Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Sabía lo que era impresionar con sus manos de aire, con una manicura cuidada, y unos dedos tan largos, que podían deslizarse sigilosamente por cualquier  parte de un cuerpo, de manera consentida.  Acariciar el alma de los presentes era su propósito, fundirse a través del oído, y hacer brotar sin disimulo una leve parte emocionada  de color rosácea en sus mejillas. El público le observaba extasiado. Una muchacha entró a su área de visión. Él no se despistó, ni perdió el ritmo. Continuó tocando, con las mejillas encendidas. No sabrían si ese rubor era fruto de la concentración, o simplemente formaba parte de aquella melodía que le arrastraba a cansar sus manos, mientras tocaba aquel piano de cola en mitad del salón. O se debía, quizás, a aquella muchacha misteriosa que había irrumpido en mitad del salón. Una mujer corrigió su trayectoria, y se llevó a la muchacha despistada por el mismo lugar que había entrado.

Hoy el pianista traspasó fronteras, y llegó a un lugar recóndito del ingenio de los espectadores. Después de aquella interpretación, la imaginación de los expectantes brotó jugosa e imparable. Escuchar aquello les había transformado, quitado el aburrimiento de un plumazo, y alterado quizás su conocida monotonía. Llovieron aplausos copiosos cuando la música llegó a su fin.

Esta vez, la muchacha despistada volvió a escena de una mano femenina que la guiaba. De refilón, el músico la miraba con un punto de júbilo en sus ojos, mientras ella ponía la mesa donde después todos comerían. La chica no comprendía por qué tanto alboroto había a su alrededor. Tanta gente, tanta expectación, tanta vibración. Por qué el público movía los labios elevando sus voces hacia algún lugar donde  ella no podía participar. Se sentía agotada y nerviosa. Su mandil era del azul del cielo en días grises. Llevaba el pelo recogido y se sentía empequeñecer en aquel salón tan grande. Venía de un pueblo perdido de montaña. La chica se quedó absorta un breve momento, como atrapando sus propios pensamientos, y cuando volvió a tener los pies en el suelo, vio como el músico la miraba. A través de la distancia que les separaba, la muchacha le perforó con la mirada mientras dibujaba una amable sonrisa. Antes de irse ajetreada, le obsequió con un baile de pestañas al entornar sus ojos líquidos. El músico hubiese caído allí mismo rendido a sus pies, si no fuera porque le acercaron una silla y le hicieron sentar en la mesa, donde comieron abundantemente durante varios días. La sangre bajó al estómago, y al tener una digestión muy pesada, olvidó a la muchacha por un tiempo.

Días después,  la muchacha le regalaría una caricia perdida con sus manos de tierra al ofrecerle una fruta para comer. El hombre mordió la fruta apresándola con sus labios. Era tan sólo una manzana de tantas en aquel frutero multicolor. Pero mientras la saboreaba, le pareció la más especial por provenir  de la chica nueva que había entrado a servir aquel mes. Un leve roce con sus dedos redondeados, regordetes, y cortos, de campesina, al servir la mesa bastó para sentirse enamorado. Se sintió enamorado hasta la médula en escasos minutos. Tan enamorado estaba, valga la redundancia repetitiva, que se comió hasta el corazón de la manzana. Se atragantó y empezó a toser bruscamente. La muchacha, que se encontraba de espaldas, hizo caso omiso a su socorro y éste pasó por varios estados de color hasta que, rojo como la grana, y con los ojos desbordándose de llorosos, y desencajándose de las órbitas, alertaron al maître que entró precipitadamente en la sala. Menos mal que fue así, porque si hubiese tardado un poco más aquel hombre decidido,  lamentaríamos una gran pérdida en el panorama musical de la región. El maître, con su experiencia y destreza, hizo escupir el corazón de la manzana al músico. Luego, tocándole la espalda a la muchacha y con gestos, hizo que la chica le acercara un vaso de agua cristalina al artista, que casi se había ahogado, que bebió sin desperdiciar ni una gota.

