Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Cargamos el cuadro en el Golf de Sandra. Mañana me voy al pueblo para pasar la Navidad con mis padres y necesito regalárselo a Luis hoy. Subo el cuadro en el ascensor, Sandra ya se ha ido y llamo a la puerta. Un Luis sonriente la abre.

―¿Y eso? ―me pregunta.

―Mi regalo para ti ―le digo mientras se lo pongo en sus manos cálidas.

―Pero… Si yo todavía no te he regalado nada. ―Me mira con cara de haber hecho algo malo―. No tengo nada para ti.

―No importa, Luis. Me he adelantado a la fecha.

―¿Lo desenvuelvo? ―me pregunta inocentemente.

―Sí, claro. ―Y le sonrío.

Luis abre mi regalo sin rasgar el papel azul brillante que lo envuelve.

―¡Wow! ¡Qué pasada! ¡Te habrás gastado una pasta!

―Lo he pintado yo.

―¿Qué me dices?

―Sí…

―Elisa, tienes mucho talento. A ver, yo no entiendo mucho de arte, pero eso se nota a la legua. ¡Estás hecha toda una artista!

Sus palabras tiñen de rubor mis finas mejillas.

―Voy a colgarlo ahora mismo ―continua Luis mientras va a buscar el taladro.

Lo cuelga en la pared, encima de la mesa del comedor. Los dos nos quedamos contemplando el amanecer de mis emociones, que he materializado a flor de piel. Luis después de un largo rato, que se ha quedado anonadado mirando el cuadro, me besa los labios tímidamente.

―Después de la oscuridad siempre llega un nuevo amanecer, eso es lo que he querido plasmar ―murmuro.

―Es un cuadro que me aporta optimismo y energía ―dice Luis mientras continua besándome.

―Yo viví en la oscuridad durante mucho tiempo…

―Déjalo, Elisa, anda…

―No, quiero contártelo. ―Y le miro fijamente a los ojos y él me escucha―. Cómo te decía, una vez entras en el pozo de la oscuridad, es muy complicado salir de ella. Te invade y te atrapa, como si estuvieras en un laberinto de una cueva húmeda. La conoces tan bien, que te es difícil dejarla atrás, como si el resto no existiera. Gracias a la amistad, he conseguido salir al exterior, ahora puedo apreciar los colores de los nuevos días, que siempre empiezan con un amanecer como este. Y después de este amanecer, estás tú, Luis, cuando el sol ya se ha elevado lo suficiente cómo para acariciarnos la piel, estás tú… Voy a irme unos días al pueblo, pero para Fin de Año estaré aquí de nuevo… Pensaré mucho en ti.―Y ahora soy yo quién le beso, bebiendo de sus labios, y saboreando cada rastro de él.

―Elisa… ―Respira mi nombre y el fuego de nuestros cuerpos contenidos se enciende.

Sobre el sofá color tierra dejamos que nuestra pasión, que sentimos en este mismo instante, se exprese. Un murmullo de sentimientos se desboca como cauce de río que desemboca al mar con fuerza. Luis, con sus caricias, ha esparcido la sal de mis heridas fuera de mí. Sin nudo, ni sal, me siento completamente distinta, renovada interior y exteriormente. Voy a rellenar este vacío con su amor a través de los besos, que me recorren de arriba abajo, y me hacen sentir tan plena, ardiendo en una hoguera de caricias placenteras. Al final, exhaustos, nos dormimos, rodeados por nuestros brazos y dejamos que sueños plácidos de futuro broten de nuestra mente.

A la mañana siguiente, subo al autobús, que me llevará al pueblo. Luis ha querido venir a despedirme. Me ayuda a cargar la maleta. Me da un sonoro beso en los labios mientras me dice:

―Ya te echo de menos y todavía no te has ido.

―Antes de que te des cuenta, volveré a estar aquí.

―Vigila, Elisa, estas fechas suelen ser peligrosas para personas como nosotros.

―Sí, lo sé… Pero, tranquilo, no voy a romper la promesa que te hice. Estoy segura de ello.

―Adiós, Elisa, contaré los días, que quedan para volverte a ver.

