Los primeros rayos de sol se filtran a través de la fría ventana. Un tímido halo de luz se deposita en mis párpados empujándome a abrirlos. Parpadeo un par de veces y estiro mis extremidades desperezándome. Luis está a mi lado, todavía durmiendo. Sigilosamente me levanto y voy hacia la puerta principal. Cojo mi bolso, mi abrigo y su llavero, y la cierro tras de mí. Bajo las escaleras y salgo a la calle. El frío me hace andar deprisa, no quiero que se despierte notando mi vacío. Volveré.
Al final de la calle, en la esquina, me espera una panadería madrugadora. Entro sin saber si es la que frecuenta. Pero al mirar el mostrador, mientras espero que me atiendan, reconozco las magdalenas exquisitas. Sí, no me he equivocado, sonrío a la dependiente cuando me toca el turno y le pido:
—Cuatro magdalenas de chocolate.
Me las envuelve con un papel fino con el logotipo de la panadería, pago, y vuelvo a su casa. Él todavía duerme con expresión relajada. Me gusta mirarlo y contemplo su cara durante unos minutos, que me pasan veloces. Creo que se siente observado y abre sus ojos. Sus pupilas se dilatan al verme y me lanza una media sonrisa.
―Buenos días.
―Ahora sí lo son ―me contesta contento.
―No terminamos de ver la película. Menudo sueño nos entró ―le digo sonriendo y besando sus párpados.
―¿Para qué verla si te tenía aquí conmigo? ¿Qué haces con el abrigo puesto, Elisa? ¿Te vas? ―me pregunta tembloroso, incorporándose al reparar en mi vestimenta.
―No, Luis. He salido a comprar el desayuno.
Suspira relajado, entornando los párpados.
―Pues sí que has hecho faena.
―¿Quieres café?
Y me voy hacia la cocina sin esperar que me conteste.
Preparo dos cafés con un par de cápsulas y vuelvo al comedor. Abro el envoltorio de la panadería encima de la mesa.
―Caray, mis favoritas ―dice al ver las magdalenas.
―Sabía que te gustarían. Desde que me las descubriste, suspiro por ellas ―le digo mordisqueando una, y dejando que la crema, que lleva en su interior, me impregne el paladar.
Me imita y cierra los ojos concentrándose en su sabor, una explosión de chocolate con sus pepitas derritiéndose en su boca.
―Voy a hacerte una foto ―le digo sonriendo y cogiendo mi móvil.
Enfoco su momento de placer, y disparo la cámara del móvil.
―Me la voy a poner en la pantalla principal. Tu cara al saborear las magdalenas es pura poesía.
―Y la tuya también, Elisa ―dice aproximándome su móvil para tomarme también una foto.
―Ya.
―Me gusta cómo ha quedado ―dice observando la imagen―. Yo también me la pondré en la pantalla principal.
Después de desayunar, Luis llama a su abogado, pero de nuevo sus esperanzas chocan contra su buzón de voz.
Mientras tanto llamo a mi prima Susana para decirle que la ayudaremos a trasladar los cuadros hacia el restaurante. Mi prima está nerviosa cuando llegamos a su piso y mueve las manos continuamente. Subimos a la furgoneta y nos dirigimos a su nuevo lugar de trabajo. Nada más llegar y entrar al comedor principal, me invade una sensación tranquila y de buen gusto. El sitio es muy acogedor. Algunos cuadros ya reposan en la pared. Son marinas bien distintas y de diferentes estilos.
El torbellino marino, más intenso que nunca, me hace estremecer con sus olas enérgicas al colgarlo en el lugar dónde me indica Susana. Un ruido interior emerge de mí en donde me parece oír la voz de Sandra, pero me tengo que desprender de ella.
Susana se dirige a la cocina a ultimar los últimos detalles y nos deja solos.
―El tuyo es el que me gusta más ―me susurra Luis al oído.
―Lo pinté en un momento de profunda inspiración.
Cuando las ideas se unen, cuando descubres sus entresijos ocultos, cuando una voz resurge de ti y te dicta, es algo maravilloso y mágico. Un momento único, de vida intensa, para quien lo experimenta, que me gustaría compartir con él algún día.
―No dejes nunca de pintar, Elisa ―me anima―. Haces música con los pinceles. Si acerco el oído me parece oír rugir el mar. ¿No te da pena venderlo?
Niego levemente con la cabeza.
―Ese cuadro forma parte del pasado ya ―le digo intentando aparentar fuerza―. Después de Reyes, cuando vuelva a la Academia, seguiré pintando y continuaré plasmando mis impresiones en el lienzo.
―Estoy deseando verlas.
―Bueno, si mi inspiración resurge. Hace días que está muy parada.
―Seguro que lo hace ―Y me guiña el ojo izquierdo.
Susana aparece y se queda comprobando los pequeños detalles de la decoración. Aprovecho para acercarme a ella y decirle que nos vamos.
―Susana, nos vemos a la noche. Vendremos un rato.
―Os prepararé un cóctel especial para que brindéis ―me dice risueña al oído.
Sé lo que eso significa. Mis temores de probar algo de alcohol se esfuman. Teniendo a Susana esta noche de respaldo nos va a venir bien. Me acerco a Luis, que no ha escuchado lo que ha dicho mi prima, y le pregunto:
―Luis, ¿me rechazarás un brindis en la inauguración?
Me mira profundamente, con sus ojos directos que atraviesan una parte de mi alma. Tarda en responder, recordando nuestra conversación en el móvil.
―Depende ―dice al fin.
―¿Sólo depende?
―Elisa, creo que no es una buena idea ir. ―Sus ojos se oscurecen unos tonos―. Estará repleto de alcohol, ¿no lo comprendes? ¿Por qué no vamos directos a la casa de Toni? Allí estaremos más seguros.
―La seguridad depende de nosotros, Luis. No le podemos hacer un feo a mi prima. Vamos un rato y luego seguimos en casa de Toni.
Luis duda unos momentos, pero al final acaba aceptando.
―Como quieras.
Y baja su mirada que se pierde entre las baldosas grises del restaurante.
―Luis,―le digo mientras le cojo la barbilla con una mano para que me mire― vamos a despedir el año con buen pie. No te vengas para abajo.
Sus ojos me rehuyen de nuevo y su rostro se ha quedado muy pensativo. Lejos de preguntarle qué le pasa, porque lo intuyo, le rodeo la espalda y salimos a la calle en donde el sol brilla pálido.
―Llama a Toni, y pregúntale qué hace falta que compremos.
Después de hablar con Toni, me dice:
―Las uvas. Solo tenemos que comprar las uvas. Del resto se encarga María.
