La sal de las heridas 43

Mi prima nada más llegar se ha dormido en su cuarto, y yo no tengo fuerzas para deshacer la maleta negra, que he dejado en un rincón, de lo que será a partir de ahora mi habitación. Un sitio justo en cuanto a tamaño, pero más que suficiente. Es bastante luminoso con dos ventanas que dan a una terraza, y con eso me vale. Podré pintar cuando llegue el buen tiempo si mi inspiración me vuelve a visitar, pero de momento está bastante parada. Quiero volver a sentir su palpitar con fuerza y que me engulla.

Mientras íbamos en la furgoneta, Susana me ha hecho prometer que el cuadro del torbellino marino lo ponga a la venta en el nuevo restaurante. No me he podido negar, ni tan siquiera sé cómo hacerlo después de todo lo que está haciendo por mí. Al fin y al cabo, era el cuadro que le regalé a Sandra y no quiero que me recuerde, si lo cuelgo por ejemplo en mi cuarto de ahora: el peso de la traición, los besos contenidos en los labios de Nacho y Sandra, los sinsabores que recorren mi alma desde que sé lo evidente.

Susana también me ha pedido que la pintura de «Sensaciones mágicas de una cueva» lo ponga a la venta, pero yo aquí sí que he tomado partido, negando con energía. Es lo poco que me queda del recuerdo placentero de Luis, del resurgir del amor, del dulce despegue de mi corazón, después de meses de sequía.

Susana, ha sonreído al verme tomar las riendas y sacar mi carácter que parecía que estaba encogido. Y es que me he dado cuenta, en ese mismo instante, mientras me resistía a desprenderme del cuadro, que evocaba nuestro primer contacto, de lo que ya sabía Toni: quiero estar con Luis. Me ha costado tanto llegar a esa conclusión que tengo miedo que ya sea demasiado tarde o incluso me aterra el precipitarme por complejo que parezca.

«¿Vas a volver con quién te considera una amargada, Elisa?», me dice mi vocecilla más orgullosa. Frunzo el entrecejo fuertemente, pero ella insiste. «Algo de razón debe tener Luis, Elisa, sólo hace falta verte. Tan amarga como las lágrimas que derramas, que ya no saben a sal, sino que su persistencia las ha amargado. Vuelan constantemente, estampando su hiel contra las baldosas grises de la habitación del piso de Susana. Y sólo te queda su sabor en el paladar más hondo, tan áspero que te cuesta tragar».

Respiras con agitación, tienes que volver a ver a Luis y tu dedo marca su número en el móvil, que te sabes de memoria. Unos tonos y todo es silencio.

No, Luis no contesta. Un vacío inquebrantable se instala en mis venas. Parece que ya no palpitan como debieran, son ahora tan débiles como mis huesos. Y al fin, después de unos interminables minutos, mi móvil empieza a vibrar refulgente. Mi mirada admira en la pantalla cómo es Luis, mi voz ronca contesta perdiéndose en su aliento distante:

Necesito verte —digo al contestar.

Yo también, Elisa.

Y las palabras que nos decimos, nos unen a pesar de la distancia de la telefonía. Quedamos dos horas después en la cafetería con las sillas de mimbre. Luis aparece recién afeitado y con ropa limpia. Sus ojos denotan cansancio por largas horas acumuladas de insomnio. Yo sé que no hago mejor aspecto a pesar que me he vestido con la falda color teja. El sol está decayendo, y optamos por sentarnos dentro, y no en la terraza. La cafetería está casi vacía, sólo una pareja en el fondo toma una taza de chocolate con nata.

¿Te apetece uno? ―me pregunta Luis.

¿Un chocolate? Pensaba pedirme un bíter o como mínimo un café fuerte de esos tan amargos que tienen.

Luis me mira perplejo, sin captar mi ironía.

Un chocolate me irá bien, gracias ―rectifico―. A ver si me endulzo un poco.

Elisa, no fue mi intención herirte. Lo dije sin pensar. Estaba muy nervioso.

Y sus manos toman las mías con un leve roce que me agita el pulso.

¿Lo olvidamos? ―le pregunto con una ligera sonrisa en mis labios.

Sí, agua pasada no mueve molino.

El agua, que mueve vidas, que guía nuestra supervivencia, tan lejos del alcohol que todo lo arrebata. Mis pensamientos se ven interrumpidos unos breves segundos mientras el camarero nos sirve lo que hemos pedido. A Luis un agua con gas, y a mí una taza de chocolate humeante. El agua en mayúsculas, la de ese instante, la que me mueve, la de los labios de Luis que me dominan, necesito beber de él, impregnarme de besos y caricias que mejoren mi estado de ánimo. Nuestras manos entrelazadas en la mesa, enganchadas como un imán, en ese acto de reconciliación, de complicidad absoluta.

Elisa, todavía no he vuelto a mi piso desde…

Le pongo un dedo en sus labios, no quiero que hable. Necesito besarle. Olvidarme de todo menos del poder de su boca, una atracción que me arrastra a fundirme en un primer beso, después de haber hecho las paces. Un beso breve, casto, inocente, en donde me envuelve con un roce leve, casi inexpresivo, pero por fin me siento viva de nuevo. Sus labios están húmedos y fríos debido a los cubitos de hielo que acompañan su vaso de agua. Los míos están calientes y saben a chocolate y, unidos ambos, se atemperan.

Elisa… ―murmura extasiado.

¿Soy dulce ahora?

No sabes cuánto.

¿Ya no soy amarga como una almendra venenosa?

Nunca lo has sido.

Nuestro beso se podría titular…

Como agua para chocolate ―acaba Luis.

Sí, eso mismo. ¿Has visto la película?

La tengo.

Claro, tu colección de pelis es interminable.

Y Luis sonríe. Son sus labios estirados en esa sonrisa inicial, que me muestra los dientes, la que me hacen desear que me muerda.

Luis, ¿por qué no me llevas a tu piso? ―le pregunto.

Veo el pánico reflejado en sus ojos, de golpe he roto la magia, y me arrepiento de haberme precipitado.

Todavía no he ido desde….

Y no hace falta que acabe la frase que queda suspendida en el ambiente que huele a café amargo.

No hace falta que vayamos, si no quieres.

No, Elisa, me tengo que enfrentar a mis fantasmas. Cuanto más tarde en ir, más me costará volver.

Y me mira fijamente mientras lo dice, eclipsando con sus espejos. Su alma no la puedo entrever ahora mismo, cosa que me produce incertidumbre. No sé si hacemos bien en ir, pero aún así nos levantamos de las sillas. Irremediablemente, nuestros pasos enamorados nos llevan al apartamento de Luis, mientras un dolor sigiloso borra el sol de ese atardecer de domingo.

Continuará…

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