Bitna bajo el cielo de Seúl

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«Bitna bajo el cielo de Seúl» de J.M.G. Le Clézio es una novela bella, cautivadora y reflexiva. Se aleja de recrearse en lo trágico de la vida e invita a vivir.

Bitna tiene el don de zambullirte en sus cuentos, que te inspiran curiosidad por saber qué ocurre a continuación. Inventados o no, te quedará la duda de si realmente son personas reales o simplemente personajes imaginados por ella. Historias fragmentadas con gran maestría, narradas con su propia voz para Salomé, que tiene asumida su enfermedad terminal.

Una historia diferente y original de todas las que me he leído. Y tan profunda que hará que la recuerdes, aunque pase el tiempo.

Cuatro historias, un destino: OLGA

OLGA

He vivido poco la vida. Mi madre ya me decía que las cosas no me serían fáciles. No hay nada más fácil que ver una película, pero cuando entras en la vida real, todo cambia.

¿Responsabilidad? Desde el primer día me cayó encima y me sentí como si la vida hubiese avanzado unos cuantos años sin darme cuenta. A los dieciocho años, tenía un trozo de vida entre las manos que había nacido de mí y me sentía llena de amor por compartir. Es más. Deseaba compartirlo con esperanza, que había crecido en mi interior y formaba parte de mí.

Alba nació un día claro del mes de agosto y, como fue a las seis de la madrugada, decidí ponerle este nombre, porque el alba despuntaba las montañas de mi ciudad a esas horas en que sentía que me partía en dos. Fue un día que siempre recordaré como un momento de temor, porque las cosas desconocidas siempre lo producen. A pesar de ese miedo inicial, todo fue muy bien.

Alberto, mi novio, estaba hecho un manojo de nervios y, cuando le dejaron entrar en mi habitación, las palabras no le salían. Fui yo quien al final le hablé para preguntarle por la niña, que entonces todavía no tenía nombre, y en seguida me la trajeron bien peinada y limpia.

Tenía mucho cabello por ser tan pequeña y era muy morena de piel.

—Es como tú, Olga —dijo Alberto cuando ya pudo articular palabras.

Y yo asentí, pero añadí que su nariz era redonda como la suya. Los dos reímos y, al cabo de un rato, le pedí que fuera al registro civil y le pusiera Alba. Se fue y yo me quedé a solas con la niña unos minutos mirándola como dormía tranquilamente, hasta que entró mi madre a quien había hecho abuela demasiado pronto.

Supongo que en aquel momento ella había olvidado por completo sus insistentes afirmaciones que se me clavaban como cuchillos en mi carne cada vez que las pronunciaba: «Piénsatelo bien, Olga. Aún estás a tiempo». Y yo tenía ganas de que el tiempo fuera más deprisa durante aquellos tres meses que ella no paró de decirme que abortase.

Desde que la prueba dio positivo, solo se me pasó por la mente una vez hacerlo. Fue para poder hacer los exámenes de selectividad, pero al final pensé que de exámenes hay muchos a lo largo de la vida. Si aquel no era mi año, llegaría otro.

Cuando dejamos el hospital para entrar en la vida cotidiana, me entró claustrofobia en aquel apartamento de alquiler tan pequeño de cuarenta metros cuadrados. Pero era el que nos podíamos permitir con el sueldo de Alberto, que trabajaba en una fábrica de cartón. La vida se limitaba a estar pendiente de la niña durante las veinticuatro horas, noche y día sin parar, pero el cansancio no me llegó hasta más tarde. Tardé en notarlo porque me sentía llena de energía durante los primeros días. Dormía mal, pero en el fondo me sentía satisfecha. Tenía una obligación y era la que me hacía levantarme para cambiar pañales y preparar biberones.

Sabía que lo peor eran los primeros meses, después todo se suaviza un poco y me dejaría un poco de tiempo para mí. Quería aprovechar cada momento con mi niña, porque el tiempo pasa volando. Eso también me lo decía mi madre, que ahora estaba encantada con su nieta.

Alba crecía. Cada semana ganaba peso en la báscula de la farmacia. Pronto llegó a pronunciar las primeras palabras y, sin darme cuenta, comenzó a ir a la escuela. Fue entonces cuando decidí volver a estudiar a través de Internet durante las horas que me quedaban libres. Y me di cuenta de que no había perdido facultades durante los últimos cuatro años. Me matriculé de psicología y empecé el curso con muchas ganas.

Y ahora estoy preparando la despedida de soltera de Nieves. Quiere que sea una despedida íntima, entre amigas. Solo las cuatro que desde el instituto hemos ido siempre juntas. Me distancié un poco de ellas cuando nació mi hija, pero no por eso dejaron de llamarme y continuamos manteniendo el contacto.

Me perdía las fiestas del fin de semana, pero Alba me compensaba de otra manera y mis amigas venían a verme y me explicaban lo que hacían para ponerme al día.

Hemos pensado de ir a cenar. Después iremos a bailar y a escuchar música a las afueras de la ciudad. La niña se quedará con Alberto. Es la primera noche que salgo, pero Nieves se lo merece.

—Sal y diviértete —dijo Alberto antes de marcharme.

Y yo le di un beso a Alba y otro a él. Y me sentí rodeada por aquel vínculo amplio que nos unía a los tres.