Subo al autobús, me siento y agradezco que la calefacción esté encendida a toda potencia. Por el cristal puedo observar como el vaho se escapa de la boca de Luis. Me está volviendo a decir adiós. Agito la mano, y el chófer arranca. Vuelvo la cabeza hacia atrás hasta que dejo de ver su figura. Respiro profundamente, porque me esperan cuatro horas largas de viaje. Dormiría para que se me pasasen más rápido, pero no tengo sueño.

Mientras voy mirando el paisaje, que va cambiando poco a poco voy pensando en lo acontecido en el último mes: en Nacho, en Luz, en María, y finalmente, en Víctor. De buena se ha librado María, cómo he llegado a saber después, Víctor era muy controlador y posesivo y a veces rozaba la violencia hasta que la traspasó, y de qué manera. Luz se cruzó en su camino accidental o intencionadamente, esto ahora ya es lo de menos, si no hubiera sido ella posiblemente la víctima hubiera sido María. ¿Por qué no lo denuncias? Le preguntó Toni a María aquella noche en la que ella se quedó a dormir en su casa. A lo que María, se encogió de hombros, se mordió el labio inferior, arqueó una ceja, y se lo pensó, pero ya llegó tarde. Aquella fatídica noche Víctor asesinó a Luz a sangre fría en la playa, golpeándola repetidas veces con una piedra grande y puntiaguda, la arrastró por la arena, y la tiró por el acantilado. El mar la escupió dos días después, devolviéndola a la playa, que la había visto morir. Luz, un enigma de persona para mí, a la que nunca llegué a conocer ni tan siquiera traté, pero que tanto me agitó cuando la vi en «La pequeña taberna». Pensé que era la culpable por haberme quitado a Nacho, fue mi primer instinto, pero ahora sé que la culpa tan sólo fue de él.

Cierro los ojos, porque las últimas palabras de Nacho resuenan en mis oídos haciendo eco: «Dime que ya no sientes nada por mí». ¿Le amo todavía en algún resquicio de mi corazón? ¿Le odio aún sabiendo que este sentimiento es una deformación del amor? La nada no llegará hasta que sienta auténtica indiferencia por él, pero todavía es demasiado pronto para sentirla. Sólo el tiempo se encargará de empujar mis penas hacia el vacío. Algún día sé que se estrellarán para reventar y desaparecer definitivamente de mí.

―Elisa… ¿Eres tú? ―Una mano me toca por atrás.

Me giro, y me encuentro con una cara que me mira interrogante. Entrecierro los ojos para abrirlos de nuevo. Mi memoria se desliza hacia la infancia, meriendas de galletas con chocolate, saltos a la comba, escondites, y baños, y ahogadizas entre risas en la piscina municipal.

―¿Susana? ¡Qué sorpresa! ¿Qué haces aquí?

―Vuelvo al pueblo de nuevo. La Navidad es lo que tiene.

―Pero, ―la miro confundida― ¿dónde vives ahora?

―Creo que en el mismo lugar que tú. ―Me mira risueña―. Hará un par de años.

―¿Y por qué nadie me ha contado nada? ―digo enfada, pero de repente me callo, porqué dentro de mí conozco la respuesta. Hace tanto que no sé nada de los míos.

―Estás muy cambiada, Elisa. Espera que me siento a tu lado.

Se levanta y se sienta en el asiento libre, que hay a mi lado.

―Sí, así mejor. Todavía queda trayecto para rato…

―Tu madre se ha encargado de llamar a toda la familia, prima. Esta noche cenaremos todos juntos. Envidio la capacidad de organización que tiene.

―La verdad es que yo también. Las reuniones sociales son lo suyo.

―En el pueblo se debe aburrir, pobre ―me dice Susana―. Este verano la vi algo decaída.

Intento disimular el pesar que siento dentro de mí y cambio de tema:

―Pues yo a ti te veo igual, Susana, los años no te pesan.

―¡Ni qué fuéramos viejas! Si estamos en lo mejor de la vida… Treinta y dos años, quién los pillara pensarán muchos. Lo de cambiada te lo he dicho, porque te he visto muy guapa, más que de costumbre.