Andando por la calle, vemos una frutería bastante grande y nos disponemos a entrar. Las uvas cubren varios estantes. Cojo varios racimos y los voy metiendo dentro de una bolsa.
―¿Con esas tendremos bastante? ―le digo a Luis girándome.
Pero Luis no está. Lo intento localizar con la mirada. Miro en la cola, por si se ha puesto a esperar el turno, pero no. Ando por los diferentes pasillos, y al final del último, veo una cabellera negra y rizada. Luis está a su lado hablando. No me queda duda de que es Sara. Su pelo robusto lo reconocería en cualquier lugar.
Reparo en la chica con la mirada triste, que en esos momentos se aproxima a Luis. Una muñequita de papel, de apariencia frágil, con el pelo rubio y bastante ondulado. Desde donde estoy, no los puedo oír, agudizo mi visión e intento leer sus labios.
A oscuras entramos en el portal que es bastante diminuto. Aprieto la mano de Luis con fuerza, transmitiéndole coraje. Subimos las escaleras hasta el primer piso, nos detenemos unos segundos para darnos un breve un beso que me sabe a miel, y seguimos hasta el segundo. La puerta se resiste a abrirse cuando Luis pone la llave en la cerradura, pero al final cede. Luis se para unos instantes sin atreverse a entrar y yo aprovecho para respirar hondamente. Creo que nos hemos precipitado en venir. Estoy segura que una serie de imágenes le silban en su mente, que hacen que sus pies estén pegados al suelo, totalmente paralizados. No sé si debería ser yo misma la que me adelante y le empuje a entrar. Mi indecisión es la que me hace dudar mientras el tiempo va pasando. De repente, oímos abrirse la puerta contigua. Algún vecino, que sale a tirar la basura, y es cuando Luis entra rápidamente. Me estira con su movimiento, y cierra la puerta tras nosotros.
Enfrente de nosotros, un apartamento completamente silencioso nos espera. Desde el recibidor, puedo ver la puerta entreabierta del comedor, una franja inquebrantable que nos costará traspasar. Tras unos cuantas vacilaciones, aprietos y titubeos en su voz, Luis se decide a entrar y yo le sigo. La mesilla de cristal rota es el muebleque más desentona al estar arrinconado contra la pared. Enciendo las luces, que hacen que mi cuadro del amanecer, testigo del crimen, resurja del ocaso en donde está sumido Luis.
―La vida continúa, ¿no? ―le digo para animarlo señalando el cuadro.
―Sí, ha vuelto a amanecer desde que tú estás conmigo ―me responde con voz muy baja―. Pero mira cómo está todo.
Me señala el desorden que inunda el comedor.
―Si quieres, te ayudo a limpiar.
Sin esperar respuesta, me voy directa a la cocina a buscar una escoba con mi sexualidad totalmente apagada.
―No, déjalo, Elisa.
Pero yo empiezo a barrer el suelo, todavía hay restos de cristales esparcidos por todas partes.
―Elisa, ya lo haremos mañana.
―No estarás a gusto hasta que todo esté en orden. Venga, vamos, entre los dos acabaremos antes.
―No creo que vuelva a estar a gusto en mi vida, Elisa. Por mucho que limpie, y ordene este lugar, siempre estará maldito por la huella del crimen.
―Pero fue un accidente, Luis, no tienes nada que ocultar, ¿verdad?
Y sus manos esconden su cara unos breves momentos, antes de contestarme:
―No, ¿por quién me tomas? No quería matarlo, solo me defendí pero… del empujón que le di con el paraguas, empezó a brotar sangre. No la pude parar. Me fue imposible pararla. Me manché hasta la camisa. Mi padre me acababa de decir que por qué no cobraba la pensión de viudedad, si era verdad que mi madre había fallecido. Fue la gota que colmó el vaso. Sus palabras tan mezquinas retumbaban en mi mente, y al final le empujé con violencia. Murió rodeado de un charco de su propia sangre y esto pesará siempre en mi conciencia.
―Luis, vamos a limpiarlo y bajamos la mesilla al contenedor. Yo te ayudo.
―Tú me hubieras ayudado, ¿verdad? ―Me imploran sus ojos.
Asiento entre lágrimas, porque ahora sé que lo hubiera hecho sin dudarlo. Esconder un cadáver tiene que ser muy peliagudo, pero lo hubiera hecho por él. Solo por él.
―Pero no estaba, Luis, estaba en el pueblo, ―me excusó― mientras tú pasabas los peores momentos de tu vida.
―Toni se quedó paralizado y no pudo hacerlo. Se vio incapaz. Entonces llegó la policía. Este vecino, con él que no me he querido cruzar, creo que fue quien dio la voz de alarma.
―Claro, seguro que fue él ―miento.
―Tú hubieses sido más rápida.
Sonrío entre lágrimas amargas, que me pesan.
―¿Y entonces qué hubiéramos hecho?
―No lo sé. ―Se encoge de hombros―. Intentar que no nos descubrieran, supongo ―me responde cabizbajo―.
―¿Y podrías vivir tranquilo?
―No, y más si tú estuvieras pringada hasta las cejas, como cómplice.
Le beso los párpados suavemente.
―Mejor así, ¿no? ―dice al cabo de un largo silencio.
―Todo saldrá bien, Luis, lo presiento.
Pero miento de nuevo, porque mi intuición me dice que no va a ser tarea fácil. Continúo con la escoba, barriendo las baldosas a conciencia. No quiero que quede nada de mugre. Y el palo de la escoba choca al pasar por debajo del mueble con una caja de cartón. Me agacho para recogerla. Es una caja amarilla y blanca de pastillas.
―Luis, ¿eso es tuyo? ―le digo con la caja en mis manos.
―No, no la había visto en mi vida. ¿Qué es?
―Acenocumarol ―leo.
―¿Y eso qué es?
―No sé, espera que leo el prospecto.
Despliego las hojas de papel y empiezo a leer.
―Luis, son anti coagulantes orales.
―¿Y qué hacen aquí? ―me pregunta sorprendido.
―¿Y si eran de tu padre?
Luis se queda boquiabierto. La sangre líquida fluyendo sin parar, la hemorragia que no paró. Sé lo que está pensando en esos momentos.
―Mi padre tomaba…
―En efecto, tu padre tomaba Sintrom, por eso no soportó el empujón. Se desangró.
―Maldita su suerte, maldita la mía ―exclama.
―Llama a tu abogado, Luis. Creo que debería saber esto.
Luis se va directo al teléfono, y marca los números de su abogado tembloroso. Pero nadie contesta y vuelve a mi lado.
―No contesta ―me dice alarmado.
―Claro, es domingo. Prueba mañana. Ahora vamos a recoger todo esto y nos quedamos a dormir aquí. Los dos solos, ¿vale?