El timbre de la puerta sonó y me encontré con Sonia, que me venía a buscar. Salí del estrecho apartamento. En la calle, las cosas se ven más grandes y desde otra perspectiva.

Continuará…

La puerta de verde esperanza

Aquel cartel manuscrito, que colgaba de la puerta, le tenía más que intrigado. En aquella casa del final del sendero, no se escuchaba ni una mosca. En un primer momento, pensó que estaba abandonada, si no fuera por la correspondencia diaria que recibían; la que Carlos todos los días les traía en su cartera. El joven cartero, la dejaba ordenada, dentro del buzón blanquecino y de metal algo oxidado, que estaba al lado de la puerta. Intentaba hacer su trabajo lo mejor que podía, e ir ganando experiencia poco a poco para que aquel trabajo le durase. Cuando llegaba a final del sendero, el chico dejaba de silbar. No fuera el caso que alguien lo escuchara y le reprendiera por interrumpir el juego de los niños.

“Silencio, juegan los niños”. Este era el cartel que le quitaba el sueño a Carlos, pues no había escuchado nunca ningún alboroto infantil que atravesara aquella puerta. Como nunca traía nada certificado, no tenía la oportunidad de llamar a aquella puerta de madera verde y algo gastada con un pomo redondo y negro que destacaba porque parecía nuevo, como si lo hubiesen cambiado hacía poco.

Imagen Creative Commons de Rosario González Morón en FlickR

Imagen Creative Commons de Rosario González Morón en FlickR.

En aquel momento del día, recién desayunado y con toda la jornada laboral por delante, Carlos no pudo resistir más su curiosidad y giró el pomo. La puerta exterior se abrió fina y sin chirriar. El cartero entró en una especie de pasillo mal iluminado, donde había cuatro puertas entornadas. Un gato negro se le cruzó sin poderlo esquivar.

“El cementerio de la esperanza, -rezaba otro cartel al final del pasillo-. Tome asiento, y espere su momento de relax”. Una butaca enorme, acompañada por unos auriculares, te invitaba a escuchar. Carlos no dudó en ponérselos ya que su curiosidad iba augmentando.

Después de una breve melodía que servía de introducción, una voz melosa te abducía:

—“Cuando llegue tu hora, estaremos para ofrecerte nuestros servicios funerarios. Somos un cementerio, que espera que vuelvas a la vida, una vez estemos preparados. Te congelamos y estudiamos tu cerebro. Mientras esperas y aunque hayas muerto, podrás jugar a entretenimientos de realidad virtual. Pues no dejamos que tu llama se apague. Estaremos contigo en cualquier momento…”.

Carlos intentó quitarse los auriculares, pero una mano se lo impidió bruscamente. La otra, le tapó la boca para que no se le escapara ningún alarido.

—Shttt —le susurró el hombre que había usado sus manos negras para impedir que Carlos huyera despavorido—. El silencio es lo que nos diferencia.

—Y los niños…, ¿dónde están?

—Jugando en sus habitaciones correspondientes. De momento, tenemos clientela. No nos podemos quejar. Ven, te invito a que los veas por ti mismo.

Carlos se levantó de la butaca y siguió al hombre que entró en la primera habitación.

—Son enfermos terminales —señaló el hombre.

—Parecen muertos —dijo Carlos, soltando su cartera en el suelo y acercándose al primer niño.

—No lo están. Fíjate en sus labios.

Una breve sonrisa, dibujada con el arco de sus labios, iluminaba cada carita.

—¿Están jugando? —preguntó Carlos.

− Ahora mismo no. Mi mujer les escanea las cartas que tú les traes y se las pasa a su cerebro. Suelen ser cartas de sus familiares, por eso sonríen.

No olvides guardarme el secreto —le advirtió el hombre a modo de despido. Y desapareció detrás de aquella puerta verde de madera-.

Se lo prometo dijo el cartero y se fue porque se había quedado hablando solo. Únicamente quedaba el gato que se le volvió a cruzar por delante antes de que atravesara la puerta.

***

Aquella noche, Carlos, que además de curioso era cotilla, acabó alardeando de lo que había descubierto en la terraza del bar de su pueblo. Aunque nadie le creyó, había roto su promesa.

Al día siguiente, el joven cartero se dio cuenta que se había olvidado la cartera con todas las cartas dentro, en aquella casa del final del sendero. Por más que llamó, e intentó abrir aquella puerta, ésta permanecía indomable a sus manos.

Como con sus intentos hacía ruido, y rompía el silencio sepulcral instalado desde hacía mucho tiempo, se le acabó apareciendo el gato oscuro, que en realidad era un brujo negro. El brujo, recitando un conjuro con la punta de su lengua, lo acabó convirtiendo en buzón para reemplazar el que había oxidado. Su alma había pertenecido al antiguo cartero y su curiosidad, como a Carlos le estaba apunto de ocurrir, lo acabó matando; volviéndole en un ser inerte y blanquecino.

Desde aquel momento, el joven cartero, convertido en buzón, conserva las cartas, a la espera de que el brujo lo abra detrás del silencio de aquel cementerio de la esperanza. Solo espera que haya otro cartero curioso, que le releve en su tarea diaria.

Helena Sauras