Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Frente al mar, huelo la sal que hay en el ambiente y pienso que mis heridas ya han cicatrizado completamente gracias a ella. Sé que Luis ha tenido bastante que ver en este cambio en mí. Todavía no me he podido olvidar del todo de Nacho, pero el dolor ya se ha disipado. Lo estoy olvidando poco a poco y el calor de los ojos enamorados de Luis me ayudan a pasar página y a replantearme mi vida de nuevo: lejos del alcohol, lejos de Nacho y de Luz, lejos de todo lo que significa negativo para mí.

Hemos ido a pintar, porque tenemos permiso del ayuntamiento. Clavamos los caballetes en la arena y empiezo con un poquito de teórica. Quiero que mis alumnos capten la fuerza que tiene el mar en el mes de noviembre, que se fijen en las luces, en la textura que lo compone. Hoy pintaremos una marina realista. Luego, otro día, intentaremos hacer un cuadro abstracto y más personal, a partir del realismo que aprecian nuestros ojos.

A pesar de que estamos en pleno otoño, hoy hace un buen día. El sol ya hace rato que ha salido y en medio del cielo claro nos calienta con sus rayos tímidos. Todos vamos abrigados con abrigos o chaquetas gruesas. La brisa que corre es un poco fresca. Es la que me embriaga y me hace notar más la sal, que se cuela hacia mi nariz entrando por mis fosas nasales, que la esperan con impaciencia. Les digo a mis alumnos que, si demuestran sensibilidad a la hora de crear, otro día les llevaré al puerto a pintar barcos.

Mientras miro el mar, vuelvo a sentir la fuerza de la inspiración, que me engulle y me arrastra a coger un lienzo, a pintar de nuevo derramando mi lluvia de ideas sobre él.

Y así lo hago. Mientras mis alumnos ya han analizado el entorno y lo han enfocado, me pongo en un extremo con un lienzo y dejo que mi pincel se mueva rápidamente. Expreso lo que siento en este mismo instante. Una imagen vale más que mil palabras. Es difícil explicarme con ellas, descifrar el torbellino que me atrapó a la hora de pintar ese cuadro, que ahora que ya está acabado y quiero regalarle a Sandra para que lo cuelgue en su comedor. El otro cuadro, «Sensaciones mágicas de una cueva», reposa finalmente en la cabecera de mi cama y, poco a poco, voy haciendo más personal mi cuarto.

Los días pasan rápidos, porque me dedico plenamente a lo que me gusta, a la salida del trabajo normalmente me espera Luis y, si no es así, cojo el autobús hacia su piso. Nos vemos prácticamente cada tarde y los fines de semana me he instalado en su casa para saborear los días que no trabajamos. Hacemos cosas distintas, que normalmente la rutina diaria nos impide hacer. Hablamos mucho de nosotros y, entre los dos, hemos dibujado un vínculo de complicidad que nos une. De vez en cuando, como hoy, vamos a casa de Toni a jugar con sus videojuegos o a echar una partida al futbolín.

También ha venido Jesús que ya ha terminado su jornada laboral del bufete de abogados donde trabaja y María que se ha pillado unos días de vacaciones y continúa estando algo decaída a pesar de que nos diga que está bien.

Rebe es la única que falta hoy, porque tiene visita con el asistente social para ver si, por fin, puede conseguir estar con sus dos hijos.

¿Qué le pasa a María? —le pregunto a Toni.

Nada, que Víctor la sigue presionando para que vuelva con él —me responde en voz muy baja.

¡Qué cansino el tipo éste!

Pues sí, la va a buscar al trabajo, la sigue donde va… Vamos, que la está acosando bastante y María se siente muy agobiada. Por eso, ha decidido venir hoy con nosotros, porque sabe que Víctor no se atreverá a seguirla hasta aquí.

Miro a María desde dónde estoy. Ha empezado a jugar sola a un juego de estrategia con la PSP, se ha aislado completamente de nosotros y casi no habla. Se ha vuelto a encerrar en sí misma como cuando era adolescente y Luz, su hermana, destacaba y la dejaba en las sombras. María pasaba desapercibida en las aulas soportaba en silencio el acoso, que le hacían sus compañeros de curso y el vacío que sentía al llegar a su casa.

