Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Aquel año la fiesta memorable del Renacimiento no se celebraría en mi ciudad. Siempre lo hacía en julio, pero una pandemia nos tenía confinados en casa desde el mes de marzo del 2020.

Llevábamos meses en los que estudiábamos las posibilidades que nos quedaban, sin tenerlo nada claro. Los diferentes gobiernos improvisaban la mejor manera para que el resultado fuera lo menos catastrófico. Como la lucha de intereses no estaba clara, cada uno jugaba a su favor, unos por la economía, otros por la vida. Y así, los días iban pasando con la suma de lucha de fuerzas en diferentes direcciones que hacían que un remolino nos agitara la mente.

La mayoría vivíamos mal. Si no era por el estrés, era por la vida en sí que nos azotaba sin parar. Por no hablar de algunos que se quedaban con sus necesidades primarias tan reducidas que se quedaban desnudos y sin nada. Más de lo que habían estado nunca. De las muertes, era mejor no hablar. Quedaban reducidas a cifras que nos era imposible procesar. Era tan difícil diferenciar el número absoluto que crecía cada día…

Con todo este panorama, empecé a pensar qué podía hacer, aunque no podía hacer mucho. Lo mejor y recomendable era no salir de casa para no saturar el sistema de salud. Pero las horas iban pasando lentas, y la mayor parte del tiempo les daba por ponerse del revés. Cada segundo que pasaba había más muertos, más vidas se despedían sin derecho a decir un último adiós a la familia, amigos y gente cercana. No había visto un detonador tan potente para iniciar una novela o un relato como el que ahora tenía en mis manos.

Aunque me era imposible sacar jugo, desmenuzar y analizar, porque no sabía hacia dónde iba. Mi brújula estaba parada y no marcaba ninguna dirección. Justo ahora que quería convertirme en escritor de mapa, continuaría agitando una veleta de principiante. Más me atrevería a decir, de novato e ignorante.

Como la ignorancia en sí es un buen saco de infortunios, para sacarles provecho de cara a futuros personajes, me envalentoné a ir hacia esa dirección. Podría hacer que sufrieran más de la cuenta, desgracias propias en sus carnes. Después pensé que no me iría bien, porque me bajaría la moral. Si me llegaba a creer lo que me atrevía a contar, no sería bueno para mi nivel de salud mental. Entre la salud y la literatura, siempre debía elegir la salud, porque era lo más preciado para mí en aquel momento. Lo único a lo que podía aferrarme, ya que ni dinero ni amor me habían tocado en la lotería de la vida.

Con la incertidumbre a flor de piel, decidí sacarme de mi bloqueo de escritor con unas gafas de realidad virtual que compré por internet. Con ellas, analizaría por qué habíamos llegado a esa situación. Ya llevábamos veinte años sumergidos en pleno siglo XXI, existían inventos para paliar la soledad, acercarme a otras personas para vigilarlas y a la vez inspirarme.

Se me ocurrió la idea de estudiar el comportamiento humano para tener más ideas y empezar a tejer el esqueleto de la futura novela. Me sumergí en el sistema de geolocalización y empecé a buscar vistas de ciudades en tiempo real, pero las calles estaban tan desiertas que asustaban.

Al final, me decidí por ver paisajes de montes porque quería relajarme. Me recrearía un poco la vista y de paso, si algo me gustaba, intentaría acceder a través del teletransporte.

Al cabo de un buen rato, la vi. Sentí una corazonada tan fuerte que me dio un pálpito hasta en los huesos. Me dije, ahora o nunca. Aproximé el zum para verla mejor, no fuera que mi imaginación me hubiese jugado una mala pasada.

La mujer en cuestión era tan bella como un anochecer deslumbrante. Y sentí como la sangre de mis sentidos me abandonaba y se iba hacia la parte inferior de mi miembro. No sé cómo, pero intenté que mis instintos no fueran a más e intenté controlarme observando aquel rebaño de carneros, que bajaba por la montaña. A duras penas, lo conseguí ya que, después de calmarme y beber un gran trago de agua, entré en acción. Cliqué el botón de teletransporte y me sumergí en la escena.

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Durante unos minutos, sería invisible para ella antes de que el teletransporte fuera cien por cien eficaz, lo que me daría tiempo para habituarme al nuevo paisaje. Quería entablar una conversación con ella, pero no sabía en qué idioma hablaba. La observé de cerca. Su cara brillaba un poco por el sudor ya que estábamos a más de treinta grados y el sol hacía muchas horas que calentaba. 

Entonces, la mujer empezó a silbar y ensordecí. Me di cuenta de que llamaba a un cordero, que no se decidía a seguirla. Después de grandes intentos, el animal no se movía del sitio y pensé si podía llegar a ser sordo como yo lo era en aquellos momentos.