Y entre la charla con mi prima, que me acompaña durante todo el resto del viaje, estamos llegando ya al pueblo. El autobús se detiene, y al fondo, a través de la fría ventana, puedo entrever la silueta de mis padres.

Continuará…

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4. L’ESTAT CIVIL A CORBES DE SANG I UNA INVITACIÓ

Així com el poemari «Corbes de sang o 28 poemes feministes» ens mostra les quatre fases que pot tenir la lluna, també ens mostrarà els distints estats civils que pot tenir una persona, concretament una dona, amb els diferents versos que configuren el recull: soltera, casada, divorciada, vídua.

D’aquesta manera, el poemari comença amb Andrea, una dona casada que s’atreveix a ser-li infidel al seu marit a través d’Alba. Ambdues estan plenes de contradiccions i són amants.

Hi ha algunes dones del recull que son solteres. Per exemple, Blanca, Carla, Ester, Fina, Glòria, Helena, Laia, Olga, Paula, Ruth, Sílvia, Úrsula, Virgínia, Wendy, Yasmin. Algunes ho son perquè encara són nenes o adolescents i no tenen edat encara, d’altres perquè son religioses i formen part d’una comunitat eclesiàstica i, algunes perquè no han tingut oportunitat de consolidar una relació de parella a nivell formal i s’han quedat com a eternes fadrines, com per exemple Fina: «fadrina de mar i cel».

També n’hi ha de casades, com per exemple, el poema de Júlia, on s’inicia un matrimoni a través d’una boda. Aquests versos posen de manifest el verb conservar i que duri aquesta unió en el temps.

La Marta, que es una dona que se’n va de viatge sola i travessa tot el país perquè està submergida en una depressió. Aquesta dona possiblement estigui casada, però no pot tenir fills. En els últims versos i, amb la força de l’oceà Atlàntic, aconseguirà alleujar les penes i aquesta tristesa profunda que arrossega des de fa temps.

El poema de Tomasa tracta el tema del matrimoni a nivell d’enganys i infidelitats i, a la fi, aquesta dona acaba iniciant una fugida en tren, malgrat descobreix que està embarassada a meitat de trajecte. Afrontarà l’embaràs i la criança de les dues bessones en solitud.

La Kelly té a la seua família lluny i en un altre continent i amb el seu esforç i feines domèstiques diverses els haurà d’alimentar enviant-los diners, malgrat els enyora força.

També Irene ha tingut molta família i com han anar passant molt d’anys i, fins i tot han canviat de segle, ha tingut fins a besnets. És un poema Inter generacional que aposta per la pau.

Al poema de la nena Úrsula tenim una parella casada, que s’atreveix a adoptar una xiqueta d’un altre país per a donar-li amor, cuidar-la i criar-la.

A Nina, un matrimoni acaba amb la mort violenta de l’altre. És un poema molt dur malgrat hi hagi esperança del nadó supervivent, que té unes «nines tendres com les cireres».

El poema de Quimeta tracta el tema d’un divorci d’un matrimoni durador que s’ha extingit l’amor i s’han de repartir la custòdia de cinc fills.

Xell haurà d’afrontar la pèrdua de l’ésser estimat ja que s’ha quedat vídua. És un poema d’enyor i molta pena ja que la mort no té solució.

El poemari «Corbes de sang o 28 poemes feministes» tampoc jutja ni diu quin estat civil és millor per a una dona. Simplement s’atreveix a descriure les situacions de cada dona en particular.

Podeu llegir cada poema amb la seua paràfrasi corresponent a RC o a l’enllaç:

Si els voleu sentir en àudio, podeu entrar a l’Spotify i sentir-los al següent enllaç:

He creat un programa amb distints podcasts. Espero els vostres comentaris i que els seguiu ja que són poemes en català, poemes feministes, que aposten per la igualtat.

També us convido al meu canal de Youtube «Mi mundo literario», on els he convertit en vídeo poemes, podreu experimentar les metàfores a nivell visual, tota una experiència. De moment, en tinc sis, però pròximament n’aniré fent més fins que tingui els vint-i-vuit. També em podeu posar comentaris per allí.

