Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Les he dicho a Sandra y a Jaime, que no me esperen, que esta noche salgo. Me he puesto el vestido negro con unos leggins y un collar de bisutería a juego con los pendientes. Me pongo las lentillas, que recientemente me he comprado, y me maquillo a conciencia. Parece mentira, que con todos estos simples cambios, que estoy haciendo en mi imagen, me sienta tan bien.

Me miro en el espejo, y compruebo los resultados: vuelvo a ser yo. La Elisa de antes, la de la foto de la boda de Sandra, que transmitía felicidad con tan sólo mirarla. Hemos quedado delante del edificio de terapia. No sé a qué restaurante vamos, pero nos llevarán en el coche de Toni.

Sandra, después de admirarme, me presta un bolso pequeño, porque no tengo ninguno, que me combine con la nueva ropa. Cuando llego, ya están todos esperándome. Me subo al coche de Ana con Rebe y Luis, y cruzamos la ciudad; en el otro coche van los demás. Mi corazón se acelera cuando Ana aparca delante del bar en donde vi a Nacho por última vez.

El bar en dónde nos conocimos, en donde me dio el primer beso, en donde perdí mi inocencia en los lavabos aquella noche loca tan presente en mis recuerdos. El restaurante está justo enfrente, bajo del coche y miro a través del cristal por si Nacho está por casualidad. Me da tanto miedo volverlo a ver… Pero no, el bar está casi vacío. Sólo están las camareras, y alguna que otra persona apoyada en la barra.

Entramos en el restaurante, que huele a sidra, y nos sentamos en una mesa, que tenemos reservada de madera fuerte. Me siento al lado de Toni y de María, y empezamos a charlar sobre si queremos carne o pescado, observando la carta que nos muestra un gran repertorio de manjares que degustar.

―Me comería una dorada a la sal ―digo.

―Pues yo un entrecot a la pimenta ―dice Toni.

―Yo no sé por lo qué decidirme ―duda María a la que, cuando se trata de comida, le gusta de todo.

María está bastante rellenita, hoy se ha puesto una camiseta ajustada, que le resalta los michelines. Sus fracasos con las dietas son constantes, que siempre lamenta cuando hacemos terapia. «Hay gente afortunada que puede comer lo que quiera y nunca engorda, en cambio yo, me engordo con un simple vaso de agua», dice.

―Yo también quiero dorada ―anuncia Rebe―. ¡Hace tanto tiempo que no como una!

―Ya lo tengo decidido. Me voy a comer un churrasco ―puntualiza María, y sus ojos brillan con sólo pensarlo.

―Buena idea ―dice Jesús―. Yo también quiero uno.

Ana y Luis se deciden por una merluza a la donostiarra. El camarero anota los segundos platos, que hemos elegido, porque de primero todo será compartido, platos para picar que escogemos entre todos.

―¿Y para beber, señores?

―Saca dos botellas de agua grandes ―dice Toni.

El camarero pone cara rara, pero no comenta nada. Se lleva las copas y los vasos de sidra vacíos y desaparece hacia la cocina.

―Vaya ocurrencia ―le dice Luis a Toni―. Justamente ir a una sidrería.

―Es que es uno de los mejores sitios de la ciudad, en cuanto a comida se refiere ―se defiende Toni―. Cuando saquen la comida, ya lo comprobaréis por vosotros mismos.

Y Toni no se equivoca, la comida está deliciosa, ha sido una buena decisión venir aquí, a pesar de que puedo observar, cómo escancian la sidra en las mesas de alrededor, cómo la gente bebe sin parar, cómo charlan acaloradamente. Siento inseguridad, que se filtra en mis movimientos dudosos. No sé de qué hablar, ni qué decir.

Me quedo callada, escuchando a mis compañeros, y pienso en Nacho, en lo qué estará haciendo a estas horas, si está en algún lugar cercano a mí, si todavía está con Luz, si en algún momento del día me recuerda, si ha llegado a arrepentirse de su decisión de dejarme. Y entre mis pensamientos, que me llenan de melancolía, quito con los cubiertos la sal gruesa que cubre la dorada, y creo que mis heridas también estarán en algún lugar de mi interior recubiertas de sal, que me escuece y me duele, pero que, a pesar de todo, cicatrizan porque se desinfectan entre el mar de las lágrimas que he vertido durante los últimos meses.

