Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

 

Nuevamente en mi cuarto cierro los ojos. No he podido cenar. Me es imposible desviar mis pensamientos hacia otro lugar que no sea Nacho. ¿Realmente se escondía un plan en sus intenciones? Un deseo de volver a ver su cara me brota con fuerza.

Me levanto de la cama y voy hacia la estantería. Debajo de mi foto del ayer, está el álbum de fotos de la boda de Sandra. Lo cojo entre mis manos y lo abro. Paso varias páginas, que resbalan entre mis dedos, de arcoíris multicolores, de vestidos de fiesta, y de elegancia. No, no puede ser que Sandra las haya arrancado, aunque viniendo de ella, nada me extraña. Siempre le había tenido una manía inexplicable que no podía disimular, ni aun sabiendo que se iba a casar conmigo.

De repente, su sonrisa agitanada regresa a mí y la distancia se aproxima en el recuerdo. Por fin, puedo ver a Nacho en el preciso instante en que Sandra me tiraba el ramo de novia. Su traje, su corbata, y su perfil me trasladan a otro tiempo en el que mi mundo giraba en torno a él. La punta de mis dedos recorre lentamente su foto y la acaricia con suavidad. Me quedo atrapada una vez más por él, sus promesas parecían tan sinceras, tan dulces, tan cálidas, y hogareñas.

―Elisa… ―oigo que dice Sandra detrás de mí.

―No me lo creo, Sandra. No es verdad. Míralo ―le digo mostrando su foto―. ¡No es ningún asesino!

―Las personas cambian, Elisa.

Su sinceridad me resbala por mis finas mejillas, lágrimas que vuelan para estamparse contra las baldosas de mi cuarto. Lloro, porque ahora mismo sé a lo que sabe la traición, el gusto metálico, y gélido impreso en mis papilas gustativas.

Noche revuelta, oscura, de insomnio intermitente, pesadillas constantes, y recurrentes. De ruidos interiores, que rompen el mar de mis emociones. Sentimientos partidos en pedazos diminutos, polvorizados como granos de arena. Truenos que hacen eco tan adentro de mí que me atemorizan. Tocarte, Nacho, sin llegar a hacerlo, nunca había sido tan difícil. Me despierto ya y me agito entre las sábanas, nerviosa.

Las personas cambian… ¿Pero hasta qué punto? ¿Hasta el punto de clavarte un frío puñal por la espalda? No, no puede ser. Nacho tiene muchos fallos pero este no, desde luego, el de actor no. «Él también tenía ganas de acostarse contigo, Elisa». Mi vocecilla me sopla frases, que me recorren el alma. Joder, lo conoces bien, sus lágrimas eran sinceras… Sus dilatadas pupilas no mentían. Lo único que no puedes responder es qué hacía en Portugal, en la otra punta de la península. ¿Esconderse? ¿De qué? ¿De quién? Me alboroto, porque no obtengo respuesta. Mis luces mentales se han apagado. ¿Quién mató a Luz?

Mi mente se desliza hacia María como principal sospechosa y lo que sé de ella. Sus puños, y dientes apretados, su volcán de ira, y de rencor, su frase, que me dijo en el coche: «Si todavía no les he matado, no sé el por qué…». Su otra frase dicha en el restaurante: «Si ese era su destino, hubiera podido morir antes y así no hubiera tenido tiempo de acostarse con Víctor». El todavía que te pesa, porque ya ha pasado.

Necesitas un trago que te libere de todo esto, Elisa… Me visto de prisa y salgo a la calle, en la barra de cualquier bar me abandonaré al terremoto absorbente del olvido.

―Un Martini blanco ―le digo a la camarera.

―Vamos a cerrar ya ―me dice la mujer con aire de cansada.

―Por favor, solo uno. Me lo beberé rápido y me iré… ―le insisto.

―No, lo siento. Vuelva usted mañana.

Vuelvo a salir a la calle. Recorro varias calles, ni un puto bar abierto. ¿En qué mierda de ciudad vivo? Miro mi reloj digital, las cinco de la mañana… Vuelvo a casa de Sandra sin ningún licor entre mis venas. Domingo abstemio, no por voluntad, sino por las obligadas circunstancias. Me vuelvo a meter en la cama, resignada. Me acuesto y al final me duermo.

