Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Mis pasos seguros me llevan a encargar un poco de material para la academia, como me ha pedido la señora Fernández. La tienda se encuentra cerca de «La pequeña taberna» y paso por delante rápidamente. Oigo una voz perfectamente conocida detrás de mí.

¡Elisa! —me llama.

Me giro lentamente y puedo ver a Nacho con un cigarrillo apagado entre sus dedos, que no tarda en encender.

¿Cómo estás? ―me pregunta.

Bien. ¿Y tú?

Tirando. Ya ves. ¿Tienes un momento? ―Aspira el cigarrillo y me tira el humo.

Y todos los momentos del mundo tengo, sí, pero sé que no me puedo quedar. Las piedras han vuelto a resbalar y a invadir mi camino. No quiero tropezar con ellas de nuevo.

Tengo prisa.

Me giro y me dispongo a irme, pero su mano me coge por la muñeca.

Un calambre me recorre entera.

Será sólo un momento ―me insiste.

Me quedo de pie perdiéndome entre sus ojos, que me muestran la necesidad de decirme lo que viene a continuación:

No puedo parar de pensar en ti.

Nacho, no sigas por ese camino, por favor…

No, escúchame. Siento todo el daño que he podido hacerte. Volver a estar contigo en la playa me hizo darme cuenta de que no quiero perderte.

Se me acerca todavía más y me acaricia un mechón de mi pelo.

Ya me has perdido, Nacho. Aquello fue un error.

Y le aparto la mano que sigue en mi cabello.

¿En serio?

Y sus ojos se han vuelto sombríos combinando nubes de tempestad.

Sí.

¿Nunca me vas a perdonar?

Si ya te he perdonado, Nacho. No es eso. Simplemente que quiero rehacer mi vida sin ti, sin el alcohol…

¿Estás con otro? Es eso, ¿no?

Sí…

¡Qué suerte tienen algunos! ¿Qué puedo hacer para que cambies de opinión?

Nacho, no voy a cambiar…

Mírame a los ojos y dime que ya no sientes nada por mí.

Y en ese momento de iluminación, le miro pausadamente a sus ojos ligeramente humedecidos y entre sombras de flores marchitas, florecen de mis labios las siguientes palabras:

Nacho, ya no lo siento, ¿vale? ―Y me pongo una mano sobre mi corazón, que aunque late aceleradamente, mis latidos están contenidos dentro del abrigo grueso que llevo―. Podemos ser amigos, si quieres…

Bonita forma para decirme que no —masculla ácido.

Nacho, adiós… Que tengas una Feliz Navidad.

Me pierdo sin mirar atrás por la acera entre el bullicio de la gente, que ha empezado a hacer sus compras navideñas. Las luces hace ya bastante rato que se han encendido y brillan mostrando un colorido de dibujos, que me aportan calma.

Mientras ando, noto como mi nudo se está empezando a aflojar, y me deja respirar sin apenas notarlo durante un largo de tiempo. Entro dentro de la tienda, y encargo el material, que me ha pedido la señora Fernández y de paso compro un poco para mí. Quiero regalarle un cuadro a Luis para que sus paredes dejen de estar desnudas.

Ha llamado tu madre ―me dice Sandra al llegar a casa―. Te habías dejado el móvil, y al ver que era ella, he contestado.

Mis padres… Cuánto tiempo sin saber de ellos. Sé que he vivido los últimos meses cómo si ellos no existieran, ahora que se aproximan estas fechas no puedo fallarles. Desde que se jubilaron, y se fueron a vivir al pueblo de mi padre, que mis visitas han sido más que escasas. Cojo mi móvil que sigue en la mesita y llamo a mi madre. Contesta al tercer tono, una voz cercana alejada por kilómetros de carretera.

Hola mamá…

¡Eli! ¿En serio que eres tú?

Sí, mamá… ¿Cómo estáis?

Bien, cariño. ¿Vas a venir al pueblo?

