Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Una oleada de agua fría me salpica inundando toda mi alma. La frase pronunciada entrecortada de Toni, me ha dejado petrificada, como los árboles desnudos, que hay enfrente de su casa. Permanezco inmóvil, asimilando las duras palabras de mi amigo, y mis ojos, escrutando los suyos, poco a poco se bañan, porque mis lágrimas retenidas durante horas ahora se han decidido a salir. Una vez brota la primera, numerosas la siguen, imparables, deslizándose con fuerza por mis finas mejillas. Lloro con una mueca de sorpresa en mi rostro. Mi boca entreabierta no puede cerrarse, porque se ha quedado así del impacto sufrido, del susto espantoso, que da paso al terror absoluto. Mi parálisis poco a poco se convierte en temblor, y las lágrimas vienen acompañadas de sollozos, que chillan desde mi garganta. Mientras siento como tengo los puños apretados con mis nudillos en profunda tensión, tengo ganas de descargarlos sobre alguien y mis manos cerradas chocan contra el torso de Toni, pegándolo repetidas veces, sin parar, diciéndole:

¡Me dijiste que había sido un accidente! ¡Un maldito accidente, joder!

Toni no se inmuta de mis golpes, porque están cargados de debilidad, de sollozos, de desgarro interior y me deja hacer hasta que, cuando poco a poco me voy tranquilizando, sus brazos me rodean. Su ropa huele a leña. Un penetrable olor, que me indica que donde estoy hace frío, aunque yo no lo sienta, porque he dejado de sentir, que es tiempo de estar al lado de la chimenea, acurrucados en el sofá y tapados a poder ser con una manta gruesa.

Elisa, ―me susurra― entra y te lo explico.

Y sus manos me dirigen hacia su comedor, donde el fuego repiquetea con la leña, lamiéndola, carbonizando, polvorizando. Mis pasos vacilantes, e inseguros, acompañados por los suyos, me dirigen hacia el sofá donde me siento para que Toni me despeje mis dudas, que son muchas, pero una parte de mí no lo quiere escuchar. Quiere quedarse en el pueblo, con mis padres y mi familia, antes de la llamada, cuando desconocía todos los detalles que sé que vendrán a continuación. Toni que se ha sentado a mi lado, tose, se aclara la voz y empieza explicándome lo acontecido en las últimas cuarenta y ocho horas.

Elisa, Luis llevaba unos días nervioso por su trabajo…

Mi mirada ante todo demuestra sorpresa, pues en ningún momento se lo había notado. Y Toni continúa, relatándome otra parte de mi novio, que desconocía por completo, como si me hablara de otra persona alejada a mí.

Habían cambiado la imagen corporativa de la empresa y renovado su página web, junto con su blog, para hacerlo más personal, más humano. En la pestaña de «Quienes somos» salían sus nombres junto con una foto de cada uno de ellos. Luis llevaba días angustiado, pero no se pudo negar a aparecer en esta ventana al mundo, pues estaba en juego su empleo.

Y su padre lo encontró… ―Musito con resignación.

Sí, así es. El viernes día veintiuno por la mañana, se presentó en la empresa y habló con la secretaria. No mintió, dijo que era un familiar de Luis y que quería sus señas, porque se había perdido por la ciudad y creía que no tenía bien la dirección. La secretaria se las dio en el acto…. Luis no se encontraba en la empresa estaba… Bueno, eso ya no importa, estábamos eligiendo regalos navideños y, comprando comida para la cena de Nochebuena. Se había tomado el día libre y lo pasó conmigo. Hablamos, le dije si necesitaba algo a lo que respondió que no y nos despedimos. El lunes por la mañana, te acompañó a la estación de autobús… y luego se fue a trabajar. La secretaria le preguntó si había recibido alguna visita en su casa, pues un hombre de mediana edad, calvo y con gafas se había pasado por allí preguntando por él diciéndole que era un familiar. Luis ya no estuvo tranquilo en todo el día, pues no tenía trato con ninguno. Se vino a mi casa, me contó su angustia y yo le tranquilicé lo mejor que pude, porque pensaba que este hombre se habría confundido. Estuvimos hablando de ti. Hacía escasas horas que te habías ido, y ya te echaba de menos, le dije que te llamara y así lo hizo. Cuando colgó sus labios dibujaban la mayor sonrisa, que le he visto en la vida, pues la angustia que sentía se había esfumado. Tú le habías dicho que le querías y eso fue la mayor alegría que había tenido en años. Luego fue a cambiarse de ropa… A su casa… Pasaron las horas y no venía. María y yo ya habíamos preparado la cena y él que se ha había ofrecido a colaborar no venía. Menuda cara, pensé…. A las diez y media recibí una llamada en mi móvil de Luis, pidiéndome a gritos que fuera a su apartamento. María se quedó, algo había pasado, y gordo, pero como lo desconocía por completo fui yo solo…

¿Y qué te encontraste, Toni? ―Pregunto con desazón.

Llegué, la puerta del apartamento estaba abierta de par en par y Luis en un rincón del recibidor agachado, fregando el suelo con un trapo a todo gas. Es inútil, Toni, me dijo, por más que frote no se va. Cuando me di cuenta vi que eran manchas rojizas. Luis se levantó y reparé que llevaba la camisa manchada de sangre. Me asusté tanto, Elisa, no sabía a qué se debía todo aquello… Al cabo de poco lo vi, un cuerpo en el fondo del salón… Me ha forzado la puerta el muy cabrón, me dijo, Luis. Cuando Luis llegó a su casa, su padre lo estaba esperando cuchillo en mano, Elisa…

Los pelos de mi piel se me erizan, atónita por todo lo que estoy escuchando.

