Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

20/10/2019

Aquest matí la Margarida no ha pogut anar a treballar. S’ha quedat durant més de tres hores atrapada a l’autopista. Alguns dels altres cotxes que hi havia intentaven fugir d’allí. Feien marxa enrere i sortien pel carril d’incorporació. Ella no s’ha atrevit. Pensa que té mala sort. L’interessava quedar amb aquell client i acabar d’enllestir la comanda. Sap que el temps no espera. I té por que el client es faci enrere, trobi alguna cosa millor i perdre l’oportunitat del seu esforç.

Quan aconsegueix arribar a casa seva, encén la televisió i no comprèn el què veu. Sembla ser que aquest moviment, que s’anomenava pacifista, s’ha acabat radicalitzant en alguns llocs. El que ella temia des de fa anys ha acabat passant. Era una espurna molt perillosa que ha acabat esclatant. I ara no sap què fer ni com comportar-se. Ningú li ho ha ensenyat, però vol ser fidel al què pensa i apostar per la convivència.

Ara només li queda la incertesa de què passarà. Si podrà anar a l’hospital a substituir a sa germana aquesta tarda o si les carreteres continuaran tallades. La malaltia de sa mare tampoc espera. Pot ser sigui l’última setmana que la vegi en vida.

A l’endemà desperta cansada. Per la nit hi ha hagut aldarulls que no l’han deixat dormir. Vol amagar-li la situació a la seva filla, que viu a l’estranger. Però, quan escolta la seva veu, se li trava la llengua i un sanglot li puja per la gola.

—Estàs bé, mare?

I la Margarida només té tristesa que li regalima galtes avall. La tensa situació que estan vivint pensa que ningú se la mereix. Aquest divuit d’octubre tampoc ha pogut anar a treballar. Veu a un grup reduït de joves, massa joves, que li impedeixen passar. Han cremat unes quantes rodes i el fum li fa plorar la ràbia acumulada dintre del cotxe. Té ganes d’escridassar-los: «La vostra llibertat acaba on comença la meva!». Però es conté. No voldria posar més llenya al foc amb un crit.  O pot ser és perquè la mirada d’alguns la intimida. Manté com pot la calma. Sigui el sigui el que li ha fet reprimir-se, espera que les flames s’extingeixin i que la circulació es torni a obrir.

Avui serà un altre dia que s’acabarà, allunyat de la convivència i amb una crisi accentuada de valors. Aquesta tarda té ganes de trobar en els braços de sa mare la protecció, la comprensió i el respecte perduts. Vol que aquesta abraçada sigui més que un bàlsam. I es rebel·la a enterrar aquests valors.

®Helena Sauras

Photo by Pixabay on Pexels.com

Aquella tarde pintaba en silencio. La guerra hacía meses que había comenzado en su comunidad. Le daba miedo salir sola a la calle, por si alguien la increpaba por sorpresa con violencia. No se fiaba de nadie. La luz de algunos de sus vecinos llevaba meses apagada. ¿Hacia dónde habían huido? Su edificio apenas conservaba su propia luz, la que intentaba conseguir imitando a uno de sus pintores favoritos: Van Gogh.

Aquella semana Clara continuaba pintando, aunque el sol no saliera apenas para ella. Se avecinaba un otoño difícil de describir. En su vida no había visto nada parecido y evitaba cruzarse con nadie. La guerra de símbolos continuaba en las calles y, lo más lamentable, en los espacios públicos. Aquel verano había sido incierto, con las playas llenas de cruces amarillas, simulando un cementerio. Ella no había tomado el sol, quizás otro año más calmado, con menos crispación en las toallas y, con los nudillos apretados, estuvo a punto de morder el pincel. Era ira contenida.

Por la noche, la mujer intentaba aprender técnicas plásticas. Y una vez las dominase, esperaba encontrar su estilo propio. La pintura se había convertido en su obsesión y, mientras pintaba, sentía que el amarillo de sus girasoles la acercaba a la composición que había creado y hacia la vida. Un jarrón que simulaba a su país, España, y un girasol para cada comunidad autónoma. El jarrón contenía todos los girasoles.