Me levanto pasado el mediodía, después de meditarlo mucho sé que no me queda otra opción que volver a ir a la policía. Mis pasos agitados corren hacia la comisaría y le pido al hombre que está de guardia ver al policía que me interrogó hace unos días, que tengo que decirle algo importante. El hombre me mira de arriba abajo, y al fin lo localiza.

―Señorita Mejías, nos volvemos a encontrar ―me dice con sus ojos grises y fríos―. ¿Qué la trae por aquí?

―Tengo que hablar con usted en privado.

Pasamos a una sala continua a la que me interrogaron.

―¿Y bien? ―me pregunta el policía.

―Señor, Nacho no mató a Luz. Creo que lo hizo su hermana, María…

―¿Qué le hace pensar eso, señorita Mejías?

―Porque María tenía un buen motivo para hacerlo.

Mis palabras surgen imparables de mis labios. El huracán, que llevo dentro, se desboca en la sala de la comisaría, donde explico mis propias hipótesis, y mis conclusiones. María tiene un cuerpo fuerte, y voluminoso capaz de arrastrar un cadáver. El policía me escucha con sus facciones quietas y relajadas, sin inmutarse. Cuando termino de hablar me dice:

―¿Quiere añadir algo más, señorita Mejías?

―No.

―Lo comprobaremos.

―¿Eso significa que van a soltar a Nacho?

―Todo a su debido tiempo, no me sea usted impaciente. —Y me parece entrever un principio de una sutil sonrisa entre sus finos y rectos labios.

Salgo a la calle, me meto en el autobús, y me decido a volver al piso de Sandra. Cuando el autobús frena en mi parada, mi corazón da un vuelco incontrolable. En la misma acera, Luis está andando con una barra de pan entre sus brazos.

Continuará…

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―¿Dónde estás?

―…

―Tranquila, voy para allá.

Jesús pone la cara más seria, que le he visto nunca y nos cuenta:

―Era María. Está en la puerta del tanatorio. Dice que en nada van a llevar el cuerpo de su hermana y que ella sólo tiene ganas de beber. Voy a buscarla antes de que haga una tontería.

Jesús sale precipitadamente del restaurante y su mujer se queda con nosotros. Los postres llegan y, aunque siempre suelen ser mi plato favorito, esta vez no puedo con él. El coulant de chocolate se me atraganta, y bebo un largo trago de agua para que baje para abajo. Al final me acabo dejando más de la mitad. Los niños piden salir a jugar al parque que hay al lado del restaurante y su madre les dice que sí. El camarero sirve los cafés y cuando ya vamos por el segundo Jesús entra con una María desencajada. Su pelo lo lleva atado en una coleta, y su aspecto es deplorable, grasoso y sucio. María se deja caer en la silla al lado de Sara, pero al cabo de poco se levanta y se va hacia el lavabo.

―Está muy mal ―dice Jesús y no me queda duda de ello después de haberla visto―. Toda su familia está acudiendo al tanatorio, y ella no tiene ganas de hacer ningún papel, me ha dicho que no puede con esto. Que no puede aparentar y oír las maravillas que hizo su hermana en vida y los comentarios de pobrecita.

―La entiendo —digo.

―Cuando alguien se muere, solo queda el recuerdo de lo bueno que fue, aunque en vida hubiese sido un cabrón ―comenta Jaime.

―Exacto, pero María tiene muy reciente y grabada la putada que le hizo Luz ―continúa Jesús―. No puede actuar, y hacer ver que nunca ha pasado nada. Sus padres están desechos y María me ha dicho que seguro que, si hubiera sido ella la muerta, seguro que no lo estarían tanto.

―Vaya ―dice Sara y mira hacia la puerta del lavabo―. Cuidado que viene ―murmura.

Nos callamos y vemos como María se acerca hacia nosotros con pasos temblorosos y se vuelve a dejar caer en la silla. Un pesado silencio es el que hay ahora en nuestra mesa, hasta que María abre su boca y me dice:

―¿Me puedes poner un poco de agua, Elisa?

Le sirvo el poco de agua, que queda en la botella, y Jesús le pregunta si quiere que pida otra, a lo que María asiente. Se la va bebiendo rápido, y al fin le entra hipo.

―¡Mierda! ―masculla María y mira su reloj digital-. Ahora bien seguro que estarán…¡hip! todos allí, mis tíos, ¡hip! mis primos, los vecinos… Todos con buenas palabras, comentado lo buena que era, lo guapa que era… ¡hip!