Luis, después de discutir con él, de esquivar sus golpes y cuchilladas, cogió la única arma que tenía en su piso… Un paraguas con la punta de hierro… Se lo clavó en el cuello, la sangré empezó a brotar y su padre se desplomó partiéndose la crisma con la mesita de cristal.

¿Y qué hicisteis?

Luis quería deshacerse del cadáver y que lo ayudara…. Me lo suplicó, arrodillado cómo estaba en el suelo, fregando los restos de su propia sangre y la de su padre pero… No pude, Elisa, la situación me sobrepasaba. Así que llamé a la policía y a una ambulancia desde el balcón, mientras Luis creía que estaba llamando a María para decirle que nos íbamos a retrasar. Me comprendes, ¿verdad? ―Y me mira como pidiéndome perdón, necesitando un hombro para poder consolarse.

Asiento, pero una pregunta que lleva rato golpeándome en las sienes, porque me resisto a preguntarla acude a mis labios.

¿Dónde está ahora Luis? —Pregunto mientras siento mis miembros muy pesados, de plomo.

En el hospital, pero no nos dejan verlo, Elisa. Pronto pasará a disposición judicial. ―Y un par de lágrimas se deslizan hacia la comisura de sus labios―. Tú hubieras hecho lo mismo, ¿verdad?

Después de un largo silencio, que se ha instalado entre los dos, saco de nuevo mis fuerzas para decirle:

Hiciste lo correcto, Toni.

¿Confías en la justicia, Elisa?

¿Legítima defensa, no?

Y es que mis dudas ahora naufragan entre charcos tenebrosos, donde la balanza de la justicia, que me ha enseñado Luis, me llevan a la deriva…

Continuará…

portada3

El coche de mis tíos bajaba por la carretera muy lentamente. Mi tío Pepe, por precaución, había esperado hasta las doce del mediodía para partir para evitar más que nada las zonas sombrías plagadas de hielo, que posiblemente inundaban el camino a primeras horas de la mañana. Susana no había acabado de cantar el «Noche de paz», que era el villancico que seguía al «Campana sobre campana», había quedado interrumpido por mi conversación con Toni, que me había dejado profundamente alterada.

Aunque Toni había intentado con todas sus fuerzas calmarme y decirme que Luis se encontraba estable, su indicación, que me sonó más como una orden, de que me pasara antes por su casa, que ir directamente al hospital, me demostraba que no me estaba diciendo toda la verdad en sus palabras que me sonaron blandas y cargadas de tópicos reconfortantes. Sabía que realmente se escondía algo más de lo que me estaba contando por teléfono. Algo oculto y sombrío, que me decía mi instinto interior de mujer. Hablamos durante escasos minutos en los que Toni, ante mi voz de alarma, de que le había pasado a Luis con su coche, me dijo que no había sido con el vehículo el accidente, que se trataba de otra cosa que ya me contaría, pero que estuviera tranquila, que Luis se encontraba bien.

Fue una noche agitada, en la que mi madre me preparó una tila doble mientras les contaba a mis familiares que Luis era un amigo especial. Mis lágrimas se agolpaban a mis ojos, pero era incapaz de hacerlas brotar, pues el dolor que sentía era tan grande, que se habían paralizado en mi interior y las sentía allí, estancadas, fuertes y poderosas por su sal que me hería como ácido en ebullición, quemándome y sintiendo en mi fuero interno que no podía perder a Luis, que el destino no podía ser tan cruel para lanzarme esta hecatombe, que me había caído como una losa de granito, aplastándome y hundiéndome otra vez en mi pesar desdichado.

¿Un chorrito de anís o agua del Carmen? ―Me preguntó mi tío Joaquín más que nada para ayudar que por otra cosa, porque para él las infusiones siempre debían estar acompañadas por algún licor, y sobre todo, si se tomaban por un disgusto.

Negué automáticamente con mi cabeza con las pocas fuerzas que me quedaban. Lo único que tenía claro era que, a pesar de las dificultades, no volvería a beber y me aferré a este pensamiento, porque formaba parte de nuestro pacto, de la complicidad que tenía con Luis, de la promesa que no iba a romper, de nuestra unión, y recordé mi última conversación con él, mis últimas palabras habían sido «Te quiero». Una confesión que me había salido del alma y se la grité a los cuatro vientos, porque a pesar de que muchas veces me había mostrado con él esquiva, que había preferido a mi ex. Hoy y sólo hoy sabía que mi futuro estaba con él y quería amanecer cada día a su lado.

Mi tío Joaquín cerró el mueble bar cabizbajo después de esconder la botellita del agua del Carmen, que sabía que mi madre de vez en cuando bebía cuando pasaba alguna desgracia en el pueblo. Mis familiares fueron desfilando, prometiéndome que al día siguiente, me llevarían a la ciudad de nuevo. Fue mi tío Pepe quién se ofreció a llevarme junto con su mujer y mi prima Susana, mientras mis padres se quedarían con mi primo Paquito.

No pude levantarme de la silla para darles unos besos de despedida, porque algunos posiblemente tardarían en verme. Me quedé allí, sentada y anclada al asiento, mientras todos se levantaban y se iban. Mis padres, después de haberles acompañado a la puerta, volvieron a mí y me intentaron tranquilizar con sus palabras, que me sonaban distantes, espaciadas por la distancia, que no había, porque mi mente ahora revivía los instantes pasados con Luis, mi novio, palabra que nunca antes había pronunciado refiriéndome a él, pero que ahora sentía la necesidad de decirla con todas sus letras.