Chasqueó la lengua al ver el resultado final. Había algún girasol que protestaba porque se pensaba que era mejor que los demás y reivindicaba que no se le había tratado como debía.

—Tranquila, es solo ruido —se dijo.

Y se enchufó los auriculares y, con la música animada de Rozalén que sonaba en la radio, fue terminando su obra.

Evitaba hablar del tema con ninguno de sus conocidos, pero mientras tanto fue pintando cada día un poco más. Siempre podría cambiar el color, dependería del cristal con el que se miraba. Para ello, tenía varias gafas de sol con los cristales tintados para cada momento. Pero aquel día supo que se tenía que encontrar la manera, a pesar de que algunos se empeñaban en continuar en el mismo callejón sin salida.

—Tienes buena estrella, Clara. De ti dependerá conservarla —dijo su vecino al volver y cruzarse con ella en la escalera.

No supo si tomárselo como un cumplido o una amenaza, pero al apreciar el tono calmado de su voz, Clara le sonrió. Y fue esa forma simple de comunicación, la que pudo empezar a suavizar la convivencia. Atrás quedarían los insultos, las pintadas, y la quema de banderas. Había pasado una temporada en prisión por la violencia con la que pegó a otro vecino por colgar una bandera, que contenía una estrella. El daño estaba hecho y la denuncia no tardó en llegar.


Por fin, Clara ha encontrado su voz propia después de su ruido interior. Aprender a convivir en la diversidad desde la paz, desde el respeto y el diálogo, pero siempre dentro de la ley y la constitución. Tiene pensadas nuevas composiciones en un futuro. Otras series de cuadros independientes, que la obliguen a seguir pintando.

Clara piensa que somos ciudadanos de un mundo revuelto, pero pertenecemos a él por más que nos empeñemos a mantener una actitud crispada y a veces distante. Desatemos los nudos que nos atan, ya no importa el color, cada impresión importa, pero con la suma de todos. Los lazos amarillos son solo una protesta como las pinturas de Clara, que defiende otra perspectiva, pero no por ello tiene que ser silenciada. Y si a alguien no le gusta el color, que se ponga otras gafas de sol y dibuje otra sonrisa. ¿Podemos reinventar y dejar atrás la guerra de símbolos?

España tiene muchos cristales, tantos como comunidades autónomas. Como los girasoles, en días nublados nos buscaremos y nos miraremos de frente. Si no hay sol todos los días, al menos nos tendremos unos a otros para compartir nuestra energía, porque nos necesitamos.

® Helena Sauras

Imagen de la web
Imagen de la web que me inspiró a escribir el relato
La ene se quita el sombrero y te acaricia
No es quimera, aunque te ha salido un chichón
por la caricia brusca de la tierra
te freiría un buñuelo con chocolate
para tomar a la hora del desayuno.

Siéntate y hablemos, un quejido rompe el aire,
hay hombres insaciables segando,
es un mal año para el entendimiento,
tu mirada se hunde y se esconde.

No pongas fronteras
que la historia enseña a aprender.
No cojas la parte que te interesa,
un sentimiento no se puede romper.

La ene y la griega iban unidas
y unidas seguirán,
el ensueño te vence.
La grafía se separa y se pone el sombrero.

¡Adiós! ¿No quieres decir hasta pronto?
Tres ramas se enfilan,
tu mujer me guiña el ojo
mientras la tuya estaba picando.

Desde el exilio, Oñar,
todo toma otro color,
blanco de luna es este baño
que me rodea, miro por la cerradura
y veo una estrella fugaz que cruza el cielo.
Ya no me hace ningún daño.
¡Entendimiento! La Tierra continúa girando.

®Helena Sauras

Curvas de sangre o 28 poemas feministas

Fonema ñ

Photo by Veerendra on Pexels.com

—¿Hay alguien ahí?

El cuarto estaba vacío. Podía lamer su ausencia como cada tarde. El paso del tiempo había erosionado también sus huellas, ni un triste perfume rondaba a su alrededor, como si en años no lo hubiese habitado nadie. Solo había una amplia telaraña en el techo y olía a polvo repleto de ácaros.