―¿Estás bien, Elisa? ―me pregunta Ana.

Contesto con un movimiento de cabeza afirmativo, perdida entre recuerdos, me estoy perdiendo la mitad de la cena. Hago un esfuerzo para apartarlos de mí, y me fijo en el resto de compañeros.

En María, por ejemplo, que ha devorado el churrasco y sólo le falta chuparse los dedos que supongo que no hará por educación. En Toni, que sonríe, como si fuera el anfitrión de la fiesta, es de las pocas veces que lo he visto con la mirada tan alegre y admiro las luces de sus pupilas. Hoy está muy hablador y, sólo es interrumpido de vez en cuando, por los chistes de Jesús, que resuenan por todo el local. Luis también está bastante callado, y me pregunto, si le pasará algo o también siente la misma inseguridad que yo. De vez en cuando intercambiamos miradas de silencio, porque está enfrente de mí y yo sutilmente agacho la mirada.

Me cuesta que otro chico, que no sea Nacho, me mire. No estoy acostumbrada al juego de espejos, que pueden llegar a deslumbrarme, si no voy con cuidado.

Pedimos los postres, una tarta de manzana de la casa que me endulza el paladar, y la saboreo lentamente, la manzana está en el punto óptimo, sinceramente riquísima.

―¿Un chupito? ―dice el camarero mientras recoge los platos.

Todos lo negamos, pero él insiste:

―Venga, invita la casa.

Al final, el muy pesado, acaba sacando una botella de licor de manzana y los sirve, pero nadie de los seis lo tocamos. Pagamos y salimos a la calle.

―¿Dónde queréis ir ahora? ―pregunta Ana.

―¿Os apetece un billar o un futbolín? ―propone Jesús.

―Sí —responden María y Rebe.

―Aquí, en el bar de enfrente, creo que hay uno ―dice Luis.

Cruzamos la calle, yo no puedo con mi alma, porque veo como Nacho sale del bar en este preciso momento a fumarse un pitillo con Luz, que lleva un vestidito bastante corto, que le resalta sus piernas. Me paro en seco, pero él ya me ha visto, y me saludo con la cabeza. Un saludo, que hace que su pelo se mueva suavemente acompañándole el gesto. No quiero acercarme. Me he clavado en el asfalto negro y brillante. María que también los ha visto también se frena y pega un codazo a Luís para decirle:

―Yo en este bar no entro, con mi hermana aquí sí que no.

Mis ojos se agrandan al oírlo, porque ¿es Luz la hermana que ha hecho siempre sombra a María? Miro a María, que tampoco se mueve del sitio, observando fijamente a Luz desde la distancia, y veo en sus ojos un odio que se enciende como el fuego…

portada3

Continuará…

Me despierto, porque me he olvidado cerrar la ventana y una corriente de aire, que amenaza tormenta, me sacude. Ghato se ha colado en mi habitación y está durmiendo debajo de mi cama. Un trueno suena cerca de nosotros y le despierta. Miro el reloj, son todavía las siete de la mañana, pero no tengo ganas de dormir. Me voy a preparar un café bien cargado, porque hoy me espera un duro día. Es martes, dos de octubre, el cielo está nublado y no deja entrever el sol. Acabo encendiendo todas las luces, porque no veo nada a mi alrededor. Jaime no tarda en levantarse y agradece que el café ya esté preparado. Se lo bebe deprisa y se marcha a trabajar.

Sandra todavía duerme, e intento no hacer ruido para no despertarla. Ayer se quedó trabajando hasta tarde, porque tenía que entregar unos bocetos. Irremediablemente los truenos, que cada vez son más intensos, la acaban despertando. Me dice unos buenos días bostezando y, me pregunta cómo he dormido después de lo que le expliqué ayer.

―He descansado bastante ―le respondo y esta vez no miento―. Si me he despertado pronto, es por el frío que se colaba por la habitación. Olvidé cerrar la ventana.

Sandra sonríe, porque sabe que soy muy despistada. La lluvia, que cae con fuerza, me interrumpe.

―Hoy te llevo a trabajar en el coche y así no hace falta que cojas el bus ―me dice―. Y ponte bien guapa.

