Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Miguel nunca comprendió por qué su papá se había ido de viaje sin avisarle. Tampoco entendió por qué su mamá nunca bailaba desde entonces, ni por qué la alegría se había apagado en su casa, ni por qué el denso silencio lo cubría todo. Se pegaba en los cristales húmedos de todo el vecindario y sellaba su boca en una palabra contenida.

Cuando salía de la escuela, se pasaba siempre por la estación de tren por si su papá se decidía regresar. Aunque hiciera mucho frío, aunque sus manos las sintiera muertas a pesar de los guantes de lana que llevaba, él esperaba. Nunca se cansó de hacerlo. Con la ilusión de verle inyectada en su mirada,  observaba las diferentes personas que bajaban del tren con la maleta en su mano. Y hasta que no había bajado la última, no se iba de allí con la esperanza detenida, pero nunca extinguida, porque al día siguiente volvía a estar al mismo sitio otra vez. Por si acaso su papá había perdido el tren y decidiera cogerlo al día siguiente. Anhelaba contarle todo lo sucedido en los últimos meses. En el colegio, iban a representar una obra de teatro y él tenía el papel protagonista, el de Pulgarcito, por su estatura chica. En el último partido de fútbol, se había caído y le tuvieron que poner puntos en una pierna y quería mostrarle la cicatriz que le he había quedado. En la ciudad, habían empezado unas obras y quería explicárselas porque tenía miedo de que no reconociera su ciudad y no se bajara en la estación adecuada. Eran acontecimientos que tenían valor para cualquier chiquillo y que necesitaban los consejos de un papá atento, que por el momento parecía que se retrasaba demasiado.

En verano, Miguel no supo por qué se tuvo que ir al pueblo a vivir con sus tíos, ni por qué el sol aquel año parecía no brillar con tanta intensidad. Él y su prima Blanca tenían la misma edad, pero no les gustaban las mismas cosas. En el pueblo había pocos niños. Todavía era pronto para que llegaran los forasteros ya que lo hacían en agosto y, aún estaban a finales de junio. A Miguel le gustaba su tío, porque le recordaba a su padre. Los mismos ojos rasgados, igual nariz acabada en punta y, cuando hablaba, gesticulaba del mismo modo que él. Movía un poco las manos y fruncía los labios. Después, los acompañaba de frases dichas en un tono suave. No obstante, su mirada imponía respeto. Su tío llevaba una de las granjas de la comarca y se levantaba muy temprano. Él se quedaba con su tía y su prima el resto del día en la casa y se dedicaba a los quehaceres domésticos y, de vez en cuando, también salían a andar por el valle, a hacer algunos recados o a vender huevos entre los vecinos.

Aquella tarde soleada, Miguel echaba de menos especialmente a su papá, porque quedaban dos días para su cumpleaños y no sabía si recibiría una llamada de su progenitor. Quién sí le llamó fue su mamá, aunque su llamada contenía ausencia de emoción. Pronunció como un autómata palabras vacías. Miguel lo percibió, aunque no supo por aquel entonces a qué se debía. Se cortó la comunicación de una manera fría, después de unos minutos de silencio en qué su mamá ya no recordó qué decirle.

Desde aquel día, Miguel no cesó de preguntar a su tía por el paradero de su padre de manera muy insistente. Su tía se encogía de hombros y negaba cualquier información al respecto. Decía que no sabía nada, pero Miguel nunca la creyó. Por eso le insistía con ganas hasta la saciedad.

—Pero cuándo, ¿cuándo va a volver papá?

La tía cansada ya de tanta pregunta le respondió

—Cuando las gallinas bailen.

Lejos de parecer un imposible, Miguel se aferró a esa posibilidad como si le fuera su vida en ello. Desde aquella contestación, se despertaba antes que el gallo y que su tío, se ponía las zapatillas, entraba en el corral y ponía música a las gallinas. Las ponía en círculo para que dieran sus primeros pasos y las intentaba adiestrar. Pero las gallinas se rindieron pronto por sus escasas habilidades para la danza. Simplemente cacareaban y cumplían su función: ponían un huevo diario. Miguel se frustró, pero lejos de desistir, cada día lo intentaba de nuevo, porque las ansias de poder volver a sus padres podían más.

Cuando llevaba más de quince días con esa persistente rutina, algo cambió en el sabor de los huevos. Eran más consistentes,  siempre con doble yema y un gusto exquisito. Las voces de que aquellos eran los mejores huevos de todo el país se alzaron como una polvareda. Muchos quisieron probarlos. Los tíos de Miguel compraron más gallinas y subieron el precio de los huevos, porque había mucha demanda. Sus gallinas no bailaban, pero daban huevos de oro. Su cuenta corriente crecía e incluso algunos los llegaron a subastar.

A finales de aquel verano, Miguel estaba como siempre en el corral, pero le entró sed y fue a la cocina a buscar un vaso de agua. La puerta estaba entornada y por su rendija se filtraron las siguientes palabras de su tía:

—¿Y qué quieres que le diga al chiquillo? ¿Qué su padre está muerto? Esa es la verdad. Pero el asunto de las gallinas mira lo bien que nos ha ido…

—Pero ¿no te da pena? —preguntó una vecina.

—Claro que me la da, pobre chico y, además con su madre en ese psiquiátrico internada por depresión. Miguel es un chico que se ilusiona fácilmente. Que se viniera al pueblo tampoco fue buena idea. Ya se lo dije a mi marido. Todo por no decir la pura verdad, sí, pero que se tiene que acabar aceptando a duras penas….

A Miguel se le cortó la sed de repente. No volvió a ser el mismo. Con las ilusiones arrebatadas de cuajo, ya no volvió a enseñar a bailar a las gallinas, que dejaron de producir los buenos huevos que tenían acostumbrados a sus clientes.

Una noche le dijo a su tía:

—Cuándo, ¿cuándo podré ver a mamá?

—Pronto, muy pronto —se aventuró a decir la tía.

Lo que la tía no sabía es que «pronto», para un chiquillo de su edad, significa ya y que aquella espera se alargó más de lo debido para Miguel.

Al cabo de unos largos meses, Miguel se reunió por fin con su madre y volvió a vivir en su hogar.

Una tarde el niño la abrazó y le dijo:

—Mamá, baila, aunque sea sola. Pero baila…

Y encendió el tocadiscos donde giró una melodía favorita para ambos. Su madre empezó a mover las caderas rítmicamente envolviendo sus gestos con ellas. Una bailarina nunca pierde su gracia y ella bailó aquella noche sola hasta que sintió sus pies muy cansados. Tanto, que se detuvo unos instantes para besar la fotografía de su difunto marido. Le añoraba, pero su vida debía continuar junto con Miguel que la necesitaba. Observó a su hijo que se había dormido al terminar la melodía en el sofá del comedor. Le besó en la frente, le llevó a la cama y le arropó.

® Helena Sauras

Photo by Pixabay on Pexels.com

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