Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

 El alcohol, que todo lo resta, mientras sumas tragos en tu cuerpo. Te va quitando pedacitos de ti hasta que ya no queda nada de lo que fuiste.

A mí, me ha restado la autoestima, la confianza, el valor, la voluntad, el trabajo. A Rebeca, mucho más, sus dos pequeños diamantes: sus hijos. En un momento de debilidad, que todos sufrimos, había ido al supermercado a comprar una botella de vodka, dejándose a los dos niños dentro del coche en el aparcamiento con tan mala suerte que durante el poco tiempo que tardó, alguien avisó a la policía.

No, no la estoy justificando simplemente que la comprendo, porque todos podemos tener malos días y cometer errores, a ella le ha costado la custodia que ha pasado automáticamente al padre. Un hombre egocéntrico y prepotente, que se ha encargado, durante años de maltratar a su mujer. Rebeca bebía por soportar sus insultos, sus burlas mientras el alcohol la auto convencía de que no todo lo hacía mal como le hacía creer su marido. Su marido nunca le puso una mano encima. Eran otros tipos de golpes, invisibles, que no hacía falta disimular con maquillaje con los que era golpeada día tras día.

Hoy la terapia se alarga un poquito más que de costumbre. Rebeca está tan hundida. Su espeso pelo negro está húmedo por sus llantos, porque le caen mechones rizados sobre sus mejillas. Lágrimas que surgen de las consecuencias de nuestra enfermedad, cuando realmente te das cuenta de lo que has hecho, pero ya no hay marcha atrás.

Lo más curioso es que la botella de vodka no se la llegó a beber. Le resbaló de las manos al ver cómo acudía la policía a llevarse a sus hijos y se estampó contra el suelo. Se partió en mil pedazos, mientras su alma se dividía en muchos más. Todos los presentes sentimos ganas de abrazarla, para reparar lo irreparable. Y así lo hacemos. Nos fundimos en un cálido abrazo para darle fuerza para continuar, porque Rebe, ahora esta andando sobre la cuerda floja, y en cualquier momento se puede caer.

A la salida, me espera Sandra. Subimos al coche y durante el trayecto le voy contando la mala suerte que ha tenido Rebe.

―El impulso de beber, que es tan fuerte cuando te surge, que te quita el poder pensar con claridad. Esto es lo que le pasó a Rebe. Ella siempre se ha dedicado en cuerpo y alma a sus hijos, siempre les ha dado una buena educación. Joder, Sandra, estaba rehabilitada completamente. Llevaba siete años sin probar el alcohol. No sé que le llevó a comprar este maldito vodka.

Sandra no dice nada y deja que me exprese, palabras que llevo en mi mente, reflexiones que digo en voz alta.

La voluntad es frágil como el mosto, porque una vez fermenta y se convierte en vino estás perdida. En una pizca de pocos instantes tus ánimos pueden alterarse de tal manera, que acabas haciendo justo lo contrario de lo que quieres hacer.

―Esto significa que nunca me voy a curar, porque lo nuestro es incurable. Viviré siempre con esto, puedo estar mejor, puedo estar peor, pero cuando el impulso surge y no lo puedes controlar, te arrastra y te va restando. Sandra, soy una alcohólica empedernida.

―No digas esto, anda ―me dice mi amiga y frena el coche, pues ya hemos llegado.

Bajo del Golf, subimos al piso y abrazo fuertemente a Ghato, que no entiende de enfermedades crónicas. Sus ojos verde oscuros brillan y me hacen sonreír. Llevo dos días sin beber y mi estómago me reclama comida.

―¿Sabes qué me comería ahora? Una tortilla de patatas. Esta noche cocino yo.

Me voy directa a la cocina a preparar los ingredientes. Pelo las patatas y las voy cortando a pedacitos cuidadosamente y de una manera fina. Las frío un poquito con un par de ajos a fuego lento. Bato media docena de huevos mientras Sandra vigila la paella y añade la cebolla que ha cortado previamente. Escurro las patatas, y lo mezclo con los huevos batidos, le añado sal y me dispongo a cuajar la tortilla a fuego bajo.

―Riquísima ―dice Jaime al probarla―. ¡Qué buena cocinera estás hecha!