Porque necesitamos superar lo insuperable. Nos ponemos manos a la obra ordenando el desorden del comedor hasta que queda todo como antes. Como debió ser en un principio, borrando las huellas y el paso del desafortunado incidente.
―Gracias por confiar en mí, Elisa ―me susurra cuando acabamos.
―Luis, no me des las gracias de una cosa que no pudiste evitar.
―Sí que pude, si no lo hubiese empujado.
―Te hubiera herido a ti con su cuchillo. Te defendiste, ¿no?
―Sí, pero no me creerán.
―Yo te creo, Luis. Confío en tu inocencia. Para mi es legítima defensa.
―Sí, ¿pero para el juez qué será, Elisa?.
―Confía en ti mismo, Luis. El pasado no se puede cambiar, yo no entiendo de leyes, pero no te defendiste de una manera desproporcionada. Actuaste con un simple paraguas, cuando él tenía el arma punzante.
―Ya pero… Estoy acabado.
―No digas eso, la vida continúa. Ahora vamos a cenar, y después me puedes sorprender con una peli de esas que tienes. Que sea muy romántica, de esas que endulzan de tan empalagosas. No tiene que ser un drama, que acabe bien y me haga sonreír.
―Tu risa es lo que más me gusta oír.
―Pues si la eliges bien, podrás escucharla.
Tiramos mano del congelador para preparar la cena, comida pre cocinada para salir del paso, pues la nevera está bastante vacía.
―Pensaba que nunca te volvería a tener aquí ―me dice con su mirada, que me transmite que me está diciendo la verdad.
―Pues ya ves, he venido y para quedarme al menos esta noche.
―¿Sólo al menos? –me pregunta pícaro.
―De momento, sí ―le digo bajando la mirada―. Voy a avisar a Susana.
―Yo voy a hacer lo mismo con Toni.
Nos separamos un momento para hacer las respectivas llamadas, y cuando nuestros ojos se vuelven a encontrar, Luis me dice:
―Toni me ha dicho que pensemos el plan que queremos para Noche vieja. ¿Qué te apetece?
―A ti ―le respondo besándolo―. Tú eres el mejor plan.
―No, ahora en serio. ¿Dónde quieres ir?
―Me da una pereza horrible despegarme de ti, pero nos podríamos pasar por la inauguración del restaurante de mi prima. Nos invitarán a algo y luego podemos ir a casa de Toni a continuar la fiesta. ¿Qué te parece? Discotecas ni nada por el estilo, no, ¿vale?
―Vale. Pues mañana se lo decimos a Toni, eso de auto invitarnos en su casa ya viene siendo costumbre.
―¿Pones la peli?
―Sí
Se agacha y enciende el DVD.
Y abrazados en el sofá empezamos a ver la primera escena. Un sueño incontrolable nos sorprende cuando no llevamos ni la mitad. Y así, acurrucados, y tapados con una manta suave, nos dormimos los dos. El cansancio nos ha vencido.
Mi prima nada más llegar se ha dormido en su cuarto, y yo no tengo fuerzas para deshacer la maleta negra, que he dejado en un rincón, de lo que será a partir de ahora mi habitación. Un sitio justo en cuanto a tamaño, pero más que suficiente. Es bastante luminoso con dos ventanas que dan a una terraza, y con eso me vale. Podré pintar cuando llegue el buen tiempo si mi inspiración me vuelve a visitar, pero de momento está bastante parada. Quiero volver a sentir su palpitar con fuerza y que me engulla.
Mientras íbamos en la furgoneta, Susana me ha hecho prometer que el cuadro del torbellino marino lo ponga a la venta en el nuevo restaurante. No me he podido negar, ni tan siquiera sé cómo hacerlo después de todo lo que está haciendo por mí. Al fin y al cabo, era el cuadro que le regalé a Sandra y no quiero que me recuerde, si lo cuelgo por ejemplo en mi cuarto de ahora: el peso de la traición, los besos contenidos en los labios de Nacho y Sandra, los sinsabores que recorren mi alma desde que sé lo evidente.
Susana también me ha pedido que la pintura de «Sensaciones mágicas de una cueva» lo ponga a la venta, pero yo aquí sí que he tomado partido, negando con energía. Es lo poco que me queda del recuerdo placentero de Luis, del resurgir del amor, del dulce despegue de mi corazón, después de meses de sequía.
Susana, ha sonreído al verme tomar las riendas y sacar mi carácter que parecía que estaba encogido. Y es que me he dado cuenta, en ese mismo instante, mientras me resistía a desprenderme del cuadro, que evocaba nuestro primer contacto, de lo que ya sabía Toni: quiero estar con Luis. Me ha costado tanto llegar a esa conclusión que tengo miedo que ya sea demasiado tarde o incluso me aterra el precipitarme por complejo que parezca.
«¿Vas a volver con quién te considera una amargada, Elisa?», me dice mi vocecilla más orgullosa. Frunzo el entrecejo fuertemente, pero ella insiste. «Algo de razón debe tener Luis, Elisa, sólo hace falta verte. Tan amarga como las lágrimas que derramas, que ya no saben a sal, sino que su persistencia las ha amargado. Vuelan constantemente, estampando su hiel contra las baldosas grises de la habitación del piso de Susana. Y sólo te queda su sabor en el paladar más hondo, tan áspero que te cuesta tragar».
Respiras con agitación, tienes que volver a ver a Luis y tu dedo marca su número en el móvil, que te sabes de memoria. Unos tonos y todo es silencio.
No, Luis no contesta. Un vacío inquebrantable se instala en mis venas. Parece que ya no palpitan como debieran, son ahora tan débiles como mis huesos. Y al fin, después de unos interminables minutos, mi móvil empieza a vibrar refulgente. Mi mirada admira en la pantalla cómo es Luis, mi voz ronca contesta perdiéndose en su aliento distante:
―Necesito verte —digo al contestar.
―Yo también, Elisa.
Y las palabras que nos decimos, nos unen a pesar de la distancia de la telefonía. Quedamos dos horas después en la cafetería con las sillas de mimbre. Luis aparece recién afeitado y con ropa limpia. Sus ojos denotan cansancio por largas horas acumuladas de insomnio. Yo sé que no hago mejor aspecto a pesar que me he vestido con la falda color teja. El sol está decayendo, y optamos por sentarnos dentro, y no en la terraza. La cafetería está casi vacía, sólo una pareja en el fondo toma una taza de chocolate con nata.
―¿Te apetece uno? ―me pregunta Luis.
―¿Un chocolate? Pensaba pedirme un bíter o como mínimo un café fuerte de esos tan amargos que tienen.
