Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

MARIO

A Mario le gustaba observar los pájaros. Se ensimismaba con su vuelo. Sus piruetas por el aire dibujaban algo de la libertad que él carecía. Y tras intuir su trayectoria, les disparaba con su cámara réflex. Creía que así atrapaba el instante más bello para enseñárselo después a su hija Claudia. La chica parecía que reía siempre que su padre le traía alguna bella foto. Se emocionaba y movía sus pupilas hacia él. Mario la cogía entre sus brazos y la colmaba de besos. Luego, la volvía a dejar en su silla y la encaminaba hacia el pasillo. Tenía ganas de compartir sus avances con los cuidadores de Claudia.

Claudia no respondía a otros estímulos que no fuesen aquellos. No hacía nada sin ayuda. Seguía parada a la vida. Si no fuese por los esfuerzos que realizaban todos, y en especial su padre, no seguiría allí. El hospital estaba habitado por otras personas con otra clase de problemas.

—Cada día le regalo un instante por el que luchar. La vida continúa —dijo Mario.

La doctora asintió, resignada a las ilusiones de aquel padre que se desvivía por el bienestar de su hija.

—¿Cree que durará mucho el shock?  —preguntó Mario a la médica.

—No lo sé. Depende de ella.

—Sé que reconoce nuestras voces.

—Claro que sí —tranquilizó la doctora.

—Mi hija quería enseñarnos lo que había aprendido en la clase de conducir y le presté el coche.

—No se culpe, Mario. El sentimiento de culpa es el trauma que sufre Claudia.

—Sí, doctora. Lo sé. Aquel día estaba muy confiada, más que de costumbre. Subimos mi mujer y yo al coche. Sin saber cómo, se precipitó hacia el acantilado. Si estamos vivos es de milagro, pero mi mujer no corrió la misma suerte.

—Siento su pérdida, Mario. Lo de Claudia es cuestión de tiempo. Ya lo verás.

—Es como si en el accidente las hubiese perdido a las dos —dice un Mario compungido—. ¿Sabe una cosa? A veces me arrepiento de no haber llevado el coche al taller. Estoy convencido de que fue un fallo técnico, porque con eso de ahorrar, retrasé la visita lo más que pude. Ahora ya no hace falta. Siniestro total. Y hay otro tipo de males que no tienen solución. El dolor es tan fuerte… Pero márchese, doctora. Ya ha acabado su turno.

La doctora Eva no se mueve de su sitio.

—Pero tendrá cosas que hacer, doctora —insiste el hombre—. ¿Sabe que haría yo en su lugar? Sorprenda a su marido con algo que no espere. La vida es demasiado corta para discutir. Yo era muy refunfuñón. Se lo puede preguntar a Claudia, ya lo verá. A ver si con esa pregunta trampa, se anima a hablar. Siempre estaba protestando por todo y era un malcarado. Aproveche el instante. Ahora mismo, doctora. Le aconsejo que no deje que los malos momentos la absorban.

—Claro, Mario. Hasta mañana.

La doctora Eva se va de allí. Entonces Mario se queda en el pasillo a solas y con sus pensamientos.

***

DOCTORA EVA

Vacía. Así está su casa nada más abrir la cerradura y entrar en ella. No hace falta mirar en el buzón para saber que ya no hay más noticias de su amor. Solo facturas pagadas puntualmente. Es meticulosa y nunca se retrasa en un pago. Si no fuera porque, al mirar a su alrededor, siente ese vacío, diría segura que lo tiene todo. Los mejores muebles; la mejor decoración; la mejor cocina soleada; las ventanas recubiertas de madera maciza con vistas al parque de la ciudad. Trabajo y Salud. Todo. Si no fuera, porque las cartas de su amor dejaron de llegar. Cada día recibía una. Cartas manuscritas, de su puño y letra que la acariciaban desde la distancia. Cobarde. Así fue. Culpable también. Es una cobarde y la culpa la ahonda en la pena. Se cansó de escribir. Ya no hay más. Y aquella historia terminó, aunque le cueste admitirlo. Y esa indecisión que sufrió, que sufre todavía, de no saber decidir sobre su futuro.

