Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Enero desemboca en un mes en el que no paro de hacer cosas al lado de Luis, de Susana, y por mí misma. Estudio la teórica del carnet de conducir para sacármela cuando antes, y realizando test con el ordenador de la Autoescuela.

Me paso el mes pintando cuadros, animada por Susana. Quiere que vuelva a exponer en el restaurante, porque me dice que dejé con ganas de más a los clientes, que apreciaron el torbellino marino. Así lo hago. Pinto sin parar en los tiempos libres, aducida por una fuerza, que me impulsa a sacar lo mejor de mí misma. Incluso la señora Fernández se impresiona al ver mis cuadros que, por falta de espacio en el piso de Susana, acabo trasladando a la academia.

¿Eso lo has pintado tu sola? —me pregunta alzando las cejas, gratamente impresionada.

Sí, claro. ¿Con quién más lo tendría que pintar?

La señora se encoje de hombros, pensativa, y guarda silencio por unos instantes, sopesando sus palabras, escogiendo las adecuadas.

Elisa, en tus cuadros reflejas partes de tu alma…

¿De eso se trata, no?

Sí, pero, es como si reformaras todo lo aprendido. Lo vuelves del revés con cuatro pinceladas, renuevas el espíritu de quién lo mira. O admira, mejor dicho. Sigue así, Elisa, ¿no te has planteado nunca exponer en una galería?

Me sonrojo y nerviosa le respondo casi sin pensar lo que estoy haciendo en el restaurante de mi prima Susana.

Pero eso es una exposición a ciegas. Los clientes compran sin saber de quién es la obra. Elisa, tú te mereces algo más. Una exposición con tu firma.

Mi firma, mi imprenta, mi mancha, mi sueño. Asiento dudando hacia dónde me llevará esa conversación.

Elisa, me han llegado voces de tus alumnos y de sus padres. Están muy contentos de cómo les enseñas. Tus alumnos tienes suerte de tenerte como profesora. ¿Estás contenta de estar aquí?

Sí, claro —le respondo sin dudarlo completamente sonrojada.

Pero mereces algo más. Voy a recomendarte a mis contactos. No lo suelo hacer, pero me ha impresionado tu arte. Posiblemente recibas una llamada en pocos días. No desaproveches esa oportunidad, si te parece bien salir del anonimato. La decisión es tuya.

La cabeza me da vueltas, y siento un poco de mareo. Es una emoción, que me recorre. Nunca pensé que mis pinturas llegaran más allá de mí misma.

Tus pinturas muestran esa diferencia que se busca en cada autor. La imprenta personal del autor. ¿Por qué pintas, Elisa?

No le contesto, guardo silencio. El quid de la cuestión, quedaría mal decirle que lo hago porque sí, porque me va la vida en ello, porque es una forma de expresarme, de sentir. Nunca busqué la fama, pintar es como volar en el paraíso de la sensación, el poder en tu mano que arrastra el pincel hacia una impresión.

Porque la pintura me ciega ―le contesto al final, expresando una frase que me arrepiento nada más vocalizar, por ser demasiado impulsiva.

Eso mismo, Elisa, rompiendo fronteras ―me sigue la conversación la señora Fernández―. Original hasta la médula. Eres joven, una pequeña promesa en el campo de la pintura. Te queda todavía un largo camino por recorrer, sigue, no te rindas nunca. Vuela, experimenta.

Los ojos de la señora Fernández se han vuelto cansados de golpe, como si ella con sus consejos, retrocediera a su niñez y juventud. Me intriga lo que intuyo, y me atrevo a preguntarle.

¿Usted también pintó?

Sí, pero en el momento inapropiado —me dice lentamente como única contestación―. Fundé la academia para formar a jóvenes promesas. Nunca me arrepentí de ello. Sacrifiqué a mis musas por las de mis alumnos, más fuertes, con más voz. Y ahora me encuentro aquí, animando a una joven profesora a que labre su camino en esa incierta profesión.

Gracias.

No las merezco. Te lo digo de verdad.

Me marcho de allí con el corazón acelerado, embutido en un recipiente más pequeño, que me hace retumbar con cada latido. Mi mente vuela mientras me dirijo a la terapia. Martes. Nos vamos a reunir todos ese día para comentar lo pasado en las Navidades. 15 de enero, mitad de mes.

María está esperando en la puerta con Toni. Ni Luis ni Rebeca todavía han llegado. Jesús aparca el coche con pocos movimientos y pienso que pronto yo también llevaré el mío propio. La pintura de la fachada verde pastel se cae a trozos, cada día un poquito más y me propongo proponer a Ana, la psicóloga, arreglarla en primavera. Me ofreceré como voluntaria. Le podríamos dar un toque más personal, y en el muro pintar un mural entre todos. Sensaciones de lo más hondo, porque nos estamos rehabilitando día a día.

