Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Como cada día abuelo y nieta se sientan frente al mar. Permanecen en silencio encima de una roca. Hoy el abuelo está decidido a que su voz áspera sea más fuerte que las olas:

—Te voy a contar una historia, pequeña. Una de esas, que cuestan expresar por todo lo que llevan dentro.

»Había un hombre a quién le gustaba tanto la soledad que se hizo marinero para explicarle al mar lo que no se atrevía a decirle a su mujer: que su amor había terminado.

—¿Para siempre?

—Sí, Eva. En ocasiones, la vida te indica cuando ya se han agotado todas las posibilidades.

»Había huido como un cobarde de su esposa, que no paró de buscarlo removiendo todos los mares hasta que un día dio con su paradero.

—¿Y qué pasó?

—Su esposa lo esperó en el camarote donde le habían dicho que su marido pasaba las noches, pero el marinero no subió al barco al enterarse. Ella se alteró cuando se dio cuenta que el barco se ponía en movimiento y que su marido finalmente no iba a venir. Le volvía a perder la pista después de tanto esfuerzo.

»Salió y, en la cubierta, se encontró con el mar turbulento y con otro marinero, que llevaba un tatuaje de un ancla en el hombro y que, al verla, se echó a reír de sus aspavientos. Y la mujer, presa de los nervios, debió decirle alguna grosería de las gordas…

—¿Una palabrota de las que no me dejas decir?

—Sí, pequeña, que vale la pena no pronunciar.

»Como te decía, el nuevo marinero la vio tan desesperada, que le explicó la verdad y lo que su marido nunca le había confesado.

—¿El qué?

—Que había tenido una relación con otra mujer de la que había nacido una niña.

—¿En serio? ¡Vaya tela!

—Sí, una niña como tú, de ojos celestes y piel sonrosada. El marinero también las había abandonado y se había ida a navegar por el mar para huir de sus responsabilidades.

—No me gusta ese marinero, abuelo. Me recuerda a…

Y la niña calló de repente y el abuelo también. Ambos se quedaron mirándose y luego echaron la vista otra vez al mar, donde se veían las olas salvajes. El abuelo carraspeó y no supo por qué le había empezado a explicar esa historia a su nieta.

—¿Tú crees que mi padre volverá, abuelo?

—No lo sé, pequeña.

—Quizás algún día se acuerde de mí.

El abuelo bajó su mirada, porque conocía a su hijo y sabía que le gustaba eludir cualquier responsabilidad.

—¡Mamá! —llamó Eva.

El abuelo vio la sombra de su nuera acercarse a ellos y se alegró de que hacía días que, ni tenía los ojos llorosos ni su mirada temblaba. Había pasado tanto tiempo sin tener noticias del padre de Eva, que la angustia que la corroía en un principio había acabado disipándose. Como mujer fuerte que era, había acabado pasando página.

—¿Qué hacéis?

—El abuelo me cuenta historias de un marinero.

—¿Sabías que tu abuelo fue marinero?

—¿En serio? Abuelo, ¡eso no me lo habías contado!

El abuelo tosió y, con manos temblorosas recorrió su brazo derecho, donde debajo de la ropa llevaba tatuada un ancla.

—Pero de eso hace mucho, muchísimo tiempo…

—¿Y qué pasó?

—Abandoné el mar por mi futura familia.

Y los tres se abrazaron.

El abuelo recordó cómo, después de los aspavientos y de aquella grosería inicial, vinieron las confesiones y el comienzo de una relación, que se reafirmó cuando su hijo nació meses después.

Finalmente, se casó con aquella mujer abandonada por el marinero cobarde, el que nunca fue su amigo.

—Tu abuela valía mucho, pequeña.

—Sí, lástima que…

—Se fue demasiado pronto, ¿verdad?

El abuelo notó el gusto a sal del aire que los acompañaba y unas nubes, que amenazaban tormenta, se desplazaban por el cielo empujadas por un fuerte viento.

—Será mejor que nos resguardemos.

—Sí, la lluvia no tardará en llegar.

Y una primera gota cayó en la cabeza del abuelo. Los tres se levantaron de la roca y se fueron camino a casa. Mañana, si el tiempo acompañaba, volverían a esperarle en el mismo lugar, por si él decidía regresar arrepentido de su aventura.

® Helena Sauras

Fotografía de ® Llorens Marin Rosales

Quería retenerla más de lo que duró el aire que soltó al pronunciar el «Sí quiero».  Aún más. Un poco más. Los años que ella pasó a su lado habían pasado demasiado rápido y se precipitaban hacia aquel final, que no le quedaba más remedio que aceptar. ¿O no?

El padre intentó aguantar la compostura con aquel traje de etiqueta inmaculado y se tragó de golpe el nudo que se le había formado en la garganta.  Cruzó una mirada con su mujer, pero ella tenía los ojos llorosos y no pudo interpretar su mirada. Si lloraba de alegría o de pena. 

Su hija se casaba en aquel país de locos en el que todo el mundo se rejuntaba. Todos menos ella, que siempre había tenido ilusión por ese día.


De niña, ya soñaba con él. Se vestía de princesa los domingos, y después de oír misa de doce, peinaba las muñecas, las subía en un cochecito de juguete, que su padre le había regalado. Y toda la tribu se dirigía a otro lugar de la habitación donde la niña con enamoramiento pleno se casaría con un príncipe de película.

Los castillos, en donde vivía todo el repertorio de muñecas que coleccionaba, se derrumbaron cuando un balón entró en su vida por error. Era la pelota de un vecino que entró por la ventana en el momento en que lo estaba ventilando. E hizo añicos el espejo del tocador de su cuarto de un pelotazo.

