Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

El mundo se ha convertido en un pañuelo, que me aprieta alrededor del cuello. Mis alumnos se pensarán que soy tonta, o muda, pues no he pronunciado palabra desde que Luz ha entrado en el aula. No puedo dejar de observarla porque, aunque intento desviar mi mirada, mis ojos acaban fijándose en ella inevitablemente.

Está mucho más morena, que él último y único día en que la vi. El sol o los rayos UVA, vete a saber, se han encargado de tostarla a conciencia. Me imagino que irá a alguna playa nudista, pues no se le notan las líneas anti estéticas del bikini. Un cuerpo dorado, sin celulitis, moldeado a fuerza de horas de gimnasio; unos pechos grandes y firmes, que sobresalen y que seguramente no cabrían dentro de una copa de vino; con el pubis perfectamente recortado y, su vello, una delgada línea dorada brasileña. En resumen, un cuerpo que debe volver loco a Nacho, sin remedio.

Luz respira lentamente. Quieta. Posando profesionalmente como una estatua griega, y yo pienso, que por qué los alumnos no pintan un bodegón, y tienen que entretenerse con su cuerpo. Pero claro, no puedo rechistar, porque la asignatura que imparto va sobre el cuerpo humano, y no puedo cambiar el temario.

Me paseo por la clase, mirando los lienzos de mis alumnos y veo tantas captaciones de Luz, que me mareo como si estuviera haciendo girar un caleidoscopio y ella, altiva, se multiplicara ante mis ojos. Miro el reloj, y veo, que todavía queda media hora para terminar. Los minutos cerca de Luz pasan muy lentos, y sólo tengo ganas de que todo acabe. Me imagino a Nacho recorriéndole su cuerpo desnudo con la lengua, y me entra rabia, que me sube como la espuma de la cerveza, y me entran ganas de aporrear la mesa con mis nudillos, que ya están libres del anillo de compromiso, que él me regaló, cuando las cosas parecían ir viento en popa. Cuando Nacho sólo tenía ojos para mí, cuando Luz no existía en nuestras vidas, cuando yo era feliz viviendo la vida, y tejiendo un futuro en común.

Un futuro que se consumió, sin más, como toda la bebida que me llegué a beber, deslizándose por mi garganta y quemándome por dentro. Al final el timbre suena indicando el final de la clase. Luz se viste de prisa. Un vestido de color de oro como su denso cabello, que le cae por los hombros. Agita la cabeza, se peina el pelo con los dedos, me dice adiós y un hasta mañana, con su voz melosa y desaparece por la puerta.

Termino de ayudar a mis alumnos a recoger las pinturas, un deseo ardiente de sostener una bebida fría entre mis dedos aparece en mi mente. Es tan difícil apartarlo que decido coger el autobús para ir a la terapia. Hoy no es martes y no hay reunión, pero la psicóloga seguro que está. Necesito de su ayuda, que este jodido deseo desaparezca, que se evapore con la misma fuerza que me ha venido.

Bajo del bus, y ando unos metros hasta el edificio verde pastel. Subo por las escaleras hasta el segundo piso y allí me encuentro con Toni, que está hablando con la administrativa.

No, Ana hoy no está, le ha salido un imprevisto ―oigo que le dice.

La piel se me pone de gallina al oírlo y el firme deseo, que sigue ahí, está cogiéndome de los pies y dirigiéndolos hacia el bar más cercano. Me doy media vuelta para irme pero la voz fuerte de Toni me llama:

¡Elisa! ¿Has venido a ver a Ana? No está, pero si quieres, podemos ir a tomar un café, aquí en la esquina.

Sé que no debo entrar en un bar, pues si entro estoy perdida, y Toni me lo debe notar en mi mirada, pues cambia de idea.

O si lo prefieres, podemos ir a mi casa. Vivo aquí cerca.

Vale, Toni, mejor en tu casa.

Me acomodo en el sofá de Toni y él prepara un par de cafés expresos. Vive en una casa adosada bastante grande, con tres pisos que no ha tardado en enseñarme. La casa está muy bien ordenada, limpia y decorada con buen gusto.