Al fondo, un hombre bastante alto se está acercando con pasos inseguros. Con la mirada fija en el suelo, observo sus pies demasiados estrechos. Me acelero en comprobar que Paquito nos está haciendo una tímida visita. Es un primer contacto, el de los valientes, los que reconocen y toman el toro por los cuernos. Le saludo con una sonrisa, que se va ensanchando cuando confirmo que me reconoce.

Hola Paquito ―le saludo.

Hola ―me responde con una voz diferente a la que me tiene acostumbrada.

Viene sobrio, tocando de pies en el suelo, con la ropa planchada y limpia. Sin exagerar, diría que impecable. Cómo cambian las personas con unos pocos atuendos, pero en el fondo siguen siendo las mismas.

Te has decidido a venir ―le digo.

Sí, la autodestrucción no conduce a ningún lugar.

Luis llega y observa nuestra conversación desde la distancia. Puedo intuir cómo suspira, se acaba acercando y me planta un beso, marcando territorio. Me río entusiasmada. Rebeca llega por la acera de enfrente, cruza la calle mirando a derecha e izquierda.

La última, como normalmente ―comenta al ponerse a mi lado―. Pero llego a tiempo, puntual. Ya podemos subir. Ana nos estará esperando arriba.

Subimos las escaleras hasta el piso donde se imparte la terapia. «Somos un grupo, que poco a poco va creciendo», pienso. Paquito, mi invitado, se sienta a mi lado. Luis en el otro lado. Ana entra en la habitación y nos saluda a todos. Como sabré después, Paquito llamó al teléfono que le dejé en la mesita, y lo derivaron a nuestro grupo. Hoy le toca presentarse, se levanta y empieza con esas palabras:

Hola, me llamo Francisco, Paquito para los amigos ―puedo entrever como me guiña un ojo mientras pronuncia su diminutivo―. Estoy aquí supongo que por lo que estáis todos vosotros. No controlo. Antes lo hacía, era parco con la bebida y me servía para entablar relaciones con los demás. Mi historia va de una Red, pero no de una cualquiera, de la Red de Redes: Internet. Así fue cómo conocí a Nadia. Resumiendo os diré que nos enamoramos. Ella vivía en Chile, cruzó el charco por mí, y se puso a vivir conmigo junto con sus dos hijos, fruto de otra relación. ¡Qué bien nos los pasábamos los cuatro! Pero… la añoranza de su tierra pudo más.

Nos mira a todos y continúa con su historia:

Un día me encontré una nota de despedida en la mesilla de noche. Nadia se fue, despareció, y enterró cinco años de relación. Luego me enteré que, por Internet, se había comunicado con el padre de sus hijos y había decidido volver con él. Me sentí utilizado, y me quedé sin nada. Sólo la bebida fue entrando en mi vida, sin tan siquiera enterarme. Me hizo perder el trabajo. Era conductor de autobuses y, cómo comprenderéis, una cosa es incompatible con la otra. Por eso ahora pido limosna en la estación en la que antes trabajaba. Mis compañeros ni me reconocen, o si lo hacen, se apartan. Soy un apestoso borracho. Pido limosna para beber y evadirme del todo este asco….

Su voz finalmente se quiebra. Damos por finalizada su historia y le damos la bienvenida calurosamente. Uno más, otro que se va a esforzar, y va luchar contra una adicción que te resta, y te anula como persona. Pero la solución se pinta de esperanza esta tarde, con todos los colores que le propongo a Ana para hacer un mural entre todos nosotros. Ana dice un sí rotundo a mi propuesta.

Continuará…

portada3

La aparente normalidad pinta de nuevo mi vida. Se acabaron las vacaciones navideñas. Madrugo más de lo normal, porque el piso de Susana está en un barrio de la periferia de la ciudad, bastante lejos de la academia. Cojo otro autobús del que estoy acostumbrada y, mientras me encuentro en la estación, mis ojos rebuscan sin poderlo evitar la persona de Paquito. No está. Supongo que, a esas horas tan matutinas, todavía no habrá bajado a pedir limosna.

Estará durmiendo, soñando o no, lamentando su destino o rozando la inconsciencia, totalmente perdido. No sé lo que me hace pensar tanto en él, si no le conozco de nada. Es un desconocido, que ha chocado en mi vida. El autobús pasa cerca de su piso, por una calle perpendicular residencial. Miro por la ventana empañada. Fuera hace frío. Me he abrigado a consciencia, porque la academia no estará ambientada en cuanto a calefacción se refiere por las vacaciones.

No me equivoco. Al entrar por la puerta principal, un escalofrío debido a la humedad me cala. La señora Fernández ya está en su despacho delante de un ordenador. Me acerco a ella y la saludo con cortesía. Sus ojos se alegran de verme. Me sonríe cosa que hace que sus arrugas se profundicen con todo su esplendor, y algunas más aparecen a la vista. Al abandonar la sonrisa, que dura pocos segundos, su cara vuelve a su estado original.

Estoy haciendo una base de datos con el material, que compraste en «La cometa pintada» para darlo de alta ―me indica.

