Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

A las cinco de la tarde, puntual como un reloj, Luis llama a la puerta. Me saluda y me da dos besos en las mejillas, que rebosan de felicidad. No sé por qué, pero vuelvo a sentir el palpitar de las ilusiones alcanzables, que puedo tocar si estiro un poquito la punta de los dedos. Digo adiós a Sandra, y sé que en esta mirada que me dedica, me está diciendo que vaya con cuidado.

Me siento feliz, pero a la vez algo insegura, hace tanto tiempo que no tengo una cita que no sé cómo comportarme, y al fin decido ser yo misma, sin disfraces que enmascaren mi personalidad.

La terraza se encuentra en medio de un parque. Los ocres y los marrones han empezado a cubrirlo de hojas caídas de unos grandes árboles. La luz del sol se filtra a través de ellos, que ahora están casi desnudos, y nos sentamos en dos sillas de mimbre, que son bastante cómodas. Pedimos dos cafés. El de Luís solo, y el mío con un poquito de leche condensada. La camarera no tarda en traerlos, ambos humeantes y me espero, mientras remuevo el mío a que se enfríe un poco. Mientras miro a Luís a los ojos, pienso en lo poquito que sé de él, y lo mucho que me gustaría saber. Es cinco años más joven que yo, pero la vida lo ha hecho madurar de golpe. Su madre, la única persona que tenía en su vida, enfermó gravemente y la tuvo que cuidar durante largo tiempo hasta que al final acabó muriéndose en la cama de un hospital. Al verse solo y completamente desorientado encontró en el alcohol una salvación ficticia. Pero al final, decidió por él mismo poner punto y final a su problema.

Estás muy callada, Elisa —me dice.

Y reconozco que tiene razón, ya que apenas he pronunciado palabras, desde que nos hemos visto. Pero le respondo:

Tú también.

Es que admiro tus silencios y me concentro en tu respirar.

No puedo evitar sonreír. Este chico está loco de atar, pero me está gustando. Le doy un sorbo al café y su sabor dulce y amargo me llena.

Luís, hace tanto tiempo que no disfrutaba de un buen café en buena compañía.

Y él empieza a mirar a ambos lados, a su alrededor, y me dice:

Pues yo no veo a nadie, no sé quién es la buena compañía.

Tú ―le digo directamente.

Puedo apreciar cómo sus mejillas se sonrojan débilmente, una tonalidad rojiza, que va ganando color en pocos segundos.

¿Nos lo pasamos bien anoche, no? ―carraspea Luís y cambia de tema.

Sí, ¡claro que sí! ―miento a medias.

Ayer, me doy cuenta, que sólo disfruté durante el descanso del futbolín, cuando él me dio aquel beso inesperado, todo lo que pasó antes de que él apareciera con su sonrisa, lo caracterizaría como doloroso y accidental.

¿Podríamos repetir otro día, no? ¡La casa de Toni es una pasada! Y eso, que no te habrá enseñado, todos los vídeo juegos que tiene. ¡Molan mazo! De vez en cuando quedo con él y hacemos campeonatos. ¿Te animarías a venir?

Si Toni no tiene inconveniente…

¡Qué va a tener Toni! Si él sólo quiere estar acompañado, cómo más seamos, mejor. Así no se siente tan solo, como yo ―añade.

Y yo.

Porque me doy cuenta de lo peligrosa que es la soledad, cuando no se quiere estar solo, si Sandra no hubiera aparecido en aquel preciso instante, posiblemente no lo hubiera contado. Y sé que gracias a ella, y a su marido, ahora puedo estar enfrente de Luís, porque ellos me rescataron de mi desierto de carencias.

¿Tú también te sientes sola? ―me pregunta.

Bueno, ya no. Ahora no. Pero sé lo que es eso, y no es agradable la verdad.

¡Qué va a ser agradable, si es lo peor que le puede pasar a uno! Menos mal que con la compañía, la buena, se soluciona. Porque sino más vale estar solo, que mal acompañado, ¿no dice así el dicho?

Sabias palabras ―observo.

Nos hemos terminado ya el café, han pasado más de dos horas, las farolas ya hace rato que se han encendido y empieza a refrescar.

