No podía soportar más el dolor de su corazón, por eso estaba empapada de lágrimas, que fluían torpes y le mojaban la cara. En esas condiciones, el hombre la vio y cambió sus planes. Ya no quiso birlar la pulsera de oro que colgaba de una de sus muñecas. La observó desde la distancia. Puede que fuera la primera vez que veía llorar a una mujer. Las demás lo hacían dentro de la intimidad de su hogar, pero ella se había atrevido a hacerlo en público.
Se acercó a ella y la mujer ni se inmutó. Continuó derramando bellas lágrimas, que fluían como perlas. Se quedó admirado de su belleza y calculó que podían tener la misma edad. También se quedó prendado de sus labios que fruncía con cada sollozo.
Entonces, sintió una gran comezón en su interior. Tenía que calmarla como fuera, pero no sabía cómo hacerlo. A parte de birlar y tener agilidad en sus manos, carecía de otras habilidades. O si las tenía, aún no las había descubierto. Ansió besarla, aunque no supo cómo intentarlo.
En unos minutos, apareció otra mujer mayor en escena y le susurró algo a la mujer llorosa que alzó sus ojos hacia el techo de la cantina. El brillo de aquella mirada lo deslumbró, pero más lo hizo el colgante de su cuello. Hablaron poco. Enseguida se retiró, sin lograr consolarla.
—¿Para qué lloras? No te va a servir de nada.
Y se sorprendió de haberse atrevido a sentarse a su lado minutos después y de estar pronunciando estas palabras. La mujer lo miró escasos segundos para cubrirse después el rostro con una de sus manos.
—Déjame ahora que me he quedado con mi dolor a solas.
—¿Qué clase de dolor va a tener una mujer de tu condición?
La mujer no reparó en su ropa raída ni sus alpargatas gastadas. Solo se fijó en la magia de sus manos, que le mostraban un camino alejado de la desgracia, que le tocaría vivir si seguía siendo fiel a su condición.
Salieron de la cantina juntos. Él la ayudó a subirse en el asno que les aguardaba fuera. Así se rebelaba contra todo lo que le habían impuesto desde su nacimiento. En su interior, retumbaban las palabras del oráculo: «Tu familia te va a repudiar antes de que entres en la edad adulta». Su corazón se aceleró aún más en compañía de aquel joven que aprovechó y la besó cuando se quedaron a solas.
A la mañana siguiente, se dio cuenta de que estaba completamente desnuda y pensó que aquel muchacho la había engañado. No había ni rastro de su pulsera de oro ni del colgante. Lloró a lágrima viva, porque entendió que él no regresaría. Se habían alejado de la ciudad y habían entrado en una masía perdida por las montañas.
Pocos días después, oyó un ruido y se asustó por si se trataba de algún animal dispuesta a atacarla. Quiso regresar a la aldea, pero no sabía cómo hacerlo, porque durante el viaje se había desorientado de tal manera que había perdido las riendas de su vida.
—Soy yo. No te asustes…
El joven llegó con algunas provisiones.
—¿Tienes hambre?
Ella asintió perpleja. Cogió un racimo de uvas y empezó a sorber el líquido de su interior. Estaba tan delicioso y dulce como la mirada del recién aparecido.
—Pensé que ya no vendrías…
—Tenemos el don de la juventud, pero ¿qué quedará de nosotros cuando nos hagamos viejos?
La mujer se encogió de hombros.
—Vamos a cultivar nuestros principios. No te preocupes, tenemos tiempo para hacerlo. Vamos a sernos fieles, pero no entre nosotros, que también, sino cada uno por su lado. ¿Con qué sueñas?
Se encogió de hombros para pronunciar segundos después:
—No lo sé.
—Claro, porque han decido tanto por ti desde que naciste, que te han desorientado. Piénsalo durante unos días y después regresaré para que me lo cuentes. Si tú quieres…
Con un beso en la boca sellaron así su pacto. La mujer joven estuvo varios días dando vueltas a lo que deseaba en su vida. En su interior, tenía tanto miedo de equivocarse en su decisión que puede que fuera eso lo que la paralizaba. Entre sus pensamientos, solo tuvo una cosa clara que reveló cuando se volvieron a reencontrar.
—Lo único que tengo claro es que no quiero formar una familia.
—Ya tenemos algo en común —respondió el hombre mientras le guiñó un ojo.
Después se entretuvieron con un largo beso.
® Helena Sauras

