Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Imagen Creative Commons de Brett Kiger en FlickR

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Era el momento de irse de allí. Por eso, Mateo empezó a andar con pasos rápidos en dirección a las vías. De vez en cuando, daba una patada a la grava del camino. Se sentía roto por dentro. Tenía ganas que su reloj de pulsera se acelerase, y su madre volviese a estar allí. Sus palabras retumbaban en su cabeza:

—Te traeré un regalo —le había dicho su madre antes de marchar.

¿Es que no se daba cuenta que el mejor regalo era ella? El niño tuvo ganas de gritarle esas palabras, pero se contuvo. No era bueno que su madre emprendiera el viaje con la boca torcida. Por eso, se acercó, puso su carita, y dejó que los labios de la mujer rozaran su mejilla. Rodeó su cuello con sus brazos, apretando lo justo. Intentaba retenerla un poco más, pero la locomotora silbó anunciando la partida. En el andén había mucho gente. Poco a poco, quedó más o menos la mitad, los que se quedaban. Los que se iban, posiblemente volverían en unos meses.

***

Aquel pueblo no tenía salida, pues cuando lo conocías, te atrapaba tanto que no podías escapar de él. La entrada era atractiva, con una cruz colosal que giraba al ritmo del viento. Te hipnotizaba. Las malas lenguas decían que estaba embrujado pues cada vez había más habitantes, una superpoblación de lo más diversa. La mayor parte se acabaría conociendo con el tiempo. No se sabía por qué, pero todos contenían la respiración, olvidando que el aire tenía que entrar en sus pulmones. Alguna lágrima perdida bailaba en la cara de los que todavía no residían allí, depositándose con sorpresa en una flor. Unos segundos después, se congelaría ante el frío y sería cristal de escarcha. ¡Qué bello ser gota de sal derramada ante la desdicha del sino!

La niña de los ojos tristes, como así la llamaban, se fijó en las vías del tren. Se podían ver claramente desde el pueblo sin salida. Si pudiera, le gustaría montarse en la locomotora y recorrer distintas partes del mundo. Las distintas vías, por donde corría la locomotora, presentaban distintas expresiones en las curvas. Cuando la curva era abierta, el recorrido era una sonrisa franca que llenaba el espíritu de los habitantes. Si, en cambio, el tren cambiaba de dirección, con una curva cerrada, la sonrisa se convertía en tristeza abrupta que invadía los espíritus más antiguos.

Esta tarde, una pelota rodaba por la hierba. Detrás de ella, apareció una mujer con gesto muy expresivo. Los ojos grandes, la boca soplando sin fuerza un hasta siempre. Su nariz era redondeada, como el juguete que quería entregar sobre el mármol.

—¿A ti no te traen flores? —le preguntó la niña de ojos tristes a Mateo.

Mateo se sorprendió de que la niña pudiese verlo. Hacía días que pensaba que era invisible a los demás. Se encogió de hombros y no respondió.

—La soledad nunca es buena —le dijo la niña—. Vaya, te han traído una pelota. ¿Me dejarás jugar contigo?

Mateo abrió la boca para responder, pero no pudo emitir ningún sonido.

—No… Así no. Tienes que pensar fuerte, como si quisieras despertar de un sueño. Solo así, te escucharé.

Mateo, hizo un gran esfuerzo, y al fin lo consiguió.

—Sí… —pronunció al fi—. Si tú quieres….
—Hay pocos niños y me aburro. Es el primer juguete que veo desde hace meses.
—Creo que hoy es mi cumpleaños.
—Claro, por eso el regalo. A mí solo me traen rosas, que se acaba llevando el viento. ¿Ves la cruz de la entrada como gira? Pues, cuando veo que se mueve, sé que a las rosas les queda poco tiempo de estar a mi lado.
—Lo siento —le dijo Mateo.
—No, si yo me alegro. De esta manera, me aseguro que no me pincho con las espinas.
—¿Todavía pinchan? Yo no siento nada.
—¿No? Yo sí, solo tienes que desearlo fuerte. Y lo que añoras, se desliza hacia tus sentidos adormecidos. ¿Hacemos una prueba? Pásame la pelota.

