Era todo mentira. No existía ningún privilegio vivir en la gran ciudad.Lo supo cuando vio aquel entorno y pudo llenar sus pulmones de aire. Apenas los rayos de sol de filtraban en aquella arboleda, que se encontraba en un sitio alejado de la capital. No era un lugar conocido, por eso se podría decir que conservaba aún su encanto.
Tuvo la tentación de acampar entre aquella vegetación y, al acercarse, vio una pequeña cabaña de madera tapada por la maleza. Había encontrado el lugar perfecto para cambiar de vida. Todo estuvo listo en unos cuantos días. No necesitaba mucho, solo tener la valentía de hacerlo. Cogió una pequeña manta, por si por las noches refrescaba, y tenían que tapar sus cuerpos. Una botella de buen vino y jamón del bueno. Las ganas se las llevó instaladas en la mochila.
La noche anterior, su voz rompió la monotonía:
—El marteste llevaré a un lugar muy especial —le dijo a su mujer.
Ella se sorprendió al oírle desde el sofá. Pensó en las conversaciones, que ya no existían entre ellos y en sus ojos parados, que ya no comunicaban nada. Lo que más le dolía era su indiferencia y su poca colaboración en las tareas comunes. Tuvo miedo de que su marido ya no le hablara hasta el martes, encerrado en sí mismo.
Él pensaba en ese día especial, que había elegido. Aquella cabaña sería un oasis en su cansancio semanal, que se alargaba más de la cuenta. Quería que para su mujer también lo fuera ya que trabaja todos los días como camarera en un restaurante, excepto los martes.
Llegaron a la cabaña el siguiente martes a mediodía. La mujer se paralizó al ver aquel entorno bucólico. Tuvo un dèja vú. Conocía la cabaña perfectamente, como si hubiese estado en una vida anterior.
Su marido le acabó cogiendo la mano y la estiró hacia adentro. Entraron juntos. Ella se sentó en un pequeño taburete y el hombre fue preparando la comida.
—¿Te gusta el lugar? —le preguntó el hombre.
—Tengo la sensación de que has entrado en mi mente —le dijo la mujer al comprender a qué se debía su dèja vú—. Un lugar confortable donde puedes reposar. Tú eliges, si quedarte o irte. Pero si decides quedarte, respétame.
—Yo siempre te he respetado, Silvia.
—No, no lo haces. Me pagas con indiferencia y con silencios. Eso también es una manera de rechazar a la otra persona.
—Lo siento…
—Ya sé que no estamos en nuestro mejor momento, la monotonía nos puede, pero… si decidimos entre los dos seguir juntos… Construyamos un futuro entre los dos, andando en la misma dirección. Tengo la sensación que bailo sola en esta vida, sin ti ya, desde hace tiempo.
—Sin ti, la vida carece de sentido, Silvia —le dijo mientras intentaba darle un beso.
Ella apartó sus labios y se cubrió la cara con una mano. Al cabo de un momento, añadió:
—A veces pienso si eres la persona adecuada para compartir mi vida.
—Inténtalo, Silvia. Yo también lo haré. Podríamos quedarnos a vivir aquí, lejos de todo, solos tú y yo. ¿Qué me dices?
Una llamarada se encendió en sus ojos al oírlo. Pensó en su trabajo, en lo cansada que llegaba cada día, rellenando por completo su vida. Suponía que a su marido le ocurría lo mismo.
Luego le vino el miedo al pensarlo. Su vida dependía de aquel trabajo, la que la ataba vivir en aquella ciudad, donde su respiro se encogía por la contaminación y el estrés.
—No puede ser, Roberto. Nos quedaremos a pasar la noche aquí y mañana volveremos a la ciudad.
Aquella noche, en la que Silvia se durmió y perdió su conciencia, había una cabaña de madera, que ardió por haber carbonizado sus sueños. Despertó sudada de la pesadilla. Roberto ya no estaba a su lado, se había marchado, abandonándola en aquel lugar pintoresco.
Un abuelo entró por la puerta. Iba cargado con varias bolsas. No se sorprendió de verla allí.
—¿Te acuerdas cuando de pequeña te leía cuentos? —le preguntó el viejo hombre.
Silvia se asustó.
—Tú me escuchabas —continuó el abuelo— y yo me sentía importante, porque me prestabas atención. Luego, nos acabamos distanciando. Ya no te interesaba lo que pudiera explicarte. Pero hoy, mi niña, vas a hacerlo. Roberto me ha dicho que andabas sola, incapaz de alcanzar un sueño, bloqueada. Todavía sueñas con llegar a las estrellas para rozarme, pero te diré que no buscas en el lugar correcto, pues he estado viviendo en esta cabaña, alejado de la gran ciudad, nunca quise irme a vivir allí. En esta pequeña arboleda nací; los montes y los pájaros se convirtieron en mis amigos. Y todavía los son.
«Tu madre te dijo que me había muerto y has estado llevando flores a una tumba equivocada. No la culpo. En paz descanse ya. Nunca quiso admitir que era un rebelde, que me negaba a progresar. Dicen que la ciudad es el progreso, pero cada vez respiran peor y necesitan de esos inhaladores que tú también usas. Para vivir. ¿Verdad qué aquí no lo has echado de menos?