Sandra nunca me ha reñido por mi físico descuidado, y su observación me sorprende, aunque no me lo tomo mal, porque sé que tiene razón.

―¿Cuánto hace que no vas a la peluquería?

No le respondo, porque ni yo misma lo sé. Me voy al lavabo y me miro delante del espejo. Mi pelo encrespado, largo y completamente abandonado. Mis labios resecos, mis ojeras marcadas, mis gafas que esconden la vida de mis ojos, mis orejas sin pendientes, mi palidez característica que resalta los puntos negros de mi nariz… La verdad es que el reflejo de lo que soy en la actualidad, que me devuelve el espejo, no me gusta para nada. Sandra, que me ha seguido hasta el lavabo, me dice:

―Necesitas un cambio de imagen, porque tú vales mucho. No sabes sacarte partido.

Y decido ir a la peluquería esta tarde, después de ir a trabajar, y antes de ir a terapia. Necesito renovarme por dentro y por fuera, como una planta que necesita más tierra para poder continuar creciendo y evolucionando. Desde que Nacho me dejó, me he quedado anclada como barca sin marinero y a la deriva, ya es hora que continúe con mi vida. El duelo, que he sentido durante estos meses, merece llegar a su final.

Sandra aparca el coche frente a la academia, abro el paraguas y entro. Luz ha llegado antes que yo, y ya está desnudándose frente a mí. Pensamientos masoquistas me atormentan, ya que intento ver si tiene alguna débil marca de Nacho sobre su piel, alguna huella que le haga dejado fruto de su pasión, pero no, y enseguida desvío la mirada hacia mis alumnos, que por ellos estoy aquí, y Luz no deja de ser una decoración más del aula. Un objeto al que pintar.

Les digo a mis alumnos, que se den prisa, porque la última media hora la dedicaremos a la pintura abstracta como extra del temario. Las figuras orgánicas y el abstracto, el tema que se me acaba de ocurrir para dejar que Luz se marche un poco antes. Luz se vuelve a vestir sin protestar. Un vestido a rayas verticales, que le realzan la figura y la hacen parecer más alta, y abandona la escena, caminando con sus zapatos de tacón, que hacen ruido sobre las baldosas. Entonces yo, empiezo a hablar y a exponer mi teoría sobre el cuerpo humano y lo abstracto, para que mis alumnos no se den cuenta de mi maniobra. Ellos me escuchan atentos y al final me hacen preguntas, que no tardo en responder y les avanzo que mañana será el último día que verán a Luz para colorearla. Respiro aliviada, porque posiblemente no la vuelva a ver.

Si quiero ir a la peluquería no tendré tiempo de pasarme a casa para comer, por eso decido comerme un bocadillo de jamón york en un bar. Me pido una cocacola light para beber y siento cómo sus burbujas me estallan dentro de la boca. En la mesa de al lado, observo como cuatro chicos se están bebiendo unas cervezas, una tras otra, con su espuma y su frescor y me entran deseos de acompañarlos, pero mi conciencia frena el impulso que he sentido.

Pago en la barra lo que he consumido y entro en la peluquería. Solo pido que quiero un cambio de imagen, y lo dejo en las manos de la peluquera que, después de analizar mis rasgos y el tipo de mi pelo, se decide por sanar mi cabellera. Me corta el pelo a la altura de la nuca, y me lo peina con un aire desenfadado y moderno. Me miro y me gusto por primera vez en mucho tiempo, después me depila las cejas, más perfiladas y más estrechas; me hace una manicura francesa, y por último, me maquilla como obsequio de la casa. Cualquiera diría que tengo una cita, si sólo voy a terapia, pero lo que hecho con mi aspecto también lo considero un tratamiento intensivo.

El quererse empieza por uno mismo, si no te valoras tú, nadie lo hará por ti. Cuando salgo de la peluquería, todavía me sobra bastante tiempo para ir de compras. Hace un montón que no renuevo mi vestuario. Con el cambio de temporada, aprovecho para comprarme una falda color teja, unas camisetas estampadas de vivos colores y un vestido negro. La falda nueva y una de las camisetas me las llevo puestas, después de que la dependienta corte la etiqueta. Ando por la calle con el paraguas cerrado en mi mano, el cielo ya hace rato que se ha despejado, y en la otra llevo las bolsas de las compras que he hecho.