Un vahído la asaltó y le hizo golpearse la cabeza contra el suelo.

Y soñó, tendida sobre las baldosas frías, como solo sueñan algunas mariposas antes de morir, resignadas, camino a la Muerte. Quietas, esperando su hora sin revelarse, sumisas y sometidas.

Se despertó sobresaltada, con esa angustia propia de una madre que padece, que intuye, que conoce el desenlace con antelación.

Pensar que le había podido pasar algo. Era su vida, la que había sentido en sus entrañas, y había sido tan breve… ¡Qué efímera! Vivir para contarlo. Ella, que no tenía ningún derecho ya, por haber sobrevivido a todo aquel dolor.

Miró a su alrededor, se tocó la panza en un acto reflejo. El cuarto continuaba vacío de ilusiones: era su propio cuarto. Y no se acostumbraba a vivir con ese vacío interior, que le quitaba la sed durante la mayor parte del día.

—¿Hay alguien ahí? —Su voz rebotó de incomprensión por aquellas cuatro paredes manchadas de moho.

Se incorporó. Ahora se encontraba sola y mareada, pero se puso en pie. Por sus muslos bajaba algo de sangre. «Otra menstruación para la colección», pensó decaída.

Por mucho que preguntara, nadie le respondería. Y aquel cuarto menguaba desde hoy un poco más, porque le quedaba un óvulo menos en su lucha (imposible) contra el paso del tiempo y su obsesión por ser madre…

®Helena Sauras

Photo by Pixabay on Pexels.com

El cel es veia d’un blau més clar al teu poble. I ho vas dir tan segura, que ningú va posar en dubte la teva credibilitat.

Ballaves i cantaves tot el sant dia, però t’amagaves quan veies l’ombra de ta germana. Ella et recordava que el que feies no estava bé, perquè hauries de guardar el dol. Tu et resisties a creure-la, però li tenies por. No es pot guardar dol per tota la vida, enterrant el somnis, els anhels i els desitjos.

Tenies un desig bullent per viure la vida a la teva manera, admirant aquest cel més intens de Beseit, el que els turistes, que ara arriben, veuen trencat pel so de les campanes. Però tu rius, i dius que no toquen a morts. Avui el repicar de les teves mans sona a bàlsam. Els turistes s’allotgen en una casa que està plena del teu esperit. Els bufaràs un pessic de la vida que et vas perdre. Al cementiri no t’hi vas voler quedar i vas decidir romandre a la teva cambra pròpia, envoltada de natura. La teva neboda, aconsellada pels temps de bonança i pel paradís de l’entorn, va convertir la teva llar en una casa rural. Des que vas morir, no la va voler veure tancada i es va animar a veure-hi visitants durant totes les temporades.

A l’estiu, sents parlar a qui t’ha ocupat l’espai. És un matrimoni jove que té una nena d’uns deu anys. Recordes quan et banyaves en aquesta piscina natural, com l’aigua et remullava els plans d’aleshores i com la maleïda guerra va esguerrar-ho tot. Però ja no és temps per recordar tant. El teu cant continua hàbil. Veus com la nena s’ha quedat esbalaïda notant la teva presència quan es treia el banyador, i penses que et pot escoltar. Li transmetràs la vida que et vas perdre per a què ella balli sense aturar-se per la seva? Carmeta, eres una supervivent, per què et vas enterrar en vida?

Avui és setze de juliol i recordes com era el teu sant. No tardaves a celebrar-lo entre els teus familiars. No faltava ni xocolata, ni dolços per fer més lleuger el teu dia. I penses en els teus pares, els teus germans i tots els amics que t’acompanyaven. I si hi penses més, fins i tot pots recordar aquesta mirada prohibida que et feia bategar d’una manera especial el cor. Quan vas descobrir l’amor, era tan aviat que vas aprendre’l a retardar-lo. Pensares que et quedaven molts d’anys per davant.