No me dio tiempo a esconderme ya que me despisté con el cordero y me volví visible. Al verme, la mujer se sobresaltó. Intenté calmarla con el timbre de mi voz. Mis manos estaban abiertas y le dije que quería ser su amigo. Ella no sé si me entendió, pero empezó a correr de tal forma que apareció el perro del rebaño y me dio un mordisco en una de mis manos. Aúlle de dolor y quise marcharme de allí, pero la batería del teletransporte estaba casi agotada y no funcionaba.

Me quedé allí con la mano sangrando y con algunas ideas que palpitaban en mi mente para mi futura novela. Quería que la mujer regresara para que dejara de ser un personaje plano y convertirlo en redondo, de los que evolucionan de verdad a través de las páginas. Tenía miedo de bajar hacia el pueblo y de que un grupo me diera una paliza por haber molestado a aquella pastora.

El rebaño se había disuelto y los carneros habían abandonado el monte, excepto el cordero torpe que no se movía de mis pies. Y entonces lo miré y sentí algo parecido a la ternura. Tenía algo de aquella bella mujer, una cría que se le resistía a pesar de sus cualidades. Pensé que intentaría domesticar al animal para enseñarle mis avances en unos días.


Después de varios meses en los que me he instalado en este monte, nadie me molesta. De momento, no me he infectado de la pandemia y vivo tranquilo. Además, la mano parece que se me ha curado del mordisco por el aire sanador de la montaña.

He observado a la bella mujer desde la distancia y mi enamoramiento hacia el cordero, que pronto dejará de serlo, ha ido en aumento. Me he preguntado en distintas ocasiones si la pastora me dirigirá algún día la palabra. De momento, noto cómo me mira y sé que agradece mi labor. Le he quitado una faena muy terca y hostil y estoy satisfecho con el resultado.

Sentí amor a primera vista por ella y me he imaginado platónicos momentos en los que salíamos a pasturar los tres. Algún día puede que me decida a escribir lo que siento, pero de momento no paso a la acción. «Mal vamos, si nunca has tenido constancia», me martillea mi pensamiento. Creo que es el momento de abandonar esa bucólica vida y regresar a mi antiguo hogar. Deseo no hacer daño a la pastora y que no me eche tanto de menos como yo la voy a echar.


Dos días después, ya estoy en casa. La batería que llevaba de repuesto para el teletransporte me ha funcionado y eso que retrasé su uso, porque me servía de excusa para seguir en tan bello paisaje.

A pesar de que aún no sé en qué idioma habla la bella pastora como lo demostró en nuestra despedida, me inventaré una trama creíble. Tengo que demostrarme con la práctica de que soy capaz de llevarla a cabo y olvidar la procrastinación.

 ® Helena Sauras

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Esteban Marín conoció demasiado pronto la hostilidad. Tuvo que abandonar el rancho donde había nacido para irse a vivir en un orfanato.

El único buen recuerdo de aquella época era el haber conocido a aquella niña de ojos claros e inquisitivos, que le descubrió todo un mundo. Esa niña, de nombre Irina, le habló por primera vez de Panluca. Un lugar exótico que contrastaba con la mugrienta realidad. Esteban lo idealizó con facilidad. Allí las amapolas eran blancas y las colinas protegían aguas cristalinas. No era fácil acceder, pero si lograbas hacerlo y te bañabas en aquel lago escondido, respirarías paz y olvidarías todo lo malo. Cuando les separaron y, cada uno se fue a vivir con una familia de acogida, prometieron reencontrarse. Esteban duró poco en aquel nuevo hogar y fue cambiando de familia. Sus incontrolables ataques de ira hicieron que así fuera.

Al cabo de varios años, en que la disciplina que le aplicaron fue curtiendo su carácter, Esteban encontró trabajo como vigilante de almacén. Odiaba su larga jornada y el aburrimiento le llenaba todo el día. En su interior, mantenía viva una ilusión que era lo que le hacía resistir. Su mente aspiraba viajar. Por eso, estaba ahorrando para marcharse de allí y comprar un pasaje que le aproximara a Panluca.

Cuando reunió el dinero suficiente, se le quedó una cara de completo imbécil, que tardó en recomponer, porque descubrió que no existía tal lugar en el mundo.  La chica del mostrador intentó animarle y le sugirió otros destinos. Esteban se fijó en las turistas que embarcaban en aquel momento y decidió seguirlas. Aquí empezó su obsesión con conocer personas extranjeras. Solo quería apartarse del país donde había nacido.

Viajó por muchos lugares y aprendió de ellos. De tanto viajar, ya no distinguía en qué continente estaba. Por la noche y en sueños, Irina le decía que no dejara de buscarla. Si cuando despertaba miraba las nubes, podía pensar que la niña, ahora ya mujer, se encontraba debajo del mismo cielo.