El peso del qué dirán. Repasa mentalmente y ahora ya no le importa nada de lo que puedan pensar el resto de las personas de su círculo más íntimo. No. Tiene ganas de coger un avión y volar hacia donde le llegó la última carta. Pero posiblemente su amor ya no se encuentra allí. Se cansó de esperar. De su cobarde indecisión. «¡Qué lejos queda África! Como para perderse y quedarse en ella», piensa.

Eva sabe que esta noche no podrá dormir. Conciliar el sueño se hace difícil mientras sus fantasmas revolotean por su cuarto. Repasa a sus pacientes. El día a día le llena. Su profesión es su vocación, pero su amor se fundió como una luna nueva.

Piensa en Claudia y en su padre. En la última conversación mantenida. Sonríe cínica. Marido no tiene, ni nunca lo tuvo. Ha sabido mantener la boca cerrada sobre ella misma. No es bueno dar información de su vida privada a los pacientes.

No cena porque la nostalgia la invade lentamente y se le cierra el estómago. Abre la carpeta y repasa las cartas, que conserva de su amor. Están ordenadas cronológicamente. Las tiene todas. Huele el olor de tinta evaporada, y piensa que así se fue diluyendo su amor en el tiempo.Relee la última frase: “Te quiero demasiado”. Hoy le pesa el adverbio que le advertía que su amor sobresalía más allá del corazón que bombeaba, de una manera excesiva, sobrenatural. No supo intuir que aquella sería la última posdata que recibiría. Luego, todo fue silencio.

Silencio siseando en su ser solitario. Ella también la amaba, pero no se lo dijo. Cobarde. Miedica. No se lo perdona. El reflejo de su cara sobre el marco de plata la sobresalta. Una sombra le susurra que es ella misma. No se asusta al girar la fotografía difuminada de su único amor: íntimo, cerrado, secreto. Así lo sintió. Su amor callado, de una era prohibida.

A la vista ese amor se convirtió en distante, pero tan cercano a la vez en su memoria. Mirando la foto supone que su amor también tendrá una mata de canas poblando sus sienes, como ella misma. No sabe si ella también se teñirá, intentando disimular el paso del tiempo.

***

CLAUDIA

Volar. Quisiera volar como ese pájaro blanco. Por eso, parpadeo. Mi padre me sonríe, porque ha captado con su cámara, que lleva siempre colgada del cuello, la fuerza de libertad de ese pájaro cualquiera. La que yo carezco. El pájaro no tiene nombre para mí todavía. Pero se lo pondré pronto.

Esa, de momento, es mi fotografía favorita. No puedo cogerla, pues mis manos están inmóviles. Solo puedo mover las pupilas. Hacia un lado, hacia el otro, arriba y abajo. Dicen por los pasillos que en la médula no tengo nada. O eso he oído. A mi madre se le partió. Y el cráneo también. Sí, habita en mis sueños. Puedo oírla con su voz clara cuando cierro los ojos y me duermo. Ella sigue aquí, en otro paisaje transparente y con mucha luz, a mi lado. Así me la imagino desde dentro.

Papá se ha vuelto cariñoso de golpe. Ya no frunce su entrecejo partido en un enfado inoportuno. Me mira con mirada amable. Me gustaría sonreírle, pero no puedo. No tengo motivo. Si no fuera, por esas fotos que capta. Me alegran el día y me hacen fuerte. Muevo las pupilas hacia él. Me colma de besos y noto su olor rota, pues mi madre ya no está entre nosotros.

Ella olía a detergente y suavizante unido a su suave olor corporal. Mi padre ha tenido que aprender a usar la lavadora. La camisa no la sabe planchar. La lleva de manera descuidada, con las mangas arrugadas y con el cuello abierto. Además, ha cambiado de marca de detergente y creo que no pone suavizante; pues cuando me abraza, siento la aspereza de su ropa. Me gustaría decirle que use un programa para ropa delicada, pues esa camisa se lo merece, y la va a desgastar en dos días. Se la regaló mamá. Por eso se empeña en llevarla la mayoría de los días.

Aire. La corriente me arrastra por el pasillo. Quiero salir de aquí y que me dé el aire. Papá me promete que me llevará a ver el pájaro blanco. Pero de momento solo me trae fotos. Hoy me ha traído una en donde salen tres gorriones. No vuelan. Todavía no saben. Yo tampoco sabía conducir. La curva la tomé demasiado deprisa. Se me enganchó la chancla en el acelerador. El grito que dio mamá todavía se cuela por la rendija de mi cabeza. Hace eco, se queda y no se marcha.