I no us podeu perdre la sorpresa que us tinc preparada per a l’inici de primavera. Salut i bona lletra!

Mis pasos seguros me llevan a encargar un poco de material para la academia, como me ha pedido la señora Fernández. La tienda se encuentra cerca de «La pequeña taberna» y paso por delante rápidamente. Oigo una voz perfectamente conocida detrás de mí.

―¡Elisa! —me llama.

Me giro lentamente y puedo ver a Nacho con un cigarrillo apagado entre sus dedos, que no tarda en encender.

―¿Cómo estás? ―me pregunta.

―Bien. ¿Y tú?

―Tirando. Ya ves. ¿Tienes un momento? ―Aspira el cigarrillo y me tira el humo.

Y todos los momentos del mundo tengo, sí, pero sé que no me puedo quedar. Las piedras han vuelto a resbalar y a invadir mi camino. No quiero tropezar con ellas de nuevo.

―Tengo prisa.

Me giro y me dispongo a irme, pero su mano me coge por la muñeca.

Un calambre me recorre entera.

―Será sólo un momento ―me insiste.

Me quedo de pie perdiéndome entre sus ojos, que me muestran la necesidad de decirme lo que viene a continuación:

―No puedo parar de pensar en ti.

―Nacho, no sigas por ese camino, por favor…

―No, escúchame. Siento todo el daño que he podido hacerte. Volver a estar contigo en la playa me hizo darme cuenta de que no quiero perderte.

Se me acerca todavía más y me acaricia un mechón de mi pelo.

―Ya me has perdido, Nacho. Aquello fue un error.

Y le aparto la mano que sigue en mi cabello.

―¿En serio?

Y sus ojos se han vuelto sombríos combinando nubes de tempestad.

―Sí.

―¿Nunca me vas a perdonar?

―Si ya te he perdonado, Nacho. No es eso. Simplemente que quiero rehacer mi vida sin ti, sin el alcohol…

―¿Estás con otro? Es eso, ¿no?

―Sí…

―¡Qué suerte tienen algunos! ¿Qué puedo hacer para que cambies de opinión?

―Nacho, no voy a cambiar…

―Mírame a los ojos y dime que ya no sientes nada por mí.

Y en ese momento de iluminación, le miro pausadamente a sus ojos ligeramente humedecidos y entre sombras de flores marchitas, florecen de mis labios las siguientes palabras:

―Nacho, ya no lo siento, ¿vale? ―Y me pongo una mano sobre mi corazón, que aunque late aceleradamente, mis latidos están contenidos dentro del abrigo grueso que llevo―. Podemos ser amigos, si quieres…

―Bonita forma para decirme que no —masculla ácido.

―Nacho, adiós… Que tengas una Feliz Navidad.

Me pierdo sin mirar atrás por la acera entre el bullicio de la gente, que ha empezado a hacer sus compras navideñas. Las luces hace ya bastante rato que se han encendido y brillan mostrando un colorido de dibujos, que me aportan calma.

Mientras ando, noto como mi nudo se está empezando a aflojar, y me deja respirar sin apenas notarlo durante un largo de tiempo. Entro dentro de la tienda, y encargo el material, que me ha pedido la señora Fernández y de paso compro un poco para mí. Quiero regalarle un cuadro a Luis para que sus paredes dejen de estar desnudas.

―Ha llamado tu madre ―me dice Sandra al llegar a casa―. Te habías dejado el móvil, y al ver que era ella, he contestado.

Mis padres… Cuánto tiempo sin saber de ellos. Sé que he vivido los últimos meses cómo si ellos no existieran, ahora que se aproximan estas fechas no puedo fallarles. Desde que se jubilaron, y se fueron a vivir al pueblo de mi padre, que mis visitas han sido más que escasas. Cojo mi móvil que sigue en la mesita y llamo a mi madre. Contesta al tercer tono, una voz cercana alejada por kilómetros de carretera.

―Hola mamá…

―¡Eli! ¿En serio que eres tú?

―Sí, mamá… ¿Cómo estáis?

―Bien, cariño. ¿Vas a venir al pueblo?

No lo tenía pensado, pero no quiero decepcionarla. El tiempo de estos últimos días se me ha tirado encima de una manera muy veloz.