Només et van quedar gravats els braços que et van rodejar en aquest ball robat de les festes populars. I vas pensar que no t’importaria continuar ballant tota la teva existència si era amb la seva companyia. L’esclat del primer bes et durà tota la vida.

I notes com els ulls se t’humitegen i la nena li diu a la seva mare que de la paret hi surt aigua. La senyora diu que baixarà a recepció a comunicar-ho i se’n va.

La nena, que es diu Eulàlia, no tarda en comprendre’t i es posa a bellugar les cames i a donar salts per tal d’arribar al que li estàs explicant. Després balla a bon ritme i la faldilla se li aixeca més amunt dels genolls.

Però aquest no és un moment de tempesta d’estiu. El cel es veu ben clar i els pares s’alegren d’haver escollit aquest indret per estiuejar. Si no fos pel repicar que tenen les campanes… Cada quart d’hora marquen un to, per a què no ens oblidem d’elles. I cada hora toquen com folles i no paren de sonar. Com si fóssim temps i no ens poguéssim desempallegar d’ell. Aquí es ve a descansar, es queixa el pare. I la mare, a qui ha atès la neboda pel tema de les humitats, admet que s’ha equivocat d’haver escollit aquesta casa rural tan a prop de l’església i de la plaça. Hagués estat més adequat haver triat una casa perduda pel mont, perquè a l’Eulàlia li agraden molt les ovelles. Sembla ser que ha descobert aquest any com pasturen, i des de llavors vol venir a viure aquí. Això els ha comunicat als seus pares, que no l’han pres en serio, i s’han posat a riure de les ocurrències de la seva filla. Però l’Eulàlia parla de debò i, al sentir-te, encara no entén com es pot amagar tanta tristesa enmig de la naturalesa.

Has parat de plorar, Carmeta. No és bo que la nena et continuï sentint així, amb aquest lent lament. Tu eres alegria i intentes somriure. Amb l’ambient sec, les taques de la paret s’han acabat secant i, quan ve a veure-les l’encarregat, pren a la mare de l’Eulàlia per boja. Una tiquismiquis de turista, de ciutat havia de ser.

I continuaràs fent arribar el teu cant durant tota la nit a l’Eulàlia que somia que balla com una baldufa, empesa en cada gir per una força desconeguda, la força de viure. I a l’endemà es despertarà molt cansada, però amb ganes de continuar amb les vacances. Tot és un descobriment per a ella i plena de curiositat li diu a sa mare que vol ser ballarina, però que no vol anar de puntetes, sinó que vol ballar a peu pla per tot el poble i a la vista de tothom.

Aquesta és la idea que li has transmès a la pobra nena. No t’has d’amagar mai del que sents i del que vols. I has de lluitar fort per aconseguir-ho. Bon consell, però a tu, Carmeta, el dol no et va deixar fer res. I acabares com una vídua de la teva època sense ser-ho, perquè no et vas arribar a casar mai, enterrada en vida i supervisada pels ulls durs de ta germana.

I ara, cant de cants, cantes, Carmeta, en honor al teu nom. La teva veu degota per totes les fonts del Matarranya  fins arribar a l’Ebre, pare de totes les aigües d’aquestes comarques. A la fi, t’has atrevit a viatjar per Terra Alta i pel Baix Ebre, fins arribar al delta on desembocaràs a la mar Mediterrània. Perquè portes amb tu la força que totes les ones envegen: el reflex d’una vida mal emprada, però que no s’atura en fer-se notar.

Aquest setze de juliol, només queda el teu esperit rebel, que encara crida pels Ports que això no es torni a repetir. I contagia a  dones, a través de les ones, per tal que la teva idea s’estengui des de la mar fins al cel. I les campanes de Beseit continuaran repicant sense apagar-se per molts d’anys, acompanyant l’Eulàlia, que ha ja crescut i la seva futura família.

® Helena Sauras

Descarrega el relat en pdf

Escolta l’àudio del relat

Foto feta per mi. El riu Matarranya desemboca a l’Ebre: (Maig 2022).

—Tempus!

—Fugit!