Sus juegos de espejos castaños, que empezaron a deslumbrarme en la sidrería; su beso casto, que me dio en casa de Toni envalentonándose y abandonando su timidez característica. Su dulce proposición de querer que formara parte de su vida; sus películas románticas que servían de excusa para que, por un momento, me sintiera como parte de sus protagonistas; sus desayunos completos para empezar el día con fuerzas; su protección y cariño al acompañarme hasta la puerta del piso de Sandra; su espera paciente antes mis negativas y vacilaciones; su olor tan intenso, que sólo me conducía al deseo absoluto de perderme entre su cuerpo y olvidarme de todo por unos instantes. Sentada todavía en la silla, reconocí que habían sido los meses más placenteros de toda mi vida, porque Luis se desvivía por mí y me colmaba de atenciones sin esperar nada a cambio.

Eli, necesitas acostarte ya ―me dijo mi madre.

No puedo, mamá. Sé que no podré dormir ―le contesté todavía clavada en la silla del comedor.

Mi madre se levantó, fue directa a la cocina, volvió con una caja de pastillas y un vaso de agua. Cogió una y me la tendió.

A veces ―me explicó― cuando no puedo dormir, las tomo. Son suaves, pero te ayudarán a dormir.

Engullí la pastilla y dejé que mi madre me acompañara hasta mi cuarto. Me arropó, y se quedó durante largo rato haciéndome compañía. Me sentí como cuando era pequeña y me contaba cuentos de hadas y princesas en mi habitación infantil. Me hablaba pausadamente y su voz se fue distanciando, porque un sueño artificial poco a poco se fue apoderando de mi mente. Bostecé largamente, sentí los labios de mi madre posándose en mi frente y me dormí, no sin antes decirle:

Luis es mi novio, mamá.

Lentamente, con el coche de mis tíos y con ellos de acompañantes, deshago el trayecto, que había hecho hacía tan sólo dos días en el autobús, que me había llevado a pasar las Navidades en el pueblo. Había presagiado erróneamente que serían unas buenas Navidades, acompañada por los míos, y que, de regreso, Luis estaría esperándome para celebrar el Fin de Año. En un segundo, todo cambió y giró mis planes del revés.

El mismo día de Navidad, estaba haciendo este viaje de cuatro horas para saber qué es lo que había pasado realmente con Luis. El cielo nublado empezó a chispear tímidos copos de nieve, que poco a poco se hicieron más consistentes, paramos durante unos minutos y mi tío puso las cadenas en el coche.

Aproveché este descanso para llamar a Sandra, sabía que con el simple hecho de escuchar su voz, me calmaría pero mi llamada se extinguió al chocar contra su buzón de voz. Ante mi suspiro de resignación que resuena más de lo que hubiera querido en el coche, Susana me dice:

Cuando quieras hablar, sólo hace falta que me lo digas.

Mi prima, con la que siempre me había llevado bien, aunque el tiempo nos había distanciado, me tiende una mano abierta con la que poder consolarme.

Gracias, Susana ―le digo―. Luis no es un amigo especial… Es…

¿Tu novio?

Exacto. Llevamos poco, por eso me cuesta todavía definir nuestra relación.

Agradecí que Susana no me nombrara en ningún momento a Nacho, con el que más de una vez habíamos compartido cenas y celebraciones, y además estaba segura que mi madre se encargaba de decir a los cuatro vientos por el pueblo, que pronto me casaría con él.

Seguro que se pone bien, prima.

Mis tíos vuelven a entrar en el coche y arrancamos de nuevo. Lentamente, el paisaje propio del pueblo se va diluyendo para acercarnos a la zona más industrial de la ciudad. Después de indicarles donde vive Toni y cruzar varias calles propiamente residenciales, el coche de mi tío Pepe se detiene.

Gracias, tíos, por el viaje, prefiero entrar sola ―les digo.

Les abrazo y les beso, especialmente a Susana. Cuando el coche de mis tíos se ha alejado lo suficiente, me armo de valor mientras respiro con agitación, llamo a la puerta y espero impacientemente a que se abra. Lentamente, las luces de la casa se encienden, y veo como la silueta de Toni se recorta en el umbral. Lo interrogo con la mirada, porque mi voz de repente se acalla.

Elisa, tranquila, Luis está bien ―me dice Toni―. Su padre le localizó ayer por la tarde.

Un escalofrío me recorre entera, y las palabras se me agolpan en la garganta, para galopar entre mi lengua y dientes para decirle:

¿Su padre? ¡Oh, Dios! ¡No puede ser! Dime que no, dime qué le ha hecho este mal nacido!

Ya ha terminado todo, Elisa. Luis, ayer mató a su padre…

Continuará…

portada3

Mi tía Nicolasa, la hermana menor de mi padre y mi tío Roberto, su marido, son los primeros en llegar.

Mi tía Nicolasa entra en la cocina, donde mi madre y yo estamos todavía acabando de cocinar.

Voy a ser abuela ―anuncia al entrar, pero su voz lejos de mostrar felicidad suena a irritada.

Felicidades ―le dice mi madre.

Hola, tía, Mónica estará contentísima ―le digo.

¿Mónica? Ay, si fuera de ella el embarazo ―empieza―. Supongo que estaría contenta, a pesar de que viva en pecado con Javier, que muchas discusiones he tenido con ella, porque se resisten a pasar por la iglesia.

