Carla, poema en imagen

Con tu figura de fiesta,
acompañabas el eclipse de las luces,
bailabas el eco de la luna lista
combinando cócteles de comprimidos.

Horas antes, capricho de un canto,
hojas caducas bañaban el asfalto,
cuatro círculos quemaban curvas,
en un reducido espacio.

Y el tiempo… y el azar… Malditos, juguetones,
con un simple polvillo de breves segundos
confunden el tránsito en el instante efímero.
Carla, choque seco, cabeza contra los cristales.

Bocinas, caminos de sangre bajan,
a tu lado tu compañero,
permanece ciego como la niebla,
y la culpa poco a poco abraza.

Circula el oxígeno que reviva el alma
aunque, a pesar de todo, siete cielos se apagan.
En tu cintura cálida,
cipreses y cementerios en calma.

Flores como la escarcha tiemblan,
cubren en la triste penumbra
tu cadáver tibio, Carla,
luz inocente reventada.

Helados nuestros corazones,
bajo un pino se apiñan
compañeros, de una joven vida,
sin ti, fugaz y esquinzada.

MARTA, POEMA EN IMAGEN

Ola de acuarela el alma,
de fría niebla decorada,
helada marea afligida,
de agitada pugna encogida.

Calmada y cerrada, tu mar
Mediterránea, no engullía tristeza,
ni la sombra de los cristales salados,
rugidos internos de tormenta.

Curvas te condujeron al exilio,
a tierras áridas, doradas y tan llanas
si no fuera por la cima del campanario
con su cigüeña de vuelo pausado.

Poniente allá, por fin, la mar perdida
donde afloran ramos abismales de olas,
último paraíso del Cabo de Fisterra,
golpeando, espumosas, acantilados.

La marea viva engulle un sorbo de sal;
tu mar profundo, Marta, de lágrimas
al viento como valles de perlas,
fundiéndose al lamento de las gaviotas.

Y es el horizonte, fuego encendido,
quién despierta el hogar de centellas
rojas, volcán del alma encendida,
consumida, peregrina, al bramido del océano.

Son vieras de estrellas inmigrantes
las oscuras rocas
de tus sentimientos aliviados;
fina arena entre las piernas.

Paula, poema en imagen

Imagen

Paula

¿Qué esculpirá el tiempo
después de una ruptura paralela?
Puede ser que el polvo haya permitido tejer
pálidas páginas privadas,
donde la lluvia todo lo borra.

Desmesurada la barriga, nueve meses
pugnan y palpitan por salir,
disfrazados disimulan largos sufrimientos
y un pánico punzante y preciso.

Naciste en un día húmedo,
como una pulpa, pequeña Paula,
con los pies mojados y los párpados tristes,
Fuiste heredera sin padrón, en plena noche
pobre, sola y abandonada.

Con el puño en la boca,
tu primera palabra,
cayó en un pozo profundo,
la segunda en un matojo de pinchos,
y, pellizcada el alma, hablaste precoz.

El tiempo con breves pinceladas,
transforma el cuerpo pueril y pinta curvas
finas y frutadas: los pechos como manzanas,
el pubis de melocotón, muslos como peras.

Te perjuraron amor eterno,
y sin cuentos de princesas te enamoraste,
Paula, hasta mariposas volaron
como primaveras pasajeras prolongadas,
aunque, a pesar de todo, no fueron perdurables.

Tomasa, poema en imagen

En el tren, la vida que te separa,
nadie sabe lo qué te depara,
la infidelidad reiterada no se repara,
Tomasa para la fuga se prepara.

En el primer vagón, te sientas, el otoño ya entrado
te vacía el rumor de los latidos,
la traición es un pincho afilado
que se te clava, con un gesto te quitas el anillo.

Las estaciones pasan, recibes llamadas que ignoras
y, otras, se pierden de prisa por el tránsito
que te recorre, el vientre rompe la tela y crece:
no es imagen de ilusiones soñadas de otros tiempos,
crece el vientre tierno que conecta tu ombligo
con un futuro de incertidumbres que te acunan.

Billete extinguido, bajas, dibuja el atardecer
una tajada de sandía en el horizonte, tu vientre
una naranja que crece en el solitario árbol
de tu existencia tocada y del revés.

Tomasa, nueve meses después,
he visto la luz no impúdica de tu pubis,
sin padre reconocido, dos gemelas,
cuando todo se rompe, salen tranquilas.

El olor de este viento de atardecer
enciende el amor maternal, que guarda
como una loba salvaje sus tesoros.

Y ahora, yaces más mustia, cuando ya has dado
todo tu jugo, tus pechos exprimidos caen
aunque tu sonrisa por las nubes se alza.

Úrsula, poema en imagen

El último milagro de la escalera:
saludan las vecinas a la pequeña Úrsula,
desconfianza en el pecho, acogida en el hogar
ultrapasas la alegría del pequeño universo.

Los astros enganchados en la pared brillan,
primera noche con nuevos juguetes,
duermes sola en una cama de pétalos, suave y cómoda
aunque el sueño no te vence, miedosa.

Temes perder, volver a la urbe
y te clavas las uñas bien adentro.
Una bruja pulula lo que te será quitado,
otra vez rondarás casas, oyes el aullido
de los monstruos que viven en el armario.

Tu grito alerta a la madre que llega,
útero seco; y el padre, esperma inmóvil.
Eres una osa pequeña que brilla en esta cama
que vuela sin naufragar, una esperanza,
la vida útil de quien tiene necesidad de amar.

El padre te lee un cuento de hadas que llegan
y tocan con la varita mágica una emoción,
Úrsula, la madre una taza de leche te prepara
con inexperiencia, pero el amor te absorbe.

Te adaptas lentamente a la nueva vida,
los niños de la escalera comparten los regalos,
orgullosa juegas con todos, y el día pasa volando.

Papeles, la adopción te hace formar parte de una familia
que te desea. Úrsula, ansiosa de juegos, que germinan todo el año. Los padres, un ungüento en el corazón.

¿De qué color es mi dolor?

Amarillo como el gorjeo de los pájaros que no regresarán,
rojo como ese calor que me achicharra el ánimo,
azul como el hielo del mar que habita en mi morada.
¡Ay, olor de los días malsanos y dolor primario del alma!

Naranja como el otoño que decae y se recuerda en mi mente,
violeta como la noche espesa que apunta al alba,
verde como la libreta muerta de ideas y ya olvidada.
¡Ay, dolor secundario que lo envuelves todo en tu marcha!

Si pudiera pensarte, color, con solo verte te diría una sensación:
«Hoy me estás besando diferente en cada momento, en cada paso.
Nota el blanco del dolor: una diana. Yo su suma, luz y centro».
Pero noto lo negro, tu ausencia: una onda en el vacío de tus labios.

                                                                                    Helena Sauras

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