¿Quieres venir a mi piso? ―me propone Luís―. Podemos ver una película, si te apetece

Nos levantamos de las sillas, y vamos andando al piso de Luís, porque cae bastante cerca. Vive a tan sólo tres manzanas del piso de Sandra. El piso es minúsculo y bastante minimalista en los muebles que lo componen, poco me dicen de sus gustos personales, si no fuera por un ordenador muy llamativo que tiene en el salón y muchos cedés apilados que hay en la mesita. También me fijo en la televisión de bastantes pulgadas acompañada por un home cinema. Las paredes están desnudas, sin cuadros, ni pósteres.

Acabo de pintar hace poco, huele todavía a pintura y eso que no paro de ventilar ―dice Luís mientras cierra la ventana y baja la persiana, porque se cuela bastante fresquita.

Ven, ―continúa― y elegirás la película que quieres ver.

Abre un mueble repleto de dvds originales, en donde hay infinidad de títulos que recorro con la vista.

Yo ya las he visto todas. Las compro en el videoclub cuando ya han pasado y las venden a buen precio. Hay de todos los géneros, no sé cuál te puede gustar más.

Elijo una al azar, la mayoría no las he visto, hace tanto tiempo que no veo películas, que no me acuerdo ni de la última vez que vi una. Luís se va directo a la cocina, saca un paquete de palomitas y las prepara en el microondas.

Así que eres de comedias románticas ―me dice sonriendo―. No es de las mejores que tengo, pero entretiene bastante.

Es que hoy me apetece ver algo previsible ―me excuso―. De dramas, ya hay bastantes en la vida ¿no crees? Y las de terror no me van mucho.

Pues está es bastante previsible, la típica vamos, chico conoce a chica… Pero no te digo nada más.

Se pone un dedo en la punta de los labios a modo de silencio, pone el dvd y enciende la televisión.

Nos sentamos en el sofá de color tierra y Luís lo estira para que estemos más cómodos. Mi risa se escapa ya en la primera escena, mientras como palomitas y me siento muy a gusto en este piso y con Luís. La película avanza bastante rápido y, de pronto, un final feliz nada sorprendente, me deja un buen gusto de boca.

Los créditos aparecen en la pantalla, Luís me coge las manos y me besa. Un beso tímido y bastante breve, pero mi boca se ha endulzado un poquito más. No sé si irme ya y se lo hago saber, porque ya es hora de cenar, pero él me mira con ojos insistentes mientras me dice:

Quédate a cenar. Hoy es sábado y mañana no trabajamos.

Y me da otro beso más largo, con una pizca de humedad que me embriaga. Pensándolo bien, no tengo ganas de irme ahora, que todo está empezando. Llamo a Sandra y se lo digo, además también quiero dejarle un poco de intimidad a mi amiga con Jaime, que desde que yo estoy allí más bien tiene poca. Luis calienta un quiche de verduras en el horno, nos sentamos en el comedor y empezamos a cenar.

Mi madre los hacía mucho mejores ―me dice―. Desde que ella ya no está, ahora recurro casi siempre a la comida prefabricada.

A mí me gusta cocinar.

Es que yo tengo poco tiempo, la verdad. Estoy casi todo el día trabajando, y cuando llego a casa, lo que menos me apetece es ponerme en la cocina. Voy a lo cómodo, después de pasarme largas horas solucionando los problemas que tienen los clientes con su ordenador, me siento saturado.

Mi trabajo es más relajado, hace tiempo que no pinto y lo echo de menos, por eso cocino, porque es una forma de expresar mi creatividad.

Hablando con Luis, me entran ganas de volver a tener un pincel entre mis dedos.

¿Y por qué no pintas?

Es una larga historia, el último cuadro que pinté, lo acabé tirando a la basura.

Tenemos tiempo. Me lo puedes explicar. Vamos, si quieres…

La camiseta azul, que lleva hoy Luís, se contrapone a mi cuadro rojo, que acabé rompiendo. Me acuerdo de la frustración y de la rabia acumulada que acabé sintiendo. Después de aquello, mi inspiración se detuvo, estancándose en mi cabeza, ahora inexplicablemente ha vuelto a surgir, la puedo sentir palpitando entre mis venas transportando ideas a mi cerebro.