No puedo disimular una sonrisita pícara, que asoma de mis labios, aunque ella no se da cuenta.

Pero la que se ha quedado embarazada es…. ―Deja el suspense colgado en el aire de la cocina, que huele a marisco.

¿Úrsula? —La ayuda mi madre.

Claro, ¡quién va a ser sino! Dos hijas tengo yo. ¡A sus veinte años!

Mujer…. Tampoco es ninguna cría… —dice mi madre—. Quiero decir… que no es menor ―rectifica―. Y el padre de la futura criatura… ―Ahonda mi madre en la llaga.

¡Ahí voy yo! ―chilla mi tía―. Ni lo conocemos y Úrsula guarda silencio sobre quién es. ¿Cómo lo dijo? Ah, sí, un rollete, ―¡Y me mira a mí para seguir― ¿no es así cómo se refieren los jóvenes cuando no es nada serio?

Asiento lentamente con la cabeza.

Pues eso, Menchu, —Ahora mi tía mira a mi madre― que está embarazada sin oficio, ni beneficio, ni salvación ―añade.

¡Santo Dios, Nicolasa! ―dice mi madre―. ¿Y Roberto, cómo se lo ha tomado?

¿Anselmo cómo se lo tomaría? Pues mal, cómo se lo va a tomar…. Pero bueno, voy a poner la mesa que he venido para ayudaros. ¿Cuántos somos?

Trece ―responde mi madre.

Mal número, si las cosas nunca vienen solas….

Habrá un cubierto, que tendrá que ser diferente a los demás, porque el juego es de doce.

Ya me lo quedo yo, mamá ―le digo―. No me importa.

Bueno, pues ayuda a tu tía a poner la mesa mientras yo pongo las borrajas a gratinar, el horno ya está caliente.

Mi tía ya se ha ido cargada de platos hacia el comedor, mi madre aprovecha el momento en que nos hemos quedado solas para susurrarme:

Elisa, si no vas a beber alcohol, di que lo haces, porque te estás tomando antibióticos para…. Ejem…

¿La muela?

Sí, eso, que tienes una infección en la muela y que no puedes beber alcohol por eso.

Pero mama… no tengo ninguna pastilla ―le digo confundida.

Tú déjame a mí, Eli… ―Se pone de puntillas y coge del estante de la cocina unas pastillas marrones y me las da.

Mamá…

Hija, son vitaminas para el cabello, no te harán ningún mal. A las doce de la noche, no olvides de tomártelas ―Y me guiña un ojo, porque me acabo de convertir en su cómplice.

Mi tía Nicolasa abre el mueble de la cristalería y va repartiendo las copas: las del agua, las de vino y las del champán.

A Paquito sólo le pongo la del agua ―me dice―. Y a Úrsula también, dado su estado ―dice a regañadientes.

Tía, a mí también ―le digo.

Anda, va, ¿por qué?

Estoy tomando antibióticos por una infección en una muela ―le respondo metiéndome de bruces en la farsa, que se ha inventado mi madre.

Vaya, ¡qué pena! No encontrarás ningún dentista en estos días.

Lo sé, tía…

En este instante, suena el timbre y entran mi tío Pepe, mi tía Juana seguidos de mis primos Paquito y Susana. Mi tía Juana lleva un recipiente con una macedonia de frutas, que ha preparado en su casa para el postre, y lo deja en la mesa de la cocina. Vuelve a sonar el timbre y entran Mónica y Javier, seguidos por Úrsula que está bastante pálida.

¿Nos sentamos? ―invita mi padre.

Yo me sentaré a tu lado ―me dice Susana―. Como en los viejos tiempos.―Y deja su bolso en la silla al lado de la mía.

Falta Joaquín… ¿Dónde se habrá metido? ―dice mi madre.

Este… Todavía estará de fiesta en cualquier bar ―dice mi tío Pepe.

Lo esperaremos, no tenemos prisa. Llámalo al móvil, Anselmo.

Mi padre se levanta para llamarlo. Pocas palabras bastan en su conversación, más bien secas y cortantes para decirle a su hermano que lo estamos esperando.

Mi tío Joaquín no tarda en llegar, me da sendos besos en las mejillas y parece que se alegra de verme. Noto como su aliento descarga una vahada de alcohol continua. Mi tío Pepe tenía razón, en que había empezado antes la fiesta por su cuenta.

Viene achispado ―oigo que murmura mi madre a su cuñada Nicolasa.

Como siempre, Menchu ―le dice mi tía, y se dirigen a la cocina para sacar la fuente de borrajas.

La cena transcurre con charlas animadas por parte de todos. Mi tío Joaquín, que lo tengo enfrente, no para de servirse vino que bebe en abundancia y la comida casi no la toca. Mi prima Úrsula, con la mirada baja, escampa la comida alrededor del plato para simular que está comiendo más de lo que verdaderamente come. Paquito, después de anunciar que las borrajas no le gustan, espera con ansia el segundo plato mientras engulle rebanadas de pan. La zarzuela de marisco, el plato estrella, tiene éxito.

Qué buena, Menchu ―le dicen todos.

Si Elisa no me hubiera ayudado, no hubiera quedado tan buena ―responde mi madre a sus halagos.

Un brindis por la mejor cocinera. ―Alza la copa mi tío Roberto.

Eso, eso… ―grita mi tío Joaquín, y al levantar la copa, ésta le resbala de las manos y se estrella contra el mantel.

Varias partículas de cristal me caen sobre mis pantalones, y me levanto rápidamente de la silla para sacudírmelas.