Luis me mira perplejo, sin captar mi ironía.
―Un chocolate me irá bien, gracias ―rectifico―. A ver si me endulzo un poco.
―Elisa, no fue mi intención herirte. Lo dije sin pensar. Estaba muy nervioso.
Y sus manos toman las mías con un leve roce que me agita el pulso.
―¿Lo olvidamos? ―le pregunto con una ligera sonrisa en mis labios.
―Sí, agua pasada no mueve molino.
El agua, que mueve vidas, que guía nuestra supervivencia, tan lejos del alcohol que todo lo arrebata. Mis pensamientos se ven interrumpidos unos breves segundos mientras el camarero nos sirve lo que hemos pedido. A Luis un agua con gas, y a mí una taza de chocolate humeante. El agua en mayúsculas, la de ese instante, la que me mueve, la de los labios de Luis que me dominan, necesito beber de él, impregnarme de besos y caricias que mejoren mi estado de ánimo. Nuestras manos entrelazadas en la mesa, enganchadas como un imán, en ese acto de reconciliación, de complicidad absoluta.
―Elisa, todavía no he vuelto a mi piso desde…
Le pongo un dedo en sus labios, no quiero que hable. Necesito besarle. Olvidarme de todo menos del poder de su boca, una atracción que me arrastra a fundirme en un primer beso, después de haber hecho las paces. Un beso breve, casto, inocente, en donde me envuelve con un roce leve, casi inexpresivo, pero por fin me siento viva de nuevo. Sus labios están húmedos y fríos debido a los cubitos de hielo que acompañan su vaso de agua. Los míos están calientes y saben a chocolate y, unidos ambos, se atemperan.
―Elisa… ―murmura extasiado.
―¿Soy dulce ahora?
―No sabes cuánto.
―¿Ya no soy amarga como una almendra venenosa?
―Nunca lo has sido.
―Nuestro beso se podría titular…
―Como agua para chocolate ―acaba Luis.
―Sí, eso mismo. ¿Has visto la película?
―La tengo.
―Claro, tu colección de pelis es interminable.
Y Luis sonríe. Son sus labios estirados en esa sonrisa inicial, que me muestra los dientes, la que me hacen desear que me muerda.
―Luis, ¿por qué no me llevas a tu piso? ―le pregunto.
Veo el pánico reflejado en sus ojos, de golpe he roto la magia, y me arrepiento de haberme precipitado.
―Todavía no he ido desde….
Y no hace falta que acabe la frase que queda suspendida en el ambiente que huele a café amargo.
—No hace falta que vayamos, si no quieres.
—No, Elisa, me tengo que enfrentar a mis fantasmas. Cuanto más tarde en ir, más me costará volver.
Y me mira fijamente mientras lo dice, eclipsando con sus espejos. Su alma no la puedo entrever ahora mismo, cosa que me produce incertidumbre. No sé si hacemos bien en ir, pero aún así nos levantamos de las sillas. Irremediablemente, nuestros pasos enamorados nos llevan al apartamento de Luis, mientras un dolor sigiloso borra el sol de ese atardecer de domingo.
El fin de semana se hace corto. Además éste ha sido un domingo atípico de finales de abril porque ha nevado, un frío invernal que me ha invitado a quedarme en casa. Me he puesto a pensar qué plato preparar para comer y como tenía los ingredientes me he decidido a hacer esta tarta que os presento. Los primeros y segundos platos se los he dejado a mi marido y yo, como golosa que soy, he preparado el postre. Después de comerla la comparto con todos vosotros porque es muy fácil de hacer y está deliciosa.
LOS INGREDIENTES
(Para 6 personas si no queréis repetir)
3 manzanas.
100 gramos de harina + 1 cucharadita.
1 cucharadita rasa de levadura en polvo.
50 gramos de azúcar.
2 huevos.
Medio vaso de leche desnatada.
La ralladura de un limón.
1 pizca de sal.
2 cucharadas de azúcar de vainilla (opcional).
Mantequilla para el molde.
PREPARACIÓN
Pelar las manzanas, eliminarles el corazón y cortarlas en rodajitas finitas.
Cascar los huevos y separar las claras de las yemas.
Introducir en un bol la harina tamizada con la levadura, una pizca de sal, el azúcar, la piel del limón rallada, la leche y las yemas. Mezclar los ingredientes y añadir las rodajitas de manzana.
Batir a punto de nieve las claras con una pizca de sal e incorporar con mucho cuidado al compuesto preparado.
Poner un poco de mantequilla en el molde que hornearemos y espolvorear con 1 cucharadita de harina para que no se pegue la tarta. Cocer con el horno precalentado previamente a 180 grados durante 40 minutos aproximadamente.
Retirar la tarta del horno, dejar que se enfríe, desmoldarla y si queréis la espolvoreáis con el azúcar de vainilla.
MIS IMPRESIONES
La elaboración me ha resultado muy fácil ya que los ingredientes se han mezclado muy bien utilizando unas varillas manuales, nada de eléctricas. No se han formado grumos en el compuesto. Incluso me ha sido muy fácil subir las claras a punto de nieve que es siempre lo que más me suele costar. Al cocerla ni se ha quemado ni ha quedado cruda por dentro cosa que temía. Creo que hoy tenía el día cocinero.
Al probar la tarta me ha resultado muy buena, sin ser excesivamente dulce ni empalagosa sino más bien ligera. Además los ingredientes que lleva no son excesivamente hipercalóricos ni caros. Al comer el trocito que me había puesto en el plato y terminármelo me han entrado ganas de repetir y así lo he hecho. Espero que os haya gustado la receta y que decidáis hacerla que merece la pena.