María aprieta su puño derecho, y por un momento creo que va a dejarlo caer sobre la mesa. Bebe otro largo trago de agua sin respirar y parece que el hipo se le quita.

―Y yo no puedo seguir con esta farsa… ―sigue María―. Porque nadie sabe que Luz se acostó con Víctor, ni siquiera mis padres. Les dije que lo habíamos dejado, porque no estábamos seguros del paso que íbamos a dar. No lo comprendieron, nadie lo comprendió y encima tuve que escuchar sermones por parte de ellos, de que un chico como Víctor no lo volvería a encontrar en mi vida. María, me decían, piénsalo bien, porque Víctor se los puso en el bolsillo desde el primer día que lo conocieron.

Mientras María habla, no puedo dejar de pensar en Luis, en cómo lo he traicionado. Nacho me traicionó a mí, así como Luz y Víctor traicionaron a María. El nudo de infidelidades enredado y complejo me ahoga, yo también me sirvo un poco de agua que bebo con ansia.

―Si ese era el destino de Luz, ojalá se hubiese muerto antes ―oigo que dice María―. De esta forma, no hubiera tenido tiempo para acostarse con Víctor.

Todos la miramos sorprendidos, María aprieta los dientes y, por último, calla. El camarero del restaurante nos indica que ya van a cerrar, son casi las seis de la tarde y Jesús le dice a María que vaya a su casa. Nos despedimos hasta el martes.

Al volver a casa, Sandra me pregunta directamente:

―¿Por qué le has dicho a Jesús que hable con Luis? Elisa… ¿qué ha pasado?

Le rehuyo la mirada y le digo:

―Me volví a acostar con Nacho.

―¿Qué? ¿Cuándo? ¿Por qué? ―y sus preguntas van subiendo de tono.

―Porque todavía no lo he podido olvidar, Sandra, por eso…

―Elisa, Nacho no te conviene, ni antes ni ahora. Entiérralo en el pasado de una vez.

―¿Y me puedes decir cómo se hace esto?

―¿Lo fuiste a buscar tú? ¿Te buscó él? ¿Qué pasó, Elisa?

―Vino a buscarme a la salida del trabajo para decirme que volviera con él.

―¿Qué? ¿Y tú le dijiste que sí a la primera?

―Cuando vi sus lágrimas no pude negarme.

―¿Qué Nacho lloró?

―Sí…

―¡Lágrimas de cocodrilo!

―Parecían sinceras, Sandra.

―Sí, y voy yo y me las creo ―dice una Sandra irónica―. ¿Volviste a beber, no?

―Sí… ―Y bajo todavía más mi cabeza.

―Joder, Elisa, ¿ves como no te conviene?

―Lo sé… Pero no tengo remedio…

―¡Claro que lo tienes! Eso no lo digas nunca. Hundiéndote en la pasividad no desde luego. Estabas bien con Luis, llevabas un tiempo estable, habías cambiado para bien, y ahora… ¿vas a volver atrás como los cangrejos?

―No, Sandra, me equivoqué. Pero no me pude resistir a la idea de la playa. Ya lo sé, estoy loca de remate. Por eso vino la policía a buscarme, porque a la mañana siguiente encontraron allí a Luz.

―¿Cómo?

―Sí, pero me dejaron marchar, porque la mataron antes de que yo estuviera allí con Nacho. No en el momento en que yo estuve en la playa…

Jaime entra en mi cuarto y nos interrumpe:

―Rápido, venid a ver las noticias, hablan sobre el caso de Luz.

Corremos rápido por el pasillo y nos sentamos enfrente de la televisión. Han detenido a Nacho como autor del crimen en Portugal. Puedo ver una fotografía suya a pantalla completa, que me pone los pelos de punta de una intensa sacudida.

―Elisa, ¿ves como el asesino siempre vuelve al lugar del crimen?

―… —No puedo responder.

―Lo tengo más que claro ―dice Sandra―. Quería inculparte, por eso te hizo ir a la playa.

La duda que ha sembrado Sandra me corroe por dentro.