No lo tenía pensado, pero no quiero decepcionarla. El tiempo de estos últimos días se me ha tirado encima de una manera muy veloz.

Sí, para Nochebuena estaré. Cogeré el autobús por la mañana.

Tengo muchas ganas de verte…

Yo también, mamá. Hasta pronto.

Cuelgo el móvil con una sensación dulce de recuerdos, que flotan en el aire de mi habitación. Oír la voz de mi madre, me ha colmado de ganas de pintar, y preparo el material que acabo de comprar.

Si tengo que irme al pueblo quiero acabar el cuadro para Luis antes. Tengo una semana. Mi mano vuela por el lienzo, estoy pintando un amanecer de futuro ahora que mis heridas se han sanado completamente. No deja de haber un azul tímido alrededor del lienzo, aunque lo llena poco a poco la luz del sol. Amarillos, anaranjados y ocres son los colores, que estoy usando para que me den energía, si alguna vez decido irme a vivir con Luis.

El tiempo, rebosante de sabiduría, trazará mi decisión de manera gradual. De momento prefiero esperar, tengo miedo de volver a equivocarme.

¿Qué es lo que estás pintando? ―me pregunta Sandra, que acaba de entrar en la habitación.

El regalo para Luis…

Elisa, ¡la cosa promete! ¡Qué gran detalle!

Necesito regalarle un pedacito de mí, ahora que me voy a ir al pueblo con mis padres durante estas fechas. No quiero que se olvide de mí…

¡Qué se va a olvidar, si lo tienes completamente enamorado!

Sonrío a Sandra, y a la vida en mayúsculas por descubrirme de nuevo las ganas de respirar, sin el nudo que se ha aflojado hasta que ha acabado cayendo delicadamente al suelo.

Continuará…

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Nunca dos palabras tan precisas me habían llenado de tanto significado: «No embarazada». Un suspiro de alivio sale de mi boca, que dibuja una sonrisa. La puedo ver reflejada en la luna del espejo del lavabo. Trajino por la cocina, preparo el desayuno, mientras voy tarareando una canción.

Sí que estás contenta —me dice Jaime, que empieza a mordisquear una tostada.

Hoy me he levantado con el pie derecho —le digo sonriendo.

Sandra me mira, y sé que no hace falta que le diga que el test me ha dado negativo. Mi cara ante todo transmite tranquilidad. Jaime juguetea con el mando a distancia y al final acaba encendiendo la televisión de la cocina.

Ya sabes que no me gusta que pongas la televisión mientras comemos —le riñe Sandra, que está de espaldas a la pantalla.

¡Un momento! ―exclama Jaime y sube la voz del televisor.

La foto de Luz vuelve a invadir mi vida. Ayer por la noche, soltaron a María y a Nacho, y detuvieron a Víctor como presunto autor del crimen.

Joder ―dice Sandra, que se ha girado para verlo―. Esta policía no da pie con bola…

Si lo han soltado será porque es inocente ―expreso con contundencia―. Ya te lo dije que Nacho era incapaz de eso…

Yo no lo tengo tan claro ―sigue Sandra y frunce su ceño.

A ti ya te viene bien que sea el asesino, ¿no? De esta manera te aseguras que no vaya a hacer ninguna tontería…

Venga, chicas, no discutáis.

Sandra ha conseguido alterarme y mi sonrisa se ha disipado ya de mí. Me levanto rápidamente de la silla y me voy hacia mi cuarto a vestirme, porque tengo que ir a trabajar.