¿Está todo en orden, no?

Puede ―contesta con una ligera duda en su voz―. Lo único que hay material, que no deja darlo de alta. Misterios de la informática. Al guardar, no lo guarda y se borra la información.

¿Has probado en reiniciar? ―Porque en cierto modo recuerdo que es una de las primeras cosas que se hacen cuando los ordenadores hacen de las suyas.

Sí, lo primero que he hecho, pero no se trata de eso. La informática me hace perder demasiado el tiempo. Agilizar, dicen. ―Me mira con una postura irónica.

En teoría sirve para eso.

En teoría ―contesta con otra sonrisa, esta vez más irónica todavía―. Me parece que hoy no lo voy a conseguir. Mira, lo dejo, no quiero ponerme nerviosa.

¿Quiere que la ayude?

Apúntalo todo en esa libreta como hacíamos antes y el stock que tenemos de cada cosa.

Me pasa una libreta de piel de color marrón. Me dispongo a ir contando el material, poco a poco. Queda todavía para empezar la clase.

Esa faena le corresponde a la secretaria ―comenta la señora Fernández―. Ella es la experta. Seguro que a ella no se le atrancaría el ordenador, pero está de baja, como sabes, tiene que guardar reposo debido a su estado. Un embarazo de alto riesgo.

Si no nos damos prisa, se nos acumulará la faena.

Hasta que venga la suplente, sí. Pero, tranquila, no tardará en llegar. Mañana cómo muy tarde estará aquí. Viene de fuera y su currículo es muy completo. Tiene dos máster, uno creo recordar en nuevas tecnologías.

«Es lo que ahora se estila, un máster después del esfuerzo de una carrera para aferrarse a un mísero empleo, muy por debajo de tus posibilidades. Pero un empleo al fin y al cabo, para subsistir e ir tirando», pienso.

¿Sabes? ―me comenta la señora Fernández―. Estamos de innovación, renovarse o morir. Estas vacaciones hemos ido incorporando ordenadores en cada clase y también hemos creado una nueva aula para dar una asignatura de arte digital.

¿Ah, sí?

¡Huy, sí! –continúa emocionada-. Arte en tres dimensiones, diseño de logotipos y demás. Todo al orden del día. No nos podemos quedar atrás con la competencia que tenemos, ¿no?

Claro. Es una buena idea. ¿Y ya tenéis candidatos para impartir las clases?

Sí, un profesor y una profesora. Matías y Judith.

La señora Fernández mira el reloj para decirme segundos después.

No tardarán en llegar. Están citados dentro de quince minutos. Elisa, ve a tu clase y enciende tu ordenador. Ve contando el material que compraste. Si necesitas una estufa de refuerzo para hoy, dile a Matilde que te preste una. En el armario del pasillo hay de sobra.

Me dispongo a ir a mi clase. Enciendo el ordenador y mientras se va encendiendo, voy contando los distintos pinceles, pinturas, lienzos y demás que configuran el material, que compré en «La cometa pintada».

Pienso en Sandra y en lo bien que le hubiera ido ese empleo. Hubiéramos sido compañeras de trabajo, y no se hubiese tenido que aventurar a ser freelance, porque tenía muy pocos pedidos. Los inicios siempre cuestan. Pienso en que ahora no tendrán la ayuda que les pasaba cada mes en concepto de alquiler de mi habitación. El embarazo de la secretaría me hace pensar en el embarazo de la propia Sandra. ¿También será de riesgo? Mi mente no para de pensar mientras el ordenador ya está a punto. Me salen distintas ventanas de actualizaciones de diferentes versiones. Voy aceptando todo y el ordenador se va actualizando. Pienso en Sandra y en mi torbellino, colgado de nuevo en su comedor. O, quizás, en donde vive Nacho ahora. Ni sé dónde es, ni quiero saberlo. No quiero volverme a cruzar con ninguno de los dos. Que la fuerza de mi mar los apague, que no vuelvan a mi vida, que desparezcan de ella definitivamente.

Adiós, Sandra, adiós.

Adiós, Nacho, adiós.

Repito mentalmente.

Mi móvil suena y me arrebata mis pensamientos por unos instantes. Es Luis. Contesto al instante.

¿Cómo te va, princesa?

No puedo evitar alegrarme al escuchar su voz.

Bien, aunque…. Necesito tu ayuda ―le digo.

Soy todo oídos para ti.

Hay una base de datos que se nos resiste.

Le explico el problema que hemos tenido con la señora Fernández.

Oye, prueba a hacerlo con tu ordenador.

Lo intento y voila, la información de la base de datos por fin se consigue grabar.

Luis, ya funciona ―le digo emocionada―. ¿Cómo lo has hecho?

Claro, lo más seguro que se debía a un problema de actualización de la versión del programa, que estáis usando. Al decirme que estabas actualizando tu ordenador, he intuido que en el tuyo te dejaría hacerlo.

Gracias, eres un cielo. Cuelgo que tengo faena.

