Nadie la había invitado nunca a un baile y aquella noche puede que probara algo más. Se acercó a aquella pareja extraña que le había tocado. Se había apuntado al curso para relacionarse con otras personas y superar su fobia social. No lograría pronunciar ninguna palabra cuando lo reconoció. Multitud de pensamientos se agolpaban en su mente.
Los años se habían encargado de esculpir su figura con delicadeza y creyó que lo habían tratado bien, pero era él sin duda. Su corazón le sonreía agitado. El pulso de sus muñecas parecía que iba a descarrilar de un momento a otro.
Cuando empezaron a seguir el ritmo de aquella música, sintió que su cuerpo seguía vivo. Y ambos recorrieron la pista de baile con aquella conexión de los primerizos. Emocionados, bailarían hasta bien entrada la madrugada. Al terminar y encenderse las luces del local, quisieron compartir algunas palabras.
Quisieron mantener la ilusión del instante y prolongarla durante todo el tiempo posible. Se entretuvieron en los gestos y en el juego de miradas. Entonces, se dieron más que agarres y caricias. Se lo dieron todo, porque puede que algún día cercano ya no quedara nada de ellos.
Al finalizar el baile, la miró fijamente y le susurró pausadamente al oído:
—No te vayas.
Y a ella se le erizó la piel, porque había llegado el momento anhelado y decisivo. Y le sonrió con los ojos llenos de vida porque, desde entonces, la alegría en mayúsculas había llamado a su puerta.
® Helena Sauras

