Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

 

Un nuevo modelo bien proporcionado se desnuda frente a mí. Siguiendo los consejos de Toni, esta vez lo he podido elegir yo, y no he tardado en escogerlo masculino de entre un montón de currículos, que había en el despacho de la academia. Me he decido por este, porque lo acompaña de varias fotos, no únicamente con una de carné sino que se muestra, sin ningún pudor a la cámara, que capta desde varias perspectivas, su atlético e impresionante cuerpo.

Lo hemos llamado y no ha tardado en venir, con unos tejanos ajustados y una camisa blanca con el primer botón desabrochado. Es bastante moreno de piel, pero su torso, que no tarda en enseñarme, no muestra ningún vello, sino que está perfectamente depilado. Las alumnas de la clase no tardan en admirarlo entre risitas, que fluyen de entre sus dientes, cuando el modelo se quita los pantalones y, ante mi mirada severa, se ponen a trabajar sin hacer ningún comentario más.

Roberto tiene tan sólo veinte años, pero se siente seguro de su cuerpo o eso aparenta. Es bastante alto, más de metro noventa, y todo está en perfecta proporción. Tiene unas manos grandes, con los dedos bastante delgados y mi imaginación, mientras ando por la clase, no para de volar ya que pienso, que sería una experiencia totalmente gratificante el poder perderme entre su anatomía. No me he equivocado. Toni tenía razón, ya que trabajas al menos alégrate la vista siempre que puedas.

Suficiente he tenido con corregir los retratos de Luz y valorarlos, y creo que no he sido demasiado objetiva con las notas, que les he puesto a mis alumnos. Ahora, si hacen un buen trabajo, les voy a compensar. Creo que ya me han puesto algún mote, porque algo me ha parecido oír cuando he entrado en la clase, y mis alumnos han callado de golpe al verme.

Mientras admiro el cuerpo de Roberto, les hablo de las proporciones, y de la manera que tienen que reproducirlas en el cuadro, todo es cuestión de técnica y les doy algunos consejos para que así sea. Hoy la mañana me pasa rápida, y como un plato combinado en el bar de la esquina de la academia, porque los lunes también trabajo por la tarde. Una clase teórica sobre la luminosidad, que no tardo en dar por finalizada. Son las seis de la tarde cuando salgo de la academia, cojo el autobús y enciendo mi móvil en el corto trayecto. Veo que Luis me ha enviado un mensaje que no tardo en leer: «Todavía sigo pensando en ti. Hasta mañana.» Y mi corazón se endulza con sus palabras, si soy sincera mientras he trabajado no he pensado mucho en él pero ahora, que ya no tengo nada más que hacer, recuerdo todo lo pasado este fin de semana, y todas las buenas sensaciones que me ha causado. Tengo ganas de volverlo a ver, y sé que mañana, a esas horas, lo tendré frente a mí, con la brisa de su sonrisa que marca sus hoyuelos en su cara, agujeros que me gustaría recorrer con la punta de los dedos.

Entro en el piso de Sandra. Ghato se está lavando con su lengua áspera y da un brinco al oír abrirse la puerta. Le he asustado. No tarda en ronronear, y le abro una lata de sardinas, porque debe tener hambre. Me ve, cuando se la pongo delante no tarda en devorarla y cuando acaba, maúlla con más fuerza cómo dándome las gracias. Saludo a Sandra, que está trabajando, y entro en mi cuarto para no molestarla. Ha llegado el momento de enviarle un mensaje a Luis desde mi móvil y así lo hago: «Yo también. Me has inspirado para volver a pintar. Besos.»

Contemplo mi cuadro ya seco que me transporta a la tórrida cama de Luis, y pienso en colgarlo si Sandra y Jaime no tienen inconveniente en la cabecera de la mía.

Martes, vuelvo a estar en la academia con Roberto que sigue posando para la clase. Llaman a la puerta y es la directora, que me dice si puedo pasarme un momento por su despacho, cuando termine. Evidentemente le digo que sí, pero me pregunto qué narices querrá, si ha habido quejas sobre mí, y un repertorio de negativas, que me ponen nerviosa. Hoy, después de esto, casi no me fijo en el modelo, Roberto sólo es un mueble estático del que ya no disfruto. Cuando suena el timbre, recojo mis cosas, ayudo a los alumnos a limpiar lo que han ensuciado, y me voy directa al despacho con la boca bastante seca. Llamo a la puerta con mis nudillos y la abro. La directora, una mujer bastante mayor, con arrugas en la cara, me sonríe, y se marcan más sus surcos profundos. Me dice que me siente, y así lo hago, inconscientemente, cruzo las piernas, porque estoy tensa, y mi espalda se ha vuelto bastante rígida.