Continuará…

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Video poema Marta de Corbes de sang (nova versió)

25 julio, 2025


Aquest poema li tinc un especial carinyo, perquè és el segon que vaig composar quan vaig escriure el poemari de «Corbes de sang o 28 poemes feministes». Tracta d’un viatge metafòric d’est a oest per Espanya. Un poema on la protagonista, que es diu Marta, lluita contra la depressió i aconsegueix alleugerir el pes de l’ànima a l’última estrofa.

Felicitats als Santiago, Jaumes i Jaimes en el dia del seu sant.

Fa dotze anys em vaig atrevir a fer una versió del poema quan encara estudiava multimèdia i la carrera encara no l’havien homologat. L’ordinador era vell i no donava més de sí. Llavors els sistemes operatius eren més inestables i les connexions d’Internet també. L’important és seguir i no aturar-se. Desitjo que us agradi.

 

Me vuelven a hacer varias preguntas, que disparan mis latidos. Al final, me arrojo al suelo de rodillas y le digo al policía:

―Señor, yo no he hecho nada. Mírame, no tengo fuerzas para arrastrar un cadáver.

Espero que mis palabras causen el efecto que busco. Mi cuerpo es menudo, comparado con el de Luz. Ella, aunque delgada, era bastante más alta que yo.

―Siéntese, señorita Mejías ―me ordena el policía con voz de trueno―. Dígame ¿qué hacía en la playa a aquellas horas de la noche en pleno mes de diciembre?

―Había ido con Nacho, ―dudo un instante― a recuperar el tiempo perdido.

―Explíquese…

―Fuimos a estar a solas. ―Me ruborizo por completo―. Necesitábamos intimidad…

―¿Y hasta qué hora estuvo en la playa?

―No me acuerdo, señor, había bebido y lo he olvidado por completo.

―Y apareció Luz y os sorprendió… ―Dice él atando cabos.

―No, yo a Luz no la vi. No me acuerdo de haberla visto ―rectifico.

―Pero esto no explica que no fuera capaz de tirarle la piedra, que hemos encontrado como arma del crimen.

―…

―¿Se acuerda de esto, señorita Mejías.?

―¡Ya le he dicho que no me acuerdo de nada! ―grito con todas mis fuerzas.

―No la presione más –oigo que dice Jesús.

El policía toma nota de lo poco que le he dicho, entra una policía y le dice que tiene una llamada importante, resopla dejando el aire suspendido unos instantes en el ambiente, y sale del cuarto.

―Jesús ―me doy prisa para hablar―. La cosa no pinta nada bien…

―Elisa, ―me tranquiliza con sus palabras―. Es el procedimiento habitual, si no tienen nada más cuando pasen las setenta y dos horas, te dejarán ir.

¡Setenta y dos horas! Nada comparado si después vuelvo a ser libre. Mi vocecilla interior está cantando de alegría.

―Jesús, dile a Luis que lo siento mucho… por todo.

―No te preocupes, se lo diré.

Me equivoqué, porque soy débil y no tengo voluntad. Si me hubiera plantado delante de Nacho y le hubiera dicho, que no tenía nada que hacer, ahora mismo no estaría aquí. Estaría con Luis cumpliendo nuestro pequeño sueño, en la casita rural bañándonos en el jacuzzi, y dejando que la vida nos premiara con dulces y tentadores proyectos.

Chicos como Luis no se encuentran fácilmente. Mi vocecilla está decidida a volverme a martirizar. «Eres una estúpida, Elisa, cómo lo has podido dejar escapar. Un chico que se preocupaba y que se había enamorado perdidamente de ti. Y tú todavía obsesionada por un recuerdo, por una falacia de sensaciones que no te llevaron a buen puerto. Nacho nunca te ha convenido y lo sabes en tu fuero interno. Te mira y tiemblas, te acaricia y te pierdes, te besa y te arrastras, te folla y te olvidas hasta de quién eres. Tienes heridas visuales en tu menudo cuerpo, rastro de tu amor salvaje con él, arañazos del arrebato que te sorprendió en la arena, moratones de la pasión que te abrasó en la playa.»

Ahora lo tengo claro, las marcas que tengo sobre mi piel son de Nacho, de mi adicción y perdición hacia su persona. Una droga que he esnifado y me ha invadido todos los poros de mi piel. He sucumbido a su poder despiadado por culpa de mi debilidad, que ha aniquilado mi voluntad. He vuelto a caer en su red, a estrellarme contra sus labios, a estamparme contra su fuerte cuerpo, a arrojarme por un precipicio sin beneficio ni salvación.

