Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Un empujón brusco le tiró al suelo frío del recreo. Sorprendido, cayó de bruces, sin tan siquiera poner las manos. Se golpeó la  cara y, del fuerte impacto sufrido, un incisivo saltó y se perdió entre la grava. Su sonrisa nunca más le embellecería, tendría que aprender a disimularla. Sus rodillas peladas sangraban sin detenerse. Tan solo una caricia, breve, concisa, amiga, podría aliviarle. Pero en lugar de sentirla  en cualquier lugar de su cuerpo menudo y magullado, escuchó burlas de sus compañeros de clase. Se sintió más pequeño de lo que realmente era en la inmensidad de aquel patio, donde ningún profesor parecía haberse dado cuenta de la agresión. O quizás, miraban hacia otro lado porque él no valía nada. Nada.

Completamente indefenso un zumbido le despertó. Estaba húmedo a su alrededor. Otra vez había mojado la cama. Llevaba días con esas pesadillas recurrentes en donde intentaba evitar su significado. En sueños, estaba probando su propia medicina que le dejaba ese mal gusto, áspero, amargo, en la boca. Él era el cabecilla de la clase. ¿Qué pensarían sus amigos si de pronto le tendía la mano a Jesús? Pensarían que se había vuelto loco y le rechazarían pues Jesús era un don nadie. Y en medio de su cuarto de niño, que tenía cualquier capricho que podía desear, anheló tener coraje para interrumpir el acoso que le propinaba diariamente. Como sabía que no tendría valor para ello, dio un puntapié contra la papelera que rebotó contra la pared mientras la rabia le recorría su alma. En su fuero interno, deseaba más que nunca que la mano de Jesús le apretara la suya, porque se sentía un cobarde. Porque huía, sin comprenderlo, de la amistad noble que le podría brindar Jesús mientras su corazón latía aceleradamente de confusión. Si era amor lo que finalmente sentía, ¿por qué le hacía la vida imposible?

® Helena Sauras

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Mis ganas de aprender despertaron. No sé si fue aquella vez que me taparon la boca con celo para que escuchara en lugar de hablar, o cuando me enseñaron a cantar para espantar la tristeza. O quizá cuando, con mucha práctica, aprendí caligrafía y más tarde gramática. En otro momento y, cuando ya sabíamos de operaciones y cálculo mental, nos enseñaron a usar la calculadora. Mis dedos temblaban de emoción al teclear el símbolo de la raíz cuadrada para no tener que calcularla de manera manual.

Más tarde vino el latín, las declinaciones soportaban mis tímidos pasos por las letras. Y tuve que elegir entre la carnicería de unos exámenes de una química que no acaba de comprender o aventurarme al griego. Y me decanté por las letras. A través de la historia, empecé a vislumbrar los orígenes de la humanidad hasta nuestros días. La filosofía salpicó de nuevos pensamientos mis años de instituto. En francés, aprendí a hacer crêpes como optativa y me sirvió en mis primeros años universitarios como menú semanal.

La literatura impregnaba mi vida de emociones y despertaba mis ganas de leer cualquier texto que cayera en mis manos. Y también me atreví a imitar a poetas y escritores de distintas épocas. Con el paso de los años, esfuerzo y repetición, conseguí encontrar un estilo propio.

Si tuviera que elegir a mi mejor maestro o maestra, no dudaría. Elegiría a todos aquellos que despertaron mi curiosidad por aprender. Que, aunque a veces tuvieran pocos recursos, con su voluntad aplicaron su método y me enseñaron a leer y más tarde a pensar a través de los textos. No me inculcaron qué pensar, sino que la reflexión se convirtió en propia. Y ese pensamiento crítico va variando con el tiempo, fluye y deja de ser marioneta, porque está vivo. Algunos maestros ya no están entre nosotros, porque han fallecido, pero su enseñanza se prolonga y se extiende hacia lo infinito a través de nosotros: sus alumnos. En este momento y por las redes sociales tenemos una oportunidad. Podemos reencontrarnos y rendirles un homenaje colectivo por su paciencia, tesón y buen talante. Las semillas que plantaron en nuestra mente ya han germinado. Gracias, maestros.

#MiMejorMaestro

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La viuda se comió el pastel. Sola, devoró el adorno de chocolate. No tenía con quien compartirlo. Miró los vídeos de sus anteriores cumpleaños. Tan diferentes eran… En una carpeta estaban las fotografías, las que nadie retocaría ya. Se miró en el espejo. Envejecía con cada tic tac de reloj. Nadie la volvería a fotografiar. Engulló el veneno entre lágrimas.

Años después, y criando malvas, se convirtió en una capa de Photoshop. No la recordarían, pues no tenía descendencia.