Antes de perder la conciencia, sentí la libertad de volar. El coche voló sin saber, como un pájaro inexperto, estrellándose hacia el abismo del acantilado. Fue culpa mía. Esas cosas pasan, sé que diría papá. Así es la vida. Maldita vida truncada. Mi mamá estaba llena de alegría como el pájaro blanco. Ahora, ya sin ella, tengo que encontrar un motivo para vivir. Vivo con mucha pena y sin gloria alguna.

Se me acerca la doctora Eva y me reconoce. Hoy me presenta a una psicóloga. Raquel se llama. No sé cuántas me han explorado ya. Pero esa es diferente. El sonido de su voz me gusta. Me recuerda a mi mamá. Además, reconozco la huella del olor a un suavizante familiar en su bata blanca. Ella sí que sabe usar la lavadora y lleva su prenda impecable y bien planchada. El olor penetrante se estampa en mi nariz e intento acercarme a ella. La huelo con mi nariz chata.

***

MARIO

Mario repasa su repertorio de fotos que están metidas en su cámara digital. Las más bonitas las revela y se las trae a Claudia impresas en papel fotográfico. La del pájaro blanco le ha gustado más que ninguna otra. Lo ha visto en la profundidad de sus ojos, con un leve temblor en sus pupilas emocionadas. La vida estaba repleta de imágenes como aquella. Un número de instantes irrepetibles en el que no somos conscientes. Hasta que las perdemos. Entonces, damos más valor a la ausencia, a la dolorosa pérdida, a la imagen que se quebranta en el recuerdo.

Eran tres gorriones sin experiencia en el vivir. Así era su familia de tres. Pone la fotografía de los tres gorriones en la habitación de Claudia. Arriba, en la cabecera de la cama. La habitación que espera que algún día vuelva a ocupar cuando salga de la clínica. Ahora es demasiado pronto. Tiene que asimilar todavía. No ha pasado ni un mes en el que su vida se puso del revés.

Tiene que hacer cosas, por eso precisamente se ha aficionado a la fotografía. Se levanta temprano, y sale a fotografiar amaneceres con el despertar de los pájaros. Recorre toda la comarca en su moto, captando luces, donde pone su cámara y pasa a la acción.

¡Flash! ¡Dispara! Va subido en una moto añeja que compró de soltero. Cuando ni tan siquiera Claudia existía. Como siempre ha sido cuidadoso, la moto funciona de maravilla. Le da el aire en la cara y le despeja su malestar diario. Ese al que se está acostumbrando a vivir a la fuerza. Abandonado a su mala suerte. La que se buscó.

Si hubiera ido al taller a pasar la revisión cuando sobrepasó los kilómetros que requerían de una puesta a punto. Todavía no sabe por qué jugó con la seguridad de toda su familia. Tan responsable que era. La culpa le taladra los sentidos. Si pudiese deshacerse de ella. Pero le ahonda y le penetra en el interior como un alfiler bien punzante.

Mario se distrae fotografiando pájaros del Parque Natural del Delta del Ebro. Luego recorrerá los mismos kilómetros en sentido contrario hacia un fotógrafo amigo que le revelará las fotos que previamente seleccione. Claudia se merece un final feliz en su vida. Esa libertad ornitológica que su padre quiere transmitirle a través de imágenes voladoras y coloridas. El piar de unos tímidos pájaros que despierten su interior.

Mario desea volver a ver sonreír a su hija. Una expresión que estire sus labios abiertos en una sonrisa primaveral. Por eso, se le ocurre grabar un vídeo y enseñárselo el próximo día.

DOCTORA EVA

Sueño malo con olor a pesadilla. Se despierta en el sofá en mitad de la noche. Ha cogido frío pues la manta se le cayó al suelo. Ha dormido mal, revoloteando por el sofá, soñando con el disfraz de una amistad. Una mentira piadosa de antaño. Ha llovido a cántaros desde entonces, pero sabe que el primer amor nunca se olvida. Lejos de tópicos y cargada a sus espaldas de la experiencia que le han regalado los años, lo siente de esa manera.