Desde entonces, la niña cambió de entusiasmo. Y reemplazó las bodas, los anillos, y los banquetes; por el futbol, los coches, y las canicas. Cuando ella y su familia se mudaron a otra casa, la niña nunca había sido más feliz. En aquel barrio podía jugar al futbol a todas horas sin miedo a que la atropellaran. Era un oasis en aquella ciudad cargada cada día por un poquito más de contaminación. Creció en la calle, de forma silvestre, con una pandilla de amigos que le enseñarían las artimañas de la vida que juntos irían descubriendo. El grupo estaba formado por cinco chicos y ella misma, que era un pétalo caído. Flor se llamaba la niña que había cambiado sus juegos por los que realmente sentía.  Con la adolescencia recién estrenada, se cortó el cabello bastante corto con excusa del calor del verano.  Y se lo dejó así. Por fin, y por primera vez, se sintió a gusto consigo misma.


El problema vino cuando aparecieron esas grandes desconocidas: las chicas. Y los chicos interrumpieron la liga que jugaban por aquel entonces con otro barrio vecino para estudiarlas mejor. Flor también descubrió con todo aquello novedades y acabó realizando tareas de celestina.  Acabó emparejando a los cinco chicos con las cinco chicas. Cuando lo hubo conseguido, y viendo la tontería que fluía de sus bocas enamoradas, de sus risas y gestos, se sintió desplazada.  Pero sobre todo apenada, porque se había quedado sola.

Regresó a su casa y se sumergió en la cocina. Comió sin ton ni son tanto helado de chocolate, porque era lo que veía hacer en las películas americanas, y engordó más de la cuenta. Erróneamente había pensado que el comer la aliviaría, que le quitaría la pena honda que sentía. Pero al interrumpir el deporte, porque ya no tenía con quién jugar al futbol, y verlo por la televisión recordando tiempos mejores, se le puso la cara de pan, el culo como una plaza, y los brazos como dos longanizas regordetas. 

Cuando entró al instituto, después de aquel verano gris en el que hasta se perdió el mundial, empezó el curso deprimida. Se refugió en los estudios y se enamoró por primera vez. Nadie supo en qué orden.  Su primer amor fue tópico, secreto y lejano.

La afortunada era la profesora de rizos castaños que le recordó, sin encontrar explicación alguna, la primera muñeca que había tenido.  A la que al final, le había acabado cortando el cabello después de experimentar un momento de rabia. Se interesó tanto por la química, que cada día inventaba un nuevo experimento, y hacía las preguntas de lo más retorcidas para llamar su atención.

Cuando la profesora le respondía titubeando, porque nadie antes le había formulado esa pregunta, y no estaba en el material que llevaba preparado, Flor pensaba que por fin le había atrapado el corazón. El suyo latía apresuradamente en su presencia, como cuando subía una cuesta empinada, la que conducía a aquel colegio masculino. Donde tenía a sus amigos futboleros, en el que le estaba vetada la entrada.

Como se sentía sola, sólo hacía que estudiar. En el recreo, estudiaba; en su casa, estudiaba con mucho interés; hasta en sueños hacía ver como que estudiaba también. De tanto leer y de entrarle la letra, se le quedó hasta tatuada en el cerebro para los exámenes finales. Y al final, se acabó sacando un doctorado con su perseverancia y esfuerzo. No se rindió nunca. La única droga que consumía era el helado de chocolate que poco a poco fue racionando también. Su cuerpo se lo agradeció, y poco a poco, y con la ayuda de un endocrino que le dictó una dieta un tanto estricta, todo fue volviendo a su sitio.


Todos menos el amor. Éste siempre cambiaba de acera cuando la veía tan ricamente. Hasta que se estropearon los lavabos de la facultad donde trabajaba y salió al aire libre, no descubrió que había vida detrás de aquellos muros, que ella misma se había autoimpuesto.

Aquella noche decidió salir de marcha, lejos de saber lo que era. Sólo lo había experimentado e intuía a través de los libros y en las películas que había estudiado también. Se aventuró a salir sola y se arregló el pelo descuidado a conciencia. Buscaría una bala perdida en aquella fiesta. Alguien que la acariciase lo que le sobraba de mujer buena. Ya hacía varios años que se había convertido en mujer. Era una flor para besar y lamer cualquier jarrón que así lo quisiera. Y esperaba que el jarrón contuviera el agua suficiente para no hacerla morir de sed. No era muy exigente, sólo buscaba compañía en aquella noche que se avecinaba atrevida. Después de andar unos cuantos metros, entró en aquel bar que le recordó más bien a un sueño realizable, el que ella había fantaseado en más de una ocasión. La gente viajaba ligera de equipaje, de ropa, de todo lo que no hiciese falta. Y se desinhibía al ritmo de aquella música desenfadada y sensual que salía por los altavoces.

Una mujer pidió algo fuerte en la barra. Se lo bebió de un trago y se puso un caramelo mentolado en su boca que chupó con ahínco. Mientras el caramelo se le fue derritiendo, se fijó en Flor. La mujer la atrajo a primera vista. La quiso atar acto seguido en una cama con un cordel para retener su hermosura. Fueron escasos segundos, los que se le dilataron las pupilas, segregó abundante saliva, y estudió minuciosamente cómo entrarle. Flor le pareció una chica angelical mirando todo aquel espectáculo desde un rincón de una mesa con los ojos desorbitados. Si no fuera porque no había espejos en la sala, le hubiese parecido que era un reflejo de sí misma años antes. Cuando todavía no conocía lo que crecía en su interior, cuando no sabía lo que era el rechazo. Margarita sabía lo que la prohibición discriminaba: a ella misma, y a personas como ella. No hacían daño a nadie, sólo se comportaban cómo sentían, de manera respetuosa y consentida. 