Mateo intentó pasar la pelota a la niña con ambas manos.

—¿Cómo te llamas?
—Rosa, de ahí las flores que me traen —dijo la niña mientras cogía la pelota—. Muy bien, ahora intenta cogerla. Si se te escapa, corre tras ella.

Antes que el viento le sacudiera su juguete, Mateo se lo arrancó. El principio de una sonrisa amagó de su boca. Se le contagió a la niña que se rió con ganas.
—Es la primera vez que te veo sonreír —le comentó Mateo—. Ahora no parece que tengas los ojos tan tristes-.

—Sí, ¿a qué se han iluminado un poco? Eso solo me pasa cuando estoy a gusto. Gracias por compartir conmigo ese juego. Espero que este sea el inicio de una amistad.

***

La madre de Mateo aquella noche soñó otra vez con su niño. Mateo corría libre como el viento, que aporreaba las cortinas de plástico de la terraza. Despertó con ganas de abrazarlo, pero sabía en su interior que no sería posible.

Se asomó al balcón. El día amanecía ya. Oyó una locomotora a lo lejos. Minutos después, sentiría como las vías cambiaban la expresión del tren y de su vida. Por un día, no pensaría que ella había tenido la culpa de que Mateo se tirara a las vías del tren.

Había soñado que su niño por fin tenía una amiga en el pueblo, aunque fuese un pueblo sin salida. La niña de los ojos tristes no se reía de él, sino que se reía con él. Y éste era el inicio de un cambio en su finita existencia.

La mujer fue a la habitación vacía de Mateo. Nadie la había tocado desde aquello, pero su pelota de reglamento, misteriosamente, había desaparecido. No se acordaba de nada, pero la única explicación lógica que encontró, es que la noche pasada, había andado hacia el cementerio con la pelota en sus brazos. Quería volver a regalársela a Mateo para su cumpleaños. Miró sus zapatillas manchadas de tierra del camino, que le acabaron de confirmar su andanza. La madre supo, desde aquel instante, que era sonámbula, y un escalofrío la recorrió entera.

Aquella noche había desafiado su miedo a ir al cementerio. Supuso que era porque el subconsciente había tomado las riendas. Desde que Mateo había fallecido, no había podido pisar todo aquel pueblo dormido, que se levantaba a sus pies. Lo enterraron en un lugar apartado, debajo de un pequeño árbol que no tenía nombre. Era el lugar reservado a los suicidas. Lo que le llamó la atención, fue una docena de rosas rojas en una pequeña tumba aislada. Tampoco tenía nombre.

***

—Podríamos construir una cabaña para resguardarnos —le sugirió Rosa a Mateo.
—¿Tienes frío?
—A veces me olvido de que ya no puedo sentirlo, y tirito sin más. En este árbol, —le dijo señalando el tronco que les arropaba— estaría muy bien hacerla-.
—¿Y cómo conseguimos el material? Necesitaremos maderas, y algunas cuerdas para atarlas.
—Deja que el viento se encargue de ello. Tenemos toda la eternidad para conseguirlo.
—¿Por qué estás en este lugar del poblado? —Quiso saber Mateo.
—Supongo que por la misma razón que tú, ¿no?
—Se me fue de las manos. Andaba por las vías del tren, enfadado con la vida, y… el tren pasó tan rápido que no pude esquivarlo —se explicó el niño.
—Y ahora eres un espíritu errante, como yo. Aunque estamos echando raíces en este pueblo. ¿verdad? Yo me subí a un árbol sollozando, pues mis padres habían decidido divorciarse. Me lo comunicaron pausadamente, pero la noticia me impactó tanto, que salí disparada hacia el parque. Cuando me di cuenta del peligro, ya había resbalado de la fatal rama.
—Y ahora somos… los sin nombre. Bueno, a ti te llaman la niña de los ojos tristes.
—Y a ti, el niño de la pelota de goma.
—Pero, si es de reglamento.
—A veces los motes no tienen sentido.
—A veces….
—Solo a veces —dijo Rosa.
—Otras te clavan en lo más hondo.

Y Mateo pensó cuando sus compañeros de clase se mofaron de él por no tener madre.

