Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Video poema Fina

6 septiembre, 2025


El tema principal del poema és el record emotiu que té el jo poètic per la persona que la va cuidar en la infància, que malauradament ja no viu, però és transformada en memòria col·lectiva.

 

Sé que Luis no puede evitarme aunque quiera, porque el destino se ha encargado de que nos crucemos en la misma acera. Se me queda mirando fijamente, pero sin pronunciar palabra alguna en la calle desierta, porque parece que haya desaparecido todo el mobiliario urbano para acercarnos de nuevo. Nuestros espejos se contemplan largamente. Sólo él y yo, en la inmensidad del asfalto.

Hola Luis ―rompo el silencio―. Lo siento mucho…

Ya… pero lo hubieras tenido que pensar antes. ¿No crees?

Cierto. ¿Quieres ir a tomar un café y lo hablamos?

Mis esperanzas se tiñen de azul juvenil cuando Luis acepta. Volvemos al mismo parque, en la misma terraza con las mesas y sillas de mimbre, que ahora vienen acompañadas por unas estufas de exterior. Nos sentamos y contemplo los árboles desnudos, que me vuelcan a una tristeza desmesurada de sueños rotos. Remuevo mi café, que esta vez lo he pedido solo, con lentitud, porque estoy analizando y sopesando mis palabras.

Cometí un gran error. —Y lo miro fijamente, porque espero que él me crea en lo que voy a decirle―. Cuando el pasado, que todavía no tienes superado, te llama… Es muy difícil decirle que no.

¿Qué pasado, Elisa?

Sé que ha llegado el momento de hablarle de Nacho, quiero sincerarme con él y así lo hago. Él me escucha. Sus ojos se ensombrecen. Sé que le estoy haciendo daño a pesar que intento ser suave en mis explicaciones.

¿Qué he sido yo para ti, Elisa? ¿Un entretenimiento?

No, Luis. En serio te lo digo. Contigo he vuelto a sentir sensaciones, que creía que se habían muerto definitivamente para mí… Soy una idiota. ¿Podrás llegar a perdonarme algún día?

Tal vez… Las magdalenas no me saben igual desde que no estás.

No quiero perderte, Luis.

Mis palabras son directas. Me estoy dando cuenta de que por una vez en mi vida tengo claro que quiero luchar por él, que quiero trazar mi futuro a su lado. Mi mano derecha busca la suya por encima de la mesa y, cuando la encuentra, no la suelta.

Tienes las manos frías, Elisa ―me dice.

Más helado tengo el corazón, si tú estás lejos de mí. Quiero que me dejes volver a tu lado…

Te lo permitiré solo con una condición.

¿Cuál? ―Quiero saber con mi alma desbocada.

Que no vuelvas a beber. Si vuelves a beber alcohol, no te volveré a dirigir la palabra.

No me esperaba esta condición, y sé que si me la ha puesto, es porque me quiere. Me levanto de la silla, me acerco a él, y le beso. Una pequeña llama vuelve a rebrotar en mí, su fragancia tan perfectamente masculina me envuelve, y su sabor regresa de nuevo a mis labios. Cuando nos separamos de este beso intenso, le digo:

Sí, Luis. Voy a ser capaz.

Y nunca lo he tenido tan claro en toda mi vida. En el alcohol, cuando llegas a una situación límite, que te hace tocar fondo, sólo existen dos posibilidades. O sucumbir en sus profundidades, o sacar fuerzas, imponerte, y salir al exterior. Yo he elegido esta segunda opción, en este parque de luminosas oportunidades abiertas.

¿Quieres venir a mi casa? ―me pregunta.

Sí, no sabes cuánto ―le respondo.

Su piso está bastante desordenado, muy diferente a la última vez en la que fui.

Es el caos interior, que llevaba estos últimos días ―se disculpa Luis.

Entre los dos hacemos un poco de espacio, para poder querernos sobre el sofá. Sus manos me recorren, y tiemblo de la emoción, que me producen. Tenemos toda la tarde para nosotros, y vamos a aprovecharla para explorarnos, sin que quede ningún resquicio por besar, lamer, y acariciar.