Silvia negó con la cabeza mientras dos lágrimas le resbalaban por las mejillas.
—No llores, mi niña. O sí. Mejor llora. Desintoxica tu alma. Nadie llora sin después sentirse mejor. Vengo del pueblo de abajo, donde he comprado un poco de comida. ¿Te apetece un poco de salchichón?
Sin esperar respuesta, se levantó y se puso a cortar unas finas rodajas de embutido.
—De pequeña, te decía que esa arboleda era mágica y tú me creías. Algo de cierto debe haber, porque creo que físicamente te sientes mejor. La temperatura es buena. No es bochornosa. Y el ambiente es óptimo.
Como te decía, tu madre quiso que me fuera a vivir con vosotros, pero me negué a abandonarlo todo para cumplir sus ambiciones. Luego enfermó.
Su mirada se agacha.
—Sus ambiciones por conseguir darle todo lo mejor a su familia, le acabaron provocando una enfermedad, que la empresa no indemnizó. Demasiado difícil de demostrar. Tú te quedaste con tus abuelos paternos, para tu madre yo había dejado de existir, el día en que le dije que de aquí, no me movía. Y se inventó mi muerte.
«Creciste entre el asfalto y observando un cielo gris, que diste por bueno. La luz del sol apenas se filtra desde esta arboleda, pero si yo te dijera que no existe, no te lo creerías. Igual como si te dijera que no existe el mar.
«Te da miedo quedarte aquí, porque te has acostumbrado tanto a la ciudad que piensas que no puede haber otro tipo de vida en otro lugar. Tus sueños se han extinguido entre las mesas que sirves cada día. Desde que los has perdido, te sientes vacía. Tienes la oportunidad de volver a pensar en ellos. Persíguelos y no los abandones nunca.
«Me decías que de mayor querías ser guarda forestal. Y yo me reía, porque si no fuera por la mano del hombre, los bosques no necesitarían cuidados extra. Aquí tienes la oportunidad de velar por esa arboleda. Mientras nadie la descubra, estará a salvo”.
«Silvia, mi niña, come. —Le acercó un plato con el embutido que había cortado—. No hace falta que me contestes ahora, pero piénsalo.
La mujer asintió más calmada y cogió un trozo de salchichón que masticó.
Luego salieron a pasear al exterior. Unas pequeñas ráfagas de viento mecían las ramas de los árboles. El aire la envolvía y sentía como sus pulmones le daban las gracias por haber llegado allí.
Silvia suspiró y decidió quedarse, después de que su gran ciudad la hubiese engañado. No se sentía de ningún sitio que no fuese aquel. «Voy a ser la guardiana de esa arboleda», pensó. Y sintió como los árboles le cuidarían sus sueños para que se cumplieran en un futuro.
A la semana siguiente, Roberto apareció.
—Aquí no hay cobertura —dijo—. ¿Ya has tomado una decisión después de hablar con tu abuelo?
—Me quedo, Roberto. Desde que estoy aquí, respiro con toda el alma. Si quieres, instálate tú también. Dejemos atrás nuestra vida anterior. Ha merecido la pena vivir para darnos cuenta de lo que no queremos para nosotros.
Un beso estampó el inicio de su cambio de vida. Y este fue el comienzo de su progreso personal.
Porque cada persona tiene objetivos y aficiones distintos en la vida. Elige cuatro de estas sugerencias para este finde de relax. Tómate el fin de semana en calma y disfruta de tus aficiones solo o en compañía. Sed felices #FelizViernes2021 #enero2021
Te veo siempre obsesionada para que todo quede perfecto, pero hoy el ensayo general se ha interrumpido nada más comenzar. Una llamada telefónica ha quebrado tu paz. Tu rostro ha quedado paralizado entre lágrimas. No me he atrevido a preguntarte. Un silencio desolador se ha depositado en el escenario. Te veo marchar apresurada bajando las escaleras de dos en dos. Te sigo con la mirada hasta perderte de vista. Algo serio ha pasado. Y lo veo más claro, cuando otra profesora entra y nos informa que la clase se ha suspendido.
No entiendo qué es lo qué está pasando, por qué no puedo sorprenderte con mi tambor como otras veces he hecho. A veces, incluso me ha salido sangre de tanto ensayar. Mi insistencia no tiene límites. Estamos en el último ensayo general, a dos días de la verdadera función.
Recuerdo cuando te conocí. Tenía una palabra atragantada en la garganta. Tu media sonrisa me deslumbraba reteniéndome en la silla. Tartamudeé al presentarme:
—Soy Al… ber…to… —Te estreché una mano sudorosa por los nervios.
Empezamos a ensayar y te mostré el ritmo real que mi tartamudez desviaba. No te mostraste indiferente y creo que, al terminar la clase, percibí un gesto de aprobación, pues me elegiste para la función. Creí que crecía dos centímetros más de entusiasmo.