Su madre siempre estaba atareada, trabajando en las afueras de la ciudad. Nunca estaba cuando se la necesitaba.

—¿Este es tu padre? —preguntó Mateo a la niña de ojos tristes, señalado un hombre con un ramo de rosas rojas.
—Sí, cada día viene a la misma hora. Emocionado, deja seis rosas rojas sobre mi tumba, se queda un momento, y se larga por donde ha venido. Mi madre viene al rato, con otras seis rosas. Entre los dos, hago una docena diaria. Luego viene el viento y se las lleva. Y así pasan los días.
—Con sus noches.
—Sí… Sé que ya no están juntos. Se me parte el corazón cada vez que vienen. Separados, por una fracción horaria de apenas unos minutos. Creo que lo tienen pactado, pues nunca se encuentran.
—Mi madre, en cambio, nunca viene. —se lamentó Mateo.
—Pero, ¿no era la mujer que te trajo la pelota?
—Sí, pero no era ella. Iba como dormida, sin saber que venía a visitarme. Le ha fallado tantas veces….
—¿De verdad crees eso?
—No…. Le daría un beso si pudiera rozarla con la punta de mis labios. La rodearía con mis brazos y le olería su cabello. La esperaría como hacía en todas las despedidas. Pero ya es tarde, ¿no?

La niña de ojos tristes asintió entre lágrimas.

***

En el andén no había nadie para despedirla. Lo había preferido así. Los abuelos de Mateo ya no estaban, ya que se habían ido unos días a la casa de verano. La mujer cargó la maleta en el tren y emprendió el viaje. Volvía a trabajar, después de estar varios meses encerrada en su hogar por depresión. Pero lo de Mateo, no tenía solución. Se había dado cuenta desde el mismo momento en que había ocurrido. Ya no le quedaban lágrimas para derramar. Su gesto torcido se estiró en una media sonrisa para saludar al hombre que se sentó a su lado en el vagón. Era guapo, pensó, pero tenía la boca tan triste como ella. Ni un beso oportuno lograría cambiar aquello. Se sorprendió de sus propios pensamientos, mientras se mordía el labio inferior.

Le llamó la atención las seis rosas rojas que llevaban en sus manos grandes y se preguntó para quién serían. El hombre se bajó en la próxima estación, a las afueras de la ciudad, la estación del cementerio. La mujer se quedó sola y el tren continuó con el recorrido. Ni tan solo había entablado conversación con aquel señor. No había tenido tiempo. Cerró los ojos para adormilarse mientras durara el trayecto. Se dirigía a trabajar y tenía que estar descansada. Lo único que le quedaba ahora era su trabajo. Todos sus esfuerzos, a cambio de un salario digno. Pensó que ya no necesitaba ascender, pues ya no tenía a nadie para darle una vida mejor, y colmarle de caprichos.

En sueños, vio a Mateo, besando su pelo, y pronunciando aquellas palabras, que no se había atrevido a decirle. El mejor regalo era ella. ¿Por qué no se había dado cuenta de ello? Entreabrió los ojos. Su vida continuaba, pero todavía le dolían las punzadas de culpabilidad que sentía por todo el cuerpo.

***

El padre de la niña de ojos tristes deja las flores donde siempre. Mientras lo hace, está pensando en la mujer con la boca más triste que conoce, la que le ha saludado en el vagón. Por un momento, tuvo ganas de besarla aunque reprimió el impulso. No sentía esa sensación desde que conoció a la madre de Rosa. Hoy, sin saber por qué, se espera entre los árboles, para verla de nuevo.

La madre de Rosa no tarda en aparecer. Deja su parte de flores, y mira por unos momentos al cielo. El hombre la mira desde la corta distancia, y nota como amargas mariposas revolotean en la boca de su estómago. No siente la indiferencia que querría. El viento le trae las siguientes palabras de su ex mujer:

—El silencio sepulcral hace que sepamos de antemano, que acabaremos allí, metidos en el hoyo —dice señalando la tumba de su hija—. Pero, mientras vivimos, es difícil ser conscientes de ello la mayor parte del tiempo. Si lo fuéramos, acabaríamos locos.