Tengo ganas de acercarme a ella, pero algo interior, me lo impide, pues no sé cómo se tomará que intente entrar en su vida.

Por eso, de momento, me quedo donde estoy, sentada con un vaso de zumo de piña entre mis manos, con Jesús y Luis a mi lado. Veo que Toni se acerca a María y, mientras hablan de algo que no puedo escuchar, Jesús nos pregunta a Luis y a mí:

Por cierto, ¿qué vais a hacer para el puente de la Constitución?

Pues no hemos pensado en nada —le respondo sinceramente.

Yo me voy a ir con mi mujer, y mis hijos, al pueblo para que los niños vean a sus abuelos, que hace tiempo que no los ven ―nos explica Jesús.

Luis se ha quedado pensativo. Creo que Jesús, le ha dado un empujón para decirme minutos después:

Oye, Elisa, ¿te gustaría ir a una casita rural conmigo para el puente?

Esta dulce proposición, me llena de felicidad y no tardo en contestarle.

Luis, has tenido una idea magnífica ―le digo y le doy un beso cariñoso en su mejilla.

¿Eso es un sí?

Claro.

Nos levantamos todos y Jesús le dice en broma a María:

María, no nos acapares la PSP. Venga, vamos a hacer unas carreras todos juntos por turnos.

María, resignada, deja el juego en el que está jugando, y se separa un poco del grupo. Luis y Toni han empezado con el simulador y yo creo que es el momento para acercarme a ella. Y así lo hago. Lejos de preguntarle qué le pasa, porque ya lo sé, le digo:

María, este vestido que llevas hoy te queda muy bien. Te hace más delgada.

¿No lo dirás para burlarte, verdad? ―contesta ella a la defensiva.

No, María. Te lo digo en serio. ―Y es verdad porque es de un color oscuro, que le disimula sus formas, y hace que su pelo de oro destaque más.

Es nuevo, me dejé aconsejar por la dependienta de la tienda.

Pues te aconsejó bien, un día si quieres podemos ir de compras juntas.

Bueno, vale, pero yo acostumbro a ir a sitios de tallas grandes. No creo que sean para ti ―me contesta confundida.

Pues te acompaño y, si quieres, después vamos al cine, o dónde te apetezca.

¿Sabes dónde me gustaría ir? A un concierto de música. Hace mucho que no voy.

Me parece bien, aunque la que me tendrás que enseñar a bailar serás tú.

Y de la cara de María se desliza una tímida sonrisa. Después me dice:

Trato hecho.

Pues vamos. Creo que ahora nos toca hacer la carrera de coches a nosotras.

Nos ponemos con el juego y nos concentramos en él, veo que mis reflejos han mejorado considerablemente desde que ya no bebo, y me siento capacitada para sacarme el carné de conducir, que lo he dejado más de una vez aparcado.

Por la noche duermo en casa de Luis, enredada en su cama, y a la mañana siguiente, él que se ha despertado antes que yo, me sorprende con un buen desayuno y con algo más.

He tecleado «Escapadas románticas» en el Google, y me han salido infinidad de resultados. ¿Qué te parece esta?

Y me enseña un colorido de fotos de una casita rural muy cuca, que se encuentra en el corazón de los Pirineos.

Tiene hasta jacuzzi en el baño ―me dice entusiasmado―. He llamado y está disponible. ¿Quieres que la reserve?

Pero valdrá mucha pasta, Luis ―le digo.

No tanta… Está de oferta, tú no pienses en esto. ¿Quieres ir? ¿Sí o sí?

Luis no me deja responder otra opción y al final le rodeo el cuello con mis brazos. Y le digo que sí.