El lunes llega con un buen recuerdo de lo pasado este domingo. Me visto y me voy a trabajar hacia la academia. Hoy iremos a la otra parte de la ciudad, a pintar la montaña que se ve algo lejana. Recorro las calles de mi antiguo barrio con mis alumnos, que no saben que lo conozco como la palma de mis manos.

Paso por el portal de mi piso anterior, y veo como hay cortinas en las ventanas. «Lo habrán vuelto a alquilar», pienso. Cuando llegamos a la zona en donde tenemos permiso para pintar, plantamos los caballetes y sacamos las pinturas. La vegetación está muerta, aunque latente, el frío y duro final de otoño se deposita en ella y ésta se duerme en sus crudos brazos. Hay algo de nieve en la cima de la montaña, que vamos a aprovechar para colorearla en nuestro cuadro. Estamos un largo rato hasta que casi no sentimos nuestras manos a causa del frío. Ya es suficiente, les digo a mis alumnos y regresamos hacia la academia donde continuaré con algo de clase teórica. Luis me espera a la salida del trabajo según él para que no me pierda. Volvemos hacia su piso y veo como lo ha acabado recogiendo todo, y ahora está pulcro y ordenado.

Elisa… ―me dice―. He estado pensando si quieres venir aquí a vivir conmigo.

Luis… De momento iremos poquito a poco, ¿vale?

Sus palabras me han calado, pero no quiero cometer los mismos errores del pasado. Su mirada acepta mis palabras, pero puedo ver algo de decepción en sus ojos.

No estés triste. Algún día vendré.

No estás segura de nosotros, ¿verdad?

No es eso, Luis. Lo único que no quiero precipitarme.

¿Todavía piensas en el Nacho ese?

El móvil de Luis empieza a sonar y me alivia de no tener que contestarle. Se va a cogerlo. Lo tiene en la otra punta del piso. Cuando vuelve, sus ojos han cambiado:

Era Toni, han detenido a María. Creen que ha matado a su hermana.

Sé que he tenido algo que ver en ello. Trago saliva y espero que Luis no me lo note.

Jesús debe estar con ella en la policía, ¿no?

No —dice Luis—. Toni me ha dicho que no la puede defender.

¿Cómo? ¿Por qué?

Porque Jesús forma parte de su coartada. Y Toni también. María estaba con ellos jugando a la PSP el día en que alguien asesinó a Luz…

¿Y tú? ¿No estabas con ellos?

No, yo estaba contigo, ¿recuerdas? Haciendo la lista de lo que nos teníamos que llevar en la maleta para los Pirineos.

El recuerdo de ese día me alborota. ¡¡¡Qué imbécil fui!!!

¿Podremos algún día ir a la casita rural? ―le pregunto apartando de mis pensamientos a Luz, Nacho, y María.

Claro ―me dice él―. En las próximas vacaciones. Puede…

Le beso intensamente. Ya no me hace falta oír nada más.

Continuará…

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Nuevamente en mi cuarto cierro los ojos. No he podido cenar. Me es imposible desviar mis pensamientos hacia otro lugar que no sea Nacho. ¿Realmente se escondía un plan en sus intenciones? Un deseo de volver a ver su cara me brota con fuerza.

Me levanto de la cama y voy hacia la estantería. Debajo de mi foto del ayer, está el álbum de fotos de la boda de Sandra. Lo cojo entre mis manos y lo abro. Paso varias páginas, que resbalan entre mis dedos, de arcoíris multicolores, de vestidos de fiesta, y de elegancia. No, no puede ser que Sandra las haya arrancado, aunque viniendo de ella, nada me extraña. Siempre le había tenido una manía inexplicable que no podía disimular, ni aun sabiendo que se iba a casar conmigo.

De repente, su sonrisa agitanada regresa a mí y la distancia se aproxima en el recuerdo. Por fin, puedo ver a Nacho en el preciso instante en que Sandra me tiraba el ramo de novia. Su traje, su corbata, y su perfil me trasladan a otro tiempo en el que mi mundo giraba en torno a él. La punta de mis dedos recorre lentamente su foto y la acaricia con suavidad. Me quedo atrapada una vez más por él, sus promesas parecían tan sinceras, tan dulces, tan cálidas, y hogareñas.