Un día en la plaza de un pueblo le pareció ver su sonrisa. Esteban se acercó a ella. Rápidamente la sonrisa desapareció. No era Irina, pero su parecido era abrumador. Aquella mujer se apartó de él mientras le decía:

—Lo que buscas nunca lo vas a encontrar.

Y quizá tenía razón. Esteban buscaba la felicidad de la infancia arrancada. Y no podía revivir el momento de calma que sentía cuando se reunía con sus padres en la misma mesa. Antes de que todo se acabara.

El niño Esteban había logrado escapar de las personas que mataron a toda su familia. A veces, se maldecía por eso mismo y entraba en el paraíso de la contradicción.

Tras varios años de búsqueda inalcanzable, acabó regresando a su país y abandonó su ilusión. El momento de hacer innumerables viajes había pasado. Pasó el tiempo y envejeció. Ahora dormía mucho y ya no soñaba.

Una tarde calmada por fin pudo conocer Panluca. El paisaje ahora ya era idóneo para recibirlo. Irina lo esperaba al otro lado del lago. Lo cruzó nadando para reencontrarse con ella. Llovieron pétalos de blancas amapolas al cruzar el umbral y alcanzar la otra orilla.

—¿Lo ves? Te decía la verdad.

Y Esteban cogió la mano de su amiga para emprender juntos otro viaje hacia la eternidad.

Entonces la vi. Como un destello, colgada de un clavo del cuarto, había otra llave. La probé mientras oía los pasos que se acercaban. La cerradura cedió con un clac y empujé la puerta. Corrí a lo largo de un camino a tientas. Por allí, si no recordaba mal y lograba cruzarlo, se llegaba al bosque. Me perdería entre la maleza y los árboles y la despistaría.

Pero todo salió mal, porque no pude hacerlo. La turbiedad de su mirada me alcanzó y no tuve otra opción que rendirme. Me agaché esperándola. Le mostré la palma de mis manos y me pregunté si dolería. Si era necesario desaparecer de allí, lo haría.

La última imagen que vi fue la de aquellos árboles talados del bosque, antes de que todo perdiera sentido. Y me volví muda y sorda. Y poco después, todo fue silencio.

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¿Lo has pensado?¿Y si lo consiguiéramos de una vez? ¡Qué alegría más grande tendríamos, ¿no?! Si una poesía aportara paz, tan necesaria para todos y se mantuviera en el tiempo para siempre. Si la entereza nos guiara de por vida y respetásemos todo nuestro entorno, si salváramos los océanos y las selvas. La integridad de la Tierra depende de la suma de cada habitante, ¿empezamos aplicando estos principios?

¡Feliz día internacional de la poesía, cada emoción cuenta!

® Helena Sauras

Escolta l’àudio del relat.

La dona obre la caixa que ha baixat de l’armari. Vol remenar-la i buscar un adorn per a la seua melena. Pensa que s’hi farà un nus per a lluir-lo aquesta nit, malgrat el nus més pres és el que sent al fons del pit, prop les costelles. Remuga al veure què hi ha a l’interior. S’ha equivocat de caixa perquè la que obre és de fotografies, entrellaça records i pensaments mentre s’atura a mirar-les. Són moments ja viscuts que no tenen a veure res amb ella, pedaços de la seua vida que se li presenten de manera desordenada. Li agradaria reviure’ls perquè a la majoria es veu amb els ulls ben alegres.

Un tel de llàgrimes se li ha posat a la mirada, perquè fa temps que se sent com una peça que no encaixa enlloc. Li tremolen les mans de nostàlgia mentre deixa aquests pedaços un altre cop a dintre, fragments colorits de la seua vida. Malgrat el que més li tremola és la ment a través del que recorda. Torna a tancar la caixa i s’enfila a l’escala. Cada tros de vida és irrepetible i ara escolta com la criden. La dona mira el rellotge i veu que ja se li ha fet tard. Surt de l’habitació sense oblidar-se d’eixugar abans les llàgrimes i d’intentar recuperar-se.

Potser en un altre temps, quan ja serà una altra, la tornarà a obrir i pensarà diferent. Però de moment, la caixa romandrà amagada a dalt de l’armari entre coixins, llençols i tovalloles.

Aquesta nit la dona porta la seua melena solta i sense adorns. El pes de la seua ànima el sent al bell mig de l’estèrnum. Se li enclava com temps abans ho feia l’angoixa. No ha decidit anar al sopar, però tot i així hi va per complaure els assistents. Quan entra a la sala se sent observada i la respiració se li talla. Intentaria fugir si no fos perquè ja li han servit la primera copa. Es remulla els llavis i acte seguit beu un glop llarg. Amb el líquid sembla que es calma una mica. Potser a l’endemà no recordi res o potser s’aventuri a recordar. El present li arranca el pes de la consciència.