El músico no sabía a qué se debía tanta gesticulación con la muchacha de sus sueños. No tardó en averiguarlo. La chica era sorda de nacimiento. Al saberlo, cayó en un estado de desolación absoluta pues no podría cautivar su corazón, ni acariciarla,  ni hipnotizarla con su música. Además pertenecía a otro estatus social, tan opuesto al suyo, que supuso que por eso precisamente  la muchacha le gustaba. Era la muchacha con la sonrisa más abierta de toda la comarca. Tan abierta era, que mostraba todos los dientes y muelas con su risa. No tenía ni una sola caries, aunque su dentadura estaba algo torcida. Su risa le sonaba maravillosa,  a algo angelical, pues era la forma más directa en que ella se comunicaba con él. Cuando no la veía, buscaba ese sonido hasta debajo de las piedras, pues fue al final, el único que le inspiraba. Y cuando volvía a oírlo, normalmente era a la hora de la comida, cuando la chica servía su mesa y le obsequiaba con otras de sus risas. Luego se concentraba en la tarea de servir, para no volcar ni una sola gota de consomé en el plato del huésped. No quería que la despidieran del hotel por un despiste. El músico, en el breve momento, que ella tardaba en servirle, aspiraba para retener su aroma en la memoria. La muchacha olía mínimamente al sudor de las axilas en días duros de trabajo.  Ese olor característico era el que se mezclaba con otro más a nivel personal, su propio perfume corporal. La chica no olía a flores, pero sí a hierba recién cortada, a él le parecía que llevaba un ramillete de alguna flor insípida de la que sólo olía su tallo. Entonces, cuando la chica se daba la vuelta, se fijaba en su pelo recogido, y reconocía una flor púrpura en su cabello castaño. Eran las flores que crecían en la orilla del lago que había por los alrededores de aquel hotel. Supuso que la muchacha rondaba por allí en los días claros de aquella primavera que crecía rítmicamente hacia un verano imparable. El olor de las axilas de todos los presentes crecería en los días que vendrían, inundando de pesadez el ambiente del comedor.

El músico no sabía por qué la muchacha siempre llevaba las orejas despejadas, de soplillo, si por ellas no podían oír ni una simple nota musical, ni tan siquiera una palabra, una sílaba, un fonema de su voz enamorada. De ellas pendían unos pendientes alargados y acabados en un círculo brillante. Parecían dos cerezas, grandes y picadas por algún pájaro hambriento. Aquella baratija, a la que le faltaba algunos brillantes, la había ganado la chica en la feria de la ciudad en su día libre. Tuvo suerte y la ruleta apuntó al color que ella había apostado, el amarillo. Y todo se volvió de amarillo y brillante en su vida a partir de entonces por traerle suerte, como aquel sol que le hacía sudar más de la cuenta en aquellos días de abril. Le sudaban las manos, le sudaban los pies, le sudaban las axilas, le sudaba la piel en general, delante de aquel pianista larguirucho que la desnudaba con la mirada. Se sentía nerviosa, por eso sudaba. Sintió como sus manos de tierra, se convertían de agua en presencia de él.

El músico, en cambió,  sintió como sus manos de aire, se convertían de fuego, al intentar seguir a aquella muchacha por el camino que conducía al lago. La seguía sin importarle hacer ruido con sus pasos pues la chica no podría escucharle. Eso sí, fue precavido por si ella volvía la vista hacia atrás, y se camufló con el paisaje con un uniforme verde como si se tratase de un camaleón.

La muchacha empezó a quitarse el vestido turbio que llevaba para bañarlo en el lago. Quería quitar una mancha imaginaria, y de paso refrescarse ella misma con el agua. Estuvo metida en el agua hasta que empezó a arrugársele la piel. Observaba el cielo tan plácido, haciéndose la muerta. Tanto rato estuvo flotando, que al fin, el pianista se le acabó acercando con temor.