Elisa… ―oigo que dice Sandra detrás de mí.

No me lo creo, Sandra. No es verdad. Míralo ―le digo mostrando su foto―. ¡No es ningún asesino!

Las personas cambian, Elisa.

Su sinceridad me resbala por mis finas mejillas, lágrimas que vuelan para estamparse contra las baldosas de mi cuarto. Lloro, porque ahora mismo sé a lo que sabe la traición, el gusto metálico, y gélido impreso en mis papilas gustativas.

Noche revuelta, oscura, de insomnio intermitente, pesadillas constantes, y recurrentes. De ruidos interiores, que rompen el mar de mis emociones. Sentimientos partidos en pedazos diminutos, polvorizados como granos de arena. Truenos que hacen eco tan adentro de mí que me atemorizan. Tocarte, Nacho, sin llegar a hacerlo, nunca había sido tan difícil. Me despierto ya y me agito entre las sábanas, nerviosa.

Las personas cambian… ¿Pero hasta qué punto? ¿Hasta el punto de clavarte un frío puñal por la espalda? No, no puede ser. Nacho tiene muchos fallos pero este no, desde luego, el de actor no. «Él también tenía ganas de acostarse contigo, Elisa». Mi vocecilla me sopla frases, que me recorren el alma. Joder, lo conoces bien, sus lágrimas eran sinceras… Sus dilatadas pupilas no mentían. Lo único que no puedes responder es qué hacía en Portugal, en la otra punta de la península. ¿Esconderse? ¿De qué? ¿De quién? Me alboroto, porque no obtengo respuesta. Mis luces mentales se han apagado. ¿Quién mató a Luz?

Mi mente se desliza hacia María como principal sospechosa y lo que sé de ella. Sus puños, y dientes apretados, su volcán de ira, y de rencor, su frase, que me dijo en el coche: «Si todavía no les he matado, no sé el por qué…». Su otra frase dicha en el restaurante: «Si ese era su destino, hubiera podido morir antes y así no hubiera tenido tiempo de acostarse con Víctor». El todavía que te pesa, porque ya ha pasado.

Necesitas un trago que te libere de todo esto, Elisa… Me visto de prisa y salgo a la calle, en la barra de cualquier bar me abandonaré al terremoto absorbente del olvido.

Un Martini blanco ―le digo a la camarera.

Vamos a cerrar ya ―me dice la mujer con aire de cansada.

Por favor, solo uno. Me lo beberé rápido y me iré… ―le insisto.

No, lo siento. Vuelva usted mañana.

Vuelvo a salir a la calle. Recorro varias calles, ni un puto bar abierto. ¿En qué mierda de ciudad vivo? Miro mi reloj digital, las cinco de la mañana… Vuelvo a casa de Sandra sin ningún licor entre mis venas. Domingo abstemio, no por voluntad, sino por las obligadas circunstancias. Me vuelvo a meter en la cama, resignada. Me acuesto y al final me duermo.

Me levanto pasado el mediodía, después de meditarlo mucho sé que no me queda otra opción que volver a ir a la policía. Mis pasos agitados corren hacia la comisaría y le pido al hombre que está de guardia ver al policía que me interrogó hace unos días, que tengo que decirle algo importante. El hombre me mira de arriba abajo, y al fin lo localiza.

Señorita Mejías, nos volvemos a encontrar ―me dice con sus ojos grises y fríos―. ¿Qué la trae por aquí?

Tengo que hablar con usted en privado.

Pasamos a una sala continua a la que me interrogaron.

¿Y bien? ―me pregunta el policía.

Señor, Nacho no mató a Luz. Creo que lo hizo su hermana, María…

¿Qué le hace pensar eso, señorita Mejías?

Porque María tenía un buen motivo para hacerlo.

Mis palabras surgen imparables de mis labios. El huracán, que llevo dentro, se desboca en la sala de la comisaría, donde explico mis propias hipótesis, y mis conclusiones. María tiene un cuerpo fuerte, y voluminoso capaz de arrastrar un cadáver. El policía me escucha con sus facciones quietas y relajadas, sin inmutarse. Cuando termino de hablar me dice:

¿Quiere añadir algo más, señorita Mejías?