―¡Wow! ―dice Luis al verme―. Estás estupenda.

Hace tanto tiempo que no oigo un cumplido, que me sonrojo; me quito las gafas, porque dentro de la habitación, donde hacemos la terapia, no las necesito. Mi miopía también necesitará unas lentillas para dejar apreciar mis ojos verdes. Próximamente iré a una óptica para que me las hagan.

Luis se me come con la mirada, y yo me siento al lado de Rebe, que aunque triste, parece que está algo mejor. Toni y María no tardan en entrar, los dos charlando animados sobre una serie de televisión, que no he tenido oportunidad de ver, por eso no puedo entrar en la conversación. La psicóloga, Ana, se disculpa por no haber estado ayer, la llamaron de la extra escolar que hacía su hijo, para decirle que se había caído. Nada importante. Un esguince en un tobillo, pero tuvieron que esperar largo rato en la sala de espera en el centro de salud.

―Ya me han dicho que dos de vosotros, os pasasteis por aquí ―dice mirándonos a Toni y a mí indistintamente.

―Sí ―dice Toni―. Sólo quería comentarte que podríamos hacer una cena. Hace mucho tiempo que no salgo. Evito ir a los restaurantes para no caer en la tentación de beber.

―Yo también ―le interrumpe Jesús―. Los camareros te miran con cara rara, cuando les dices que retiren las copas de vino, y que sólo vas a beber agua.

―¿Y esos menús en los que te incluyen la botella de vino quieras o no? Que acabas pagando por ella, aunque no te la bebas… ―apunta María.

―La sociedad acepta como algo normal el beber con moderación, claro está, cuando te pasas, entonces te rechazan. ¡Son unos hipócritas! Está muy inculcado en nuestra cultura, pero esto de la moderación es muy relativo. Uno, dos, ¿tres vasos de vino? Al cuarto, ya te miran mal ―dice Jesús mientras se toca su barriga cervecera.

―Sí ―digo yo―. En las cenas, si vas con amigos o con quién sea, te ofrecen beber. Venga, te invito a una cervecita. Y si les dices que no, encima te insisten. Venga, vamos, sólo una. Por una no pasa nada. ¿A qué no te ofrecerían con la misma naturalidad una raya de coca sobre la barra del mismo bar? ―digo yo notando, que me estoy alterando un poco.

Rebe ríe, la primera carcajada, que le oigo en bastante tiempo.

―A mí me parece bien lo de la cena ―dice al final.

Ana también lo encuentra una buena idea, porque dice que será una experiencia totalmente nueva para nosotros, y decidimos salir este mismo viernes. Toni se encargará de reservar mesa en un restaurante de la ciudad. Poder divertirme, sin el alcohol de fondo, me crea un poco de nervios, porque no sé si podré, estoy tan acostumbrada a él, a la evasión que me produce, que esto de poder disfrutar de una noche sin él, me resulta extraño. Pero lo quiero probar, una prueba más para que me confirme que no lo necesito.

portada3

Continuará… Haz clic aquí para leer el siguiente capítulo.

El mundo se ha convertido en un pañuelo, que me aprieta alrededor del cuello. Mis alumnos se pensarán que soy tonta, o muda, pues no he pronunciado palabra desde que Luz ha entrado en el aula. No puedo dejar de observarla porque, aunque intento desviar mi mirada, mis ojos acaban fijándose en ella inevitablemente.

Está mucho más morena, que él último y único día en que la vi. El sol o los rayos UVA, vete a saber, se han encargado de tostarla a conciencia. Me imagino que irá a alguna playa nudista, pues no se le notan las líneas anti estéticas del bikini. Un cuerpo dorado, sin celulitis, moldeado a fuerza de horas de gimnasio; unos pechos grandes y firmes, que sobresalen y que seguramente no cabrían dentro de una copa de vino; con el pubis perfectamente recortado y, su vello, una delgada línea dorada brasileña. En resumen, un cuerpo que debe volver loco a Nacho, sin remedio.

Luz respira lentamente. Quieta. Posando profesionalmente como una estatua griega, y yo pienso, que por qué los alumnos no pintan un bodegón, y tienen que entretenerse con su cuerpo. Pero claro, no puedo rechistar, porque la asignatura que imparto va sobre el cuerpo humano, y no puedo cambiar el temario.

