Un drama muy familiar

A las tres de la madrugada se escuchó un grito que provenía del sótano de la vivienda. Nadie más podía saberlo, pero el experimento había salido mal. Otra vez.

Se despertó angustiado y, camino al sótano, se encontró de frente a su hija Lucía. Llevaba la blusa desabrochada y las mejillas todavía le ardían con un fulgor desconocido. Joaquín se resistió a comprender que su niña había dejado de serlo. Ella, ante su gesto de desconcierto, se deslizó rápida y fue directa a su habitación que cerró con cerrojo.

Por más que el padre gritara y aporreara la puerta, Lucía no saldría del cuarto.

Pero había alguien más en aquella vivienda y Joaquín tendría que descubrirlo. Se armó de valor y bajó a aquel sótano que olía a tabaco.

—Vuelve, Lucía… Volveremos a intentarlo cuando…

Fermín se encontró con los ojos severos de su tío. Se vistió lo más deprisa que pudo, olvidando el mechero y el tabaco. Aceleró sus deportivas y salió de allí pitando.

Joaquín todavía estuvo un buen rato en aquel sótano. Deslizó su mirada por aquellas cuatro paredes desnudas, las sentía tan cercanas que atizaban sus recuerdos.

Tapó la sangre todavía fresca de las sábanas con un trozo de manta y, supo que prohibir no era la actitud indicada para destruir aquel amor salvaje. Ellos, dieciséis años antes, tampoco habían podido.

La tentación le hizo encenderse un cigarro y rompió así su promesa de haberlo dejado antes. Otra vez, la historia se repetía en su familia:

—¡Maldita sea mi vida! Mi mujer se suicidó al enterarse de mi historia con la madre de Fermín. ¡Y yo soy el único culpable! Y ahora mis hijos… ¡Nadie puede sobrevivir a esto!

Hundió sus puños en aquel cutre colchón. Después, desolado, cogió el mechero, lo acercó a un trozo de tela y esperó.

A las seis de la madrugada un incendio, que provenía de aquel sótano, hizo salir a Lucía de su cuarto. Gritó el nombre de su padre repetidas veces, pero este ya no contestó.

La adolescente consiguió salir de la vivienda y pidió ayuda. Los bomberos llegaron.

***

Después de todo aquello y de la muerte de Joaquín, por lo contrario, a lo que pudiera pensarse, Lucía y Fermín no dejaron de verse.  Cada fin de semana, se reencontraban para continuar con el experimento, un eufemismo que el chico utilizaba para referirse al acto sexual.

Estaban bien juntos menos cuando Lucía recordaba el día en el que perdió su virginidad, porque le venía a la memoria tal nube de ausencia, que se sumía en tristeza absoluta durante varios días.

Al ver las lágrimas, al muchacho le recordaban a su propia madre y, el decaimiento que la acabó ahogando de pena. Pero Lucía, por mucho que lo intentaba, era incapaz de retenerlas y arrasaban su encanto a su paso. Eran la culpa sepultada al máximo y, aflorando sin remedio, en su amor prohibido. Fermín se iba y la dejaba sola.

Aquella última tarde que se vieron, Fermín la hizo salir a tomar algo. Después de beber en un bar, en plena calle la llevó a un discreto rincón y la besó.

Cuando aquel beso de noviembre se prolongó más de lo habitual, Lucía se temió lo peor. Olió la despedida a la legua y, en contra de la luz solar de aquel atardecer, entrelazó sus manos entre las suyas para amarrarlo un instante más, sintiéndose dueña de su tiempo. Al separarse, solo el frío húmedo del ambiente la devolvió a la realidad y, recordó que no tenía más poder sobre él.

—Tu pena me ahoga, Lucía —confesó Fermín nervioso al separarse—. Necesito tomarme un tiempo.