De acuerdo, yo también. Te vengo a buscar a la salida.

No sé a qué hora acabaremos hoy. Yo diría que más pronto, porque el primer día las clases se suelen hacer más cortas. Es un primer contacto y la explicación del curso. ¿Y si me paso yo?

Como quieras, corazón. Yo terminaré a la misma hora de siempre.

Su contestación me gusta. Por primera vez presiento que conoceré su ambiente de trabajo. Una pieza más que necesito encajar en la vida de mi novio. Toni sabe mucho más que yo. Yo también tengo derecho a irle desmenuzando, a conocerle en cada parte de su vida. O la que él se deje. Creo que soy la única del grupo, que todavía no se ha acercado a SIATA. Me propongo hoy ir hacia allí.

Las clases empiezan. A la mayoría de los alumnos ya los conozco del semestre anterior. Unos más buenos que otros, unos con más habilidad artística pero, en definitiva, la mayoría destaca, y por eso están aquí dando lo mejor de sí mismos. La señora Fernández inaugura el semestre con unas palabras, que todos escuchamos con atención. Nos presenta la nueva aula y la visitamos. Me doy cuenta que han habilitado una vieja aula que ya no se usaba, reformando con gusto. El arte digital, los píxeles: los puntitos de los millones de colores, todo un mundo por descubrir. Algunos de mis alumnos se quieren pasar a las nuevas tecnologías y me lo hacen saber después. Pienso, apenada, que algunos de ellos los perderé, sin poderlo evitar. Les paso a los que quieren continuar conmigo una agenda con el programa del curso, las distintas salidas, que están programadas y, les indico que estoy abierta a toda clase de sugerencias.

Cuando acabamos y me reúno de nuevo en la sala de profesores, conozco a Matías y a Judith. Aparentemente jóvenes, más o menos de mi edad. Matías lleva coleta, Judith un piercing en la nariz, son las dos cosas que destacan más de su figura. Me estrechan la mano. Hablamos un poco, antes de dar el día laboral por finalizado.

Subo al autobús y me dirijo a SIATA. Es un lugar más grande de lo que me imaginaba. Una chica muy mona me saluda con educación. Es la nueva secretaria. Lleva un traje chaqueta impecable de color verde mar. Me espero en la sala de espera a que Luis baje. Le envío un whatsapp al móvil para decirle que ya estoy esperándole. De un ascensor van bajando trabajadores, clientes, gente con traje o sin él, ejecutivos ocupados y otros ociosos; subiéndose al carro de las nuevas tecnologías.

Luis no tarda en contestarme. «Tardaré. Estoy en una reunión, creación de nuevas aplicaciones para móvil. Espérame en casa, cielo mío».

Decepcionada, me levanto de la silla de diseño donde me he acomodado. La secretaria me saluda con un breve movimiento de cabeza y regalándome una sonrisa dentífrica. Me pregunto si habrá hecho un máster, donde le enseñen a sonreír así. Cambio mis planes, y me dirijo a la autoescuela a matricularme. Enero empieza con nuevos propósitos, que iré incorporando en mi vida. Cambio de hábitos, también decido apuntarme a un gimnasio para ponerme en forma, como el resto de los mortales, que empiezan un nuevo año. Lo primordial será la constancia, y mantenerlo al finalizar el año. «Mi capacidad y perseverancia son grandes», me digo. Voy a conseguirlo, y los ánimos me llenan de profunda satisfacción con tan solo imaginarlo.

Continuará….

portada3

 

 

Luis misteriosamente me cita en su apartamento. Acudo enseguida, y cuando le tengo delante, observo cómo su pequeño enfado del otro día se ha evaporado por completo.

Obviamos hablar del tema de Paquito, aunque pienso en él y, más que nada, en lo que será de su vida. No ha llamado, cómo me indicó Luis, y evito darle la razón. En el fondo también pienso que todavía es pronto y que posiblemente, Paquito esté sopesando en dar el paso, que le lleve a dejar definitivamente la bebida. Si es que llega a hacerlo. Si es que de verdad se lo plantea.

Es difícil agarrarse a la primera mano que se te acerca. Lo más seguro es que, al despertarse, no se acuerde de mí, ni de Luis, o que lo vea como fruto de una alucinación, y que, la tarjeta, que le dejé en su mesilla de noche, no le diga nada más que un número de teléfono al que no llamará. Se necesita mucho valor para hacerlo. Dudo que Paquito lo tenga. «No pienses en él, Elisa», me digo.

Concéntrate en Luis y lo que tiene que decirte. Se le ve ilusionado y quiero saber el por qué. No tardo en saberlo. Luis me venda los ojos con el pañuelo, que llevo alrededor del cuello, no sin antes preguntarme si puede hacerlo. Me rindo a sus encantos afirmativamente.