Y es inútil engañar a su corazón: con cada latido se desengaña.

—Hanna —suspira al aire, aspirando la H y sonorizándola.

Hacía años en los que no se había atrevido a pronunciar su nombre, por el dolor que le producía su ausencia. Pero esta noche se ha armado de valor. Y deja que en el aire se expandan las letras y en su cabeza se transforme la imagen de su amor. La recuerda tal cual, estudiando con los codos inclinados en una mesa de la biblioteca, e imaginando cómo serían sus vidas una vez se hubiesen graduado. Juntas…

Al fin, separadas. Y otra vez, aparece frente a Eva la duda y la indecisión. Culpable.

Decide cambiar el chip y no atormentarse más. Entonces, fue cuando empezaron a lloverle las cartas, las que guarda en esa carpeta de cartón polvorienta. Las repasó una a una hace un par de noches y se sorprende de cómo hay algunas frases que tenía memorizadas y que, a pesar del paso del tiempo, no ha olvidado. 

La acompañaron en un primer momento. Al principio, las respondía. Tener noticias suyas siempre le aliviaba. Luego, y al ser sorprendida por su familia, sus cartas cesaron de una manera abrupta.

Pero Hanna continuaba estampando sus pensamientos en hojas de papel que le hacía llegar de cualquier parte del mundo. Hubo una época en que le enviaba postales, más escuetas, con fotografías de países exóticos para Eva.

Siempre la invitaba a seguirla. Eva nunca tuvo valor para hacerlo. Le faltó coraje. Romper con todo. Cobarde. Una voz interna la juzga: es su conciencia.

CLAUDIA

Raquel me ahuyenta los malos recuerdos. Feliz. Quiero serlo. Lo deseo fuerte como el movimiento. Sí.

Hoy papá me ha hecho un regalo nuevo. Ha grabado una película con pájaros volando. He podido escuchar el sonido de sus alas, que se elevaban hacia el cielo cubierto por tonos dorados y anaranjados. Me ha mostrado la salida del sol en completa libertad. Cuando lo he terminado de ver, he girado mi cabeza hacia él y he pronunciado:

—Gracias —con voz pastosa y gangosa.

No he reconocido mi voz, pero ha sido un gran avance. La psicóloga Raquel así lo ha dicho, y ha corrido a decírselo a la doctora Eva. La médica me ha sonreído, pero creo en mi interior que se ha sonreído más hacia sí misma. Mi padre ha derramado una lágrima, que se ha volcado en la pantalla de la cámara digital.

Las fotos eran bonitas, pero estaban estáticas como yo. Estaban en estado de shock, respirando inmóviles y esperando que alguien las despertara.

Mamá no debió morir. Papá y yo aprenderemos otra vez a vivir, como los gorriones que me esperan en mi cuarto. A veces mi padre me confiesa esa clase de cosas. Son las ganas que tiene que vuelva otra vez a la normalidad.

MARIO

Dos semanas después, padre e hija cruzan el umbral de la puerta principal del hospital. Van camino a su casa.

Antes de llegar, Claudia le hace desviar e ir al supermercado. Mario comprará la marca de detergente y suavizante que usaba su mujer. Su hija le chivará el nombre. 

Claudia le lanzará una sonrisa primaveral como el aroma que sabe que olerá tan pronto destape el tapón del suavizante. Tiene ganas de lavar toda la ropa, que huele a hospital. Un olor característico que le desagrada.

DOCTORA EVA

Objetivo conseguido. Un billete comprado hacia un lugar lejano. El primer billete que compra a través de Internet. Sin retorno momentáneo.

Se ha pedido una excedencia después de que Claudia volviera a tener ganas de vivir. La doctora cree que ahora ha llegado su momento de partir.

Ella también tiene derecho a sentir esas ganas, esa subida de adrenalina. Los años no le pesan, pues tiene el espíritu joven, o más del que creía. Va a correr el riesgo, a desafiar a su destino que la veía tan metida en su hogar acomodado. 

En su maleta, lleva las cartas de su amor. Embarca y siente como si retrocediera varios años. Sí. Va de voluntaria. Nunca lo hizo, aunque Hanna le insistió repetidas veces. Destino: Tanzania. Pasa los controles rutinarios y sube al avión.