Quedaven pocs segons per veure’ls aparèixer, per això em vaig resguardar a l’habitació i vaig tancar la porta. El cor m’anava a mil. No tenia ganes de que la por es tornés a apoderar de mi. Però ja ho estava fent i l’ansietat anava creixent. Tenia la boca tan seca com si una duna del desert s’hagués instaurat dintre del meu paladar. Volia remullar-me ni que fos els llavis amb una mica d’aigua, però l’aixeta estava en una altra habitació i el Dani havia sortit a fer un encàrrec.

Vaig encendre l’ordinador per tal de distreure’m i esperar-lo el temps que fos. De fons, sentia lladrar el Tempus i el Fugit i el cor se m’accelerava. Notava encara les taquicàrdies als polsos quan es va obrir la porta i va entrar el Dani amb una bossa. El vaig interrogar amb la mirada i me la va retornar amb un somriure.

—Pensava que tindries gana.

Els meus ulls van anar darrera de la llauna que va obrir i vaig donar-hi uns quants glops. Quan em vaig calmar la set, vaig sentir com tenia l’estómac tancat, però tot i així vaig intentar menjar l’ensaïmada que m’acostava.

­—No m’agrada quedar-me tant de temps sola.

—Perdona —va excusar-se—. Se m’ha fet tard.

Em va fer un petó que no vaig voler evitar. Li vaig retornar amb els llavis humits per la coca-cola i el temps es va aturar.

Quan va obrir la porta per baixar-me cap a casa, els bessons ja no hi eren. Segons em va contar el Dani, havien anat a portar els gossos al veterinari. Vaig agafar-li les mans i li vaig preguntar sinó l’importaria quedar-se una estona més amb mi.

—Vols aprofitar el moment?

No el vaig deixar continuar. Sense gossos ni germans, la por s’havia desinflat i ara tenia ganes d’ell. Vaig besar-lo com si l’endemà no importés. La seua erecció es va fer patent a l’instant. I així, ràpids i plens de desig, ens vam unir.

Quan vam acabar vaig pujar a la seua moto i em va portar a casa com quasi cada tarda. Mentre baixàvem pel camí ple de grava, sentia com altres gossos lladraven i llavors era quan l’abraçava amb més força.

Sinó l’arribés a estimar tant m’hagués buscar un altre xicot, un que no tingués gossos. Però quan el vaig conèixer, l’amor es va manifestar de seguida i em vaig veure sortint amb ell sense tan sols pensar-m’ho molt. Perquè aquestes coses no es pensen, Elisabet, em deia. Això surt de dintre. I si no se sent des d’un primer cop, no és amor veritable.

Es pot aprendre a estimar algú amb el temps? Aquesta pregunta quedava enlaire cada cop que el Marcel tornava a insistir-hi. Quedàvem per fer els deures perquè quan ens manaven treballs en grup, no sé el per què, però sempre em tocava amb ell. El Marcel es posava molt content i jo li havia de parar els peus. Per dintre, pensava que era una llàstima, perquè era un bon noi, però no m’atreia gens. Captava les seues insinuacions i em feia mal ferir-lo amb les meues negatives, perquè ell estava carregat d’il·lusions. Quan vaig començar a sortir amb el Dani vaig veure una gran decepció als seus ulls. Cada vegada que tornàvem a coincidir en un treball es notava com encara no havia perdut cap esperança. Estava alerta i m’oferia el que sabia que m’agradava, una vida sense ensurts ni gossos.

—Hauries de superar-ho —em deien els amics del Dani.

Però jo tancava les oïdes, perquè em veia incapaç de fer-ho. Era així i prou. M’acceptaven a dures penes i cada cop que em negava a anar a una excursió, sabia que es mofaven a les meues esquenes.  La balança sempre es decantava per les pors. El Dani acabava anant a l’excursió sense mi i aquell dia, si sortia sola pel carrer, em trobava el Marcel que es feia l’encontradís i em convidava a menjar a un restaurant.