Me dirige hacia un cuarto, todo es oscuridad debido al pañuelo, que me impide ver lo que Luis me pone en las manos. Una caja, me parece palpar. Quiere jugar. Me mordisquea el lóbulo de la oreja y va bajando por mi cuello, libre, sin pañuelo. Me dejo besar. Gimo suavemente a sus caricias. Está siendo muy cariñoso. Ha encendido el equipo de música y una canción inunda la habitación. Aprecio los instrumentos, saxofones me invitan a excitarme ante tanta sensualidad. Luis no habla, solo me besa, y me abraza. Disfruto del momento, intento poner la mente en blanco, dejarme llevar, aunque estoy intrigada por la caja que reposa en mis manos, suave al tacto, aterciopelada.

Después de un largo rato, Luis me quita el pañuelo y me indica con voy enigmática:

Ábrela.

Le hago caso. De la caja de terciopelo granate sale un pequeño sobre. Le interrogo con la mirada. Luis entorna los ojos y me sugiere:

Ábrelo. Aquí tienes mi regalo de Reyes para ti.

Me besa la mano delicadamente. Rasgo el sobre por un extremo, me encuentro con una tarjeta más pequeña. Cuál es mi sorpresa al comprender que se trata de un juego: un raspa y gana con tres casillas.

Piensa bien qué casilla rascar ―me indica Luis―. Tengo tres regalos escogidos especialmente para ti. Solo uno podrás disfrutar.

Le sonrío y me pregunto de qué película habrá sacado tan original idea. De qué argumento estoy formando parte, de qué sueño voy a despertarme de un momento a otro. Estudio el panel, Luis me tiende una moneda de un euro para que raspe una casilla. Derecha, centro e izquierda ante mí. Una tarjeta personal, decorada con gusto, con tres casillas tapadas con pintura acrílica, para que no pueda ver. El amor es ciego, después de meditarlo como si mi futuro dependiera de ese trozo de papel, me decido a rascar la casilla. Antes de hacerlo, Luis, me pregunta:

¿Estás segura?

Le digo que sí, y raspo la casilla central. Lo que veo en su interior me sobresalta agradablemente el corazón: «Vale por la estancia de un fin de semana en una casita rural».

Le rodeo con mis brazos y le beso apasionadamente. Luis, excelente romántico y soñador, me devuelve el beso, aunque aprecio algo de decepción en ese beso. No sigue mi entusiasmo cómo debiera. Se apaga un poco a mi ritmo frenético. Al cabo de poco, sé a qué se debe la apreciación de mi sexto sentido.

Hubiera preferido que hubieses raspado otra casilla, Elisa ―me confiesa.

Le interrogo con la mirada.

¿Cuál? ―le pregunto al fin.

La derecha ―me susurra con el aprecio de una cierta emoción en sus palabras.

No le hago caso y raspo la izquierda. «Vale por una suculenta caja de las mejores magdalenas», me hace partirme de la risa, que estalla en su habitación.

Esa sí que no me la esperaba ―le digo entre risas.

Luis también sonríe, y sus besos se hacen más intensos. Sin decirle nada más, ahora raspo la casilla de sus sueños. Una súplica en las palabras de la casilla, me hacen que la tarjeta se escape de mis dedos: «Vente a vivir conmigo, por favor».

Me pregunto qué hubiera pasado si hubiera elegido ésta. Si me hubiese visto obligada a ceder.

El azar ha decido esta vez ―dice Luis con la mirada, que se cuela por la rendija de mis pupilas.

Se hace tan intenso mirarle, que parpadeo un par de veces como si se me hubiese metido algo en el ojo. Una pestaña quizás, una lágrima se desliza por mi mejilla. Luis la aparta y la besa.

Nada va a impedir que disfrutemos de un fin de semana. Solos. Los dos, ¿verdad? ―me pregunta con una voz pícara.

Claro, Luis ―le digo.

¿Ni tan siquiera el cruel destino?

Tú y yo. Juntos. Somos más fuertes.

Luis no dice nada más por un largo rato, en el que se dedica a amarme. Me impregno por su olor intenso, penetrante, a perfume de aquel bote plateado cilíndrico, que tiene en su cuarto de baño.

Quiero despertarme a tu lado, cada día ―murmura lentamente―. Siento ser tan pesado, pero esa es la verdad.

Mi corazón aprieta al bombear mi sangre. En ese instante, llena de él, consigo decirle a duras penas, porque mi voz se atranca entre palabra y palabra:

Yo… también.

Luis me besa. Mis dudas se aceleran. Tengo miedo de precipitarme con mi decisión. De decepcionarlo a los dos días. De que él tenga que partir hacia un lugar privado de libertad. Evidentemente pienso en la cárcel, en lo incierto, pero…. ¡cuánto le quiero! Me estoy precipitando, cayendo, saltando por el precipicio. Disfruto de la caída en ese instante. Toco el suelo con mi cuerpo y es acolchado. No me he hecho daño. Estoy aquí. Sigo en pie.

¿Cuándo iremos a la casita rural? ―le pregunto tratando de afincarme en el regalo, que me ha tocado en su rifa de amor.

