Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

 

La oscuridad es un pozo sin fondo por donde buceo en busca de nada ni de nadie. Absorta y perdida, estoy completamente sumergida en ella. Recuerdos opacos, y muy negros, que se apagan en mi mente. Vacía, perdiéndome en las sombras. Inconsciencia. No sé cuántos tragos han faltado para entrar en este paraíso tan lejano, pero ya no hay marcha atrás.

No estoy en mi sofá. Sueño que me transportan no sé hacia dónde, pero me dejo ir. Viajo. Sonidos dispares. Aullidos intermitentes. Otra vez me arrastran. Me tumban. No soy yo. Soy una lavadora que está centrifugando. Vibrando. Siento un dolor en mi estómago intenso. Pinchazos repetidos. La oscuridad de nuevo, mi acompañante, acoplándose en mí. Y ya no pienso más. Me abandono a ella: ¡BIENVENIDA OSCURIDAD!

El cielo de pronto se volvió blanco. Tengo los ojos abiertos y veo un techo inmaculado. No sé dónde narices estoy, pero no me puedo mover. Oigo a Sandra que dice: está reaccionando, y me aprieta la mano izquierda. Noto el tacto de su mano tan caliente, que me quema. Sandra me mira. Me sonríe. Y sus ojos empiezan a brillar. No, más lágrimas, no, por mi culpa no. Pero ya le han empezado a salir y no puedo evitar de verlas, una a una van cayendo sobre mí. Me empapo por la sal de sus heridas y quiero decirle que pare, que estoy bien, pero mi lengua no me responde.

Elisa… ¡Menos mal que has vuelto!

Y me besa, un beso húmedo en mi cara, que sabe a lágrimas, con lo que yo las odio. No, no puedo permitir que Sandra sufra. ¿Sabe ella que he vuelto a ver a Nacho y por esto estoy así? Lo sabe, seguro… Vuelvo a cerrar los ojos y huelo este olor tan peculiar que tanto odio: el desinfectante de hospital. ¿Es aquí donde he acabado? Sí, vuelvo a abrir los ojos, y veo que en mi mano derecha llevo una vía unida a un gotero.

Elisa… pronto saldremos de aquí ―me dice―. Vendrás a mi casa. Sola no puedes estar.

Y ahora sí, es cuando puedo pronunciar por fin un sí.

La soledad es como el aguardiente, te quema y te atrapa con pocos sorbos que le des. Soledad de eses, de mareos durante noche y día, una vez empecé a beber, no pude parar. Había olvidado que yo, con el alcohol, no tengo control, nunca sé decir basta.

Recuerdo los últimos días como una nube, entre bajadas al supermercado para adquirir diferentes botellas que coleccionaba una vez vacías. Me bebí todas las marcas que compartía con Nacho, y con cada trago, le hacía más presente en su ausencia. Ahora estas marcas seguro que las bebería con Luz, me decía y al fin entraba en un sueño profundo para a la mañana siguiente volver con lo mismo. Había entrado en un bucle sin retorno, una espiral, que me engullía, hasta que al fin debió aparecer Sandra. Tenía las llaves de mi casa desde hacía meses. Se las di en un momento de consciencia, porque lo consideré oportuno que ella las tuviera. En aquellos meses tenía miedo de mi misma, y lo hice para estar vigilada, pero cuando me recuperé, no se las volví a pedir, y ella nunca me las devolvió.

Has estado en coma, Elisa. Pensaba que esta vez te perdía.

Y otra vez se me acerca. Besos salados en mis mejillas pálidas como el techo del hospital.

Después de pasar un largo tiempo en observación, me dan el alta,y salgo de allí. Me acomodo en el coche de Sandra, un Golf negro y brillante. Vamos a mi piso un momento a buscar a Ghato, y a recoger cuatro cosas que llevaré al piso de Sandra.

Ghato está tan diferente. Su pelo ya no brilla tanto como antes, y está algo demacrado, mucho más delgado. Sandra me lo debe notar en mis ojos, porque se apresura a decir.

Esto no es nada comparado como cuando lo encontré. Estaba tan mal pobrecito, llevaba días sin comer. Ahora ha engordado un poquito.

Me entra una gran pena, al ver como Ghato ya me está lamiendo otra vez los dedos de los pies, que sobresalen de mis sandalias. No me merezco sus caricias. Sin querer, lo abandoné. Pero… ¿cómo podía cuidar de mi mascota si era incapaz de cuidarme a mí misma? Lo acaricio y el tacto con su pelo me tranquiliza, pero no me resta la culpabilidad que siento en ese momento.