Va a volar como un pájaro. Libre. En algún rincón de su cabeza, resuena la banda sonora de una aventura. Una película en donde Hanna y ella se dieron la mano en el cine por primera vez. El contacto cálido de su mano contrasta contra la fría mano de Hanna.

—No llores por el final —le aconsejó Eva—. Es solo una película.

Pero Hanna sintió, que las lágrimas le estallaban dentro de la comisura de sus ojos,  pues aquella película fue el inicio de una despedida.

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Esta es mi participación al Taller de Escritura de Móntame una escena de Literautas: el Espejo y el bosque. Consistía en escribir un relato de no más de  750 palabras en el que salieran las palabras: «espejo» y «bosque». Como opcional, también podías incorporar un personaje que mintiera.

Aquí está la Recopilación de Textos del Taller.

He convertido mi relato a vídeo y también os lo podéis descargar en pdf aquí: OTRO SIMPLE CUENTO DE NAVIDAD

¡Felices fiestas!

 

A Esmeralda y a María

Sus dedos tiemblan frente a una página en blanco. Emoción que la asalta y le sube por la garganta. Hará borrón y cuenta nueva. La mujer aproxima el bolígrafo al papel, pero se siente perdida entre los laberintos tortuosos de lo que pasó ayer. Sí, perdida…. Deja el bolígrafo en un rincón del escritorio y decide continuar la carta en otro momento.

Coge el camisón  de la maleta que reposa en la cama. Se desnuda frente al espejo y mira a esa mujer tan conocida. Ha ido cambiando conforme avanzaban los años. Es como una copia de sí misma envejecida gradualmente. Le brillan los ojos al mirarse de un modo inexplicable. Tiene la cabeza alta, el cuello estirado, nada de andar con la cabeza gacha y a tientas. No siente pudor al mostrarse tal cual. Ha escondido los complejos debajo de la cama a esas alturas.  Va a encontrarse consigo misma en las vacaciones que la han traído a ese hotel de tantas estrellas como los dedos de su mano.  Piensa que se lo merece después de haber trabajado duro durante tanto tiempo. Sonríe irónica. Esos últimos días los va a aprovechar, aunque se esfumen rápido. La vida pasa demasiado deprisa, y antes que se dé cuenta volverá otra vez a la rutina.

Pero algo ha cambiado. Lo dice ese rótulo apagado que ya no ilumina la carnicería. Pensarán que se han ido de vacaciones. En Agosto es normal desaparecer, piensa la mujer mientras prepara el tinte de negro azabache. Va a cubrir sus canas, a rejuvenecer de nuevo. Pintará sus labios de dulce carmín, estampará un beso en esa carta que ha quedado a medias. Le queda por escribir el final. Una despedida amarga, quizás un abandono involuntario. Sopesa qué es lo mejor.

No hay nada como poner la mente en blanco y fijar la vista en este techo inmaculado adornado por una lámpara vistosa y agraciada. Deja que lo importante, que es ella misma, la llene, y despista los malos momentos para que cambien de acera, y se pierdan en la esquina de una calle secundaria cualquiera.

No volverá. Lo sabe en su interior que le grita que evite zambullirse en esa triste pesadilla. Una mueca sale de la luna del lavabo. Es el reflejo de una voz masculina. Unos tonos más grave, que la asusta sin remedio. Tirita y se paraliza por el miedo. Pensaba que lo había enterrado para siempre. Allí está él. Sigue en pie con su mirada impropia que la perfora. Mirándola frente a frente. Su marido sujetándola con fuerza y cortándole los dedos de su mano. Dedos finos a lonchas gordas e irregulares. Uno a uno.  La mujer se remueve en el colchón, y grita en sueños. Le duele hasta el alma, que parece estar provocando un terremoto en el espejo, donde se ha mirado antes de dormirse.

La mujer se sienta otra vez en la silla. Relee la carta y decide continuarla:

Mi querido Manu,

Me largo con uno de nuestros proveedores. Retrasamos demasiado nuestros pagos y ahora el deber me llama. Si me voy con él, nos perdona la deuda. ¿No crees que nos merecemos una segunda oportunidad?

Empezar de cero, amor.

