Moriría el último día de mes y, según todo pronóstico, le quedaban apenas cuatro días.
Acto seguido, tragó el vino con un lagarto sumergido en su interior de aquella botella oscura. La camarera dejó de sonreír al reparar en su expresión y se alejó con el cuenco de las galletas de la suerte.
El hombre estaba con el papelito en la mano en el que se fechaba el fatídico día. Se lo acabó guardando en el bolsillo de su chaqueta para que su hijo no viera el futuro suceso.
—¿Qué te ha salido, papá? —preguntó su hijo Daniel.
—Que mañana vamos a ir al parque de atracciones —mintió y contestó lo primero que le vino a la cabeza. De esa forma, quitaba importancia al asunto.
—¡Qué bien! —se emocionó el niño—. ¿Y esta vez subirás conmigo a todas?
—Claro que sí. Te prometo que aparcaré por un día el vértigo que me dan.
Hizo un ademán para pedir la cuenta y la camarera asiática se acercó.
Por la noche, llamó a su exmujer y le imploró que le dejase a Daniel cuatro días más. Necesitaba estar con su hijo y aprovechar esa vida que se alejaba de él de manera vertiginosa. No le explicó los motivos, pero Beatriz lo oyó por el teléfono tan desesperado que aceptó de mala gana.
Reservó una habitación de hotel en Port Aventura hasta el día treinta de abril, día en el que probablemente moriría. Se mofó para sus adentros del nombre del hotel: «El paso».
«En esta vida, estamos de paso. No somos nada», confirmó para sus adentros.
Quería mantener ante todo la promesa que le había hecho a su pequeño. Lo que más ansiaba era llenarle la cabeza de buenos recuerdos. Dedicarle tiempo y alargar las vacaciones primaverales.
Por la noche, unos oscuros ojos negros se metieron en sus sueños y no le dejaron descansar. Eran los ojos inconfundibles de la gitana a la que se había negado a darle limosna y había rechazado una ramita de romero. La mujer había murmurado algo ininteligible para él. Sí, ahora lo entendía. Lo había maldecido entre silencios ante la mirada atónita de Daniel. Se alejaron de allí y dejaron atrás los jardines de la Alhambra.
Al día siguiente, condujo de sur a norte con precaución. Daniel miraba el paisaje con admiración. A ratos, se adormilaba debido al cansancio y su padre le vigilaba a través del retrovisor.
Pronto, el niño sería completamente de Beatriz. Una media naranja partida en dos, separada por terceras personas. Pero él era el padre biológico y todavía estaba en ese mundo. Se agarró de manera fuerte a esa idea.
Cuando llegaron a su destino, Daniel se quedó maravillado ante la magia que envolvía todo aquel parque de atracciones. No había mucha gente, por lo que no tuvieron que hacer cola en la mayoría de los sitios. Dejaron las maletas en el hotel y el niño saltó en la amplia cama. Luego quiso bajar a la piscina, donde se escondía el tesoro de un barco pirata hundido.
También se hicieron selfies que compartieron a través de una conocida red social. Beatriz las miraría horas después. Su hijo sonreía en todas y eso era lo único que le importaba. Se lo estaban pasando bien, porque sus miradas no mentían.
Aquel treinta de abril subieron al Dragon Khan, una montaña rusa que se inauguró en 1995. Miguel nunca había tenido el valor suficiente de subir, ni cuando fue con el instituto en 1996. Entonces, tenía tan solo dieciséis añitos. Con el movimiento de altos y bajos, su vida pasó delante de él y le mostró sus momentos más felices de manera intensa.
La seguridad falló mientras el niño tenía los ojos cerrados, maravillado por la emoción. Miguel saltó por los aires y murió en el acto.
Al día siguiente, la triste noticia sacudiría las noticias del país y se abriría un debate de seguridad versus revisiones obligatorias, que quebraría por unos meses la magia de aquel parque catalán.
Beatriz acudiría deprisa a buscar a su hijo.
Entre las pertenencias de su exmarido, encontraría un papel en la chaqueta. Había un dibujo de una galleta, una fecha y unas letras chinas. No supo por qué, pero se las guardó en el bolso. Estaba desconcertada.
Su hijo Daniel no pudo ni abrazarla debido a su estado de shock, pero ella cogió a su pequeño y le rodeó con sus brazos. Sendas lágrimas rodaron por sus mejillas y despertaron sentimientos adormecidos. Pero ya era demasiado tarde porque Miguel ya no estaba entre ellos.
«Aquel accidente era irreparable como la misma muerte», pensó días después mientras repasaba sus últimas voluntades. Decidió que en las próximas vacaciones veraniegas saldrían de romería.
Harían una excursión tranquila por la sierra andaluza donde Daniel y Beatriz esparcirían sus cenizas.
® Helena Sauras