M’ho vas dir a la plaça sense embuts, ho sabies, m’havies caçat en l’engany. La meva primera reacció va ser negar-t’ho amb un gest sec i horitzontal de cap mentre l’acompanyava d’una paraula negativa rotunda, però els llavis em tremolaven. Vaig intentar aguantar-te la mirada; els teus ulls negres brillaven amb la força de l’odi contingut, un foc que creixia imparablement i que et va donar forces per obrir el maletí de pell que portaves. Vas treure un feix de papers que em vas passar a l’acte. L’evidència del que havia fet durant els darrers mesos prenia forma en les fotografies que em mostraves. Algunes eren de poca qualitat, fosques i preses amb presses; altres, diria que les havia fet una altra persona, ja que es veien professionals. A totes hi sortia jo, enfocada de diverses maneres, en diferents moments del dia i espais. En algunes vaig reconèixer el meu petit estudi i una esgarrifança em va recórrer l’espina dorsal en comprendre que hi havies posat càmeres. M’havies trencat l’intimitat i violat el meu refugi que em permetia somiar. Ja mai més hi estaria segura. L’última imatge que vaig veure em va relliscar de les mans i va anar a parar al terra fred de l’asfalt, on tu sempre hi tenies els peus ben aferrats; els meus, en canvi, s’havien enlairat durant anys portant-me a imaginar la vida d’altres, personatges ficticis que m’inventava fins altes hores de la matinada. La fotografia havia caigut cap per avall i no es veia el que per un moment havia travessat la meva retina, el meu cos nu entregant-se a la pell bruna i delicada d’aquell últim cos que m’havia fet volar. Et vas ajupir per a agafar-la i la vas tornar a mirar amb ràbia, encara que sé de ben cert que la tenies memoritzada. D’una butxaca et vas treure el que vaig endevinar com una targeta de memòria. No havies tingut prou amb les fotos sinó que havies immortalitzat els meus moments de plaer amb diversos vídeos que em vas ordenar que mirés, advertint-me que tenies còpies de tot aquell material que em passaves. Em va venir mareig, l’estómac se’m regirava per moments i una nàusea es barallava per sortir a l’exterior acompanyada del que havia menjat. La vaig reprimir com vaig poder amb un mocador de paper que vaig treure de la meva bossa. Diria que et mofares del meu gest àcid i amarg, en sentir com la bilis em pujava inevitablement i a la fi vaig acabar vomitant sobre la sanefa geomètrica d’una rajola de la plaça. A l’alçar la vista del terra brut, vaig veure com al lluny uns nens es gronxaven acompanyats pels seus pares que els espentejaven rítmicament. Se sentien xiscles d’alegria i divertiment i, per uns moments, vaig intentar d’evadir-me de tot plegat, però les teves paraules punyents m’arrancaren de la meva lleugera evasió.
—Amb quants, Carlota? —em digueres alçant el puny dret i, per un instant, vaig tenir por de que el descarreguessis sobre mi.
No vaig contestar-te perquè ni jo mateixa sabia la resposta. No havia comptat els meus amants, simplement havia deixat que les meves vivències infidels s’encadenessin una darrere l’altra, d’una manera fluïda, constant i reiterativa. Em vaig arronsar d’espatlles i vaig deixar que una sèrie de retrets de ben endins et sortissin dels llavis prims mentre em guardava els documents que m’havies donat dintre de la meva bossa. Et vaig intentar escoltar dreta, amb les meves dues mans entrellaçades. Les teves paraules les sentia allunyades, decorades d’una remor de sentiments pansits. Sense voler, vaig badallar per oxigenar-me. I sé que amb aquest gest incontrolable que m’havia sortit de la boca et vaig tornar a ferir el teu orgull de mascle. El teu cabreig anava creixent conforme em parlaves i el teu rostre anava adquirint diverses tonalitats, fins que un vermell viu i intens se’t va quedar imprès a les galtes. El meu llarg silenci et descol·locava i a la fi ens vam acomiadar bruscament ben entrada la tarda.
Caminant vaig tornar al meu refugi que ja no sentiria mai més meu. Tu pagaves el lloguer puntualment cada principi de mes. Sé que ara ja no ho faries més. Al fons, l’ordinador llampant em va invitar a engegar-lo. Vaig introduir la targeta de memòria i vaig començar a executar els arxius un darrere l’altre. Em vaig veure reflectida a cada imatge, un ull encuriosit m’havia filmat sense pausa; en unes imatges jeia al llit amb companyia; en altres, simplement escrivia en solitud. Per escriure s’ha de viure, m’havia indicat aquell professor del taller d’escriptura on m’havia matriculat després que tu m’avançares els diners. Estava oberta a tota mena de crítiques, havia de perfeccionar el meu estil i la meva tècnica i aquell professor em va obrir els ulls.
—Carlota, ets un diamant en brut, però se t’ha de polir. A la teva prosa li falta vida, es nota que res del que escrius ho sents realment teu. És tot massa irreal, massa superflu, massa buit.
Aquesta primera crítica me la vaig creure cegament. La meva novel·la l’havia de fer palpable al lector. Hi havia treballat durant els darrers cinc anys d’una manera aferrissada i absorbent, però no hi havia prou. Al text li faltava alguna cosa que, pel moment, no li podia donar. La prosa de la vida de la protagonista principal era inversemblant. La vaig intentar reescriure donant-li un aire de misteri però, res del que vaig fer, va acontentar el meu professor.
—Al text se l’ha de deixar respirar. Atura-la per un temps i viu, Carlota. Quan la reprenguis de nou, ho faràs amb més força. El foc que portes dins…
—Ho faré —el vaig interrompre, apartant-me un rínxol pastanaga que se m’havia escapat de la cua de cavall que portava.
Vaig sortir de l’acadèmia d’escriptura amb ganes de renovar-me l’esperit però, al tornar a casa i veure’t ensopit davant el televisor, les meves ales es van aturar per uns instants i van precipitar-se cap al buit. Quina mena de vida havia d’escriure si la meva es basava en conversacions monosil·làbiques que s’interrompien quan el teu equip de futbol marcava un gol? Mentre feia el sopar, remenant la cassola de brou perquè no sobreeixís, vaig rumiar sobre el canvi que realment necessitava. Mentre em posava la cullera de sopa a la boca ho vaig veure clar. Tu, amb la mirada fixa al televisor, no obries boca i, enmig dels silencis entre tots dos, que pesaven més del que m’hagués agradat, vaig saber que aquella mateixa nit hi buscaria una solució. En acabar de sopar, et vas quedar una estona més a veure les repeticions de les jugades i jo, fingint un sobtat mal de cap, vaig pujar ràpid a la nostra cambra, perquè no em venia de gust rentar els plats. Vaig engegar l’ordinador portàtil, vaig connectar-me a la xarxa i vaig capbussar-me en pàgines de contactes fins que hi vaig trobar una que em va agradar per la seriositat i la discreció que m’oferia. Em vaig registrar i, després d’omplir les meves dades i preferències, vaig esperar durant dies fins que la primera invitació amb aquest nou món em va semblar plausible. Vaig acudir a la primera cita feta un manyoc de nervis. M’havia soltat els cabells arrissats que em queien esvalotats sobre les espatlles i pintat el llavis d’un vermell brillant i intens amb un toc suggerent. El vestit que em vaig posar era minimalista, més per la llargària que pels breus adorns que portava. Quan vaig veure aquell noi tan ben plantat que m’esperava a la taula del restaurant, em vaig calmar. El vaig reconèixer perquè portava un diari obert per la pàgina de cultura i a sobre hi havia posat una copa de vi blanc. Tot era com ho havíem acordat per correu electrònic; ell tenia experiència amb aquest camp, jo era completament nova. Era músic i la seva veu em va acaronar durant tot el dinar. Li vaig observar els dits llargs i prims i vaig pensar que no m’importaria que delicadament em traspassés. Les postres em van sorprendre al llit del meu estudi, lloc on el vaig portar immediatament després. Amb un sol contacte en vaig tenir prou per coneix-se’l; era càlid i expert en la matèria. Ens vam acoblar i vaig sentir com tot encaixava, les peces de roba restaven a sobre el parquet, havien anat caient una rere l’altra, fins que només em van cobrir les seves mans. Per un moment vaig ser nota musical amb l’Eladi, tan diferent de tu, Carles, del teu avorrit ball que sempre es ballava de la mateixa manera, memoritzat i metòdic, insípid, de peix bullit. No vam repetir. A la setmana següent vaig tenir una altra cita i la disbauxa es va instal·lar a la meva vida. Tenia el que volia, nou material per escriure i la meva novel·la va anar adquirint forma en els mesos que vingueren. El meu professor, un home que crec que ja no em va mirar de la mateixa manera, m’aplaudia els progressos.