¿Sabes lo que es una lluvia de ideas? —le pregunto.

Algo he oído de eso, pero nunca lo he sentido. Yo no tengo lluvias de esas, ¿tú sí?

Bastantes tenía, sí, hasta que se pararon.

¿Y por qué se pararon?

Cuando te rompes por dentro, cuando sientes que todo se detiene, cuando te olvidas hasta de tu nombre, la inspiración se muere, y de rebote, tú también un poquito por la falta de ella. Pero esto no se lo puedo contar a Luís, porque le tendría que hablar de Nacho y de Luz, y no quiero estropearme la velada. Me levanto de la silla, porque ya me he acabado el quiche, recojo el plato y lo llevo a la cocina. Luís me sigue.

¿Quieres algo de postre? ―me ofrece.

A ti —le digo girándome y mirándole detenidamente.

Y ahora soy la que le beso, quién le acaricio por encima de la camiseta, que no tardo en quitársela, y decididamente vamos hacia su cuarto…

Continua

El odio es un cóctel molotov, que ha rebrotado en María de una manera peligrosa. Nacho y Luz dan la última calada al cigarrillo, y vuelven a entran al bar cogidos de la mano.

Miradla ―dice María al final―. Ahora está con éste, la muy zorra.

Nadie de los cinco sabe que este es Nacho, porque no lo conocen y supongo que no entienden, porque mi mirada, lejos del odio que siente María, se ha convertido en sombría.

¿Vamos a otro bar? ¿Vamos a otro barrio? ―dice Jesús.

Si queréis podemos ir a mi casa, tengo un futbolín ―ofrece Toni.

No nos parece mal la idea, subimos a los coches, María se ha sentado a mi lado y durante el trayecto me pone al día ya que, como me salté bastantes sesiones de terapia por culpa de mi recaída, no sabía hasta que punto su hermana, convertida ahora en Luz, le había podido hacer tanto daño como me cuenta:

Se acostó con mi novio ―dice una María, que tiembla de los nervios incontrolables, que siente―. Diez días antes de la boda, en mi piso, en mi cama. Y yo, tonta de mí, que había ido al piso para poner la colcha, que nos habían regalado, me los encuentro desnudos, follando. Tuve ganas de matarlos a los dos, y si no lo he hecho, todavía no sé por qué. Y lo que más me sabe mal es que ella lo hizo parar joderme a mí. No es que estuviera enamorada de mi novio, ni nada de eso, ¡qué va! Lo hizo, porque Luz, nunca quiere, que a los demás, las cosas nos vayan bien. Cuando yo ya había salido de mis traumas adolescentes, cuando ya me había rehabilitado incluso de la bebida, cuando tenía un futuro que iniciar, debió pensar, no es bueno que a María le vayan las cosas tan bien, si siempre ha sido la gorda y la fea de la familia, vamos a quitarle el novio, porque le debió dar morbo, vete a saber lo qué pasa por su cabecita. Y ahora está con este chico, pero no durarán, ya te lo digo yo. Luz es una caprichosa, le gusta ser el centro de atención, captar las miradas de todos. Y claro, como era yo la que me casaba, había dejado de serlo y eso no le debió gustar. Pues mira, te diré que se joda, pues no ha conseguido, que me vuelva a arrastrar en la bebida, aunque la boda se haya anulado, no he probado ni una gota de alcohol. Ella sí que bebe y no es consciente, que su mundo se está tambaleando, y que acabará mal, si no lo deja.

Giro la cabeza, y veo como el coche de Ana, nos está siguiendo. Toni no dice nada, conduce silenciosamente, y al fin aparca el coche en la calle. Me he quedado con ganas de contarle a María, que este chico, era mi Nacho. Me siento próxima a ella, porque sé lo que sé siente cuando tienes que anular una boda en contra de tu voluntad, cuando todo se quiebra a tu alrededor, y cuando la bebida en mayúsculas te llama por tu nombre para que la consumas. Admiro que María haya hecho caso omiso a esta llamada, no como yo que a la más mínima, en el desierto seco de mis vivencias, volví a refugiarme en el oasis del alcohol.