La muchacha sólo vio una mancha verde oscura que se le acercaba. Pensó que era un animal el que venía a por ella. Continuó igualmente asustada, al comprobar que era un militar. Pegó un brinco, con pavor, y acabó tragando bastante agua. Ahora sí que estaría muerta si no fuera por él músico, vestido de un camaleónico militar, que le hizo un boca a boca que la resurgió de la inconsciencia en la que estaba sumida.

Fue saborear sus labios, cumplir el sueño que más de un día había implorado a sus espíritus. Su aliento dulce contrastaba con el aliento cerrado, y cargado del músico, que encontró libertad para besarla. Y la besó a años luz del consentimiento, por la sorpresa, por la espalda, pero la muchacha, al retomar conciencia, y sentir como aquellos labios la besaban a ella, que nunca antes había besado, sintió la música en sus entrañas. Un cosquilleo mágico que alborotó cada célula de su cuerpo, recorriéndola como una descarga eléctrica. Y aunque nunca antes había oído, le pareció oír la voz de su corazón que gritaba que ella también estaba enamorada de aquel músico larguirucho que siempre la miraba. Porque de sentimientos no es libre el corazón, pues no los controla. Y ya basta de palabrería, dejemos que las cuatro manos de los dos muchachos con los cuatro elementos allí presentes, aire, tierra, agua y fuego, se acaricien en la orilla del lago. Estad tranquilos, una hilera de flores púrpura, inocentes e inexpertas, les guían.

de-aire-y-tierra

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Poema que forma parte del poemario que estoy actualmente escribiendo: «Los silencios solitarios».

 

Con un engaño de besos decoré tu boca tupida,
fruncías los labios, entrega más o menos fingida,
nos separaba un umbral de saliva. Quise ser la sonrisa
placentera que removía la tierra de tu tez morena.

Con una falacia de caricias pinté tu torso descubierto,
me apartabas con tus manos, entrega más o menos sobrecogida,
nos partía el alma la indiferencia. Quise ser el disfraz
que cubría de aliento tu cuerpo al gesto del desconcierto.

Con una mentira de gestos esculpí tu miembro desnudo,
me rechazabas con tus piernas, ofrenda más o menos airada,
nos dividía la simpatía, pertenecíamos a dos mundos distintos
que juntos retaban y derretían el paisaje de una marea alborotada.

Y, entonces, con la simpleza de la sinceridad, surgió de repente:
sin engaño, sin falacia, sin mentira, me enamoré de ti.
Contigo comprimí la sed de tener labios. Ya no hacían falta
para hablar lo que acallaban mis latidos.
Y me inventé todo un mundo de miradas sin nada más,
Gané la apuesta al amor, mas perdí mis cinco sentidos
que sólo hablaban en ese idioma de silencios solitarios…

Aquel día fue distintos a los demás porque marcaría un antes y un después en la vida de aquella academia militar, dejando una cicatriz en la memoria de los que todavía podrían contar la historia que allí aconteció. Una mujer uniformada de verde no vio al que subió la escalera. Ella estaba con la vista baja, ordenando unos papeles de los muchos que había en la academia. La máquina de escribir estaba retirada en un lado del escritorio. La mujer estaba tan absorta en su tarea, que ni tan siquiera oyó al chico subir los peldaños.

Al verla, el chico se apresuró a pasar desapercibido avanzando sigilosamente por las baldosas. No quería llamar la atención de aquella mujer de melena discreta, y que le impidiese el paso como otras veces. El chico rapado tenía claro lo que había venido a hacer, quería explicarse delante de sus superiores, hablar sobre lo que había oído, alertarles de lo que posiblemente iba a pasar en aquella olvidada ciudad. En aquellos tiempos, y en aquel remoto lugar, lo normal era chivarse de otros para salvar el pellejo o conseguir algo a cambio.

