma la había dado Nieves. La dama fría, como le llamaban los camareros y algunos clientes de aquel bar que frecuentaba Chus. Le necesitaba en mitad de aquella noche helada y oscura.

***

Cada día, Nieves desayunaba en un rincón de aquel bar, absorta y perdida en sus pensamientos. Solía leer la prensa atrasada con atención, como si buscase alguna noticia que se le hubiese pasado. Veinte minutos tenía de descanso antes de volver a la oficina donde trabajaba. No se le conocía marido, ni pareja alguna, en aquel pequeño pueblo de mala muerte en la que Nieves había aterrizado dando un pequeño empujón a la imaginación masculina de aquel remoto lugar. Rápidamente se había instalado en un piso de ocasión, y se dedicaba a ir de casa al trabajo, y del trabajo a casa, moviendo tímidamente las caderas y con expresión de no haber roto nunca un plato.
—¡Qué mujer más aburrida! —pensaban en voz alta las vecinas cuando vislumbraban su figura a través de los finos visillos de sus casas.
—Es tremenda y peligrosa —alertó finalmente una chica al haber oído como su marido se confundía al llamarla con el nombre de la dama fría.
—Sí, —dijo otra afectada— se cuela en los pensamientos más íntimos de nuestros esposos.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó una joven que temía que su futura boda se cancelase por un posible resbalón de su novio.
—Le tendremos que buscar un novio que la controle.
—¿Algún candidato?
—Tu hermano, Chus, por ejemplo —dijo la más atrevida—. Está recién divorciado de aquella pelandusca que le puso los cuernos.
—Mala mujer, ¡qué poco quieres a mi hermano! —respondió la hermana de Chus.
—Pues si es por su bien… Nieves es más bien monjil, pero despierta el instinto sexual más caníbal de los hombres —se rió quién había tenido la ocurrencia.
—¿Y cómo lo hacemos?
Todas se encogieron de hombros. Menos una, que parece ser que tenía arte de celestina.
—Reventaremos una tubería del piso de Nieves y así Chus podrá reparársela.
—¿Y si llama a otro fontanero? —preguntó tímidamente una muchacha con coleta.
—Caray, si en este pueblo sólo conozco a Chus de fontanero. Días antes le daremos una tarjetita inocentemente con su teléfono.
—¿Y si Chus se niega a acudir a su casa?
—Eso no pasará, la tentación de tomar a Nieves, seguro que le puede más.
Manos a la obra se pusieron las mujeres de aquel diminuto pueblo, pues su dignidad pendía del hilo de una triste bombilla que escasamente iluminaba.
Unos días después, en el bar, Rita se encargó de alabar las hazañas de su hermano Chus con las tuberías:
—A cualquier hora, está Chus para lo que puedas necesitar. —Y le tendió a Nieves una tarjetita impresa—. Sabemos que vives sola y nunca se sabe…. —Y dejó la frase suspendida en el aire durante unos instantes.
Carlota, la dueña del bar, miraba a Rita y a Nieves divertida, y se decidió a intervenir con las siguientes palabras:
—Yo siempre tengo una tarjetita de esas pendida en la nevera con un imán. Chus siempre acude, ¿verdad, campeón?
Chus asintió sorprendido, al ver cómo aquellas mujeres le alardeaban más de la cuenta, y se sonrojó mínimamente.
—Toma —le dijo Carlota mientras le acercaba la cuenta a Nieves—. A los buenos clientes se les premia con un imán, para que cuelguen de su nevera lo que les venga de gusto.
Aquella mañana Nieves salió de allí con una tarjetita en su bolso y un imán para colgarla, después de haberse zampado un donut y haberse bebido su café con leche habitual.

 