―Sí, para Nochebuena estaré. Cogeré el autobús por la mañana.

―Tengo muchas ganas de verte…

―Yo también, mamá. Hasta pronto.

Cuelgo el móvil con una sensación dulce de recuerdos, que flotan en el aire de mi habitación. Oír la voz de mi madre, me ha colmado de ganas de pintar, y preparo el material que acabo de comprar.

Si tengo que irme al pueblo quiero acabar el cuadro para Luis antes. Tengo una semana. Mi mano vuela por el lienzo, estoy pintando un amanecer de futuro ahora que mis heridas se han sanado completamente. No deja de haber un azul tímido alrededor del lienzo, aunque lo llena poco a poco la luz del sol. Amarillos, anaranjados y ocres son los colores, que estoy usando para que me den energía, si alguna vez decido irme a vivir con Luis.

El tiempo, rebosante de sabiduría, trazará mi decisión de manera gradual. De momento prefiero esperar, tengo miedo de volver a equivocarme.

―¿Qué es lo que estás pintando? ―me pregunta Sandra, que acaba de entrar en la habitación.

―El regalo para Luis…

―Elisa, ¡la cosa promete! ¡Qué gran detalle!

―Necesito regalarle un pedacito de mí, ahora que me voy a ir al pueblo con mis padres durante estas fechas. No quiero que se olvide de mí…

―¡Qué se va a olvidar, si lo tienes completamente enamorado!

Sonrío a Sandra, y a la vida en mayúsculas por descubrirme de nuevo las ganas de respirar, sin el nudo que se ha aflojado hasta que ha acabado cayendo delicadamente al suelo.

Continuará…

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Nunca dos palabras tan precisas me habían llenado de tanto significado: «No embarazada». Un suspiro de alivio sale de mi boca, que dibuja una sonrisa. La puedo ver reflejada en la luna del espejo del lavabo. Trajino por la cocina, preparo el desayuno, mientras voy tarareando una canción.

―Sí que estás contenta —me dice Jaime, que empieza a mordisquear una tostada.

―Hoy me he levantado con el pie derecho —le digo sonriendo.

Sandra me mira, y sé que no hace falta que le diga que el test me ha dado negativo. Mi cara ante todo transmite tranquilidad. Jaime juguetea con el mando a distancia y al final acaba encendiendo la televisión de la cocina.

―Ya sabes que no me gusta que pongas la televisión mientras comemos —le riñe Sandra, que está de espaldas a la pantalla.

―¡Un momento! ―exclama Jaime y sube la voz del televisor.

La foto de Luz vuelve a invadir mi vida. Ayer por la noche, soltaron a María y a Nacho, y detuvieron a Víctor como presunto autor del crimen.

―Joder ―dice Sandra, que se ha girado para verlo―. Esta policía no da pie con bola…

―Si lo han soltado será porque es inocente ―expreso con contundencia―. Ya te lo dije que Nacho era incapaz de eso…

―Yo no lo tengo tan claro ―sigue Sandra y frunce su ceño.

―A ti ya te viene bien que sea el asesino, ¿no? De esta manera te aseguras que no vaya a hacer ninguna tontería…

―Venga, chicas, no discutáis.

Sandra ha conseguido alterarme y mi sonrisa se ha disipado ya de mí. Me levanto rápidamente de la silla y me voy hacia mi cuarto a vestirme, porque tengo que ir a trabajar.

En la academia me evado un poco del mal rollo que tengo, no sé por qué Sandra es tan cabezota y sospecha todavía de él. Entre pinturas, mis sentimientos crujen al oír mi móvil y ver en la pantalla que es Nacho. Apago el móvil y me disculpo, porque me olvidé de desconectarlo y he interrumpido la clase. Sigo con la teórica, pero no vuelvo a ser la misma, mis pensamientos se agitan hacia la playa, con las olas rozando mi áspero pesar pero sin llegar a romperlo y los granos de arena diminutos colándose por toda mi piel. Nacho es la marea que sube y baja por mi vida, que debe seguir en otra dirección. Estoy profundamente arrepentida de lo que hice, y siento que Luis no se lo merece. No voy a jugar a dos bandas, con una vez ya basta. Segundas oportunidades siempre fueron inapropiadas y Nacho tiene que desaparecer sigilosamente ya de mí, pero el ruido que siento en mi interior todavía lo escucho sin poderlo evitar.