Y sus palabras me alegran el día. Esta vez no dejo nada en el plato, la verdad es que Jaime tiene razón, me ha quedado una tortilla muy buena. Ghato ha cenado antes que nosotros, yo misma me he preocupado de ponerle su plato de comida y ahora, mientras nosotros estamos en los postres, él está lamiendo su tradicional tazón de leche. Cuando acabamos de cenar, me voy un momento al lavabo y oigo desde donde estoy, cómo Sandra lamenta, que todavía no la hayan llamado de ningún sitio para trabajar y esto que ha enviado varios currículos.

―La situación está muy difícil —la consuela Jaime.

―Sí, pero no me voy a quedar de brazos cruzados, mientras nos llegan las facturas, que no vamos a poder pagar.

―Tenemos mi sueldo, Sandra. Podemos ir tirando de momento, y seguro que te sale algo mientras tanto.

―Sí, tenemos tu sueldo, pero está bastante recortado, ¿no crees? Cuando compramos el piso, lo hicimos conforme al sueldo que entonces cobrábamos y ahora tenemos un montón de pagos, y muy pocos ingresos.

―¿Y qué quieres hacer?

―He pensado en irme al extranjero. No sé. La situación allí puede que esté algo mejor.

―¿Irte? ¿Tú sola? ¿Sin mí?

―Sería algo temporal.

―¿Ha sido Elisa que te ha llenado la cabeza de estupideces?

Al oír mi nombre pronunciado de esta manera tan despectiva, se me eriza la piel. Me quedo paralizada dentro del lavabo y pienso. La idea de que Sandra se pueda ir y me quede sola, sin ninguna ayuda, me da pánico. ¿Por qué ella no me ha dicho nada de esto antes? «Claro, cómo me lo va a decir si eres una alcohólica, Elisa», me digo. «Una enferma que casi no se tiende en pie». Y una serie de pensamientos negativos se enredan en mi mente y empiezo a sentir palpitaciones. La luz del lavabo se está apagando por momentos. Es mi vista, que aunque tenga los abiertos, solo veo negro. Un grito sale de mi garganta. Oigo pasos. Alguien se acerca.

―¿Elisa? ¿Estás bien? ¿Elisa?

Sandra llama a la puerta.

No puedo contestar. Noto cómo Sandra me sacude.

―Jaime, deprisa. Elisa se ha desmayado.

Y poco a poco, mis oídos dejan de oír y todo se convierte en denso silencio.

® Helena Sauras

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Cenamos los tres: Sandra, Jaime y yo sin mucho apetito. Hemos preparado la cena sin entusiasmo con cuatro cosas, que había en la nevera. Cuatro lonchas de jamón y pan con tomate. Jaime engulle deprisa, Sandra está bastante callada, y yo dejo que la comida me crezca en el plato. Al final, cuando nos disponemos a recoger y llevar los platos a la cocina, acabo tirando lo que me ha sobrado, que es bastante, a Ghato, porque lo quiero compensar después de lo que ha sufrido por mi culpa. A Ghato nunca le ha costado tragar, y esta vez, no hace una excepción. No tiene este nudo que tengo yo, tan apretado, que no me deja ni respirar. Un nudo de recuerdos que me anuda mi existencia.

Cuando la cocina ya está limpia, vemos la televisión en el sofá, pero yo solo tengo ganas de irme a dormir. No sé si podré, pero necesito desconectar de mi mundo hundido. Me despido de los dos, y entro en lo que será mi cuarto a partir de ahora. El sofá cama que hay en el estudio es donde dormiré en los próximos días.

Recorro con mis dedos los pocos libros que hay en los estantes por si hay alguno de mi interés, y sin darme cuenta, estoy observando la fotografía que hay arriba del todo: soy yo, cinco años más joven, con un ramo de novia entre mis dedos, sonriendo amplia a la cámara. La boda de Sandra, donde ella me tiró su ramo y las ilusiones brotaron aquel día de primavera, en donde mi felicidad parecía no tener fin.

Mirándome de cerca, no me reconozco. No es la chica que cada día se ve reflejada en el espejo del baño. La chica que llora porque algo amargo y ácido le sube por la garganta. La chica que tiene sed de olvidar. La chica que se apaga como una colilla. La chica sucia y desaliñada, que ya no se cuida, porque no se ama. No. Esta no soy yo: ERA YO.

Y la sombra del pasado pone una fina sal en mis heridas para reabrirlas de nuevo. Me siento en la cama con la foto, que me la pondré debajo de la almohada para ver si se me pega algo de la vitalidad de esa Elisa, que está a años luz de mí.