Y lo que es peor, he vuelto a beber sin tener sed, sólo buscando la añorada sensación de des inhibición, el placer que me proporciona la primera copa. Ahora, totalmente consciente, me arrepiento de ello, he vuelto a tropezar con la misma piedra que siempre se encuentra en mi camino. Qué fácil hubiera sido esquivarla, y ahora mismo, no estaría en esta sala con Jesús, con el policía que ha vuelto a entrar, con esta tenue bombilla, que poco ilumina, y me hace sentir tan oscura.

―Puede irse, señorita Mejías. Ahora le vamos a devolver sus pertenencias.

Me quedo parada, atontada, como si no lo hubiera entendido.

―¡Vamos! Dese prisa antes que me lo repiense ―dice el policía.

Me levanto como puedo del asiento, mis piernas tiemblan y les cuesta sostener mi cuerpo.

―¿Qué pasa? ―quiere saber Jesús.

―Los resultados de la autopsia, Luz no murió la noche del miércoles sino antes. Más no puedo decir. Señorita Mejías, intente estar localizable en los próximos días, puede que la volvamos a interrogar.

Paso a otra sala donde me devuelven mi móvil, que no tardo en encender. No hay ni rastro de Luis en él. Llamo a Sandra para decirle que soy libre, y me subo al coche de Jesús que me llevará a su piso de nuevo.

Cuando abro la puerta del piso de Sandra, una emoción me recorre de arriba abajo. Ella esté esperándome de pie en el recibidor, y con sólo verla me abalanzo sobre ella. La abrazo con todas mis fuerzas. Tiene cara de no haber pegado ojo en toda la noche y yo sé que no hago mejor aspecto. Mi cara se hunde en su largo pelo moreno, que huele a su champú, y me quedó un largo rato así como suspendida en el aire del pequeño recibidor. Jesús, que también ha entrado, se pone a hablar con Jaime y de fondo oigo su conversación, aunque no paro demasiada atención en lo que dicen. Al cabo de un rato, Ghato sale de la cocina con una salchicha en su boca y se pone en medio de nosotras.

―Me parece que nos hemos quedado sin segundo plato ―dice Sandra alarmada.

―¿Qué has hecho, Ghato? ―le riño.

―Déjalo, Elisa ―se disculpa Jaime―. Olvidé cerrar la puerta de la cocina, cuando descongelé las salchichas. Tendremos que ir a comer fuera, no dará tiempo a descongelar nada.

―Bueno, si no queda otro remedio… ―dice Sandra, resignada.

―Invito yo ―me apresuro a decir―. ¿Quieres venir con nosotros, Jesús?

―No, lo siento. Mi mujer me debe estar esperando.

―Llámala y dile que se venga. Así la conocemos. Y que vengan los niños también.

Jesús me hace caso, coge su móvil, y teclea el número de su mujer. Al cabo de un tiempo en el que me he duchado, y cambiado de ropa, la mujer de Jesús llama al timbre. Es una mujer bastante atractiva, de bandera, con el pelo rizado que le cae por los hombros, con la cara maquillada tímidamente, y un cuerpo muy bien proporcionado. Vaya con Jesús, pienso, qué callado se lo tenía.

―Os presento a Sara ―dice Jesús.

Sara me da dos besos y huelo su discreto perfume caro, unas leves notas de jazmín, que me encantan.

―Y estos son Dani y Carlota.

Un niño de unos seis años y una niña de unos ocho me dicen hola con educación. La niña indudablemente ha salido al padre y el niño es más bien una mezcla de ambos.

―Ya nos podemos ir ―digo yo.

Cogemos el ascensor en dos turnos y salimos a la calle. Vamos a un restaurante cerca de casa, en el mismo barrio, y de esta manera podemos ir andando. Nos pedimos unos platos de carpaccio de salmón ahumado para picar, y unas chuletas de cordero de segundo. Los niños comerán el menú infantil. Durante la comida evitamos hablar de Luz y de todo lo que ha pasado, aunque mis pensamientos no se alejan de ella. Jesús, como siempre, termina contando chistes, que me vienen bien, para evadirme de todo lo que estoy pensando en esos duros momentos.

―No sé de dónde los saca ―dice Sara―. Cada vez sabe más y lo bueno es que no los olvida-.