Pero aquella sociedad hermética, en lugar de preocuparse de lo que había en sus casas, se preocupaba más de lo qué hacían los demás. Y eso era una de las principales causas del retraso que sufría. El quererlo controlar todo, el juzgar la vida de los otros, el privar de libertad. Pero dejémonos de juicios y volvamos al punto de la historia en donde la dejamos.


Margarita quiso convertirse en jarrón para nuestra protagonista. Fluir con ella, olvidar prejuicios, sentir.  De la mano de aquella mujer, que le recordaba lo que nunca había perdido, cruzaría un túnel peliagudo y lleno de telarañas. El que las llevaría a otra salita contigua, más húmeda, más cálida, y confortable, de aquel bar que realmente era un motel apartado de la ciudad. Sin timidez, porque nunca la había tenido, Margarita se insinuó a Flor.  

Flor intentó rechazar la invitación porque sentía vergüenza, aunque en el fondo se moría de ganas.  Le apartó la mirada, porque se sentía clavada más de la cuenta en aquella silla de metal en donde unos ojos la perforaban como dos clavos unidos. Tenía el culo en forma de aquella silla incómoda que acabó sintiendo más de la cuenta. Y como se acabó levantando debido a la incomodidad del momento, Margarita se lo tomó como una afirmación.

La tomó de la mano firmemente y la hizo entrar en el túnel de telarañas. No había habido ni una sola araña viva en todo el local, no nos engañemos.  En su imaginación Flor, se formó esta imagen porque le tenía miedo por todo lo que había oído que podía ocurrir allí dentro.  Y como la araña era el animal que más terror le daba por sus patas peludas y sus posibles picaduras,  esa fue la imagen que anduvo por su mente en ese momento.

Se equivocaba. En la habitación contigua conoció el mundo tierno de Margarita, y le confesó en un instante de mucha sinceridad y sobriedad, que ella realmente se llamaba Florencia, pero que como no tenía nada de bella, se había recortado el nombre y en lugar de ciudad ahora era una florecilla insignificante. Margarita se sintió solidaria en ese momento, y se dijo que ella también se recortaría el nombre. Y así, a partir de ese momento de complicidad, serían Marga y Flor. Y unirían ambos nombres por una letra griega, que decoraría todos los árboles, farolas, bancos, y demás mobiliario urbano, de aquella ciudad imaginaria y sumergida como una Venecia futura. Y se prometieron nunca separarse. Se habían enamorado tarde, pero se comportarían como dos adolescentes, más que rebeldes y luchando en la clandestinidad.


Ocultarían tanto su amor hacia los demás que no gritaba el viento, ni tan siquiera a nadie despertaba. Dos amigas. Eran dos amigas disfrazadas de pareja, invirtiendo el orden de cualquier relación formal. De cara a los otros, se pusieron a vivir juntas para compartir gastos, y olvidar por qué habían empezado. Las dos estaban hechas la una para la otra porque eran iguales.

Se peleaban tanto, que no sabían quién de las dos, ni por qué,  había empezado aquella disputa que las dejaba a veces sin voz. Al ser conscientes de ello, callaban de golpe, se besaban, se abrazaban y vuelta a empezar. En el fondo, se querían más que nada en el mundo. Eran tan parecidas que los vecinos pensaron que eran hermanas. Eran como dos gotas de agua buscando el mismo afecto. Y tenían interés en compartir su vida, una al lado de la otra, despertarse cada día con su semejante, acompañarse en aquel viaje llamado vida.

Un día Flor pensó que no podría casarse nunca con Marga porque en aquellos tiempos estaba prohibido. Entonces, volvió a revivir sus juegos infantiles con melancolía y un gran grado de nostalgia: las bodas en las que hacía participar a toda la familia. Y sintió que no los había hecho partícipes de su gran sentimiento, al ocultárselo de lleno. También se sintió delincuente al desear algo ilegal con tanta fuerza. No entendía por qué su sangre bombeaba de aquella manera cuando estaba con Marga, por qué se tenían que esconder y escribir sus deseos en un papel con lápiz para después borrarlos y evitar que nadie lo viera. Por qué se tenía que avergonzar de algo que le obligaban a creer que estaba mal. Eso era ir contra natura. Ella no había elegido ser así. Tampoco había elegido nacer, ni a su familia, ni el lugar donde había nacido, pero vivía la vida como si se tratase de un regalo que tenía que agradecer.

Cada día experimentaba con sus sentidos, con sus labios besaba a Marga. Estaba besando lentamente la carne de su novia. Y continuaba besando un deseo, besando poesía, besando, besando, besando… Y no se cansaba de besar. Estaba literaria y literalmente besando un beso. Las dos habían hecho un pacto de fidelidad. A veces, si salían separadas y coincidían en un lugar público, se buscaban con la mirada y no tardaban en encontrase, pues estaban predestinadas. Y se besaban ardientemente con los ojos de donde surgían llamaradas.


Pasaron los años y seguían viviendo juntas. Los padres respectivos de cada una no entendían por qué sus hijas no habían tenido nunca novio. Si eran tan majas, tan simpáticas y correctas, con una buena educación y unos buenos sentimientos. Por qué seguían compartiendo gastos si ya no lo necesitaban.

Y al final de algo más de una década, Marga enfermó. Una enfermedad incurable que la estaba apartando cada día un poquito más de Flor. Algo fallaba en sus riñones que ya no filtraban. Se hundió en la desesperación, pero se recompuso porque no podía fallar a su novia. Ahora que quedaba tan poco para que su sueño se convirtiera en realidad. Tenía que aguantar como fuera. Quería convertirse en su mujer ahora que, por fin, aquel tres de julio del 2005 la historia cambiaba de rumbo y las incluía. Por eso, se armó de valor, y confesó a sus padres lo que tanto tiempo había callado. Se hizo el silencio en su casa tan denso que podía segarse. Ella lo rompió hablando serena de su futuro. Quería que la incinerasen y que esparcieran las cenizas en el monte donde la vio crecer, donde Flor todavía no había ido.