La ansiedad es como la rodaja de un limón de un vaso de tequila, porque es con la última sensación que te quedas después de haberte quemado por dentro. Sensación ácida, que te desintegra la lengua y los dientes, que te calla tu voz y donde palpitan tus pensamientos de golpe, sin oxigeno. Tapada con la colcha fucsia de Sandra y, esto que hace bastante calor, me vuelven a entrar ganas de beber. Me remuevo nerviosa entre la sábana, pero no, hoy no lo voy a hacer. Mañana tampoco, me digo. Necesito volver a la terapia.

Esta noche, sin el alcohol de fondo, he soñado de nuevo con Nacho y, ahora, mientras abro los ojos lo recuerdo todo, porque las imágenes que he vivido me resultan transparentes. Hacíamos el traslado en lo que sería nuestro piso. Subíamos las cajas de cartón repletas de nuestras cosas en el ascensor y llenábamos nuestro hogar de cacharros personales. Los muebles ya estaban, habíamos alquilado el piso que olía a pintura, pues estaba recién pintado. Era bastante nuevo y muy acogedor. Yo misma fui la que lo elegí, porque tenía una terraza amplia con vistas a la montaña, que me irían bien, para poder pintar cuadros de acuarelas para poder exponer en un futuro en una galería.

Había acabado la carrera de bellas artes y encontré trabajo de profesora de dibujo en un instituto. Mi sueldo, sumado con el de Nacho, nos permitiría vivir sin preocupaciones y pagar aquel alquiler, que podía ser más caro, que el de otros pisos que habíamos visto, pero yo me encapriché. Le dimos un buen estreno al piso, lo he revivido en el sueño, haciendo el amor en el sofá, dejando que él me acariciara los pechos menudos con la punta de su lengua, deslizándose por mis pezones, que sobresalían como puntas de alfiler. Mi piel se volvía más rojiza, como si hubiera tomado el sol, de la fricción con su cuerpo lleno de energía. He sentido un gran orgasmo en el sueño, que ya creía olvidados, y al terminar, todavía habían partículas de placer en el ambiente. Las he podido respirar extasiada, pero los ojos de Nacho han ido deformándose, hasta convertirse en frialdad, y sus palabras, de lo nuestro no puede ser, me han herido mis oídos.

Luz ha aparecido de golpe y porrazo en el sofá, y su purpurina, intensa y multicolor me ha cegado. “Podemos hacer un trío”, me dice sonriendo y a mí, sólo me dan ganas de gritar, y arañarle la piel, porque mis uñas se han convertido en las de Ghato. Me abalanzo sobre ella para herirla con mis armas gatunas. Mi índice roza su blanca piel y se lo clavo con fuerza. Nacho reacciona y me inmoviliza, puedo sentir sus muñecas alrededor de las mías, como dos esposas, y me dice si estoy loca. La sangre brota de la herida de Luz. Una fina línea, que le he marcado en su escote, mucho más voluminoso que el mío. “Jódete, guarra”, pienso, pero no se lo digo, aunque Nacho creo que se ha dado cuenta de mis pensamientos, pues me conoce lo bastante bien, para leerlos a través de mi mirada. Al final, él me suelta, coge la mano de Luz y se van del piso por la puerta. Mientras se están yendo, Luz mueve las caderas, gira la cabeza y me dedica una sonrisa triunfal, que me entierra entre los almohadones de mi sofá.

Abro los ojos, estoy sudando, una gruesa capa de agua, que me chorra por la espalda, y por el cuello. Me levanto. Mi foto sigue debajo de mi almohada. Se ha arrugado un poco y la saco de allí. La vuelvo a poner en su sitio de puntitas, en el estante de arriba.

Sandra entra en el cuarto con su camisón negro:

―¿Cómo has dormido? ―me pregunta.

―Bien ―miento.

―Jaime ya se ha ido a trabajar. Ven, vamos a desayunar.

Mis manos tiemblan, mientras remuevo el tazón de leche. Sandra me las coge y mis síntomas de abstinencia se detienen por unos momentos.

―Sandra, hoy es martes, hay terapia de grupo, pero no sé si ir ―dudo―. Llevo tantos meses sin ir…

―Lo sé. Les llamé ayer, te esperan, no te preocupes por nada. Te llevaré en mi coche y te esperaré hasta que acabes.