El chico se coló por un pasillo secundario, giró a la izquierda, y entró en una pequeña habitación donde había otros uniformes verdes masculinos. Se enfundó uno que le quedaba un poco grande, con los puños sobresaliendo bastante, y cubriéndole parte de sus manos. Aquella vestimenta le quedaba tan holgada que podría ocultar un arma sin ser vista. Pero él no había venido a matar a nadie, si su chivatazo procedía, ya se encargarían otros de hacer el trabajo sucio.

Acto seguido entró en el pasillo principal. Anduvo varios metros hacia donde quería ir. Se cruzó con varias caras que le tomaron por un compañero más. Con cara de pocos amigos, entró por fin al despacho. El hombre que había allí, calvo y bastante gordo, pensó que Carmen lo había dejado pasar, y ni se inmutó, ni se sorprendió de su presencia. Le interrogó con la mirada mientras pronunciaba las siguientes palabras:

—Usted dirá.

El chico rapado cantó dándole igual que sus palabras podían hacer caer en desgracia a aquellos muchachos jóvenes que recién estrenaban la edad para estar allí. Los vendió a cambio de un puñado de monedas y unos cuantos permisos para estar con su novia.

Años después, en el juicio que hubo, el letrado solo le pidió que no mintiera. Carmen negó varias veces que había dejado pasar a aquel chico rapado. Sonó tan sincera su confesión, que no hicieron casi falta más pruebas. Carmen se vengó así del chico rapado por derribar su castillo de naipes, porque unos de los muchachos que habían ejecutado aquella tarde gris de noviembre era su prometido.

La sentencia obligó al chico rapado a cumplir condena. No recibió visitas en la cárcel. A nadie le importaba ya un chivato más. Murió de enfermedad años después aunque su mayor mal siempre fue la soledad.

escalera

Un #EjercicioLiterario que he realizado esta mañana. No hay ni una simple palabra en todo su contenido que empiece por la letra A. Una carta emotiva escrita  desde la nostalgia por la ausencia de una hermana. Si queréis, podéis escuchar o leer su historia.

 

 

 

Mi querida y única hermana:

Soy sólo un pañuelo mojado de tanto llorar. Tengo dos bolsas hinchadas debajo de mis ojos por donde corren lágrimas. No están vacías de sentimiento. Mis dos costados me duelen del esfuerzo que hago tosiendo por  una infección pulmonar. El tiempo se precipita irremediablemente hacia la Navidad. Esa Navidad que recuerdo hermosa a tu lado, con esos juegos de luz tiritando momentáneamente en la nieve, y el pino que se estremecía rendido y con encanto.

Y tú que me hacías cosquillas, y tal vez en la noche, te estremecías, como el pino,  por el frío que se colaba por debajo de la puerta.

Te extraño. Me estoy fundiendo en un lugar de conocidos por la distancia que nos separa.

Y siento todavía tu presencia cuando la campana suena en el otro lado de esta ciudad. Repiquetean todavía las palmas de tus juegos en mi memoria, las que compartíamos también con las vecinas.

La ciudad era fantástica porque era mi ciudad, con esas calles que subían y bajaban entre edificios que deslumbraban.  Era la que conocía los juegos secretos de nuestra  infancia. Ahora ya no conozco la mayor parte de sus nombres.

Me resulta normal tu rechazo, incluso lo siento familiar.

Y ahora estoy queriéndote encontrar en el  buzón en forma de garabato, una carta tuya que me dé noticias de ti.

Te nombré después de muchos meses de invierno en donde no salía el sol en mi locura cotidiana.  Cuando soñaba, veía las flores púrpuras de unos jardines.  Pensaba en mis sobrinos y recorría sus fotos con mis manos, sus sonrisas marcaban el comienzo del cielo.

Cómo extraño todo lo que viví contigo.

Ahora deambulo en laberintos de pasillos sin ser nunca claros.

Buscando una carta. Seguir buscando. Como un pañuelo mojado de papel me siento, empapada. No lo secará nunca ningún viento.  El no saber de ti es lo que me pesa. Haber perdido en esa guerra sanguinaria como si todas no lo fueran. Esconderme. Rendirme.  No encontrar nunca  tu fosa común hacia dónde dirigir esa carta.