—Feliç aniversari —diu el seu marit i la mira com si fos el primer cop que la veu des de fa dies.

La dona contempla els seus familiars que han vingut a celebrar les noces d’argent. Els palmells de la seues mans estan humides. Sent com els records li tornen a tremolar, com tot passa pel seu davant, com aquests fragments amagats a dalt l’armari se li representen. I veu els seus familiars vestits amb robes d’altre temps. Tot es fa petit al seus ulls i es rejoveneixen per moments.

Durant uns segons, la dona ha aclucat els ulls per veure’ls millor. Els dos fills que té i la filla són els que més han canviat quan els torna a obrir. Els consells de la seua mare reviuen de nou dintre del seu cervell.

La dona sent la mà del seu marit sobre la seua. El seu contacte encara l’estremeix i voldria quedar-se per uns minuts entre pensaments, calidesa i tendresa.

—Pensava que ja no vindries. Sempre fas tard.

I amb aquesta guinyada d’ull que li fa el marit està l’etern retret, mig en broma, mig en serio. La dona recorda com fa vint-i-cinc anys el va tenir esperant-lo baix la pluja.  Dubtava de si casar-se o fugir, com ara també li passa.

Ell sempre insisteix, ella voldria fondre’s baix la taula. No té queixes del seu matrimoni, però li hagués agradat poder compartir més i carregar menys.

® Helena Sauras

Sin entusiasmo, la acompañaba en sus aventuras por la montaña. Las zapatillas, aunque fueran buenas, no le resguardaban de las caídas. Era torpe para andar y sentía mucha angustia cuando entraba en aquellos caminos dificultosos. Se comportaba como un espectador en la vida de su novia. Observaba sus cambios de humor y la acompañaba a todas partes, tanto a hacer deporte por la montaña como a ir de compras. ¿Y ella? ¿Qué había hecho por él?

Si le decía que lo que le gustaba era el arte, ella bostezaba. Pero ya habían roto. Ahora ella ya no formaba parte de su vida y decidió aprovechar sus primeras horas de libertad.

Compró una entrada y entró en el museo de arte. La exposición de pintura que vio le demostró que todavía le quedaba mucho por aprender. Cuántas veces había pospuesto aquella visita por el simple hecho de cumplir los sueños de su novia. No se desmotivó. Al contrario, hizo un firme pacto consigo mismo de que practicaría técnicas pictóricas hasta dominarlas. Salió de allí con esa idea. Ya sabía qué hacer con su tiempo libre.

Al llegar a casa, dejó lo que acababa de comprar en el salón: Un caballete nuevo, pinturas para acuarela y pinceles de distinto grosor.

Abrió el armario y retiró la tienda de campaña, el saco de dormir, y las zapatillas de montaña. «A ti, esto ya no te hace falta», se dijo.

Abrió la carpeta del ordenador donde guardaba las fotos y, a partir de una fotografía en donde se veía un paisaje de su última excursión, empezó a pintar. Perdió la noción del tiempo sin levantar jamás la vista de su obra y llenó el lienzo de colores. Cuando terminó, se sintió satisfecho. Aquella primera pintura le revelaría que se escondía en él un artista tímido y que necesitaba demostrarse que era capaz de continuar pintando a pesar de que existieran dificultades en su vida.

Los meses que vendrían crearía nuevos paisajes con entusiasmo, llenándolos de corazón y de sus propias experiencias, otorgándoles de personalidad. Ni rastro de ella ni de sus excursiones por el campo. El olvido era un buen brebaje del que bebía diariamente.

Hasta que un día se enteró de que su exnovia se había perdido en una excursión y la estaban buscando. Subió el volumen del telediario y llamó a la policía. Aquella zona se la conocía como la palma de su mano y decidió colaborar con el equipo de rescate.

Fueron horas de angustia, porque el clima no acompañaba. Tuvieron que abandonar el rescate en dos ocasiones hasta que las tormentas que se habían formado amainaron.

Al fin, ella apareció tres días después dentro de la cueva que había en el bosque. Se había resguardado en ella de la lluvia y dijo que se había despistado del grupo porque quería observar con detenimiento el arte que se escondía en la naturaleza. Estaba algo más delgada que cuando él la recordaba y, mientras el equipo médico la atendía, el exnovio se acercó. Una vez más, ella había conseguido que él la siguiera.

«Pero sería la última vez», se dijo. Y quiso tener en aquel momento en sus manos un pincel para sentir tranquilidad. La miró con toda la frialdad e indiferencia que fue capaz. Ella quiso abrazarlo, pero él se resistió a sentirse atrapado por aquellos brazos.  Para ella, nada era como se esperaba.

® Helena Sauras

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