Sandra siempre me ha dado facilidades para seguir hacia adelante, cuando yo sólo veo grandes y empinadas montañas por escalar, ella ve la sencillez, la simpleza del día a día. Me acabo el desayuno, cereales de chocolate que me endulzan y me calman la ansiedad.

Después de comer, subo al coche de Sandra y cruzamos la ciudad. El edificio donde se hace la terapia es bastante antiguo y con restos de pintura verde pastel. «Le hace falta unas buenas capas de pintura», pienso, y entro por la puerta de cristal. Sandra me esperará fuera con su libro electrónico que ha traído para distraerse.

Entro en la sala, y saludo a Toni, Jesús, María y Luís con la cabeza. Rebeca está en un rincón con la mirada gacha, totalmente apagada. Le voy a decir algo, pero Toni se me acerca por detrás y me susurra:

―No le digas nada. Acaba de perder la custodia de sus hijos.

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La oscuridad es un pozo sin fondo por donde buceo en busca de nada ni de nadie. Absorta y perdida, estoy completamente sumergida en ella. Recuerdos opacos, y muy negros, que se apagan en mi mente. Vacía, perdiéndome en las sombras. Inconsciencia. No sé cuántos tragos han faltado para entrar en este paraíso tan lejano, pero ya no hay marcha atrás.

No estoy en mi sofá. Sueño que me transportan no sé hacia dónde, pero me dejo ir. Viajo. Sonidos dispares. Aullidos intermitentes. Otra vez me arrastran. Me tumban. No soy yo. Soy una lavadora que está centrifugando. Vibrando. Siento un dolor en mi estómago intenso. Pinchazos repetidos. La oscuridad de nuevo, mi acompañante, acoplándose en mí. Y ya no pienso más. Me abandono a ella: ¡BIENVENIDA OSCURIDAD!

El cielo de pronto se volvió blanco. Tengo los ojos abiertos y veo un techo inmaculado. No sé dónde narices estoy, pero no me puedo mover. Oigo a Sandra que dice: está reaccionando, y me aprieta la mano izquierda. Noto el tacto de su mano tan caliente, que me quema. Sandra me mira. Me sonríe. Y sus ojos empiezan a brillar. No, más lágrimas, no, por mi culpa no. Pero ya le han empezado a salir y no puedo evitar de verlas, una a una van cayendo sobre mí. Me empapo por la sal de sus heridas y quiero decirle que pare, que estoy bien, pero mi lengua no me responde.

―Elisa… ¡Menos mal que has vuelto!

Y me besa, un beso húmedo en mi cara, que sabe a lágrimas, con lo que yo las odio. No, no puedo permitir que Sandra sufra. ¿Sabe ella que he vuelto a ver a Nacho y por esto estoy así? Lo sabe, seguro… Vuelvo a cerrar los ojos y huelo este olor tan peculiar que tanto odio: el desinfectante de hospital. ¿Es aquí donde he acabado? Sí, vuelvo a abrir los ojos, y veo que en mi mano derecha llevo una vía unida a un gotero.

―Elisa… pronto saldremos de aquí ―me dice―. Vendrás a mi casa. Sola no puedes estar.

Y ahora sí, es cuando puedo pronunciar por fin un sí.

La soledad es como el aguardiente, te quema y te atrapa con pocos sorbos que le des. Soledad de eses, de mareos durante noche y día, una vez empecé a beber, no pude parar. Había olvidado que yo, con el alcohol, no tengo control, nunca sé decir basta.

Recuerdo los últimos días como una nube, entre bajadas al supermercado para adquirir diferentes botellas que coleccionaba una vez vacías. Me bebí todas las marcas que compartía con Nacho, y con cada trago, le hacía más presente en su ausencia. Ahora estas marcas seguro que las bebería con Luz, me decía y al fin entraba en un sueño profundo para a la mañana siguiente volver con lo mismo. Había entrado en un bucle sin retorno, una espiral, que me engullía, hasta que al fin debió aparecer Sandra. Tenía las llaves de mi casa desde hacía meses. Se las di en un momento de consciencia, porque lo consideré oportuno que ella las tuviera. En aquellos meses tenía miedo de mi misma, y lo hice para estar vigilada, pero cuando me recuperé, no se las volví a pedir, y ella nunca me las devolvió.

―Has estado en coma, Elisa. Pensaba que esta vez te perdía.