―Con razón se sacó la carrera ―comenta Jaime.

―Yo no soy buena contando chistes ―dice Sandra―. No tengo gracia y al cabo de poco me olvido de ellos. Si te quedas en el paro, siempre te puedes hacer humorista, Jesús.

―No tengáis duda de ello ―contesta Jesús con un aire bastante serio que no le pega para nada.

―No hagas el payaso ―le riñe su mujer.

Y Jesús rompe con una sonora carcajada, que se nos contagia.

En el restaurante, sé que me estoy perdiendo las noticias del mediodía, que posiblemente a estas horas estén diciendo algo nuevo sobre el caso de Luz. Miro nerviosa el reloj, son las tres de la tarde. En este preciso instante, el móvil de Jesús empieza a sonar, se levanta de la mesa y responde:

―Hola María…

Continuará…

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Video poema Sílvia

20 julio, 2025


El tema és la naturalesa sagrada i espessa versus la contaminació i l’erradicació d’una selva.

La protagonista és la Sílvia, que etimològicament vol dir selva.

 

Estoy en una sala sin ventanas, en la comisaría de la policía, lugar donde nunca antes he estado y mi cabeza se ha parado del impacto. Otro hombre con los ojos grises y fríos me interroga:

―¿De qué conocía a Luz Casas Ribes?

―Trabajé hace un tiempo con ella en la academia donde trabajo.

―¿Qué relación tenían?

―Solo trabajamos durante tres días. Más bien muy poca.

―¿Cuándo la vio por última vez?

―El día en que se le acabó el contrato de modelo. Hará unos dos o tres meses.

―¡Miente! ―dice el policía fríamente.

―Bueno, otro día la vi de lejos, delante de un bar.

―¿Qué bar?

―La pequeña taberna.

―Vuelve a mentir, señorita Mejías.

―¿Dónde estuvo ayer?

―Estuve trabajando.

―¿Y después?

―En un bar de la esquina donde trabajo, en el bar Oceanía, señor.

―¿Conoce al señor Ignacio Pino García?

―Sí ―digo con un hilo de voz.

―Dime, ¿Qué relación tienen?

―Es mi exnovio.

―Y ayer, señorita Mejías, ¿con quién estuvo en el bar Oceanía?

―Con Nacho… ―Me atraganto y toso.

―Querrá decir con el señor Pino. Y bien. ¿Qué relación tenían Ignacio Pino García con la señorita Luz Casas Ribes?

―No lo sé ―Y mis ojos se han vuelto turbios.

―¡No me lo creo, señorita Mejías! ―grita el policía―. ¿Hacia dónde fue después de estar en el bar Oceanía con el señor Ignacio Pino García?

―No lo sé, no me acuerdo.

―¡Miente! ―repite el policía con voz más grave―. ¿Le suena de algo esto?

Y saca de un cajón envuelta dentro una bolsa de plástico, mi cartera.

―¿Sabe dónde la hemos encontrado?

Me paralizo. No hace falta que me lo diga. La cartera me debió caer en la playa.

―Necesito un abogado ―digo con mi voz quebradiza.

Me han llevado a otra sala dónde hay un teléfono, porque tengo derecho a hacer una llamada. Otro policía me vigila, y marco los números de mi amiga Sandra con mis dedos que están bastante sudados. Sandra contesta al segundo tono, y al oír su voz, me emociono:

―Sandra, escúchame, tengo poco tiempo. Me han detenido.

―¡¡¡¿Qué?!!! —Dice mi amiga con varias exclamaciones, que resuenan en mis oídos.

―Han encontrado muerta a Luz, y me he metido en un buen lío. Llama a Jesús, necesito un abogado, que venga rápido.

―Sí, tranquila, ahora mismo le llamo.

―Cuida de Ghato. ―Y mi voz es tan frágil, que casi no se me escucha.

―Saldremos de esta, Elisa ―oigo que dice mi amiga.

El policía se me acerca y me apresuro para decirle a Sandra.

―Tengo que colgar, Sandra. Yo no he hecho nada.

Me llevan a una celda y las horas que paso en espera se cubren de niebla espesa y gris. Mis lagunas de memoria no me ayudan demasiado. Noto que nuevamente me está subiendo la fiebre y tirito de frío. Estoy bastante mareada, la cabeza me da vueltas y veo cómo todo se mueve a mi alrededor. Me tumbo en la cama que hay y veo el techo que está pintado de un azul sombrío.