―Elisa, primero de todo quiero felicitarte por tu trabajo, estamos muy contentos de ti, y de tu labor que todos apreciamos.

Al oírlo me relajo, descruzo las piernas, la miro con cara de alivio y continúo escuchándola con atención.

―Como ya sabes, Mario es bastante mayor y se acaba de pedir la jubilación anticipada por motivos de salud. Hemos pensado que puedes cubrir su puesto, si te parece bien. Tendrías que salir al aire libre con tus alumnos para pintar la naturaleza. Estarías seis meses de prueba, y quién sabe, puede que al final te hagamos fija.

Estoy a punto de dar un salto, pero me controlo. Me parece estupendo, se acabaron los modelos, los paisajes siempre me han atraído mucho más que los retratos. Noto como la vida me está sonriendo en el terreno laboral, y siento un colosal gozo en el cuerpo. Le doy gracias a la directora y le digo que sí, sin pensármelo dos veces.

―Una última cosa, como vas a empezar a mitad de curso el temario ya está definido. Échale un vistazo esta noche ―me dice alargándome un archivador―. Mañana empiezas ya, tienes que llevar a tus alumnos a pintar una marina.

Me parece correcto, la playa está cerca de la academia, y hace mucho tiempo que no la piso. La última vez que fui, lo hice con Nacho e, irremediablemente, me vuelvo a acordar de él, de su bañador, y de su toalla. Aparto mis pensamientos de mi mente cómo puedo y le digo.

―Esta noche me lo estudio, gracias, señora Fernández.

De los nervios, casi no puedo ni comer. Mi amiga Sandra me ha felicitado y estoy radiante, cobraré más, porque las horas estarán mejor pagadas. Y esto de ser fija en un futuro, me produce una gran satisfacción. Cuando acabo de limpiar la cocina, me arreglo a consciencia, y me voy directa a la terapia.

Llego antes por si Luis ya está, y podemos hablar un poquito a solas antes de que lleguen todos. Pero todavía no ha llegado. La que sí está, es María que se me acerca, y me saluda. Empezamos a charlar y le doy la noticia de mi ascenso. María sonríe por primera vez desde que la he visto, y veo que está algo rara, más distante, diferente.

―¿Qué te pasa, María? ―le pregunto.

―Nada que Víctor, mi ex, ayer apareció en mi vida y me dijo que quería volver conmigo.

―¿Y tú que le dijiste?

―Naturalmente que no. Que se lo hubiera pensado antes de utilizar su polla con Luz.

―¿Y se fue?

―Bueno, se quedó un rato insistiendo. Pero al final, se largó.

―¿Y tú cómo estás?

María se encoge de hombros.

―Bien ―dice al final―. Segundas partes nunca fueron buenas.

Ya no le pregunto más, porque acaban de llegar los demás.

Luis se me acerca y me dice un hola cariñoso, acariciándome un mechón rebelde de mi pelo. Se disculpa por haber llegado tarde, pero me cuenta que ha tenido un problema técnico de última hora con uno de sus clientes más importantes. Entramos todos y nos sentamos en círculo. Ana dirige como siempre la terapia. Hoy nos entrega unas fotocopias y nos pide que las leamos en silencio. Leo para mis adentros el grande título, que acompaña el artículo: «Alcoholismo y genética.» ¿Estamos más predispuestos los tolerantes al alcohol a caer en el alcoholismo por culpa de un gen? Acabo de leer el artículo, miro a mi alrededor y veo que la cara de Luis es todo un poema. El primero en hablar es Jesús:

—¿Esto significa que mis hijos tienen más posibilidades en caer en el mismo error que yo? —pregunta alarmado.

Todos empezamos a hablar a la vez y Ana acaba poniendo orden. Luis sigue callado, con la mirada baja y las mejillas encendidas. Le susurro al oído, qué le pasa, pero no me responde. Al final, cuando cada uno ya ha expuesto su punto de vista personal siguiendo los consejos del orden que ha puesto Ana, le toca el turno a Luis, que se aclara la voz, y dice muy serio:

―Este artículo me ha hecho pensar en mi padre.