El piso está bastante cambiado. Sandra se ha encargado de recogerlo. Ni en toda una vida le podré pagar todo lo que está haciendo por mí.

Gracias ―le digo de la manera más sincera que puedo.

Tú harías lo mismo por mí. Eres como una hermana, y lo sabes.

Mientras Sandra carga la maleta, que ya me ha preparado, yo cojo a Ghato en mi regazo, que pesa muy poquito, y me despido de mi piso. De vuelta al coche, cruzamos distintos barrios de la ciudad, hasta que al fin, veo la fachada anaranjada del edifico de Sandra. Subimos en el ascensor hasta el ático y Sandra abre la puerta. El piso está muy silencioso.

¿Y Jaime? ―le pregunto.

Todavía está trabajando ―me dice ella mientras deja la maleta en lo que a partir de ahora será mi cuarto.

¿Y tú? ―la interrogo―. ¿No deberías estar también trabajando?

Elisa, me he quedado en el paro hace un par de semanas. Te llamé al móvil, pero no me lo cogiste.

Las cervezas frías y mi malestar con la vida impidieron responder esta llamada tan importante para Sandra. Mi amiga necesitaba desfogarse y yo le fallé como lo hice conmigo misma. Me siento mal y siento como lágrimas inevitables me están subiendo por los ojos, un escalofrío me sacude y se me escapan tiritando.

Lo siento tanto, Sandra ―le digo al fin.

Pensaba que me dirías, bienvenida al club de los parados ―me dice ella sonriendo y restando dramatismo a la situación.

Son tiempos difíciles, pero los superaremos, ¿verdad?

Claro, Elisa.

Pero sus ojos negros rozan la preocupación disimulada por la mueca de su sonrisa y siento cómo Sandra también necesita de mi ayuda. Abrazo su menudo cuerpo, nuestras mejillas de mar se juntan y compartimos nuestro tacto fino y húmedo.

Menudo par que estamos hechas, Sandra, llorando como dos tontas.

® Helena Sauras

portada3

Continuará… Ha clic aquí para leer el siguiente capítulo.

Me despierto porque Ghato me está lamiendo los dedos de los pies con su lengua áspera. Es la única caricia que recibo durante meses y le estoy agradecida. Siento que mi cabeza me va a estallar en un momento u otro. Tengo la boca muy pastosa y lamento el momento en que empecé a beber.

Recuerdo la voz de Nacho, tan lejana, diciéndome que lo nuestro no podía ser. El por qué, que nunca me lo dijo, me anudó el corazón y así se quedó, quieto y parado durante días, semanas y meses. Ahora vuelvo a sentir esta sensación y sé en mi interior, que posiblemente Luz tiene algo que ver en nuestra historia. Todo parecía ir bien y, sin ninguna discusión por medio, de pronto, me deja de un día para otro. No tuve tiempo de asimilarlo y entré en estado de shock.

Los planes que teníamos de boda se hundieron junto con mi vaso de Martini blanco. Me lo dijo tan frío, tan distante, que sus palabras de hielo me bloquearon. No pude reaccionar y él se fue, hizo las maletas y desapareció de mi vida. Me sentí estúpida, engañada y un odio creció en mi interior por haberme quitado mis ilusiones.

Entonces empecé a beber a marchas forzadas. Antes lo hacía sólo por diversión. Era una bebedora compulsiva de fin de semana, donde Nacho me acompañaba la mayoría de las veces. Ahora bebía por necesidad, porque sabía que el alcohol aniquilaba mis pensamientos destructivos, sin ser consciente que, con él, la que me destruía era yo. Tardé en darme cuenta de ello, y al final, Sandra, una de mis amigas, después de encontrarme inconsciente en mi sofá, me brindó su amistad más que verdadera.

Al principio me resistí, pero después de largas charlas donde ella me hizo reflexionar, acabé por pedir ayuda. No fue tarea fácil, pero acabé por salir del pozo, hondo y oscuro, donde había permanecido larga y tendida durante varias estaciones, que iban pasando rápidamente, sin llegar a distinguirlas. Recuerdo que en primavera, el grupo de psicólogos que me trataban me derivaron a una terapia de grupo, porque pensaron que ya estaba preparada.