El padre de Rosa asiente acongojado. Espera a que su ex mujer se vaya de allí, para marcharse también. En su mente, está fija la imagen de la mujer del tren. Se siente atraído y quiere conocerla.

—¿Te has fijado en el brillo de ojos que llevaba tu padre? —le pregunta Mateo a Rosa.
—Sí, yo también lo he notado. Se habrá enamorado.

Minutos después, doce rosas rojas revolotean por el suelo, empujadas por el viento camino a las vías.

Cuando abrí los ojos,
estabas muerta, vida,
un destello púrpura arrullaba
tu boca sin aliento y callada.

Cerré los ojos, quizás
para que no fuese cierto,
para soñar en un cielo
de musas osadas.

Pero con la llave del destino,
es inútil rebelarse.
¿No crees, amor valiente,
que fijas sin banderas
una gracia eterna?

Las palabras morían en mis manos.
Cada vez que escribía, la inspiración
se extinguía en mi sien plateada.

Hoy cantan sirenas sin ojos,
estoy en el limbo de su voz,
rebota en mí la poesía tímida
que antaño sentía.

Tú no estás ya. Recuerdo
el vacío de una ausencia de besos.
Un murmullo de aurora en tu rostro.
Cansada ya. Respiro.
La muerte me rodea con sus brazos
glaciales de ocaso boreal.

® Helena Sauras

Imagen Creative Commons de Erwin Morales en FlickR
Imagen Creative Commons de Erwin Morales en FlickR

Se pasó una hora buscando el calcetín rojo. Ruth estaba al borde de un ataque de nervios, pues no lo encontraba por más que lo buscase. El problema no era el valor de aquel mísero calcetín, sino que su miedo provenía de pensar quién lo habría podido encontrar. Repasó de arriba abajo el despacho de la oficina donde trabajaba por enésima vez. No. Seguro que allí no estaba. Miró dentro de su bolso. Su minúsculo tanga, guardado a toda velocidad, estaba encima de todo. Lo apartó, y lo metió dentro de un compartimiento del bolso, que cerró con la cremallera. Se imaginó la cara que pondría la cajera del supermercado, si lo viese al pagar la compra. Rebuscó entre sus cosas, pero ni rastro de aquel maldito calcetín. Mira que si por culpa de aquello,  perdía su dignidad en la oficina… Sería la comidilla durante días, que le pasarían lentos, y ofuscados. Y todo, por un calentón del jefe, que todavía le daba repelús. Sentía una arcada contraída en su garganta.

Si todavía le hubiese gustado, pensó, mientras continuaba buscando. Dentro de la papelera. Imposible. No habían tenido tanto arte como para hacer puntería. Miró en su interior. Estaba limpia. No había ni tan solo un papel arrugado, y un escalofrío le recorrió la columna vertebral. Mercedes. Seguro que ella había encontrado su prenda en su trajín de limpieza diaria.

Era imposible preguntarle a la cotilla de Mercedes, sin levantar sospechas, por eso prefirió guardar silencio. Sí. Sería una tumba.

Aquella noche no podría dormir, pues pensaría en que quizás alguien sabía lo suyo con el jefe de personal. Pero estaban tan mal las cosas… Sentía una angustia que la asfixiaba. Cada vez que Germán se le acercaba, tenía miedo a que le hiciera pasar al despacho para despedirla. Por eso, posiblemente, lo había seducido con sus encantos: su pelo rizado y envolvente, la dotaba de gran personalidad. Ruth quería ascender, no exclusivamente hacer fotocopias. Por eso, había dejado caer sus pestañas de una manera seductora, mientras le acercaba una fotocopia todavía caliente al jefe. En ese instante, había nacido una chispa instantánea, en la que Germán le había rozado el culo, y había dicho aquellas palabras mágicas que a ella le daban tanta fobia.

Ruth le siguió. Entró en su despacho acobardada.

Con un regusto a la comida que había engullido aquel mediodía, Germán, intentó besarla. Ella, paralizada por el miedo que le impedía moverse, no opuso resistencia. Las manos de Germán tocaron sus glúteos firmes, mientras Ruth evocaba un momento de placer, revivido en otros tiempos, con los ojos entornados. Él pensó que a ella le gustaba, pues la oyó gemir bajito. Después, Germán se sentó en la mesa y le sugirió que ella se agachara mientras sostenía su miembro firme.