Para Semana Santa, este año toca pronto. A finales de marzo.

Sí, queda poco. El segundo trimestre me pasará volando.

Y se acabaron las vacaciones, pienso. Mañana vuelvo a la Academia, cargada de energía. He conseguido volver a pintar.

Yo también espero que me pase rápido ―dice Luis―. Aunque…. Hasta el día del juicio, no estaré completamente tranquilo. Soy libre, sí, pero estoy viviendo ya en una cárcel. La de lo incierto.

Le abrazo casi ahogándole. Le beso. Le intento dar los ánimos con fuerzas, que me salen de lo más adentro. Es lo único que nos queda. La fuerza, que lucha contra los mil matices de incertidumbre, que existen a nuestro alrededor.

Continuara…

portada3

Y entro en la recta final de narrar y contar la historia. Ya nada me impedirá acabarla. «La sal de las heridas» entra en sus últimos capítulos y como muestra de ello os dejo este vídeo dando en primer lugar las gracias a todos los que me habéis acompañado en la aventura de escribir una novela como amateur. Sin vuestros ánimos, críticas y palabras, no existiría. Y en segundo lugar dejo el protagonismo a Elisa, la voz cantante de la historia, sin ella esta historia no hubiese sido posible.

Minutos después, en los que los segundos han pasado lentos, con la mirada de Susana escrutándome lentamente, esperando una respuesta, que no ha obtenido a su pregunta. El gesto que ha tenido Nacho me hace torcer la boca en una mueca de disgusto. A lo mejor a otra mujer le halagaría, pero a mí su dinero actual no me importa lo más mínimo.

Nunca olvidaré cómo empezamos, sus esfuerzos por pagarse los estudios, hincando los codos para conseguir una beca. No lo tuvo fácil, contando el poco dinero que teníamos para regalarme un sueño: poder vivir juntos en un apartamento de alquiler. Escatimando en cosas superfluas, y ahorrando moneda a moneda, para labrarnos un futuro. Nuestros estudios nunca estuvieron en juego, sabíamos lo importantes que eran.

Quiero pensar que Nacho trabajó el tiempo en el que no lo dedicó al estudio. La sombra de Sandra y su tiempo libre se dirige a mí como mariposa a mil por hora, sobrevolando y dictándome ingenuidades. Pero no estoy para pensar, el gesto de Nacho ha patinado sobre la pista de hielo de mi corazón, que ya se había endurecido a fuerza de golpes. Qué narices buscan, por qué les cuesta tanto decirme adiós, y olvidarse de mí. Cuesta desprenderse una del pasado, cuando los demás compran tus sentimientos plasmados en forma de cuadro. «No estoy en venta», me digo y, al final, acabo pronunciando esas mismas palabras a Susana.

No estoy en venta, Susana. No lo estoy.

Y reafirmo mis palabras con un gesto digno y contundente con una de mis manos.

Lo sé ―me dice Susana abrazándome.

Y su abrazo sabe a terciopelo de melocotón. Me dejo rodear por esos brazos familiares que, en ocasiones, tanto he echado de menos.

¿Sabes? ―le digo cuando mi interior se ha calmado―. No sé por qué tú y yo nos distanciamos tanto si siempre hemos querido lo mismo.

¿Y qué es eso mismo que queremos las dos? ―me dice Susana con un ápice de duda en sus ojos.

Crear ―le respondo con contundencia―. Tú, tus manjares; yo, mis cuadros. Pero siempre alzar la creatividad por encima de todas las cosas.

Ya ―me responde una Susana irónica―. Será eso.

¿En qué me equivoco, prima?

En la idea principal, no ―me contesta y se aclara la garganta cómo si me fuera a decir algo trascendental.

Susana duda, se rasca la nariz, me mira quizás algo temblorosa. Y luego, el silencio vuelve a cubrirlo todo de gris.

¿Qué te pasa Susana? ―le pregunto con la siembra de la duda en mis ojos.

Pero Susana se levanta, y no dice nada más. Sus manos acarician su delantal con sus iniciales bordadas de azul celeste, y me hacen pensar que ese delantal es tan viejo como nosotras. Aquel verano en que aprendimos a coser, porque nuestras madres se entestaron en que aprendiésemos algo de provecho.

No sé por dónde andará el mío. Mis iniciales no me quedaron tan estilizadas como las tuyas ―le digo por decir algo y romper ese silencio, largo e incómodo, que ha quedado.

Eli… Sí, quizás deseé lo mismo que tú por un largo tiempo ―me responde al fin de manera delicada.

La miro confundida. No sé qué me está queriendo transmitir, pero ha empezado a hablar, y el pincel de su alma está decorando la mía con palabras, que a lo mejor no tengo derecho a escuchar.

Lo deseé taaaanto, taaaaaanto tiempo ―me dice alargando las palabras como si cantara―. Ya no tuve ojos para nadie más. Desde el primer verano en que lo vi, me robó el corazón y algo más.

¿De quién me hablas Susana? ―quiero saber.