Cuando termino la clase, la señora Fernández me encuentra en el pasillo y me dice que vaya a su despacho. Y así lo hago. Me siento en la silla y ella me habla:

―Ya queda poco para terminar el trimestre, ahora tenemos que pensar en el próximo. ¿Te importaría ir a encargar el material que necesitaremos mañana por la tarde?

―¿Dónde tengo que ir?

―En esta tienda. —Y me pasa una tarjeta.

«La cometa pintada», qué recuerdos me trae. La tienda en dónde compraba en mi antiguo barrio.

―Sí, sé dónde es. ¿Qué tengo que encargar?

La señora Fernández me pasa una hoja con una lista de material innumerable.

―Creo que con esto ya bastará.

―De acuerdo, mañana iré.

―Gracias, Elisa.

A la salida Luis me espera. Después de darle un beso, me dice:

―Esta noche le hemos preparado una sorpresa a María. Vamos a ir a un concierto. Toni ya ha comprado entradas para todos.

―¡Qué bien, Luis! ¿Qué concierto es?

―El grupo se llama «El despertar». No pongas esta cara, a mí tampoco me suenan de nada, pero puede estar bien.

―Sí, ¡claro que sí! Dame cinco minutos y me arreglo.

Vamos al piso de Sandra para cambiarme de ropa. Luis espera en el comedor y yo me voy directa al lavabo a ducharme. Me pongo unos tejanos limpios y ajustados y un jersey ocre de cuello alto. El móvil lo dejo adrede encima de la mesita. No quiero que Nacho vuelva a entrar en mi vida.

―¿Nos vamos? ―le digo a Luis.

―Sí, primero cenamos en mi casa y luego vamos al pabellón dónde hacen el concierto. Empieza pronto. No haremos muy tarde.

―Mejor. Mañana tengo que trabajar.

―Y yo también —me dice sonriendo.

Nos encontramos todo el grupo en la acera, que hay enfrente del pabellón. No hay mucha gente, pero María está reluciente, muy diferente al último día en que la vi. Le doy dos besos en las mejillas al verla y ella me susurra:

―Muchas gracias por venir. ¿Le dijiste tú a Toni que quería ir a un concierto?

―No, yo no he tenido nada que ver ―le confieso.

―Se me ha ocurrido a mí solo ―dice Toni―. ¿Qué pasa, no puedo tener ideas?

Todos reímos, la verdad es que Toni, cuando se trata de organizar eventos, tiene práctica.

―¿Entramos? —pregunta Rebe.

Cuando nos situamos cerca del escenario, un solo triste de guitarra empieza a sonar y me eriza la piel de mis brazos. Seguidamente el resto de instrumentos empiezan a repiquetear con fuerza. Es música movida, una mezcla de pop rock con aires de fulk. La voz potente de la cantante se acopla perfectamente a los instrumentos. Es la primera vez que escucho esta canción, pero no me deja indiferente. Es pegadiza y su melodía se instaura en mi mente.

―Me está gustando ―le digo a Luis que lo tengo a mi lado.

―A mí también.

―Toni, ¡qué buen descubrimiento me has hecho!

―¿No los conocías? ―me pregunta María.

―Pues no…

―Y nosotros tampoco ―reconocen Luis, Rebe y Jesús.

―Claro, no son muy comerciales.

Los coros, formados por voces más agudas y otras más graves, empiezan a entrar en el estribillo. María empieza a vociferar, con las manos alzadas y dando palmas. En este momento, es cuando me doy cuenta que nada más existe que el despertar de mis deseos, borrón y cuenta nueva en esta vigilia, en donde nadie de los cinco necesitamos del alcohol, para disfrutar de nuestras vidas con total plenitud. Yo también alzo mis manos abiertas y hago que choquen entre sí, al ritmo que me impregna y me traslada en un mundo fructífero, que me queda por descubrir.

Continuará…

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