Tu hermana sin exilio

 

Le entró un miedo atroz al oír su pregunta, porque le recordó un tiempo lejano que había querido enterrar. Sus palabras todavía le retumbaban en sus orejas pequeñas y redondeadas.
—¿Qué harías sin mí? —le había preguntado su amigo Chus rodeando con cariño su cintura.
Nieves le miró sonriendo con un tic nervioso, que le agitaba las aletas de la nariz, intentando disimular el remolino que giraba en su interior, desordenando a su paso sus sentimientos más íntimos.
—Chus, esa no es la cuestión —le cortó clavando sus pupilas en las suyas—. La pregunta es, ¿qué hago yo contigo?
Su contestación le hirió en lo más profundo, y cabizbajo, se separo de ella torpemente. Chus no comprendía, por qué Nieves siempre se resistía a sus encantos. Aquella mujer era tan irresistiblemente esquiva, cuando él desviaba el tema hacia otro tema que no fuese su profesión. Chus creía que la conocía; sin embargo, desconocía el misterio que escondía entre sus silencios. En el fondo, el hombre intuía que mentía más cuando sonreía, como lo estaba haciendo ahora, cuando sus labios dibujaban esa curva que arqueaba sus labios carnosos y sugerentes. Nieves le miró con una ceja levantada y le preguntó intentando suavizar el tono de su voz, que sonó demasiado melosa:
—¿Ya has terminado?
—Ya te enviaré la factura —le espetó finalmente el hombre, soltando el aire de sus pulmones de manera cansada y de mala gana.
—Chus, gracias por haber venido. Si no llegara a ser por ti… —intentó remediar la mujer su aire disgustado.
El hombre se encogió de hombros lentamente, y cargó su caja de herramientas en una mano. Un escape de agua le había arrebatado el sueño aquella madrugada, pero lo que le hizo correr hacia el encuentro de aquella mujer, es que la voz de alarma la había dado Nieves. La dama fría, como le llamaban los camareros y algunos clientes de aquel bar que frecuentaba Chus. Le necesitaba en mitad de aquella noche helada y oscura.

