Un piano repiqueteaba

Verano, interpretando nuestro amor

POEMA 9: Entre la luz, el ocaso, y el contraste

Un piano repiqueteaba una melancólica canción.
En el restaurante de tus labios,
comía con avidez y gana.
Acariciaba tus notas al recibirlas,
su olor a tinta perfumada, una bendición.
¡Qué grato aquel mensaje que anunciaba
un nuevo encuentro! Fulgor en mis entrañas.

Con donaire te miraba.
Tus ojos eran volátiles
en contacto con los míos.
Se escapaban de ellos las ajenas miradas.
El contacto de tus manos, melodía insuperable,
tejiendo una novela en mi diminuto cuerpo,
cada caricia, un capítulo sin fin.

Interminable nuestra historia. Así la sentía.
Sin temor, la vivía como algo mágico, inhumano.
Un piano se atranca en mitad de la melodía,
impropia fortuna que me desnuda sin mesura.

Tomasa, poema en imagen

En el tren, la vida que te separa,
nadie sabe lo qué te depara,
la infidelidad reiterada no se repara,
Tomasa para la fuga se prepara.

En el primer vagón, te sientas, el otoño ya entrado
te vacía el rumor de los latidos,
la traición es un pincho afilado
que se te clava, con un gesto te quitas el anillo.

Las estaciones pasan, recibes llamadas que ignoras
y, otras, se pierden de prisa por el tránsito
que te recorre, el vientre rompe la tela y crece:
no es imagen de ilusiones soñadas de otros tiempos,
crece el vientre tierno que conecta tu ombligo
con un futuro de incertidumbres que te acunan.

Billete extinguido, bajas, dibuja el atardecer
una tajada de sandía en el horizonte, tu vientre
una naranja que crece en el solitario árbol
de tu existencia tocada y del revés.

Tomasa, nueve meses después,
he visto la luz no impúdica de tu pubis,
sin padre reconocido, dos gemelas,
cuando todo se rompe, salen tranquilas.

El olor de este viento de atardecer
enciende el amor maternal, que guarda
como una loba salvaje sus tesoros.

Y ahora, yaces más mustia, cuando ya has dado
todo tu jugo, tus pechos exprimidos caen
aunque tu sonrisa por las nubes se alza.

La sorpresa

El hombre iba por su tercer vaso cuando Ester entró. La mujer, sencilla y soñadora, se ceñía el albornoz sosteniendo con los dientes el cordón. Su cabeza caída sobre el pecho era como un garabato castaño de pinceladas extraídas del agua. Mientras se frotaba el cuerpo con el albornoz, vio sobre la rejilla de madera del suelo la sombra de Andrés, parado en el umbral y arrojando la primera piedra al cristal de la ventana.

Con su puntería, el cristal estalló y sorprendió al hombre que paladeaba el gusto áspero de aquel whisky de importación.

¡Se acabó la fiesta! —gritó enfurecido Andrés.

Se fijó en el amante, en su cuerpo de adonis moldeado por las máquinas de un gimnasio cualquiera y en su melena descuidada. Habría podido ser su amigo de la infancia si no les separara más de una década, calculó tristemente mientras le propinaba el primer golpe. No tendría piedad de él.

Un hilo de sangre empezó a fluir y manchó el tórax del amante mientras Ester lloraba con su alma rota de impotencia.

Andrés continuó golpeando al amante hasta que dejó de respirar. Se preguntó cuántas veces se había follado a su mujer en aquella casita perdida en el monte donde ella decía que se iba a descansar. Cuántos cartones de tabaco se habían fumado entre los dos, celebrando sus éxitos y sabiendo de antemano que no serían descubiertos.

No, el tonto de Andrés no estaba para juegos sexuales a la hora de acabar la jornada laboral, metido en su taller, con las manos manchadas de grasa y el cansancio venciéndole en el sofá al terminar el día.

El albornoz había caído por el susto al suelo, y la mujer, completamente desnuda, fue a cubrirse.

¿Dónde crees que vas? No te muevas ni un milímetro, ¿me oyes?

Los ojos de Andrés destilaban una ira retenida durante demasiado tiempo. Su mente estaba haciendo conjeturas con las excusas con las que Ester siempre ponía para no acostarse con él.

La miró con tanta rabia que ella se agachó para esconderse detrás del sofá obviando su advertencia. A lo que él, se acercó a ella, cogió su madeja mojada y la tiró con tanta fuerza que le arrancó algunos cabellos.

¡Ay! —chilló Ester.

Pero Andrés no se apiadó ni un ápice.

Vas a correr la misma suerte que tu amante.

No, eso sí que no… Por favor, Andrés. No es mi amante…

Pero el hombre no hizo caso a sus súplicas. Intentó estrangularla mientras bullía en su interior el desamor que en esos momentos sentía.

Ester solo añoraba escapar de la situación.

Es un pintor a domicilio —logró pronunciar con angustia—. Quería regalarte una pintura mía para tu próximo cumpleaños. Era una sorpresa.

Sabía que a su mujer le gustaban los amores imposibles y, al casarse con él, se convirtió en un sueño alcanzado en donde perdió todo entusiasmo.

Quería encender lo que la convivencia nos ha ido apagando —continuó—. Ya sabes, la llama de nuestra relación…

Pues ahora, la vida nos ha puesto contra las cuerdas. ¿Sabes deshacerte de un cadáver sin dejar rastro?

Su mirada se fundió hacia el mechero que su marido le tendía.