No.

Lo comprobaremos.

¿Eso significa que van a soltar a Nacho?

Todo a su debido tiempo, no me sea usted impaciente. —Y me parece entrever un principio de una sutil sonrisa entre sus finos y rectos labios.

Salgo a la calle, me meto en el autobús, y me decido a volver al piso de Sandra. Cuando el autobús frena en mi parada, mi corazón da un vuelco incontrolable. En la misma acera, Luis está andando con una barra de pan entre sus brazos.

Continuará…

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¿Dónde estás?

―…

Tranquila, voy para allá.

Jesús pone la cara más seria, que le he visto nunca y nos cuenta:

Era María. Está en la puerta del tanatorio. Dice que en nada van a llevar el cuerpo de su hermana y que ella sólo tiene ganas de beber. Voy a buscarla antes de que haga una tontería.

Jesús sale precipitadamente del restaurante y su mujer se queda con nosotros. Los postres llegan y, aunque siempre suelen ser mi plato favorito, esta vez no puedo con él. El coulant de chocolate se me atraganta, y bebo un largo trago de agua para que baje para abajo. Al final me acabo dejando más de la mitad. Los niños piden salir a jugar al parque que hay al lado del restaurante y su madre les dice que sí. El camarero sirve los cafés y cuando ya vamos por el segundo Jesús entra con una María desencajada. Su pelo lo lleva atado en una coleta, y su aspecto es deplorable, grasoso y sucio. María se deja caer en la silla al lado de Sara, pero al cabo de poco se levanta y se va hacia el lavabo.

Está muy mal ―dice Jesús y no me queda duda de ello después de haberla visto―. Toda su familia está acudiendo al tanatorio, y ella no tiene ganas de hacer ningún papel, me ha dicho que no puede con esto. Que no puede aparentar y oír las maravillas que hizo su hermana en vida y los comentarios de pobrecita.

La entiendo —digo.

Cuando alguien se muere, solo queda el recuerdo de lo bueno que fue, aunque en vida hubiese sido un cabrón ―comenta Jaime.

Exacto, pero María tiene muy reciente y grabada la putada que le hizo Luz ―continúa Jesús―. No puede actuar, y hacer ver que nunca ha pasado nada. Sus padres están desechos y María me ha dicho que seguro que, si hubiera sido ella la muerta, seguro que no lo estarían tanto.

Vaya ―dice Sara y mira hacia la puerta del lavabo―. Cuidado que viene ―murmura.

Nos callamos y vemos como María se acerca hacia nosotros con pasos temblorosos y se vuelve a dejar caer en la silla. Un pesado silencio es el que hay ahora en nuestra mesa, hasta que María abre su boca y me dice:

¿Me puedes poner un poco de agua, Elisa?

Le sirvo el poco de agua, que queda en la botella, y Jesús le pregunta si quiere que pida otra, a lo que María asiente. Se la va bebiendo rápido, y al fin le entra hipo.

¡Mierda! ―masculla María y mira su reloj digital-. Ahora bien seguro que estarán…¡hip! todos allí, mis tíos, ¡hip! mis primos, los vecinos… Todos con buenas palabras, comentado lo buena que era, lo guapa que era… ¡hip!

María aprieta su puño derecho, y por un momento creo que va a dejarlo caer sobre la mesa. Bebe otro largo trago de agua sin respirar y parece que el hipo se le quita.

Y yo no puedo seguir con esta farsa… ―sigue María―. Porque nadie sabe que Luz se acostó con Víctor, ni siquiera mis padres. Les dije que lo habíamos dejado, porque no estábamos seguros del paso que íbamos a dar. No lo comprendieron, nadie lo comprendió y encima tuve que escuchar sermones por parte de ellos, de que un chico como Víctor no lo volvería a encontrar en mi vida. María, me decían, piénsalo bien, porque Víctor se los puso en el bolsillo desde el primer día que lo conocieron.