El primer día, lo pasé bastante mal porque esto de hablar en público, frente a personas desconocidas, me ponía muy nerviosa. «No tienes que hacer nada, que tú no quieras», me dijeron. Y me sentí aliviada, más capacitada para contar mi historia, que empecé con estas palabras:

Hola. Me llamo Elisa y bebo frecuentemente desde hace siete años. Primero lo probé para experimentar algo nuevo, para divertirme y poderme evadir los fines de semana de los estudios. Pero poco a poco, el alcohol fue entrando en mi vida sin darme cuenta, llegué a ser incapaz de poder divertirme sin su compañía, que esperaba con ansiedad.

«De aquella época sólo recuerdo el botellón, las botellas que compraba a medias junto con mis amigas para poder disfrutar de la noche joven, que siempre pasaba de una manera veloz. La madrugada nos atrapaba y la salida del alba nos indicaba, que la diversión había terminado. Entre risas, nos despedíamos hasta la noche siguiente. Entre semana era una estudiante ejemplar y sacaba buenas notas, y mis esfuerzos me costaban, pero era en el fin de semana cuando me desmadraba y hacía cosas que luego me arrepentía, porque era incapaz de recordarlas. Una espesa niebla cubría las imágenes de mis recuerdos opacos, pero al principio no le di demasiada importancia. Pensé que era lo normal para mi edad, porque el resto se divertía de la misma manera que yo, y de esta forma, me integraba en el grupo.

«Tímida por naturaleza, el alcohol me daba una confianza que nunca antes había tenido. Me era más fácil relacionarme con mis amigos y también me ayudaba a ligar, por qué no.

Me sonrojo y noto mis orejas calientes, pues he pensado en Nacho, porque fue en aquella época, cuando le conocí. Una noche de copas me lo presentaron en un bar. Era el amigo del hermano mayor de una compañera de instituto. Entablamos conversación y, a la mañana siguiente, tenía su número de móvil guardado en mi agenda. Carraspeo, bebo un poco de agua y continúo con mi historia:

Ligué con un chico y empezamos una relación formal. Continuaba saliendo con mis amigas, pero me fui distanciando poco a poco de ellas. Mi novio también bebía como yo, para divertirse. Los dos nos lo pasamos muy bien en aquella época de estudiantes. Cuando acabamos la carrera y, después de encontrar trabajo, nos pusimos a vivir juntos. Pero al cabo de un tiempo, él me dejó. Aquí fue cuando mi problema con la bebida se agravó, pues ya no bebía para divertirme, sino que lo hacía para olvidarme del presente. Bebía cada día y sola, en mi piso, sin ninguna necesidad de relacionarme con nadie.

Se me quiebra la voz y mis compañeros de terapia me aplauden, y me dicen que ha sido un buen inicio. Me siento en la silla y la terapia da paso a otros casos que escucho con atención.

***

Ghato maúlla para pedirme el desayuno, y yo que estoy absorta en mis recuerdos, no le hago caso. Además no puedo moverme de mi sofá, porque me duele todo el cuerpo. Mi sofá se ha convertido en mi espacio vital desde que volví a ver a Nacho.

El pesimismo es como un vino negro oscuro y denso, una vez lo pruebas te cuesta apurar hasta la última gota.

Recuerdo las caras de mis compañeros de grupo: Jesús, María, Toni, Luís, Rebeca. Tan distintos entre sí, pero con una misma historia que compartir: la adicción por una droga muy común: el alcohol.

La que más me impacto fue la vida de Toni. Su mujer falleció en un accidente de coche y él era el que conducía. Un conductor borracho los arrolló sin más, y Toni bebía en el presente, porque se sentía culpable de no haber podido esquivar al otro coche. Decía que alcohol le aminoraba la culpabilidad que sentía, pues él, justo antes de tener el accidente, estaba pensando en cómo separarse de su novia, pues habían tenido una discusión, que ahora decía que no tenía importancia.

De pronto y, mientras pienso en Toni, me entra el deseo de beber cerveza para quitarme la resaca que llevo. Bajo un momento a los chinos de la esquina y compro cuatro latas. Éstas me las bebo pausadamente. Están fresquitas y entran muy bien.

Ghato finalmente se queda sin desayunar y me observa con sus ojos grandes, verdes oscuros e hipnóticos. Sabe que mis malos días han vuelto a empezar.

Suena mi móvil. Veo en la pantalla que es Sandra y, no sé si cogerlo, pues ella es adivina en esto de las recaídas. Si contesto, creo que me lo notará en la voz, si no lo hago, puede que se preocupe y acabe viniendo.