Una congoja, instalada en su garganta, impidió hablar a Lucía. Las lágrimas tampoco afloraron en aquel momento, pero se sentía empapada por aquel ambiente que fluía hacia lo temido.

Solo les envolvió un silencio, denso y cruel, el último que recordarían recurrentemente como algo doloroso. Y después, derrotados y exhaustos, sin nada que decirse, tomarían direcciones opuestas. Quizás para siempre.

Participación en el Taller de Escritura Literautas nº56

Imagen Creative Commons de Toni Verd en FlickR

Equivocarse entre líneas

Una línea dividía aquel corazón fraccionándolo en dos pedazos desiguales. Era el dibujo infantil que ilustraba aquella cubierta de aquel libro manuscrito que reposaba en una de las estanterías de su cuarto. Una sugerencia osada con una letra descuidada, que cobraría por fin sentido para ella años después,  se escondía entre las primeras páginas: “Equivoquémonos juntos. Siempre.

Nunca comprendió aquellos versos en su totalidad, pero cuántas veces la acariciaron aquellas palabras desde la nostalgia. Fue su primer libro de poesía que desgastó a fuerza de recitar sentimientos. No quería olvidar su caligrafía. Era la última cosa que le quedaba del amigo de su clase. De su chico. ¿Su novio, quizás? Aquellas eran palabras para mayores. Sus progenitores pensaron que un viaje en la otra punta del país acabaría diluyendo su capricho. Las cartas que intentaron intercambiarse acabaron carbonizadas por sus padres respectivos antes de ser leídas. Por contra de lo que creyeron, su amor creció alimentándose del recuerdo, en tierras movedizas. Qué difícil era evitar la marea que crecía y lamía el contorno de sus labios desde su memoria.

Años después, se buscarían sin encontrarse. Ambos habían cambiado de domicilio repetidas veces y, las pistas que siguieron cada uno por su lado, no les condujeron a ningún lugar. Sólo aquellos versos de aquel poeta precoz ilustraban el corazón de la mujer desde el estante de arriba.  Equivocarse. No les dejaron equivocarse. Por eso su amor prendió salvaje, arrasándoles, abrasando sus hogares, mordiéndoles enteros, quebrando sus sueños. No aprendieron. Se idealizaron mutuamente confundiéndose en otras personas. Se buscaron, y se frustraron, al no reencontrarse.  Siempre quisieron besarse como la primera vez, y nunca encontraron en otros labios lo que ambos se habían entregado en aquel desván, ahora polvoriento. Nunca regresaron. No. Jamás.

Hoy, Encarna, ha volcado la manzanilla en la cafetería al leer con sorpresa una esquela en el periódico que le grita desde el más allá de su primera adolescencia. Horas después, ya en su casa, y después de tomarse unas tilas mezcladas con algunas valerianas, ha sentido la necesidad de reseguir con uno de sus dedos la línea de aquel corazón desigual: la portada de su primer libro de poesía. No le sorprende que sea el dedo corazón quien realiza la acción. Luego, en la soledad de la noche, huele el libro torpemente que le recuerda a un cierto olor a lágrima quebrada. Sus ojos se empañan al reencontrarse con la dedicatoria atrevida. Equivocarse. Les impidieron hacerlo. Ahora ya es tarde. No aprendieron ni juntos, ni separados, ni revueltos. La línea que separa aquel corazón es el lugar donde Encarna quiere quedarse ahora. Permanecer entre la carne de sus labios de aquel beso interrumpido, entre dos tintas. En un lugar de su memoria palpita con furia el vendaval de los primeros versos de su amado, y sabe en su interior que ella, y sólo ella, fue la fuente de su inspiración. Un murmullo la agita. Siempre. No tiene solución. Nunca aprendió a equivocarse, y ahora no sabe corregir. Las pastillas que ha engullido. Equivocarse. No eran de valeriana. Ha engullido una dosis letal que la perfora…. Juntos. Equivocarse. Para Siempre. Hasta siempre.

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