En la academia me evado un poco del mal rollo que tengo, no sé por qué Sandra es tan cabezota y sospecha todavía de él. Entre pinturas, mis sentimientos crujen al oír mi móvil y ver en la pantalla que es Nacho. Apago el móvil y me disculpo, porque me olvidé de desconectarlo y he interrumpido la clase. Sigo con la teórica, pero no vuelvo a ser la misma, mis pensamientos se agitan hacia la playa, con las olas rozando mi áspero pesar pero sin llegar a romperlo y los granos de arena diminutos colándose por toda mi piel. Nacho es la marea que sube y baja por mi vida, que debe seguir en otra dirección. Estoy profundamente arrepentida de lo que hice, y siento que Luis no se lo merece. No voy a jugar a dos bandas, con una vez ya basta. Segundas oportunidades siempre fueron inapropiadas y Nacho tiene que desaparecer sigilosamente ya de mí, pero el ruido que siento en mi interior todavía lo escucho sin poderlo evitar.

Cuando termino la clase, la señora Fernández me encuentra en el pasillo y me dice que vaya a su despacho. Y así lo hago. Me siento en la silla y ella me habla:

Ya queda poco para terminar el trimestre, ahora tenemos que pensar en el próximo. ¿Te importaría ir a encargar el material que necesitaremos mañana por la tarde?

¿Dónde tengo que ir?

En esta tienda. —Y me pasa una tarjeta.

«La cometa pintada», qué recuerdos me trae. La tienda en dónde compraba en mi antiguo barrio.

Sí, sé dónde es. ¿Qué tengo que encargar?

La señora Fernández me pasa una hoja con una lista de material innumerable.

Creo que con esto ya bastará.

De acuerdo, mañana iré.

Gracias, Elisa.

A la salida Luis me espera. Después de darle un beso, me dice:

Esta noche le hemos preparado una sorpresa a María. Vamos a ir a un concierto. Toni ya ha comprado entradas para todos.

¡Qué bien, Luis! ¿Qué concierto es?

El grupo se llama «El despertar». No pongas esta cara, a mí tampoco me suenan de nada, pero puede estar bien.

Sí, ¡claro que sí! Dame cinco minutos y me arreglo.

Vamos al piso de Sandra para cambiarme de ropa. Luis espera en el comedor y yo me voy directa al lavabo a ducharme. Me pongo unos tejanos limpios y ajustados y un jersey ocre de cuello alto. El móvil lo dejo adrede encima de la mesita. No quiero que Nacho vuelva a entrar en mi vida.

¿Nos vamos? ―le digo a Luis.

Sí, primero cenamos en mi casa y luego vamos al pabellón dónde hacen el concierto. Empieza pronto. No haremos muy tarde.

Mejor. Mañana tengo que trabajar.

Y yo también —me dice sonriendo.

Nos encontramos todo el grupo en la acera, que hay enfrente del pabellón. No hay mucha gente, pero María está reluciente, muy diferente al último día en que la vi. Le doy dos besos en las mejillas al verla y ella me susurra:

Muchas gracias por venir. ¿Le dijiste tú a Toni que quería ir a un concierto?

No, yo no he tenido nada que ver ―le confieso.

Se me ha ocurrido a mí solo ―dice Toni―. ¿Qué pasa, no puedo tener ideas?

Todos reímos, la verdad es que Toni, cuando se trata de organizar eventos, tiene práctica.

¿Entramos? —pregunta Rebe.

Cuando nos situamos cerca del escenario, un solo triste de guitarra empieza a sonar y me eriza la piel de mis brazos. Seguidamente el resto de instrumentos empiezan a repiquetear con fuerza. Es música movida, una mezcla de pop rock con aires de fulk. La voz potente de la cantante se acopla perfectamente a los instrumentos. Es la primera vez que escucho esta canción, pero no me deja indiferente. Es pegadiza y su melodía se instaura en mi mente.

Me está gustando ―le digo a Luis que lo tengo a mi lado.

A mí también.

Toni, ¡qué buen descubrimiento me has hecho!

¿No los conocías? ―me pregunta María.

Pues no…

Y nosotros tampoco ―reconocen Luis, Rebe y Jesús.

Claro, no son muy comerciales.