Cierro los ojos, pero no puedo dormirme. Me siento atrapada en un callejón sin salida largo, tortuoso y oscuro. Ordeno mis ideas de ayer por la tarde. No puede ser que esto me esté pasando a mí. Se trata de una pesadilla por la fiebre que tengo. Pero la celda es tan real con sus barrotes de hierro, y su frialdad que no puede haber salido de mi imaginación. Aunque no me acuerde de nada, sé que yo no maté a Luz.

«Eres incapaz de matar una mosca», Elisa, me digo, pero tengo que intentar que la policía me crea y de momento no lo parece. En la televisión, lo poco que he visto, han dicho que la policía investigaría el entorno de la víctima, ¿formaba yo parte de él si casi no la conocía? Una vocecilla interna me dice: «Sí, formabas parte de él de manera indirecta, Elisa.» Tenías celos de ella por haberte quitado tu futuro con Nacho.

Claro que los había sentido, es humano sentirlos, pero no ahora que justo estaba empezando mi relación con Luis. Le ordeno a mi vocecilla interior que se calle, y que deje de darme la lata.

No sé porqué les he dicho, que no sabía la relación que tenía Nacho y Luz hace un momento. La policía creerá que les estoy ocultando algo pero es que sinceramente tampoco sé a ciencia cierta qué relación tenían. ¿Eran novios?, ¿Sólo se acostaban?, ¿Amigos con derecho a roce? Pienso que Nacho posiblemente también esté detenido. Si es verdad que Luz le había estafado como me contó ayer, tiene un móvil mucho más consistente que el mío. Luz, incluso muerta, se ha vuelto a cruzar en nuestras vidas para separarnos…

A la mañana siguiente, me entran un poco de desayuno que como con pocas ganas. El nudo está tan apretado alrededor de mi garganta que casi no puedo tragar. Los cinco dedos, que todavía tengo presionando mi corazón, aceleran mis latidos que siento dispersos por todo el cuerpo.

Me vuelven a hacer entrar en la sala donde ayer me interrogaron. Es viernes, día siete de diciembre.

Jesús ha llegado, lleva un traje marrón con una camisa de algodón bastante arrugada. Su calva brilla con la luz de la sala y tiene los ojos cansados, nos dejan un momento a solas cosa que hace que la presión, que siento en este mismo instante, se relaje una milésima parte. Jesús se sienta a mi lado, y al verlo, me entran ganas de llorar, y se me escapan las lágrimas que ruedan por mis mejillas.

―Elisa, ¿Qué ha pasado?

―Jesús, siento que hayas tenido que volver del pueblo por mi culpa  —digo con pena.

―No pienses en eso, anda. Dime lo que estuviste haciendo el miércoles cuando saliste del trabajo.

―Es que… Jesús, volví a beber, no me acuerdo ni de la mitad ―digo entre lágrimas.

La preocupación ha invadido la mirada de Jesús y eso hace que mis lágrimas se aceleren. Soy consciente, que me he metido en un buen lío. Le veo reflexionar, rascándose la barbilla con su mano blanda y, al fin, me acaba diciendo.

―Dime hasta donde recuerdas, Elisa. Tienes que ser sincera. Yo no te voy a juzgar.

No tengo más remedio que volver a hablar de Nacho, de lo que me dijo, de lo que me pidió en aquel bar, en donde mis sentimientos acabaron por desbocarse hacia la playa.

―Pero yo no recuerdo nada de la playa, Jesús. Sólo sé que estuve, porque al día siguiente estaba llena de arena.

―¿Dónde te despertaste? ―pregunta.

―En mi cuarto. Estaba sola. No recuerdo a qué hora llegué. Me desperté pasadas las doce del mediodía.

―¿No recuerdas si te vio alguien de camino de la playa hasta tu casa?

Niego con la cabeza lentamente. Jesús vuelve a rascarse la barbilla, pensativo. ¡Qué daría por acordarme de todo en este preciso instante, que la espesa niebla se evaporara y mis recuerdos se impregnaran de luz!

«Pero esto no va a pasar», me digo, y otra vez mi vocecilla interior, que hace rato que no habla, vuelve para decirme: «Estás condenada, Elisa, ni Jesús, ni nadie, podrán sacarte de aquí…»

Continuará…

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