No pudo hacerlo. Por eso, tal vez se quitó el tanga rojo, se subió encima de Germán y…. Sí, con los distintos movimientos, el calcetín debía haber salido disparado. No tenía duda ahora, que había visualizado los momentos más cruciales de aquella tarde.

Al final de la jornada, Ruth, salió la última de la oficina con la mirada gacha, y avergonzada. Se fue al supermercado y se compró la cena. Como siempre, cenaría sola. En su dormitorio se quitó las botas y comprobó en su pie desnudo, como había una  uña que sobresalía más que las demás. Se dio una ducha y decidió cortarla, mientras apartaba de su mente por unos momentos, y entretenida con las tijeras, la imagen babosa de Germán.

El jefe de personal aquella noche se relamió los labios. Cuando llegó a su casa, y después de cenar con su mujer y sus hijos, dijo que tenía faena atrasada, y que no le molestaran. Se encerró en su despacho, abrió el segundo cajón de la mesa, y allí guardó el calcetín de Ruth, que sacó del bolsillo de su pantalón. Observó que tenía un agujero y dudó en si zurcirlo. Al final, prefirió dejarlo así, pues mantenía la esencia de la  joven empleada. Su colección de calcetines era numerosa. Observó sus trofeos con la luz tenue de la bombilla, excitado.

—Esa Ruth, toda una caja de sorpresas. Aún no tenía un calcetín rojo para la colección. La premiaré -se dijo para sí.

Al día siguiente, Ruth recibió  un ascenso. Con el corazón bombeándole de asco, y sacando una fuerza que desconocía, prefirió rechazar la oferta ante la sorpresa de sus superiores. Seguiría siendo becaria, e intentaría trabajar en otro lugar, lejos de Germán. De aceptar aquella suculenta propuesta, siempre acabaría recordando cómo había llegado a ella. Aquel mismo día se puso a buscar otra salida, cruzando los dedos para que saliera una oferta. De camino a casa, pasó por delante de la mercería de su barrio.

En el escaparate destacaba un cartel que anunciaba con letra Arial: “Se busca dependienta”. Ruth entró entusiasmada, ofreciéndose para el puesto. Conocía a la dueña, y sabía que lo tendría fácil. Acertó de lleno, pues al día siguiente empezó a trabajar rodeada de calcetines de varios colores.

Al cabo de unos días, entró una señora muy bien vestida y peinada de peluquería, con una bolsa de plástico. Se acercó al mostrador y se dirigió a la dueña.

—¿Recicláis calcetines? —preguntó al borde de las lágrimas.

Ruth, que la oyó, se quedó estupefacta.

—¿Qué ha pasado esta vez, Silvia? —preguntó Carmen, la dueña del local.

Con rabia, Silvia, abrió la bolsa y fue tirando una gran cantidad de calcetines, todos desparejados.

Carmen, no comprendía nada.

—¡Una lista de sus amantes! ¡Y esto es lo que me he encontrado en su despacho! Pero lo tiene claro, esta noche a mi no me engaña más. ¿Trabajo? De patitas en la calle va a ir cuando se lo cuente a mi padre. Ya verás. A mi solo me hace falta mover este dedo —dijo señalando su meñique— para conseguirlo. ¡Y lo haré! ¡Te lo juro por mis hijos!

Cuando la mujer se fue, después de que Carmen, su amiga, la tranquilizara, Ruth se puso a recoger el mostrador. Al despejarlo, no tardó en reconocer su calcetín rojo.

—Eres de un rojo atrevido, rojo como la ira, de rojo pasión —le dijo—. Cuántas emociones en estos días, ¿verdad?

Y rompió en una carcajada, porque aquel día llevaba medias, y de mantener una absurda conversación con un calcetín. Al cabo de poco, guardó la compostura, y se puso a ordenar la tienda. No quería que la viesen hablando sola. Tenía trabajo, y tenía que conservarlo. Se puso a silbar de contenta cuando terminó su labor. Se fue a casa imaginándose la cara del viciosillo de Germán, al saber que había sido descubierto. Pero ella ya no la vería. Y de eso, se alegró.