Después de desahogarse con los suyos, llegó a su casa y abrió la puerta. La mujer que amaba la esperaba al otro lado de la cama aquella noche tan memorable. Le pidió matrimonio en aquel momento apartándose de lo romántico por ser de por sí tan trágico. Se lo preguntó directamente, sin adornos, sin insinuaciones. Flor dijo que sí y la rodeó con sus brazos. Prepararon el matrimonio con prisa y ansia, no fuera a ser que las manecillas del reloj de la muerte anunciada se adelantasen más rápido de lo que debieran.


Y ahora, tenemos a las dos novias vestidas del color que ellas han elegido, dos tonos de blanco, de perla y de blanco marfil. El padre de Flor, con ese nudo tan apretado que lleva de corbata casi no puede respirar. Su hija se quedará viuda en unos días, pero las ve tan felices ahora que están consiguiendo su momento, que deja que el tiempo les regale unos minutos más de alegría. Después del banquete en el que Marga ha tenido una subida de energía, llegan a casa donde pasarán su luna de miel. En un momento de sinceridad, Flor le confiesa en la cama:

—Igual te hubiese cuidado hasta el final, aunque no nos hubiésemos casado.

Una pequeña lágrima se desliza por la cara de Marga porque siente que ya queda poco. Es difícil despedirse de los que amas y, con tan solo una mirada, le dice lo que sus labios no pueden pronunciar debido al cansancio. Dos gotas de agua bajan por sus caras. Se besan entre lágrimas.


Días después, Flor viajará a la sierra con las cenizas de Marga. Es un viaje que quiere hacer sola a pesar de que sus padres se han ofrecido a llevarla en el coche. Conduce poco a poco hasta que el coche se detiene en el asfalto y no arranca. Suspira indignada. No puede ser que el coche ahora esté sufriendo una avería. A lo lejos, ve a un grupo de niños jugando al futbol. Se les va acercando para pedir ayuda. Conforme lo hace, ve a una niña de pelo corto y ojos verdes esmeralda, que le sonríe al dar un pelotazo al balón. Flor le devuelve el chute y se dirige a la niña para pedirle ayuda.

—Ahora aviso a mis padres —dice la niña y se va corriendo.

Al cabo de poco, dos hombres mañosos le arreglan el coche. Flor les comenta que su mujer ha fallecido y que tiene que esparcir las cenizas por la sierra como era su voluntad.

El primer hombre pregunta alterado:

—¿Cómo se llamaba tu mujer?

—Margarita… Pero yo la llamaba Marga.

—¿No será Rita?

Flor los mira confundida negando con la cabeza.

—Es esa.

Y les enseña una foto de su billetero.

—Sí, ya lo creo. Es Rita. Bueno, nosotros la llamábamos así. Jugaba con nosotros de pequeños. Era buena al fútbol. La mejor de aquí. Pero nosotros preferíamos sus muñecas. Tenía muchas. Eran los ricos del pueblo. Una familia que supo hacer fortuna.

—¿No habrá alguna ermita por aquí dónde pueda…?

Los dos hombres niegan con la cabeza.

—No, pero hay olivos.

—Esos de allá abajo, —el hombre señala un punto incierto del monte— decíamos que eran mágicos porque daba el mejor aceite de toda la zona.


Y así, Margarita que se acortó el nombre dos veces en su vida, descansó entre un lecho de olivos. Cada vez que Flor se servía aceite de oliva en sus platos, siguiendo su dieta mediterránea, sentía como su mujer la alimentaba a través del oro líquido. Nada que ver con el helado de chocolate industrial y grasiento que había acabado abandonando.

Y a través del recuerdo y de sus cinco comidas equilibradas y mediterráneas, se siente rica de espíritu y feliz de que Marga o Rita, qué más da cómo se llamara ya la que fue su mujer,  le regale algo después de su muerte: su memoria y el lugar donde vivió su niñez.

Porque somos lo que comemos.

Llena aún de vida, Flor traspasará el tiempo y la distancia. Con sus acciones a lo largo de los años, había viajado mucho más allá de los dictámenes de los otros y de lo que pudieran opinar, siguiendo el dictamen de su corazón. Pasará el resto de lo que le queda de vida, que será larga y fructífera, saboreando el fruto de aquellos olivos de la sierra en un lugar perdido de España. La finca la ha heredado de Marga y elije aquella tierra para quedarse a vivir y se traslada. La gente es muy simpática, abierta y hospitalaria.

Con los pies descalzos, cuando siente que la nostalgia la invade fuerte, come aceitunas y con los frutos de aquellos olivos, siente como su alma se descomprime. Al notar ese alivio interior, entra en la caseta y cena una ensalada. Riega el plato con aceite de oliva una cuarta parte y acompaña su noche con otro alimento ligero. Y desde la ventana, le parece contemplar el rostro de Marga impreso en la luna menguante, que la observa con una sonrisa desde el firmamento.

® Helena Sauras

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Una línea dividía aquel corazón y lo fraccionaba en dos pedazos desiguales. Era el dibujo especial que ilustraba aquella cubierta. Aquel libro manuscrito reposaba en una de las estanterías de su cuarto. Una sugerencia osada con una letra descuidada cobraría por fin sentido para ella años después.  Se escondía entre las primeras páginas: «Equivoquémonos juntos. Siempre».