¡Qué torpe eres, Joaquín! ―le espeta mi tío Pepe.

Tengamos la fiesta en paz ―dice mi padre mientras mi madre corre para limpiar el estropicio.

La cena sigue, el postre, los polvorones y los turrones en un ambiente festivo. Mi padre desaparece unos instantes para volver con una zambomba.

Vamos a cantar villancicos ―nos invita―. Paquito, empieza tú…

Mi primo Paquito, a sus quince años se sonroja y rechaza el ofrecimiento a mi padre.

Ya empiezo yo. Mi hermano no sabe cantar ―dice Susana sonriendo.

Susana entona el primera villancico, «El campana sobre campana» mientras el reloj de pared del comedor anuncia la medianoche.

El antibiótico, Eli,

«Mi madre está en todo», pienso.

Me sirvo agua en la copa y engullo la vitamina mientras mi madre me observa complacida. Una vibración, sale de mi bolsillo del pantalón, es mi móvil que tenía en silencio, lo sostengo entre mis manos y veo en la pantalla como es Toni.

Feliz Navidad, Toni ―respondo alegremente.

Escucha, Elisa, ha habido un accidente… Es Luis…

¡No! ―chillo a través del auricular ante la mirada atónita de los doce restantes.

Está en el hospital…

Toni, ¿qué ha pasado?

Continuará…

portada3

La cafetera en el fuego hace ruido para indicar que el café ya está listo. Mi madre lo apaga y lo sirve en tres tacitas estampadas con flores violetas. Yo me seco las manos en un trapo de cocina y volvemos al comedor donde mi padre está abriendo el mueble bar. Unas cuantas botellas se cruzan en mi vista y las recorro de derecha a izquierda, mientras mi padre escoge una de coñac para añadirle unas gotas al café.

En este momento, no se me ocurre ninguna manera de sacar la conversación aunque sé que es necesaria, pero me falta valor. «El valor que me daría una copa de coñac», pienso en mi universo de contradicciones. Mi madre, a la que le gusta mucho hablar, sigue con su particular interrogatorio:

Y ahora, ¿qué haces en la capital? ¿Tienes amigos? ¿Qué haces los fines de semana? ¿No te quedarás en casa sola, verdad?

No mamá, ahora vivo con Sandra y Jaime.

¿Cómo? Pero… ¡Si están casados!

Y sé que ahora ha llegado el momento.

Tuve que ir a vivir con ellos, porque sola…. De nuevo… Recaí…

¿Recaíste? ¿En qué? ―pregunta mi padre mientras se está añadiendo un nuevo chorro de coñac en la tacita.

En esto papá, en esto…. En lo que te estás sirviendo ahora mismo.

La mano de mi padre tiembla. Un poco de coñac se derrama en el mantel y el aroma a alcohol impregna el ambiente del comedor.

Menchu, trae servilletas de papel ―le ordena mi padre a mi madre.

No, mamá, ya voy yo.

Me levanto y voy a la cocina a buscar un rollo de papel. Un suspiro me sale del alma. Ordeno mis ideas y regreso. De fondo, por el pasillo les oigo cómo cuchichean. Al verme, callan. Me siento en la silla y los miro a ambos. Trago la saliva, que se me ha quedado acumulada en la boca y les empiezo a explicar lo que hace muchos años les hubiera tenido que contar:

Soy una alcohólica. ―La palabra de por sí pesa más que una losa de plomo, que cae por su propio peso desde el techo y se estampa contra el mantel.

No les dejo interrumpirme, mejor ser clara y decir las cosas por su nombre.

Llevo meses rehabilitándome de la bebida, voy a terapia y lo estoy consiguiendo. Aunque sé que siempre tendré esta enfermedad, porque es crónica. Por eso antes te he rechazado la cerveza, y el vino del pueblo, mamá. No puedo beber alcohol, es la única manera de estar a salvo. ¿Lo entiendes, verdad?

Pero… Eli… ¿Con qué vas a brindar esta noche con tus tíos, tus primos, y tus padres?

Su pregunta me deja estupefacta. ¿Lo que más le preocupa es el qué dirán los demás? No puedo responder, porque su pregunta se me ha clavado hondamente.

Con polvorones, Menchu, esta noche brindamos con polvorones y san se acabó. ¿Estás bien, hija?

Sí, papá. Gracias por entenderme, pero sinceramente no hace falta que vosotros no bebáis champán. Simplemente con que no me sirváis ni ofrezcáis, ya basta.

Estoy mentalizada y esta es la principal lucha, que he vivido estos últimos meses. Cierro los ojos un instante, pienso en Luis y en su azul juvenil, y en cómo me gustaría tenerlo en este momento a mi lado. Mi móvil comienza a vibrar, sin creer en las telepatías, observo en la pantalla cómo es él.

Un momento ―les digo a mis padres y me voy a mi habitación para contestar.

¿Sí?

Al amanecer le falta tu sonrisa para que acabe de salir el sol.

¡Luis! ―No puedo evitar sonreír mientras oigo sus palabras―. Ya está, ya se lo he dicho.

¿Cómo se lo han tomado?

No lo sé. ―Me encojo de hombros―. Se lo acabo de decir, es pronto todavía, supongo que tendrán que asimilarlo.

Sí… Asimilar y aceptación.

¿Con quién vas a brindar esta noche?

Iremos a casa de Toni un rato, mañana ya será otra historia…

Esto de que Luis pase la Navidad solo me encoje el corazón, pero no quiero ahondar en su herida. Por eso, le cambio de tema.