La mujer comprueba cómo esta última palabra le ha quedado torcida. Chasquea la lengua y se pone manos a la obra. Coge el bolígrafo y lo sitúa al mismo nivel de “amor”. La frase que ahora escribirá  descenderá unos niveles. Una pausa,  unas líneas más abajo para esconder una mentira sin que se note.

…Otra vida en algún lugar remoto y separado de ti. Sé que él me colmará de caprichos. Necesito riqueza, vivir en lo superficial. Quizás nos volvamos a encontrar en un futuro.

Siempre tuya,

Mía

«Si nos encontramos de nuevo será en el infierno», piensa Mía mientras estampa sus labios en el papel. Deja la carta en el escritorio y decide enviarla por la tarde. Vuelve a pintarse los labios de un rojo intenso.

Ha huido de aquel infierno con premura, del calor de Manu sin tan siquiera sentirlo nunca. Correr, limpiar cada cosa a todo gas, alejarse varios quilómetros de carretera. Mía clava sus ojos en el espejo y piensa que golpe tras golpe ha resistido. Es fuerte. Sí. Lo es. Recuerda como en un ataque de celos de Manu perdió su dedo anular hace varios años. Nunca más se pudo poner el anillo de boda, ni quiso hacerlo. Sonríe cínica. Creyeron que había sido un accidente laboral. Mía nunca perdió esa sonrisa que se adivinaba infeliz mientras despachaba a sus clientas, si sabías mirar entre sus ojos negros. Esa sonrisa,  que surgió abierta de sus finos labios, cuando se descubrió por fin libre hace apenas unas horas. No quería engrosar las estadísticas. Lo limpió todo con lejía. En el fondo de su maleta, envuelto con su devantal manchado, hay un revolver con silenciador. Mía corría tras él desde que lo vio en aquella página de Internet. Va hacia la maleta y sostiene el arma entre sus manos. El reflejo del espejo ahuyenta su alma. Mía se mira de reojo y sabe que tarde o temprano la encontraran.

Repasa sus últimos movimientos mentalmente. Habrá cometido algún error. Nunca hace las cosas bien. Esa seguridad, que la armaba por completo, ha desaparecido, y la inseguridad, tan conocida, vuelve otra vez. Agacha la mirada, coge la carta, y se dispone a tirarla en el buzón de aquella ciudad olvidada. Si pudiera, se mordería el labio inferior hasta hacerse sangre. Pero no puede perder el tiempo. El matasellos descubrirá su destino, pero ya habrá volado fuera del país.

En el avión, Mía se incorpora para ver las pequeñas cosas mundanas desde el cielo. Ha dejado el revolver escondido en el aseo del bar de enfrente del aeropuerto. Ya no lo necesita, y cuando alguien lo encuentre, ya será tarde. Sonríe entre lágrimas mientras se eleva. Libre y con emoción, que estalla como un globo de agua, tirado desde la torre de un castillo de arena. Vuela entre las nubes grisáceas, que gritan tormenta en esta noche negra, que puede ser perfecta. Nota todavía el temblor en su pulso, el que no le tembló mientras le apuntaba. Pudo ver la sorpresa en su cara antes de disparar. Su mujer se le rebelaba. Luego, el vacío de su mirada. Sus golpes y su crueldad ya no le asustarían más. Mía respira tranquila, suspira soltando el aire, se desahoga de esta manera, respirando y atrapando su vida, o lo que queda de ella. Nadie tiene derecho a hacer esto, restando personalidad a los demás. Mía se justifica, de esa manera.

No pudo denunciar, temblaba como  una hoja de cristal de joyería cada vez que giraba hacia una comisaría, dispuesta a hacerse añicos en cualquier momento. Sentía los ojos de Manu enganchados en su nuca, espiándola, siguiéndola por las calles de la ciudad. Se paraba a mitad camino, se volvía, y regresaba por dónde había venido. Agosto, y Mía tiembla todavía al pensarlo, pero le da la culpa al aire acondicionado del avión. No quiere volver a pensar en el maltrato. Ya no se cuestiona si es una víctima más de la violencia de género. No quiso ser reducida a un número, ni formar parte de las estadísticas. Respira saboreando el aire en sus pulmones. La vida continúa, y se adorna con esa sonrisa que salpica su cara. Siempre fue su joya más preciada. La que Manu intentó arrebatarle, y la que nunca le pudo borrar. Su sonrisa se expande  al pensar que olvidó su teléfono móvil en el mostrador de la carnicería. Se siente todavía más libre. Ahora sí que vuela más libre que un pájaro, que nunca regresará a su nido inicial. Sí. Ahora sabe que no la van a localizar, y su pensamiento se expande más allá que su sonrisa.