El tiempo pasa más lento, ahora que sé que me espera un cálido puente en los Pirineos, que espero con ansia. Al final iremos en el coche de Luis, que se ha comprado hace poco, y quiere hacerle unos kilómetros. Yo sólo me tengo que ocupar de hacer mi maleta, que dejo preparada antes de irme a trabajar y cuando acabe Luis me vendrá a buscar a casa de Sandra para emprender el viaje. Me llevo toda la ropa, que puedo hacer entrar en la maleta, y me cuesta bastante cerrarla, pero al final lo consigo.

Miro el cuadro azul y mi cama, que ya hace días que he sustituido la colcha fucsia por una funda nórdica del color del mar y, me despido por unos días de mi cuarto. Sandra y Jaime también nos han imitado, y también se irán esta misma tarde a un hotel.

Ghato se quedará solito por unos días, menos mal que el vecino del segundo B se ha ofrecido a cuidarlo.

Continuará…

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Mis oídos zumban después de lo que nos ha contado Luis. Una historia desgarradora y escalofriante, que me ha puesto los pelos de punta: su historia. Él ahora respira más tranquilo con las hojas del artículo en la mano, pero todavía tiene la mirada baja. Hemos salido ya y estamos en la calle. Nos despedimos del resto hasta la semana siguiente.

¿Quieres que vaya a tu casa ahora? —le pregunto.

Sí.

Subimos al autobús y durante el trayecto no cruzamos palabra, aunque mis pensamientos están con él. Le puedo imaginar en su infancia, muerto de miedo, mientras se tapaba con la colcha para no oír las palizas, que su padre le propinaba a su madre. Su padre bebía y la bebida le desbocaba su instinto más violento y cruel. Cuando oía la llave en la cerradura, Luis sentía un respingo intenso, porque sabía que la paz se había acabado en su hogar.

Su padre entraba, se tambaleaba, iba a la nevera, cogía otra cerveza o lo que fuera de alcohol, y mientras daba un trago largo, le decía amenazante:

¡Tú a dormir!

Aunque fueran solo las seis de la tarde y Luis cruzaba el pasillo, se encerraba en su habitación y la pesadilla empezaba para su madre. Podía oír los gritos desde donde se encontraba, pero se sentía impotente, porque con tan sólo ocho años, no podía hacer nada para librarse de él.

Un día, el padre por primera vez le pegó: un cachete que le traspasó su cara, luego se quitó el cinturón, y le empezó a dar con la hebilla. Luis no recordaba el motivo por lo que su padre había reaccionado así con él. Su madre se interpuso y la mayoría de los golpes acabaron sobre su cuerpo, y lo destrozaron. Resbaló sangre roja y brillante, que acabó por el suelo de la casa donde antes vivían.

A la mañana siguiente, su madre se armó de valor y decidió huir con Luis hacia la ciudad.

Hemos llegado a su piso y nos sentamos en el sofá.

Tengo miedo de cruzarme con mi padre algún día ―dice Luis con los puños apretados―. No sé lo que puedo ser capaz de hacer… Arruinó la vida de mi madre y la mía. ¿Sabes lo que es vivir con miedo para el resto de tus días? Por si el cabrón te encuentra. Estuvimos en varias casas de acogida, en varias ciudades, porque él seguía pistas y el sitio donde estábamos, dejaba de ser seguro.

Pero al final no os encontró, ¿no?

No. ¿Sabes la infinidad de escuelas en las que estuve? No podía hacer amigos, porque nos acabábamos yendo de allí. Y vuelta a empezar. Cuando empecé a ir a la universidad y, parecía que todo iba bien, fue cuando mi madre enfermó.

Su historia me conmueve, porque me conozco el final y sé que no es nada agradable.

La vida es tan injusta, Elisa. Mi madre, que nunca había bebido, acabó sufriendo un cáncer de hígado. Mira tú cómo son las cosas.

Le abrazo fuertemente, y su olor masculino me impregna. Siempre me había llamado la historia de Luis, hace unos días quería conocerla, pero sencillamente no me imaginaba esto. Ahora entiendo porque nunca la había compartido con nosotros. Sus explicaciones nunca eran concisas, y siempre evitaba hablar de sí mismo, pero hoy no sé por qué se ha decidido a explicármelo, y se lo agradezco por haberlo compartido conmigo.