—I si ara hi poses un gir inesperat? —em va aconsellar.
—Com ara què? —li vaig preguntar.
—No ho sé, tot és massa convencional, la història es podria contar des d’una altra perspectiva femenina. Aquesta amiga que té… massa fidel, massa desdibuixada. Aprofita les seves ombres per explicar la seva història.
La seva frase va quedar en suspensió i, la meva imaginació que rajava a doll, em va fer canviar les preferències de la pàgina de contactes per quedar amb persones del meu mateix sexe. Durant setmanes l’antagonista de la història es va anar perfilant amb les corbes obertes, rialleres i sensuals del meu estudi. Dones que es movien en busca de contacte. Algunes tenien experiència; d’altres, com jo, buscàvem vivències desconegudes. Les paraules em bullien a la ment i sempre que podia les treia enfora, teclejant de manera prou ràpida per a què no em fugissin. El meu professor, a la fi, em va donar el vist i plau.
—Bona feina, Carlota, ja la pots presentar a concurs –em va animar.
Li vaig fer cas, vaig presentar la novel·la a diferents premis literaris del meu país. Feia temps que et veia distant i, quan et vaig dir que ja havia acabat el meu treball, ni tan sols et vas dignar a llegir-lo, cosa que em va ferir. Jo sempre m’havia interessat pels teus projectes i pels teu ascensos en el món laboral, que ens permetien portar una vida bastant acomodada. Com estava tan ferida per la teva actuació no vaig interrompre els meus contactes. Vaig continuar amb la meva vida paral·lela,i un sentiment de rancúnia se’m va començar a apoderar cap a tu. Sentia angúnia quan em tocaves però em deixava fer. Tanmateix, ara sé que alguna cosa et vas començar a ensumar, per això vas contractar el detectiu que em va seguir a tot hora, fins que la nostra relació rància es va esquinçar per complet.
Aquesta tarda, mirant els vídeos casolans tenyits de sexe des de diferents angles, intento endevinar on estan les càmeres inspeccionant el sostre de l’estudi. Fixant-me les veig com, diminutes, resten dissimulades a l’estar pintades del mateix color que la paret. N’hi ha tres, o és això el nombre que em sembla veure. Les fito impassible, mentre recordo els meus encontres radiants amb la fauna cibernètica, gent anònima de la meva ciutat a qui ara no puc acudir perquè no sé res més que l’exploració minuciosa del seus cos. Recullo les meves coses, Carles. Plego, tornaré a casa de la meva cosina perquè sé que allí seré benvinguda. La Neus em mira sorpresa en veure’m arribar amb una maleta minúscula. M’instal·lo a casa seva amb algunes preguntes que em llença preocupada a les que no les hi dono resposta. Em mostro esquiva. En les infidelitats és més fàcil quan ets la persona que t’han traït perquè si ets la que has fet el salt, de seguida caus en la incomprensió i vull evitar-ho als ulls de la Neus, que de moment em miren amb respecte.
Dimarts rebo una trucada d’un número anònim al mòbil: la meva novel·la ha guanyat un premi d’entre tots als que em vaig presentar. Una emoció em recorre i els ulls se’m neguen de llàgrimes sentides. Estic sola, la meva cosina ha marxat per qüestions de feina i serà fora durant dues setmanes. No tinc ningú amb qui celebrar-ho, ni tinc cotxe per a anar a recollir el premi. Per això m’armo de valor, em rebaixo i et truco. Contestes pensant-te que sóc la Neus perquè et truco des del seu fix. Les meves paraules, que he assajat, penetren al teu oït i t’imagino immòbil al costat de la tauleta del telèfon, acceptant-les. No et demano perdó, si és el que volies sentir, però la meva veu sona moixa, com penedida. Acceptes a la de tres portar-me a recollir el premi i sé que, si em poguessis veure, et regalaria un somriure franc d’agraïment. El dissabte el nostre cotxe familiar, que mai hem tingut temps per omplir, enfila la carretera. No obrim boca durant el llarg trajecte. Sobren les paraules i un buit de silenci sencer ens cobreix. Tu, atent a la carretera; jo, mirant per la finestra; el temps, avançant lentament i feixuc entre tots dos. Quan per fi arribem, aparques el cotxe amb pocs moviments i entrem a l’auditori on es celebra el premi. Seiem en una butaca de roba color terra, hem arribat d’hora i observo detingudament la sala. Hi ha molt poca gent, estem enmig d’un poble de mala mort i resto a l’espera. Els llums s’apaguen i els de l’escenari pugen d’intensitat. El cor em batega rítmicament i sento com els seus batecs dispersos se’m colen per tot el cos. Un home de mitjana edat pronuncia el meu nom i cognoms, seguit de la frase que sóc una jove promesa literària. M’alço dels seient i començo a caminar cap a l’escenari. Mentre ho faig, procuro moure els malucs, perquè sé que m’estàs mirant i vull que em recordis així. La flama de l’èxit em crema quan m’entreguen una escultura amb el nom del certament imprès. És un gerro que pesa, de marbre blanc. Des de l’escenari et miro i veig com la dona maca que tens asseguda a la vora et xiuxiueja alguna cosa a cau d’orella. Una punxada afilada de gelosia se’m clava arrapant-se’m al curt vestit i tinc curiositat per saber què dimonis t’ha dit. Des de la distància veig com tu li somrius de manera enigmàtica. Les ànsies que tinc de saber el que t’ha fet canviar l’expressió del rostre, es dilueixen en saber que l’editorial del concurs em publicarà la novel·la. A l’atrapar el meu somni m’agafa vertigen i sento el maleït moment en què em vaig posar aquests tacons tan inestables que em fan recolzar-me, sense voler, a l’home que tinc a la vora al perdre l’equilibri. Quan baixo de l’escenari em sento triomfant i important i vaig al teu encontre. Tu restes mirant a la dona maca de l’esquerra i veig que entre tots dos sorgeixen mirades de complicitat. Una espurna de desconfiança m’esquitxa l’ànima perquè crec que ja la coneixes d’abans. No és possible que, amb tan poc temps, t’hagis guanyat la confiança d’aquesta dona que t’observa admirant els teus encants. Aquests que jo mai he sabut apreciar, els inexistents encants de la teva existència. L’acte s’acaba i el discurs de l’home que ha continuat parlant mentre jo tornava a la butaca s’apaga. La poca gent de la sala aplaudeix, s’encenen els llums i, poc a poc, anem desfilant. Sortim al carrer i se’m posa la carn de gallina perquè ha canviat el temps. Un abril inestable tot rúfol em bufa fred a l’escot. La dona maca enfila el carrer cap amunt i puja en un cotxe verd pistatxo. Tu la ressegueixes amb la mirada devorant-la com una fera en cel.