® Helena Sauras

Imagen Creative Commons de dartagnnana Visual en FlickR
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«Cada hombre lleva en sí una habitación. Es un hecho que nos confirma nuestro propio oído. Cuando se camina rápido y se escucha, en especial de noche cuando todo nuestro alrededor es silencio, se oyen, por ejemplo, los temblores de un espejo de pared mal colgado».

«Primer Cuaderno». Franz Kafka.

La habitación de aquel hombre soñador era tan frágil como una caja repleta de cristal. Su mundo interior era un espacio enorme, pero se podía contaminar al estar pegado junto a habitaciones de otros hombres. En mitad de la noche, con la luna iluminando su silueta, hacía ejercicio. Descansaba poco, comía menos. Sabía que, si se mirara en un espejo, su figura marcaría todos sus huesos.  Aquel era el momento de sentirse libre, y en medio del silencio, le parecía oír como sus propios miedos se callaban. Eran unos breves minutos, los que tardaba en imaginar cómo escapaba de allí, donde la tortura mental que sufría, parecía disiparse a través de sus pasos rápidos. Corría dando vueltas por aquel recinto, sin ir a ninguna parte, despejando su mente mientras los demás presos dormían.

Sabía que allí no encontraría sentido a su existencia. Echaba de menos su hogar, a Catalina, y a su niña de ojos vivos. Tal vez ellas habían conseguido refugiarse y estarían en un lugar seguro. En un descuido, le habían atrapado los que le vigilaban de cerca. No pudo despedirse de nadie. No le estaba permitido enviar cartas y, si pudiera hacerlo, tampoco sabría dónde enviarlas. Si mirando al cielo pudiese escribir sus pensamientos,  se los enviaría a su mujer bajo las negras estrellas, que se habían apagado por aquel aislamiento que había sufrido en los primeros días. Lo único que le consolaba era pensar que las dos estaban bien, compartían el mismo cielo, la misma capa azul cubriendo sus cuerpos. Catalina, la niña, y él, se encontraban en el mismo lugar, aquel mundo caótico y sin sentido, aunque separados por numerosos kilómetros de carretera.

En aquel mundo era peligroso tener ideas y, si además eran de carácter político y las escribías, tenías la libertad contada. Mientras el hombre corría cada vez más rápido, sonaba música a su alrededor que ensanchaba su habitación interior. Desde su cabeza podía escucharla si acercaba el oído, y por un momento, pensaba que Catalina estaba tocando el violín en el salón de su hogar. ¡Cómo le gustaba que ensayase! A través de aquellas notas, podía comunicarle sus sentimientos. Era capaz de hacerlo. Tan solo hacía falta escucharla con el corazón. Pero el concierto nunca llegó y se truncaron sus deseos.


Se llevaron a su marido en una furgoneta y la melodía quedó partida, sin poder dirigirla a ningún receptor que la animase a continuar. Catalina se quedó esperando entre el silencio interrumpido por los lloros de su hija que buscaba un poco de consuelo al ver que su padre ya no estaba entre ellas. Esperó a que su marido volviera, hasta que se le acabó la paciencia. Cada día miraba a través del cristal, con la cortina pasada a medias. A veces les parecía escuchar el ruido de un motor, y con esperanza, esperaba que su esposo entrara por la puerta principal. Pero, tan solo era un reflejo de su deseo, un temblor de su espejo mal colgado por las prisas.

Catalina tenía miedo a que la vieran desesperarse. Por eso, se escondía a través de la cortina. Además, no se fiaba de nadie. Repasaba mentalmente su círculo de amistades escasas, pensando en un delator que había acusado a su marido a cambio de algo. Solo salía a la calle cuando las sombras eran largas, cuando el anochecer era profundo. No se encontraba con nadie, aunque si las paredes de las casas pudiesen hablar, dirían que la paz de la noche las arrullaba. Catalina caminaba con la niña dormida cogida entre sus brazos. Miraba el cielo, a veces plagado de estrellas, e intuía que su marido también podría verlas desde algún punto lejano. Les tocaba el aire de mayo en sus caras y, en ocasiones, se esperaba a que el alba despuntase y les tocara el primer rayo de sol. Después de eso, volvía a esconderse y ya no salía en todo el día.