Entramos a la casa de Toni, y vamos a la planta baja, porque allí se encuentra el futbolín. Él se encarga de servirnos unos zumos y nos turnamos para empezar la primera partida. Empiezo yo con Luís; María y Jesús en el otro equipo. Hace tiempo que no juego, y he perdido algo de práctica, que supongo que los demás notan. María mueve las muñecas con fuerza y mucha habilidad, y acaba marcando prácticamente todos los goles en mi portería. Cuando terminamos, es mi turno y el de María descansar y los demás empiezan otra partida. Nos sentamos en el sofá, y creo que ha llegado el momento para decirle:

María, el chico con el que estaba Luz… Es Nacho, mi ex.

Joder, tía, ¿en serio? Al lado de mi hermana, acabará mal. Ya te digo… Todo lo que toca lo acaba destrozando.

Creo que ya llevan algún tiempo juntos…

Bah… Eso es porque ella le está sacando algo, drogas, dinero, o lo que sea. Tú ex debe ser un pelele. Te lo digo de verdad. No me mires así, ¿no vas a pensar que ella se ha enamorado de él? Luz no sabe lo que es eso, sólo utiliza a las personas en beneficio propio. Si él se ha enamorado, va a sufrir.

Con las palabras de María, siento pena en un primer momento por Nacho, aunque resulte difícil de comprender. Al cabo de un rato, jugando de nuevo en el futbolín con Toni y; Rebe y Luis en el equipo contrario, pienso que si María tiene razón, Nacho lo tiene más que merecido, y una sonrisa maliciosa surge de mí. Me estoy riendo por dentro y por fuera, no necesito vengarme por todo el daño que me ha hecho, sino que a todo cerdo, le llega su San Martín. Empiezo a marcar goles, moviendo al ritmo de la música del CD que ha puesto Toni, y esta partida la acabo ganando yo. Volvemos a cambiar, esta vez descanso junto con Luís, que mientras se sienta en el sofá, me dice:

No sé por qué será, que jugando juntos, siempre perdemos y, cuando vas con el equipo contrario, me acabas ganando.

Y ríe, mientras me lo dice, una sonrisa enigmática, que le marca pequeños hoyuelos en su cara, tan cerca de su boca… Lo que me atrae de Luis, en este momento, es que sé muy poquito de él, no es un libro abierto como podría ser Toni, es más reservado, mucho más callado y nunca sabes lo que está pensando en realidad.

Pues atrévete a ganarme ―le reto.

No sé cómo ha pasado, pero un beso rápido y fugaz se ha estampado contra mi boca, que me deja sin palabras.

¿Así? ―me pregunta.

Pero no le puedo contestar, bajo la mirada, porque me cuesta aguantarla, perdiéndome en la inmensidad de sus ojos castaños, porque el miedo a un nuevo fracaso, me impide moverme, y devolverle el beso.

Luis se levanta del sofá, y se retira hacia otro lado de la habitación, y yo, me quedo sola, reflexionando sobre lo que acaba de ocurrir y mirando el cuadro, que hay colgado en la pared. Un paisaje claro con manchas delicadas y su perspectiva, tan bien lograda, me transporta al color verde de una esperanza, que todavía me queda por palpar. Los demás ya han acabado la partida, pero tanto Luis como yo les decimos que no queremos continuar y nos quedamos dónde estamos.

Luis está de espaldas a mí, puedo ver su atlético cuerpo y mi mirada se va irremediablemente a su culo, tan bien puesto, que me llena de un sentimiento que hace mucho tiempo que no sentía.

La excitación es como un cóctel de licores y frutas jugosas, que te endulzan y te empapan en donde sólo hay cabida para el deseo. ¿Elisa, te vas a quedar así perdiéndote las oportunidades que te presenta la vida? Me riño. No, no puedes quedarte en esta vida sin disfrutarla. Me levanto del sofá, voy directa a Luís y le susurro:

Me ha gustado…

Luis se gira, puedo ver la alegría de sus ojos, que siempre recordaré por haber estado sobria. Me coge las manos, las besa y me acaricia con sus palabras:

Elisa, hoy y todos los días que te veo, estás preciosa. Este corte te queda fenomenal, no me he podido resistir al poder que tiene tu boca. Sí, quiero ganarte, pero no en una partida de futbolín, quiero ganarte de otra manera. Si quieres mañana vengo a buscarte y vamos a tomar un café. Los dos. Solos. ¿Qué me dices?