Les últimes vacances poc a poc m’aniria distanciant del Dani. Si quedàvem, ho fèiem per compartir moments que cada cop desitjàvem menys. Rumiava més que actuava i es quedava pensatiu al mig d’una conversa. Crec que no s’atrevia a dir-m’ho. I si el punxava perquè d’una vegada em digués el que em temia que pensava, fugia amb evasives. Deia que estava cansat i que millor no quedar fins la setmana que ve. Els nostres encontres es posposaven cada cop més.

Amb tot aquest panorama, m’entretenia a la meua cambra pròpia. Veia pel·lícules i llegia tot el que em quedava per llegir. Entre personatges m’entrava malícia, desconfiança, gelosia i enveja de portar una vida somniada i diferent a la que tenia.

—No te’ls acabaràs.

El Marcel m’oferia compartir lectures amb ell i em prestava els llibres que creia que podien distreure’m. En tenia molts. De quan en quan, m’atrevia a entrar a casa seua. Era un encant. La seua cambra estava situada al final d’un llarg passadís. Aquell estiu el passaria sol per primer cop, perquè els seus pares se n’havien anat de viatge. Tenia un gran despatx amb unes prestatgeries immenses.  Em quedava embadalida mirant-les. Ell treia un manoll de claus i les obria per tal que pogués triar el llibre que volgués. La meua mirada recorria els prestatges de dalt a baix i resseguia els lloms dels llibres. No em sentia incòmoda al seu costat, ben bé al contrari. L’amistat que ens unia estava recoberta de complicitat i de bons moments compartits.

Per l’aniversari del Dani li van preparar una festa sorpresa de la que em van fer participar el seus amics. Només havia de distreure’l i emportar-me’l de compres mentre ells ho preparaven tot. Havia de fer-me la indecisa i que el rellotge anés corrent. Feia molt que no passàvem tant de temps junts. Potser per això va passar el que havia de passar. Quan vam sortir del establiment on havíem comprat unes esportives i un xandall, em va soltar:

—No cal que t’hi esforcis, Elisabet. Som incompatibles.

—Així no vols que t’acompanyi?

Va negar amb el cap.

Evitava mirar-me mentre parlava, tot i el que em deia era important. Vaig agafar-li les mans. Amb un gest, s’hi va soltar.

—Aquest de matí els meus pares m’han regalat un gosset…

La meua respiració va començar a agitar-se. Em faltava l’aire tot i que crec que m’entrava als pulmons.

—Li he posat Kronnos—va continuar—. Vull ensinistrar-lo i amb tu al costat sé que no ho podré fer.

Per la meua ment passaren infinitat de segons que havia passat al seu costat, però m’estava deixant i volia començar una nova vida lluny de mi. Una pugna de llàgrimes es decidien a sortir sense preguntar-me si realment volia mostrar-me tan feble davant seu.

Em va eixugar la cara amb un mocador i em vaig deixar fer. Després vam decidir menjar un últim gelat en una terrassa i acabar com amics. Em dolia el moment i sé que no l’oblidaria amb facilitat. Vaig tornar a casa desfeta. A la tauleta de nit, m’esperava l’últim llibre que m’havia prestat el Marcel. En aquell moment, no tenia ganes de llegir, però vaig resseguir el títol amb els dits: «L’estiu que comença».

Tot i que ja estàvem a finals d’estiu, era un temps d’inicis i de reflexions.

—Què t’ha semblat la lectura? —em va preguntar el Marcel dies després quan li vaig retornar.

No havia experimentat encara tanta llibertat fins que no em vaig quedar a dormir aquella nit a casa d’en Marcel.  Era l’últim cap de setmana que estava sol fins que els seus pares tornessin de viatge.

Vam romandre plegats sobre el seu llit i vaig anar comentant-li les lectures que m’havien acompanyat durant l’últim any. Ell m’escoltava pacient i després em va preguntar si m’atreviria a creuar el llindar dels impossibles. El vaig interrogar amb la mirada. I llavors es va atansar i em va besar. Al sentir els seus llavis sobre els meus, vaig entreobrir-los per deixar-li pas. Les nostres llengües juganeres tenien tota la nit per descobrir-se.

® Helena Sauras

Photo by Pixabay on Pexels.com