El hombre, cansado ya y resollando, se sentía incapaz de romper aquella jaula de cristal. Temblaba su voz cuando le interrogaban en aquel espacio diminuto donde esperaban una confesión que nunca llegó. En la celda compartida no había lugar para su mundo interior, tan amplio, generoso y confortable era que invadía otros mundos y se mezclaba con el espacio de otros presos. Y así quedaba aquella cárcel perdida en un monte solitario, contaminada por las creencias de varios hombres, creando paso a paso habitaciones diferentes, cada cual más ideosa. A veces se intercambiaban y, si se contaminaban, lo hacían desde el respeto.  Lo que no se le ocurría a uno a otro posiblemente sí, y entre ellos, colaboraban en ensanchar sus propios mundos.

Cada uno tenía su propia historia que volaba más allá del cristal. Cuando la confianza nació entre ellos, les cambiaron de compañeros. El hombre conoció a numerosos presos en los meses que estuvo allí. Oyó la melodía de sus propios mundos, que era tan fuerte, persistente, y estridente, que logró quebrar aquel muro de cristal que les mantenía carentes de libertad. Y por una pequeña rendija, se escaparon, sin tener que hacer motín alguno.

El hombre corrió apresuradamente por el monte lo descendió lo más rápido que pudo. Detrás de él, corrían también otros presos bajo el cielo iluminado por la osa mayor.

El hombre, después de correr durante varios días, llegó a su aldea. Su hogar estaba vacío y el violín reposaba en el salón con varias capas de polvo. Una nota con la caligrafía de su mujer en la mesa del comedor, le alertó: «Por si vuelves, estoy en el camino que conduce al sol». Sabía que aquellas palabras iban dirigidas a él. Emocionado, y después de beber varios tragos de agua para reconfortarse, salió de la casa. Eligió un camino secundario para poder ver el amanecer más cálido. Al final, estaba Catalina de espaldas con su hija en brazos. Subió la temperatura al verlas, en aquel mes de octubre fresco.


Entre las sombras, Catalina vio una que se le acercaba, más larga que las demás, seguidas por el ruido de unos pasos levantando la tierra del camino. No se asustó, pues el temblor de su corazón por la emoción del momento era comparable con la música de los astros del firmamento. Le temblaron los brazos al ver su marido. La niña se despertó y le regaló la mejor de sus miradas, a través de sus ojos vivarachos.

 Antes de besarse, esperaron con los ojos fijos en el cielo a que el sol saliese. Cuando les acarició con el primer rayo de sol, los dos se besaron sin parar pues no estaban soñando. Bajo el mismo cielo, mientras sus labios se buscaban, supieron que sus miedos se habían terminado para siempre.

Desde aquel día, Catalina volvió a emitir música con su violín que sobresalía a través de todas las ventanas de su hogar. La guerra había terminado, y esperaba que aquella pesadilla no se volviera a repetir, por el bien de su niña que crecía a un ritmo desenfrenado. Más rápido de lo que a ella le hubiese gustado. Pero, así era la vida, que pasaba rápida a su alrededor. Ambas tenían su habitación repleta de sueños por alcanzar y compartir una vez los hubiesen logrado.

® Helena Sauras

Si se acabara la magia,
hundiría mis manos en la arcilla.
Si se acabara, quizá con rabia
y gracia treparía la ardilla
por las ramas de mi lamento.

Temerosa, se asustaría por el barro,
deslizándose desde mi cara a mis manos.
Juntas, recrearíamos una idea sin varita,
porque del fango quizá vinimos.
Sin fantasía, no pudimos moldear una maravilla
¿Hacia dónde vamos sin alas de papel?

Sin ti, libro, un triste conjuro ya sin labia:
si se acabara tu magia,
se enterrarían los cuerpos celestes y terrenales.
Mi universo se mueve con el hechizo de tus ideas;
ábrete y empapa de vida mis carencias;
devuelve la lluvia a ese fuego interior;
renueva de espíritu mi tronco desde su raíz,
que el lodo ya alimenta mis manos.