Nunca comprendió aquellos versos en su totalidad, pero cuántas veces la acariciaron aquellas palabras. Fue su primer libro de poesía que desgastó a fuerza de recitar sentimientos. No quería olvidar su caligrafía. Era el único recuerdo material que le quedaba del amigo de su clase. De su chico. Su novio, ¿quizás? Aquellas eran palabras para mayores.

Pensaron que un viaje en la otra punta del país acabaría diluyendo su capricho. Las cartas que intentaron intercambiarse acabaron carbonizadas por sus padres respectivos antes de ser leídas. Por contra de lo que creyeron, su amor creció alimentándose desde la nostalgia, en tierras movedizas. ¡Qué difícil era evitar la marea que crecía y lamía el contorno de sus labios desde su memoria!

Años después, se buscarían sin encontrarse. Ambos habían cambiado de domicilio repetidas veces y, las pistas que siguieron, cada uno por su lado, no les condujeron a ningún lugar. Sólo aquellos versos de aquel poeta precoz iluminaban el corazón de la mujer desde el estante de arriba.

Equivocarse. No les dejaron equivocarse. Por eso su amor prendió salvaje y les arrasó. Abrasó sus hogares, les mordió enteros y quebró sus sueños. No aprendieron. No. Se idealizaron mutuamente confundiéndose en otras personas. Y se buscaron y se frustraron al no reencontrarse.  Siempre quisieron besarse como la primera vez, pero no encontraron en otros labios lo que ambos se habían entregado en aquel desván, ahora polvoriento. No regresaron. No. Jamás.


Hoy, Encarna ha volcado la manzanilla en la cafetería al leer una esquela en el periódico, que le grita desde el más allá de su primera adolescencia.

Horas después, ya en su casa y después de tomarse unas tilas mezcladas con algunas valerianas, ha sentido la necesidad de seguir otra vez con uno de sus dedos la línea de aquel corazón desigual: la portada de su primer libro de poesía. No le sorprende que sea el dedo corazón quien realiza la acción.

En la soledad de la noche, huele el libro torpemente y le recuerda a un olor de lágrima quebrada. Sus ojos se empañan al reencontrarse con la dedicatoria atrevida: «Equivoquémonos…». Les impidieron hacerlo. Ahora ya es tarde. No aprendieron ni juntos, ni separados, ni revueltos.

La línea que separa aquel corazón es el lugar donde Encarna quiere quedarse ahora. Permanecer entre la carne de sus labios de aquel beso interrumpido, entre dos tintas. En un lugar de su memoria, palpita con furia el vendaval de los primeros versos de su amado, y sabe en su interior que solo ella fue la fuente de su inspiración. Un murmullo la agita. Siempre. No tiene solución. Nunca aprendió a equivocarse y ahora no sabe corregir. Las pastillas que ha engullido. Equivocarse. No eran de valeriana. Ha engullido una dosis letal que la perfora…. Juntos. Equivocarse. Para Siempre. Hasta siempre.

® Helena Sauras

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Hacía tiempo que me intimidaba tu mala leche.

Recriminabas mis actos, mi torpeza, mi físico.

Todo criticabas.

No sé qué hacíamos juntos aún.

De los nervios que sentí en medio de la discusión, me acabó resbalando la taza de leche fría.

#microcuento #ruptura #MismoFinal @CajonRelatos

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La primavera tuvo esa manera peculiar de despedirse. Me regaló la única flor del patio de luces antes de evaporarse. Pensé que había durado demasiado. Además, la consideré atípica porque me había rodeado de más incertidumbre que nunca.  Dichosa era la flor. Para mí, la más valiosa y valorada, pero duró menos de veinticuatro horas. Se cayó y al despertar ya era VERANO.

El bochorno me azotó antes de la verbena.

Y aquí sigo y saludo al VERANO. San Juan me espera impaciente. Espero que nuestra relación dure más que la flor caída.

#microrrelato , #verbena #VerbenaSanJuan #LoEfímero #InicioVerano #CalorSofocante #bochorno #flor #DespedidaPrimavera #PrimeraCita #ValiosoPeroBreve

Desentonaba. Quizás le había arrebatado el alma al lago y, ahora la luna se reflejaba en sí misma. Se miró con atención en el espejo del baño. Un halo plateado denotaba su experiencia como tan bien habían reparado sus pupilas. Sintió un ligero temblor en el labio inferior. Una lágrima se escapó sin más. Se tapó la cara con ambas manos. No quería verse así. Se preguntó cuántas manos de pintura necesitaría para recuperarse. Sollozando, no obtuvo respuesta. No comprendía cómo, de vez en cuando, el pasado irrumpía en su vida alborotándola toda. La terapia de superación personal no servía para nada. Era desgarrador pensar que el recuerdo volvía a dominar su existencia. Paralizada, volvió a clavar su mirada en el espejo. Lo que le devolvió no le gustó. Sí. Era cierto. Ahí estaba. Desentonaba. Se pasó la mano por el pelo tan oscuro que daba miedo para disimularla. Un mechón la cubrió entera. Respiró  hondamente aliviada. Ojos ciegos, corazón que no bombea. Sabía que este estancamiento de paz era temporal. Se preguntó qué vendría después; mientras se lavaba el llanto en su cara y se echaba una crema reparadora. Cómo podría ocultar el paso del tiempo en su piel. A sus treinta y tres años no había conseguido nada de lo que se había propuesto. Se sentía fracasada. Y a la vez, un nerviosismo persistente la recorría .

