Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Ella no tiene habilidad ninguna para recogerse el pelo ni tiene tiempo para preocuparse por su cabello. Prefiere dejárselo al aire y que sea el viento el encargado de movérselo a izquierda o derecha. Ya hace tiempo que el viento es su peluquero más fiel. De vez en cuando, éste se detiene y deja ver su cabellera tal cual: lisa, densa, perfecta.

El duro trabajo le curva la espalda. Cuando llega agotada, la beso y, por un momento, soy el viento que se cuela por su parte más íntima. Ella engulle la cena que le tengo preparada con apetito. Espero abandonar la lista del paro y repartirnos las tareas domésticas.

® Helena Sauras

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Tus besos sabían a deshielo y deshacían mis fríos labios amoratados. Hacía frío en aquel mes de marzo inusual. La primavera apenas despuntaba y había nevado. Dichosa nieve que cubría los tejados de aquel pueblo de interior. Tú estabas acostumbrado al frío. Yo provenía de un paisaje cálido y sorprendida había estado mirando los primeros copos de nieve a través de la ventana. Era mi primera vez.

Estaba tiritando y me abrazaste.  Encendiste la chimenea y dejaste que el calor empezara a inundar la habitación. Poco a poco me fui relajando a través de tu mirada tierna. Habíamos brindado por la amistad. Las copas reposaban en la mesa del apartamento en un rincón. Habíamos bebido poco. Solo una escasa copa para entonarnos. No creíamos en el amor, tan solo en esa amistad que nos unía, fuertes, contra las adversidades de la vida. La complicidad llegaba tarde, pero más valía esa tardanza, que no experimentarla nunca. 

Un florero perdido decoraba un punto de la habitación. Una iluminación tenue nos besaba nuestros cuerpos que habían empezado a desnudarse. Admiré tu piel amiga y la recorrí tímidamente porque era inexperta en el campo. Presentía que nos quedaríamos aislados por la nieve en el fin de semana. Habías decido darnos ese capricho de alquilar un apartamento rural. Vi por primera vez el deseo en tus ojos y me agradó sentirme deseada. Besaste mis senos y te detuviste en los pezones.  Mi oscura piel contrastaba con la tuya, o eso me pareció percibir en el espejo que reflejaba nuestro abrazo intenso.

Sabía que te desharías en un montón de excusas al día siguiente. Te pesaría lo ocurrido al oír su voz aguda teñida de melosidad a través del móvil, que habría recobrado la cobertura. Mentirías a tu mujer y maldecirías el día que habías ido a arreglar aquellos asuntos de trabajo en aquel pueblo perdido de la provincia turolense. Eso le dirías. Era un asunto de trabajo importante. Tu mujer lloriquearía y te diría:

—¡Qué pena!  Justo ahora que la asistenta se ha pedido el fin de semana libre. 

Yo sonreiría para mis adentros. Sí. Me había pedido tiempo para mí, para disfrutar, para sentir. Estaba contigo. Tu voz amable me había acompañado desde que me hiciste el contrato de trabajo. Te guiñé un ojo y pasaste a la acción. Me penetraste suavemente en el cálido apartamento, donde la madera de nogal predominaba rodeando nuestros cuerpos.

Al día siguiente, había el rastro de unas sábanas manchadas de sangre debido a un himen rasgado y una mano abierta y tendida, unida a la mía. Me asomé a la ventana. Un paisaje blanco y pintoresco me inundó. Aquel día me prepararías el desayuno. Volcaste el café torpemente. Sonreí. No estabas acostumbrado a servir. No grité ni renegué. El respeto se alcanza de mutuo acuerdo.

El sol salió y supe que ya te había retenido lo suficiente. Volveríamos a la normalidad en pocas horas. Sería nuestro secreto primaveral. Hicimos un pacto de silencio que olía a leche cremosa mezclada con el amargo gusto del café. Aquello no volvería a ocurrir, pero lo recordaría por siempre y sentiría cómo mis labios se derretirían en mi memoria.

® Helena Sauras

"Kiss" Imagen Creative Commons de hans van den berg en FlickR
«Kiss» Imagen Creative Commons de hans van den berg en FlickR

El deshielo que derritió mis labios – (c) – Elena Ángeles Sauras Matheu

Acróstico: Día Internacional de la Mujer

8 marzo, 2021

Acróstico Día Internacional de la mujer – 8 marzo de 2021

Nosotras decidimos. Estamos llenas de talento, por eso nos entregamos en el trabajo. Juntas agradecemos esa libertad que nos permite crecer las alas para escoger un lugar donde vivir y qué hacer con nuestra vida. No nos juzgues, la libertad no trata de eso. Podemos equivocarnos, porque somos humanas, pero también acertar. Déjanos vivir en paz.

Nosotras, mujeres de carne y hueso, tenemos el poder de sembrar semillas para que germinen en un mundo más igualitario. Cada día un gesto, un detalle, una lucha por la igualdad. No estamos solas, unamos nuestras voces, asumamos que una sociedad diferente con la suma de todos es posible. #DíaInternacionaldelaMujer #8M2021 #8M #NiUnaMenos

® Helena Sauras

Nos gusta que Sofía nos arrastre para deslizarnos al estante de abajo y colarnos entre las letras de los cuentos. A través de ella, aprendimos lo que era el saber y la fuente de nuestra imaginación fluyó durante décadas. Somos ricos en sueños que alcanzamos con cada género literario. Vemos el lomo del libro, y según nuestro interés, entramos en él. Nos fascinan las metamorfosis y nos convertimos en príncipes o en mendigos en cuestión de segundos. Cuando alguien compra, cambiamos de casa para multiplicarnos en los días siguientes.