Y otra vez se me acerca. Besos salados en mis mejillas pálidas como el techo del hospital.

Después de pasar un largo tiempo en observación, me dan el alta,y salgo de allí. Me acomodo en el coche de Sandra, un Golf negro y brillante. Vamos a mi piso un momento a buscar a Ghato, y a recoger cuatro cosas que llevaré al piso de Sandra.

Ghato está tan diferente. Su pelo ya no brilla tanto como antes, y está algo demacrado, mucho más delgado. Sandra me lo debe notar en mis ojos, porque se apresura a decir.

―Esto no es nada comparado como cuando lo encontré. Estaba tan mal pobrecito, llevaba días sin comer. Ahora ha engordado un poquito.

Me entra una gran pena, al ver como Ghato ya me está lamiendo otra vez los dedos de los pies, que sobresalen de mis sandalias. No me merezco sus caricias. Sin querer, lo abandoné. Pero… ¿cómo podía cuidar de mi mascota si era incapaz de cuidarme a mí misma? Lo acaricio y el tacto con su pelo me tranquiliza, pero no me resta la culpabilidad que siento en ese momento.

El piso está bastante cambiado. Sandra se ha encargado de recogerlo. Ni en toda una vida le podré pagar todo lo que está haciendo por mí.

―Gracias ―le digo de la manera más sincera que puedo.

―Tú harías lo mismo por mí. Eres como una hermana, y lo sabes.

Mientras Sandra carga la maleta, que ya me ha preparado, yo cojo a Ghato en mi regazo, que pesa muy poquito, y me despido de mi piso. De vuelta al coche, cruzamos distintos barrios de la ciudad, hasta que al fin, veo la fachada anaranjada del edifico de Sandra. Subimos en el ascensor hasta el ático y Sandra abre la puerta. El piso está muy silencioso.

―¿Y Jaime? ―le pregunto.

―Todavía está trabajando ―me dice ella mientras deja la maleta en lo que a partir de ahora será mi cuarto.

―¿Y tú? ―la interrogo―. ¿No deberías estar también trabajando?

―Elisa, me he quedado en el paro hace un par de semanas. Te llamé al móvil, pero no me lo cogiste.

Las cervezas frías y mi malestar con la vida impidieron responder esta llamada tan importante para Sandra. Mi amiga necesitaba desfogarse y yo le fallé como lo hice conmigo misma. Me siento mal y siento como lágrimas inevitables me están subiendo por los ojos, un escalofrío me sacude y se me escapan tiritando.

―Lo siento tanto, Sandra ―le digo al fin.

―Pensaba que me dirías, bienvenida al club de los parados ―me dice ella sonriendo y restando dramatismo a la situación.

―Son tiempos difíciles, pero los superaremos, ¿verdad?

―Claro, Elisa.

Pero sus ojos negros rozan la preocupación disimulada por la mueca de su sonrisa y siento cómo Sandra también necesita de mi ayuda. Abrazo su menudo cuerpo, nuestras mejillas de mar se juntan y compartimos nuestro tacto fino y húmedo.

―Menudo par que estamos hechas, Sandra, llorando como dos tontas.

® Helena Sauras

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Me despierto porque Ghato me está lamiendo los dedos de los pies con su lengua áspera. Es la única caricia que recibo durante meses y le estoy agradecida. Siento que mi cabeza me va a estallar en un momento u otro. Tengo la boca muy pastosa y lamento el momento en que empecé a beber.

Recuerdo la voz de Nacho, tan lejana, diciéndome que lo nuestro no podía ser. El por qué, que nunca me lo dijo, me anudó el corazón y así se quedó, quieto y parado durante días, semanas y meses. Ahora vuelvo a sentir esta sensación y sé en mi interior, que posiblemente Luz tiene algo que ver en nuestra historia. Todo parecía ir bien y, sin ninguna discusión por medio, de pronto, me deja de un día para otro. No tuve tiempo de asimilarlo y entré en estado de shock.

Los planes que teníamos de boda se hundieron junto con mi vaso de Martini blanco. Me lo dijo tan frío, tan distante, que sus palabras de hielo me bloquearon. No pude reaccionar y él se fue, hizo las maletas y desapareció de mi vida. Me sentí estúpida, engañada y un odio creció en mi interior por haberme quitado mis ilusiones.