Tu novio vino a buscarte a la salida del trabajo. No sé qué viste en él y me lo he preguntado repetidas veces desde entonces. Sentí que te perdía desde aquel día y, al enterarme que ibas a casarte al finalizar el trimestre, mis celos se desbordaron y arrasaron todo lo que encontraron en su camino.
Supe lo que había sucedido al llegar a casa. Mi madre estaba al borde del llanto. Mi mirada reparó en las imágenes que salían del televisor. Eran desoladoras y confusas. Un terremoto había azotado Nepal, donde se encontraba mi primo.
—Ese Juanma siempre organizando despedidas de soltero originales —logró decir mi hermana entre lágrimas—. Había ido de escalada al Everest con el novio de Ana, ni más ni menos.
Guardé silencio. ¿Ana? ¿Ese era su destino? ¿Quedarse viuda antes de casarse? Una emoción me recorrió, y me sentí mezquino de alegrarme de desgracias ajenas.
Tardé en volver a verte y te imaginé en sueños sola que inexplicablemente se repetían. Veía cómo corrías y, delante de una inmensa montaña, te arrodillabas. Besabas la tierra con tus labios húmedos. Un mechón rizado de tu gruesa melena se metía en tu boca. Llorabas y me contagiabas tu llanto, pues me despertaba con las mejillas mojadas. Querías ser tierra, volver a ella. Tu ánimo crujía tembloroso al recordar a tu alma gemela. No estaba preparado para ver tanto dolor que emanaba de tus poros devastados.
El día en el que volviste a clase, te observé. Estabas tan demacrada y decaída, que tu alma estaba más baja que tus pies. Me arrepentí de haberte deseado, porque tendría que haberme conformado con amarte así, tal cual, en brazos de otro, si con ello te veía feliz. Era un egoísta.
La verdadera función había quedado retrasada hasta tu regreso. Volvimos a ponernos a nuestros puestos. Yo, con el eco de mi tambor latiendo más allá de la percusión, por toda la sala. Volvía a sudar. Mi corazón se desbocaba y entraba en un callejón sin salida. Solo por verte. Me sentí cursi y extraño. Te amaba, pero tú no lo notabas. O no querías saberlo. Me agarré fuerte a las baquetas y las estrellé contra el tambor. Entré a destiempo expresamente. Quería que te dieras cuenta de mi presencia. Me acabaste expulsando de allí.
Varios días después, la vibración de una llamada interrumpe la clase. Coges el móvil rápido, emocionada al reparar quién es. Tus alumnos te interrogamos con la mirada. Tu voz es suave y alegre al responder, cosa que me agrada. El espejismo de una esperanza aflora de tus sonrosados labios.
—¡Está vivo! –Oigo que exclamas.
Vives deprisa desde este mismo instante. Corres hacia la salida porque tu corazón ha brincado al saber la noticia. Y en tu interior, la música, tu vida, empieza a latir.
Yo seguiré solo palmeando con mi tambor, con ritmo adolescente y estudiantil. Te observaré desde esta distancia efímera, que se acorta cuando me miras. Y te imaginaré contenta en otros labios. Y te idealizaré por segunda vez. Estarás lejos de mí, porque desde este momento para ti y, con la idea fija de una ilusión amorosa y un regreso… Los tambores comenzaron a sonar.
No le pregunté por qué siempre iba con aquellos zapatos agujereados. Cuando se los sacaba, podía ver sus pies deformes. Me quedaba absorta observándolos y pensaba si la artrosis sería hereditaria. Nunca supe si las ganas de trabajar que tenía se debían a una deuda con su pasado. A pesar de su edad, se mantenía en pie y de él dependíamos muchos. Con esmero elaboraba dulces para que esos días especiales fueran mejor llevados por las personas que no podían permitírselo.
Ahora ni siquiera queda un poco de azúcar en la alacena, pero puedo recordar sus palabras de la pasada Navidad: «A nadie le amarga un dulce», decía mientras los repartía. Y yo permanecía en la cola con cara de niña buena. Dejaba pasar a los demás. Si sobraban figuritas de mazapán, me las podría repartir después entre mis hermanos. Nunca lo sabía a ciencia cierta, pero al final siempre se guardaba una para mí que me sacaba de una oreja haciéndome un truco de magia.
Sus ojos pasaron del color celeste al gris en primavera. Lo encontramos muerto tras el confinamiento. El dolor se hizo casi insoportable por el vacío que había dejado en nuestros corazones. Y vinieron meses muy difíciles de distanciamiento donde la sociedad cambiaba sus hábitos.
Encontramos las recetas de sus dulces más preciados en su hogar. Aunque no tuviera experiencia, tuve una idea. Decidí buscar ayuda y que la solidaridad se abriera paso. Empecé por organizarlo todo y, a través de voluntarios, elaborarlos para que la próxima Navidad no fuera tan amarga.
Hoy estoy repartiendo como hacía mi viejo de pies deformes. Se me acerca una niña con cara de buena que me recuerda a mí. Entre todos, hemos iniciado una cadena de buenas intenciones y deseamos que se extienda en años venideros. Aunque guardemos la separación pertinente y llevemos mascarilla, no podemos dejar de ver lo diáfana que es nuestra alma que se refleja en cada estrella de los aquí presentes.