***

Después de diversos reventones por parte de las vecinas, Chus y Nieves se acabaron haciendo amigos.
—Son muy frágiles esas tuberías —le decía Chus que no comprendía cómo podían haber tantos escapes en tan poco tiempo.
— No será que no acabas de arreglar la fuga?
Chus negaba automáticamente con la cabeza.
—¿Dudas de mi profesionalidad? —le decía al fin, un tanto enojado.
—No, pero siempre se me acaba inundando alguna parte del piso —se quejaba ella.
—Debiste dudar de su precio al comprarlo. Los chollos no existen, Nieves.
A pesar de todo, Chus se ilusionaba cada vez que veía que Nieves le necesitaba. Sentía un pálpito fuerte en su cuerpo, en su zona más ardiente, pero siempre se acababa yendo con el rabo entre las piernas, nunca mejor dicho. Nieves, como mucho, le invitaba a una cerveza al terminar que se bebía con avidez al negársele la bebida de sus labios. La que él siempre ansiaba. Hablaban de cosas sin importancia, el tiempo pasaba tan natural precipitándose y absorbiéndoles mientras compartían sus aficiones, rompiendo la rutina de aquel pueblo tan aburrido. Chus era un hombre más que herido en su ego; Nieves siempre se comportaba de una manera tan fría como la nevera en donde pendía la tarjeta de los servicios que él ofrecía. Aún así, se tenían uno al otro, y compartían su compañía.
Durante aquellas repetidas averías, nunca existió contacto entre ellos, ni un simple roce, aunque Chus lo anhelaba ciegamente. Aquella madrugada él se envalentonó, obvió lo que temía que podía ocurrir, y la agarró por la cintura mientras le preguntaba qué haría sin él. Nieves dio un respingo al sentir sus manos cálidas, porque temió que subieran a aquel recóndito lugar, donde ya no podía mirar, porque sus ojos se desbordaban como un grifo. Chus no temía un rechazo, sino que lo que le daba miedo era no estar a la altura, perder la compostura como le había ocurrido frecuentemente con su ex mujer. Tantas veces había perdido su erección, por la simple vergüenza de acudir a un urólogo que les aconsejara y guiara hacia una posible solución, que su mujer había acabado sustituyendo sus tercas negativas, refugiándose en otros lugares más placenteros.

 

***

—Si no llegara a ser por ti… —le repite Nieves desde el umbral de la puerta que todavía está cerrada.
Chus se gira para mirarla. Una lágrima tiembla deslizándose por su cara y tiene ganas de besar para ahuyentarla. Nieves se derrite entre lágrimas, porque una vez le ha salido la primera, otras surgen a chorros.
—¿No tienes solución para ese escape? —le preguntó Nieves intentando bromear por su estado y señalándose sus ojos inundados.
Chus niega con la cabeza sin apartar la vista de sus lágrimas.
—¿Qué te ocurre, Nieves?
—Por un momento pensé que me abrazarías y…. tuve miedo…. de esto…
Su voz femenina se entrecorta de golpe, mientras sus manos deshacen el nudo de su batín celeste con un movimiento firme. Nieves se desnuda ante Chus. Tantas veces había soñado él con ese momento, que ahora que está pasando, siente el impulso de huir por miedo a un posible fracaso. Tener ganas de dormirse entre sus pechos es uno de sus mayores deseos, cuántas veces había sentido su tacto entre paisajes oníricos, altamente volátiles, que se esfumaban ante el ruido impertinente de un despertador.
—Siento que no estés preparado para esto. Yo tampoco lo estoy —continúa Nieves.
El gesto asombrado y parado de Chus, al ver sus pechos imposibles de describirlos ni con mil palabras.
—¿Quién fue? —se atreve a preguntar Chus apartando la vista de sus pechos corroídos, sin atreverse a señalarlos.
— Fui víctima del trato de blancas. Una promesa, un mundo más digno, una hipoteca de por vida. Antes de lograr escapar y que se desmantelara la red en la que había caído, mi chulo me regaló una gran chorretada de ácido sobre mis pechos. Al día siguiente desperté en un hospital, volví a nacer y cambié mi identidad. Elegí Nieves por ser el que más se adecuaba a mi nueva condición, y me prometí que jamás volvería a amar.
Una sonrisa agridulce e irónica cruza por su cara, y continúa con su historia sin interrumpirse:
—Era la pechitos de terciopelo, así me llamaban los clientes. Mi foto circulaba por varios periódicos del país ofreciendo mis servicios en la sección de contactos. Mi carrera terminó de una manera abrupta. Lástima que mi chulo tuviese tiempo de arruinarme mi existencia antes de ser detenido y acabar entre rejas.
Su mirada cristalina se ha vuelto vacía mientras acaba cubriéndose otra vez con el batín. Chus la coge de una mano, le aparta un mechón de su cabellera y la besa en la nuca. Un susurro ronco en el oído:
—Nieves, gracias por confiarme tu secreto. Eres la más bella de todas, para mí.
Y la promesa de la mujer de no volver a amar, se truca en aquel momento. Juntos compartirán sus secretos amándose frente a frente, sin pudor alguno. Chus, a la mañana siguiente, decidirá acudir a un urólogo para poder amar físicamente a la mujer de la que se ha enamorado. Entre los dos, tejerán un capítulo en sus vidas de respeto y comprensión ante la mirada de aquellos que envidiarán su gran historia de amor sincera.

 

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