Entonces empecé a beber a marchas forzadas. Antes lo hacía sólo por diversión. Era una bebedora compulsiva de fin de semana, donde Nacho me acompañaba la mayoría de las veces. Ahora bebía por necesidad, porque sabía que el alcohol aniquilaba mis pensamientos destructivos, sin ser consciente que, con él, la que me destruía era yo. Tardé en darme cuenta de ello, y al final, Sandra, una de mis amigas, después de encontrarme inconsciente en mi sofá, me brindó su amistad más que verdadera.

Al principio me resistí, pero después de largas charlas donde ella me hizo reflexionar, acabé por pedir ayuda. No fue tarea fácil, pero acabé por salir del pozo, hondo y oscuro, donde había permanecido larga y tendida durante varias estaciones, que iban pasando rápidamente, sin llegar a distinguirlas. Recuerdo que en primavera, el grupo de psicólogos que me trataban me derivaron a una terapia de grupo, porque pensaron que ya estaba preparada.

El primer día, lo pasé bastante mal porque esto de hablar en público, frente a personas desconocidas, me ponía muy nerviosa. «No tienes que hacer nada, que tú no quieras», me dijeron. Y me sentí aliviada, más capacitada para contar mi historia, que empecé con estas palabras:

―Hola. Me llamo Elisa y bebo frecuentemente desde hace siete años. Primero lo probé para experimentar algo nuevo, para divertirme y poderme evadir los fines de semana de los estudios. Pero poco a poco, el alcohol fue entrando en mi vida sin darme cuenta, llegué a ser incapaz de poder divertirme sin su compañía, que esperaba con ansiedad.

«De aquella época sólo recuerdo el botellón, las botellas que compraba a medias junto con mis amigas para poder disfrutar de la noche joven, que siempre pasaba de una manera veloz. La madrugada nos atrapaba y la salida del alba nos indicaba, que la diversión había terminado. Entre risas, nos despedíamos hasta la noche siguiente. Entre semana era una estudiante ejemplar y sacaba buenas notas, y mis esfuerzos me costaban, pero era en el fin de semana cuando me desmadraba y hacía cosas que luego me arrepentía, porque era incapaz de recordarlas. Una espesa niebla cubría las imágenes de mis recuerdos opacos, pero al principio no le di demasiada importancia. Pensé que era lo normal para mi edad, porque el resto se divertía de la misma manera que yo, y de esta forma, me integraba en el grupo.

«Tímida por naturaleza, el alcohol me daba una confianza que nunca antes había tenido. Me era más fácil relacionarme con mis amigos y también me ayudaba a ligar, por qué no.

Me sonrojo y noto mis orejas calientes, pues he pensado en Nacho, porque fue en aquella época, cuando le conocí. Una noche de copas me lo presentaron en un bar. Era el amigo del hermano mayor de una compañera de instituto. Entablamos conversación y, a la mañana siguiente, tenía su número de móvil guardado en mi agenda. Carraspeo, bebo un poco de agua y continúo con mi historia:

―Ligué con un chico y empezamos una relación formal. Continuaba saliendo con mis amigas, pero me fui distanciando poco a poco de ellas. Mi novio también bebía como yo, para divertirse. Los dos nos lo pasamos muy bien en aquella época de estudiantes. Cuando acabamos la carrera y, después de encontrar trabajo, nos pusimos a vivir juntos. Pero al cabo de un tiempo, él me dejó. Aquí fue cuando mi problema con la bebida se agravó, pues ya no bebía para divertirme, sino que lo hacía para olvidarme del presente. Bebía cada día y sola, en mi piso, sin ninguna necesidad de relacionarme con nadie.

Se me quiebra la voz y mis compañeros de terapia me aplauden, y me dicen que ha sido un buen inicio. Me siento en la silla y la terapia da paso a otros casos que escucho con atención.

***

Ghato maúlla para pedirme el desayuno, y yo que estoy absorta en mis recuerdos, no le hago caso. Además no puedo moverme de mi sofá, porque me duele todo el cuerpo. Mi sofá se ha convertido en mi espacio vital desde que volví a ver a Nacho.

El pesimismo es como un vino negro oscuro y denso, una vez lo pruebas te cuesta apurar hasta la última gota.

Recuerdo las caras de mis compañeros de grupo: Jesús, María, Toni, Luís, Rebeca. Tan distintos entre sí, pero con una misma historia que compartir: la adicción por una droga muy común: el alcohol.