Esta dulce proposición me ha agradado todavía más que el beso. Le miro fijamente y le respondo:

Sí, Luís. ¿A qué hora?

Quedamos para el día siguiente, sábado, en una terraza cerca del piso de Sandra. Ya se ha hecho bastante tarde y toca irnos de la casa de Toni. Nos despedimos todos. Subo al coche de Toni, que me llevará a casa, y le digo adiós a Luis que se va con el coche de Ana. Jesús y María también vienen conmigo. María, que ya se ha relajado bastante, acaba confesando que se lo ha acabado pasando muy bien esta noche, aunque:

No tan bien como tú, Elisa ―y me guiña el ojo izquierdo.

Continuará…

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Les he dicho a Sandra y a Jaime, que no me esperen, que esta noche salgo. Me he puesto el vestido negro con unos leggins y un collar de bisutería a juego con los pendientes. Me pongo las lentillas, que recientemente me he comprado, y me maquillo a conciencia. Parece mentira, que con todos estos simples cambios, que estoy haciendo en mi imagen, me sienta tan bien.

Me miro en el espejo, y compruebo los resultados: vuelvo a ser yo. La Elisa de antes, la de la foto de la boda de Sandra, que transmitía felicidad con tan sólo mirarla. Hemos quedado delante del edificio de terapia. No sé a qué restaurante vamos, pero nos llevarán en el coche de Toni.

Sandra, después de admirarme, me presta un bolso pequeño, porque no tengo ninguno, que me combine con la nueva ropa. Cuando llego, ya están todos esperándome. Me subo al coche de Ana con Rebe y Luis, y cruzamos la ciudad; en el otro coche van los demás. Mi corazón se acelera cuando Ana aparca delante del bar en donde vi a Nacho por última vez.

El bar en dónde nos conocimos, en donde me dio el primer beso, en donde perdí mi inocencia en los lavabos aquella noche loca tan presente en mis recuerdos. El restaurante está justo enfrente, bajo del coche y miro a través del cristal por si Nacho está por casualidad. Me da tanto miedo volverlo a ver… Pero no, el bar está casi vacío. Sólo están las camareras, y alguna que otra persona apoyada en la barra.

Entramos en el restaurante, que huele a sidra, y nos sentamos en una mesa, que tenemos reservada de madera fuerte. Me siento al lado de Toni y de María, y empezamos a charlar sobre si queremos carne o pescado, observando la carta que nos muestra un gran repertorio de manjares que degustar.

Me comería una dorada a la sal ―digo.

Pues yo un entrecot a la pimenta ―dice Toni.

Yo no sé por lo qué decidirme ―duda María a la que, cuando se trata de comida, le gusta de todo.

María está bastante rellenita, hoy se ha puesto una camiseta ajustada, que le resalta los michelines. Sus fracasos con las dietas son constantes, que siempre lamenta cuando hacemos terapia. «Hay gente afortunada que puede comer lo que quiera y nunca engorda, en cambio yo, me engordo con un simple vaso de agua», dice.

Yo también quiero dorada ―anuncia Rebe―. ¡Hace tanto tiempo que no como una!

Ya lo tengo decidido. Me voy a comer un churrasco ―puntualiza María, y sus ojos brillan con sólo pensarlo.

Buena idea ―dice Jesús―. Yo también quiero uno.

Ana y Luis se deciden por una merluza a la donostiarra. El camarero anota los segundos platos, que hemos elegido, porque de primero todo será compartido, platos para picar que escogemos entre todos.

¿Y para beber, señores?

Saca dos botellas de agua grandes ―dice Toni.

El camarero pone cara rara, pero no comenta nada. Se lleva las copas y los vasos de sidra vacíos y desaparece hacia la cocina.

Vaya ocurrencia ―le dice Luis a Toni―. Justamente ir a una sidrería.