Continuará…

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A través de los espejos del cuarto de Luis, me abandono a un sinfín de sensaciones imparables, que recorren mi piel y me hacen estremecer. La ropa ha caído poco a poco sobre la cálida moqueta azul celeste, y ambos, completamente desnudos, yacemos sobre la cama que es bastante grande. Me gusta explorar su cuerpo con mis manos, mi boca y mi lengua y él hace lo mismo conmigo.

Luis recorre mi cuerpo con sus labios carnosos, y se detiene en mi lunar que tengo de nacimiento en el ombligo, me mira con ojos llenos de deseo y se desliza para abajo. Mientras disfruto de sus caricias ardientes, puedo verme en el espejo, que ocupa prácticamente toda la pared. Es realmente excitante comprobar cómo tu cara pasa del anhelo al deseo, del deseo a la excitación, y de la excitación al placer intenso, que me abarca largamente, y se ha instalado en mi sexo cálido para quedarse. Al cabo de un largo rato, se coloca un preservativo y los dos danzamos sobre la cama, acoplándonos y disfrutando del momento. Él está sobre mí, el espejo me devuelve la óptica de su culo tibio que acaricio con mis manos, agarrándome a él, mientras siento oleadas como volcanes en erupción en mi interior. Cambiamos, me abalanzo sobré él y, sé que ahora, quién tendrá la imagen de mi culo, será Luis. Me acaricia los pechos, y me sorbe los pezones duros, que están creciendo dentro de su boca.

Gemidos más agudos y jadeos más graves invaden el ambiente, vapores calientes, que salen de nuestra boca, que desgarran el aire más frío de la habitación. Una corriente eléctrica nos sacude el cuerpo y entre finas convulsiones nos abandonamos, siento como una aureola de fuego me cubre entera que poco a poco va volviéndose transparente hasta que al fin desaparece. Estoy exhausta por todo lo que sentido con Luis, y mi alma, que se ha visto reflejada en el espejo durante todo el encuentro, se queda en este cuarto por un largo tiempo más. Es tarde ya, me acurruco entre sus brazos, y me duermo.

Me despierto desorientada y no sé dónde estoy. Estoy sola, y poco a poco, voy recordando a Luis y sus labios sobre mí. Domingo, las diez de las mañana señala mi reloj. Me levanto, enciendo la luz, recojo mi ropa, que todavía está en el suelo, y descalza, busco mis zapatos hasta que al fin los encuentro. Salgo del cuarto de Luis, el piso está totalmente silencioso y me voy directa al baño en donde hay un poco de vapor, el aire huele a él, a su fragancia masculina fresca y penetrable y mi nariz agradece este aroma. Miro el gel que usa, una botella gris, que está mojada con gotitas de agua, y me imagino la espuma recorriendo su piel. La destapo, la huelo y me pongo un poquito entre mis dedos. Su textura es densa y color azul mar, después de tenerla un rato entre mis manos, me las enjuago debajo del grifo. Observo la espuma de afeitar, las cuchillas, el peine, el cepillo, y la pasta de dientes y por último unos frascos de perfume. No sé cuál de todos llevaba ayer y me decido a olerlos todos hasta que por fin, un spray de metal cilíndrico y plateado, me transporta de nuevo al recuerdo cálido de la cama. Sonrío delante de la luna del baño, y me lavo la cara para después secarme con una toalla. Segundos después, oigo cómo se abre la puerta de la entrada, salgo del baño y me encuentro los ojos de Luis que me lanzan una sonrisa al verme.

―¿Ya te has despertado? He ido a la panadería a comprar el desayuno ―me dice mientras deja una bolsa de papel sobre la cocina—. ¿Quieres café, leche, quizás un té?

―Un café, gracias ―le digo.

Enciende la cafetera, que tarda poco en calentarse, y prepara dos cafés con dos cápsulas. Vamos hacia el comedor, yo con los cafés y él con la bolsa de papel, que no tarda en abrir. Unos cruasanes, ensaimadas, y magdalenas de chocolate es lo que hay en su interior. La verdad es que tengo bastante hambre y, mientras pego sorbos lentos al café, mordisqueo una magdalena, que tiene pepitas de chocolate por fuera, y una fina crema en su interior.

―Están buenísimas.

―Son mis favoritas ―dice Luis mientras se seca la boca con una servilleta de papel.