La que más me impacto fue la vida de Toni. Su mujer falleció en un accidente de coche y él era el que conducía. Un conductor borracho los arrolló sin más, y Toni bebía en el presente, porque se sentía culpable de no haber podido esquivar al otro coche. Decía que alcohol le aminoraba la culpabilidad que sentía, pues él, justo antes de tener el accidente, estaba pensando en cómo separarse de su novia, pues habían tenido una discusión, que ahora decía que no tenía importancia.

De pronto y, mientras pienso en Toni, me entra el deseo de beber cerveza para quitarme la resaca que llevo. Bajo un momento a los chinos de la esquina y compro cuatro latas. Éstas me las bebo pausadamente. Están fresquitas y entran muy bien.

Ghato finalmente se queda sin desayunar y me observa con sus ojos grandes, verdes oscuros e hipnóticos. Sabe que mis malos días han vuelto a empezar.

Suena mi móvil. Veo en la pantalla que es Sandra y, no sé si cogerlo, pues ella es adivina en esto de las recaídas. Si contesto, creo que me lo notará en la voz, si no lo hago, puede que se preocupe y acabe viniendo.

Al final, decido dejar que el móvil suene hasta que se canse. Cruzo los dedos para que Sandra no vuelva a entrar en mi vida. No quiero ver a nadie, sólo quiero disfrutar de las dos latas que me quedan con tranquilidad, sin sermones por parte de mi amiga.

Ahora no, no puedo, no los necesito. Nacho está con Luz, y yo estoy palpando la oscuridad de nuevo.

® Helena Sauras

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Mis pasos cansados me han llevado al bar de la inocencia perdida. En la barra, clavado en el bar, está Nacho bebiendo un whisky con hielo acompañado por una joven. Le he visto y me ha mirado, pero no creo en Dios. Su carita de niño agitanada, tostada por el sol del Mediterráneo, descubría sus dientes blancos en esa sonrisa inicial, que me ha dedicado, despegando sus labios morados a causa del hielo.

Supongo que se habrá dado cuenta que su cara contrastaba con la mía; pálida, cansada, con grandes pinceladas amoratadas debajo de mis espejos del alma. Me ha dado dos besos en sendas mejillas y me he sentido espiada por esta mujer que controla cada uno de mis movimientos. Ella reposa en un taburete rojo, con un vaso medio vacío de licor, con la cara perfectamente maquillada, no sea el caso que se le vea en algún lugar recóndito de su piel su palidez característica. Con los ojos rociados con abundante pintura, las cejas perfectamente depiladas, y un lunar en la parte superior de su ojo izquierdo, me observa, intentando disimular.

Nacho rompe estas miradas presentándome con delicadeza. Se llama Luz y yo por lo bajo murmuro: «De mi vida». Nacho me oye y me ríe la ocurrencia, que ella no entiende, por no haberlo escuchado a su debido tiempo. Acto seguido, le suena su móvil, y se aleja de nosotros, cosa que agradezco no sé por qué. Ahora, por fin, solos los dos, mis dudas se aceleran en este momento. ¿Qué busco en la inmensidad de este bar? ¿A dónde me llevaran mis próximos pasos?

Nacho irrumpe mis pensamientos pidiéndome un Martini blanco, pero yo le miro fijamente, y le digo que ya no bebo, que lo he dejado.

―Y tú tampoco deberías beber, si luego has de coger el coche ―añado.

Nacho, sorprendido, hace una mueca y sé que no soporta que le dé lecciones. Si no llegara a ser yo, me diría que de madre ya tiene una y más que suficiente.

Luz vuelve a aparecer con su vestido brillante que deslumbra de tanta purpurina que lleva, ha aprovechado el respiro para pintarse los labios de nuevo en el tocador. Sé que sobro. Lo noto en sus ojos aniñados y acaramelados, que están deseando encontrarse para dar paso a la danza de los cuerpos. Apuro mi agua con gas. Les devuelvo los cuatro besos a Nacho y a su sirenita de compañía y, me fundo en las calles de mi ciudad.

En la calle, se derrama un mar de lágrimas al fundirse mi máscara porque ya no es Carnaval, porque alguien ha dado el cambiazo definitivo a este examen puramente femenino. He dejado de ser su cielito lindo, ha cambiado mi lunar que tenía, y conservo en el ombligo, por un ojo izquierdo. Y siento ganas de desaparecer, hundida en lo más hondo, voy directa a casa, donde me tumbo en mi sofá. Enciendo la televisión pero no ponen ningún programa de interés que logre distraerme de mis pensamientos.