Me convierto en árbol de sabia
triste pues, ¡qué difícil se hace aprender
y tocar una guitarra sin cuerdas!

Libro, mi instrumento, que acompañas
de sabiduría mi cuerpo,
desolador si cesara tu magia.
Cerraría mis párpados al viento
como si hubiese muerto, inmóvil
al fin, sin aliento, reseca, y manca.

Mas en ese frío invernal,
fuego en mis ramas taladas.
Doy calor a los hogares,
lejos queda ya la atrevida ardilla;
repiquetea la hoguera y
escucho una infantil historia,
donde existes, libro, mágico y soñador
al mismo tiempo. Cubres los pensamientos
de esta familia que te brinda una estantería
de madera para reposar en la noche fría de enero.
Cobijas de sol su espíritu que crece al son
de este baile de páginas. Palabras de tinta
que acarician y contrastan en sus vidas;
Si hoy se acabara tu magia, no tocarías sus almas.

® Helena Sauras

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Me enojé al abrir tu regalo. Te diré la verdad. Me esperaba otra cosa para mi cumpleaños. Una baratija mona, algo especial como un vale para un masaje. Se me ocurren infinidad de detalles para hacer revivir nuestra relación que estaba un poquitín adormecida. Y tú la has acabado de hundir con tu gesto inoportuno.

Yo nunca he sabido batir un huevo, pero me gusta tener la sartén cogida por el mango en nuestra relación. Creo que no merezco esa indirecta. Ya sé que no te gusta que lea ficción, porque luego dices que las comparaciones que hago son odiosas. Me entusiasmo por la vida que tienen los demás. Ya ves tú, aunque sea inventada.

Me gusta evadirme después de un gran día de trabajo: quitar el polvo, barrer, fregar, tener la casa más o menos limpia. Yo estaría tumbada como una gandula perfectamente, pero prefiero tener la casa en condiciones, porque así se descansa mejor. Toda tranquilidad es poca en ese hogar. La paz me invade antes de que regreses. Huelo la tapa de un libro, lo abro y me sumerjo en su lectura. Una llave en la puerta me interrumpe. Son los niños que reclaman su merienda. Se la preparo pensando todavía en el entorno que me envolvía en el libro. Puedo estar contenta porque en aquella época no había tantas comodidades como ahora. Enchufo el lavaplatos mientras pienso en eso. En cada momento se es esclavo de algo. Ahora lo somos de la electricidad y de las nuevas tecnologías. Mi smartphone se ha quedado sin batería y ya van dos veces en lo que va de día. Tendré que cambiarlo. ¿Lo ves? Me hubieses podido regalar uno más nuevo, de una nueva generación de esas que acaban de salir.

Tu regalo lo acabaré arrinconando. El polvo acabará depositándose en él. Ya sabes que no me gusta que me digan lo que tengo que hacer. Odio los pasos, las órdenes, los procedimientos.  Las últimas instrucciones que leí fueron las del secador del pelo. Se acabó incendiando y me chamuscó el flequillo. Otro regalo de los tuyos.  Luego averigüé que lo habías comprado en los chinos. Bueno, más bien lo acabaste confesando, después de mi particular interrogatorio. ¿Tan poco te importo?

Llegas hambriento. Me preguntas si ya he estado practicando. Niego con la cabeza en seco.

—Fue idea de los niños —comentas.

—Y a ti ya te fue bien, ¿no? —Pregunto perforándote con mis pupilas.

Te encoges de hombros sin responderme y con la mirada gacha.

—La única tarea doméstica que tienes asignada y me la quieres pasar.

—No es eso… —Te excusas.

De repente, toda la casa se queda a oscuras.

Acabamos comiendo unos bocadillos a la luz de las velas, aunque el ambiente está a años luz de ser romántico y está bastante caldeado.

—Otra vez frío —rechistan los niños por convertirse ya en una rutina en sus vidas.

Muerdo el bocadillo de queso y lamento el apagón que sufrimos.  Desde el estante superior, la tapa brillante del libro de cocina que me has regalado parece que se parta de risa de la situación. 

®Helena Sauras

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