Los coros, formados por voces más agudas y otras más graves, empiezan a entrar en el estribillo. María empieza a vociferar, con las manos alzadas y dando palmas. En este momento, es cuando me doy cuenta que nada más existe que el despertar de mis deseos, borrón y cuenta nueva en esta vigilia, en donde nadie de los cinco necesitamos del alcohol, para disfrutar de nuestras vidas con total plenitud. Yo también alzo mis manos abiertas y hago que choquen entre sí, al ritmo que me impregna y me traslada en un mundo fructífero, que me queda por descubrir.

Continuará…

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Aquest video poema tracta sobre l’adopció d’una xiqueta per part d’un matrimoni que no pot tenir fills de forma biològica. Desitjo que el gaudiu! Aviat n’hi haurà més de video poemes. Esteu atents a les pròximes publicacions del blog.

 

Posiblemente Sandra haya tenido razón en lo referente a Nacho, pero yo todavía me niego a admitirlo. Mi parte más irracional, se resiste a creerlo. He hecho todo lo que ha estado en mi alcance para defenderlo, pero María tiene una coartada robusta, y bien curtida. Hoy es un día nefasto, y acudo a la terapia con ganas de ver a Luis, porque es la única parte de mi vida, que parece que no está negra, y hundida. No sé por qué hemos ido, porque sólo estamos Rebe, Luis, y yo. Los demás están en la policía. María detenida, Jesús y Toni colaborando en su coartada. Rebe está feliz, y creo que es la única, ya que le dejarán ver a sus hijos ahora que se aproximan las fiestas navideñas. No tengo ganas de hablar de mi recaída de los últimos días, pero sé que lo tengo que hacer.

El cerebro, que aunque lleves tiempo sin beber, tiene gravado todo lo que hacías cuando bebías, tus costumbres y manías. En un momento de baja guardia, se vuelve a interponer el deseo de beber, entre tu voluntad y tu debilidad ―digo después de estar callada durante un rato.

Pero ahora, ya no lo volverás a hacer, ¿verdad? ―me pregunta Luis con su mirada pícara.

No, no lo volveré a hacer. Lo nuestro es crónico, incurable, y la única posibilidad para mantenernos a salvo es no volver a beber. Tengo claro que no lo volveré a hacer ―digo con firmeza.

Una actitud muy positiva ―dice Ana.

Creo que es la primera vez que me oigo decir algo tan segura. Mis dudas se han esfumado, gracias a la ayuda que me ha brindado Luis. No sé que habrá visto en mí, pero yo sí sé que he visto en él: las luces de su alma tan brillantes, tan cálidas, e intensas que me han alcanzado mi corazón, que ahora late al compás de ilusiones nuevas.

Cuando salimos de la sesión de terapia decidimos acercarnos a la casa de Toni por si ha vuelto. Llamamos a la puerta. Se encienden las luces de la entrada, y nos abre.

¿Cómo está María? ―pregunta enseguida Luis.

No la he visto ―dice Toni―. Pero ya te puedes imaginar…

Ya… ―digo yo.

Alguien ha hablado más de la cuenta. La policía sabía cosas sobre María que sólo conocíamos nosotros.

¿Qué cosas? ―quiere saber Luis.

La historia que tuvo Víctor con Luz, por ejemplo. El odio que le tenía María a su hermana…

Vaya ―digo yo, que tengo la mirada más gacha que nunca.

Pero María, no le hizo nada, de esto estoy más que seguro. Vino aterrada porque Víctor no paraba de molestarla. Yo estaba jugando con Jesús a los vídeo juegos, como siempre, y ella nos interrumpió. Se puso a llorar. Las fuerzas, que siempre ha tenido, le fallaron. Al cabo de poco llamaron a la puerta. Era Víctor. Venía todo alborotado, gritando que quería ver a María. Entre Jesús, y yo, se lo impedimos. Y empezó a vociferar: «¡Maríaaaa, no sabes lo que soy capaz de hacer por ti!». Pero María no salió, y entre los dos, le echamos a patadas. Al fin, María se quedo a dormir aquí, conmigo.