—Què t’ha dit? –vull saber.
—Qui? –et desentens.
—La dona de la teva vora, la rossa.
—Res, —baixes la mirada que s’escapa dels meus ulls— que ha estat fàcil donar-te el premi perquè has estat l’única participant.
Un brot de calor em copeja les galtes.
—Però deu ser bona l’obra perquè te la publiquen, no? —dius a la fi, en veure’m tan dèbil i trencadissa.
—Si ni tan sols te l’has llegit –et retrec.
—Aquesta dona me l’ha aconsellat, diu que es un riu d’experiències sexuals. Una novel·la molt comercial.
Un indi que ven roses se’ns atansa. Tu no li fas cas, com si no el veiessis, però l’indi insisteix per a què et quedis una flor en un dia tan especial com avui.
—Una rosa per la teva dona –et reclama.
Tu em mires i ens perdem en una mirada llarga, insignificant, perquè ja no tenim res a dir-nos. A la fi et treus la cartera i li dones cinc euros a l’indi per a què toqui el dos.
—Quina vols? —em pregunta l’indi, aproximant-me l’esclat d’unes roses que pul·lulen entre els meus ulls.
Trio la més vermella i intensa de totes; la màgia d’aquest Sant Jordi tan diferent dels anteriors em trasbalsa i reprimeixo un sanglot que se’m clava a la gola. Amb la rosa a les mans i el gerro de marbre, pugem al cotxe i un dèbil plugim comença a esquitxar els vidres. Ens espera un llarg trajecte, atent a la carretera i conduint amb extrema precaució perquè la pluja, poc a poc, es va intensificant. Tornem cap a casa. A la casa que ja no és meva i sé que quan arribem et desviaràs per diferents carrers fins deixar-me davant la porta del pis de la Neus. No m’equivoco. Abans d’anar-te’n definitivament et dono les gràcies. Les acceptes distant, pujo per les escales i obro la porta. Un pis silenciós m’espera. Deixo el gerro, amb la rosa dintre, a la tauleta que hi ha al capdavant del llit on dormo i acluco els ulls sense sopar. La gana m’ha fugit en un dia de nervis tan esgotador.
Viatjo a través del somni a una altra època on tot estava per descobrir. Tu i jo, en un dia de picnic, al bosc. Uns calçots que hem encomanat en una casa de menjar preparat esperen dintre la carmanyola tèrmica. La salsa romesco reposa dintre la motxilla que portes sobre les espatlles i hi ha carn arrebossada de segon plat. És un dia especial, d’aniversari de nuvis, el nostre tercer any junts. Gravem les nostres inicials en un tronc robust del bosc, el nostre arbre que ens ha fet ombra durant el fugaç encontre de les postres. Mentre ens vestim, el tronc pren vida, engruixint-se i clivellant-se. Les nostres inicials C x C es parteixen i esdevenen Ç x Ç.
—La lletra ferida, la lletra maleïda, la lletra partida… —canta un ocell amb ales grises, que s’ha posat sobre una rama gruixuda.
Mentre sento aquest cant tot em resulta surrealista. M’agafes fort de les mans, recollim de pressa, volem fugir d’aquest destí escrit amb ales de mort.
—La lletra clivellada, la lletra separada, la lletra esquinçada —continua l’ocell, sense alçar el vo.
T’ajups i agafes una pedra per tirar-li a l’ocell.
—No! —xisclo per aturar-te perquè no me’n refio.
Però ja he fet tard, amb la teva acurada punteria toques l’ocell que, del fort impacte, es converteix en orni, una metamorfosis que ens posa contra les cordes. La mort ens sobrevola amb ales foradades. L’orni se t’aproxima al coll i xarrupa la teva essència, i caus, Carles, a terra; perds el sentit i un broll de sang et regalima pell avall. Et sacsejo amb força, però no respons, la teva pèrdua m’accelera el pols dels canells. L’orni torna a aparèixer i se m’atansa al llaç que corda la meva trena pèl-roja. Amb un breu moviment el desfà, sóc seva, una presa fàcil que no té voluntat per lluitar, vulnerable a les seves urpes que em tallen. I, de sobte, tot és foscor. Em veig morta al somni, al teu costat, Carles, i crido amb totes les meves forces. Obro els ulls, mullada de cap a peus. Una ombra, obscura com un monstre de tempesta, m’observa a la cambra. Un esglai em recorre perquè sé que ara sí que estic desperta. No estic morta. Tu tampoc, Carles, però aquest diable feréstec em guaita immòbil al capdavant del llit, a l’espera de que em converteixi amb la seva futura víctima. Tinc els ulls oberts de bat a bat i busco com puc l’endoll de la bombeta de nit. La llum apareix de repent i desfà l’ombra maligna. Tot s’aclareix. El gerro de marbre, la rosa vermella, bona combinació d’elements perquè la meva imaginació hagi projectat una emoció desfigurada i terrorífica a la paret. M’entra el riure i la vergonya pels xiscles que m’han anat sortint durant tota la nit. M’aixeco, oloro la rosa que sembla de plàstic perquè no desprèn cap olor, i penso amb el somni que he sentit tan real. Ple de símbols que indiquen canvis; les morts sempre n’indiquen.