Lejos de conocernos demasiado, comparto con él la opinión de que esas son las mejores magdalenas, que he probado. «Ya tenemos algo en común», pienso. Quiero hablar más con él, desmenuzarlo con mi mirada de ojos alegres, pero él se me adelanta.

―¿Te lo pasaste bien ayer? ―pregunta.

―¿Tú qué crees? ―respondo y dejo entrever el brillo de mi iris.

Sonríe, una sonrisa amplia y en sus ojos aparece un destello, que me enciende. Pero sé que después de desayunar, me tengo que ir, Sandra estará preocupada, porque no le he dicho nada más. Miro mi móvil que está en silencio, y veo que tengo dos llamadas perdidas de ella. Me acabo el café y le digo:

―Luís, ahora sí que me tengo que ir. Gracias por todo.

Me levanto de la silla, él pone cara de decepción y su cara se ensombrece.

―¿Nos vemos el martes, pues? ―le digo.

―Sí, ¡qué remedio!

Y me besa, un beso fresco en dónde percibo el aroma de su pelo suave, que acaricio con mis dedos. Por último, me coge firmemente la barbilla para que lo mire directamente a los ojos para decirme:

―Pensaré contigo mientras tanto.

Y yo… ¡Y yo! Pero no se lo digo, abro la puerta, me voy con pasos contentos y mientras ando, siento que vuelo. Ando rápidamente las tres manzanas, que nos separan, para meterme en el edifico anaranjado de Sandra. Subo hasta el ático con el ascensor, abro la puerta con mis llaves y entro. Ghato me mire con sus ojos hipnóticos y se alegra de verme.

―¡Elisa! Pensaba que te había pasado algo ―me dice una Sandra preocupada.

―No, ya me ves, estoy perfectamente, puedes comprobarlo por ti misma.

―Podrías haberme dicho que no vendrías a dormir ―me riñe―. Pensaba que… ¡oh, madre mía! No sabes la de imágenes, que me han venido a la mente esta noche.

―¿Creías que había vuelto a beber, no? Tranquila, no lo he hecho, esta noche no he tenido tiempo de pensar en el alcohol.

Y me doy cuenta que, por vez primera, no lo he necesitado, y me siento muy satisfecha, pero entiendo a mi amiga y sus miedos. He sido tan inestable en los últimos tiempos, que tiene sus motivos para desconfiar de mí.

―Voy a llamar a Jaime, había salido a buscarte, a ver si te veía perdida por algún bar. Yo me he quedado en casa por si volvías.

Y coge su teléfono y marca el número de Jaime rápidamente. Me siento mal conmigo misma, por haberles ocasionado tantos quebraderos de cabeza.

―Perdóname, Sandra ―le digo mientras me siento a su lado―. He pasado toda la noche con Luís. Ha sido maravilloso.

―Ya veo —dice mi amiga y la veo de nuevo sonreír—. Quiero los detalles.

Le hago un resumen emocionada de mi velada, y ella me escucha atentamente, y puedo ver como respira de alivio.

―¿Sabes qué? He vuelto a sentir ganas de pintar, Sandra. Y todavía no me han desaparecido. Esta tarde voy a dedicarla a la pintura.

―Esto es estupendo, Elisa.

Después de comer, preparo las pinturas, el caballete, y un lienzo nuevo. Lo preparo en mi cuarto, porque ha empezado a llover y no se puede estar en la terraza, pero no quiero, que la inspiración, que llevo dentro, se detenga. La tengo que materializar de alguna forma. Miro los diferentes colores de mi paleta y elijo diferentes tonalidades de azul, que voy mezclando para alcanzar diferentes sensaciones cromáticas. Creo unas olas de mar que enmarcan los tejanos azules de Luis, su camiseta azul eléctrico, la moqueta azul celeste, la colcha azul turquesa… No me importa abusar de este color que me produce tranquilidad y me ha sanado mis heridas, que lentamente se han ido cerrando.

Luis es el azul juvenil y enigmático que me acoge, en el centro dibujo unas sombras grises que simbolizan mi cueva oscura y profunda, donde Luis ha entrado esta noche, haciéndome sentir tan completa, que no he necesitado nada más que a él. Observo cómo me ha quedado el cuadro y me gusta lo que he transmitido. No me queda más remedio que titularlo como «Sensaciones mágicas de una cueva».

