Mi mundo literario

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras

Ya no buscaba nada en aquel mundo, porque había perdido las ilusiones. Vivía de forma mecánica, sin reflexionar siquiera o, puede que estuviera en ese estado, porque había pensado demasiado.

Le entristecía aquella época. Su día a día había menguado hasta casi desaparecer. Solo quería dormir y le pesaba todo el cuerpo como si le hubieran inyectado una tonelada de plomo. Sus párpados pesaban y ella se abandonaba al sopor del ambiente.

Vivía en una noche permanente. Llevaba puesto el antifaz para que la luz no la molestara. Aquel otoño no sería bueno para ella, porque pasado Todos Los Santos, ya no se demandaban tantas flores. Además, ahora la floristería familiar permanecía cerrada por defunción.

Pensó que soñaba, pero estaba despierta. Una baranda protegía su cuerpo para no caer contra el suelo. Cuando se quedaba dormida, la agitación la hacía moverse de un lado a otro.

Entre aquel caos de vida, el ventanuco de su cuarto se abrió empujada por el fuerte viento. Diferentes objetos empezaron a deslizarse por el suelo. Abrió los ojos asustada, pero no había nadie.

O a lo mejor se asustó por eso mismo, porque estaba sola.

Recogió lo que pudo de la moqueta mugrienta. Cuánto tiempo hacía que no se pasaba el aspirador. Papeles y un montón de facturas sin pagar. El ánimo de aquellos días había impedido que se efectuara el pago de su apartamento y el casero no tardaría en aporrear la puerta. Antes se encargaba su madre de ello, antes de que una infección fatal llamara a su casa. Cogió un sobre abultado y se lo puso en un bolsillo mientras recordaba:

—Todos nos tenemos que morir algún día —dijo su madre vencida.

Lucía quiso creer que sería un día lejano. No fue así. La mujer no se recuperó y la enterraron con una vistosa corona donde sus tías desaparecieron de su vista tras el entierro. Siempre había suscitado desprecio entre sus familiares y, ahora que su madre ya no estaba, no tenían que disimular que se llevaban bien.

Llamaron a la puerta y pensando que era el casero permaneció inmóvil y sin hacer nada de ruido. Insistieron y al final, oyendo la voz de una vecina que gritaba que había una inundación en la escalera, salió rápido. El agua bajaba por las escaleras de la comunidad y se estrellaba contra el suelo.

Su mirada ausente se encontró con la vecina que la hacía volver a la realidad con sus explicaciones.

—Un reventón de las tuberías. Ese viento que sopla no nos deja vivir, ¿verdad?

Y Lucía sintió ulular el vendaval con cara de boba. La vecina la recogió y, como habían cortado el agua principal y tardarían en darla, la invitó a comer en un bar de la esquina con su hijo Juan, un adolescente de edad similar a Lucía. La muchacha siempre le había despertado ternura.

Mientras comían un bocadillo de tortilla, la vecina intentó entablar conversación. Lucía dio un par de mordiscos, se disculpó y se fue de allí apresuradamente. Al salir, la sombra del casero que entraba en el bar la rozó.

Lucía cayó al suelo del impacto, se levantó deprisa como pudo y continuó corriendo calle abajo. El viento la empujaba en su recorrido. En su bolsillo llevaba el sobre con dinero suficiente para alquilar una habitación. Solo que no tenía edad para hacerlo.

«En el aire se quedarían sus intenciones», pensó decaída. Eso si no convencía a alguien necesitado de dinero. Se le ocurrió una idea. Convenció a un chico para que alquilara una habitación a su nombre y se hiciera pasar por su hermano. Era peligroso en los tiempos que corrían. Lucía no pensó lo que aquel muchacho pudiera hacerle. Pero era astuta y eligió al cojo del grupo de estudiantes. Así se aseguraría que podría escapar corriendo de sus brazos si algo se complicaba.

—¿No habrás robado esos billetes?

Ella negó con la cabeza y le explicó que era la única herencia que le había dejado su madre. El chico se apiadó de ella.

De esta forma, Lucía consiguió una habitación con una ventana con persiana que la aislara del viento y un apartamento lleno de compañía. A ratos, salía con el grupo de estudiantes en las zonas comunes. Bebían cerveza y reían como locos, pero a veces la ayudaban con los deberes. En las clases, empezó a quedar de las primeras y no levantó sospechas en los profesores de que estaba sin tutela.

Cuando cumplió dieciséis, buscó empleo y lo combinó con sus estudios para prepararse para la universidad. El chico le había tomado cariño y le habló de una beca que consiguió con empeño. Enseguida empezó a destacar en las clases.

Un veintinueve de febrero coincidió con una prima camino de la universidad. Se reconocieron al instante, pero Ivette no la saludó. Lucía tampoco. «Cómo olvidar esa sonrisa falsa y altiva», pensó. A lo largo de la mañana, se dieron cuenta de que se habían matriculado en las mismas clases. Estaban obligadas a verse a diario. Ivette era nueva allí, Lucía ya había conseguido una buena reputación.

—¿Cómo la conseguiste? —le preguntó su prima al cabo de unos días en que de tanto coincidir acabaron por hablarse.

—Con mi esfuerzo.

Ivette abrió los ojos asombrada. Nada de lo que había hecho su familia para aislar a Lucía de la sociedad había servido.

—Nunca se lo perdonasteis.

Amar sin condición a un muchacho recién llegado no era bien visto. Quedarse embarazada de él giraba alrededor del escándalo.

—Y el abuelo quedó impune…

Ivette enmudeció y pensó en lo que tenía prohibido recordar, la historia que le había contado su madre con lo referente a su prima.

—Mis rizos y mi piel son un honor —continuó Lucía—. Son parte de mis padres y del color de su silencio.

Negra muerte como el duelo que vino después, su madre se lo había explicado antes de fallecer. Y como normalmente nadie miente en esas circunstancias, Lucía la creyó. Parte de sus raíces empezaban a tomar forma en su cabeza esculpidas en una historia.

—Necesito ver al abuelo —dijo al fin.

Ivette le prometió que así sería.


Meses más tarde, Lucía se encontró con un anciano desmemoriado. Era imposible entablar ninguna conversación, porque su abuelo vivía en otro mundo.

—¡Menuda educación!

Se giró y se encontró con su abuela. Ésta, que pensaba que Lucía era una nueva cuidadora, le recriminó que todavía no le había cambiado los pañales.

Lucía intentó explicarse, pero la abuela no la dejó y empuñando un bastón, la obligó a cambiar en aquel momento los pañales a su marido.

Así lo intentó, pero como no tenía experiencia, acabó oyendo gritos y entró en un estado de completo nerviosismo. Salió de allí con la extraña sensación de no haber conseguido nada y jurándose que no regresaría jamás. Todos estaban muertos en aquella familia para ella.


Días después, recibió una declaración de amor, un ramo de tulipanes y una proposición. Una posible red de ilusiones se abrió frente a ella.  Intentó analizar sus sentimientos precavida, pero como no pudo hacerlo, se dijo que posiblemente no tenía capacidad para amar.

Juan esperó y esperó una contestación que no llegaba. Lejos de desesperarse aguardó tenaz y paciente hasta el final. Desde su primera adolescencia, había estado enamorada de Lucía y ahora que la había reencontrado en el tercer curso de la universidad, aguardaría el tiempo que hiciera falta.

Con los días que sucedieron, Lucía experimentó ganas de encontrarse con él. La vida intentaba brillar a su alrededor y se dijo por qué no arriesgarse. Entre los dos volvieron a abrir el negocio de la floristería.

®Helena Sauras

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