Me paseo por la clase, mirando los lienzos de mis alumnos y veo tantas captaciones de Luz, que me mareo como si estuviera haciendo girar un caleidoscopio y ella, altiva, se multiplicara ante mis ojos. Miro el reloj, y veo, que todavía queda media hora para terminar. Los minutos cerca de Luz pasan muy lentos, y sólo tengo ganas de que todo acabe. Me imagino a Nacho recorriéndole su cuerpo desnudo con la lengua, y me entra rabia, que me sube como la espuma de la cerveza, y me entran ganas de aporrear la mesa con mis nudillos, que ya están libres del anillo de compromiso, que él me regaló, cuando las cosas parecían ir viento en popa. Cuando Nacho sólo tenía ojos para mí, cuando Luz no existía en nuestras vidas, cuando yo era feliz viviendo la vida, y tejiendo un futuro en común.

Un futuro que se consumió, sin más, como toda la bebida que me llegué a beber, deslizándose por mi garganta y quemándome por dentro. Al final el timbre suena indicando el final de la clase. Luz se viste de prisa. Un vestido de color de oro como su denso cabello, que le cae por los hombros. Agita la cabeza, se peina el pelo con los dedos, me dice adiós y un hasta mañana, con su voz melosa y desaparece por la puerta.

Termino de ayudar a mis alumnos a recoger las pinturas, un deseo ardiente de sostener una bebida fría entre mis dedos aparece en mi mente. Es tan difícil apartarlo que decido coger el autobús para ir a la terapia. Hoy no es martes y no hay reunión, pero la psicóloga seguro que está. Necesito de su ayuda, que este jodido deseo desaparezca, que se evapore con la misma fuerza que me ha venido.

Bajo del bus, y ando unos metros hasta el edificio verde pastel. Subo por las escaleras hasta el segundo piso y allí me encuentro con Toni, que está hablando con la administrativa.

―No, Ana hoy no está, le ha salido un imprevisto ―oigo que le dice.

La piel se me pone de gallina al oírlo y el firme deseo, que sigue ahí, está cogiéndome de los pies y dirigiéndolos hacia el bar más cercano. Me doy media vuelta para irme pero la voz fuerte de Toni me llama:

―¡Elisa! ¿Has venido a ver a Ana? No está, pero si quieres, podemos ir a tomar un café, aquí en la esquina.

Sé que no debo entrar en un bar, pues si entro estoy perdida, y Toni me lo debe notar en mi mirada, pues cambia de idea.

―O si lo prefieres, podemos ir a mi casa. Vivo aquí cerca.

―Vale, Toni, mejor en tu casa.

Me acomodo en el sofá de Toni y él prepara un par de cafés expresos. Vive en una casa adosada bastante grande, con tres pisos que no ha tardado en enseñarme. La casa está muy bien ordenada, limpia y decorada con buen gusto.

―Mi mujer y yo la compramos pensando en tener hijos ―me dice con sus ojos brillantes―. Pero en un breve instante, todo cambió. He pensado en venderla, e irme a algún apartamento más pequeño, pero no es un buen momento. No quiero mal venderla.

Me fijo en su mirada castaña, castigada por el sufrimiento de los últimos meses. Debajo de sus ojos, tiene unas pequeñas bolsas tintadas del color de la berenjena, porque Toni, hace tiempo que no duerme bien. Lo sé, porque lo ha dicho repetidas veces en la terapia, y no quiere tomar pastillas, pues ya tiene bastante con estar enganchado a la bebida.

―Toni, esta tarde me has salvado de hacer un mal pensamiento ―le digo―. Si no llega a ser por ti, ahora estaría bebiendo en cualquier bar. He tenido un mal día.

Y se lo explico, porque hay confianza, y en terapia hemos trazado unos fuertes vínculos en dónde nos comprendemos. Él me escucha con atención, sentado a mi lado y sorbiendo poco a poco el café.

―Elisa, has tenido mala suerte, pero tienes que sacar algo positivo de todo esto. Tienes trabajo, aunque tengas que verte con Luz. Ya sé que es doloroso pero no te machaques, ¿me entiendes? Hace unos días estabas mal, porque pensabas que nunca volverías a trabajar. Y mírate ahora, si das lo mejor de ti, puede que cuando se acabe la suplencia, te ofrezcan alguna otra cosa.