Mi mujer y yo la compramos pensando en tener hijos ―me dice con sus ojos brillantes―. Pero en un breve instante, todo cambió. He pensado en venderla, e irme a algún apartamento más pequeño, pero no es un buen momento. No quiero mal venderla.

Me fijo en su mirada castaña, castigada por el sufrimiento de los últimos meses. Debajo de sus ojos, tiene unas pequeñas bolsas tintadas del color de la berenjena, porque Toni, hace tiempo que no duerme bien. Lo sé, porque lo ha dicho repetidas veces en la terapia, y no quiere tomar pastillas, pues ya tiene bastante con estar enganchado a la bebida.

Toni, esta tarde me has salvado de hacer un mal pensamiento ―le digo―. Si no llega a ser por ti, ahora estaría bebiendo en cualquier bar. He tenido un mal día.

Y se lo explico, porque hay confianza, y en terapia hemos trazado unos fuertes vínculos en dónde nos comprendemos. Él me escucha con atención, sentado a mi lado y sorbiendo poco a poco el café.

Elisa, has tenido mala suerte, pero tienes que sacar algo positivo de todo esto. Tienes trabajo, aunque tengas que verte con Luz. Ya sé que es doloroso pero no te machaques, ¿me entiendes? Hace unos días estabas mal, porque pensabas que nunca volverías a trabajar. Y mírate ahora, si das lo mejor de ti, puede que cuando se acabe la suplencia, te ofrezcan alguna otra cosa.

Sí, tienes razón, pero vaya primer día que he tenido, ¿no? La última persona que quería ver, y la he tenido que aguantar durante toda la clase. Y mañana volveré a verla, hasta que los alumnos terminen los cuadros.

Pues que se den prisa. ―Y me sonríe y me guiña el ojo izquierdo―. Elisa, esta chica, Luz, es una modelo temporal. Tú eres la que diriges la clase. Cuando acaben el cuadro, vendrá otra pintura con otro modelo. Esta vez, te recomiendo que lo elijas masculino, y de esta manera, te alegras la vista tú.

Toni me hace reír con su ocurrencia, porque bien pensado, no está nada mal la idea. Es más, me agrada. Luz como mucho, estará esta semana. Luego cambiaremos de modelo. El rato que he pasado con Toni, me ha pasado muy deprisa. Ya es hora de cenar, y me despido de él hasta mañana, que tenemos sesión de terapia. A su lado, el deseo de beber se ha disipado un poquito, y me voy hacia mi casa mucho más tranquila, y relajada.

Sandra, absorta en su ordenador, no se ha dado cuenta, que llego más tarde que de costumbre. Esto es buena señal, porque no la he preocupado. Me saluda moviendo la cabeza y sigue diseñando el boceto de una página web.

De la cena me encargo yo, no quiero molestarla ahora que está creando, seguro que cuando me pregunte cómo me ha ido el día, Luz volverá a aparecer en mi memoria irremediablemente. Pero mientras tanto, remuevo la vichyssoise y la rectifico de sal. Ella está aparcada en un rincón de mi pensamiento. Jaime pone la mesa en el comedor, porque ha empezado a refrescar, septiembre se empieza a despedir y, el otoño, poco a poco empieza a despuntar días más frescos, inestables y sombríos.

Continuará…Haz clic aquí para leer el siguiente capítulo

portada3

 

El silencio, que sin palabras me cubre, poco a poco va desapareciendo para transportarme a la realidad. Estoy sobre la colcha fucsia con Jaime y Sandra observándome, cruzándose miradas de preocupación. No quiero ser un estorbo para ellos. Me siento una mierda. He entrado inesperadamente en su vida conyugal, y quiero irme de puntillas, sin que me oigan, desaparecer de sus vidas, porque me he convertido en el número tres, que indica multitud y estoy desequilibrando su balanza matrimonial. Pero es imposible huir mientras te están observando. Mi mirada rehúye la de sus ojos, la tengo perdida, ausente, pero estoy atenta a lo que pasa a mi alrededor. Sandra me habla:

Elisa, ¿cómo estás?