Continuará…

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A las cinco de la tarde, puntual como un reloj, Luis llama a la puerta. Me saluda y me da dos besos en las mejillas, que rebosan de felicidad. No sé por qué, pero vuelvo a sentir el palpitar de las ilusiones alcanzables, que puedo tocar si estiro un poquito la punta de los dedos. Digo adiós a Sandra, y sé que en esta mirada que me dedica, me está diciendo que vaya con cuidado.

Me siento feliz, pero a la vez algo insegura, hace tanto tiempo que no tengo una cita que no sé cómo comportarme, y al fin decido ser yo misma, sin disfraces que enmascaren mi personalidad.

La terraza se encuentra en medio de un parque. Los ocres y los marrones han empezado a cubrirlo de hojas caídas de unos grandes árboles. La luz del sol se filtra a través de ellos, que ahora están casi desnudos, y nos sentamos en dos sillas de mimbre, que son bastante cómodas. Pedimos dos cafés. El de Luís solo, y el mío con un poquito de leche condensada. La camarera no tarda en traerlos, ambos humeantes y me espero, mientras remuevo el mío a que se enfríe un poco. Mientras miro a Luís a los ojos, pienso en lo poquito que sé de él, y lo mucho que me gustaría saber. Es cinco años más joven que yo, pero la vida lo ha hecho madurar de golpe. Su madre, la única persona que tenía en su vida, enfermó gravemente y la tuvo que cuidar durante largo tiempo hasta que al final acabó muriéndose en la cama de un hospital. Al verse solo y completamente desorientado encontró en el alcohol una salvación ficticia. Pero al final, decidió por él mismo poner punto y final a su problema.

―Estás muy callada, Elisa —me dice.

Y reconozco que tiene razón, ya que apenas he pronunciado palabras, desde que nos hemos visto. Pero le respondo:

―Tú también.

―Es que admiro tus silencios y me concentro en tu respirar.

No puedo evitar sonreír. Este chico está loco de atar, pero me está gustando. Le doy un sorbo al café y su sabor dulce y amargo me llena.

―Luís, hace tanto tiempo que no disfrutaba de un buen café en buena compañía.

Y él empieza a mirar a ambos lados, a su alrededor, y me dice:

―Pues yo no veo a nadie, no sé quién es la buena compañía.

―Tú ―le digo directamente.

Puedo apreciar cómo sus mejillas se sonrojan débilmente, una tonalidad rojiza, que va ganando color en pocos segundos.

―¿Nos lo pasamos bien anoche, no? ―carraspea Luís y cambia de tema.

―Sí, ¡claro que sí! ―miento a medias.

Ayer, me doy cuenta, que sólo disfruté durante el descanso del futbolín, cuando él me dio aquel beso inesperado, todo lo que pasó antes de que él apareciera con su sonrisa, lo caracterizaría como doloroso y accidental.

―¿Podríamos repetir otro día, no? ¡La casa de Toni es una pasada! Y eso, que no te habrá enseñado, todos los vídeo juegos que tiene. ¡Molan mazo! De vez en cuando quedo con él y hacemos campeonatos. ¿Te animarías a venir?

―Si Toni no tiene inconveniente…

―¡Qué va a tener Toni! Si él sólo quiere estar acompañado, cómo más seamos, mejor. Así no se siente tan solo, como yo ―añade.

―Y yo.

Porque me doy cuenta de lo peligrosa que es la soledad, cuando no se quiere estar solo, si Sandra no hubiera aparecido en aquel preciso instante, posiblemente no lo hubiera contado. Y sé que gracias a ella, y a su marido, ahora puedo estar enfrente de Luís, porque ellos me rescataron de mi desierto de carencias.

―¿Tú también te sientes sola? ―me pregunta.

―Bueno, ya no. Ahora no. Pero sé lo que es eso, y no es agradable la verdad.

―¡Qué va a ser agradable, si es lo peor que le puede pasar a uno! Menos mal que con la compañía, la buena, se soluciona. Porque sino más vale estar solo, que mal acompañado, ¿no dice así el dicho?

―Sabias palabras ―observo.

Nos hemos terminado ya el café, han pasado más de dos horas, las farolas ya hace rato que se han encendido y empieza a refrescar.

―¿Quieres venir a mi piso? ―me propone Luís―. Podemos ver una película, si te apetece

Nos levantamos de las sillas, y vamos andando al piso de Luís, porque cae bastante cerca. Vive a tan sólo tres manzanas del piso de Sandra. El piso es minúsculo y bastante minimalista en los muebles que lo componen, poco me dicen de sus gustos personales, si no fuera por un ordenador muy llamativo que tiene en el salón y muchos cedés apilados que hay en la mesita. También me fijo en la televisión de bastantes pulgadas acompañada por un home cinema. Las paredes están desnudas, sin cuadros, ni pósteres.