Mañana, si todo sucedía con normalidad, volvería a verle después de tantos años. Había visto su nombre y apellidos estampados en la lista de asistentes en el evento de Facebook de su promoción el mes anterior. Marcó con el ratón un quizás asistiré en el acto de acudir a la cena organizada por sus compañeros de su antigua clase. Y desde entonces, no pudo dormir profundamente. Se imaginó más de mil veces cómo sería el reencuentro. No había sabido nada de Juan desde hacía más de una década. En sueños, había proyectado su futuro en común. El que nunca sucedió, el que se desvaneció. No entendía por qué nunca más habían coincidido como si el destino se hubiera encargado pacientemente de esto, tejiendo un concienzudo plan que ahuyentara sus deseos de verse. En un principio, los dedos de Laura se habían quedado inmóviles en los números de teléfono que nunca marcó. Su orgullo le impidió pedirle a Juan el perdón que se merecía. Por haber jugado a tres bandas con su diminuta falda aquella fatídica noche, por haber despertado sus celos, por haber bebido de menos, por haber acabado en otros abrazos que le robaron lo que Juan nunca se atrevió a pedirle. Nunca la timidez había jugado tan en su contra. Sus mejillas ardían cuando Juan le reprochó lo que había visto, lo que había intuido, lo que había imaginado, lo que había sucedido. Y sus castillos de arena se ahogaron aquella misma tarde cubriéndose de lágrimas por un malentendido. Desde aquella misma tarde, Laura aprendió a lamer el silencio, a saborear el vacío, al romperse sus ilusiones. Nunca más se volvieron a ver y la amargura cubrió el cuerpo de Laura al sentirse culpable. Pero en una hipotética balanza, su orgullo siempre pudo más.

Por eso, se había quedado quieta y sola, como el lago al que le había arrebatado el alma en un intento de hurgar en el recuerdo de Juan. La luna fue testigo aquella fatídica noche del deseo y ahora se reflejaba con timidez en su melena. Una cana plateada, oculta ya, desentonaba en la espesura de su cabello. Había sentido deseos de arrancarla, pero se contuvo. Su primera cana brillaba en la oscuridad de la noche. Apagó la luz del baño y se metió entre sábanas.

***

No tardó en apagar la bombilla de su habitación y se sumergió en un sueño frío, nervioso, irreparable,  en donde Juan ya no era Juan sino que apenas era reconocible por ella. El tiempo lo había moldeado a su antojo, sin perdonarlo. Cuántos momentos habían pasado separados. Si la vida les brindaba una nueva oportunidad ¿serían capaces de aceptarla, o se resistirían? Quizás podrían rescatar la chispa que había surgido entre ellos, ahora ya apagada y sumergida en el fondo del lago durante algo más de una década. Hacia dónde había escondido sus sentimientos que en este instante la alborotaban. Quizás Juan, por su propio bien, ya no la recordaba. Su figura se disipaba en la lejanía, a través de los fotogramas del sueño. El beso que se daban ya no sabía a nada, y Laura con la boca entreabierta, frente a la soledad absoluta, acababa lamiendo el silencio que tanto conocía.

Su estómago se cerró ante el desayuno. Miró el reloj y contó impaciente las horas que quedaban para la cena de aquel sábado que posiblemente cambiaría su aburrida vida. Mirándose en el espejo del baño, y frunciendo el ceño al redescubrir de nuevo su cana, decidió ir a la peluquería para disimularla. Llamó para concertar cita, pero su peluquera tenía todo el día ocupado.

—Laura, lo siento, me es imposible darte hora para hoy —se disculpó la peluquera—. Tengo dos bodas.

Laura ahogó un grito de decepción. Llamó a otras peluquerías y maldijo no haberse sabido programar. El tiempo se le tiraba encima en su intento. Vio inviable el teñirse ella misma, pues nunca lo había hecho, y pensó que para desastres mejor dejarlo cómo estaba. Su plan de ponerse guapa estaba cada vez más lejos de producirse, pero Laura no quiso desistir.

Al terminar de ducharse, dudó entre ponerse falda o vestirse con unos tejanos. Al final se decidió por lo último pues no quería pelearse con las medias. Se aplicó un contorno de ojos fresquito para esconder sus ojeras. Sus dedos recorrían su cara para escampar el maquillaje. Escogió la sombra de ojos rosa chicle a conjunto con su camiseta que potenciaba su mirada y perfiló una línea negra en sus párpados para acabar de destacarlos. Los labios los dejó en segundo plano aplicando únicamente brillo. Se secó el cabello e intentó tapar su cana con el resto de pelo. No fue tarea fácil, pues la cana rebelde se había propuesto resurgir en cada movimiento de cabeza.  Al final, lo consiguió y aunque no estuvo contenta al cien por cien de los resultados, los dio por pasables. No iba a una cita a ciegas, simplemente cenaría con unos compañeros de estudios que el azar había agrupado tiempo atrás y las nuevas tecnologías se habían encargado de reunirlos de nuevo.

Salió a la calle, subió a su coche y se dirigió al local que aunque nunca había cenado en él lo conocía pues estaba frente al lago de su ciudad. Llegó más que puntual a la quedada. Desde el aparcamiento, comprobó que había llegado la primera y decidió quedarse en el coche a esperar. Desde la ventana miró el agua estancada y pensó que, como ella, no había emoción en su vida. Los días pasaban uno tras otro, monótonos, quietos, a la espera de un encuentro que quizás aportara un ápice de conmoción, que la hiciera sentir. Podía equivocarse, pero al menos en su existencia siempre sería mejor que no tener sensaciones como si estuviera muerta, que eran como había pasado los últimos años. Tuvo ganas de acercarse al agua y tocarla para producirle algún cambio. Antaño se había bañado en aquel lago con Juan, pero ahora un cartel anunciaba con letras rojizas que estaba prohibido bañarse. Estaba oscureciendo ya, la luna no tardaría en presidir la noche y reflejarse en el agua estancada. Laura vislumbró como algunas figuras tímidas se acercaban al local y salió de su coche pausadamente. Su corazón bombeaba en un intento de abandonar la quietud que normalmente circulaba por sus venas. Mientras andaba hacia el restaurante, tuvo ganas de arrojar una piedra al lago porque empezaba a notar como su tranquilidad se rompía. Laura quería salpicar su vida de colores varios, quería rizar su alma al viento, quería tantas cosas idealizadas hasta tal punto en su imaginación, que si no se producían la caída sería dolorosa. Pero era mejor sentir dolor que no sentir nada.