Aquí, bien ―contesto con un hilo de voz.

Jaime, que a lo mejor también se ha dado cuenta que los tres somos multitud, añade:

Os dejo a solas.

Y se va, supongo que al comedor. De nuevo me encuentro con los ojos de mi amiga, frente a mí, y ahora es cuando tengo más confianza para decirle:

Sandra, te agradezco todo lo que estás haciendo por mí, pero será mejor que vuelva a mi piso.

No, Elisa, eso no lo digas.

Pero, ¿no te vas a ir al extranjero? Antes he oído cómo se lo decías a Jaime.

Por el momento no me voy a ir. Puedes estar tranquila, aunque no lo descarto.

Me mira fijamente, mientras lo dice y veo que los ojos de Sandra se han vuelto más oscuros y parece que haya envejecido algunos años. Veo en sus palabras, y en esa mirada, que me transmite ante todo sinceridad. El futuro en estos momentos es tan incierto, que me da temblor y mi respiración se agita.

Elisa, no tengas miedo —me calma Sandra.

Sandra, he estado pensando que si dejo mi piso, con el dinero que estoy pagando de alquiler, os puedo ayudar. Tengo algo ahorrado, no es mucho, pero más vale eso que nada. Os pagaré como inquilina de esta habitación y no hará falta que te vayas lejos de aquí, lejos de Jaime, lejos de mí…

No sé todavía cómo he podido pronunciar todas estas palabras, ni cómo se me han podido ocurrir todas de golpe, pero la desesperación y la necesidad han hecho que brotaran de mis labios. Sandra me escucha sorprendida, pero no me da una negativa como respuesta.

Ya veremos —me dice.

Y una fina esperanza tiñe su iris de unos tonos más claros y, sus pupilas se dilatan para indicarme que Sandra no encuentra del todo descabellada mi idea.

Venga, Sandra. ―La animo para que me diga que sí―. En el piso ya sabes que no puedo volver, porque es como si todo él me recordara a Nacho.

Por mí puedes quedarte aquí el tiempo que quieras…

Pero yo quiero pagaros ―la interrumpo―. Si no me dejas, ¡me iré!

Sandra acaba cediendo. Mi amenaza ha surtido efecto. Mañana hablaré con el casero y dejaré mi piso con todos los recuerdos allí presentes. «Los enterraré en él para que no me vuelvan», pienso firmemente, «borrón y cuenta nueva». Creo que dejar mi piso definitivamente me será saludable. Empezar de nuevo en otro entorno, pero acompañada. El peso, que me presionaba y me hacía respirar más deprisa, poco a poco deja de estar aquí. Estoy algo más tranquila, esta noche voy a dormirme enseguida. Cierro los ojos. Sandra me da un beso de buenas noches, y se va también a dormir. Antes apaga la luz, me acurruco en posición fetal en la cama, y dejo que mi respiración, que se hace más lenta, me transporte al reposo pausado, en donde no hay cabida para las pesadillas.

Jaime también acepta la idea que he tenido y se ofrece para ayudarme en el traslado. No tengo muchas cosas, y lo que no quepa en mi dormitorio, lo pondremos temporalmente en el trastero del aparcamiento. El caballete, las pinturas, algunos lienzos pintados a medias, que tengo que continuar, acaban arrinconados allí, pero no por mucho tiempo pues, cuando me surja la inspiración, tengo permiso para usar su terraza. La terraza de Sandra y Jaime, también es muy grande y casi nunca la usan, solo para tender la ropa que se seca rápidamente con el sol. Les digo que por qué no poner una mesa y unas sillas para poder cenar en verano, estaremos más frescos y no hará falta encender el aire acondicionado. De esta manera, es como empezamos a cenar allí y las conversaciones nocturnas se alargan, porque se está muy a gusto.