―Acabo de pintar hace poco, huele todavía a pintura y eso que no paro de ventilar ―dice Luís mientras cierra la ventana y baja la persiana, porque se cuela bastante fresquita.

―Ven, ―continúa― y elegirás la película que quieres ver.

Abre un mueble repleto de dvds originales, en donde hay infinidad de títulos que recorro con la vista.

―Yo ya las he visto todas. Las compro en el videoclub cuando ya han pasado y las venden a buen precio. Hay de todos los géneros, no sé cuál te puede gustar más.

Elijo una al azar, la mayoría no las he visto, hace tanto tiempo que no veo películas, que no me acuerdo ni de la última vez que vi una. Luís se va directo a la cocina, saca un paquete de palomitas y las prepara en el microondas.

―Así que eres de comedias románticas ―me dice sonriendo―. No es de las mejores que tengo, pero entretiene bastante.

―Es que hoy me apetece ver algo previsible ―me excuso―. De dramas, ya hay bastantes en la vida ¿no crees? Y las de terror no me van mucho.

―Pues está es bastante previsible, la típica vamos, chico conoce a chica… Pero no te digo nada más.

Se pone un dedo en la punta de los labios a modo de silencio, pone el dvd y enciende la televisión.

Nos sentamos en el sofá de color tierra y Luís lo estira para que estemos más cómodos. Mi risa se escapa ya en la primera escena, mientras como palomitas y me siento muy a gusto en este piso y con Luís. La película avanza bastante rápido y, de pronto, un final feliz nada sorprendente, me deja un buen gusto de boca.

Los créditos aparecen en la pantalla, Luís me coge las manos y me besa. Un beso tímido y bastante breve, pero mi boca se ha endulzado un poquito más. No sé si irme ya y se lo hago saber, porque ya es hora de cenar, pero él me mira con ojos insistentes mientras me dice:

―Quédate a cenar. Hoy es sábado y mañana no trabajamos.

Y me da otro beso más largo, con una pizca de humedad que me embriaga. Pensándolo bien, no tengo ganas de irme ahora, que todo está empezando. Llamo a Sandra y se lo digo, además también quiero dejarle un poco de intimidad a mi amiga con Jaime, que desde que yo estoy allí más bien tiene poca. Luis calienta un quiche de verduras en el horno, nos sentamos en el comedor y empezamos a cenar.

―Mi madre los hacía mucho mejores ―me dice―. Desde que ella ya no está, ahora recurro casi siempre a la comida prefabricada.

―A mí me gusta cocinar.

―Es que yo tengo poco tiempo, la verdad. Estoy casi todo el día trabajando, y cuando llego a casa, lo que menos me apetece es ponerme en la cocina. Voy a lo cómodo, después de pasarme largas horas solucionando los problemas que tienen los clientes con su ordenador, me siento saturado.

―Mi trabajo es más relajado, hace tiempo que no pinto y lo echo de menos, por eso cocino, porque es una forma de expresar mi creatividad.

Hablando con Luis, me entran ganas de volver a tener un pincel entre mis dedos.

―¿Y por qué no pintas?

―Es una larga historia, el último cuadro que pinté, lo acabé tirando a la basura.

―Tenemos tiempo. Me lo puedes explicar. Vamos, si quieres…

La camiseta azul, que lleva hoy Luís, se contrapone a mi cuadro rojo, que acabé rompiendo. Me acuerdo de la frustración y de la rabia acumulada que acabé sintiendo. Después de aquello, mi inspiración se detuvo, estancándose en mi cabeza, ahora inexplicablemente ha vuelto a surgir, la puedo sentir palpitando entre mis venas transportando ideas a mi cerebro.

―¿Sabes lo que es una lluvia de ideas? —le pregunto.

―Algo he oído de eso, pero nunca lo he sentido. Yo no tengo lluvias de esas, ¿tú sí?

―Bastantes tenía, sí, hasta que se pararon.

―¿Y por qué se pararon?