Al verlo de nuevo, he conseguido que volvieran a renacer mis recuerdos, que creía ya perdidos, y ahora me martirizan como martillos golpeándome en las sienes. Un dolor de cabeza me invade y me siento morir. Pensaba que lo tenía superado, que el tiempo había evaporado la sal de las heridas, pero me necesito recomponer ya que en un solo instante todo se ha derrumbado de nuevo.

Inspiro, espiro, inspiro, espiro… y, respirando, me doy cuenta de que el aire me entra en los pulmones y me siento como un árbol observador y estático. Observo el comedor desordenado. Una pila de ropa arrugada todavía está por planchar. La mesita está llena de mandos, platos sucios y libros. La comida de Ghato está esparcida por el suelo y, me he olvidado de servirle su tazón de leche. Me agobia todo tanto, que me da por recogerlo, para no pensar.

Mientras Nacho, en algún lugar cercano de la ciudad, seguirá con su vida y yo seguiré con la mía: monótona a más no poder, sin ningún aliciente, vacía en definitiva. Y es este vacío, el que más me pesa, el que no cicatriza, el que me escuece en el alma. Ghato reclama mi atención ronroneado y le doy su leche, que la tiene más que merecida, por aguantar mis malos días. Se oyen truenos a lo lejos, que van acercándose y, de pronto, la oscuridad me invade pues se han fundido los plomos. Me quedo a oscuras sentada en mi sofá y, poco a poco, se me van cerrando los ojos.

A la mañana siguiente, me duele la espalda por haberme quedado dormida en mala posición. Mi sofá ha tomado la forma de mi cuerpo marchito y, me doy cuenta de que Nacho no merece ni por un minuto más de mis pensamientos. Cojo un pincel y plasmo lo que siento entre colores y manchas, que van adquiriendo formas difusas. Bienvenida inspiración que creía ya olvidada. Mis dedos ágiles se deslizan por el lienzo y me siento vivir. Ghato se acurruca entre mis pies y noto su pelo cálido y gris cosquilleando mis tobillos. La luz que entra por mi ventana no es la de mi vida, pero sobreviviré en los días que vendrán. El optimismo es un buen licor que se bebe deprisa, lo difícil es mantenerlo en el tiempo.

Pienso en alejarme de mi ciudad y empezar nuevos proyectos que siempre he tenido en mente. En los próximos días, navegaré por Internet en busca de empleo, y en busca de casas de alquiler. Cuando tenga una oportunidad, no la voy a dejar escapar como hasta ahora, la cogeré como clavo ardiendo. Necesito emigrar para volver a empezar, el piso me recuerda a Nacho por todos los momentos allí vividos y creo que en él me es imposible seguir. El cuadro ya está casi terminado. Sólo le faltan los últimos retoques, que dejo para después de almorzar. Lo observo con atención y, me doy cuenta de que, he abusado del color rojo, como la sangre que navega entre mis venas, como el taburete en el que reposaba Luz, como la camiseta que llevaba Nacho el día que me dejó. Y me entra un ardiente deseo de romper el cuadro. Lo hago, y al terminar, me siento más tranquila. He liberado mi ira y mi frustración.

Pongo a asar en una paella un bistec de ternera con poco aceite. Al comerlo, siento que está más duro que la suela de un zapato y me acabo comiendo sólo la sosa ensalada. En los postres, es cuando me entra el deseo de volver a beber, lo pienso detenidamente y sé, que si lo hago, tendré que volver a empezar con la terapia. Nacho ni ningún tío merecen que lo haga, pero aun así, bajo al supermercado para comprar una botella de Martini. Sólo esta vez, me digo, pero sé que es una promesa que no tardaré en romper, igual que el cuadro que he acabado por bajar a la basura. En mi sofá, me dispongo a beberme el Martini lentamente, y saboreando, su sabor que ya tenía olvidado. Luego, las mismas ansias que siento, me hacen acabarme la botella rápidamente. Poco a poco, mi mente se vuelve más lenta, pocos reflejos le quedan para volver a dormirme y aniquilar la imagen de Nacho con Luz por un tiempo.

® Helena Sauras

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