Le beso los párpados, que tienen una ligera humedad por alguna lágrima que le ha brotado, y le hago un masaje circular en las sienes.

Sí que es injusta, sí ―digo, porque no me queda duda de ello.

Me parece que no tengo nada en la nevera para cenar ―cambia bruscamente de tema―. ¿Quieres que encarguemos una pizza?

Bueno, pero que sea pequeñita. Yo no tengo mucha hambre.

Ni yo, pero algo tendremos que comer.

¿Te apetece ver otra película romántica de esas?

Bueno, pero que sea corta. Esta noche tengo trabajo.

Acabo de pensar en el archivador, que me ha pasado la señora Fernández, y me tengo que mirar el temario del curso antes de irme a dormir, pero mi corazón se ha quedado anclado en el salón de Luis y se resiste a irse.

Vale. ―Y abre el mueble de los dvds―. Esta puede estar bien.

Llamo a Sandra para decirle que no me esperen para cenar. La pizza no tarda en llegar humeante con sus cuatro quesos, y empezamos a comerla con algo de parsimonia mientras la película empieza. Cuando terminamos de comer, juntamos las manos y así las dejamos hasta que la película acaba.

¿Te ha gustado? ―me pregunta.

Sí…

Yo también quiero hacer como el protagonista, aunque yo ya he encontrado a la chica de mis sueños.

Ah, ¿sí?

La tengo delante ―me dice directamente.

Ese cambio de actitud en él me ha impresionado.

Pensaba que eras más tímido.

El corazón no entiende de timidez cuando lucha por conseguir a la chica.

Me besa y me pierdo entre sus labios húmedos y carnosos como si el tiempo no existiera. Mis manos entran por su camiseta y le acaricio las lumbares que las tiene muy finas y noto cómo se le eriza su piel.

Luis, gracias por esta noche, pero ahora sí que me tengo que ir. Mañana cambio de clase y tengo que prepararme el temario.

Lo sé. Te acompaño.

Nos ponemos las chaquetas y salimos a la calle. Hace bastante fresco y el viento no deja de soplar. ¡Qué poquito queda para entrar en noviembre! Luis me rodea la espalda con uno de sus brazos y me acompaña hasta el piso de Sandra.

Continuará…

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Video poema Laia

12 junio, 2025


El tema del poema és la bulímia i és una crítica als que mesuren la figura de la dona fins al punt de que aquesta, per seguir les pautes i els cànons de moda, acaba malalta. El fonema treballat és el de la lletra ela per ser la lletra més prima de l’alfabet.

 

Un nuevo modelo bien proporcionado se desnuda frente a mí. Siguiendo los consejos de Toni, esta vez lo he podido elegir yo, y no he tardado en escogerlo masculino de entre un montón de currículos, que había en el despacho de la academia. Me he decido por este, porque lo acompaña de varias fotos, no únicamente con una de carné sino que se muestra, sin ningún pudor a la cámara, que capta desde varias perspectivas, su atlético e impresionante cuerpo.

Lo hemos llamado y no ha tardado en venir, con unos tejanos ajustados y una camisa blanca con el primer botón desabrochado. Es bastante moreno de piel, pero su torso, que no tarda en enseñarme, no muestra ningún vello, sino que está perfectamente depilado. Las alumnas de la clase no tardan en admirarlo entre risitas, que fluyen de entre sus dientes, cuando el modelo se quita los pantalones y, ante mi mirada severa, se ponen a trabajar sin hacer ningún comentario más.

Roberto tiene tan sólo veinte años, pero se siente seguro de su cuerpo o eso aparenta. Es bastante alto, más de metro noventa, y todo está en perfecta proporción. Tiene unas manos grandes, con los dedos bastante delgados y mi imaginación, mientras ando por la clase, no para de volar ya que pienso, que sería una experiencia totalmente gratificante el poder perderme entre su anatomía. No me he equivocado. Toni tenía razón, ya que trabajas al menos alégrate la vista siempre que puedas.