Se acercó al grupo que se había formado en la entrada. No tardó en reconocer a sus compañeros. Algo más de una década no volvía irreconocibles sus facciones. Su voz sonó ronca al saludarlos, pero la acompañó con una sonrisa. La mirada de Laura buscó la persona de Juan entre las caras masculinas, pero no la encontró. Un ápice de decepción afloró humedeciendo brevemente sus ojos. Esperaría paciente perdiéndose en las charlas que empezaban a surgir del grupo. Escuchando a Germán, a Pablo, a Roberto, a Gonzalo, Laura comprobó que el tiempo retrocedía para detenerse en el punto donde lo dejaron. Como si los últimos años no importaran y volvieran a ser adolescentes. En un inicio, se buscaban los puntos en común y se descartaban las diferencias. Una voz animada la alardeó:

—¡Estás estupenda!

Laura se giró para encontrarse con Concha.

—Tu también —le contestó sonriendo.

Sus esperanzas de encontrarse con Juan naufragaron cuando se dispusieron a entrar al restaurante. En cada plato había un nombre que hacía que cada ex alumno se sentara en su sitio. Un vuelco apresurado rasgó el corazón de Laura al comprobar que el nombre que tenía enfrente era Juan. Su sitio vacío le pesó cuando los camareros empezaron a servir los entrantes.

—No vendrá —le susurró Gonzalo al sorprenderla mirar la silla ausente con desolación—. Me acaba de enviar un whatsapp. Su hija tiene fiebre.

Laura notó sus mejillas arder. Tragó saliva y pensó que era horrible que Gonzalo le hubiera leído el pensamiento. Miró a su alrededor para comprobar que nadie más se había dado cuenta. Así era. El resto charlaba de temas sin importancia engullendo calamares y croquetas. Laura quiso ponerse a la defensiva, disimulando como había hecho siempre sus sentimientos. Pero acto seguido, pensó que era mejor indagar en la vida de Juan a través de Gonzalo que parecía saber más que ella misma.

—¿Una hija?¿Juan tiene una hija?

—Gemelas —se apresuró a recalcar Gonzalo.

Un pinchazo agujereó el globo de ilusiones que Laura se había formado.

—¡Qué bien! —se le ocurrió decir sin sonar nada convincente.

Su alma, arrebatada al lago, era más que transparente en ese momento. Imaginó la familia feliz recorriendo un jardín de margaritas de vivos colores. Entornó sus ojos en ese breve momento en el que su imaginación trazaba fotogramas de inacabable felicidad. Al volver de la lejanía de su pensamiento, Laura reparó en que había otra silla vacía justo al lado de Juan. Intentó leer el nombre, pero Gonzalo, al que no se le escapaba una, se le adelantó:

—No, Gema tampoco vendrá. Ya sabes… —Y se encogió de hombros.

—No, no sé nada —dijo Laura con cierto aire de enfado que se arrepintió nada más soltarlo.

—Ay, Laurita, veo que no estás al día.

A Laura le disgustó que Gonzalo usara un diminutivo para referirse a ella, pero su curiosidad pudo más. Le interrogó con la mirada. Al no obtener una respuesta rápida, y que Gonzalo dudaba, le espetó:

—¡No me digas que Gema también tiene gemelas!

Gonzalo bajó la mirada unos instantes para sostenérsela seguidamente:

—Pensaba que lo sabías…

—¿Saber qué? –Preguntó sin estar segura de querer saber la verdad.

—Gema y Juan… han tenido dos niñas… preciosas.

El lago en la mente de Laura salpica a los transeúntes,  se forman olas, y se convierte en un océano arrasador.

Y de repente, un hambre voraz sorprende a Laura y le hace engullir una croqueta sin masticarla. Se le traba en la garganta y bebe apuradamente su copa de vino. Gonzalo la mira atónito.

—¿Qué miras? —le pregunta con sorna mientras se sirve una segunda copa.

Ya no hay dolor. El vino hará su curso, le nublará los sentidos y olvidará las tonterías que le hicieron venir a la cena.

Gonzalo enmudece y ya no dice nada más. Laura ya no para de comer y beber y se dedica a hablar con Concha, Rita y Mercedes.

***

Quizás en un momento de la noche, ya en una discoteca, en un lugar de su hombro al descubierto, una mano se deposita más tiempo del que debe. Laura a esas alturas, tarda en reaccionar, se gira finalmente y se asombra al encontrarse con Juan. No sabe si es fruto de su anhelo. Totalmente desinhibida y haciendo caso omiso, continúa bailando. No quiere interrumpir ese momento por miedo a que se esfume.

La mano de Juan continúa minutos después sobre ella, Laura la siente tanto que le quema. Vuelve a girarse para comprobar que Juan sigue ahí, como si el tiempo hubiese saltado más de una década de metros lisos. Así es. El fulgor de su mirada resplandece más que las luces de la discoteca. Esa mano la acaba estirando fuera del local. Laura le sigue la corriente mientras su piel se eriza por momentos. Ya fuera, con Juan eclipsando sus sentidos, oye un leve susurro temeroso:

—“Si me llamaras, sí, si me llamaras…”

Laura continúa con los versos que se sabe de memoria:

—…lo dejaría todo, todo lo tiraría: los precios, los catálogos, el azul del océano en los mapas, los días y sus noches, los telegramas viejos y un amor.