El problema vino cuando Sofía aprendió a limpiar de verdad y acabamos en el trapo. Nos intentamos escapar para volver a alguna estantería de aquella librería tradicional.  Hace días que no viene nadie aquí. Hemos oído que no van a traer ninguna novedad más, aunque tenemos literatura para rato.

El dueño ha echado el cierre definitivamente. La curva de su sonrisa, tan plácida a los clientes, se acabó congelando debido a la crisis en el sector. Intentamos abrazarle para darle coraje, pero estornudó. Deberíamos saber que Sancho siempre ha sido alérgico a los ácaros ya que somos las diminutas partículas de polvo que conforman su negocio.

® Helena Sauras

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Mientras entraba en la fábrica, recordé cómo en el patio comíamos Bollycaos, Phoskitos y dulces de la Pantera Rosa. En los noventa nos prometimos que, cuando fuésemos mayores, fabricaríamos nuestros propios pasteles. Por eso, había alquilado aquella fábrica de dulces artesanal para el puente de la constitución. Nadie de nosotras había seguido el camino de la pastelería, pero aquel año iba a ser especial para todas.

Estaba nerviosa porque no las había visto desde aquellas fiestas de San Juan. Habíamos comido caracoles que nos sentaron fatal y acabamos en el hospital. Fue más que un susto, porque al final no todas nos recuperamos. Isabel acabó falleciendo al cabo de unos días. Dijeron que había sido una infección que acabó en un fallo multiorgánico, pero yo siempre pensé que el desencadenante fue aquella loca verbena.

Revisé el congelador de la fábrica y vi que era bastante grande. Respiré aliviada. Un familiar me lo prestaba por un año. Allí cabrían los suficientes pasteles que elaboraríamos para los diferentes cumpleaños. Íbamos a cumplir cuarenta y, cambiar de decena implicaba volver la vista atrás y analizar si habíamos cumplido los sueños que entonces teníamos.

Yo no me podía quejar. Siempre dejé mi alma al viento. No había cumplido los deseos que por entonces nos intentaban inculcar. Pero era feliz a mi manera y eso era lo más importante. Cada día me levantaba con ganas de más. Vivir se había convertido en un disfrutar con cada uno de mis sentidos. A diario, intentaba contemplar, escuchar, degustar, oler, palpar y emocionarme con cada sensación. Antes de que todo se perdiera para siempre, antes de que la muerte me sorprendiera en medio de alguna labor irrealizable. Todavía sentía curiosidad por experimentar y no quería que se acabara.

No tardaron en llegar las demás. Después de saludarnos, besarnos y soltar algunas risas, nos pusimos a la tarea. Carmen, Matilde y Rosa habían apostado por la maternidad. Serían las primeras en echarnos una mano porque habían dejado a sus bebés a cargo de otras personas y no estaban tranquilas. Cuando terminasen, serían las primeras en irse.

Repasamos los diferentes ingredientes que habíamos comprado y el ambiente empezó a oler a azúcar y agua de azahar. Carmen dijo que quería un roscón de reyes para su cumpleaños, porque había nacido ese mágico día. Se nos empezó a abrir el apetito. Después,  empezamos a elaborar cuarenta figuritas de mazapán para cumplir el deseo de Rosa.

Sara prefirió un pastel de frambuesa y Catalina una tarta de piña. Empezamos a mezclar ingredientes para las que se decidieron por las frutas. Hicimos unas bandas de ellas, hojaldres y cremas de lo más sugerente.

Y, por último, nos tocó el turno a las de diciembre. Ainhoa eligió una tarta de café y yo la miré con ojos excitantes. No era la primera vez que me percataba de la fuerza de sus ojos, un halo de complicidad en sus gestos delató su atracción. Ambas habíamos nacido el mismo día por lo que la compenetración era absoluta. Entre bromas y risas, elegí una de tres chocolates distintos. Quería probarlos todos. Duplicamos las tartas para tomárnoslas aquella misma noche. Las dos cumplíamos treinta y nueve y todavía nos quedaba un año para entrar en los críticos cuarenta.

Después de congelarlas para que estuvieran listas para cada ocasión, recoger y ver la hora que era, las demás se fueron. Cada una se hizo responsable de descongelar su tarta el día señalado. El próximo año tocaría celebrarlos todos. 2020 entraría con energía y ya podríamos recargar baterías. No había problema, porque nos dejaban el congelador hasta el final del año siguiente.

Mientras nos quedamos a solas, le pregunté si aún echaba de menos a Isabel. Temblorosa y sin rehuirme la mirada, negó con la cabeza. Sentí calor a través de sus ojos. Luego, me dije ahora o nunca y la besé. Sus labios húmedos sabían a café y creo que, por la forma en la que me devolvió el beso, pensó que los míos eran una delicia de chocolate.

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