«¿Por qué aquella foto tenía aquel brillo?». Se preguntó aquella restauradora cuando abrió el archivo JPG. Desenterró un misterio envuelto en capas.

® Helena Sauras

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L’obra de Shakespeare està plena de passatges de la VIDA com a TEATRE:

(…) A l’obra «Al vostre gust» diu:

“Tot el món és igual que un escenari,

homes i dones són comediants,

que hi van a fer les entrades i sortides;

I un mentre viu, hi juga molts papers».

I a «Macbeth» diu:

“La vida és sols una ombra passatgera,

un trist comediant que gasta fums

i s’escalfa damunt l’escenari

una hora, i no se’l veu piular mai més.

Una història que ve a contar un beneit

inflada de soroll i ferotgia,

que al capdavall no significa res».

«El món de Sofia» de Jostein Gaarder

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9 enero, 2021

Era todo mentira. No existía ningún privilegio vivir en la gran ciudad. Lo supo cuando vio aquel entorno y pudo llenar sus pulmones de aire. Apenas los rayos de sol de filtraban en aquella arboleda, que se encontraba en un sitio alejado de la capital. No era un lugar conocido, por eso se podría decir que conservaba aún su encanto.

Tuvo la tentación de acampar entre aquella vegetación y, al acercarse, vio una pequeña cabaña de madera tapada por la maleza. Había encontrado el lugar perfecto para cambiar de vida. Todo estuvo listo en unos cuantos días. No necesitaba mucho, solo tener la valentía de hacerlo. Cogió una pequeña manta, por si por las noches refrescaba, y tenían que tapar sus cuerpos. Una botella de buen vino y jamón del bueno. Las ganas se las llevó instaladas en la mochila.

La noche anterior, su voz rompió la monotonía:

El martes te llevaré a un lugar muy especial —le dijo a su mujer.

Ella se sorprendió al oírle desde el sofá. Pensó en las conversaciones, que ya no existían entre ellos y en sus ojos parados, que ya no comunicaban nada. Lo que más le dolía era su indiferencia y su poca colaboración en las tareas comunes. Tuvo miedo de que su marido ya no le hablara hasta el martes, encerrado en sí mismo.

Él pensaba en ese día especial, que había elegido. Aquella cabaña sería un oasis en su cansancio semanal, que se alargaba más de la cuenta. Quería que para su mujer también lo fuera ya que trabaja todos los días como camarera en un restaurante, excepto los martes.

Llegaron a la cabaña el siguiente martes a mediodía. La mujer se paralizó al ver aquel entorno bucólico. Tuvo un dèja vú. Conocía la cabaña perfectamente, como si hubiese estado en una vida anterior.

Su marido le acabó cogiendo la mano y la estiró hacia adentro. Entraron juntos. Ella se sentó en un pequeño taburete y el hombre fue preparando la comida.

¿Te gusta el lugar? —le preguntó el hombre.

Tengo la sensación de que has entrado en mi mente —le dijo la mujer al comprender a qué se debía su dèja vú—. Un lugar confortable donde puedes reposar. Tú eliges, si quedarte o irte. Pero si decides quedarte, respétame.

Yo siempre te he respetado, Silvia.

No, no lo haces. Me pagas con indiferencia y con silencios. Eso también es una manera de rechazar a la otra persona.

Lo siento…

Ya sé que no estamos en nuestro mejor momento, la monotonía nos puede, pero… si decidimos entre los dos seguir juntos… Construyamos un futuro entre los dos, andando en la misma dirección. Tengo la sensación que bailo sola en esta vida, sin ti ya, desde hace tiempo.

Sin ti, la vida carece de sentido, Silvia —le dijo mientras intentaba darle un beso.

Ella apartó sus labios y se cubrió la cara con una mano. Al cabo de un momento, añadió:

A veces pienso si eres la persona adecuada para compartir mi vida.

Inténtalo, Silvia. Yo también lo haré. Podríamos quedarnos a vivir aquí, lejos de todo, solos tú y yo. ¿Qué me dices?

Una llamarada se encendió en sus ojos al oírlo. Pensó en su trabajo, en lo cansada que llegaba cada día, rellenando por completo su vida. Suponía que a su marido le ocurría lo mismo.

Luego le vino el miedo al pensarlo. Su vida dependía de aquel trabajo, la que la ataba vivir en aquella ciudad, donde su respiro se encogía por la contaminación y el estrés.

No puede ser, Roberto. Nos quedaremos a pasar la noche aquí y mañana volveremos a la ciudad.

Aquella noche, en la que Silvia se durmió y perdió su conciencia, había una cabaña de madera, que ardió por haber carbonizado sus sueños. Despertó sudada de la pesadilla. Roberto ya no estaba a su lado, se había marchado, abandonándola en aquel lugar pintoresco.