En Nochevieja brindaré contigo, Luis. ¿Me rechazarás mi brindis?

Depende.

Ya queda poquito. Que lo paséis bien esta noche. Te quiero.

Cuelgo sabiendo que lo estoy echando mucho de menos. Salgo de mi habitación, y observo como mi madre ya está en la cocina preparando los ingredientes.

¿Zarzuela de marisco? ―le pregunto.

Y borrajas con almejas gratinadas.

Antes de que nos pille el toro, voy a ayudarte para que nos quede riquísima ―le digo.

Ay, Eli… ¡Cuánta falta me hacías!

Sí, mamá, lo sé…

La abrazo fuerte y nos ponemos manos a la obra.

Si no fuera por estos momentos ―oigo que murmura con la vista fija en la cazuela.

Continuará…

portada3

Tres, cuatro, cinco, ¿seis años quizá? No recuerdo el último día en que vi a mis padres. Mis visitas se fueron distanciando cada vez más hasta que sólo tenía contacto telefónico para decirles que estaba bien. Desde que me independicé y, ellos vendieron su piso en la ciudad para trasladarse en el pueblo de mi padre, nunca me venía bien hacer el largo trayecto para venir a verles.

«Nos veremos en vacaciones», me excusaba, pero cuando llegaban los días tan ansiados de tranquilidad, prefería irme con Nacho a algún hotel y recorrer lugares conocidos o no tan conocidos de la geografía española. Durante los últimos años había estado en todas las comunidades autónomas, de norte a sur, de este a oeste, sin olvidar las islas. Antes de irnos al extranjero preferíamos conocer lo que teníamos alrededor, escrutar nuestra cultura y empaparnos de sitios pintorescos, que ahora permanecen en algún lugar empañado de mi memoria. Sé que si no hubiera bebido por aquel entonces, en el que no sabía divertirme sin una copa entre mis manos, todo sería más nítido. Podría detallaros mis viajes con todo lujo de anécdotas, describiros infinidad de ciudades, pueblos y villas, que valen la pena visitar; espacios cargados de historia, que olvidé al día siguiente de despertarme. De todo ello, sólo conservo algunos archivos digitales, perdidos en alguna carpeta de mi ordenador, que nunca tuve tiempo de revelar por comodidad o por pereza.

El caso es que mi desapego hacia mis padres ha sido total, física y telefónicamente, pero ahora los tengo frente a mí. El tiempo ha pasado y se ha encargado de esculpir algunas arrugas más profundas, de blanquearles todavía más sus sienes, y les ha encorvado su figura.

Fui una hija tardía, cuando ya no me esperaban, y se habían hecho la idea de que no tendrían descendencia, mi madre se quedó embarazada de mí.

¡Eli! ―grita mi madre abalanzándose sobre mí―. ¡Qué guapa! ¡Cuánto has crecido!

No mamá, a estas alturas ya no crezco…

Seré yo que he menguado pues. ―Y vuelve a besarme y noto su olor a ropa limpia, a jabón de Marsella combinado con una colonia fresca de limón.

¿Has venido sola? ―pregunta mi padre mirando en el interior del autobús.

Sí, pero me encontré con Susana nada más empezar el viaje y nos hemos hecho compañía durante todo el trayecto, ¿eh, prima?

Susana, que está al lado de sus padres, mi tío Pepe y mi tía Juana, asiente risueña.

Mi padre se encoge de hombros y me abraza. Sé que esperaba que Nacho me acompañara, no les hablé de nuestra ruptura en su momento, porque dentro de mí creía que sería algo pasajero, y pasé meses aferrada a la esperanza de que él volvería. Hoy ya no puedo disimular lo evidente, pero quiero retrasarlo, porque en medio de la calle, no es un buen sitio para comunicarles la noticia.

Trae ―dice mi padre, cogiéndome la maleta―. Vamos a casa que hace un frío, que corta el alma.

No papá ―le digo sin soltarla―. Ya la cojo yo, no pesa, va con ruedas.

Andamos las escasas calles, que separan la parada del autobús de la casa de mis padres. Una casa de pueblo bastante vieja, que heredó de mis abuelos, aunque reformada en su totalidad. Mis tíos y mi prima se despiden hasta la hora de la cena. Entramos, la comida ya está preparada, macarrones con carne y queso que me trasladan a mi infancia.

Debes tener hambre ―dice mi madre abriendo la nevera―. ¿Una cervecita? ―Me ofrece.

No, mamá, no me apetece.

Pues así beberás vino del pueblo como nosotros, ¿no?

No, mamá, quiero tan solo agua.

¿No estarás embarazada, niña? ―Se gira y me contempla buscando algún indicio que le demuestre lo que acaba de preguntarme.

¡Qué va! Mamá, que no, ¿tan raro es beber agua?

Aquí se dice: el agua para las ranas. Toma ―Y me ofrece una botella de limonada.

Comemos en silencio, la comida está muy rica, mientras pincho macarrones y me llevo el tenedor a la boca voy pensando que esta tarde, y antes de la cena, tendré que hablarles a mis padres de mi nueva situación. Ana, la psicóloga, me advirtió que era muy importante que la familia conociera el problema para sentirme respaldada en este aspecto. «No es bueno disimular», pienso mientras mi padre se pone el vasito de vino entre los labios, necesitan saber que estoy enferma y, que mi enfermedad sólo se cura, si no se bebe. Parece sencillo visto así, porque en mis manos está la cura. Mis esfuerzos me han costado para reafirmar mi personalidad, y ahora que estoy tan segura, no voy a dejar que la flaqueza de nuevo se asome para arrastrarme. Mientras apuro el vaso de limonada sé que no voy a romper la promesa que le hice a Luis y, sobre todo, la que me hice a mí misma: NO VOY A VOLVER A BEBER.