Suficiente he tenido con corregir los retratos de Luz y valorarlos, y creo que no he sido demasiado objetiva con las notas, que les he puesto a mis alumnos. Ahora, si hacen un buen trabajo, les voy a compensar. Creo que ya me han puesto algún mote, porque algo me ha parecido oír cuando he entrado en la clase, y mis alumnos han callado de golpe al verme.

Mientras admiro el cuerpo de Roberto, les hablo de las proporciones, y de la manera que tienen que reproducirlas en el cuadro, todo es cuestión de técnica y les doy algunos consejos para que así sea. Hoy la mañana me pasa rápida, y como un plato combinado en el bar de la esquina de la academia, porque los lunes también trabajo por la tarde. Una clase teórica sobre la luminosidad, que no tardo en dar por finalizada. Son las seis de la tarde cuando salgo de la academia, cojo el autobús y enciendo mi móvil en el corto trayecto. Veo que Luis me ha enviado un mensaje que no tardo en leer: «Todavía sigo pensando en ti. Hasta mañana.» Y mi corazón se endulza con sus palabras, si soy sincera mientras he trabajado no he pensado mucho en él pero ahora, que ya no tengo nada más que hacer, recuerdo todo lo pasado este fin de semana, y todas las buenas sensaciones que me ha causado. Tengo ganas de volverlo a ver, y sé que mañana, a esas horas, lo tendré frente a mí, con la brisa de su sonrisa que marca sus hoyuelos en su cara, agujeros que me gustaría recorrer con la punta de los dedos.

Entro en el piso de Sandra. Ghato se está lavando con su lengua áspera y da un brinco al oír abrirse la puerta. Le he asustado. No tarda en ronronear, y le abro una lata de sardinas, porque debe tener hambre. Me ve, cuando se la pongo delante no tarda en devorarla y cuando acaba, maúlla con más fuerza cómo dándome las gracias. Saludo a Sandra, que está trabajando, y entro en mi cuarto para no molestarla. Ha llegado el momento de enviarle un mensaje a Luis desde mi móvil y así lo hago: «Yo también. Me has inspirado para volver a pintar. Besos.»

Contemplo mi cuadro ya seco que me transporta a la tórrida cama de Luis, y pienso en colgarlo si Sandra y Jaime no tienen inconveniente en la cabecera de la mía.

Martes, vuelvo a estar en la academia con Roberto que sigue posando para la clase. Llaman a la puerta y es la directora, que me dice si puedo pasarme un momento por su despacho, cuando termine. Evidentemente le digo que sí, pero me pregunto qué narices querrá, si ha habido quejas sobre mí, y un repertorio de negativas, que me ponen nerviosa. Hoy, después de esto, casi no me fijo en el modelo, Roberto sólo es un mueble estático del que ya no disfruto. Cuando suena el timbre, recojo mis cosas, ayudo a los alumnos a limpiar lo que han ensuciado, y me voy directa al despacho con la boca bastante seca. Llamo a la puerta con mis nudillos y la abro. La directora, una mujer bastante mayor, con arrugas en la cara, me sonríe, y se marcan más sus surcos profundos. Me dice que me siente, y así lo hago, inconscientemente, cruzo las piernas, porque estoy tensa, y mi espalda se ha vuelto bastante rígida.

Elisa, primero de todo quiero felicitarte por tu trabajo, estamos muy contentos de ti, y de tu labor que todos apreciamos.

Al oírlo me relajo, descruzo las piernas, la miro con cara de alivio y continúo escuchándola con atención.

Como ya sabes, Mario es bastante mayor y se acaba de pedir la jubilación anticipada por motivos de salud. Hemos pensado que puedes cubrir su puesto, si te parece bien. Tendrías que salir al aire libre con tus alumnos para pintar la naturaleza. Estarías seis meses de prueba, y quién sabe, puede que al final te hagamos fija.