Es que es uno de los mejores sitios de la ciudad, en cuanto a comida se refiere ―se defiende Toni―. Cuando saquen la comida, ya lo comprobaréis por vosotros mismos.

Y Toni no se equivoca, la comida está deliciosa, ha sido una buena decisión venir aquí, a pesar de que puedo observar, cómo escancian la sidra en las mesas de alrededor, cómo la gente bebe sin parar, cómo charlan acaloradamente. Siento inseguridad, que se filtra en mis movimientos dudosos. No sé de qué hablar, ni qué decir.

Me quedo callada, escuchando a mis compañeros, y pienso en Nacho, en lo qué estará haciendo a estas horas, si está en algún lugar cercano a mí, si todavía está con Luz, si en algún momento del día me recuerda, si ha llegado a arrepentirse de su decisión de dejarme. Y entre mis pensamientos, que me llenan de melancolía, quito con los cubiertos la sal gruesa que cubre la dorada, y creo que mis heridas también estarán en algún lugar de mi interior recubiertas de sal, que me escuece y me duele, pero que, a pesar de todo, cicatrizan porque se desinfectan entre el mar de las lágrimas que he vertido durante los últimos meses.

¿Estás bien, Elisa? ―me pregunta Ana.

Contesto con un movimiento de cabeza afirmativo, perdida entre recuerdos, me estoy perdiendo la mitad de la cena. Hago un esfuerzo para apartarlos de mí, y me fijo en el resto de compañeros.

En María, por ejemplo, que ha devorado el churrasco y sólo le falta chuparse los dedos que supongo que no hará por educación. En Toni, que sonríe, como si fuera el anfitrión de la fiesta, es de las pocas veces que lo he visto con la mirada tan alegre y admiro las luces de sus pupilas. Hoy está muy hablador y, sólo es interrumpido de vez en cuando, por los chistes de Jesús, que resuenan por todo el local. Luis también está bastante callado, y me pregunto, si le pasará algo o también siente la misma inseguridad que yo. De vez en cuando intercambiamos miradas de silencio, porque está enfrente de mí y yo sutilmente agacho la mirada.

Me cuesta que otro chico, que no sea Nacho, me mire. No estoy acostumbrada al juego de espejos, que pueden llegar a deslumbrarme, si no voy con cuidado.

Pedimos los postres, una tarta de manzana de la casa que me endulza el paladar, y la saboreo lentamente, la manzana está en el punto óptimo, sinceramente riquísima.

¿Un chupito? ―dice el camarero mientras recoge los platos.

Todos lo negamos, pero él insiste:

Venga, invita la casa.

Al final, el muy pesado, acaba sacando una botella de licor de manzana y los sirve, pero nadie de los seis lo tocamos. Pagamos y salimos a la calle.

¿Dónde queréis ir ahora? ―pregunta Ana.

¿Os apetece un billar o un futbolín? ―propone Jesús.

Sí —responden María y Rebe.

Aquí, en el bar de enfrente, creo que hay uno ―dice Luis.

Cruzamos la calle, yo no puedo con mi alma, porque veo como Nacho sale del bar en este preciso momento a fumarse un pitillo con Luz, que lleva un vestidito bastante corto, que le resalta sus piernas. Me paro en seco, pero él ya me ha visto, y me saludo con la cabeza. Un saludo, que hace que su pelo se mueva suavemente acompañándole el gesto. No quiero acercarme. Me he clavado en el asfalto negro y brillante. María que también los ha visto también se frena y pega un codazo a Luís para decirle:

Yo en este bar no entro, con mi hermana aquí sí que no.

Mis ojos se agrandan al oírlo, porque ¿es Luz la hermana que ha hecho siempre sombra a María? Miro a María, que tampoco se mueve del sitio, observando fijamente a Luz desde la distancia, y veo en sus ojos un odio que se enciende como el fuego…

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Continuará…

Me despierto, porque me he olvidado cerrar la ventana y una corriente de aire, que amenaza tormenta, me sacude. Ghato se ha colado en mi habitación y está durmiendo debajo de mi cama. Un trueno suena cerca de nosotros y le despierta. Miro el reloj, son todavía las siete de la mañana, pero no tengo ganas de dormir. Me voy a preparar un café bien cargado, porque hoy me espera un duro día. Es martes, dos de octubre, el cielo está nublado y no deja entrever el sol. Acabo encendiendo todas las luces, porque no veo nada a mi alrededor. Jaime no tarda en levantarse y agradece que el café ya esté preparado. Se lo bebe deprisa y se marcha a trabajar.