Imagen Creative Commons de Ana N R en FlickR

El deshielo que derritió mis labios

"Kiss" Imagen Creative Commons de hans van den berg en FlickR

“Kiss” Imagen Creative Commons de hans van den berg en FlickR

Tus besos sabían a deshielo. Deshacían mis fríos labios amoratados. Hacía frío en aquel mes de marzo inusual. La primavera apenas despuntaba, y había nevado. Dichosa nieve que cubría los tejados de aquel pueblo de interior. Tú estabas acostumbrado al frío. Yo provenía de un paisaje cálido y, sorprendida, había estado mirando los primeros copos de nieve a través de la ventana. Era mi primera vez. Estaba tiritando y me abrazaste. Encendiste la chimenea y dejaste que el calor empezara a inundar la habitación. Poco a poco me fui relajando a través de tu mirada tierna. Habíamos brindado por la amistad. Las copas reposaban en la mesa del apartamento, en un rincón. Habíamos bebido poco. Solo una escasa copa para entonarnos. No creíamos en el amor, tan solo en esa amistad que nos unía, fuertes, contra las adversidades de la vida. La complicidad llegaba tarde, pero más valía esa tardanza, que no experimentarla nunca.

Un florero perdido decoraba un punto de la habitación. Una iluminación tenue nos besaba nuestros cuerpos que habían empezado a desnudarse. Admiré tu piel amiga y la recorrí tímidamente, porque era inexperta en el campo. Presentía que nos quedaríamos aislados por la nieve en el fin de semana, que habíamos decido darnos ese capricho de alquilar un apartamento rural. Te vi por primera vez el deseo en tus ojos, y me agradó sentirme deseada. Besaste mis senos y te detuviste en los pezones. Mi oscura piel contrastaba con la tuya, o eso me pareció percibir en el espejo que reflejaba nuestro abrazo intenso.

Sabía que te desharías en un montón de excusas al día siguiente. Te pesaría lo ocurrido al oír su voz aguda teñida de melosidad a través del móvil, que habría recobrado la cobertura. Mentirías a tu mujer y maldecirías el día que habías ido a arreglar aquellos asuntos de trabajo en aquel pueblo perdido de la provincia turolense. Eso le dirías. Era un asunto de trabajo importante. Tu mujer lloriquearía, y te diría:

— ¡Qué pena! Justo ahora que la asistenta se ha pedido el fin de semana libre.

Yo, sonreiría para mis adentros. Sí. Me había pedido tiempo para mí, para disfrutar, para sentir. Estaba contigo. Tu voz amable me había acompañado desde que me hiciste el contrato de trabajo. Te guiñé un ojo y pasaste a la acción. Me penetraste suavemente en el cálido apartamento, donde la madera de nogal predominaba rodeando nuestros cuerpos.

Al día siguiente, había el rastro de unas sábanas manchadas de sangre debido a un himen rasgado y una mano abierta y tendida, unida a la mía. Me asomé a la ventana. Un paisaje blanco, pintoresco, me inundó. Aquel día me prepararías el desayuno. Volcaste el café torpemente. Sonreí. No estabas acostumbrado a servir. No grité, ni renegué. El respeto se alcanza de mutuo acuerdo.

El sol salió y supe que ya te había retenido lo suficiente. Volveríamos a la normalidad en pocas horas. Sería nuestro secreto primaveral. Hicimos un pacto de silencio que olía a leche cremosa mezclada con el amargo gusto del café. Aquello no volvería a ocurrir, pero recordando hoy, todavía siento como mis labios se derriten en mi memoria.

EL DESHIELO QUE DERRITIÓ MIS LABIOS (Descárgalo en pdf)

Participación en el taller literario de Experiencias Literarias

La comunidad literaria Experiencias Literarias ha organizado un taller de escritura mensual en el que he participado escribiendo un pequeño relato.

A partir de una foto que ellos proporcionaban, tenías que montar una historia. El taller se llama “Recreando instantes” y sirve para potenciar la creatividad. ¿Puede una simple fotografía estimular la imaginación? Creo que el taller es una buena manera de hacerlo, ya que compartirás tu manera de escribir con otras personas que también lo hacen. Es una manera enriquecedora de compartir tus historias con el mundo usando las nuevas tecnologías.

Cada día 1 tenéis una cita, pues se publica un nuevo tema para el taller. Tenéis tiempo de mandar la historia hasta el día 20. Las historietas se publican el día 25.

¿Os vais a atrever a crear? ¿Os vais a resistir a comentar otros textos?

Buena iniciativa la de esta comunidad que está creciendo considerablemente y de la que ya dispone de un canal en Youtube.

Mi pequeño granito de arena, lo podéis leer aquí con el relato Un golpe de infidelidad.

https://www.flickr.com/photos/11164872@N04/3730103232/in/photolist-c7PbLb-7cV2Tu-8T5v3G-fLbT6-eYgGsj-rVMtp-cXNSis-chDtyo-4GeUpq-8EfpVB-6FBKJG-b7DbAP-6YiGGT-FEMNy-5Rkx7K-aqC47Q-fNiURD-8bAyQ7-2x2E1p-5U7Cy8-3LXa9b-RBxKL-8Q1Emo-5r8Ejc-nDxSX9-6tRKma-JR521-9g7jai-72kMqD-2F9f5d-QNy7-9wroK6-7nyVY-4A4uG1-aHJSV-6YpbAf-aATub9-5n36EA-dUNGso-6bHK1v-gUi1TH-ky54CV-aHsWBZ-gUi2SX-6DMgCm-gUiNXz-gUiNdi-gUiN2X-jTsz2e-c23oTd

Imagen Creative Commons de purolipan