Estoy a punto de dar un salto, pero me controlo. Me parece estupendo, se acabaron los modelos, los paisajes siempre me han atraído mucho más que los retratos. Noto como la vida me está sonriendo en el terreno laboral, y siento un colosal gozo en el cuerpo. Le doy gracias a la directora y le digo que sí, sin pensármelo dos veces.

Una última cosa, como vas a empezar a mitad de curso el temario ya está definido. Échale un vistazo esta noche ―me dice alargándome un archivador―. Mañana empiezas ya, tienes que llevar a tus alumnos a pintar una marina.

Me parece correcto, la playa está cerca de la academia, y hace mucho tiempo que no la piso. La última vez que fui, lo hice con Nacho e, irremediablemente, me vuelvo a acordar de él, de su bañador, y de su toalla. Aparto mis pensamientos de mi mente cómo puedo y le digo.

Esta noche me lo estudio, gracias, señora Fernández.

De los nervios, casi no puedo ni comer. Mi amiga Sandra me ha felicitado y estoy radiante, cobraré más, porque las horas estarán mejor pagadas. Y esto de ser fija en un futuro, me produce una gran satisfacción. Cuando acabo de limpiar la cocina, me arreglo a consciencia, y me voy directa a la terapia.

Llego antes por si Luis ya está, y podemos hablar un poquito a solas antes de que lleguen todos. Pero todavía no ha llegado. La que sí está, es María que se me acerca, y me saluda. Empezamos a charlar y le doy la noticia de mi ascenso. María sonríe por primera vez desde que la he visto, y veo que está algo rara, más distante, diferente.

¿Qué te pasa, María? ―le pregunto.

Nada que Víctor, mi ex, ayer apareció en mi vida y me dijo que quería volver conmigo.

¿Y tú que le dijiste?

Naturalmente que no. Que se lo hubiera pensado antes de utilizar su polla con Luz.

¿Y se fue?

Bueno, se quedó un rato insistiendo. Pero al final, se largó.

¿Y tú cómo estás?

María se encoge de hombros.

Bien ―dice al final―. Segundas partes nunca fueron buenas.

Ya no le pregunto más, porque acaban de llegar los demás.

Luis se me acerca y me dice un hola cariñoso, acariciándome un mechón rebelde de mi pelo. Se disculpa por haber llegado tarde, pero me cuenta que ha tenido un problema técnico de última hora con uno de sus clientes más importantes. Entramos todos y nos sentamos en círculo. Ana dirige como siempre la terapia. Hoy nos entrega unas fotocopias y nos pide que las leamos en silencio. Leo para mis adentros el grande título, que acompaña el artículo: «Alcoholismo y genética.» ¿Estamos más predispuestos los tolerantes al alcohol a caer en el alcoholismo por culpa de un gen? Acabo de leer el artículo, miro a mi alrededor y veo que la cara de Luis es todo un poema. El primero en hablar es Jesús:

¿Esto significa que mis hijos tienen más posibilidades en caer en el mismo error que yo? —pregunta alarmado.

Todos empezamos a hablar a la vez y Ana acaba poniendo orden. Luis sigue callado, con la mirada baja y las mejillas encendidas. Le susurro al oído, qué le pasa, pero no me responde. Al final, cuando cada uno ya ha expuesto su punto de vista personal siguiendo los consejos del orden que ha puesto Ana, le toca el turno a Luis, que se aclara la voz, y dice muy serio:

Este artículo me ha hecho pensar en mi padre.

Continuará…

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A través de los espejos del cuarto de Luis, me abandono a un sinfín de sensaciones imparables, que recorren mi piel y me hacen estremecer. La ropa ha caído poco a poco sobre la cálida moqueta azul celeste, y ambos, completamente desnudos, yacemos sobre la cama que es bastante grande. Me gusta explorar su cuerpo con mis manos, mi boca y mi lengua y él hace lo mismo conmigo.