Otra vida. El avión aterriza en un paraíso lejano. El aire frío la cala, pero ella ya no tiembla. A Mía le gusta ese frío placentero rozando sus labios y congelándolos. Un beso tan nuevo como su futura esperanza.

Imagen Creative Commons en FlickR de jacinta lluch valero.
Imagen Creative Commons en FlickR de jacinta lluch valero.

Avatar de Javier PellicerJAVIER PELLICER

alt="LeoAutoresEspañoles, javierpellicerescritor.com"Si seguís esta web habitualmente ya sabréis que soy un firme defensor de la literatura que se hace en nuestro país. Lo pudisteis comprobar gracias a la serie de artículos «La literatura nacional es una mierda» (título expresamente engañoso donde los haya), donde os mostraba ejemplos de escritores contemporáneos de una calidad similar o superior a cualquier autor llegado de fuera. Siendo así, era inevitable que me sintiera atraído hacia un proyecto que nació hace un par de meses en las redes sociales, gracias a la inquietud de la joven escritora Iria G. Parente (que ya estuvo por aquí en una entrevista relacionada con sus novelas). Un proyecto al que rápidamente nos fuimos uniendo una enorme cantidad de autores. Os hablo de #LeoAutoresEspañoles.

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Quería verte seguido. No solo un ratito. Huir de esta sala. Traspasarte. Entrar en ti. Pero tú, solo te comunicabas a través de una pantalla. Pude intuir el rastro de tus labios sobre mi piel. Dejaste una huella notable en mi memoria con tu actuación.

En la butaca del cine, me acomodé. Quise acabar de ver los créditos para saber tu nombre de actriz secundaria. Cuando lo vi, un pálpito me inundó. Te buscaría a través de Internet, raestraría tu IP hasta dar con tus coordenadas exactas.

Acabé otra vez obsesionado por una falda corta, por una rubia de peluquería, por una mujer ficticia que iluminaba mis sueños de aquel entonces.

Al final, te conocí. El secreto de mi éxito siempre será el saber usar la tecnología. Me metí en tu casa a través de tu webcam. Ibas sin maquillar y estabas más auténtica. Me excité ante tu boca sugerente. Al fin había conocido a mi futura víctima.

Te haría tragar mi actuación y que me recomendaras a tus contactos. A partir de entonces, tendría una gran cantidad de castings donde presentarme. Quería ser artista desde mi niñez, y lo más próximo que estuve de conseguirlo, fue acercarme a la jaula de los leones de un circo.

 

Nuria
Imagen Creative Commons de Proyecto Eden en FlickR

A pesar de ser la mayor, le tenía miedo. Su hermana pequeña había perdido la razón con aquella frase que había escrito con rabia. La dejó encima de la mesa del comedor para que todos la vieran.

Afortunadamente, Rebeca fue la primera en llegar. Se preparó algo para merendar y se sentó en una silla dispuesta a pegar el primer bocado. Entonces vio el papel. Al terminar de leerlo, nada volvería a ser igual entre ellas.

El fuego era la única salida. Rebeca sacó un mechero de su pantalón y quemó aquella calumnia en el cenicero. No quería que nadie más lo viera. ¿Qué pensarían de ella?

Las palabras rebeldes se retorcían ante el fuego hasta que finalmente se redujeron a polvo. Fue una acusación sin fundamento. No quería pensar lo que le hubiese hecho Ana si aquello fuera verdad.

Pero era todo mentira. Su hermana había escrito: «Rebeca se acuesta con mi novio». Algo había cegado la autoestima de Ana en el último mes. Tardaría en recomponerse de aquello. Siempre imaginaba que alguien le quitaba el novio, pues tenía tanto temor que eso pudiera ocurrir… Que al final sucedió. El novio se cansó de tener una novia tan celosa y posesiva. La irracionalidad de los celos conducen a la soledad.

® Helena Sauras