Sandra todavía duerme, e intento no hacer ruido para no despertarla. Ayer se quedó trabajando hasta tarde, porque tenía que entregar unos bocetos. Irremediablemente los truenos, que cada vez son más intensos, la acaban despertando. Me dice unos buenos días bostezando y, me pregunta cómo he dormido después de lo que le expliqué ayer.

He descansado bastante ―le respondo y esta vez no miento―. Si me he despertado pronto, es por el frío que se colaba por la habitación. Olvidé cerrar la ventana.

Sandra sonríe, porque sabe que soy muy despistada. La lluvia, que cae con fuerza, me interrumpe.

Hoy te llevo a trabajar en el coche y así no hace falta que cojas el bus ―me dice―. Y ponte bien guapa.

Sandra nunca me ha reñido por mi físico descuidado, y su observación me sorprende, aunque no me lo tomo mal, porque sé que tiene razón.

¿Cuánto hace que no vas a la peluquería?

No le respondo, porque ni yo misma lo sé. Me voy al lavabo y me miro delante del espejo. Mi pelo encrespado, largo y completamente abandonado. Mis labios resecos, mis ojeras marcadas, mis gafas que esconden la vida de mis ojos, mis orejas sin pendientes, mi palidez característica que resalta los puntos negros de mi nariz… La verdad es que el reflejo de lo que soy en la actualidad, que me devuelve el espejo, no me gusta para nada. Sandra, que me ha seguido hasta el lavabo, me dice:

Necesitas un cambio de imagen, porque tú vales mucho. No sabes sacarte partido.

Y decido ir a la peluquería esta tarde, después de ir a trabajar, y antes de ir a terapia. Necesito renovarme por dentro y por fuera, como una planta que necesita más tierra para poder continuar creciendo y evolucionando. Desde que Nacho me dejó, me he quedado anclada como barca sin marinero y a la deriva, ya es hora que continúe con mi vida. El duelo, que he sentido durante estos meses, merece llegar a su final.

Sandra aparca el coche frente a la academia, abro el paraguas y entro. Luz ha llegado antes que yo, y ya está desnudándose frente a mí. Pensamientos masoquistas me atormentan, ya que intento ver si tiene alguna débil marca de Nacho sobre su piel, alguna huella que le haga dejado fruto de su pasión, pero no, y enseguida desvío la mirada hacia mis alumnos, que por ellos estoy aquí, y Luz no deja de ser una decoración más del aula. Un objeto al que pintar.

Les digo a mis alumnos, que se den prisa, porque la última media hora la dedicaremos a la pintura abstracta como extra del temario. Las figuras orgánicas y el abstracto, el tema que se me acaba de ocurrir para dejar que Luz se marche un poco antes. Luz se vuelve a vestir sin protestar. Un vestido a rayas verticales, que le realzan la figura y la hacen parecer más alta, y abandona la escena, caminando con sus zapatos de tacón, que hacen ruido sobre las baldosas. Entonces yo, empiezo a hablar y a exponer mi teoría sobre el cuerpo humano y lo abstracto, para que mis alumnos no se den cuenta de mi maniobra. Ellos me escuchan atentos y al final me hacen preguntas, que no tardo en responder y les avanzo que mañana será el último día que verán a Luz para colorearla. Respiro aliviada, porque posiblemente no la vuelva a ver.

Si quiero ir a la peluquería no tendré tiempo de pasarme a casa para comer, por eso decido comerme un bocadillo de jamón york en un bar. Me pido una cocacola light para beber y siento cómo sus burbujas me estallan dentro de la boca. En la mesa de al lado, observo como cuatro chicos se están bebiendo unas cervezas, una tras otra, con su espuma y su frescor y me entran deseos de acompañarlos, pero mi conciencia frena el impulso que he sentido.