De Nacho, Elisa. De él, y nada más que él. Yo también fui una más en su larga lista. Me robó un beso en las fiestas del pueblo. Fue mi primer beso, saboree su lengua larga y tendida. Una víctima más en su red, tú aquella noche no saliste, dolores menstruales me parece recordar.

Oh sí, ¡lo recuerdo! ―contesto sorprendida―. O sea que…. Mientras a mí me dolían los ovarios a más no poder, tú estabas de fiesta lingual con mi novio, ¿Susana?

Y Susana, sin bajar la mirada, me contesta afirmativamente.

Susana, ¿y por qué?

Pero, lejos de envolverme con otro silencio de los largos, Susana contesta rápidamente.

Porque es irresistible, por eso mismo, Elisa. Nunca más he estado con nadie y ha llovido a cántaros desde entonces. Las comparaciones son odiosas, y nunca ningún chico me pareció que estuviera a su altura. Mi enamoramiento se ha pasado de la raya, llevo años de sequía. Hace poco quedé con alguien. Nada, un encuentro fugaz, de esos a los que últimamente recurro. Su lengua me supo a esparto y no es la primera vez que me pasa. Recuerdo los labios de Nacho, recorriendo los míos, debajo de las estrellas de aquella mágica noche. No sé por qué te cuento todo esto. Pero fue así, y así me sentí. Su princesa por unos breves instantes. Pero el hechizo se rompió al día siguiente. Me salió rana. Él volvió a reunirse contigo, y aquí no ha pasado nada, y tan amigos.

Sí, amigos… ―repito para mí misma.

Y sí, ya sé que ha llegado el momento de olvidar y todo eso. Ya es suficiente, basta de sufrir por un hombre. El olvido tendría que ser más corto que lo otro, ¿no crees?

Sí, claro.

Pues eso, ahora ya sabes por qué en esta casa no hay hombre, ni pareja, ni mascota, ni nada que se le asemeje. Sola, así estoy. Bueno ―rectifica en unos instantes― ahora contigo, prima. Pero tu volarás, tienes proyectos con Luis. Os merecéis el uno al otro, aunque os peleéis de vez en cuando.

Nacho me ha quitado mi torbellino marino, Susana ―le digo―. Lo estará admirando con su Sandra.

Que la fuerza del mar se los lleve a los dos ―dice una Susana transformada.

Sí, lejos de mí, lejos de ti…

Prima, pide algo este año a los Reyes, tienen que venir bien cargados por una vez.

Ya pedí doce deseos con las uvas, Susana. No quiero ser abusona. Me quedo con la amistad ―le digo tendiéndole la mano.

Susana me la acaricia con sus manos, que son toda suavidad.

No llores, tonta ―le digo a Susana―. No te voy a recriminar cosas del pasado.

Susana se sacude un par de lágrimas con sus manos.

Cuánto le amé en silencio, Elisa. Tanto que me quemé entera.

Cuánto le amé en público, Susana. Tanto que me abrasó su traición.

Somos dos hogueras del querer. El cuadro rojo que reposa secándose, inclinado en la pared, es el único testigo de nuestra confesión. Ghato se acerca a nosotras, reclamando algo de cena. Su pelo mullido me roza los tobillos.

¿Qué quieres cenar, Susana? ―me ofrezco.

Poca cosa, nada de hambre tengo. En la nevera hay algo para Ghato, dáselo.

Me acerco a la nevera y encuentro un plato con boquerones. Ghato aparece rápidamente y le pongo el plato que lo huele con ahínco. No tarda en devorar hasta que no quedan ni los restos.

Continuará…

portada3

El desorden reina en el apartamento de Paquito. Numerosas latas de cerveza invaden el suelo, ropa sucia y arrugada se esparce por mi vista. El caos domina el comedor y el resto del piso.

Paquito se sienta en su sofá y, nos invita a hacerlo a nosotros con una sonrisa tímida. Luis hace una mueca de rechazo, pero al final y, al verme a mí cómo me acomodo, me imita. Sé que no me lo va a perdonar, que se piensa que estoy loca, y me susurra si voy de hermanita de la caridad o qué… Adentrarme en las entrañas del apartamento de Paquito me sirve para recordar cómo era mi vida hasta que logré escapar de la cadena, que proporciona el alcohol. Encadenada y con los ojos vendados, aferrada al calor ficticio del beso de una copa. Desinhibida y al poder, para dejar de ser yo, para olvidar que no sabía divertirme sin un trago que navegaba por mis venas, dirigiéndose al cerebro, borrando lo que quedaba de mí.

Ay, Paquito, mirándote veo un reflejo de mi misma. Es como mirarme en el espejo del tiempo pasado del que he conseguido escapar. Por suerte.