***

Cada día, Nieves desayunaba en un rincón de aquel bar, absorta y perdida en sus pensamientos. Solía leer la prensa atrasada con atención, como si buscase alguna noticia que se le hubiese pasado. Veinte minutos tenía de descanso antes de volver a la oficina donde trabajaba. No se le conocía marido, ni pareja alguna, en aquel pequeño pueblo de mala muerte en la que Nieves había aterrizado dando un pequeño empujón a la imaginación masculina de aquel remoto lugar. Rápidamente se había instalado en un piso de ocasión, y se dedicaba a ir de casa al trabajo, y del trabajo a casa, moviendo tímidamente las caderas y con expresión de no haber roto nunca un plato.
—¡Qué mujer más aburrida! —pensaban en voz alta las vecinas cuando vislumbraban su figura a través de los finos visillos de sus casas.
—Es tremenda y peligrosa —alertó finalmente una chica al haber oído como su marido se confundía al llamarla con el nombre de la dama fría.
—Sí, —dijo otra afectada— se cuela en los pensamientos más íntimos de nuestros esposos.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó una joven que temía que su futura boda se cancelase por un posible resbalón de su novio.
—Le tendremos que buscar un novio que la controle.
—¿Algún candidato?
—Tu hermano, Chus, por ejemplo —dijo la más atrevida—. Está recién divorciado de aquella pelandusca que le puso los cuernos.
—Mala mujer, ¡qué poco quieres a mi hermano! —respondió la hermana de Chus.
—Pues si es por su bien… Nieves es más bien monjil, pero despierta el instinto sexual más caníbal de los hombres —se rió quién había tenido la ocurrencia.
—¿Y cómo lo hacemos?
Todas se encogieron de hombros. Menos una, que parece ser que tenía arte de celestina.
—Reventaremos una tubería del piso de Nieves y así Chus podrá reparársela.
—¿Y si llama a otro fontanero? —preguntó tímidamente una muchacha con coleta.
—Caray, si en este pueblo sólo conozco a Chus de fontanero. Días antes le daremos una tarjetita inocentemente con su teléfono.
—¿Y si Chus se niega a acudir a su casa?
—Eso no pasará, la tentación de tomar a Nieves, seguro que le puede más.
Manos a la obra se pusieron las mujeres de aquel diminuto pueblo, pues su dignidad pendía del hilo de una triste bombilla que escasamente iluminaba.
Unos días después, en el bar, Rita se encargó de alabar las hazañas de su hermano Chus con las tuberías:
—A cualquier hora, está Chus para lo que puedas necesitar. —Y le tendió a Nieves una tarjetita impresa—. Sabemos que vives sola y nunca se sabe…. —Y dejó la frase suspendida en el aire durante unos instantes.
Carlota, la dueña del bar, miraba a Rita y a Nieves divertida, y se decidió a intervenir con las siguientes palabras:
—Yo siempre tengo una tarjetita de esas pendida en la nevera con un imán. Chus siempre acude, ¿verdad, campeón?
Chus asintió sorprendido, al ver cómo aquellas mujeres le alardeaban más de la cuenta, y se sonrojó mínimamente.
—Toma —le dijo Carlota mientras le acercaba la cuenta a Nieves—. A los buenos clientes se les premia con un imán, para que cuelguen de su nevera lo que les venga de gusto.
Aquella mañana Nieves salió de allí con una tarjetita en su bolso y un imán para colgarla, después de haberse zampado un donut y haberse bebido su café con leche habitual.

 

***

Después de diversos reventones por parte de las vecinas, Chus y Nieves se acabaron haciendo amigos.
—Son muy frágiles esas tuberías —le decía Chus que no comprendía cómo podían haber tantos escapes en tan poco tiempo.
— No será que no acabas de arreglar la fuga?
Chus negaba automáticamente con la cabeza.
—¿Dudas de mi profesionalidad? —le decía al fin, un tanto enojado.
—No, pero siempre se me acaba inundando alguna parte del piso —se quejaba ella.
—Debiste dudar de su precio al comprarlo. Los chollos no existen, Nieves.
A pesar de todo, Chus se ilusionaba cada vez que veía que Nieves le necesitaba. Sentía un pálpito fuerte en su cuerpo, en su zona más ardiente, pero siempre se acababa yendo con el rabo entre las piernas, nunca mejor dicho. Nieves, como mucho, le invitaba a una cerveza al terminar que se bebía con avidez al negársele la bebida de sus labios. La que él siempre ansiaba. Hablaban de cosas sin importancia, el tiempo pasaba tan natural precipitándose y absorbiéndoles mientras compartían sus aficiones, rompiendo la rutina de aquel pueblo tan aburrido. Chus era un hombre más que herido en su ego; Nieves siempre se comportaba de una manera tan fría como la nevera en donde pendía la tarjeta de los servicios que él ofrecía. Aún así, se tenían uno al otro, y compartían su compañía.
Durante aquellas repetidas averías, nunca existió contacto entre ellos, ni un simple roce, aunque Chus lo anhelaba ciegamente. Aquella madrugada él se envalentonó, obvió lo que temía que podía ocurrir, y la agarró por la cintura mientras le preguntaba qué haría sin él. Nieves dio un respingo al sentir sus manos cálidas, porque temió que subieran a aquel recóndito lugar, donde ya no podía mirar, porque sus ojos se desbordaban como un grifo. Chus no temía un rechazo, sino que lo que le daba miedo era no estar a la altura, perder la compostura como le había ocurrido frecuentemente con su ex mujer. Tantas veces había perdido su erección, por la simple vergüenza de acudir a un urólogo que les aconsejara y guiara hacia una posible solución, que su mujer había acabado sustituyendo sus tercas negativas, refugiándose en otros lugares más placenteros.