Por las mañanas Sandra y yo vamos a buscar empleo, visitamos empresas para llevar los currículos en mano, navegamos por Internet en busca de ofertas. En definitiva, hacemos todo lo posible y lo que se encuentra en nuestras manos, para conseguirlo. Pero la suerte parece ser que no está de nuestra parte.

Me voy a hacer freelance ―dice una noche Sandra, que ya se ha cansado de no recibir llamadas, a pesar de sus esfuerzos.

Es una buena idea, no tarda en diseñar su página web para ofrecer sus servicios de webmaster y soluciones informáticas. Yo por mi parte, ya no sé a qué institutos, escuelas y academias ir, pues ya me los he recorrido todos. Pero al fin, un día recibo una llamada para cubrir una baja por maternidad. Será unos pocos meses, pero me permitirán respirar y volver a mi profesión que he dejado aparcada.

Estoy bastante animada y acudo a la escuela de arte. Los alumnos me saludan, tengo que continuar con las labores de la anterior profesora. Están pintando un retrato de una modelo al natural. Observo las líneas que han empezado a marcar en los lienzos con aprobación, llaman a la puerta, digo “adelante” y entra la modelo.

Sus curvas, su escote, su lunar me dejan sin palabras. La modelo, ligera de ropa, se la va quitando poco a poco, y deja a la luz su cuerpo impactante. Más bien, a quién le impacta es a mí. Los alumnos siguen con las líneas, que tenían de otros días como si nada, pero yo tengo el corazón palpitando a mil por hora. La modelo parpadea y deja caer sus pestañas a modo de saludo.

Hola, Elisa ―dice al fin, despegando los labios―. ¡Qué bueno que nos encontremos de nuevo!

Y el tiempo se estanca, así, al natural. La sorpresa estalla como el corcho de una botella de champán, sonoramente contra mis heridas y siento en mi nariz como las burbujas estallan una a una. Me recompongo como puedo, aclaro mi voz y digo:

Hola Luz…

portada3

® Helena Sauras

Continuará… Haz clic aquí para leer el siguiente capítulo…

 El alcohol, que todo lo resta, mientras sumas tragos en tu cuerpo. Te va quitando pedacitos de ti hasta que ya no queda nada de lo que fuiste.

A mí, me ha restado la autoestima, la confianza, el valor, la voluntad, el trabajo. A Rebeca, mucho más, sus dos pequeños diamantes: sus hijos. En un momento de debilidad, que todos sufrimos, había ido al supermercado a comprar una botella de vodka, dejándose a los dos niños dentro del coche en el aparcamiento con tan mala suerte que durante el poco tiempo que tardó, alguien avisó a la policía.

No, no la estoy justificando simplemente que la comprendo, porque todos podemos tener malos días y cometer errores, a ella le ha costado la custodia que ha pasado automáticamente al padre. Un hombre egocéntrico y prepotente, que se ha encargado, durante años de maltratar a su mujer. Rebeca bebía por soportar sus insultos, sus burlas mientras el alcohol la auto convencía de que no todo lo hacía mal como le hacía creer su marido. Su marido nunca le puso una mano encima. Eran otros tipos de golpes, invisibles, que no hacía falta disimular con maquillaje con los que era golpeada día tras día.

Hoy la terapia se alarga un poquito más que de costumbre. Rebeca está tan hundida. Su espeso pelo negro está húmedo por sus llantos, porque le caen mechones rizados sobre sus mejillas. Lágrimas que surgen de las consecuencias de nuestra enfermedad, cuando realmente te das cuenta de lo que has hecho, pero ya no hay marcha atrás.

Lo más curioso es que la botella de vodka no se la llegó a beber. Le resbaló de las manos al ver cómo acudía la policía a llevarse a sus hijos y se estampó contra el suelo. Se partió en mil pedazos, mientras su alma se dividía en muchos más. Todos los presentes sentimos ganas de abrazarla, para reparar lo irreparable. Y así lo hacemos. Nos fundimos en un cálido abrazo para darle fuerza para continuar, porque Rebe, ahora esta andando sobre la cuerda floja, y en cualquier momento se puede caer.