Mientras María habla, no puedo dejar de pensar en Luis, en cómo lo he traicionado. Nacho me traicionó a mí, así como Luz y Víctor traicionaron a María. El nudo de infidelidades enredado y complejo me ahoga, yo también me sirvo un poco de agua que bebo con ansia.

Si ese era el destino de Luz, ojalá se hubiese muerto antes ―oigo que dice María―. De esta forma, no hubiera tenido tiempo para acostarse con Víctor.

Todos la miramos sorprendidos, María aprieta los dientes y, por último, calla. El camarero del restaurante nos indica que ya van a cerrar, son casi las seis de la tarde y Jesús le dice a María que vaya a su casa. Nos despedimos hasta el martes.

Al volver a casa, Sandra me pregunta directamente:

¿Por qué le has dicho a Jesús que hable con Luis? Elisa… ¿qué ha pasado?

Le rehuyo la mirada y le digo:

Me volví a acostar con Nacho.

¿Qué? ¿Cuándo? ¿Por qué? ―y sus preguntas van subiendo de tono.

Porque todavía no lo he podido olvidar, Sandra, por eso…

Elisa, Nacho no te conviene, ni antes ni ahora. Entiérralo en el pasado de una vez.

¿Y me puedes decir cómo se hace esto?

¿Lo fuiste a buscar tú? ¿Te buscó él? ¿Qué pasó, Elisa?

Vino a buscarme a la salida del trabajo para decirme que volviera con él.

¿Qué? ¿Y tú le dijiste que sí a la primera?

Cuando vi sus lágrimas no pude negarme.

¿Qué Nacho lloró?

Sí…

¡Lágrimas de cocodrilo!

Parecían sinceras, Sandra.

Sí, y voy yo y me las creo ―dice una Sandra irónica―. ¿Volviste a beber, no?

Sí… ―Y bajo todavía más mi cabeza.

Joder, Elisa, ¿ves como no te conviene?

Lo sé… Pero no tengo remedio…

¡Claro que lo tienes! Eso no lo digas nunca. Hundiéndote en la pasividad no desde luego. Estabas bien con Luis, llevabas un tiempo estable, habías cambiado para bien, y ahora… ¿vas a volver atrás como los cangrejos?

No, Sandra, me equivoqué. Pero no me pude resistir a la idea de la playa. Ya lo sé, estoy loca de remate. Por eso vino la policía a buscarme, porque a la mañana siguiente encontraron allí a Luz.

¿Cómo?

Sí, pero me dejaron marchar, porque la mataron antes de que yo estuviera allí con Nacho. No en el momento en que yo estuve en la playa…

Jaime entra en mi cuarto y nos interrumpe:

Rápido, venid a ver las noticias, hablan sobre el caso de Luz.

Corremos rápido por el pasillo y nos sentamos enfrente de la televisión. Han detenido a Nacho como autor del crimen en Portugal. Puedo ver una fotografía suya a pantalla completa, que me pone los pelos de punta de una intensa sacudida.

Elisa, ¿ves como el asesino siempre vuelve al lugar del crimen?

―… —No puedo responder.

Lo tengo más que claro ―dice Sandra―. Quería inculparte, por eso te hizo ir a la playa.

La duda que ha sembrado Sandra me corroe por dentro.

Continuará…

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Video poema Marta de Corbes de sang (nova versió)

25 julio, 2025


Aquest poema li tinc un especial carinyo, perquè és el segon que vaig composar quan vaig escriure el poemari de «Corbes de sang o 28 poemes feministes». Tracta d’un viatge metafòric d’est a oest per Espanya. Un poema on la protagonista, que es diu Marta, lluita contra la depressió i aconsegueix alleugerir el pes de l’ànima a l’última estrofa.

Felicitats als Santiago, Jaumes i Jaimes en el dia del seu sant.

Fa dotze anys em vaig atrevir a fer una versió del poema quan encara estudiava multimèdia i la carrera encara no l’havien homologat. L’ordinador era vell i no donava més de sí. Llavors els sistemes operatius eren més inestables i les connexions d’Internet també. L’important és seguir i no aturar-se. Desitjo que us agradi.