Un San Valentín sin puntería

Tom sentía una gran fascinación por los braseros encendidos. En momentos de confusión, recordaba el calor que le daban de niño. Pero nada era comparable con encender los faros de su coche para impresionar a su novia y ganarse un beso.

Había llegado a la conclusión de que el amor ya no le daba ninguna satisfacción y pensó en dejar a Carmen aquella misma tarde. Pero tenía miedo por ella, porque se llevaría un disgusto de muerte.

Pensó en engañarla. Le prometería que volvería por allí, pero en realidad se alejaría para siempre de su vida. Podría conducir por las anchas carreteras y meterse incluso por secundarias llenas de curvas. Ir a toda velocidad y gastar frenos.

Al tenerla de frente, su voz se quebró mostrando cierta tristeza. No podía hacerlo. Ella lo notaría sin lugar a duda, y prefirió armarse de sinceridad. En pocas palabras, quedó todo dicho. Tom nunca pensó que pudiera ser el causante de tanto dolor.

Se alejó y, mientras caminaba por las calles desalmadas, fue pensando en cuantos braseros no se encenderían nunca más. Seguro que Carmen haría trizas el suyo hasta que se exterminara. Se lo había regalado el último San Valentín que habían pasado juntos, porque en febrero todavía hacía bastante frío en su ciudad. Y quería que estuviera calentita.

Carmen estaría rota hasta redimir. Porque nada es eterno, todo tiende a extinguirse en algún momento. Pensándolo bien, existía la posibilidad de que ella tampoco lo amara tanto como decía. A parte de los faros y de su coche nuevo, poco podía ofrecerle. Tom nunca pensó que Carmen lo amaba por cómo era, sin importarle nada material.

A fecha de hoy, por las noches y, cuando le sacude la nostalgia, Carmen enciende el brasero e intenta dormir. Recuerda los días que vivió con Tom, sin llegar a convivir. El resto se lo imagina entre sueños. No pudo ofrecerle más que la brevedad de sus besos. No le dio tiempo a más. Cuando se despierta, Carmen espera estar en el lugar idóneo algún día y poder volver con Tom. Y en llantos se desespera, porque van pasando los días. No sabe cuántos catorces de febrero más, ausentes de felicitaciones, podrá aguantar. De vez en cuando, parece que el brasero suelta alguna chispa y ella se imagina que es Tom el que, desde la distancia, le está guiñando un ojo con mala estrella y sin puntería.

Tu partida

Te diriges hacia un enigmático lugar,
partida como una naranja.
Cojo un gajo y lo mastico.
Huye el sabor en su franja,
mi lengua de buscar se cansa.

No es sosa, ni dulce, ni salada, ni amarga,
insípida, siento en la punta tu marcha.
Me detengo para olerte en el umbral,
no cruzaré ese falaz cristal;
tu perfume de ocaso roto regresa a mí,
de abrazos, si pudiera, te llenaría las manos.

Te vas corriendo en un universo de papel mojado.
Puedo sentir tu vacío y ausencia sin ser tocada,
porque fuiste poesía en tu marcha.
Sabías que me alteraba mi ansia embriagada,
que no creía, por miedo, en Ella, ¡oh certeza maldita!

Pero nos intercambiamos una luz de versos,
arrojaste tu ropa en mí, ¡oh cruel despedida!
Me regalaste bellas palabras de hondo sentimiento:
adiós, un triste paisaje gris me cala en ese momento.

 

Imagen Creative Commons de David Fresneda Ruiz