Cuando te rompes por dentro, cuando sientes que todo se detiene, cuando te olvidas hasta de tu nombre, la inspiración se muere, y de rebote, tú también un poquito por la falta de ella. Pero esto no se lo puedo contar a Luís, porque le tendría que hablar de Nacho y de Luz, y no quiero estropearme la velada. Me levanto de la silla, porque ya me he acabado el quiche, recojo el plato y lo llevo a la cocina. Luís me sigue.

―¿Quieres algo de postre? ―me ofrece.

―A ti —le digo girándome y mirándole detenidamente.

Y ahora soy la que le beso, quién le acaricio por encima de la camiseta, que no tardo en quitársela, y decididamente vamos hacia su cuarto…

Continua

El odio es un cóctel molotov, que ha rebrotado en María de una manera peligrosa. Nacho y Luz dan la última calada al cigarrillo, y vuelven a entran al bar cogidos de la mano.

―Miradla ―dice María al final―. Ahora está con éste, la muy zorra.

Nadie de los cinco sabe que este es Nacho, porque no lo conocen y supongo que no entienden, porque mi mirada, lejos del odio que siente María, se ha convertido en sombría.

―¿Vamos a otro bar? ¿Vamos a otro barrio? ―dice Jesús.

―Si queréis podemos ir a mi casa, tengo un futbolín ―ofrece Toni.

No nos parece mal la idea, subimos a los coches, María se ha sentado a mi lado y durante el trayecto me pone al día ya que, como me salté bastantes sesiones de terapia por culpa de mi recaída, no sabía hasta que punto su hermana, convertida ahora en Luz, le había podido hacer tanto daño como me cuenta:

―Se acostó con mi novio ―dice una María, que tiembla de los nervios incontrolables, que siente―. Diez días antes de la boda, en mi piso, en mi cama. Y yo, tonta de mí, que había ido al piso para poner la colcha, que nos habían regalado, me los encuentro desnudos, follando. Tuve ganas de matarlos a los dos, y si no lo he hecho, todavía no sé por qué. Y lo que más me sabe mal es que ella lo hizo parar joderme a mí. No es que estuviera enamorada de mi novio, ni nada de eso, ¡qué va! Lo hizo, porque Luz, nunca quiere, que a los demás, las cosas nos vayan bien. Cuando yo ya había salido de mis traumas adolescentes, cuando ya me había rehabilitado incluso de la bebida, cuando tenía un futuro que iniciar, debió pensar, no es bueno que a María le vayan las cosas tan bien, si siempre ha sido la gorda y la fea de la familia, vamos a quitarle el novio, porque le debió dar morbo, vete a saber lo qué pasa por su cabecita. Y ahora está con este chico, pero no durarán, ya te lo digo yo. Luz es una caprichosa, le gusta ser el centro de atención, captar las miradas de todos. Y claro, como era yo la que me casaba, había dejado de serlo y eso no le debió gustar. Pues mira, te diré que se joda, pues no ha conseguido, que me vuelva a arrastrar en la bebida, aunque la boda se haya anulado, no he probado ni una gota de alcohol. Ella sí que bebe y no es consciente, que su mundo se está tambaleando, y que acabará mal, si no lo deja.

Giro la cabeza, y veo como el coche de Ana, nos está siguiendo. Toni no dice nada, conduce silenciosamente, y al fin aparca el coche en la calle. Me he quedado con ganas de contarle a María, que este chico, era mi Nacho. Me siento próxima a ella, porque sé lo que sé siente cuando tienes que anular una boda en contra de tu voluntad, cuando todo se quiebra a tu alrededor, y cuando la bebida en mayúsculas te llama por tu nombre para que la consumas. Admiro que María haya hecho caso omiso a esta llamada, no como yo que a la más mínima, en el desierto seco de mis vivencias, volví a refugiarme en el oasis del alcohol.

Entramos a la casa de Toni, y vamos a la planta baja, porque allí se encuentra el futbolín. Él se encarga de servirnos unos zumos y nos turnamos para empezar la primera partida. Empiezo yo con Luís; María y Jesús en el otro equipo. Hace tiempo que no juego, y he perdido algo de práctica, que supongo que los demás notan. María mueve las muñecas con fuerza y mucha habilidad, y acaba marcando prácticamente todos los goles en mi portería. Cuando terminamos, es mi turno y el de María descansar y los demás empiezan otra partida. Nos sentamos en el sofá, y creo que ha llegado el momento para decirle:

―María, el chico con el que estaba Luz… Es Nacho, mi ex.