Un abuelo entró por la puerta. Iba cargado con varias bolsas. No se sorprendió de verla allí.

¿Te acuerdas cuando de pequeña te leía cuentos? —le preguntó el viejo hombre.

Silvia se asustó.

Tú me escuchabas —continuó el abuelo— y yo me sentía importante, porque me prestabas atención. Luego, nos acabamos distanciando. Ya no te interesaba lo que pudiera explicarte. Pero hoy, mi niña, vas a hacerlo. Roberto me ha dicho que andabas sola, incapaz de alcanzar un sueño, bloqueada. Todavía sueñas con llegar a las estrellas para rozarme, pero te diré que no buscas en el lugar correcto, pues he estado viviendo en esta cabaña, alejado de la gran ciudad, nunca quise irme a vivir allí. En esta pequeña arboleda nací; los montes y los pájaros se convirtieron en mis amigos. Y todavía los son.

«Tu madre te dijo que me había muerto y has estado llevando flores a una tumba equivocada. No la culpo. En paz descanse ya. Nunca quiso admitir que era un rebelde, que me negaba a progresar. Dicen que la ciudad es el progreso, pero cada vez respiran peor y necesitan de esos inhaladores que tú también usas. Para vivir. ¿Verdad qué aquí no lo has echado de menos?

Silvia negó con la cabeza mientras dos lágrimas le resbalaban por las mejillas.

No llores, mi niña. O sí. Mejor llora. Desintoxica tu alma. Nadie llora sin después sentirse mejor. Vengo del pueblo de abajo, donde he comprado un poco de comida. ¿Te apetece un poco de salchichón?

Sin esperar respuesta, se levantó y se puso a cortar unas finas rodajas de embutido.

De pequeña, te decía que esa arboleda era mágica y tú me creías. Algo de cierto debe haber, porque creo que físicamente te sientes mejor. La temperatura es buena. No es bochornosa. Y el ambiente es óptimo.

Como te decía, tu madre quiso que me fuera a vivir con vosotros, pero me negué a abandonarlo todo para cumplir sus ambiciones. Luego enfermó.

Su mirada se agacha.

Sus ambiciones por conseguir darle todo lo mejor a su familia, le acabaron provocando una enfermedad, que la empresa no indemnizó. Demasiado difícil de demostrar. Tú te quedaste con tus abuelos paternos, para tu madre yo había dejado de existir, el día en que le dije que de aquí, no me movía. Y se inventó mi muerte.

«Creciste entre el asfalto y observando un cielo gris, que diste por bueno. La luz del sol apenas se filtra desde esta arboleda, pero si yo te dijera que no existe, no te lo creerías. Igual como si te dijera que no existe el mar.

«Te da miedo quedarte aquí, porque te has acostumbrado tanto a la ciudad que piensas que no puede haber otro tipo de vida en otro lugar. Tus sueños se han extinguido entre las mesas que sirves cada día. Desde que los has perdido, te sientes vacía. Tienes la oportunidad de volver a pensar en ellos. Persíguelos y no los abandones nunca.

«Me decías que de mayor querías ser guarda forestal. Y yo me reía, porque si no fuera por la mano del hombre, los bosques no necesitarían cuidados extra. Aquí tienes la oportunidad de velar por esa arboleda. Mientras nadie la descubra, estará a salvo”.

«Silvia, mi niña, come. —Le acercó un plato con el embutido que había cortado—. No hace falta que me contestes ahora, pero piénsalo.

La mujer asintió más calmada y cogió un trozo de salchichón que masticó.

Luego salieron a pasear al exterior. Unas pequeñas ráfagas de viento mecían las ramas de los árboles. El aire la envolvía y sentía como sus pulmones le daban las gracias por haber llegado allí.

Silvia suspiró y decidió quedarse, después de que su gran ciudad la hubiese engañado. No se sentía de ningún sitio que no fuese aquel. «Voy a ser la guardiana de esa arboleda», pensó. Y sintió como los árboles le cuidarían sus sueños para que se cumplieran en un futuro.

A la semana siguiente, Roberto apareció.

Aquí no hay cobertura —dijo—. ¿Ya has tomado una decisión después de hablar con tu abuelo?

Me quedo, Roberto. Desde que estoy aquí, respiro con toda el alma. Si quieres, instálate tú también. Dejemos atrás nuestra vida anterior. Ha merecido la pena vivir para darnos cuenta de lo que no queremos para nosotros.

Un beso estampó el inicio de su cambio de vida. Y este fue el comienzo de su progreso personal.

®Helena Sauras

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Porque cada persona tiene objetivos y aficiones distintos en la vida. Elige cuatro de estas sugerencias para este finde de relax. Tómate el fin de semana en calma y disfruta de tus aficiones solo o en compañía. Sed felices #FelizViernes2021 #enero2021