—Tú, que no eres mi amor —recita Juan clavándole las pupilas—. ¡si me llamaras! Y aún espero tu voz: —le reprocha suavemente— telescopios abajo, desde la estrella, por espejos, por túneles, por los años bisiestos puede venir. No sé por dónde —Se encoge de hombros y duda para continuar—. Desde el prodigio siempre. Porque…

—…si tú me llamas, ¡si me llamaras, sí, si me llamaras! Será desde un milagro, incógnito, sin verlo… —saborea Laura el final, lamiendo el silencio de la última palabra.

Poco a poco, el silencio se encuentra con los labios entreabiertos de Juan que la hacen explotar en un beso tan largo que la hace viajar algo más de una década. El recuerdo que le hizo comentar ese poema de Pedro Salinas  en su examen de selectividad con rabia, y resentimiento, por sentir el vacío de su ausencia. Juan ya no estaba con ella. Acababan de romper y eso era lo único que le importaba.

—Voy a arriesgar para recuperarte —interrumpe sus pensamientos Juan con una proposición que le hace perder la cabeza—. ¿Quieres venir a mi casa?

Laura no ha olvidado lo que le ha explicado Gonzalo en la cena aunque lo siente distante debido a la embriaguez del instante. Simplemente sonríe mientras asiente. No es momento para negarse una nueva oportunidad en su vida. La chispa resurge del fondo del lago encendida por una luna llena.

Laura y Juan recuperan el tiempo que no habían podido consumar, perdidos entre sábanas. Los relojes cambian el sentido de sus agujas, y hacia atrás, despojan a los protagonistas de su ropa para amarse. Sin responsabilidades, arrancando lo que hubiese podido ser y no fue. Recuperar el tiempo perdido, nunca fue tarea fácil para Laura, que a la mañana siguiente, se pregunta si el sueño la ha arropado más de lo que debiera. Juan se levanta confiado y canturreando una canción mientras juguetea con su cabello. Laura con los ojos cerrados se deja acariciar bajando la guardia.

—Desentona —Oye a Juan.

«Vaya, la cana tan inoportuna  ha aparecido rompiendo el instante», se queja mentalmente Laura y aparta la mano de Juan de su cabello.

—¿Qué te ocurre? —pregunta Juan asombrado.

—¿La has visto, no? —pregunta con algo de miedo en su voz.

—¿El qué?

—La cana.

—Vaya, ni que fueras un bicho raro. —Sonríe Juan—. Yo también tengo.

—No te las he visto.

—Porque me las tiño. ¿Tú, no?

—¿Yo? Si es la primera que me sale… Y estoy a punto de llorar porque me he dado cuento que el tiempo no perdona y se precipita a llevarme hacia el final.

—Qué trágica, Laurita. Pensaba que era la luna que se reflejaba en ti misma con un punto de magia.

—¿Quién eres, Juan? —le pregunta Laura asustada.

—Dímelo tú, Laura, ¿quién soy para ti?

Una bocanada de suspiros salen de la boca de Laura. Estoy soñando, se dice firmemente. La vida se desliza hacia lo incierto decidida.

—Un buen recuerdo —puntualiza al final—. Juan, eres un buen recuerdo.

—¿Y vas a vivir toda una vida a partir de un pasado?

—Quizás… —Susurra Laura entre lágrimas.

—No llores, pregúntate qué pasaría si se borrara ese recuerdo de ti. ¿Quién serías?

—Nadie.

—No me lo creo, Laura. Dime, ¿quién serías?

—Yo.

—¿Yo soy la que te impide ser tú?

—Sí…

—Laura nunca fue mi intención restarte. Siempre quise sumar experiencias contigo, disfrutar, amarte. En libertad, sin ataduras, ¿comprendes? —le explica Juan rodeándola con sus brazos.

—¿Dónde estamos Juan?

—¿Ahora mismo? Subidos en un viaje astral en la cuarta dimensión.

—No tiene lógica…

—No la busques… Déjate llevar, Laura.

Y así, Laura descubrió lo que era lamer un recuerdo, una fotografía manchada por el carmín brillante de sus labios. Sus experiencias le hicieron traspasar la fina línea que hay entre lo irreal y lo real. ¿A qué sabe un recuerdo? Laura experimentó infinidad de gustos que le hicieron estremecerse hasta la saciedad. Juan tenía cuerda para rato, y ella, en su fuero interno, lo sabía.

***

A la mañana siguiente, se despertó por fin en su cuarto.  Laura pudo ir  a la cena y comprobó que el tiempo había pasado para todos. Cuando vio a Juan su corazón no saltó, ni se estremeció. Se había quedado encogido y en constante parálisis. Buscó un ápice de complicidad en sus ojos que le confesaran que él también había formado parte de aquel viaje astral. Sus ojos chocaron con una barrera al no comunicarle lo que ella quería encontrar. Quizás un punto de júbilo que le hicieran pensar que había merecido la pena. El recuerdo de Juan la distorsionaba creando ondas concéntricas en el interior de su alma.

—¿Quieres agua? —le preguntó para romper el hielo.

A lo que Juan, asintió bastante serio. Se la sirvió bien fresquita y mientras Juan bebía a pequeños sorbos, ella sintió como se tragaba porciones de su alma. Juan no adivinó que aquella agua provenía del lago que los había visto crecer, a la que le había arrebatado el alma Laura, en donde la luna se reflejaba aquella noche de San Juan.

—Felicidades —musitó Laura a medianoche.

—Gracias, luna —le dijo Juan a Laura guiñándole un ojo.

Y Laura supo ciertamente, que cuando se durmieran cada uno en su hogar, sus almas se reencontrarían.

® Helena Sauras

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