A la salida, me espera Sandra. Subimos al coche y durante el trayecto le voy contando la mala suerte que ha tenido Rebe.

El impulso de beber, que es tan fuerte cuando te surge, que te quita el poder pensar con claridad. Esto es lo que le pasó a Rebe. Ella siempre se ha dedicado en cuerpo y alma a sus hijos, siempre les ha dado una buena educación. Joder, Sandra, estaba rehabilitada completamente. Llevaba siete años sin probar el alcohol. No sé que le llevó a comprar este maldito vodka.

Sandra no dice nada y deja que me exprese, palabras que llevo en mi mente, reflexiones que digo en voz alta.

La voluntad es frágil como el mosto, porque una vez fermenta y se convierte en vino estás perdida. En una pizca de pocos instantes tus ánimos pueden alterarse de tal manera, que acabas haciendo justo lo contrario de lo que quieres hacer.

Esto significa que nunca me voy a curar, porque lo nuestro es incurable. Viviré siempre con esto, puedo estar mejor, puedo estar peor, pero cuando el impulso surge y no lo puedes controlar, te arrastra y te va restando. Sandra, soy una alcohólica empedernida.

No digas esto, anda ―me dice mi amiga y frena el coche, pues ya hemos llegado.

Bajo del Golf, subimos al piso y abrazo fuertemente a Ghato, que no entiende de enfermedades crónicas. Sus ojos verde oscuros brillan y me hacen sonreír. Llevo dos días sin beber y mi estómago me reclama comida.

¿Sabes qué me comería ahora? Una tortilla de patatas. Esta noche cocino yo.

Me voy directa a la cocina a preparar los ingredientes. Pelo las patatas y las voy cortando a pedacitos cuidadosamente y de una manera fina. Las frío un poquito con un par de ajos a fuego lento. Bato media docena de huevos mientras Sandra vigila la paella y añade la cebolla que ha cortado previamente. Escurro las patatas, y lo mezclo con los huevos batidos, le añado sal y me dispongo a cuajar la tortilla a fuego bajo.

Riquísima ―dice Jaime al probarla―. ¡Qué buena cocinera estás hecha!

Y sus palabras me alegran el día. Esta vez no dejo nada en el plato, la verdad es que Jaime tiene razón, me ha quedado una tortilla muy buena. Ghato ha cenado antes que nosotros, yo misma me he preocupado de ponerle su plato de comida y ahora, mientras nosotros estamos en los postres, él está lamiendo su tradicional tazón de leche. Cuando acabamos de cenar, me voy un momento al lavabo y oigo desde donde estoy, cómo Sandra lamenta, que todavía no la hayan llamado de ningún sitio para trabajar y esto que ha enviado varios currículos.

La situación está muy difícil —la consuela Jaime.

Sí, pero no me voy a quedar de brazos cruzados, mientras nos llegan las facturas, que no vamos a poder pagar.

Tenemos mi sueldo, Sandra. Podemos ir tirando de momento, y seguro que te sale algo mientras tanto.

Sí, tenemos tu sueldo, pero está bastante recortado, ¿no crees? Cuando compramos el piso, lo hicimos conforme al sueldo que entonces cobrábamos y ahora tenemos un montón de pagos, y muy pocos ingresos.

¿Y qué quieres hacer?

He pensado en irme al extranjero. No sé. La situación allí puede que esté algo mejor.

¿Irte? ¿Tú sola? ¿Sin mí?

Sería algo temporal.

¿Ha sido Elisa que te ha llenado la cabeza de estupideces?

Al oír mi nombre pronunciado de esta manera tan despectiva, se me eriza la piel. Me quedo paralizada dentro del lavabo y pienso. La idea de que Sandra se pueda ir y me quede sola, sin ninguna ayuda, me da pánico. ¿Por qué ella no me ha dicho nada de esto antes? «Claro, cómo me lo va a decir si eres una alcohólica, Elisa», me digo. «Una enferma que casi no se tiende en pie». Y una serie de pensamientos negativos se enredan en mi mente y empiezo a sentir palpitaciones. La luz del lavabo se está apagando por momentos. Es mi vista, que aunque tenga los abiertos, solo veo negro. Un grito sale de mi garganta. Oigo pasos. Alguien se acerca.