―Sí, tienes razón, pero vaya primer día que he tenido, ¿no? La última persona que quería ver, y la he tenido que aguantar durante toda la clase. Y mañana volveré a verla, hasta que los alumnos terminen los cuadros.

―Pues que se den prisa. ―Y me sonríe y me guiña el ojo izquierdo―. Elisa, esta chica, Luz, es una modelo temporal. Tú eres la que diriges la clase. Cuando acaben el cuadro, vendrá otra pintura con otro modelo. Esta vez, te recomiendo que lo elijas masculino, y de esta manera, te alegras la vista tú.

Toni me hace reír con su ocurrencia, porque bien pensado, no está nada mal la idea. Es más, me agrada. Luz como mucho, estará esta semana. Luego cambiaremos de modelo. El rato que he pasado con Toni, me ha pasado muy deprisa. Ya es hora de cenar, y me despido de él hasta mañana, que tenemos sesión de terapia. A su lado, el deseo de beber se ha disipado un poquito, y me voy hacia mi casa mucho más tranquila, y relajada.

Sandra, absorta en su ordenador, no se ha dado cuenta, que llego más tarde que de costumbre. Esto es buena señal, porque no la he preocupado. Me saluda moviendo la cabeza y sigue diseñando el boceto de una página web.

De la cena me encargo yo, no quiero molestarla ahora que está creando, seguro que cuando me pregunte cómo me ha ido el día, Luz volverá a aparecer en mi memoria irremediablemente. Pero mientras tanto, remuevo la vichyssoise y la rectifico de sal. Ella está aparcada en un rincón de mi pensamiento. Jaime pone la mesa en el comedor, porque ha empezado a refrescar, septiembre se empieza a despedir y, el otoño, poco a poco empieza a despuntar días más frescos, inestables y sombríos.

Continuará…Haz clic aquí para leer el siguiente capítulo

portada3

 

El silencio, que sin palabras me cubre, poco a poco va desapareciendo para transportarme a la realidad. Estoy sobre la colcha fucsia con Jaime y Sandra observándome, cruzándose miradas de preocupación. No quiero ser un estorbo para ellos. Me siento una mierda. He entrado inesperadamente en su vida conyugal, y quiero irme de puntillas, sin que me oigan, desaparecer de sus vidas, porque me he convertido en el número tres, que indica multitud y estoy desequilibrando su balanza matrimonial. Pero es imposible huir mientras te están observando. Mi mirada rehúye la de sus ojos, la tengo perdida, ausente, pero estoy atenta a lo que pasa a mi alrededor. Sandra me habla:

―Elisa, ¿cómo estás?

―Aquí, bien ―contesto con un hilo de voz.

Jaime, que a lo mejor también se ha dado cuenta que los tres somos multitud, añade:

―Os dejo a solas.

Y se va, supongo que al comedor. De nuevo me encuentro con los ojos de mi amiga, frente a mí, y ahora es cuando tengo más confianza para decirle:

―Sandra, te agradezco todo lo que estás haciendo por mí, pero será mejor que vuelva a mi piso.

―No, Elisa, eso no lo digas.

―Pero, ¿no te vas a ir al extranjero? Antes he oído cómo se lo decías a Jaime.

―Por el momento no me voy a ir. Puedes estar tranquila, aunque no lo descarto.

Me mira fijamente, mientras lo dice y veo que los ojos de Sandra se han vuelto más oscuros y parece que haya envejecido algunos años. Veo en sus palabras, y en esa mirada, que me transmite ante todo sinceridad. El futuro en estos momentos es tan incierto, que me da temblor y mi respiración se agita.

―Elisa, no tengas miedo —me calma Sandra.

―Sandra, he estado pensando que si dejo mi piso, con el dinero que estoy pagando de alquiler, os puedo ayudar. Tengo algo ahorrado, no es mucho, pero más vale eso que nada. Os pagaré como inquilina de esta habitación y no hará falta que te vayas lejos de aquí, lejos de Jaime, lejos de mí…

No sé todavía cómo he podido pronunciar todas estas palabras, ni cómo se me han podido ocurrir todas de golpe, pero la desesperación y la necesidad han hecho que brotaran de mis labios. Sandra me escucha sorprendida, pero no me da una negativa como respuesta.