Estás muy callada, Eli ―rompe el silencio mi madre―. Cuéntanos cosas, ¿cómo te va el trabajo? Debéis tener mucho si Nacho no ha venido…

El último macarrón se me atraganta, y me entra un ataque de tos. Mi padre automáticamente me sirve el poco vino, que se queda en la botella.

Bebe ―me indica―. Que baje todo para abajo.

Tosiendo sin parar, me levanto como puedo de la silla ante la mirada atónita de mis padres y me voy directa al lavabo a beber del grifo. El agua fría me calma la aspereza de mi garganta y salgo del lavabo con las mejillas encendidas. Y con el corazón bombeando con fuerza, porque sé que ahora ha llegado el momento de decir la verdad. Vuelvo a sentarme. Mi madre ha tenido tiempo para servirnos unas natillas caseras.

Eli, ¿qué te pasa, cariño?

Nacho no va… a venir porque…. Se acabó… —Voy tragando saliva entra palabra y palabra.

¿Pero habéis discutido? ¿Una pelea? A veces estas cosas no tienen importancia…

No, mamá. Es definitivo…

¿Desde cuándo? ―quiere saber mi padre.

Ocho meses, hace ocho meses que no estamos juntos.

¡Santo Dios! ¿Y… Por qué? ¿Qué haces tú allí en la capital tan solita? ―No sé si ahora mi madre está pensando en voz alta―. Pues sí teníais planes de boda… creía que este año os ibais a casar ya, con la de años que llevabais juntos…

¿De quién ha sido la culpa?

Déjalo, Anselmo, eso qué más da ahora.

Fue él quién me dejó, pero ahora sé que me hizo un favor ―y al oírme decir esto, yo misma me sorprendo, porque toda la sal que odié en un principio, ha servido para cerrarme las heridas definitivamente, sin marcas, ni cicatrices, completamente recuperada del dolor y del vacío que sentí al perderle.

Una sonrisa me frunce los labios, cojo la cucharilla y la hundo en la natilla, que me sabe a gloria.

Están buenísimas, mamá, ya me pasarás la receta.

Ayudo a recoger los platos de la mesa. No tenemos mucho tiempo para preparar la cena de Nochebuena, pero sé que algo se ha quedado flotando en mi aire de inquietudes. Mientras friego los restos de vino tinto de los vasos con el estropajo, comprendo que no puedo retrasarlo más, el tiempo juega en mi contra…

Continuará…

portada3

Cargamos el cuadro en el Golf de Sandra. Mañana me voy al pueblo para pasar la Navidad con mis padres y necesito regalárselo a Luis hoy. Subo el cuadro en el ascensor, Sandra ya se ha ido y llamo a la puerta. Un Luis sonriente la abre.

¿Y eso? ―me pregunta.

Mi regalo para ti ―le digo mientras se lo pongo en sus manos cálidas.

Pero… Si yo todavía no te he regalado nada. ―Me mira con cara de haber hecho algo malo―. No tengo nada para ti.

No importa, Luis. Me he adelantado a la fecha.

¿Lo desenvuelvo? ―me pregunta inocentemente.

Sí, claro. ―Y le sonrío.

Luis abre mi regalo sin rasgar el papel azul brillante que lo envuelve.

¡Wow! ¡Qué pasada! ¡Te habrás gastado una pasta!

Lo he pintado yo.

¿Qué me dices?

Sí…

Elisa, tienes mucho talento. A ver, yo no entiendo mucho de arte, pero eso se nota a la legua. ¡Estás hecha toda una artista!

Sus palabras tiñen de rubor mis finas mejillas.

Voy a colgarlo ahora mismo ―continua Luis mientras va a buscar el taladro.

Lo cuelga en la pared, encima de la mesa del comedor. Los dos nos quedamos contemplando el amanecer de mis emociones, que he materializado a flor de piel. Luis después de un largo rato, que se ha quedado anonadado mirando el cuadro, me besa los labios tímidamente.

Después de la oscuridad siempre llega un nuevo amanecer, eso es lo que he querido plasmar ―murmuro.

Es un cuadro que me aporta optimismo y energía ―dice Luis mientras continua besándome.

Yo viví en la oscuridad durante mucho tiempo…

Déjalo, Elisa, anda…

No, quiero contártelo. ―Y le miro fijamente a los ojos y él me escucha―. Cómo te decía, una vez entras en el pozo de la oscuridad, es muy complicado salir de ella. Te invade y te atrapa, como si estuvieras en un laberinto de una cueva húmeda. La conoces tan bien, que te es difícil dejarla atrás, como si el resto no existiera. Gracias a la amistad, he conseguido salir al exterior, ahora puedo apreciar los colores de los nuevos días, que siempre empiezan con un amanecer como este. Y después de este amanecer, estás tú, Luis, cuando el sol ya se ha elevado lo suficiente cómo para acariciarnos la piel, estás tú… Voy a irme unos días al pueblo, pero para Fin de Año estaré aquí de nuevo… Pensaré mucho en ti.―Y ahora soy yo quién le beso, bebiendo de sus labios, y saboreando cada rastro de él.

Elisa… ―Respira mi nombre y el fuego de nuestros cuerpos contenidos se enciende.