Al final, decido dejar que el móvil suene hasta que se canse. Cruzo los dedos para que Sandra no vuelva a entrar en mi vida. No quiero ver a nadie, sólo quiero disfrutar de las dos latas que me quedan con tranquilidad, sin sermones por parte de mi amiga.

Ahora no, no puedo, no los necesito. Nacho está con Luz, y yo estoy palpando la oscuridad de nuevo.

® Helena Sauras

Continuará (Haz clic aquí para leer el siguiente capítulo)…

portada3

 

Mis pasos cansados me han llevado al bar de la inocencia perdida. En la barra, clavado en el bar, está Nacho bebiendo un whisky con hielo acompañado por una joven. Le he visto y me ha mirado, pero no creo en Dios. Su carita de niño agitanada, tostada por el sol del Mediterráneo, descubría sus dientes blancos en esa sonrisa inicial, que me ha dedicado, despegando sus labios morados a causa del hielo.

Supongo que se habrá dado cuenta que su cara contrastaba con la mía; pálida, cansada, con grandes pinceladas amoratadas debajo de mis espejos del alma. Me ha dado dos besos en sendas mejillas y me he sentido espiada por esta mujer que controla cada uno de mis movimientos. Ella reposa en un taburete rojo, con un vaso medio vacío de licor, con la cara perfectamente maquillada, no sea el caso que se le vea en algún lugar recóndito de su piel su palidez característica. Con los ojos rociados con abundante pintura, las cejas perfectamente depiladas, y un lunar en la parte superior de su ojo izquierdo, me observa, intentando disimular.

Nacho rompe estas miradas presentándome con delicadeza. Se llama Luz y yo por lo bajo murmuro: «De mi vida». Nacho me oye y me ríe la ocurrencia, que ella no entiende, por no haberlo escuchado a su debido tiempo. Acto seguido, le suena su móvil, y se aleja de nosotros, cosa que agradezco no sé por qué. Ahora, por fin, solos los dos, mis dudas se aceleran en este momento. ¿Qué busco en la inmensidad de este bar? ¿A dónde me llevaran mis próximos pasos?

Nacho irrumpe mis pensamientos pidiéndome un Martini blanco, pero yo le miro fijamente, y le digo que ya no bebo, que lo he dejado.

Y tú tampoco deberías beber, si luego has de coger el coche ―añado.

Nacho, sorprendido, hace una mueca y sé que no soporta que le dé lecciones. Si no llegara a ser yo, me diría que de madre ya tiene una y más que suficiente.

Luz vuelve a aparecer con su vestido brillante que deslumbra de tanta purpurina que lleva, ha aprovechado el respiro para pintarse los labios de nuevo en el tocador. Sé que sobro. Lo noto en sus ojos aniñados y acaramelados, que están deseando encontrarse para dar paso a la danza de los cuerpos. Apuro mi agua con gas. Les devuelvo los cuatro besos a Nacho y a su sirenita de compañía y, me fundo en las calles de mi ciudad.

En la calle, se derrama un mar de lágrimas al fundirse mi máscara porque ya no es Carnaval, porque alguien ha dado el cambiazo definitivo a este examen puramente femenino. He dejado de ser su cielito lindo, ha cambiado mi lunar que tenía, y conservo en el ombligo, por un ojo izquierdo. Y siento ganas de desaparecer, hundida en lo más hondo, voy directa a casa, donde me tumbo en mi sofá. Enciendo la televisión pero no ponen ningún programa de interés que logre distraerme de mis pensamientos.

Al verlo de nuevo, he conseguido que volvieran a renacer mis recuerdos, que creía ya perdidos, y ahora me martirizan como martillos golpeándome en las sienes. Un dolor de cabeza me invade y me siento morir. Pensaba que lo tenía superado, que el tiempo había evaporado la sal de las heridas, pero me necesito recomponer ya que en un solo instante todo se ha derrumbado de nuevo.

Inspiro, espiro, inspiro, espiro… y, respirando, me doy cuenta de que el aire me entra en los pulmones y me siento como un árbol observador y estático. Observo el comedor desordenado. Una pila de ropa arrugada todavía está por planchar. La mesita está llena de mandos, platos sucios y libros. La comida de Ghato está esparcida por el suelo y, me he olvidado de servirle su tazón de leche. Me agobia todo tanto, que me da por recogerlo, para no pensar.