Pago en la barra lo que he consumido y entro en la peluquería. Solo pido que quiero un cambio de imagen, y lo dejo en las manos de la peluquera que, después de analizar mis rasgos y el tipo de mi pelo, se decide por sanar mi cabellera. Me corta el pelo a la altura de la nuca, y me lo peina con un aire desenfadado y moderno. Me miro y me gusto por primera vez en mucho tiempo, después me depila las cejas, más perfiladas y más estrechas; me hace una manicura francesa, y por último, me maquilla como obsequio de la casa. Cualquiera diría que tengo una cita, si sólo voy a terapia, pero lo que hecho con mi aspecto también lo considero un tratamiento intensivo.

El quererse empieza por uno mismo, si no te valoras tú, nadie lo hará por ti. Cuando salgo de la peluquería, todavía me sobra bastante tiempo para ir de compras. Hace un montón que no renuevo mi vestuario. Con el cambio de temporada, aprovecho para comprarme una falda color teja, unas camisetas estampadas de vivos colores y un vestido negro. La falda nueva y una de las camisetas me las llevo puestas, después de que la dependienta corte la etiqueta. Ando por la calle con el paraguas cerrado en mi mano, el cielo ya hace rato que se ha despejado, y en la otra llevo las bolsas de las compras que he hecho.

¡Wow! ―dice Luis al verme―. Estás estupenda.

Hace tanto tiempo que no oigo un cumplido, que me sonrojo; me quito las gafas, porque dentro de la habitación, donde hacemos la terapia, no las necesito. Mi miopía también necesitará unas lentillas para dejar apreciar mis ojos verdes. Próximamente iré a una óptica para que me las hagan.

Luis se me come con la mirada, y yo me siento al lado de Rebe, que aunque triste, parece que está algo mejor. Toni y María no tardan en entrar, los dos charlando animados sobre una serie de televisión, que no he tenido oportunidad de ver, por eso no puedo entrar en la conversación. La psicóloga, Ana, se disculpa por no haber estado ayer, la llamaron de la extra escolar que hacía su hijo, para decirle que se había caído. Nada importante. Un esguince en un tobillo, pero tuvieron que esperar largo rato en la sala de espera en el centro de salud.

Ya me han dicho que dos de vosotros, os pasasteis por aquí ―dice mirándonos a Toni y a mí indistintamente.

Sí ―dice Toni―. Sólo quería comentarte que podríamos hacer una cena. Hace mucho tiempo que no salgo. Evito ir a los restaurantes para no caer en la tentación de beber.

Yo también ―le interrumpe Jesús―. Los camareros te miran con cara rara, cuando les dices que retiren las copas de vino, y que sólo vas a beber agua.

¿Y esos menús en los que te incluyen la botella de vino quieras o no? Que acabas pagando por ella, aunque no te la bebas… ―apunta María.

La sociedad acepta como algo normal el beber con moderación, claro está, cuando te pasas, entonces te rechazan. ¡Son unos hipócritas! Está muy inculcado en nuestra cultura, pero esto de la moderación es muy relativo. Uno, dos, ¿tres vasos de vino? Al cuarto, ya te miran mal ―dice Jesús mientras se toca su barriga cervecera.

Sí ―digo yo―. En las cenas, si vas con amigos o con quién sea, te ofrecen beber. Venga, te invito a una cervecita. Y si les dices que no, encima te insisten. Venga, vamos, sólo una. Por una no pasa nada. ¿A qué no te ofrecerían con la misma naturalidad una raya de coca sobre la barra del mismo bar? ―digo yo notando, que me estoy alterando un poco.

Rebe ríe, la primera carcajada, que le oigo en bastante tiempo.

A mí me parece bien lo de la cena ―dice al final.

Ana también lo encuentra una buena idea, porque dice que será una experiencia totalmente nueva para nosotros, y decidimos salir este mismo viernes. Toni se encargará de reservar mesa en un restaurante de la ciudad. Poder divertirme, sin el alcohol de fondo, me crea un poco de nervios, porque no sé si podré, estoy tan acostumbrada a él, a la evasión que me produce, que esto de poder disfrutar de una noche sin él, me resulta extraño. Pero lo quiero probar, una prueba más para que me confirme que no lo necesito.

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