Pobre María ―dice Luis―. ¿pero no habían detenido ya a Nacho como autor del crimen?

Al oír su nombre, se me cae el alma a los pies, pero hay una cosa que no me cuadra en todo ello, una corazonada rápida que surge de mí.

¡Un momento! ―alzo la voz―. ¿Y si ha sido Víctor?

¿Víctor? ―dice Luis.

Podría ser ―Toni acepta mi hipótesis―. Hubierais tenido que verlo. Todo él fuera de sí. Daba miedo… Recuerdo que también le dijo que la libraría…

¿Cómo?

«María, —gritó Víctor aquella noche— te libraré de ella» ―vuelve a explicarnos Toni.

Pues yo sigo pensando que fue Nacho ―repite Luis.

No lo sé. Pero ya te digo que yo aquella noche a Víctor lo vi capaz de hacer cualquier cosa. ¿Y si fue a buscar a Luz para descargar su frustración sobre ella?

¿Tú crees? ¿Qué perdía Víctor al no casarse con María? ―pregunta Luis.

Pues un futuro bastante asegurado ―dice Toni―. Trabajo en la empresa de su futuro suegro, por ejemplo, y un futuro bastante holgado…

Pues que se lo hubiera pensado antes ―digo―. Pero entonces… ¿para qué coño quería Luz el dinero de Nacho, si su familia ya tenía?

Esto es lo que tú te piensas… —continua Toni—. Los negocios del padre de María están rozando los números rojos, pero eso Víctor igual no lo sabe… Y Luz, acostumbrada a una buena vida, se tuvo que buscar una alternativa para seguir con su nivel.

Con Nacho… ―digo.

¿Pero Nacho tenía dinero? —pregunta Luis.

Sí, ahora sí. Había heredado los bienes de una tía lejana, que murió sin descendientes. Con eso abrió un negocio propio.

Y luego me dejó, me dejó… Me repito para mí. Trago saliva ¿por qué todavía me duele tan fuertemente esto? Me gustaría encontrar el remedio para que mi nudo se deshiciera de una vez.

Nos quedamos un rato más sentados en el sofá de Toni, hasta que al fin Luis y yo, nos despedimos de él. Luis me acerca al piso de Sandra y nos despedimos en el coche.

Elisa…. Me da miedo que se solucione todo este embrollo.

¿Por qué, Luis?

Si Nacho es inocente, ¿volverás con él?

No, Luis…

¿Estás segura?

Asiento con la cabeza porque las palabras no me salen. El nudo sigue haciendo de las suyas. Le beso y subo al piso de Sandra.

Pasan dos días más y me siento diferente, retenida e hinchada. Yo, que siempre he sido puntual como un reloj, y esta vez parece ser que la regla no se me decide a venir… Estoy muy angustiada, porque la simple probabilidad que estuviera embarazada de Nacho, me llena de rocosas, y peliagudas contradicciones. No, no lo estoy, son los nervios de estos últimos días…

Hazte la prueba de una vez ―me dice Sandra, que ya está más que harta de mis comidas de cabeza.

Bajo a la farmacia más cercana a comprar una prueba de embarazo. ―Mejor con la primera orina del día, si el retraso es de pocos días ―me dice la chica que me atiende.

Esta noche presiento que volveré a tener insomnio. Y así es. Cuando suena el despertador, ya estoy despierta ya que he dormido muy poco, me levanto, voy directa hacia el lavabo y meo en el pote de la de orina. Sumerjo la punta de la muestra durante diez segundos y espero impaciente. El test digital muestra un reloj en su pantalla. Está calculando…

Venga, vamos, no se te ocurra detectar la hormona ―le digo mientras cruzo los dedos y aprieto fuertemente los párpados.

Continuará…

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