¿Elisa? ¿Estás bien? ¿Elisa?

Sandra llama a la puerta.

No puedo contestar. Noto cómo Sandra me sacude.

Jaime, deprisa. Elisa se ha desmayado.

Y poco a poco, mis oídos dejan de oír y todo se convierte en denso silencio.

® Helena Sauras

portada3

Continuará. Haz clic aquí para leer el próximo capítulo.

Cenamos los tres: Sandra, Jaime y yo sin mucho apetito. Hemos preparado la cena sin entusiasmo con cuatro cosas, que había en la nevera. Cuatro lonchas de jamón y pan con tomate. Jaime engulle deprisa, Sandra está bastante callada, y yo dejo que la comida me crezca en el plato. Al final, cuando nos disponemos a recoger y llevar los platos a la cocina, acabo tirando lo que me ha sobrado, que es bastante, a Ghato, porque lo quiero compensar después de lo que ha sufrido por mi culpa. A Ghato nunca le ha costado tragar, y esta vez, no hace una excepción. No tiene este nudo que tengo yo, tan apretado, que no me deja ni respirar. Un nudo de recuerdos que me anuda mi existencia.

Cuando la cocina ya está limpia, vemos la televisión en el sofá, pero yo solo tengo ganas de irme a dormir. No sé si podré, pero necesito desconectar de mi mundo hundido. Me despido de los dos, y entro en lo que será mi cuarto a partir de ahora. El sofá cama que hay en el estudio es donde dormiré en los próximos días.

Recorro con mis dedos los pocos libros que hay en los estantes por si hay alguno de mi interés, y sin darme cuenta, estoy observando la fotografía que hay arriba del todo: soy yo, cinco años más joven, con un ramo de novia entre mis dedos, sonriendo amplia a la cámara. La boda de Sandra, donde ella me tiró su ramo y las ilusiones brotaron aquel día de primavera, en donde mi felicidad parecía no tener fin.

Mirándome de cerca, no me reconozco. No es la chica que cada día se ve reflejada en el espejo del baño. La chica que llora porque algo amargo y ácido le sube por la garganta. La chica que tiene sed de olvidar. La chica que se apaga como una colilla. La chica sucia y desaliñada, que ya no se cuida, porque no se ama. No. Esta no soy yo: ERA YO.

Y la sombra del pasado pone una fina sal en mis heridas para reabrirlas de nuevo. Me siento en la cama con la foto, que me la pondré debajo de la almohada para ver si se me pega algo de la vitalidad de esa Elisa, que está a años luz de mí.

La ansiedad es como la rodaja de un limón de un vaso de tequila, porque es con la última sensación que te quedas después de haberte quemado por dentro. Sensación ácida, que te desintegra la lengua y los dientes, que te calla tu voz y donde palpitan tus pensamientos de golpe, sin oxigeno. Tapada con la colcha fucsia de Sandra y, esto que hace bastante calor, me vuelven a entrar ganas de beber. Me remuevo nerviosa entre la sábana, pero no, hoy no lo voy a hacer. Mañana tampoco, me digo. Necesito volver a la terapia.

Esta noche, sin el alcohol de fondo, he soñado de nuevo con Nacho y, ahora, mientras abro los ojos lo recuerdo todo, porque las imágenes que he vivido me resultan transparentes. Hacíamos el traslado en lo que sería nuestro piso. Subíamos las cajas de cartón repletas de nuestras cosas en el ascensor y llenábamos nuestro hogar de cacharros personales. Los muebles ya estaban, habíamos alquilado el piso que olía a pintura, pues estaba recién pintado. Era bastante nuevo y muy acogedor. Yo misma fui la que lo elegí, porque tenía una terraza amplia con vistas a la montaña, que me irían bien, para poder pintar cuadros de acuarelas para poder exponer en un futuro en una galería.