 

***

—Si no llegara a ser por ti… —le repite Nieves desde el umbral de la puerta que todavía está cerrada.
Chus se gira para mirarla. Una lágrima tiembla deslizándose por su cara y tiene ganas de besar para ahuyentarla. Nieves se derrite entre lágrimas, porque una vez le ha salido la primera, otras surgen a chorros.
—¿No tienes solución para ese escape? —le preguntó Nieves intentando bromear por su estado y señalándose sus ojos inundados.
Chus niega con la cabeza sin apartar la vista de sus lágrimas.
—¿Qué te ocurre, Nieves?
—Por un momento pensé que me abrazarías y…. tuve miedo…. de esto…
Su voz femenina se entrecorta de golpe, mientras sus manos deshacen el nudo de su batín celeste con un movimiento firme. Nieves se desnuda ante Chus. Tantas veces había soñado él con ese momento, que ahora que está pasando, siente el impulso de huir por miedo a un posible fracaso. Tener ganas de dormirse entre sus pechos es uno de sus mayores deseos, cuántas veces había sentido su tacto entre paisajes oníricos, altamente volátiles, que se esfumaban ante el ruido impertinente de un despertador.
—Siento que no estés preparado para esto. Yo tampoco lo estoy —continúa Nieves.
El gesto asombrado y parado de Chus, al ver sus pechos imposibles de describirlos ni con mil palabras.
—¿Quién fue? —se atreve a preguntar Chus apartando la vista de sus pechos corroídos, sin atreverse a señalarlos.
— Fui víctima del trato de blancas. Una promesa, un mundo más digno, una hipoteca de por vida. Antes de lograr escapar y que se desmantelara la red en la que había caído, mi chulo me regaló una gran chorretada de ácido sobre mis pechos. Al día siguiente desperté en un hospital, volví a nacer y cambié mi identidad. Elegí Nieves por ser el que más se adecuaba a mi nueva condición, y me prometí que jamás volvería a amar.
Una sonrisa agridulce e irónica cruza por su cara, y continúa con su historia sin interrumpirse:
—Era la pechitos de terciopelo, así me llamaban los clientes. Mi foto circulaba por varios periódicos del país ofreciendo mis servicios en la sección de contactos. Mi carrera terminó de una manera abrupta. Lástima que mi chulo tuviese tiempo de arruinarme mi existencia antes de ser detenido y acabar entre rejas.
Su mirada cristalina se ha vuelto vacía mientras acaba cubriéndose otra vez con el batín. Chus la coge de una mano, le aparta un mechón de su cabellera y la besa en la nuca. Un susurro ronco en el oído:
—Nieves, gracias por confiarme tu secreto. Eres la más bella de todas, para mí.
Y la promesa de la mujer de no volver a amar, se truca en aquel momento. Juntos compartirán sus secretos amándose frente a frente, sin pudor alguno. Chus, a la mañana siguiente, decidirá acudir a un urólogo para poder amar físicamente a la mujer de la que se ha enamorado. Entre los dos, tejerán un capítulo en sus vidas de respeto y comprensión ante la mirada de aquellos que envidiarán su gran historia de amor sincera.

 

nievesolaimposibilidad

Ya está íntegramente publicado en la red mi primer poemario. Escrito en catalán, mi lengua materna, “Corbes de sang” experimenta con el lenguaje. 28 grafías y/o fonemas, 28 mujeres distintas, cada una con su propia historia, intentarán atraparte. 28 temas de actualidad del siglo XXI, girando en torno al número mágico del 28 (Cada poema está compuesto por 28 versos), ciclo menstrual, y de la luna. Cada nombre tiene fuerza etimológica, así Andrea se presenta como quien es masculina; Paula como la que es pequeña, etc.  Puedes leerlo completamente aquí.

 

corbesdesang