Sobre el sofá color tierra dejamos que nuestra pasión, que sentimos en este mismo instante, se exprese. Un murmullo de sentimientos se desboca como cauce de río que desemboca al mar con fuerza. Luis, con sus caricias, ha esparcido la sal de mis heridas fuera de mí. Sin nudo, ni sal, me siento completamente distinta, renovada interior y exteriormente. Voy a rellenar este vacío con su amor a través de los besos, que me recorren de arriba abajo, y me hacen sentir tan plena, ardiendo en una hoguera de caricias placenteras. Al final, exhaustos, nos dormimos, rodeados por nuestros brazos y dejamos que sueños plácidos de futuro broten de nuestra mente.

A la mañana siguiente, subo al autobús, que me llevará al pueblo. Luis ha querido venir a despedirme. Me ayuda a cargar la maleta. Me da un sonoro beso en los labios mientras me dice:

Ya te echo de menos y todavía no te has ido.

Antes de que te des cuenta, volveré a estar aquí.

Vigila, Elisa, estas fechas suelen ser peligrosas para personas como nosotros.

Sí, lo sé… Pero, tranquilo, no voy a romper la promesa que te hice. Estoy segura de ello.

Adiós, Elisa, contaré los días, que quedan para volverte a ver.

Subo al autobús, me siento y agradezco que la calefacción esté encendida a toda potencia. Por el cristal puedo observar como el vaho se escapa de la boca de Luis. Me está volviendo a decir adiós. Agito la mano, y el chófer arranca. Vuelvo la cabeza hacia atrás hasta que dejo de ver su figura. Respiro profundamente, porque me esperan cuatro horas largas de viaje. Dormiría para que se me pasasen más rápido, pero no tengo sueño.

Mientras voy mirando el paisaje, que va cambiando poco a poco voy pensando en lo acontecido en el último mes: en Nacho, en Luz, en María, y finalmente, en Víctor. De buena se ha librado María, cómo he llegado a saber después, Víctor era muy controlador y posesivo y a veces rozaba la violencia hasta que la traspasó, y de qué manera. Luz se cruzó en su camino accidental o intencionadamente, esto ahora ya es lo de menos, si no hubiera sido ella posiblemente la víctima hubiera sido María. ¿Por qué no lo denuncias? Le preguntó Toni a María aquella noche en la que ella se quedó a dormir en su casa. A lo que María, se encogió de hombros, se mordió el labio inferior, arqueó una ceja, y se lo pensó, pero ya llegó tarde. Aquella fatídica noche Víctor asesinó a Luz a sangre fría en la playa, golpeándola repetidas veces con una piedra grande y puntiaguda, la arrastró por la arena, y la tiró por el acantilado. El mar la escupió dos días después, devolviéndola a la playa, que la había visto morir. Luz, un enigma de persona para mí, a la que nunca llegué a conocer ni tan siquiera traté, pero que tanto me agitó cuando la vi en «La pequeña taberna». Pensé que era la culpable por haberme quitado a Nacho, fue mi primer instinto, pero ahora sé que la culpa tan sólo fue de él.

Cierro los ojos, porque las últimas palabras de Nacho resuenan en mis oídos haciendo eco: «Dime que ya no sientes nada por mí». ¿Le amo todavía en algún resquicio de mi corazón? ¿Le odio aún sabiendo que este sentimiento es una deformación del amor? La nada no llegará hasta que sienta auténtica indiferencia por él, pero todavía es demasiado pronto para sentirla. Sólo el tiempo se encargará de empujar mis penas hacia el vacío. Algún día sé que se estrellarán para reventar y desaparecer definitivamente de mí.

Elisa… ¿Eres tú? ―Una mano me toca por atrás.

Me giro, y me encuentro con una cara que me mira interrogante. Entrecierro los ojos para abrirlos de nuevo. Mi memoria se desliza hacia la infancia, meriendas de galletas con chocolate, saltos a la comba, escondites, y baños, y ahogadizas entre risas en la piscina municipal.

¿Susana? ¡Qué sorpresa! ¿Qué haces aquí?

Vuelvo al pueblo de nuevo. La Navidad es lo que tiene.

Pero, ―la miro confundida― ¿dónde vives ahora?

Creo que en el mismo lugar que tú. ―Me mira risueña―. Hará un par de años.

¿Y por qué nadie me ha contado nada? ―digo enfada, pero de repente me callo, porqué dentro de mí conozco la respuesta. Hace tanto que no sé nada de los míos.

Estás muy cambiada, Elisa. Espera que me siento a tu lado.

Se levanta y se sienta en el asiento libre, que hay a mi lado.

Sí, así mejor. Todavía queda trayecto para rato…

Tu madre se ha encargado de llamar a toda la familia, prima. Esta noche cenaremos todos juntos. Envidio la capacidad de organización que tiene.

La verdad es que yo también. Las reuniones sociales son lo suyo.

En el pueblo se debe aburrir, pobre ―me dice Susana―. Este verano la vi algo decaída.

Intento disimular el pesar que siento dentro de mí y cambio de tema:

Pues yo a ti te veo igual, Susana, los años no te pesan.

¡Ni qué fuéramos viejas! Si estamos en lo mejor de la vida… Treinta y dos años, quién los pillara pensarán muchos. Lo de cambiada te lo he dicho, porque te he visto muy guapa, más que de costumbre.

Y entre la charla con mi prima, que me acompaña durante todo el resto del viaje, estamos llegando ya al pueblo. El autobús se detiene, y al fondo, a través de la fría ventana, puedo entrever la silueta de mis padres.

Continuará…

portada3