Luis recorre mi cuerpo con sus labios carnosos, y se detiene en mi lunar que tengo de nacimiento en el ombligo, me mira con ojos llenos de deseo y se desliza para abajo. Mientras disfruto de sus caricias ardientes, puedo verme en el espejo, que ocupa prácticamente toda la pared. Es realmente excitante comprobar cómo tu cara pasa del anhelo al deseo, del deseo a la excitación, y de la excitación al placer intenso, que me abarca largamente, y se ha instalado en mi sexo cálido para quedarse. Al cabo de un largo rato, se coloca un preservativo y los dos danzamos sobre la cama, acoplándonos y disfrutando del momento. Él está sobre mí, el espejo me devuelve la óptica de su culo tibio que acaricio con mis manos, agarrándome a él, mientras siento oleadas como volcanes en erupción en mi interior. Cambiamos, me abalanzo sobré él y, sé que ahora, quién tendrá la imagen de mi culo, será Luis. Me acaricia los pechos, y me sorbe los pezones duros, que están creciendo dentro de su boca.

Gemidos más agudos y jadeos más graves invaden el ambiente, vapores calientes, que salen de nuestra boca, que desgarran el aire más frío de la habitación. Una corriente eléctrica nos sacude el cuerpo y entre finas convulsiones nos abandonamos, siento como una aureola de fuego me cubre entera que poco a poco va volviéndose transparente hasta que al fin desaparece. Estoy exhausta por todo lo que sentido con Luis, y mi alma, que se ha visto reflejada en el espejo durante todo el encuentro, se queda en este cuarto por un largo tiempo más. Es tarde ya, me acurruco entre sus brazos, y me duermo.

Me despierto desorientada y no sé dónde estoy. Estoy sola, y poco a poco, voy recordando a Luis y sus labios sobre mí. Domingo, las diez de las mañana señala mi reloj. Me levanto, enciendo la luz, recojo mi ropa, que todavía está en el suelo, y descalza, busco mis zapatos hasta que al fin los encuentro. Salgo del cuarto de Luis, el piso está totalmente silencioso y me voy directa al baño en donde hay un poco de vapor, el aire huele a él, a su fragancia masculina fresca y penetrable y mi nariz agradece este aroma. Miro el gel que usa, una botella gris, que está mojada con gotitas de agua, y me imagino la espuma recorriendo su piel. La destapo, la huelo y me pongo un poquito entre mis dedos. Su textura es densa y color azul mar, después de tenerla un rato entre mis manos, me las enjuago debajo del grifo. Observo la espuma de afeitar, las cuchillas, el peine, el cepillo, y la pasta de dientes y por último unos frascos de perfume. No sé cuál de todos llevaba ayer y me decido a olerlos todos hasta que por fin, un spray de metal cilíndrico y plateado, me transporta de nuevo al recuerdo cálido de la cama. Sonrío delante de la luna del baño, y me lavo la cara para después secarme con una toalla. Segundos después, oigo cómo se abre la puerta de la entrada, salgo del baño y me encuentro los ojos de Luis que me lanzan una sonrisa al verme.

¿Ya te has despertado? He ido a la panadería a comprar el desayuno ―me dice mientras deja una bolsa de papel sobre la cocina—. ¿Quieres café, leche, quizás un té?

Un café, gracias ―le digo.

Enciende la cafetera, que tarda poco en calentarse, y prepara dos cafés con dos cápsulas. Vamos hacia el comedor, yo con los cafés y él con la bolsa de papel, que no tarda en abrir. Unos cruasanes, ensaimadas, y magdalenas de chocolate es lo que hay en su interior. La verdad es que tengo bastante hambre y, mientras pego sorbos lentos al café, mordisqueo una magdalena, que tiene pepitas de chocolate por fuera, y una fina crema en su interior.

Están buenísimas.

Son mis favoritas ―dice Luis mientras se seca la boca con una servilleta de papel.

Lejos de conocernos demasiado, comparto con él la opinión de que esas son las mejores magdalenas, que he probado. «Ya tenemos algo en común», pienso. Quiero hablar más con él, desmenuzarlo con mi mirada de ojos alegres, pero él se me adelanta.

¿Te lo pasaste bien ayer? ―pregunta.