―Ya veremos —me dice.

Y una fina esperanza tiñe su iris de unos tonos más claros y, sus pupilas se dilatan para indicarme que Sandra no encuentra del todo descabellada mi idea.

―Venga, Sandra. ―La animo para que me diga que sí―. En el piso ya sabes que no puedo volver, porque es como si todo él me recordara a Nacho.

―Por mí puedes quedarte aquí el tiempo que quieras…

―Pero yo quiero pagaros ―la interrumpo―. Si no me dejas, ¡me iré!

Sandra acaba cediendo. Mi amenaza ha surtido efecto. Mañana hablaré con el casero y dejaré mi piso con todos los recuerdos allí presentes. «Los enterraré en él para que no me vuelvan», pienso firmemente, «borrón y cuenta nueva». Creo que dejar mi piso definitivamente me será saludable. Empezar de nuevo en otro entorno, pero acompañada. El peso, que me presionaba y me hacía respirar más deprisa, poco a poco deja de estar aquí. Estoy algo más tranquila, esta noche voy a dormirme enseguida. Cierro los ojos. Sandra me da un beso de buenas noches, y se va también a dormir. Antes apaga la luz, me acurruco en posición fetal en la cama, y dejo que mi respiración, que se hace más lenta, me transporte al reposo pausado, en donde no hay cabida para las pesadillas.

Jaime también acepta la idea que he tenido y se ofrece para ayudarme en el traslado. No tengo muchas cosas, y lo que no quepa en mi dormitorio, lo pondremos temporalmente en el trastero del aparcamiento. El caballete, las pinturas, algunos lienzos pintados a medias, que tengo que continuar, acaban arrinconados allí, pero no por mucho tiempo pues, cuando me surja la inspiración, tengo permiso para usar su terraza. La terraza de Sandra y Jaime, también es muy grande y casi nunca la usan, solo para tender la ropa que se seca rápidamente con el sol. Les digo que por qué no poner una mesa y unas sillas para poder cenar en verano, estaremos más frescos y no hará falta encender el aire acondicionado. De esta manera, es como empezamos a cenar allí y las conversaciones nocturnas se alargan, porque se está muy a gusto.

Por las mañanas Sandra y yo vamos a buscar empleo, visitamos empresas para llevar los currículos en mano, navegamos por Internet en busca de ofertas. En definitiva, hacemos todo lo posible y lo que se encuentra en nuestras manos, para conseguirlo. Pero la suerte parece ser que no está de nuestra parte.

―Me voy a hacer freelance ―dice una noche Sandra, que ya se ha cansado de no recibir llamadas, a pesar de sus esfuerzos.

Es una buena idea, no tarda en diseñar su página web para ofrecer sus servicios de webmaster y soluciones informáticas. Yo por mi parte, ya no sé a qué institutos, escuelas y academias ir, pues ya me los he recorrido todos. Pero al fin, un día recibo una llamada para cubrir una baja por maternidad. Será unos pocos meses, pero me permitirán respirar y volver a mi profesión que he dejado aparcada.

Estoy bastante animada y acudo a la escuela de arte. Los alumnos me saludan, tengo que continuar con las labores de la anterior profesora. Están pintando un retrato de una modelo al natural. Observo las líneas que han empezado a marcar en los lienzos con aprobación, llaman a la puerta, digo “adelante” y entra la modelo.

Sus curvas, su escote, su lunar me dejan sin palabras. La modelo, ligera de ropa, se la va quitando poco a poco, y deja a la luz su cuerpo impactante. Más bien, a quién le impacta es a mí. Los alumnos siguen con las líneas, que tenían de otros días como si nada, pero yo tengo el corazón palpitando a mil por hora. La modelo parpadea y deja caer sus pestañas a modo de saludo.

―Hola, Elisa ―dice al fin, despegando los labios―. ¡Qué bueno que nos encontremos de nuevo!

Y el tiempo se estanca, así, al natural. La sorpresa estalla como el corcho de una botella de champán, sonoramente contra mis heridas y siento en mi nariz como las burbujas estallan una a una. Me recompongo como puedo, aclaro mi voz y digo:

―Hola Luz…

portada3

® Helena Sauras

Continuará… Haz clic aquí para leer el siguiente capítulo…