Había acabado la carrera de bellas artes y encontré trabajo de profesora de dibujo en un instituto. Mi sueldo, sumado con el de Nacho, nos permitiría vivir sin preocupaciones y pagar aquel alquiler, que podía ser más caro, que el de otros pisos que habíamos visto, pero yo me encapriché. Le dimos un buen estreno al piso, lo he revivido en el sueño, haciendo el amor en el sofá, dejando que él me acariciara los pechos menudos con la punta de su lengua, deslizándose por mis pezones, que sobresalían como puntas de alfiler. Mi piel se volvía más rojiza, como si hubiera tomado el sol, de la fricción con su cuerpo lleno de energía. He sentido un gran orgasmo en el sueño, que ya creía olvidados, y al terminar, todavía habían partículas de placer en el ambiente. Las he podido respirar extasiada, pero los ojos de Nacho han ido deformándose, hasta convertirse en frialdad, y sus palabras, de lo nuestro no puede ser, me han herido mis oídos.

Luz ha aparecido de golpe y porrazo en el sofá, y su purpurina, intensa y multicolor me ha cegado. “Podemos hacer un trío”, me dice sonriendo y a mí, sólo me dan ganas de gritar, y arañarle la piel, porque mis uñas se han convertido en las de Ghato. Me abalanzo sobre ella para herirla con mis armas gatunas. Mi índice roza su blanca piel y se lo clavo con fuerza. Nacho reacciona y me inmoviliza, puedo sentir sus muñecas alrededor de las mías, como dos esposas, y me dice si estoy loca. La sangre brota de la herida de Luz. Una fina línea, que le he marcado en su escote, mucho más voluminoso que el mío. “Jódete, guarra”, pienso, pero no se lo digo, aunque Nacho creo que se ha dado cuenta de mis pensamientos, pues me conoce lo bastante bien, para leerlos a través de mi mirada. Al final, él me suelta, coge la mano de Luz y se van del piso por la puerta. Mientras se están yendo, Luz mueve las caderas, gira la cabeza y me dedica una sonrisa triunfal, que me entierra entre los almohadones de mi sofá.

Abro los ojos, estoy sudando, una gruesa capa de agua, que me chorra por la espalda, y por el cuello. Me levanto. Mi foto sigue debajo de mi almohada. Se ha arrugado un poco y la saco de allí. La vuelvo a poner en su sitio de puntitas, en el estante de arriba.

Sandra entra en el cuarto con su camisón negro:

¿Cómo has dormido? ―me pregunta.

Bien ―miento.

Jaime ya se ha ido a trabajar. Ven, vamos a desayunar.

Mis manos tiemblan, mientras remuevo el tazón de leche. Sandra me las coge y mis síntomas de abstinencia se detienen por unos momentos.

Sandra, hoy es martes, hay terapia de grupo, pero no sé si ir ―dudo―. Llevo tantos meses sin ir…

Lo sé. Les llamé ayer, te esperan, no te preocupes por nada. Te llevaré en mi coche y te esperaré hasta que acabes.

Sandra siempre me ha dado facilidades para seguir hacia adelante, cuando yo sólo veo grandes y empinadas montañas por escalar, ella ve la sencillez, la simpleza del día a día. Me acabo el desayuno, cereales de chocolate que me endulzan y me calman la ansiedad.

Después de comer, subo al coche de Sandra y cruzamos la ciudad. El edificio donde se hace la terapia es bastante antiguo y con restos de pintura verde pastel. «Le hace falta unas buenas capas de pintura», pienso, y entro por la puerta de cristal. Sandra me esperará fuera con su libro electrónico que ha traído para distraerse.

Entro en la sala, y saludo a Toni, Jesús, María y Luís con la cabeza. Rebeca está en un rincón con la mirada gacha, totalmente apagada. Le voy a decir algo, pero Toni se me acerca por detrás y me susurra:

No le digas nada. Acaba de perder la custodia de sus hijos.

portada3

Continuará… Haz cliz aquí para leer el siguiente capítulo