―Joder, tía, ¿en serio? Al lado de mi hermana, acabará mal. Ya te digo… Todo lo que toca lo acaba destrozando.

―Creo que ya llevan algún tiempo juntos…

―Bah… Eso es porque ella le está sacando algo, drogas, dinero, o lo que sea. Tú ex debe ser un pelele. Te lo digo de verdad. No me mires así, ¿no vas a pensar que ella se ha enamorado de él? Luz no sabe lo que es eso, sólo utiliza a las personas en beneficio propio. Si él se ha enamorado, va a sufrir.

Con las palabras de María, siento pena en un primer momento por Nacho, aunque resulte difícil de comprender. Al cabo de un rato, jugando de nuevo en el futbolín con Toni y; Rebe y Luis en el equipo contrario, pienso que si María tiene razón, Nacho lo tiene más que merecido, y una sonrisa maliciosa surge de mí. Me estoy riendo por dentro y por fuera, no necesito vengarme por todo el daño que me ha hecho, sino que a todo cerdo, le llega su San Martín. Empiezo a marcar goles, moviendo al ritmo de la música del CD que ha puesto Toni, y esta partida la acabo ganando yo. Volvemos a cambiar, esta vez descanso junto con Luís, que mientras se sienta en el sofá, me dice:

―No sé por qué será, que jugando juntos, siempre perdemos y, cuando vas con el equipo contrario, me acabas ganando.

Y ríe, mientras me lo dice, una sonrisa enigmática, que le marca pequeños hoyuelos en su cara, tan cerca de su boca… Lo que me atrae de Luis, en este momento, es que sé muy poquito de él, no es un libro abierto como podría ser Toni, es más reservado, mucho más callado y nunca sabes lo que está pensando en realidad.

―Pues atrévete a ganarme ―le reto.

No sé cómo ha pasado, pero un beso rápido y fugaz se ha estampado contra mi boca, que me deja sin palabras.

―¿Así? ―me pregunta.

Pero no le puedo contestar, bajo la mirada, porque me cuesta aguantarla, perdiéndome en la inmensidad de sus ojos castaños, porque el miedo a un nuevo fracaso, me impide moverme, y devolverle el beso.

Luis se levanta del sofá, y se retira hacia otro lado de la habitación, y yo, me quedo sola, reflexionando sobre lo que acaba de ocurrir y mirando el cuadro, que hay colgado en la pared. Un paisaje claro con manchas delicadas y su perspectiva, tan bien lograda, me transporta al color verde de una esperanza, que todavía me queda por palpar. Los demás ya han acabado la partida, pero tanto Luis como yo les decimos que no queremos continuar y nos quedamos dónde estamos.

Luis está de espaldas a mí, puedo ver su atlético cuerpo y mi mirada se va irremediablemente a su culo, tan bien puesto, que me llena de un sentimiento que hace mucho tiempo que no sentía.

La excitación es como un cóctel de licores y frutas jugosas, que te endulzan y te empapan en donde sólo hay cabida para el deseo. ¿Elisa, te vas a quedar así perdiéndote las oportunidades que te presenta la vida? Me riño. No, no puedes quedarte en esta vida sin disfrutarla. Me levanto del sofá, voy directa a Luís y le susurro:

―Me ha gustado…

Luis se gira, puedo ver la alegría de sus ojos, que siempre recordaré por haber estado sobria. Me coge las manos, las besa y me acaricia con sus palabras:

―Elisa, hoy y todos los días que te veo, estás preciosa. Este corte te queda fenomenal, no me he podido resistir al poder que tiene tu boca. Sí, quiero ganarte, pero no en una partida de futbolín, quiero ganarte de otra manera. Si quieres mañana vengo a buscarte y vamos a tomar un café. Los dos. Solos. ¿Qué me dices?

Esta dulce proposición me ha agradado todavía más que el beso. Le miro fijamente y le respondo:

―Sí, Luís. ¿A qué hora?

Quedamos para el día siguiente, sábado, en una terraza cerca del piso de Sandra. Ya se ha hecho bastante tarde y toca irnos de la casa de Toni. Nos despedimos todos. Subo al coche de Toni, que me llevará a casa, y le digo adiós a Luis que se va con el coche de Ana. Jesús y María también vienen conmigo. María, que ya se ha relajado bastante, acaba confesando que se lo ha acabado pasando muy bien esta noche, aunque:

―No tan bien como tú, Elisa ―y me guiña el ojo izquierdo.

Continuará…

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