Mi mirada se dirige a una fotografía, que preside el comedor. Una fotografía que creo que ha bailado en los ojos de Paquito repetidas veces. La fotografía de una mujer con dos niños. No me atrevo a preguntar, porque presiento que la historia va de distancias inoportunas. Los ojos de Paquito menguan al sorprenderme mirando la fotografía y balbucea algo ininteligible. Algo que no acierto a comprender, porque no es necesario que me diga que ya no existe compañía en ese hogar. Paquito se levanta y tintineando va hacia la cocina. Oigo como abre la nevera y el paf de una lata de cerveza al abrirse.

Nos hemos metido en la boca del lobo, Elisa ―me susurra Luis―. Vayámonos ya, por favor ―me suplica.

Pero yo me quedo recordando la mirada de cordero de Paquito. Me dirijo a la cocina, le cojo la lata con un movimiento firme, y se la tiro por el fregadero. Paquito se sorprende, pero me ha visto tan decidida, que no se atreve a rechistar.

Paquito, ―le digo― es el momento de aprender a decir no.

El hombre no responde. Se ha quedado pensativo y le dirijo a su dormitorio.

Ten ―le insisto por segunda vez, con una tarjeta del grupo de terapia en mis manos―. Te la dejo en la mesilla de noche. Ven, duerme, Paquito. Mañana será otro día.

Paquito se duerme enseguida y Luis y yo abandonamos su apartamento. Mientras bajamos las escaleras Luis ironiza sobre mi comportamiento:

Solo te ha faltado cantarle una nana, Elisa.

Hago oídos sordos a sus palabras en un primer momento, porque capto un poco de celos en ellas.

Luis, a mí me ayudaron, ¿vale? ―le digo al fin―. Creo que Paquito también se lo merece.

Luis calla y no dice nada más mientras me lleva al piso de mi prima Susana. Ese silencio es como una copa vacía por donde retumba mi alma. Aunque comprendo el temor que ha tenido Luis, y su ligero enfado, que ensombrece su expresión, sé que lo volvería a hacer.

Durante el trayecto pienso que tan pronto suba a mi dormitorio voy a pintar. Lo necesito. Tender mi mano al pincel, que exprese el mutismo, que rompa el silencio, que ayude a personas como Paquito.

¿No lo estarás idealizando? ―me pregunta Luis al despedirse sin darme un beso.

No―le contesto sosteniéndole la mirada.

No llamará.

Luis, nos vemos mañana. Te llamo.

Luis asiente, y soy yo la que me acabo acercando, y plantando un beso en sus labios. Él entorna los ojos al sentir el contacto de sus labios sobre los míos.

Ya sola, preparo las herramientas, que me permitan volcar mis sentimientos en ellas. Quiero que el rojo presida este cuadro, quiero conservarlo y no tirarlo a la basura. Ese rojo tan diferente de la camiseta de Nacho ya olvidada, el taburete de Luz quebrado e irónico, la lucha que he vivido con pasos firmes me tiene que permitir ayudar a otras personas que se encuentren en mi situación pasada. Pongo la radio para envolverme de música mientras pinto. Me dejo llevar, arrastro mis manos por el lienzo, pintando con las dos manos.

Ambidextra ―oigo a Susana que admira mi pintura detrás de mí.

No la he oído entrar y me asusto al oírla, dando un respingo.

No te asustes ―me dice con una dulce sonrisa―. Tengo que felicitarte, Elisa. Tu cuadro del torbellino marino encantó a todo el mundo.

Me sonrojo inevitablemente.

Y se vendió… ―dice entregándome un cheque.

Cuando veo la cifra me siento desfallecer. Es mucho más de lo que me hubiese imaginado. Me apoyo en la pared, buscando el aire, porque la habitación parece que haya menguado.

¿Quién fue? ―le pregunto por curiosidad―. ¿La mujer aquella con el vestido en palabra de honor?

Susana no contesta en un primer momento, luego le oigo decir:

Siéntate, Elisa. Es mejor que te sientes.

Vamos a la cocina. La miro interrogante todo el rato, hasta que empieza a soltar las prendas, que me desnudan.

Elisa, tu «amiga» Sandra vino antes de empezar la inauguración. Suplicó que le devolviera el cuadro, me dijo que se había encariñado de él, que significaba mucho para ella. Pero, no se lo vendí. Se fue de allí llorando, completamente rota. Empezó la inauguración, la gente empezó a admirar las obras y a degustar nuestros platos…

Y alguien de allí se lo quedó, ¿no?

No, Elisa. Mientras Luis, tú y yo, estábamos brindando por el inicio de nuestros sueños, alguien llamo por teléfono ofreciendo una cuantiosa suma de dinero por tu cuadro.

¿Cómo? ―me tiembla la voz en la pregunta.

Sí. El señor Pino ofreció quince mil quinientos euros por el cuadro.

La respiración se me agita, porque Susana no tarda en añadir:

Tu Nacho, Elisa. Él fue quien ha comprado el cuadro.

Ya no es mi Nacho ―logro pronunciar mientras la cabeza me da vueltas.

Lo sé, Elisa, pero… ¿no me dirás que no ha tenido un gran gesto?

Continuará

portada3