Quise gritar

Verano, interpretando nuestro amor

POEMA 8: “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

Quise gritar a los mil vientos
que te había conocido,
aspavientos murieron al contenerse.
El silencio se aplacó en el teatro de mis labios.

Despacio, nuestra relación constante,
como una hormiguita al trabajar,
pero cuántas cigarras cantaban en julio
entre el público, aplausos para verte actuar.

Tú tenías mujer, familia entera;
yo solo tenía un sueño: dirigir tu profesión.
Pero era un simple decorado de la función,
una extra con mucho interés en escalar.

Puse en acción mi llamarada más envolvente,
y te eclipsé con mis ojos de ninfa.
Desde aquel instante, me llamaste cada día,
oír tu voz, agitarse el pulso.

Tú también te enamoraste, como un adolescente,
en pleno calor veraniego, con el sudor brotando como perlas.
Las estrellas brillaban más densas en sus cortas noches,
inoportuna tu caricia, pesaba más que el plomo.

Me empapaba la vida ya presa de ti,
espesor que nos cubría por guardar apariencias,
esconderse en el claro bosque,
decidiendo el guion de nuestra fingida película.

El escenario de tus labios,
vive en cada fotograma de mi recuerdo.
La rama del destino
me cala más que el frío viento.

La calle inolvidable del viento

LA CLAVE ESTÁ EN LA CALLE DEL VIENTO

Vivíamos en la calle del viento. De toda la ciudad, era donde más se sentía la fuerza con la que nos empujaba. Teníamos que luchar con nuestro peso para poder llegar sanos y salvos a nuestro hogar. Mi mujer estaba bastante delgada y, como le advertí, la mayoría de los días cargaba con piedras del camino para no volar como flor diminuta una vez doblara hacia nuestra calle.
Presentía que el viento me quitaría la persona más valiosa para mí en un descuido. Alguna vez estuvimos a punto de cambiar de casa, pero siempre nos volvíamos atrás. No había hogar tan confortable como el nuestro. Con lo que nos había costado encontrar un sitio para cada cosa, y conseguir que todo estuviera ordenado… No era hora de cambiar con todo lo que habíamos luchado.
A veces pensaba en que si no fuera por el viento, nos sentiríamos vacíos, como si nos faltara algo.

Un día, Rebeca no llegó a su hora habitual y eso que era muy puntual. Pensé que algo le había sucedido, pues era extraño que no me hubiera llamado para avisarme. Lo tenía todo preparado para la ocasión. Tan solo hacía falta encender unas velitas en la mesa. Había preparado mi menú reservado para las ocasiones especiales. Quería sorprenderla en San Valentín, aunque no creyera especialmente en él. Creía que la relación se tenía que trabajar a diario y no únicamente en días señalados. No quise ponerme nervioso y dejé volar mi imaginación, pensando en que mi mujer, posiblemente también estaba preparándome una sorpresa. ¿Y si se había comprado algún conjunto nuevo? Sí, posiblemente era eso. Hacía días que su risa no paraba de sonar en todos los rincones de nuestro hogar. La veía tan feliz… No hacía falta cerrar los ojos para imaginarla mirándome. Intuía que pronto regresaría. Ya hacía rato que había anochecido y el viento no paraba de silbar. Ya no me ponía nervioso, pero sí el retraso de Rebeca.

La llamé varias veces sin lograr oír su voz. Tenía el móvil apagado o fuera de cobertura.
Recorrí nuestra ciudad de norte a sur, buscándola, sin lograr a verla. Al entrar en nuestra habitación de matrimonio, ya cansado de tanto buscarla en balde, me encontré con una breve nota con la caligrafía de mi mujer. La leí con los ojos llorosos.

No sé cómo escribirte estas líneas sin llegar a herirte. Me marcho, Alberto, corre libre como el viento. A veces no hay ninguna razón que nos impida seguir. No hay ningún problema, pero siento que necesito tomarme un tiempo.
Hago las maletas en un día que me recuerda que el amor existe. Me ha costado decidirme. Estoy en el aeropuerto. Tengo dos billetes comprados, por si te decides a venir conmigo
Qué difícil decisión ¿verdad? Nos merecemos unas vacaciones de ensueño.

Rebeca

No tardé en vestirme. La necesitaba. Por un momento, había pensado que el momento tan temido, había llegado. Pero así era ella: original. Conduje rápido hacia el aeropuerto. No sabía a qué hora salía el avión y no quería perderlo. El destino no me importaba lo más mínimo.
Cuando me vio, dejó escapar una carcajada y sus miedos se alejaron. Me cogió de la mano, decidida, y me llevó a facturar nuestra maleta.
—¿Y si no hubiese leído la nota hasta el final? —le pregunté.
—Era el riesgo que corríamos. Pero quien arriesga, suele vencer —me respondió directa.
—Ya veo.
—¿Te apuntas a salir de la monotonía?

La miré, fijándome en cómo un fino rubor de emoción, cubría sus mejillas. La besé bajo el cielo ventoso de nuestra ciudad. Admiré el terciopelo de sus labios, rozando los míos. Sin duda, lo había organizado todo, para que aquellas fueran unas vacaciones inolvidables. Asentí y me alegré de que aquella fuera mi mujer.