Mientras Nacho, en algún lugar cercano de la ciudad, seguirá con su vida y yo seguiré con la mía: monótona a más no poder, sin ningún aliciente, vacía en definitiva. Y es este vacío, el que más me pesa, el que no cicatriza, el que me escuece en el alma. Ghato reclama mi atención ronroneado y le doy su leche, que la tiene más que merecida, por aguantar mis malos días. Se oyen truenos a lo lejos, que van acercándose y, de pronto, la oscuridad me invade pues se han fundido los plomos. Me quedo a oscuras sentada en mi sofá y, poco a poco, se me van cerrando los ojos.

A la mañana siguiente, me duele la espalda por haberme quedado dormida en mala posición. Mi sofá ha tomado la forma de mi cuerpo marchito y, me doy cuenta de que Nacho no merece ni por un minuto más de mis pensamientos. Cojo un pincel y plasmo lo que siento entre colores y manchas, que van adquiriendo formas difusas. Bienvenida inspiración que creía ya olvidada. Mis dedos ágiles se deslizan por el lienzo y me siento vivir. Ghato se acurruca entre mis pies y noto su pelo cálido y gris cosquilleando mis tobillos. La luz que entra por mi ventana no es la de mi vida, pero sobreviviré en los días que vendrán. El optimismo es un buen licor que se bebe deprisa, lo difícil es mantenerlo en el tiempo.

Pienso en alejarme de mi ciudad y empezar nuevos proyectos que siempre he tenido en mente. En los próximos días, navegaré por Internet en busca de empleo, y en busca de casas de alquiler. Cuando tenga una oportunidad, no la voy a dejar escapar como hasta ahora, la cogeré como clavo ardiendo. Necesito emigrar para volver a empezar, el piso me recuerda a Nacho por todos los momentos allí vividos y creo que en él me es imposible seguir. El cuadro ya está casi terminado. Sólo le faltan los últimos retoques, que dejo para después de almorzar. Lo observo con atención y, me doy cuenta de que, he abusado del color rojo, como la sangre que navega entre mis venas, como el taburete en el que reposaba Luz, como la camiseta que llevaba Nacho el día que me dejó. Y me entra un ardiente deseo de romper el cuadro. Lo hago, y al terminar, me siento más tranquila. He liberado mi ira y mi frustración.

Pongo a asar en una paella un bistec de ternera con poco aceite. Al comerlo, siento que está más duro que la suela de un zapato y me acabo comiendo sólo la sosa ensalada. En los postres, es cuando me entra el deseo de volver a beber, lo pienso detenidamente y sé, que si lo hago, tendré que volver a empezar con la terapia. Nacho ni ningún tío merecen que lo haga, pero aun así, bajo al supermercado para comprar una botella de Martini. Sólo esta vez, me digo, pero sé que es una promesa que no tardaré en romper, igual que el cuadro que he acabado por bajar a la basura. En mi sofá, me dispongo a beberme el Martini lentamente, y saboreando, su sabor que ya tenía olvidado. Luego, las mismas ansias que siento, me hacen acabarme la botella rápidamente. Poco a poco, mi mente se vuelve más lenta, pocos reflejos le quedan para volver a dormirme y aniquilar la imagen de Nacho con Luz por un tiempo.

® Helena Sauras

Continuará… (Haz clic aquí para leer el siguiente capítulo)

portada3

Como esta semana estoy más que generosa por múltiples razones, me he decidido a convertir las entradas de la novela que escribí sobre el alcoholismo en 2012 y 2013 “La sal de las heridas” y hacerla más accesible. Deseo que os gusten.

Recuerda que es una novela de intriga, amistad, terapia, amor y odio entre los personajes principales. Si eres adicto o adicta y además la novela te convence para dejar tu adicción, mucho mejor. Seguro que en tu ciudad puedes recurrir a algún tipo de ayuda para conseguir dejarlo, porque quien lo sigue, lo consigue. Te animo a consultar con especialistas, ellos te guiarán en tu camino. ¿Y si 2025 se convierte en tu año en el que conseguiste dejarlo definitivamente? Seguro que con el tiempo lo agradecerás tú y tu familia.

La podéis escuchar en audio si lo deseáis y, además, al final de cada capítulo, podéis visualizar un video musical de Youtube. Y es que la vida multimedia es híbrida. Deseo que los Reyes hayan venido cargados de salud e ilusión.

Un abrazo y estad atentos a las próximas publicaciones del blog.