Des d’aquest dia vaig canviar el meu hàbit d’escriptura. Primer vaig pensar que era perquè al pis de la Neus no m’hi podia concentrar. Després, vaig comprendre el que realment em passava. Havia desenvolupat una fòbia cap a la ce trencada, escrivia evitant-la, usant sinònims i capgirant les paraules. Quan en un llibre em trobava amb la lletra esquerdada, el tancava i n’obria un altre. Fins i tot vaig començar a llegir en anglès, idioma que no m’era fàcil. Però almenys, quan hi llegia estava lliure de sobresalts perquè sabia que aquesta grafia no existia. Per la nit, d’una manera recurrent, l’ocell d’ales grises sobrevolava els meus somnis cantant-me melodies carregades de la lletra ferida. Fins i tot, de vegades, les seves paraules les veia escrites amb sang fresca. Tu ja no hi vas sortir més al somni, ara només hi sortia jo, caminant esmaperduda pel bosc, fins que l’ocell d’ales grises em trobava i em cantava amb el seu bec ample. A estones em despertava abans de que hagués acabat de cantar; d’altres el deixava arribar fins al final.
Quan la novel·la ja va estar publicada, em van arribar uns quants exemplars. No vaig tenir valor d’obrir-los perquè sabia que la ce trencada hi era present intermitentment per tot el text, vivint lliure i natural, no com la prosa artificial que ara escrivia. En els dies que vingueren, gràcies a una campanya de màrqueting agosarada, la meva novel·la es va situar en el rànquing de vendes del país. Em va sorprendre l’èxit que havia tingut. Les xarxes socials, el boca a boca, l’atrevit disseny de la portada i sobretot el morbo que anava creixent de manera gradual en cada pàgina, van fer que durant mesos no es parlés d’altra cosa. Em feren bastants entrevistes, vaig sortir als mitjans de comunicació, vaig signar llibres i, quan anava pel carrer, alguns em reconeixien i em preguntaven si continuaria la història. Fins i tot em van comprar els drets d’autor per fer-hi una pel·lícula que estrenarien al cinema. Havia sortit de l’anonimat i jo, que mai havia tingut independència econòmica, em vaig trobar ingressada una quantitat substanciosa al meu compte corrent. Amb una part d’ella, vaig tornar a llogar el meu estudi, m’hi vaig instal·lar i vaig deixar el pis de la Neus encara que la veia sovint. Una tarda d’estiu vaig tornar al taller d’escriptura i vaig confessar-li al meu antic professor la meva fòbia actual i també li vaig parlar dels meus malsons. Ell em va escoltar pacient i a la fi em va dir que pensava que alguna cosa em rossegava per dintre. Que ho intentés escriure, que ho materialitzés sobre el paper. Només així aconseguiria alliberar-me de la meva culpa i tornar a escriure amb la meva llengua materna.
Al tornar cap al meu estudi et vaig tornar a veure. Estaves dintre d’un restaurant amb la noia maca rossa. Vaig suposar que us havíeu intercanviat els telèfons. Us miràveu d’una forma dolça i directa, sense amagar-vos. Les mans les teníeu entrellaçades per damunt de la taula. Era un restaurant refinat, amb combinacions exquisides de menjar, una explosió gustativa per al paladar més exigent. Us vaig observar com dos tòtils enamorats, brindant amb dos copes de bon vi, fregant-vos acuradament la boca amb el tovalló i deixant que el destí decidís per vosaltres. Els ulls et feien pampallugues de tanta felicitat desbordada i vaig pensar que t’ho mereixies. Vaig continuar amb el meu camí fins a l’estudi, que m’esperava buit i, aquella mateixa nit, vaig reprendre els meus contactes amb el món cibernètic. Ho necessitava.
Després d’uns quants encontres sexualment gratificants el vaig reconèixer per com es movia com peix a l’aigua pel meu estudi. Era un home misteriós per com em tractava i perquè sempre em contestava amb evasives. Amb ell sí que vaig voler repetir, perquè volia esbrinar què amagava. Quan s’adormia li regirava la cartera i les butxaques dels pantalons i fins i tot parava l’orella per si em confessava alguna cosa entre somnis. A la fi, un dia li vaig trobar una targeta de memòria a la cartera, me la vaig guardar i la vaig executar unes hores després. Hi sortia la noia rossa maca, en un xalet, banyant-se amb tres nens a la piscina. En altres arxius sortia amb tu, Carles, passejant pels carrers de la ciutat, besant-vos i, fins i tot, vaig reconèixer la meva antiga cambra mentre l’excitació us sorprenia abans que desféssiu el llit.
T’escric aquestes línies perquè corres perill, Carles. El meu xicot actual és un detectiu sense escrúpols a qui un marit banyut ha contractat. Sí, el marit de la teva amant també deu sospitar d’ella com tu sospitaves de mi. Si has arribat fins aquí vull que corris i te’n vagis ben lluny on no et pugui trobar. No et preocupis. La targeta de memòria, de moment, la tinc jo, però li l’hauré de tornar aviat per a què no sospiti. M’he armat de valor per escriure’t tot això i ara estic sorpresa perquè, saber que corries perill, m’ha fet obviar la meva por irracional cap a la ce trencada i crec que ja tinc forces per continuar escrivint. Espero fortament que no hagis abandonat la lectura del meu relat com gairebé sempre feies, ensopint-te perquè la lectura no t’arribava. Les novel·les de ficció em deies que no eren el teu fort, preferies textos científics i ben documentats però ara, que aquesta història va sobre nosaltres, desitjo que t’hagis llegit fins l’última línia.
Sense res més que afegir,
Carlota
P.S: T’envio un exemplar de la meva novel·la, així com un xec que crec que et mereixes per com em vas ajudar econòmicament a escriure-la.
Imagen Creative Commons de Jean-Benoit-V en FlickR
Març nevat, ventall de candor,
pintats els cims de neu
engruixint els rius amb veu
d’aigua clara i pura, virtuosa labor.
La primera flaire arriba, primavera
esclata tímida amb una volada severa
d’ocells que refan els nius, amb branques
primes i fosques, tenyint de vida els arbres.
I tu, Virgínia, jove i esvelta, intacta
al tacte del plaer, a voltes inexperta,
prudent amb l’amor, esperes la rosa
que et premi els llavis de goig assedegat.
Ansiosa, aquest vint-i-tres et lleves d’hora,
l’alba és una minúscula expressió a la finestra,
un gall anuncia que un nou dia comença
especial i màgic, de versos tal volta enamorats.
Ben plantat, un xicot t’espera,
una rosa delicada tremola
a la seva mà d’adolescent,
Virgínia, ets la primera.
La sang et copeja les galtes,
primer bes que arriba, ¡tímid!
Un xarrup d’emocions vives que vessa
del teu tel verge, i descobreixes el cant
d’aquest Sant Jordi des dels llavis amics
que esclaten com papallones al vent,
que cremen com volcans en plena potència,
que estimen com l’any espera la primavera.