¿Tú qué crees? ―respondo y dejo entrever el brillo de mi iris.

Sonríe, una sonrisa amplia y en sus ojos aparece un destello, que me enciende. Pero sé que después de desayunar, me tengo que ir, Sandra estará preocupada, porque no le he dicho nada más. Miro mi móvil que está en silencio, y veo que tengo dos llamadas perdidas de ella. Me acabo el café y le digo:

Luís, ahora sí que me tengo que ir. Gracias por todo.

Me levanto de la silla, él pone cara de decepción y su cara se ensombrece.

¿Nos vemos el martes, pues? ―le digo.

Sí, ¡qué remedio!

Y me besa, un beso fresco en dónde percibo el aroma de su pelo suave, que acaricio con mis dedos. Por último, me coge firmemente la barbilla para que lo mire directamente a los ojos para decirme:

Pensaré contigo mientras tanto.

Y yo… ¡Y yo! Pero no se lo digo, abro la puerta, me voy con pasos contentos y mientras ando, siento que vuelo. Ando rápidamente las tres manzanas, que nos separan, para meterme en el edifico anaranjado de Sandra. Subo hasta el ático con el ascensor, abro la puerta con mis llaves y entro. Ghato me mire con sus ojos hipnóticos y se alegra de verme.

¡Elisa! Pensaba que te había pasado algo ―me dice una Sandra preocupada.

No, ya me ves, estoy perfectamente, puedes comprobarlo por ti misma.

Podrías haberme dicho que no vendrías a dormir ―me riñe―. Pensaba que… ¡oh, madre mía! No sabes la de imágenes, que me han venido a la mente esta noche.

¿Creías que había vuelto a beber, no? Tranquila, no lo he hecho, esta noche no he tenido tiempo de pensar en el alcohol.

Y me doy cuenta que, por vez primera, no lo he necesitado, y me siento muy satisfecha, pero entiendo a mi amiga y sus miedos. He sido tan inestable en los últimos tiempos, que tiene sus motivos para desconfiar de mí.

Voy a llamar a Jaime, había salido a buscarte, a ver si te veía perdida por algún bar. Yo me he quedado en casa por si volvías.

Y coge su teléfono y marca el número de Jaime rápidamente. Me siento mal conmigo misma, por haberles ocasionado tantos quebraderos de cabeza.

Perdóname, Sandra ―le digo mientras me siento a su lado―. He pasado toda la noche con Luís. Ha sido maravilloso.

Ya veo —dice mi amiga y la veo de nuevo sonreír—. Quiero los detalles.

Le hago un resumen emocionada de mi velada, y ella me escucha atentamente, y puedo ver como respira de alivio.

¿Sabes qué? He vuelto a sentir ganas de pintar, Sandra. Y todavía no me han desaparecido. Esta tarde voy a dedicarla a la pintura.

Esto es estupendo, Elisa.

Después de comer, preparo las pinturas, el caballete, y un lienzo nuevo. Lo preparo en mi cuarto, porque ha empezado a llover y no se puede estar en la terraza, pero no quiero, que la inspiración, que llevo dentro, se detenga. La tengo que materializar de alguna forma. Miro los diferentes colores de mi paleta y elijo diferentes tonalidades de azul, que voy mezclando para alcanzar diferentes sensaciones cromáticas. Creo unas olas de mar que enmarcan los tejanos azules de Luis, su camiseta azul eléctrico, la moqueta azul celeste, la colcha azul turquesa… No me importa abusar de este color que me produce tranquilidad y me ha sanado mis heridas, que lentamente se han ido cerrando.

Luis es el azul juvenil y enigmático que me acoge, en el centro dibujo unas sombras grises que simbolizan mi cueva oscura y profunda, donde Luis ha entrado esta noche, haciéndome sentir tan completa, que no he necesitado nada más que a él. Observo cómo me ha quedado el cuadro y me gusta lo que he transmitido. No me queda más remedio que titularlo como «Sensaciones mágicas de una cueva».

Continuará…

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